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Dominación Hombres, Incestos en Familia, Travestis / Transexuales

Paco y la vida con su madre 2 – Paco se vuelve mas sumiso frente a su brabucon

Paco se vuelve mas sumiso frente a su vecino brabucon, pero en el fondo le empieza gustar……

 

Paco se arrodilló frente a Groncho con las rodillas temblando sobre el piso de madera. La verga enorme de 24 centímetros estaba justo delante de su cara, dura, gruesa y goteando. El olor fuerte y masculino le golpeó la nariz de inmediato: sudor, piel y algo más sucio.
Abrió la boca con dificultad.
En cuanto la cabeza gruesa rozó sus labios, sintió un sabor raro y fuerte. No era solo precum. La verga de Groncho estaba sucia. Tenía una capa blanca y espesa de esmegma acumulada debajo del prepucio. El olor era intenso, casi apestoso, con un dejo a pescado podrido mezclado con sudor viejo. Le dio un asco inmediato que le revolvió el estómago.
Pero al mismo tiempo… sintió que su propia pija chiquita de 8 centímetros se ponía aún más dura dentro del pantalón.
Groncho le puso la mano grande en la nuca, ejerciendo una presión firme pero no violenta todavía.
—Así… abrí más la boca —gruñó con voz ronca.
Paco obedeció. Abrió más y dejó que la cabeza gruesa entrara en su boca caliente. El sabor del esmegma se extendió por toda su lengua. Era espeso, salado, amargo y con ese olor fuerte a pescado que le daba náuseas. Tragó saliva con dificultad, pero el sabor no se iba. Cada vez que su lengua rozaba la parte sucia debajo de la cabeza, sentía el esmegma pegajoso y espeso.
Groncho soltó un gemido bajo de placer.
—Joder… así… chupala bien —dijo con voz entrecortada—. Lo estás haciendo muy bien, Paco.
Paco sintió una mezcla extraña al escuchar el halago. Le daba vergüenza, pero también una sensación de sumisión que le recorría todo el cuerpo. Siguió chupando. Su boca era pequeña comparada con la verga enorme, así que solo podía meter los primeros centímetros. La lengua le rozaba la parte sucia una y otra vez, y el sabor fuerte a esmegma y a pescado le llenaba la boca.
Groncho empujó un poco más la cabeza de Paco, obligándolo a tragar unos centímetros más. La verga le llegó hasta el fondo de la garganta y Paco tosió, con los ojos llorosos.
—Tranquilo… respirá por la nariz —le ordenó Groncho, sin soltarle la nuca—. Si te comportás bien y no hacés macanas, no te voy a pegar más. ¿Entendiste?
Paco asintió apenas con la boca llena de verga. Las lágrimas le corrían por las mejillas, no solo por el golpe anterior, sino por la dificultad de tener algo tan grande dentro de la boca. El olor fuerte y apestoso le subía a la nariz cada vez que respiraba. Le daba asco… pero su pija chiquita seguía dura como una piedra, palpitando dentro del pantalón.
Groncho empezó a mover las caderas suavemente, follándole la boca con movimientos cortos y controlados.
—Así… usá la lengua —gruñó—. Chupá bien. Tu mamá me puso la verga así de dura todo el día con esa ropa de zorra que lleva. Alguien tenía que calmarme… y ese alguien sos vos.
Paco sintió que le ardía la cara de vergüenza al escuchar eso. Pero al mismo tiempo, las palabras de Groncho le provocaron otra oleada de excitación oscura. Siguió chupando como pudo. Su lengua recorría la verga gruesa, limpiando el esmegma espeso que se le pegaba al paladar. El sabor era fuerte y persistente, a pescado y a suciedad. Cada vez que tragaba, sentía el esmegma bajando por su garganta.
Groncho lo miró desde arriba con una sonrisa de satisfacción.
—Mirá cómo chupás… —dijo con voz ronca—. Te está gustando, ¿no? Aunque te dé asco… se te pone dura la verga igual. Sos un putito sumiso, Paco.
Paco gimió alrededor de la verga, sin poder contestar. Las lágrimas seguían cayéndole por la cara. Su mejilla todavía le ardía por el golpe. Pero su cuerpo respondía de forma traicionera: la pija chiquita de 8 centímetros estaba completamente dura, goteando dentro del pantalón.
Groncho empujó un poco más fuerte, metiendo casi la mitad de su verga dentro de la boca de Paco.
—Seguí así… —gruñó—. Si seguís portándote bien, no te pego más.
Paco sintió que le subía un gemido ahogado por la garganta. El olor fuerte de la verga sucia, el sabor del esmegma, las palabras humillantes de Groncho y la amenaza de más golpes se mezclaban con una excitación que no podía controlar.
Siguió chupando.
Con asco.
Con lágrimas en los ojos.
Y con la pija chiquita completamente dura.
Groncho soltó un gemido más largo y apretó la nuca de Paco con más fuerza.
—Buen chico… seguí así —repitió con voz satisfecha—. Chupala toda… limpiame bien la verga sucia.

Groncho seguía follándole la boca a Paco con movimientos cada vez más rápidos y profundos. La verga de 24 centímetros entraba y salía de los labios estirados de Paco, que tenía la cara completamente roja, los ojos llorosos y la saliva chorreando por la barbilla. El olor fuerte a esmegma y a pescado seguía invadiéndole la nariz con cada respiración.
—Joder… así… no pares —gruñó Groncho, apretando la nuca de Paco con más fuerza.
Paco sentía que le dolía la mandíbula. La verga era demasiado gruesa y larga para su boca pequeña. Cada vez que Groncho empujaba más profundo, le rozaba el fondo de la garganta y le provocaba arcadas. Pero siguió chupando como pudo, con la lengua moviéndose torpemente alrededor de la carne caliente y sucia.
Groncho empezó a jadear más fuerte. Sus caderas se movían con más rapidez.
—Voy a correrme… —advirtió con voz ronca—. Y te la vas a tragar toda. ¿Entendiste?
Paco trató de asentir con la boca llena, pero solo consiguió emitir un sonido ahogado.
Unos segundos después, Groncho soltó un gruñido largo y profundo. Empujó la verga hasta el fondo de la garganta de Paco y se corrió con fuerza.
La corrida fue abundante. Chorros gruesos y calientes de semen le llenaron la boca de golpe. El sabor era fuerte, salado, amargo y espeso. Paco sintió que se le llenaba la boca completamente. Intentó tragar, pero había demasiado. Parte del semen se le escapó por las comisuras de los labios y le resbaló por la barbilla.
Groncho no lo soltó. Siguió presionando la nuca de Paco contra su pelvis, obligándolo a quedarse con la verga dentro de la boca mientras se corría.
—Tragátela toda —ordenó con voz entrecortada—. No escupas ni una gota.
Paco, con los ojos llenos de lágrimas, empezó a tragar. El semen era espeso y tenía un sabor fuerte y amargo. Le costó. Tuvo que tragar varias veces, sintiendo cómo le bajaba por la garganta en grandes tragos. El olor a pescado del esmegma se mezclaba ahora con el olor fuerte de la corrida. Le dio náuseas, pero obedeció. Tragó todo lo que pudo.
Cuando Groncho finalmente sacó la verga de su boca, un hilo de saliva y semen quedó unido entre los labios de Paco y la cabeza aún dura.
Paco respiró agitadamente, con la cara sucia de lágrimas, saliva y semen. Tenía la mejilla todavía roja por el golpe anterior.
Groncho lo miró desde arriba con una sonrisa satisfecha. Se acarició la verga aún dura y le habló con voz ronca pero complacida:
—Chupás muy bien… para ser la primera vez. Tenés boquita caliente. Me gustó.
Paco no contestó. Seguía de rodillas, respirando con dificultad, con el sabor fuerte de la corrida todavía en la boca.
Groncho lo miró de arriba abajo y frunció el ceño.
—Ahora desnudate —ordenó—. No me gusta esa ropa de hombre en vos. De ahora en adelante, cuando estemos solos, vas a ser mi putita. Y las putitas no se visten como hombres.
Paco levantó la vista, sorprendido. Sintió que le ardía la cara. Pero dentro de él, esa mezcla de miedo y excitación sumisa volvió a aparecer. No discutió. Se levantó despacio, con las piernas todavía temblando, y empezó a sacarse la ropa.
Primero se quitó la remera. Luego los pantalones y la ropa interior. Cuando quedó completamente desnudo frente a Groncho, el contraste fue evidente.
Bajo la ropa de nerd que siempre usaba, Paco tenía un cuerpo sorprendentemente femenino. La cintura era fina y marcada, casi como la de una chica. El culo era redondito, pequeño pero bien formado, con nalgas suaves y redondas que contrastaban con su complexión delgada. Las piernas eran flacas pero con una curva suave en las caderas. El vello púbico era escaso, casi inexistente. Y su cabello semi-largo le caía sobre la frente y la nuca, dándole un aspecto aún más femenino cuando estaba despeinado.
Groncho lo miró con los ojos entrecerrados, recorriéndolo de arriba abajo. Una sonrisa lenta se le dibujó en la cara.
—Mirá nomás… —dijo con voz ronca de sorpresa y excitación—. Tenías todo esto escondido debajo de esa ropa de nerd. Un culito redondito, cintura finita… pareces una chica. ¿Cómo carajo te lo tenías tan bien escondido?
Paco sintió que le ardía la cara de vergüenza. Se quedó parado frente a Groncho, completamente desnudo, con las manos a los costados y la pija chiquita de 8 centímetros todavía dura, traicionándolo otra vez.
Groncho dio un paso hacia él y le pasó una mano por la cintura, apretando suavemente.
—Tenés un cuerpito de putita —murmuró, casi como si se lo dijera a sí mismo—. Bien escondidito lo tenías. Y el pelo… semi-largo. Te queda bien.
Paco no contestó. Solo bajó la mirada, sintiendo cómo la mano de Groncho le recorría la cintura fina.
Groncho le levantó la cara con dos dedos, obligándolo a mirarlo.
—Desde ahora no te lo vas a cortar nunca más —ordenó con tono firme—. Lo vas a dejar crecer. Quiero que te crezca largo, como el de una mujer. ¿Entendiste?
Paco tragó saliva. El sabor de la corrida todavía le quedaba en la boca. Asintió en silencio.
—Sí… —susurró con voz baja y sumisa.
Groncho sonrió satisfecho. Le dio una palmada suave pero firme en una de las nalgas redondas de Paco.
—Buena putita —dijo con voz grave—. Ahora vestite de nuevo… pero recordá lo que te dije. Cuando estemos solos, vas a ser mi putita. Y las putitas obedecen.
Paco se agachó a recoger su ropa, todavía con las piernas temblando. Mientras se vestía, sentía cómo el semen de Groncho le bajaba lentamente por la garganta. El sabor fuerte y amargo seguía ahí.
Y aunque parte de él seguía sintiendo asco y vergüenza… otra parte, cada vez más grande, se sentía extrañamente excitada y sumisa.
Groncho se subió el pantalón, todavía con la verga semi-dura, y lo miró con esa expresión dominante que ya empezaba a resultarle familiar a Paco.
—Nos vemos mañana —dijo antes de abrir la puerta—. Y acordate… nada de cortar el pelo.
Paco se quedó solo en el cuarto después de que Groncho se fue. Se sentó en la cama, con el sabor de la corrida todavía en la boca y la mejilla todavía ardiendo por el golpe.
Se llevó una mano al culo redondo, sintiendo la forma que Groncho había tocado.
Y por primera vez, no sintió solo vergüenza.
Sintió algo más.

 

Al día siguiente, Groncho llegó mucho más temprano de lo habitual. Eran apenas pasadas las cuatro de la tarde y Mónica todavía no había vuelto del trabajo. Paco abrió la puerta sorprendido al verlo ahí parado, con esa cara pesada de siempre.
—Llegaste temprano… —dijo Paco bajito.
Groncho entró sin esperar invitación. Apenas cerró la puerta detrás de él, lo miró de arriba abajo con esa expresión dominante que ya empezaba a resultarle familiar.
—Vine antes —dijo con voz grave— para que te vistas como mujer. Hoy vamos a robarle ropa interior a tu mamá. Quiero verte con sus cosas puestas.
Paco sintió que le subía un calor raro por el cuerpo. Tragó saliva y respondió casi sin pensar:
—Está bien, Groncho…
Antes de que terminara de decir la palabra, Groncho levantó la mano y le dio una bofetada fuerte en la misma mejilla que le había golpeado el día anterior. El sonido seco resonó en el pasillo. Paco dio un paso atrás, con la cara ardiendo.
Groncho lo miró fijamente, sin ninguna expresión amable.
—Desde ahora, cuando tu mamá no esté mirando, me vas a llamar Papi. ¿Entendiste?
Paco se quedó callado un segundo, con la mejilla roja y el corazón latiéndole fuerte. Sintió la misma mezcla de miedo y sumisión que ya empezaba a conocer. Bajó la mirada y respondió en voz baja:
—Sí… Papi.
Groncho sonrió satisfecho.
—Buen chico. Ahora subí.
Subieron las escaleras en silencio. Una vez dentro del cuarto de Paco, Groncho cerró la puerta con llave y se cruzó de brazos.
—Desnudate —ordenó.
Paco obedeció sin discutir. Se sacó la remera, los pantalones y la ropa interior. Quedó completamente desnudo frente a Groncho, con su cuerpo delgado, la cintura fina, el culo redondito y pequeño, y el vello casi inexistente. Su pija chiquita de 8 centímetros ya estaba empezando a endurecerse por la situación.
Groncho lo miró con atención. Dio un paso adelante y empezó a manosealo sin pedir permiso. Le pasó las manos grandes por la cintura fina, apretando suavemente. Luego bajó hasta el culo, agarrándole las nalgas redondas con ambas manos y apretándolas con fuerza.
—Mirá este culito… —murmuró con voz ronca—. Redondito, suave… parece de mina. Tenías todo esto escondido, putita.
Paco sintió que le ardía la cara. No dijo nada. Solo se quedó quieto mientras Groncho le tocaba el culo, apretando las nalgas y separándolas un poco con los dedos. La pija chiquita de Paco se puso completamente dura.
Después de tocarlo un rato, Groncho le dio una palmada en una nalga.
—Vamos al cuarto de tu mamá.
Subieron al dormitorio de Mónica. Groncho abrió el armario que todavía estaba “roto” y empezó a revisar la ropa interior que había quedado adentro. Revisó varias tangas y bombachas, tocándolas, oliéndolas, hasta que encontró una que le gustó.
Era una tanga negra muy sexy, de encaje fino y hilo casi invisible. Era de las más provocativas que Mónica tenía: pequeña, con un triángulo delantero diminuto y un hilo que apenas cubría nada atrás.
Groncho se la tendió a Paco.
—Ponte esta.
Paco tomó la tanga con las manos temblando. Se la puso. El problema fue inmediato.
El culo de Mónica era enorme, ancho y carnoso. La tanga estaba hecha para ese tamaño. El hilo de atrás era largo y el triángulo delantero amplio. En el cuerpo pequeño de Paco, con su culo redondito pero chiquito, la tanga le quedaba enorme. Se le caía de las caderas. El hilo de atrás le quedaba suelto entre las nalgas, sin tensarse. El triángulo delantero le tapaba toda la entrepierna y parte de las caderas.
Groncho lo miró y soltó una risa baja.
—Mirá cómo se te cae… —dijo con tono burlón pero excitado—. Tu mamá tiene un culo de verdad, enorme. El tuyo es chiquito. La tanga te queda como si fueras una nena jugando a vestirse con la ropa de la mamá.
Paco se miró en el espejo del cuarto de Mónica. La tanga negra le quedaba ridícula. Se le caía constantemente. Tenía que agarrarla con una mano para que no se le bajara. El contraste entre su cuerpo delgado y femenino y la prenda hecha para el cuerpo curvilíneo y maduro de su madre era humillante… y extrañamente excitante.
Groncho se acercó por detrás. Le puso las manos en las caderas, ajustando la tanga como pudo, y le habló cerca del oído.
—Igual te queda bien, putita. Se te ve el culito asomando por los costados. Y la tanga de tu mamá oliendo a ella… te queda perfecta.
Paco sintió que le temblaban las piernas. La tanga estaba sucia. Tenía olor a flujo seco de su mamá y un leve aroma a culo. Estar parado ahí, completamente desnudo salvo por la tanga demasiado grande de su madre, mientras Groncho lo manoseaba y lo humillaba, le estaba poniendo la pija chiquita más dura que nunca.
Groncho le dio otra palmada en el culo, esta vez más fuerte.
—Desde ahora, cuando estemos solos, vas a vestirte con cosas de tu mamá. Tangas, bombachas, lo que yo elija. ¿Entendiste?
Paco asintió, con la voz baja y sumisa:
—Sí… Papi.
Groncho sonrió satisfecho. Le apretó el culo una vez más, fuerte.

 

Paco estaba parado frente al espejo del cuarto de su mamá, con la tanga negra demasiado grande cayéndole constantemente de las caderas. Cada dos pasos tenía que agarrarla para que no se le bajara hasta los tobillos. El hilo de atrás le quedaba suelto entre las nalgas pequeñas y redondas, sin tensarse como debía.
Se dio vuelta hacia Groncho con la cara roja de vergüenza y dijo en voz baja:
—Papi… se me caen a cada rato. Son bragas muy grandes para mi cuerpito. Mi mami es muy culona… estas cosas no me quedan.
Groncho lo miró de arriba abajo. Vio cómo la tanga se le resbalaba otra vez por las caderas estrechas y cómo el culo pequeño de Paco quedaba casi descubierto. En vez de enojarse, soltó una risa baja y dominante.
—Está bien —dijo con tono tranquilo—. Mañana te traigo unas de mi hermana. Ella es más parecida a vos… delgada. Te van a quedar mejor.
Paco sintió que le subía un calor extraño al estómago. Asintió sin decir nada más.

Al día siguiente, Groncho llegó como siempre, pero esta vez traía una bolsa de plástico negra. Entró directo al cuarto de Paco, cerró la puerta con llave y se la tiró encima de la cama.
—Abrí —ordenó.
Paco abrió la bolsa. Adentro había varias bragas y tangas de la hermana de Groncho. Eran más pequeñas, más juveniles: algunas de algodón con estampados, otras de encaje más simple, y un par de tangas negras y rosadas bastante sexys pero de talle más chico. Olían un poco a jabón y a tela limpia, aunque algunas tenían un leve aroma a uso.
Groncho se sentó en la silla del escritorio y cruzó los brazos.
—Probátelas todas. Quiero ver cómo te quedan.
Paco se desnudó sin que se lo pidieran. Se puso la primera, una tanga negra de encaje. Esta vez le quedó mucho mejor. El hilo se tensó entre sus nalgas redondas y pequeñas, y el triángulo delantero le cubrió justo lo necesario. Se miró en el espejo y sintió que le ardía la cara… pero también sintió que se le ponía la pija chiquita dura.
Groncho lo miró con los ojos entrecerrados, claramente excitado. Se acomodó la verga por encima del pantalón.
—Seguí —dijo con voz ronca—. Probate todas.
Paco fue probándose una por una. Algunas eran más simples, de algodón, y le quedaban cómodas. Otras eran más sexys, con encaje y tiras finas. Cada vez que se daba vuelta para mostrarle el culo, Groncho hacía un sonido bajo de aprobación. Sus ojos recorrían el cuerpo delgado de Paco, la cintura fina, el culito redondito que ahora quedaba bien marcado con las bragas de su hermana.
Cuando Paco se probó la última, una tanga rosa muy chiquita, Groncho ya tenía la verga completamente dura marcándose en el pantalón.
—Vení acá —le ordenó.
Paco se acercó. Groncho lo agarró de las caderas y lo hizo girar, tocándole el culo por encima de la tanga rosa.
—Te queda mucho mejor que las de tu mamá —gruñó—. Este culito chiquito se te marca lindo. Pareces una putita de verdad ahora.
Paco sintió que le temblaban las piernas. El halago mezclado con la humillación le estaba generando una excitación cada vez más fuerte.
Después de un rato, Groncho se levantó.
—Ahora vamos al cuarto de tu mamá. Quiero verte con sus vestidos.
Subieron al dormitorio de Mónica. Groncho abrió el armario y empezó a sacar algunos vestidos y faldas que habían quedado. Le eligió a Paco un vestido negro bastante ajustado, corto, con escote. Paco se lo puso. Le quedaba un poco grande en el busto (porque las tetas de su mamá eran enormes), pero en la cintura y las caderas le marcaba bien la figura femenina. El dobladillo le llegaba apenas por encima de las rodillas.
Groncho lo miró y se lamió los labios.
—Así… —dijo con voz ronca—. Ahora sí parecés una mina.
Paco se miró en el espejo. El vestido negro, las bragas rosadas de la hermana de Groncho debajo, el pelo semi-largo, la cintura fina y el culo redondito… se veía extrañamente femenino. Sintió que le subía una ola de excitación tan fuerte que le costaba disimularla. Su pija chiquita palpitaba dentro de la tanga rosa.
No pudo aguantar más.
Se acercó a Groncho, se puso de puntillas y le dio un beso muy sucio y salivoso. Abrió la boca, metió la lengua sin control, babeando, rozando los labios de Groncho con desesperación. Fue un beso torpe, húmedo, lleno de saliva.
Groncho se sorprendió al principio, pero correspondió por un segundo.
Hasta que Paco reaccionó.
De repente sintió un golpe de asco. El sabor de la boca de Groncho, el recuerdo del esmegma y la corrida del día anterior, la realidad de lo que estaba haciendo… todo le cayó encima de golpe. Se asustó de sí mismo.
Se apartó bruscamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con los ojos muy abiertos.
—N-no… —balbuceó, dando un paso atrás—. Esto… esto no…
Groncho lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión. Se pasó la lengua por los labios, todavía húmedos por el beso baboso de Paco.
—¿Qué pasa, putita? —preguntó con voz ronca—. ¿Ahora te da asco?
Paco respiraba agitado. El vestido negro de su mamá le quedaba ajustado en el cuerpo. Las bragas rosadas de la hermana de Groncho le marcaban el culo. Tenía la cara roja, mitad por la excitación, mitad por el asco repentino que le había entrado.
No sabía qué decir.
Groncho dio un paso hacia él, todavía con la verga dura.

Groncho miró a Paco con los ojos entrecerrados después del beso torpe y baboso que le había dado. Vio la cara de asco que puso el chico al apartarse y eso le molestó.
Sin decir nada más, le dio una bofetada fuerte en la misma mejilla de antes. El golpe hizo que la cabeza de Paco se moviera hacia un lado.
—Ahora me besás bien —le ordenó con voz grave y dominante—. Como besan las mujeres a su macho. Con lengua, con ganas, sin hacerte la delicada después. ¿Entendiste?
Paco tenía la mejilla ardiendo. Las lágrimas le picaban en los ojos, pero no por dolor. Era una mezcla de humillación y esa excitación oscura que ya no podía negar del todo.
Groncho no esperó respuesta. Lo agarró fuerte de la cintura con una mano y con la otra le sujetó la nuca. Lo atrajo hacia él y le estampó un beso asqueroso, profundo y baboso. Metió la lengua sin ningún cuidado, llenando la boca de Paco de saliva. Fue un beso sucio, húmedo, con mucho movimiento de lengua y sonidos húmedos. Groncho babeaba a propósito, haciendo que la saliva se les corriera por la barbilla a los dos.
Al principio Paco sintió asco otra vez. El sabor de la boca de Groncho, la forma agresiva en que lo besaba, la baba que le entraba… le revolvió el estómago. Quiso apartarse, pero Groncho lo tenía bien agarrado de la cintura y de la nuca.
Sin embargo, después de unos segundos, algo cambió.
Paco empezó a soltarse. Su cuerpo se relajó un poco. Su lengua, que al principio estaba rígida, empezó a moverse contra la de Groncho. El beso siguió siendo sucio y baboso, pero ahora Paco participaba. Jadeaba por la nariz, dejaba que Groncho le metiera toda la lengua, tragaba la saliva que le entraba. Sus manos, que antes estaban tensas a los costados, subieron y se agarraron de la remera de Groncho.
Se besaron por un largo rato. Un beso largo, húmedo, ruidoso. Groncho lo apretaba contra su cuerpo mientras lo besaba, y Paco sentía la verga dura de Groncho presionando contra su vientre a través de la ropa.
Cuando finalmente se separaron, un hilo de saliva quedó unido entre sus bocas. Paco respiraba agitado, con los labios hinchados y brillantes de baba. Tenía la cara roja, pero ya no había asco en su expresión. Solo confusión y una excitación que le hacía palpitar la pija chiquita dentro de la tanga rosa.
Groncho le pasó el pulgar por el labio inferior, extendiendo la saliva.
—Así —gruñó con satisfacción—. Así se besa una putita a su macho.

A partir de ese día, la rutina se volvió diaria.
Groncho empezaba a llegar más temprano. Casi siempre antes de que Mónica volviera del trabajo. Se sentaba en el living o en el comedor y pasaba un buen rato espiando a la madre de Paco. Mónica seguía vistiendo con la ropa sexy que había quedado en el armario: tops ajustados que le marcaban las tetas enormes y colgantes, pantalones cortos o faldas que le apretaban el culo grande y carnoso. Cada vez que se agachaba, se inclinaba o caminaba por la casa, Groncho la miraba sin disimulo. A veces se tocaba la verga por encima del pantalón mientras la observaba.
Cuando ya no aguantaba más, le hacía una seña a Paco.
Subían disimuladamente al cuarto de Paco. Cerraban la puerta con llave y empezaba el ritual.
Paco se desnudaba primero. Luego se ponía la ropa que Groncho le había traído de su hermana: tangas y bragas más chicas que le quedaban bien en su culo redondito y su cintura fina. A veces Groncho le hacía ponerse también alguna prenda de Mónica: un vestido corto, una falda apretada, o una blusa que le marcaba el cuerpo. El contraste era excitante para ambos: la ropa de la hermana de Groncho le quedaba más cómoda y femenina, mientras que la ropa de su mamá era más madura y provocativa.
Una vez vestido, Paco se convertía en la putita de Groncho.
Se besaban durante largo rato. Besos sucios, babosos, largos. Groncho lo agarraba de la cintura o del culo y lo besaba con ganas, babeando a propósito. Paco ya no se apartaba. Al contrario. Cada vez se soltaba más. Le devolvía los besos con lengua, tragaba la saliva de Groncho y gemía bajito cuando lo apretaban contra la pared o contra la cama.
Después de los besos, casi siempre terminaban en lo mismo:
Paco se arrodillaba.
Se bajaba el pantalón de Groncho y sacaba esa verga enorme de 24 centímetros. A veces todavía estaba sucia, con olor fuerte y algo de esmegma. Otras veces estaba más limpia. Pero Paco ya no dudaba tanto. Abía la boca y empezaba a chuparla. Usaba las dos manos porque era demasiado gruesa para una sola. Chupaba la cabeza, lamía el tronco, intentaba meterla lo más profundo que podía aunque le hiciera llorar los ojos.
Groncho lo agarraba del pelo semi-largo (que ya le había prohibido cortar) y le follaba la boca con movimientos lentos pero profundos, mientras le decía cosas sucias:
—Así… chupala bien, putita… mirá cómo te gusta la verga de tu papi… tu mamá caminando por ahí con el culo marcado y vos acá de rodillas chupándome…
Paco gemía alrededor de la verga mientras la chupaba. Su propio micropene de 8 centímetros estaba siempre duro, goteando dentro de la tanga o braga que llevaba puesta. A veces Groncho lo obligaba a tocarse mientras le chupaba la verga. Otras veces simplemente lo usaba hasta correrse en su boca.
Y Paco tragaba. Casi siempre tragaba todo.
Cuando terminaban, Groncho se iba satisfecho y Paco se quedaba en su cuarto con el sabor de la corrida en la boca, el culo redondito todavía marcado por las manos de Groncho, y una sensación de sumisión cada vez más fuerte.
La rutina se repetía casi todos los días.
Groncho espiaba a Mónica.
Subían.
Paco se vestía de mujer.
Se besaban como macho y putita.
Y muchas veces, Paco terminaba de rodillas chupando la verga gruesa y sucia de Groncho.
Y cada día que pasaba, a Paco le costaba menos fingir que le disgustaba.

Paco estaba sentado en su cama, ya vestido otra vez con su ropa de siempre. Afuera ya había oscurecido y Mónica estaba en la cocina preparando la cena. En su mano tenía una de las tangas sucias de su mamá, la negra que había usado ese día. Se la llevaba a la nariz de vez en cuando, oliendo el flujo seco y el leve aroma a culo que todavía conservaba.
No sabía cómo había terminado así.
Al principio todo giraba alrededor de su madre. Le gustaban sus tetotas grandes y colgantes, su culo enorme, la forma en que se movía por la casa. Le excitaba robarle las tangas, olerlas, chupar las manchas de flujo y las marcas de caca. Quería a su mamá de una forma prohibida y enfermiza.
Y ahora…
Ahora estaba chupando verga.
Y no cualquier verga. La verga gruesa, de 24 centímetros, de Groncho. Un chico con retraso mental que lo dominaba, lo golpeaba cuando quería y le daba órdenes. Lo que al principio le daba asco (el esmegma, el olor fuerte a pescado, el sabor amargo de la corrida), ahora lo hacía con ganas. A veces hasta se emocionaba cuando Groncho le agarraba la cabeza y se la follaba más profundo. Ya no fingía tanto el asco. Ya no se apartaba después de los besos babosos.
Se había convertido en la putita de Groncho.
Y lo peor era que le gustaba.
Esa misma tarde, después de que Mónica bajara a la cocina, Groncho lo había llevado de nuevo a su cuarto. Esta vez fue más directo. Le hizo sacar la ropa y ponerse solo una tanga rosa de su hermana. Luego lo tiró boca abajo en la cama, con el culo redondito en pompa.
Paco sintió que le abría las nalgas con las manos grandes.
—¿Qué hacés? —preguntó con voz nerviosa.
Groncho no contestó con palabras. En cambio, se inclinó y le pasó la lengua directamente por el ano.
Paco se tensó entero. Un gemido ahogado se le escapó de la garganta.
La lengua de Groncho era caliente, húmeda y áspera. Le lamió el ano con movimientos lentos y pesados, babeando mucho. Lo hizo con ganas, sin apuro, como si estuviera disfrutando el sabor. De vez en cuando apretaba las nalgas de Paco y las separaba más para llegar mejor al centro.
Al principio Paco sintió vergüenza. Nunca nadie le había tocado ahí, mucho menos lamido. Pero después de unos segundos, el asco desapareció y empezó a sentir placer. Un placer raro, intenso, que le subía por la espalda y le hacía arquear las caderas hacia atrás sin querer.
Groncho siguió lamiendo. Metía la lengua un poco, babeaba, chupaba suavemente el ano de Paco. De vez en cuando le daba lamidas largas y planas que le hacían temblar las piernas.
Paco estaba duro. Su pija chiquita de 8 centímetros estaba completamente erecta, apretada contra la tanga rosa y la cama. Gemía bajito contra la almohada, avergonzado de lo mucho que le estaba gustando.
Groncho levantó la cabeza un momento. Tenía la barbilla húmeda de saliva.
—Te gusta, ¿no? —gruñó con voz ronca—. Se te pone la verga dura cuando te lamo el culo. Sos una putita bien cachonda.
Paco no contestó. Solo escondió la cara en la almohada, pero movió el culo hacia atrás, buscando más.
Groncho volvió a bajar la cabeza y siguió lamiendo con más ganas. Esta vez metió un dedo, despacio, mientras seguía pasando la lengua alrededor. Paco se quejó, pero no de dolor. Era una sensación nueva, extraña… y le gustaba.
Después de varios minutos, Groncho se incorporó. Se limpió la boca con el dorso de la mano y le dio una palmada fuerte en una nalga.
—Escuchame bien —dijo con tono serio y dominante—. Mañana te voy a desvirgar.
Paco se dio vuelta sobre la cama, todavía con la tanga rosa puesta y la pija chiquita dura. Lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué…? —susurró.
Groncho lo miró fijamente.
—Mañana te voy a coger. Te voy a meter toda la verga en el culo. Ya te lamí, te abrí un poco… mañana te rompo esa colita virgen. Y te va a gustar. Vas a pedir más.
Paco sintió que se le cortaba la respiración. Una parte de él sintió miedo. La verga de Groncho era enorme. Veinticuatro centímetros. Gruesa. Pensar en que eso entrara en su culo le daba terror.
Pero otra parte… sintió una excitación tan fuerte que le dolió la pija chiquita.
Groncho se inclinó sobre él, le agarró la cara con una mano y le habló cerca de los labios:
—Vas a ser mi putita de verdad mañana. Mi culito personal. ¿Entendiste?
Paco tragó saliva. Tenía la cara roja, el culo todavía húmedo de saliva y la pija temblando dentro de la tanga.
Asintió apenas.
—Sí… Papi.
Groncho sonrió satisfecho. Le dio un beso corto y baboso en los labios antes de levantarse.
—Descansá esa colita —dijo mientras se subía el pantalón—. Mañana te la rompo.
Se fue del cuarto dejándolo solo.
Paco se quedó tirado en la cama, con la tanga rosa de la hermana de Groncho puesta, el culo húmedo y palpitante, y la cabeza dando vueltas.
Ya no sabía quién era.
Ya no era solo el chico que se masturbaba oliendo las tangas sucias de su mamá.
Ahora también era la putita de Groncho.
Y mañana… mañana le iban a romper el culo por primera vez.
Y lo peor de todo era que, aunque tenía miedo… también lo estaba deseando.

Llegó el día siguiente.
Paco se despertó con el estómago revuelto. Apenas había dormido. Pasó toda la noche dando vueltas en la cama, con la imagen de la verga gruesa de Groncho dándole vueltas en la cabeza. Hoy era el día. Hoy lo iban a desvirgar.
Se levantó temprano, se duchó y se vistió con su ropa de siempre. Mientras se miraba en el espejo del baño, se quedó un rato observando su cuerpo. Delgado, petiso, con lentes, pelo semi-largo. Debajo de la ropa seguía teniendo esa cintura fina y ese culito redondito que Groncho tanto le tocaba. Se tocó las nalgas por encima del pantalón y sintió un escalofrío.
Bajó a desayunar. Mónica ya estaba lista para irse al trabajo. Llevaba un top ajustado que le marcaba las tetas enormes y un pantalón que le apretaba el culo grande. Cuando se inclinó para darle un beso en la frente, sus tetas colgantes casi rozaron la cara de Paco.
—Que tengas un buen día, mi amor —le dijo con cariño.
Paco asintió en silencio. No pudo evitar mirar las tetas de su mamá. Todavía le gustaban. Le seguían gustando mucho. Pero ahora también le gustaba otra cosa. Y esa otra cosa lo tenía muy confundido.

En la escuela no pudo concentrarse en nada.
Estaba sentado en el fondo del aula, mirando por la ventana sin ver realmente nada. El profesor hablaba de algo, pero las palabras entraban por un oído y salían por el otro. Su mente estaba completamente ocupada con lo que iba a pasar esa tarde.
“¿Por qué estoy haciendo esto?”
Se repetía esa pregunta una y otra vez.
Le gustaban las chicas. Siempre le habían gustado. Le gustaban las tetas grandes, los culos redondos, las curvas. Por eso se masturbaba oliendo las tangas de su mamá. Porque le excitaba su cuerpo maduro y voluptuoso. Porque soñaba con tocar esas tetas enormes y colgantes, con meter la cara entre ese culo grande.
Pero tenía una pijita de 8 centímetros. Pequeña, fina, casi ridícula. Sabía perfectamente que ninguna chica de su edad se iba a fijar en él. Y aunque se fijara, ¿qué iba a pasar cuando se bajara los pantalones? ¿Se iban a reír? ¿Se iban a decepcionar? ¿Iban a sentir algo con algo tan chico?
Por eso nunca había tenido novia. Por eso nunca se había atrevido a intentar nada.
Y ahora… ahora estaba dejando que un chico le metiera la lengua en el culo. Ahora chupaba una verga de 24 centímetros casi todos los días. Ahora se vestía con tangas y vestidos de mujer y se besaba con Groncho de forma babosa y sucia.
Se pasó la mano por la cara, frustrado.
“¿Qué carajo me pasa?”
No entendía si era gay. Nunca le habían gustado los hombres. Nunca se había fijado en un chico de esa forma. Pero con Groncho era diferente. No le gustaba Groncho como persona. Le gustaba la forma en que lo dominaba. Le gustaba que le diera órdenes. Le gustaba que lo tratara como una putita. Le gustaba la sensación de no tener control.
¿Eso lo hacía gay? ¿O solo era… sumiso?
¿O era porque se sentía tan fracasado como hombre que prefería ser tratado como mujer?
Estaba muy confundido.
En el recreo se quedó solo en un rincón del patio, sin ganas de hablar con nadie. Veía a sus compañeros riéndose, hablando de chicas, de partidos de fútbol, de cosas normales. Y él estaba ahí, pensando en cómo esa misma tarde le iban a meter una verga enorme en el culo por primera vez.
“¿Qué pensaría la gente si supiera?”
La idea lo aterrorizaba. Si alguien se enteraba de que se vestía de mujer, de que chupaba verga, de que le gustaba que lo llamaran putita… lo iban a destrozar. Ya era el nerd flaco y petiso del curso. Si supieran esto, sería el final.
Y sin embargo… cada vez que pensaba en Groncho agarrándolo de la cintura, llamándolo putita, metiéndole la lengua en el culo… se le ponía la pija chiquita dura.
Se odiaba un poco por eso.
Durante toda la tarde siguió en la misma espiral. En clase, en el pasillo, yendo de un aula a otra… siempre pensando en lo mismo.
Le gustaba su mamá.
Le gustaba chupar verga.
Le gustaba que lo dominaran.
Le gustaba vestirse de mujer.
No sabía qué era. No sabía si era gay, si era bi, si era un degenerado, o si simplemente estaba tan jodido por dentro que ya no le importaba nada con tal de sentir algo.
Cuando sonó el timbre de salida, se levantó despacio. Guardó sus cosas en la mochila con movimientos mecánicos. Mientras caminaba hacia la salida de la escuela, sentía que le pesaban las piernas.
Sabía que cuando llegara a su casa, Groncho probablemente ya estaría esperando.
Y sabía que hoy no iba a ser solo chupar o besar.
Hoy le iban a romper el culo.
Y aunque tenía miedo… aunque estaba confundido… aunque no entendía qué carajo le pasaba…
Una parte de él ya estaba deseando que llegara el momento.

Paco llegó a su casa con el estómago en un nudo. Caminó todo el trayecto desde la escuela pensando en lo mismo. Hoy era el día. Hoy Groncho le había dicho que lo iba a desvirgar. La idea le producía una mezcla de miedo, vergüenza y una excitación que no podía controlar.
Abrió la puerta de su casa y entró. La casa estaba en silencio. Mónica todavía no había llegado del trabajo. Dejó la mochila en el piso del pasillo y se quedó parado un momento, respirando profundo. Se miró las manos. Le temblaban un poco.
Tocaron la puerta.
Paco sintió que el corazón le dio un salto. Sabía quién era.
Abrió.
Groncho estaba ahí, con una bolsa de plástico en la mano. Apenas Paco abrió del todo la puerta, Groncho entró rápido, cerró de un empujón y lo agarró.
No dijo ni una palabra.
Lo empujó contra la pared del pasillo y le estampó un beso desesperado. Fue un beso agresivo, con lengua, babeando, con fuerza. Groncho le agarró la cara con las dos manos y lo besó como si llevara días sin verlo. Su lengua entró profundo en la boca de Paco, moviéndose con ganas.
Paco fingió resistencia al principio. Puso las manos contra el pecho de Groncho e intentó apartarlo un poco, girando la cabeza. Pero Groncho era más grande y más fuerte. Lo apretó más contra la pared y siguió besándolo, babeando a propósito, metiendo la lengua hasta el fondo.
Después de unos segundos, Paco dejó de resistirse.
Sus manos bajaron y se agarraron de la remera de Groncho. Empezó a devolver el beso. Jadeaba por la nariz, tragaba la saliva de Groncho y gemía bajito cuando lo apretaban contra la pared. El beso era sucio, húmedo y largo.
Cuando finalmente se separaron, un hilo de saliva quedó unido entre sus bocas. Paco respiraba agitado, con los labios hinchados y la cara roja.
Groncho lo miró con esa sonrisa dominante.
—Subí —le ordenó en voz baja—. Ahora.
Subieron las escaleras en silencio. Una vez dentro del cuarto de Paco, Groncho cerró la puerta con llave y tiró la bolsa de plástico sobre la cama.
—Te traje más cosas —dijo mientras abría la bolsa.
Sacó varias prendas: más tangas y bragas de su hermana (algunas más sexys que las anteriores), una falda corta de jean, un top ajustado negro y un par de sandalias de mujer con tiras finas. Las sandalias eran simples, pero combinadas con el resto de la ropa iban a hacer que Paco se viera claramente más femenino.
Paco miró todo lo que había sobre la cama sin decir nada.
Groncho lo señaló con la cabeza.
—Andá al baño y cambiate. Quiero que te pongas todo. La falda, el top, las sandalias… y una de estas tangas. Quiero que te veas bien de mujer hoy.
Paco tragó saliva. Tomó la ropa y las sandalias y se fue al baño sin discutir.
Cerró la puerta del baño y se quedó un momento mirando su reflejo en el espejo. Respiró hondo varias veces. Se sacó toda la ropa del colegio y empezó a vestirse con lo que Groncho le había traído.
Primero se puso una tanga negra de encaje que le quedaba justo en su culo redondito. Luego se colocó la falda corta de jean, que le marcaba las caderas estrechas y dejaba ver parte de sus muslos flacos. Encima se puso el top negro ajustado, que le quedaba un poco grande en el pecho pero le marcaba bien la cintura fina. Finalmente se colocó las sandalias de mujer. Eran un poco grandes para él, pero al caminar se notaba claramente que eran de chica.
Se miró en el espejo del baño.
No se reconocía del todo.
El pelo semi-largo le caía sobre la frente. La falda corta, las sandalias, el top ajustado… se veía femenino. No completamente como una mujer, pero sí como un chico que se había vestido de chica. Y le gustó. Le gustó más de lo que quería admitir.
Salió del baño y volvió al cuarto.
Groncho estaba sentado en la silla del escritorio. Cuando lo vio entrar vestido así, sus ojos se abrieron un poco más y una sonrisa lenta se le dibujó en la cara. Se levantó despacio.
—Mirá nomás… —dijo con voz ronca, recorriéndolo de arriba abajo—. Así sí. Pareces una putita de verdad ahora.
Paco se quedó parado en el medio del cuarto, con la falda corta, las sandalias de mujer y la tanga negra debajo. Se sentía expuesto. Vulnerable. Pero también excitado. Su pija chiquita de 8 centímetros ya estaba empezando a endurecerse bajo la falda.
Groncho se acercó y le puso las manos en la cintura, apretando suavemente.
—Hoy te voy a coger con este vestidito puesto —le susurró cerca del oído—. Quiero que te sientas bien de mujer cuando te meta toda la verga.
Paco sintió que le temblaban las piernas. Bajó la mirada, pero no se apartó. Solo se quedó ahí, dejando que Groncho lo tocara por encima de la ropa de mujer, mientras su corazón le latía con fuerza en el pecho.
Sabía que ya no había vuelta atrás.
Y aunque seguía confundido… aunque seguía teniendo miedo…
Ya no quería parar.

 

Groncho cerró la puerta y empujó a Paco contra la cama. Esta vez no hubo besos largos ni preliminares suaves. Estaba claramente excitado por ver a Paco vestido con la falda corta, el top ajustado y las sandalias de mujer.
Lo hizo darse vuelta. Le levantó la falda hasta la cintura y le bajó la tanga rosa hasta los muslos. Sin decir nada, se arrodilló detrás de él y volvió a lamerle el culo. Esta vez lo hizo con más ganas, babeando mucho, metiendo la lengua con fuerza para abrirlo lo más posible.
Paco gemía bajito contra la almohada, con la cara roja. El lamido le estaba gustando, pero también le daba miedo saber lo que venía después.
Después de varios minutos, Groncho se levantó. Se bajó el pantalón y sacó su verga enorme de 24 centímetros. Ya estaba completamente dura, gruesa y con la cabeza brillante. Escupió en su mano, se untó un poco la verga y se posicionó detrás de Paco.
Empezó a empujar.
La cabeza gruesa rozó el ano de Paco. Apenas presionó un poco y Paco sintió un dolor fuerte, como si lo estuvieran abriendo con fuerza. Groncho empujó más.
—Duele… —dijo Paco con la voz entrecortada.
—Agüantá —gruñó Groncho, empujando con más determinación.
Solo logró meter medio centímetro. La verga era demasiado gruesa para el ano virgen y apretado de Paco. El dolor fue inmediato e intenso. Paco se tensó entero, agarrando las sábanas con fuerza.
Groncho siguió empujando con más fuerza.
—Agüantá, putita… solo un poco más…
Paco empezó a llorar. Las lágrimas le caían por la cara mientras sentía cómo la cabeza gruesa intentaba abrirlo. El dolor era demasiado. No era placer. Era puro dolor.
—¡Para! —gritó, con la voz rota—. ¡Para, duele mucho!
Groncho no paró del todo, pero redujo la fuerza. Solo había logrado meter un centímetro como máximo. La verga no entraba más. El ano de Paco estaba demasiado cerrado y la verga era demasiado gruesa.
Paco lloraba sin control, con la cara hundida en la almohada. Tenía las piernas temblando y el cuerpo tenso de dolor.
Groncho estaba frustrado. Volvió a empujar un poco más, pero Paco gritó otra vez.
—¡Basta! ¡No puedo!
En ese momento exacto, la puerta del cuarto se abrió de golpe.
Mónica estaba parada en el umbral.
Había llegado temprano del trabajo. Al entrar a la casa escuchó gritos ahogados que venían de arriba y subió preocupada, pensando que algo le pasaba a Paco. Nunca imaginó lo que iba a encontrar.
La escena que vio fue brutal.
Su hijo estaba boca abajo en la cama, vestido con una falda corta de mujer, un top ajustado y sandalias. Tenía la tanga bajada hasta los muslos. Detrás de él estaba Groncho, con los pantalones bajados y la verga enorme a medio camino de entrar en el culo de su hijo. Paco estaba llorando.
Por un segundo, Mónica se quedó congelada.
Luego explotó.
—¡¿QUÉ CARAJO ESTÁ PASANDO AQUÍ?! —gritó con una voz que Paco nunca le había escuchado.
Groncho se asustó tanto que se apartó de golpe. Se subió los pantalones a las apuradas, agarró su remera y la bolsa de ropa que había traído y salió corriendo del cuarto sin decir una palabra. Bajó las escaleras tan rápido como pudo y salió de la casa.
Mónica se quedó parada en la puerta, respirando agitada, con la cara pálida de la impresión.
Paco se dio vuelta despacio. Tenía la cara llena de lágrimas, la falda subida, la tanga bajada y el culo dolorido. Cuando vio a su mamá en la puerta, sintió que el mundo se le caía encima.
—M-mamá… —balbuceó, con la voz rota.
Mónica lo miró de arriba abajo. Vio el vestido de mujer, las sandalias, la tanga rosa, las lágrimas, el culo enrojecido. Vio todo.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir.
Se quedó ahí, en la puerta, mirándolo fijamente, mientras intentaba procesar lo que acababa de ver.
Paco se cubrió como pudo con la falda, pero ya era tarde. Su madre lo había visto todo.
Y en ese momento, el silencio que quedó en el cuarto fue peor que cualquier grito……..

8 Lecturas/30 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: colegio, gay, hermana, hijo, madre, madura, maduro, vecino
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