Paco y la vida con su madre 8 – Paco se reencuentra con su bully (Groncho)
Continuamos con la historia de Paco (convertida en Peka). Dejaremos el pasado de su madre para un próximo capítulo en algun futuro. En este capítulo Peka se vuelve a encontrar con su bully..
Habían pasado varias semanas desde que Peka empezó el tratamiento hormonal.
Su cabello, que ya era semi-largo, ahora le llegaba más abajo de los hombros. Era más suave y brillante gracias a las hormonas. Ya no necesitaba peinarse de forma masculina; Mónica le enseñaba a cepillarlo todos los días y a hacerse unas pequeñas colitas o moños cuando se vestía de nenita.
Su cuerpo también estaba cambiando, aunque de forma gradual.
Lo más notorio era su culito. Las hormonas femeninas estaban haciendo que la grasa se acumulara en las caderas y en las nalgas. El culito de Peka se había puesto más gordito y redondito. Ya no era el culito pequeño y firme de antes. Ahora tenía más volumen, más suavidad, y cuando se ponía faldas cortas o vestiditos, se le marcaba claramente. Mónica lo notaba y se lo decía con cariño:
—Mirá cómo se te está poniendo el culito, Peka… cada vez más de nena. Se te marca lindo en la ropa.
Peka se miraba en el espejo y sentía una mezcla de vergüenza y orgullo. Le gustaba cómo se veía. Le gustaba que su mamá lo notara y lo comentara.
En cambio, sus pechitos apenas habían empezado a crecer. Eran muy incipientes, casi como dos pequeños botones sensibles bajo la piel. Todavía no se notaban mucho con ropa, pero Peka los sentía todo el tiempo. Estaban más sensibles, especialmente los pezones. Estos se habían ensanchado un poco y se ponían duros con facilidad, incluso con roces suaves de la ropa. Cuando se duchaba o se tocaba, sentía una sensación distinta, más femenina.
Cada noche, antes de dormir, Peka hablaba con su mamá sobre los cambios. Se sentaban en la cama de Mónica (a veces vestidas de forma sexy, a veces solo en ropa interior) y conversaban con confianza.
—Se me está poniendo más sensible acá… —le decía Peka señalándose los pezones—. Y el culito se me está poniendo más gordito. ¿Eso es normal?
Mónica le respondía con paciencia, como una mamá que enseña a su hija:
—Sí, mi amor. Es normal. Las hormonas están redistribuyendo la grasa en tu cuerpo. Por eso se te está poniendo más redondito el culo y las caderas. Los pechos van a crecer más despacio, pero ya están empezando. Con el tiempo van a ponerse más sensibles y más grandes. Tenés que tener paciencia.
Peka asentía y seguía preguntando:
—¿Y por qué me duelen un poco los pezones a veces?
—Porque están creciendo —le explicaba Mónica—. Es parte del proceso. Es como cuando yo era adolescente. Duele un poco, pero después se acostumbra.
La confianza entre las dos había crecido muchísimo. Ya no había secretos. Peka le contaba todo a su mamá: cómo se sentía con los cambios, cómo se sentía cuando se vestía de nenita, cómo le iba con el entrenamiento anal, y cómo cada vez le costaba menos pensar en sí misma como “Paco”.
Mónica, por su parte, nunca más usaba el nombre “Paco”. Siempre la llamaba Peka. Incluso cuando estaban solas en la casa, le hablaba como si fuera su hija pequeña:
—Peka, vení que te peino el pelo.
—Peka, sentate como nena, con las rodillas juntas.
—Peka, hoy vamos a probar un vestidito más corto.
Peka ya se había acostumbrado tanto al nuevo nombre que cuando alguien (rara vez) la llamaba por su nombre antiguo, sentía que no le correspondía.
Además de los cambios físicos, Mónica seguía enseñándole todos los días cómo ser más nenita. Le corregía la forma de caminar, de sentarse, de hablar más suave y de mover las manos. Le enseñaba a pintarse las uñas (aunque solo en casa), a ponerse brillo en los labios y a elegir la ropa según el día.
El entrenamiento anal también continuaba. Cada dos o tres días Mónica le daba una lección. Ya habían pasado del dildo más pequeño al siguiente tamaño. Peka todavía sentía algo de molestia al principio, pero cada vez le dolía menos y empezaba a sentir más placer. Mónica siempre estaba ahí, guiándola con paciencia y lubricante.
Una noche, mientras Peka estaba acostada en la cama de su mamá con un vestidito corto puesto, Mónica le acarició el pelo y le dijo:
—Estás cambiando muy lindo, Peka. El pelo más largo, el culito más gordito, los pezones más sensibles… Todo te está quedando muy de nena. Estoy orgullosa de cómo lo estás llevando.
Peka sonrió, apoyada contra el hombro de su mamá.
—Gracias… me gusta cómo me siento ahora. Antes me sentía rara todo el tiempo. Ahora me siento más… yo.
Mónica le dio un beso en la cabeza.
—Entonces vamos por buen camino. Seguí confiando en mí. Cada día te voy a seguir enseñando algo nuevo, ya sea con la ropa, con tu cuerpo o con cómo comportarte. Y cuando estés lista, vamos a seguir avanzando con el entrenamiento.
Peka cerró los ojos, sintiéndose segura.
Ya no extrañaba ser “Paco”. Ese nombre casi ni lo recordaba.
Ahora era Peka.
Y aunque todavía faltaba mucho por cambiar, por primera vez en su vida se sentía en el lugar correcto.
La confianza entre Mónica y Peka ya era muy grande. Tanto que, con el paso de las semanas, Mónica dejó de ocultarse en la casa. A veces caminaba por la cocina o el living solo con una tanga o con las tetas al aire, completamente cómoda. Ya no sentía la necesidad de taparse cuando Peka estaba cerca.
Una tarde, mientras Mónica preparaba la merienda con las tetas grandes y colgantes descubiertas, Peka la miró desde la mesa y le preguntó:
—Mamá… ¿no te molesta que te vea así?
Mónica se dio vuelta con naturalidad y le respondió con una sonrisa:
—No, mi amor. Antes te ocultaba el cuerpo porque eras un varón. Ahora sos mi nena. Entre chicas hay más confianza. Además, quiero que te acostumbres a ver y a sentir el cuerpo femenino sin vergüenza. El tuyo también está cambiando.
Peka asintió. Ya no se ponía roja como antes. Ver a su mamá con las tetas al aire se había vuelto algo normal en la casa. A veces incluso Mónica la abrazaba así, piel con piel, y Peka ya no sentía esa vergüenza intensa de antes.
Cada semana salían juntas de compras.
Era uno de los momentos que Peka más disfrutaba. Iban a diferentes locales del shopping y de tiendas de ropa. Mónica siempre elegía ropa sexy y provocativa para ella: tops ajustados, faldas cortas, vestidos que le marcaran las tetas y el culo. En cambio, Peka prefería ropa mucho más infantil y de nenita.
Le encantaba comprar vestiditos, polleritas y tops que parecían de una niña de 8 años: con estampados de ositos, conejitos, lunares, volados y lazos grandes. Las empleadas de los locales ya las conocían.
Cuando entraban, varias vendedoras sonreían y las saludaban con familiaridad:
—Hola Mónica, hola Peka.
Ya sabían que Peka era una nena trans. No lo decían de forma grosera ni curiosa, sino con naturalidad. Algunas incluso le decían cosas cariñosas:
—Qué linda nena estás hoy, Peka. Ese vestidito te queda precioso.
—Mirá qué pelo más lindo tenés. Se te ve muy suave.
Peka se ponía roja, pero sonreía. Le gustaba que la trataran así. Le gustaba que la llamaran “nena” y que le hablaran con cariño. Como varón nunca le habían prestado atención. Las chicas de su edad ni lo miraban. Era el nerd flaco y petiso del fondo del aula. Nadie se fijaba en él.
Ahora, como Peka, las mujeres eran más amables. Las vendedoras la recibían con sonrisas, le recomendaban ropa, le decían que estaba linda y hasta le ayudaban a elegir la talla correcta cuando la ropa infantil le quedaba un poco justa por el culito que se le estaba poniendo más gordito.
Una tarde, mientras probaba un vestidito rosa con ositos en un probador, una empleada joven se acercó a Mónica y le dijo en voz baja, pero con tono cómplice:
—Tu hija es muy linda. Se nota que está más cómoda cada vez que viene. Está cambiando muy bien.
Mónica sonrió con orgullo.
—Sí, está yendo muy bien. Gracias por tratarla con tanto cariño.
La empleada miró a Peka, que salía del probador con el vestidito puesto, y le dijo directamente:
—Te queda precioso, Peka. Sos una nena muy linda.
Peka bajó la mirada, pero sonrió. Sintió algo cálido en el pecho.
Cuando salieron del local con varias bolsas, Mónica le tomó la mano mientras caminaban por el shopping y le habló:
—¿Ves? Cuando eras varón, casi nadie te prestaba atención. Ahora, como nena, la gente es más amable. Sobre todo las mujeres. Te tratan con más cariño, te hablan más suave, te ayudan más. ¿Te gusta cómo te tratan ahora?
Peka caminó un rato en silencio, pensando. Finalmente respondió con honestidad:
—Sí… me gusta. Me siento más… vista. Antes me sentía invisible. Ahora las vendedoras me sonríen, me dicen que estoy linda, me ayudan a elegir ropa. Me hace sentir bien.
Mónica le apretó la mano.
—Entonces vamos por buen camino. Ser nenita te está sentando bien. No solo por cómo te ves, sino por cómo te tratan los demás. Y eso es importante.
Peka asintió. Se miró en el reflejo de un vidrio mientras caminaban. Llevaba puesto un vestidito corto con volados, el pelo más largo le caía sobre los hombros, y su culito se marcaba un poco más con cada paso. Ya no se veía como el chico flaco y nerd de antes.
Se veía como Peka.
Y aunque todavía faltaban muchos cambios por venir, ya sentía que este nuevo camino le gustaba mucho más que el anterior.
Con el paso de las semanas, Mónica empezó a darle a Peka lecciones más específicas sobre cómo comportarse frente a los hombres. Ya no solo era ropa, nombre o entrenamiento anal. Ahora también le estaba enseñando cómo moverse en el mundo como una nena que atrae miradas.
Una tarde, mientras estaban sentadas en la cama de Mónica, ella le habló con tono serio pero maternal:
—Peka, hay algo importante que tenemos que empezar a trabajar. Ahora que estás cambiando y que te ves cada vez más de nena, los hombres van a empezar a mirarte. Y tenés que saber cómo comportarte frente a ellos.
Peka la miró con atención, un poco nerviosa.
Mónica continuó dándole consejos claros:
—Primero, cuando un hombre te hable, miralo a los ojos un momento, pero después bajá un poco la mirada. No lo mires fijamente todo el tiempo, eso puede interpretarse como desafío. Sé suave en la voz, no hables demasiado fuerte ni demasiado rápido. Sonreí un poco, pero no demasiado. Y cuando camines cerca de un hombre, mantené la espalda recta y el culito un poco hacia atrás. Eso hace que te veas más femenina y atractiva.
Peka escuchaba todo con cuidado, asintiendo de vez en cuando.
Mónica siguió:
—También es importante cómo te sentás. Nunca abras mucho las piernas. Siempre mantené las rodillas juntas o cruzá las piernas. Y cuando te agaches a recoger algo, hacelo de lado, nunca de frente. Son detalles pequeños, pero hacen mucha diferencia en cómo te perciben los hombres.
Peka practicó un poco frente a su mamá: cómo sentarse, cómo caminar y cómo mirar. Mónica la corregía con paciencia, como una maestra.
Con el tiempo, Mónica empezó a notar algo que antes no pasaba.
Cuando salían juntas de compras o a caminar, varios señores mayores comenzaban a mirar a Peka. No era una mirada rápida. Eran miradas largas, que se detenían especialmente en su culito cada vez más gordito y en su figura que, aunque todavía delgada, ya tenía curvas más suaves gracias a las hormonas.
Una tarde, mientras caminaban por el shopping, Mónica notó cómo un hombre de unos cincuenta años se quedó mirando a Peka desde una tienda. Otro, más adelante, giró la cabeza cuando Peka pasó caminando con su pollera corta.
Mónica no dijo nada en ese momento, pero cuando llegaron a casa y se sentaron a tomar algo, le habló con tono calmado:
—Peka, ¿te diste cuenta de que varios hombres te están mirando últimamente?
Peka se puso roja y bajó la mirada.
—Sí… me di cuenta. Sobre todo hombres grandes. Me miran el culo cuando camino.
Mónica asintió.
—Es normal. Tu culito se está poniendo más redondito y más llamativo. Además, te vestís con ropa corta y de nena, lo que atrae ciertas miradas. No todos los hombres son buenos. Algunos van a mirarte con deseo, y tenés que aprender a manejarlo.
Peka se mordió el labio.
—¿Y qué tengo que hacer cuando me miran así?
Mónica le respondió con sinceridad:
—Depende de la situación. Si es un desconocido en la calle, lo mejor es ignorarlo y seguir caminando con seguridad. No sonrías ni los mires demasiado. Pero si es alguien que te habla, ahí usás lo que te enseñé: voz suave, mirada baja, postura femenina. Y si en algún momento te sentís incómoda o en peligro, venís directo conmigo. Siempre.
Peka se quedó callada un momento, procesando. Luego preguntó bajito:
—¿Y… te molesta que me miren?
Mónica la miró con cariño y le contestó con honestidad:
—No me molesta que te miren. Me molesta si alguien te falta el respeto o te hace sentir mal. Pero que te miren… es parte de ser nena. Antes, como varón, casi nadie te prestaba atención. Ahora, como Peka, los hombres te ven. Y eso también forma parte de tu nueva vida. Tenés que aprender a moverte en ese mundo.
Peka asintió lentamente. Aunque le daba un poco de vergüenza que los hombres la miraran, también sentía una extraña satisfacción. Por primera vez en su vida, alguien la deseaba. Y aunque todavía le costaba procesarlo, no le disgustaba del todo.
Mónica le tomó la mano y le habló con voz más suave:
—Vamos a seguir practicando. La próxima vez que salgamos, te voy a ir corrigiendo en el momento. Quiero que aprendas a caminar, a sentarte y a comportarte como una nena que sabe que la están mirando… pero que también sabe cómo manejarlo.
Peka apretó la mano de su mamá.
—Sí, mamá… quiero aprender.
Mónica le sonrió.
—Bien. Porque cada día te estás poniendo más linda, Peka. Y los hombres lo están empezando a notar.
Esa tarde, Peka volvía caminando sola desde la escuela. Llevaba puesto un conjunto que su mamá le había elegido esa mañana: una pollera tableada azul marino bastante corta, un top blanco de tirantes y las sandalias de mujer. El pelo, ahora más largo, le caía sobre los hombros. Gracias a las hormonas, su culito ya se notaba más redondito y suave, y su forma de caminar había cambiado un poco por todo lo que Mónica le había enseñado.
Iba distraída, pensando en lo que su mamá le había dicho esa mañana sobre cómo sentarse cuando había hombres cerca, cuando de repente escuchó una voz que le heló la sangre.
—Oye…
Peka levantó la vista.
Era Groncho.
Estaba apoyado contra una reja, con las manos en los bolsillos, mirándola. Al principio la miró con cara de no reconocerla del todo. Frunció el ceño, entrecerró los ojos y la observó de arriba abajo. Tardó varios segundos en darse cuenta de quién era.
Cuando lo entendió, sus ojos se abrieron un poco más.
—¿Paco? —preguntó, todavía dudando—. ¿Sos vos?
Peka se quedó parada en el medio de la vereda. Sintió que le subía el pulso. No lo veía desde el día que su mamá los había sorprendido en el cuarto. Después de eso, Groncho había desaparecido. Hasta ahora.
Groncho dio un paso más cerca, mirándola con atención. Recorrió su cuerpo con la mirada: el pelo más largo, la pollera corta, el top ajustado, las piernas, y especialmente el culito que ahora se le notaba más gordito debajo de la falda.
—Joder… —dijo con voz ronca de sorpresa—. Casi no parecés un chico. Te ves… linda. Muy linda. ¿Qué carajo te pasó?
Peka tragó saliva. Tenía la garganta seca. No sabía muy bien qué contestar. Parte de ella quería seguir caminando y no decir nada. Otra parte, la misma que antes se había sometido a él, se quedó quieta.
Groncho se acercó un poco más, sin llegar a tocarla, pero lo suficientemente cerca como para que Peka sintiera su presencia.
—Tenías pelo corto, eras flaco, con lentes… ahora tenés pelo largo, te vestís como mina y tenés el culo más grande. ¿Qué te hicieron? ¿Te estás haciendo mujer o algo?
Peka bajó un poco la mirada, tal como su mamá le había enseñado cuando un hombre le hablaba. Su voz salió más suave de lo que pretendía:
—…Me llamo Peka ahora. Mi mamá me está ayudando. Estoy tomando hormonas.
Groncho la miró de arriba abajo otra vez, esta vez con más descaro. Se detuvo especialmente en sus piernas y en cómo le quedaba la pollera.
—Peka… —repitió, como probando el nombre—. Te queda bien. Te ves mucho mejor así. Casi no parecés el mismo pendejo flaco de antes.
Peka sintió que le ardía la cara. No sabía si era de vergüenza, de miedo o de algo más oscuro que todavía no quería reconocer. Recordaba perfectamente lo que Groncho le había hecho la última vez que estuvieron solos: cómo la había golpeado, cómo le había metido la lengua en el culo y cómo había intentado penetrarla con su verga enorme, aunque solo había logrado meter un centímetro.
Groncho dio otro paso adelante. Su voz bajó un poco:
—Te ves rica ahora. De verdad. Antes eras un pendejo cualquiera. Ahora… ahora parecés una nena de verdad. ¿Tu mamá sabe que estás caminando así por la calle? ¿Sabe que los hombres te van a mirar?
Peka asintió apenas.
—Sí… mi mamá lo sabe.
Groncho soltó una risa baja, casi burlona, pero también excitada.
—Qué raro… antes eras un pendejo al que le pegaba y le sacaba plata. Ahora sos una nena que camina con pollera corta y el culo más grande. El mundo da muchas vueltas, ¿eh?
Peka no contestó. Seguía con la mirada baja, las manos agarrando la correa de su mochila. Sentía el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
Groncho la miró un momento más y luego le dijo con tono más bajo:
—Capaz algún día nos cruzamos de nuevo… cuando tu mamá no esté cerca. Ahora que te ves así, capaz que podemos… hablar mejor.
Peka sintió un escalofrío. No sabía si era de miedo o de otra cosa. Levantó apenas la vista y lo miró a los ojos por un segundo, tal como su mamá le había enseñado, antes de bajarla otra vez.
Groncho sonrió de lado.
—Te ves linda, Peka. Muy linda. Cuidate.
Dio un paso atrás, la miró una última vez de arriba abajo y siguió caminando por la vereda, dejándola sola.
Peka se quedó parada un momento en el mismo lugar, respirando agitada. Sentía las piernas un poco temblorosas. No sabía exactamente qué sentía. Miedo, sí. Pero también algo más. Algo que le recordaba cuando Groncho la dominaba y ella terminaba excitada a pesar de todo.
Se quedó ahí un rato, hasta que se sintió capaz de seguir caminando hacia su casa.
Cuando llegó, Mónica estaba en la cocina. Apenas la vio, notó que su hija estaba rara.
—¿Qué te pasó, mi amor? —le preguntó con preocupación.
Peka se quedó callada un segundo, luego respondió en voz baja:
—Me crucé con Groncho…
Mónica se tensó inmediatamente.
—¿Qué te dijo?
Peka bajó la mirada y contestó con sinceridad:
—Que ahora me veo linda… que casi no parezco un chico. Me preguntó qué me había pasado.
Mónica se acercó y le tomó la cara con las manos, mirándola a los ojos.
—¿Te hizo algo? ¿Te tocó?
Peka negó con la cabeza.
—No… solo me habló. Me miró mucho. Me dijo que me veía rica ahora.
Mónica la abrazó fuerte. Peka se dejó abrazar, sintiendo el calor del cuerpo de su mamá.
—Vamos a tener que tener más cuidado —le dijo Mónica en voz baja—. Ese chico es peligroso. Si te vuelve a cruzar, no te quedes hablando. Vení directo a casa o llamame.
Peka asintió contra el hombro de su mamá.
Pero en algún lugar profundo de su cabeza, las palabras de Groncho seguían dando vueltas:
“Te ves linda… muy linda.”
Y aunque le daba miedo admitirlo, una parte de ella no las había odiado del todo.
Al día siguiente, Peka volvía caminando de la escuela por el mismo camino de siempre. Llevaba la pollera tableada y el top que su mamá le había elegido esa mañana. Iba distraída, pensando en las lecciones de comportamiento que Mónica le había dado la noche anterior, cuando escuchó una voz conocida.
—Peka…
Levantó la vista. Era Groncho otra vez. Esta vez no estaba apoyado contra la reja. Estaba de pie en la vereda, esperándola. Su expresión era distinta a la del día anterior. Ya no había esa mirada burlona y dominante de siempre. Parecía más calmado.
Peka se detuvo a unos metros de él. Sintió que le subía el pulso, pero no huyó.
Groncho dio un paso adelante, pero esta vez con más cuidado. Habló con voz más baja y menos agresiva que antes:
—Oye… quería decirte algo. Lo de la última vez… cuando intenté metértela a la fuerza… estuvo mal. No debí haberlo hecho así. Te dolió y te hice llorar. Lo siento.
Peka lo miró sorprendida. No esperaba una disculpa de Groncho. Nunca le había pedido perdón por nada en todo el tiempo que la había molestado y golpeado.
Groncho siguió hablando, rascándose la nuca:
—Ahora te ves diferente. Más… de nena. Te queda bien. No quiero que pienses que soy un hijo de puta que solo quiere lastimarte. Antes te pegaba porque eras un pendejo flaco y yo era más grande. Ahora sos… otra cosa.
Peka sintió una mezcla extraña en el estómago. Tenía miedo, sí. Recordaba perfectamente el dolor cuando Groncho intentó penetrarla. Pero también, en algún lugar profundo y oscuro, recordaba cómo se había sentido cuando la dominaba. Cómo, a pesar del dolor y la vergüenza, su pija chiquita se ponía dura. Cómo le gustaba ser tratada como una putita.
Tragó saliva y respondió con voz suave, tal como su mamá le había enseñado:
—…Está bien. Gracias por disculparte.
Groncho la miró un momento. Sus ojos bajaron hasta su pollera y su culito, que ahora se notaba más redondito. No era una mirada tan grosera como antes, pero tampoco era inocente.
—Te ves linda de verdad —repitió—. Si querés… podemos hablar de vez en cuando. Sin que pase nada raro. Solo hablar.
Peka no supo qué contestar. Parte de ella quería decir que no. Otra parte, la misma que se excitaba con la dominación, se quedó callada.
En ese momento, desde lejos, Mónica los vio.
Estaba regresando de hacer unas compras cuando reconoció a Groncho hablando con su hija. Sintió que le subía la sangre a la cabeza. Nunca se le había olvidado la imagen de ese chico intentando abusar de su hijo en el cuarto, ni los gritos de dolor de Peka. Sin pensarlo dos veces, dejó las bolsas en el piso y caminó rápido hacia ellos.
Cuando llegó, se paró entre los dos y miró directamente a Groncho.
—¿Qué estás haciendo acá? —le preguntó con voz firme, aunque controlada—. ¿Qué querés con mi hija?
Groncho dio un paso atrás. Ya no tenía la misma actitud desafiante de antes. Miró a Mónica y luego a Peka.
—Nada malo —respondió—. Solo quería disculparme por lo de la última vez. Y decirle que ahora se ve linda.
Mónica lo miró con los ojos entrecerrados.
—Te agradezco la disculpa. Pero no quiero que te acerques más a ella. ¿Entendiste?
Groncho asintió. Miró una última vez a Peka y le dijo en voz baja:
—Cuídate, Peka.
Luego se dio vuelta y se fue caminando por la vereda sin decir nada más.
Mónica se quedó un momento mirando cómo se alejaba. Luego se giró hacia su hija. Su expresión era seria, pero no enojada con ella.
—¿Estás bien? —le preguntó, revisándola con la mirada.
Peka asintió.
—Sí, mamá. Solo me habló. Se disculpó por lo de antes.
Mónica suspiró y le tomó la mano.
—Vamos a casa. Hablamos ahí.
Cuando llegaron, Mónica dejó las bolsas en la cocina y le pidió a Peka que se sentara con ella en la mesa. La miró directamente y le preguntó sin rodeos:
—Quiero que seas sincera conmigo. ¿Qué está pasando con Groncho? Ayer te cruzaste con él y hoy otra vez. ¿Qué te dijo exactamente?
Peka bajó la mirada y jugó con el borde de su pollera. Tardó unos segundos en contestar.
—Se disculpó… por haber intentado metérmela a la fuerza. Dijo que estuvo mal. Y me dijo que ahora me veo linda. Que casi no parezco un chico.
Mónica se quedó callada un momento, procesando. Luego preguntó con voz más baja:
—¿Y cómo te sentiste cuando te lo dijo?
Peka se mordió el labio. Sabía que su mamá esperaba honestidad. Después de todo lo que habían hablado y la confianza que habían construido, no quería mentirle.
—Tenía miedo… pero también me empecé a excitar un poco —confesó bajito—. En el fondo… me gustaba lo que hacíamos antes con él. Aunque me dolía y me daba vergüenza. Me gustaba que me dominara. Me gustaba ser su putita.
Mónica cerró los ojos un segundo y respiró profundo. No era la respuesta que esperaba, pero tampoco le sorprendió del todo. Ya sabía que su hija tenía tendencias sumisas y que le gustaba ser tratada de forma dominante.
Abrió los ojos y le habló con calma:
—Peka… entiendo que tengas sentimientos confusos. Groncho te dominaba y tu cuerpo reaccionaba. Eso pasa. Pero no olvides lo que te hizo. Te golpeó, te amenazó y te dolió cuando intentó penetrarte. No quiero que vuelvas a estar cerca de él sin que yo esté presente. ¿Me entendés?
Peka asintió.
—Sí, mamá.
Mónica le tomó la mano por encima de la mesa y le habló con más suavidad:
—No te estoy diciendo que no puedas sentir lo que sentís. Solo te estoy pidiendo que tengas cuidado. Ese chico tiene problemas. Y aunque ahora se disculpe y te diga que te ves linda, no quiero que te acerques sola a él. Si vuelve a cruzarse contigo, venís directo a casa o me llamas. ¿De acuerdo?
Peka apretó la mano de su mamá.
—De acuerdo.
Mónica la miró un momento más y luego le dio un beso en la frente.
—Bien. Ahora andá a cambiarte el uniforme y después hablamos de lo que vamos a cenar. Y mañana, si querés, seguimos practicando cómo comportarte cuando un hombre te habla. Porque parece que te van a seguir mirando y hablando.
Peka se levantó de la mesa y fue hacia su cuarto. Mientras se cambiaba, no podía dejar de pensar en las palabras de Groncho y en cómo su cuerpo había reaccionado al verlo otra vez.
Sabía que su mamá tenía razón.
Pero también sabía que, en algún lugar oscuro de su cabeza, una parte de ella esperaba volver a cruzarse con él.
Al día siguiente, Peka volvía caminando de la escuela por el mismo camino de siempre. Llevaba la pollera y el top que su mamá le había elegido. Iba un poco distraída cuando, al doblar la esquina, lo vio otra vez.
Groncho estaba ahí, esperándola.
Esta vez Peka no se sorprendió tanto. Se detuvo a unos metros de él. Groncho le sonrió de forma más amable que antes y le hizo una seña con la cabeza.
—Vení —le dijo con voz baja—. Solo quiero hablar un rato.
Peka dudó. Sabía que su mamá le había dicho que no se quedara hablando con él sola. Pero algo dentro de ella la hizo dar un paso adelante. Se acercó lentamente.
Hablaron durante varios minutos. Groncho ya no era tan grosero como antes. Le preguntó cómo estaba, cómo le iba con las hormonas, y le dijo varias veces que ahora se veía muy linda. Peka respondía con voz suave, tal como su mamá le había enseñado. A veces bajaba la mirada, otras veces lo miraba un segundo y luego apartaba los ojos.
Mientras hablaban, Peka sentía una mezcla extraña. Tenía miedo, sí. Pero también notaba que su cuerpo reaccionaba. Recordaba cómo Groncho la besaba de forma sucia y babosa, cómo le agarraba la nuca, cómo le metía la lengua en la boca. Recordaba cómo se arrodillaba frente a él y chupaba su verga gruesa de 24 centímetros hasta tragarse toda su leche. Aunque le había dolido cuando intentó penetrarla, no todo lo que habían hecho había sido malo. Una parte de ella lo había disfrutado.
Groncho, como si pudiera leerle la mente, le dijo en voz baja:
—Si querés… podemos vernos de vez en cuando. Sin que tu mamá se entere. Solo hablar… o lo que vos quieras.
Peka no contestó. Solo bajó la mirada y se quedó callada.
Desde lejos, Mónica los estaba observando.
Estaba regresando de hacer un trámite cuando los vio hablando. Esta vez no intervino. Se quedó parada a distancia, observándolos. Vio cómo su hija hablaba con voz suave, cómo bajaba la mirada y cómo Groncho la miraba con deseo. No se acercó. Solo los miró durante varios minutos hasta que Peka siguió caminando hacia la casa.
Cuando Peka llegó, Mónica ya estaba en la cocina. La esperó hasta que su hija dejó la mochila y se sentó a la mesa. Entonces le habló con tono calmado pero directo:
—Te vi hablando con Groncho otra vez.
Peka se tensó. Miró a su mamá y supo que no tenía sentido mentir.
—Sí… me volvió a cruzar hoy.
Mónica se sentó frente a ella y la miró a los ojos.
—Quiero que seas completamente sincera conmigo, Peka. ¿Qué sentís cuando estás con él? No me digas solo lo que creés que quiero escuchar. Decime la verdad.
Peka se mordió el labio inferior. Tardó varios segundos en contestar. Cuando habló, su voz salió baja pero clara:
—En el fondo… me gusta. Sé que me lastimó antes. Sé que intentó desvirgarme a la fuerza y que me dolió. Pero también recuerdo que no todo era tan malo. Me acuerdo de cómo me besaba… sucio, con mucha saliva. Me acuerdo de cómo me arrodillaba y le chupaba la verga hasta tragarme toda su leche. Me gustaba ser su putita. Aunque me daba vergüenza y miedo… me excitaba.
Se quedó callada un momento y luego agregó:
—Cuando me habla ahora y me dice que me veo linda… me gusta. Me gusta que me mire así. Aunque sé que está mal.
Mónica escuchó todo sin interrumpirla. Su expresión no era de enojo, sino de comprensión. Después de unos segundos, suspiró y le tomó la mano por encima de la mesa.
—Está bien, Peka. Te entiendo.
Peka levantó la vista, sorprendida.
Mónica continuó con voz suave pero firme:
—Al final, vos sos una nenita sumisa y pasiva. Te gusta que te dominen. Te gusta que te digan qué hacer, que te usen, que te traten como una putita. Eso no es algo malo. Es parte de cómo sos. Hay personas que nacen con esa necesidad de someterse, y vos sos una de ellas. Yo lo acepto. No voy a juzgarte por eso.
Peka sintió que le ardían los ojos. No esperaba que su mamá lo entendiera tan bien.
Mónica le apretó la mano y le habló con más cariño:
—Pero también quiero que entiendas algo importante. Groncho te lastimó antes. Te golpeó y te dolió cuando intentó meterte la verga. Aunque ahora se disculpe y te diga cosas lindas, no quiero que te pongas en riesgo. Si vas a seguir viéndolo… tiene que ser con cuidado. Y preferiría que no lo hicieras sola.
Peka asintió lentamente.
—Sí, mamá… lo entiendo.
Mónica la miró un momento más y luego le dio un beso en la frente.
—Sos mi nena. Y aunque te guste que te dominen, yo siempre voy a cuidarte. Si algún día querés que Groncho vuelva a formar parte de tu vida, vamos a hablarlo bien. Pero por ahora, quiero que vayas despacio. ¿Me prometés eso?
Peka apretó la mano de su mamá y respondió con sinceridad:
—Te lo prometo.
Mónica sonrió con cariño.
—Bien. Ahora andá a cambiarte. Y después, si querés, podemos hablar más sobre cómo te sentís cuando estás con él. Sin secretos.
Peka se levantó de la mesa y fue hacia su cuarto. Mientras se cambiaba, sentía una mezcla de alivio y confusión. Su mamá no la había juzgado. Al contrario, había aceptado que era una nenita sumisa que le gustaba ser dominada.
Y aunque todavía tenía miedo de Groncho… también sabía que, en algún lugar de su cabeza, ya estaba pensando en la próxima vez que se cruzarían.
Al día siguiente, después del desayuno, Mónica le pidió a Peka que se sentara con ella en la mesa del comedor. Tenía una expresión seria pero calmada. Miró a su hija directamente y le habló sin rodeos:
—Peka, ayer me contaste cómo te sentís con Groncho y cómo te gusta que te dominen. Y estuve pensando. Como sos una nenita pasiva y sumisa, creo que es momento de que te enseñe cómo comportarte como tal. No solo de forma sexual, sino en tu forma de ser día a día.
Peka la miró con atención. Sintió que le subía un calor en el estómago. Le gustaba cuando su mamá le hablaba así, con esa mezcla de cariño y autoridad.
Mónica continuó:
—Sé que yo soy una mujer independiente, fuerte y decidida. Siempre lo fui. Pero también entiendo que hay mujercitas como vos que necesitan ser dominadas por un macho. Que les gusta sentirse pequeñas, obedientes y controladas. Y eso está bien. No todas las mujeres somos iguales. Algunas nacen para mandar… y otras nacen para obedecer. Vos naciste para obedecer.
Peka bajó la mirada, pero asintió. Esas palabras le provocaron una sensación extraña y placentera.
Mónica empezó a darle lecciones concretas:
Primera lección: Postura y presencia
—Cuando estés frente a un hombre, nunca te pares con los hombros caídos ni mirando al piso todo el tiempo. Mantené la espalda recta, pero la cabeza un poco baja. Eso demuestra sumisión sin parecer débil. Cuando te sienten, siempre cruzá las piernas o mantené las rodillas juntas. Nunca abras las piernas. Y cuando un hombre te hable, incliná un poco el cuerpo hacia adelante. Eso muestra que estás atenta y dispuesta a obedecer.
Peka practicó frente a su mamá. Se paró y se sentó varias veces mientras Mónica la corregía con paciencia.
Segunda lección: La voz y las palabras
—Tu voz tiene que ser más suave y más baja. No hables fuerte ni uses palabras fuertes. Cuando respondas, usá frases como “sí”, “como quieras”, “lo que vos digas”. Evitá decir “no” directamente. Si no estás de acuerdo con algo, decí “si vos querés” o “como prefieras”. Eso hace que el hombre sienta que tiene el control.
Peka repitió varias frases en voz baja, practicando el tono sumiso.
Tercera lección: Actitud general
—Una nenita sumisa siempre busca complacer. Si un hombre te pide algo (dentro de lo razonable), hacelo sin quejarte. Si te corrige, aceptalo con la cabeza baja. Nunca discutas ni le lleves la contra. Tu rol es hacer que se sienta poderoso y a cargo. Eso es lo que más les gusta a los hombres que dominan.
Mónica le dio ejemplos concretos:
—Si un hombre te dice “vení acá”, no le preguntes “¿para qué?”. Solo contestás “sí” y vas. Si te dice que te sientes en sus piernas, lo hacés sin dudar. Si te pide que le sirvas algo de tomar, lo hacés con una sonrisa y la cabeza un poco inclinada.
Peka escuchaba todo con mucha atención. Cada consejo le provocaba una excitación que intentaba disimular.
Mónica siguió enseñando durante más de una hora:
Cómo caminar un paso detrás de un hombre cuando están juntos.
Cómo servirle algo (con las dos manos, inclinando un poco el cuerpo).
Cómo aceptar un halago (con la cabeza baja y un “gracias” suave).
Cómo pedir permiso para hacer cosas (“¿puedo…?”).
Cómo recibir una orden sin cuestionarla.
Al final de la lección, Mónica la miró con cariño y le dijo:
—Todo esto no es solo para cuando estés con Groncho. Es para que aprendas a vivir como la nenita sumisa que sos. Porque eso te hace feliz. Y mientras seas feliz y estés segura, yo voy a seguir enseñándote.
Peka se quedó callada un momento, procesando todo lo que había aprendido. Luego levantó la vista y le preguntó con voz baja:
—¿Y si algún día… quiero que Groncho me domine de nuevo? ¿Me vas a ayudar?
Mónica la miró fijamente y respondió con honestidad:
—Si algún día estás segura de que querés eso, vamos a hablarlo bien. Yo no voy a dejarte sola con alguien que te pueda lastimar. Pero si realmente es lo que necesitás… te voy a ayudar a que sea de forma más segura. Porque sos mi nena, y quiero que estés bien.
Peka sintió que le ardían los ojos. Se levantó de la silla y abrazó a su mamá con fuerza.
—Gracias… por entenderme.
Mónica le devolvió el abrazo y le besó la cabeza.
—No tenés que agradecer. Solo tenés que ser honesta conmigo. Ahora andá a practicar un poco lo que te enseñé. Caminá por la casa como una nenita sumisa. Después seguimos.
Peka asintió y se alejó caminando con pasos más suaves, la espalda recta y la cabeza ligeramente inclinada, tal como su mamá le había enseñado.
Por primera vez, sentía que estaba aprendiendo a ser exactamente quien era.
Al día siguiente, mientras Peka volvía de la escuela, Groncho apareció otra vez. Esta vez Peka no se puso tan nerviosa como las veces anteriores. Lo vio de lejos y, en vez de bajar la cabeza y seguir caminando, se detuvo y esperó.
Groncho se acercó con una sonrisa más amable que de costumbre. Empezaron a hablar. Esta vez la conversación duró bastante. Groncho intentaba conquistarla de forma torpe pero sincera. Le decía que ahora se veía muy linda, que le gustaba cómo se movía, que el pelo largo le quedaba bien y que ya no parecía el mismo pendejo flaco de antes. Peka respondía con voz suave, tal como su mamá le había enseñado, bajando la mirada de vez en cuando y sonriendo tímidamente.
Mientras hablaban, Groncho se animó más. Le dijo que le gustaría volver a verla, que quería conocerla mejor ahora que era “Peka” y no “Paco”. Ella no contestó directamente, pero tampoco se alejó.
Desde lejos, Mónica los estaba observando.
Llevaba varios minutos viéndolos hablar. Notó cómo su hija estaba más animada que otras veces, cómo sonreía bajito y cómo Groncho intentaba acercarse más. También vio que Peka no parecía incómoda. Al contrario. Parecía gustarle la atención.
Mónica respiró hondo y decidió acercarse.
Cuando Groncho la vio venir, se puso tenso. Sabía que a Mónica no le gustaba que hablara con su hija. Ya estaba por despedirse y marcharse cuando Mónica levantó la mano y le dijo con voz firme pero calmada:
—Espera. No te vayas todavía.
Groncho se quedó quieto, sorprendido.
Mónica se paró frente a los dos. Miró a su hija (que tenía la cara completamente roja de vergüenza) y luego miró a Groncho.
—Necesito decirte algo —le habló directamente a él—. Me di cuenta de que mi hija y vos os gustáis mutuamente. Ella te tiene ganas, aunque le cueste admitirlo. Y vos claramente la deseás. Lo vi en cómo la mirás y en cómo intentás conquistarla.
Peka sintió que quería que se la tragara la tierra. Bajó la cabeza hasta casi tocarse el pecho, con las mejillas ardiendo.
Mónica continuó:
—No voy a fingir que me gusta todo lo que pasó antes entre ustedes. Y vos parecés ser el tipo de hombre que le gusta a ella. Así que… te invito a cenar mañana a la noche en nuestra casa. Para que hablen con más calma y sin estar parados en la calle.
Groncho se quedó callado varios segundos, procesando lo que acababa de escuchar. Luego una sonrisa lenta se le dibujó en la cara.
—¿En serio? —preguntó, todavía un poco incrédulo.
Mónica asintió.
—En serio. Mañana a las ocho. No llegues tarde.
Groncho miró a Peka, que seguía con la cara roja y sin levantar la vista. Luego volvió a mirar a Mónica y aceptó con una sonrisa más amplia.
—Está bien. Voy a ir. Gracias.
Se despidió de las dos y se fue caminando, claramente contento.
Cuando Groncho ya no estaba a la vista, Mónica se giró hacia su hija. Peka tenía la cara tan roja que parecía que le iba a explotar.
—Mamá… —susurró, avergonzada—. ¿Por qué lo invitaste?
Mónica le puso una mano en el hombro y le habló con voz suave pero directa:
—Porque sé lo que querés en el fondo, Peka. Aunque te dé vergüenza admitirlo. Te gusta Groncho. Te gusta que te domine. Te gusta ser su putita. Y él también te quiere. Vi cómo te miraba y cómo intentaba conquistarte. No voy a obligarte a nada, pero tampoco voy a fingir que no veo lo que está pasando entre ustedes dos.
Peka levantó apenas la vista. Tenía los ojos brillantes.
—Gracias… —dijo en voz muy baja—. Yo no me animaba a invitarlo. Tenía miedo de que te enojaras.
Mónica le sonrió con cariño y le acarició la mejilla.
—No me enojo porque te guste alguien. Me enojo si alguien te lastima. Pero si esto es lo que necesitás… si realmente querés que un hombre como Groncho te domine, entonces vamos a hacerlo de la forma más segura posible. Por eso lo invité a cenar. Quiero conocerlo mejor ahora que las cosas cambiaron.
Peka se quedó callada un momento, luego se acercó y abrazó a su mamá con fuerza.
—Gracias, mamá… de verdad.
Mónica le devolvió el abrazo y le besó la cabeza.
—Sos mi nena. Y aunque seas sumisa y te guste que te dominen, yo siempre voy a estar cuidándote. Mañana cenamos los tres. Y después vemos qué pasa.
Peka asintió contra el hombro de su mamá, todavía con la cara caliente.
Por primera vez, sentía que su mamá no solo la aceptaba como era… sino que estaba dispuesta a ayudarla a conseguir lo que deseaba en el fondo.
Al día siguiente, Mónica decidió que sería un día de chicas antes de la cena con Groncho. Quería que Peka se sintiera hermosa, cuidada y segura de sí misma.
Después del desayuno, Mónica le dijo a su hija que se sentara en la cama de su habitación. Primero le pintó las uñas de los pies con un esmalte rosa claro y brillante. Lo hizo con paciencia, como si estuviera preparando a una nena para una ocasión especial. Mientras le pintaba las uñas, le hablaba con voz suave:
—Quiero que hoy te sientas linda de pies a cabeza, Peka. Esta noche es importante para vos.
Después de las uñas, Mónica la depiló entera. Le pasó la máquina y la crema por todo el cuerpo: piernas, axilas, y la zona íntima. Peka se quedó quieta, un poco avergonzada pero también gustándole la atención. Cuando terminó, su piel quedó suave y tersa.
Luego la peinó. Le cepilló el pelo con cuidado, le hizo unas ondas suaves y le colocó una scrunchie amarilla con ositos que habían comprado días atrás. El pelo le quedaba más largo y femenino.
Cuando terminó, Mónica le dio un beso en la mejilla y le dijo:
—Ahora vamos de compras. Quiero que elijas algo lindo para esta noche.
Salieron juntas. Primero fueron a la tienda de ropa infantil que tanto le gustaba a Peka.
Después de mirar varias opciones, Peka se decidió por un vestidito celeste muy lindo, con tirantes finos y un pequeño lazo en el pecho. Era un modelo pensado para una nena más chica, por lo que le quedaba ajustadito en el cuerpo y bastante corto, por encima de las rodillas. El tejido se le marcaba un poco en el culito que ahora tenía más redondito gracias a las hormonas.
También eligió unos zapatos rosados con taco pequeño que le daban un toque más femenino, y la scrunchie amarilla con ositos que ya se había probado antes.
Cuando se probó todo junto frente al espejo de la tienda, Peka se miró y sintió que se veía exactamente como la nenita que quería ser: dulce, infantil y un poco provocativa al mismo tiempo.
Mónica la observó y sonrió.
—Te queda precioso. Justo lo que buscábamos.
Después de pagar, pasaron a una tienda de lencería. Esta vez fue Peka quien eligió.
Se paseó entre los exhibidores hasta que encontró lo que buscaba: una tanga roja muy sexy, pequeña y de encaje, y un baby doll negro corto y semitransparente. Mientras los agarraba, sintió que le ardía la cara. No lo dijo en voz alta, pero en su cabeza pensó: “Por si esta noche puede ser mi primera vez”.
Mónica notó la elección pero no hizo ningún comentario incómodo. Solo sonrió con complicidad y pagó todo sin decir nada.
Cuando salieron de la tienda con las bolsas, Peka caminaba más animada. Llevaba en una mano la bolsa con el vestidito celeste y los zapatos rosados, y en la otra la bolsa de lencería. Sabía que esa noche se iba a arreglar especialmente para Groncho.
Mientras volvían caminando hacia casa, Mónica le tomó la mano y le habló con voz calmada:
—Esta noche quiero que estés cómoda. Si en algún momento sentís que no querés seguir, solo tenés que decírmelo. Pero también quiero que disfrutes. Te ves hermosa, Peka. Y Groncho va a notarlo.
Peka apretó la mano de su mamá y respondió bajito:
—Gracias… por todo lo que hiciste hoy. Me siento linda.
Mónica le sonrió.
—Porque lo sos, mi amor. Ahora andá a descansar un rato. A la tarde te ayudo a arreglarte antes de que llegue Groncho.
Peka asintió y siguió caminando a su lado, con las bolsas en las manos y una mezcla de nervios y emoción en el estómago.
Sabía que esa noche podía pasar algo importante.
Y por primera vez, se sentía preparada para ello.
Eran casi las siete de la tarde cuando Mónica miró el reloj y le dijo a su hija:
—Falta una hora para que llegue Groncho. Vamos a bañarnos.
Peka la siguió hasta el baño grande. Mónica abrió la canilla de la bañera y empezó a preparar el agua tibia. Echó un poco de jabón con olor a vainilla y esperó a que se llenara. Cuando estuvo lista, se sacó la ropa sin ninguna vergüenza y entró primero a la tina.
Peka se quedó un segundo mirándola.
El cuerpo de su mamá estaba completamente desnudo. Sus tetas enormes y colgantes se movían pesadamente cuando se sentó en la bañera. El agua les llegaba justo por debajo de los pezones grandes y oscuros. Su culo ancho y carnoso se acomodó en el fondo de la tina, ocupando bastante espacio. Tenía la piel suave, con algunas marcas naturales de una mujer de 49 años que había tenido hijos. Era un cuerpo maduro, curvilíneo y muy femenino.
Peka sintió que algo se movía dentro de ella.
Recordó cómo, tiempo atrás, cuando todavía era “Paco”, deseaba desesperadamente ese cuerpo. Se masturbaba oliendo sus tangas usadas, imaginando tocar esas tetas grandes y pesadas, metiendo la cara entre ese culo enorme. Esa atracción prohibida todavía existía en algún rincón de su cabeza. Ver a su mamá desnuda seguía despertando algo en ella.
Pero ya no era lo mismo.
Ahora era Peka. Una nenita sumisa que se había transformado. Las ganas de ser dominada por un hombre, de vestirse de nena, de obedecer, de chupar verga y de ser tratada como una putita… eran mucho más fuertes que el deseo que alguna vez sintió por su madre.
Además, ahora le gustaba Groncho. Le gustaba la idea de que él la viera así, vestida de nenita, arreglada y depilada. Le gustaba imaginar que esa noche podía pasar algo. Que por fin podría entregarse de verdad.
El deseo por su mamá seguía ahí, como un rescoldo, pero ya no era lo principal. Ahora su cabeza estaba llena de otras cosas.
Mónica la miró desde la bañera y le extendió la mano.
—Entrá, mi amor.
Peka se sacó la ropa y entró a la tina. Se sentó frente a su mamá, entre sus piernas. El agua tibia las cubrió a las dos. Mónica tomó una esponja suave, la enjabonó y empezó a lavar a su hija con movimientos lentos y cuidadosos. Le pasó la esponja por la espalda, por los hombros, por los brazos y por el pecho.
Mientras la bañaba, le hablaba con voz suave:
—Quiero que esta noche te sientas hermosa. Que te sientas segura. Groncho va a venir a cenar, pero lo más importante es que vos estés cómoda. Si en algún momento no querés seguir, solo decime. ¿Está bien?
Peka asintió, dejando que su mamá la lavara. Sintió cómo la esponja le pasaba por el culito ahora más redondito y por entre las piernas. Estaba completamente depilada, suave y sensible.
Mónica siguió bañándola con paciencia. Le lavó el pelo, le enjabonó el cuerpo entero y hasta le limpió con cuidado entre las nalgas. Lo hacía con naturalidad, como una mamá que cuida a su hija pequeña. Pero para Peka, esa intimidad tenía otro peso.
Mientras sentía las manos de su mamá en su cuerpo, su mente seguía dando vueltas.
Recordaba cuando era Paco y se masturbaba pensando en esas tetas que ahora tenía justo frente a su cara. Recordaba cómo olía sus tangas y se corría imaginando lamer ese culo enorme. Esa atracción todavía existía… pero ya no la dominaba.
Ahora lo que más deseaba era ser Peka. Quería que Groncho la viera así: depilada, con las uñas pintadas, vestida de nena y oliendo rico. Quería que la deseara. Quería que la dominara. Quería que esa noche, tal vez, por fin pudiera entregarse de verdad.
Mónica terminó de enjabonarla y le habló cerca del oído:
—Estás muy linda, Peka. Cada día te ves más de nena. Estoy orgullosa de cómo estás llevando todo esto.
Peka sintió que le ardían los ojos. Se giró un poco dentro de la tina y abrazó a su mamá, mojándola. Mónica la abrazó también, piel con piel, tetas contra tetas.
—Gracias, mamá… —susurró—. Por todo. Por entenderme. Por ayudarme a ser quien soy.
Mónica le besó la cabeza y le respondió con voz calmada:
—No tenés que agradecerme. Solo quiero que seas feliz. Y si ser Peka y que un hombre como Groncho te domine es lo que te hace feliz… entonces vamos a hacer que pase de la mejor forma posible.
Se quedaron abrazadas un rato más dentro de la bañera, con el agua tibia rodeándolas.
Peka cerró los ojos y pensó que, efectivamente, era mucho mejor ser Peka que haber seguido siendo Paco.
Porque ahora, por primera vez, sentía que podía tener lo que realmente deseaba.
Terminó el baño. Mónica ayudó a su hija a salir de la tina y la secó con una toalla grande y suave. Después la llevó hasta la cama, donde había dejado toda la ropa nueva que habían comprado esa misma tarde.
Primero le puso la tanga roja muy sexy que Peka había elegido en la tienda de lencería. Mientras se la colocaba, Mónica soltó una risa suave y le dijo:
—Esta es por si esta noche hay acción, mi amor.
Peka se puso roja hasta las orejas, pero no contestó. Solo levantó las piernas para que su mamá le terminara de subir la tanga. Luego Mónica le colocó el baby doll negro, aunque por ahora solo se lo puso para que se sintiera más femenina debajo de la ropa.
Encima le colocó el vestidito celeste que habían comprado. Le quedaba ajustado en el cuerpo, especialmente ahora que su culito estaba más redondito por las hormonas. La falda le quedaba bastante corta, por encima de las rodillas. Le puso también los zapatos rosados con taco pequeño y, finalmente, le hizo dos coletas. El peinado le daba un aspecto mucho más infantil y de nenita.
Cuando terminó, Mónica dio un paso atrás y la miró con una sonrisa satisfecha.
—Estás preciosa, Peka. Justo como una nena linda que va a recibir visita.
Peka se miró en el espejo del ropero. Se vio pequeña, dulce y provocativa al mismo tiempo. El vestidito celeste, las coletas con ositos, los zapatos rosados… y debajo, la tanga roja sexy. Se sintió rara, pero también emocionada.
En ese momento sonó el timbre.
Peka sintió que le daba un vuelco el estómago. Groncho había llegado.
Mónica fue a abrir la puerta. Cuando la abrió, se encontró con Groncho parado ahí.
El contraste fue brutal.
Peka estaba recién bañada, depilada, perfumada, con el pelo peinado en dos coletas, vestida con un vestidito celeste infantil y zapatos rosados. Olía rico, estaba limpia y arreglada con esmero.
Groncho, en cambio, llegó exactamente como siempre: desarreglado, con la ropa arrugada y un poco sucia. No se había bañado. Se notaba que hacía varios días que no se duchaba. Olía fuerte a transpiración, a ropa vieja y a hombre sucio. Tenía el pelo grasoso, la cara sin lavar y las manos un poco sucias. El contraste con Peka era enorme.
Groncho se quedó parado en la puerta, mirando a Peka que estaba un poco más atrás. Sus ojos se abrieron al verla arreglada de esa forma. La recorrió de arriba abajo: las coletas con ositos, el vestidito celeste ajustado, las piernas depiladas y los zapatos rosados. Se le notó claramente en la cara que le gustaba lo que veía.
Mónica lo miró de arriba abajo y frunció un poco el ceño, pero no dijo nada sobre su aspecto. Solo lo invitó a pasar con voz calmada:
—Pasá. Ya casi está lista la cena.
Groncho entró, todavía mirando a Peka. Cuando pasó cerca de ella, el olor fuerte a transpiración y suciedad llegó hasta Peka. Ella sintió una mezcla de sensaciones: un poco de asco por lo sucio que estaba, pero también una excitación rara y vergonzosa. Recordó cómo esa misma suciedad formaba parte de lo que antes le había excitado cuando le chupaba la verga.
Groncho le sonrió torcido y le dijo en voz baja:
—Te ves… muy linda. De verdad.
Peka bajó la mirada, con la cara caliente, tal como su mamá le había enseñado. Respondió con voz suave:
—Gracias…
Mónica cerró la puerta y los miró a los dos. El contraste entre su hija, limpia y vestida de nenita, y Groncho, sucio y desarreglado, era tan grande que casi parecía una escena de otra realidad.
Pero ahí estaban los dos.
Y esa noche, después de la cena, las cosas podían cambiar para siempre.

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