Paolo 12
Visibilidad.
El sonido del agua goteando en los grifos era monótono y triste. Era la única música que acompañaba a Paolo en el baño de los niños durante el recreo. Estaba frente al espejo, observando su reflejo pálido, intentando secarse las manos con un papel higiénico que se deshizo entre sus dedos.
Sus ojos rojos le decían que había pasado el día llorando a ratos en secreto, escondido bajo su pupitre o entre los baños, intentando comprender cómo el sueño y la realidad se habían mezclado tan confusamente.
Sabía que debía evitar a Guido. Sabía que el rechazo del niño era absoluto y definitivo. Pero algo en él lo impulsó a querer acercarse siquiera a verlo en la distancia, a buscar la forma para ser el más visible, aunque por dentro ni siquiera sintiera algo real por él. Tenía que verlo, tenía que saber si el recuerdo del parque era solo una ilusión.
Mientras se encontraba metido en sus pensamientos, la puerta del baño se abrió con un chirrido y entró una oleada de aire fresco y ruido. Guido apareció sin Lucas y Matías, que se dirigían a la cooperativa para comprar antes de que el receso terminará. Guido había entrado a lavarse las manos después de jugar al fútbol, pues había caído en una parte del césped donde había lodo.
Se detuvo en el marco de la puerta, su mirada recorriendo la sala antes de posarse en Paolo. El niño se congeló, sintiendo cómo el aire se convertía en piedra en sus pulmones.
—¿Qué haces aquí, Paolito? —preguntó Guido, con esa voz burlona que Paolo ya amaba y odiaba al mismo tiempo.
—Vine a lavarme las manos —dijo Paolo, intentando que su voz no temblara.
Guido se rió, un sonido cínico y grave. —¿justo en ese grifo? No tiene agua caliente, Paolito. Eres tan estúpido como siempre.
Se acercó lentamente a Paolo, invadiendo su espacio personal. El olor a sudor y a tierra húmeda que Guido siempre parecía tener, se mezcló con el aroma limpio de Paolo, una combinación que hacía que el niño se sintiera pequeño y vulnerable.
—Oye, moco de gusano —dijo Guido, bajando la voz—. ¿Recuerdas lo que hicimos en el parque? —
La pregunta era provocadora, pero Guido no estaba esperando una respuesta. Empezó a empujar a Paolo hacia el urinario más lejano, donde no se veía cuando entraba algún niño, pero si se oía la puerta al abrirse o cerrarla.
—¿Recuerdas, verdad? —susurró Guido, sus ojos brillando de malicia—.
Paolo no tenía fuerzas para responder. Su mente estaba nublada por la vergüenza y la confusión. Sabía que debía luchar, que debía decir «no», que debía alejarse de Guido. Pero el miedo y el deseo se entrelazaban de una manera tan potente que le paralizaban. Y además, el recuerdo del sueño —la transformación de Miguel en Guido— lo hacía querer creer que, a pesar del rechazo en la realidad, la conexión entre ellos era real.
Guido se bajó el pantalón oscuro y el calzoncito de superhéroes que traía puestos, revelando su pene que una vez más ante él, estaba erecto. El aire frío golpeó su piel y Paolo sintió una mezcla de escalofríos y calor.
—Ven aquí, Paolito —dijo Guido, empujando a Paolo hacia abajo, aunque este no se movió en un principio—. No seas tan tonto. Yo sé que quieres, me sigues mucho. sabes que lo haces. —
Paolo miró a Guido, viendo la expresión de deseo en su rostro. Lentamente, se arrodilló una vez más, como en aquella ocasión en él césped del parque, pero ahora en el frío suelo de cerámica. No podía evitar que sus manos temblaran un poco, pero se aferró a la idea de que esto era lo que quería. Esto era lo que necesitaba para sentirse vivo otra vez. Y además, si él se arrodillaba frente a Guido, si él le chupaba el pene, entonces la conexión entre ellos sería real. Guido ya no podría negarlo. Guido ya no podría ignorarlo.
El tacto fue extraño y desagradable como la primera vez, Paolo acercó su boca al pene larguito de Guido, volviendo a sentir ese sabor saladito pero que ahora también experimentaba como dulce, y se dejó llevar, ésta vez sosteniéndose del trasero del niño con sus manos y acariciando por momentos los suaves testículos también. Guido soltó un gemido bajo cuando Paolo comenzó a mover la boca hacia adelante.
El contacto físico era directo, intenso, y Paolo sintió cómo la tensión en su cuerpo se relajaba de nuevo ante el niño. Guido se movió hacia adelante y hacia atrás como la primera vez también, y Paolo siguió chupando, esta vez explorando la entrepierna completa, poniendo las bolitas también en su boca, y lamiendo los costados y parte de las piernas de Guido, sintiendo cómo el placer comenzaba a surgir en su cuerpo.
—chupame más la verga —dijo Guido, su voz áspera y de mando—. Eso es, Paolito. Eres muy bueno en esto.
Paolo cerró los ojos y se dejaba llevar. El placer siempre venía acompañado de vergüenza. Pero esta vez era real, el sabor del pene de Guido en su boca era la prueba y sus manos ahora acariciando las piernas de su bully, medias polvorientas pero firmes por siempre jugar al fútbol, lo confirmaban.
—Levantate.— dijo Guido después de un rato. Paolo hizo caso y se levantó rápido. —Date vuelta, rápido. —
Paolo sin decir palabra alguna se giró y de pronto sintió como Guido le bajaba el pantalón, exponiéndo ante él, su desnudo traserito, firme y levantado. El bully acercó su penecito al culo de Paolo, e intentó penetrarlo aunque no lo hizo muy bien, y después de un momento de movimientos frenéticos de Guido, este soltó unas gotitas de pipí por la excitación. Se secó el pene con una toalla de papel que le tiró a Paolo en la cara, y luego se dio vuelta, dejándolo expuesto sin decirle.
—Estúpido soñador —dijo Guido, ajustándose su pantalón—. Ahora tienes que ir a limpiarte. Y mañana, no vuelvas a venir a buscarme. Si te veo, te doy una patada en la cara —.
Paolo se quedó sólo, con el olor a sudor y a pipí en el aire, y el recuerdo de sus sueños. Se dio cuenta de que no era deseo, Tampoco era amor, no era la conexión realmente no tenía una conexión con Guido. Era solo un acto de dominio, una forma de mantener a Paolo bajo su control, de recordarle su lugar en la escuela. O eso pensaba el niño.
Paolo se vistió rápidamente y se secó la cara con el dorso de la mano, y se dio cuenta de que estaba solo, más solo que nunca, pero también más cerca de la realidad. La experiencia había sido abrumadora, pero a la vez, liberadora. Había cumplido su deseo de tener a Guido una vez más, pero a costa de su dignidad.
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