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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

Paolo 11

El desconocido.
El resto de la semana fue una tortura para Paolo. El sueño se repetía cada noche, la transformación de Miguel en Guido era tan vívida que se despertaba con el sabor del pánico en la boca.

Durante el día, la realidad no era mejor. La escuela se había convertido en un campo minado. Cada vez que veía a Miguel, sentía un nudo en la garganta, una mezcla de anhelo y vergüenza. Pero era la visión de Guido lo que lo paralizaba.

El deseo de Guido había sido real, una respuesta desesperada al rechazo de su maestro. Pero el sueño había corrompido ese deseo, mezclándolo con el miedo y la humillación. Ahora, Paolo no sabía qué sentía. ¿Odio? ¿Deseo? ¿Una mezcla tóxica de ambos? Lo único que sabía con certeza es que ya no podía vivir en esa incertidumbre. Necesitaba una respuesta, necesitaba averiguarlo.

El jueves, durante el recreo, Paolo tomó una decisión. Vio a Guido, Lucas y Matías cerca de los columpios, riendo y empujándose como siempre. Con el corazón latiéndole en la garganta, Paolo se dirigió hacia ellos. Cada paso era un esfuerzo, como si caminara contra una corriente fuerte.

—Guido —dijo Paolo cuando estuvo a pocos metros de ellos. Su voz salió más alta de lo que esperaba, un poco chillona.

Los tres se callaron al instante y se giraron. Guido lo miró con una expresión de sorpresa, como si nunca hubiera visto a Paolo acercarse por voluntad propia. Pero lo había visto, y había pensado para sí que por favor no se acercara a él, mientras Lucas y Matías intercambiaron una mirada burlona.

—¿Qué quieres, moco de gusano? —preguntó Guido, recuperando rápidamente su actitud despectiva.

Paolo tragó saliva, sintiendo cómo se le secaba la boca. —Quería… quería hablar contigo.—

La petición sorprendió a Guido. Levantó una ceja, su interés había despertado. Hizo un gesto a sus amigos para que se alejaran un poco. Lucas y Matías se desconcertaron y le pidieron a Guido no tardar con el raro y se volvieron a los columpios, aún así no perdieron de vista la escena, con sonrisas burlonas en sus rostros.

Guido cruzó los brazos. —Bueno, habla. ¿Qué es tan importante?

Paolo se acercó un poco más, bajando la voz. —Lo que… lo que pasó el otro día en el parque. Y te he soñado mucho. —

El rostro de Guido se endureció. La sonrisa burlona desapareció, reemplazada por una máscara de indiferencia fría. —No sé de qué hablas. —

Paolo sintió un pinchazo de frustración. —Claro que sí. Lo que pasó en el parque. Y mis sueños. Tú has estado allí. Tú…y yo…—

Guido soltó una carcajada cortante y seca. —¿Estás loco o algo? Yo no estuve en ningún parque contigo. Y menos en tus sueños todos raros de maricón. Deja de inventar cosas, Paolito.—

—¡Pero es verdad! —insistió Paolo, su voz subiendo de tono. —Tú lo sabes. Tú lo sentiste.—

Guido se acercó a Paolo, su rostro a solo centímetros del del niño. —Escúchame bien, porque solo lo diré una vez. No sé qué imaginaciones raras tienes en tu cabeza, pero yo no tengo nada que ver contigo. No me gustas, no me interesas, y no quiero saber nada de tus sueños de niña. ¿Entendido? —

Las palabras de Guido golpearon a Paolo con la fuerza de un puñetazo. Esperaba muchas cosas: burla, crueldad, incluso más «deseo» sarcástico, pero no esperaba una negación tan absoluta, un rechazo tan completo. Era como si el encuentro en el parque nunca hubiera existido, como si todo hubiera sido producto de su imaginación.

—Pero… —intentó decir Paolo, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

Guido ya no lo miraba. Se había dado la vuelta y se dirigía hacia sus amigos. —¡Vamos, chicos! Paolito quería ser nuestro amigo, el niño raro y tonto. —

Lucas y Matías se echaron a reír, y los tres se alejaron, dejando a Paolo solo en medio del patio. Paolo los vio irse, sintiendo cómo el suelo se abría bajo sus pies. No solo lo había rechazado, sino que lo había borrado completamente de su realidad. El acto íntimo, el sueño de pesadilla, todo se había convertido en una invención de un «niño raro».

El resto del día fue una niebla. Paolo apenas oyó lo que decía el maestro, no probó la comida del receso. Se sentía invisible, como si se hubiera vuelto tan transparente que la gente podía mirar a través de él. En la clase no se atrevió a levantar la mano ni a mirar a Miguel. El refugio que había encontrado en su maestro se había derrumbado, y ahora el único niño que lo había tocado, lo había negado por completo.

Al salir de la escuela, Paolo vio a Guido y a sus amigos al otro lado de la calle. Estaban comprando helados, riendo y empujándose. Guido levantó la vista y sus miradas se cruzaron por un instante. Pero no hubo reconocimiento en los ojos de Guido, solo una mirada vacía, seguido por una sonrisa burlona hacia sus amigos.

Para Guido, Paolo no existía. Era solo «el raro», » El maricón» Y ahora «el soñador», un fantasma al que podía ignorar a su antojo.

Paolo bajó la cabeza y se alejó rápidamente, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar. La humillación era peor que el bullying, peor que el rechazo de su maestro. Era el borrado completo, la negación de su propia existencia. Y en ese momento, Paolo se dio cuenta de que estaba más solo que nunca, atrapado en un círculo de deseo y rechazo del que no parecía haber escapatoria.

 

Que tal espero les siga gustando esta historia, deseo conocer sus opiniones, Saludos

3 Lecturas/20 mayo, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino
Etiquetas: amigo, amigos, escuela, maestro, parque
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