Paolo 13
El muro de cristal.
La luz de la t.v parpadeaba en la pared, dibujando sombras danzantes en la habitación de sus padres. Paolo se quedó de pie en el umbral, con la mano en el marco de la puerta, escuchando el sonido apagado de las explosiones en la película de acción. Su padre estaba acostado, con una almohada apoyada en la cabecera de la cama, bebiendo una taza de café. La luz de la pantalla se reflejaba en sus anteojos, dando un destello a sus ojos.
Paolo tomó aire. Necesitaba decirlo. Tenía que sacar esas palabras de su pecho, todo lo que había pasado lo abrumaba y necesitaba con urgencia un lugar seguro.
—Papá —dijo Paolo con voz suave, casi un susurro.
Su padre se giró lentamente, como si le costara trabajo despegar la atención de la pantalla. —¿Sí, hijo? ¿Necesitas algo?—
Paolo se acercó un poco más, entrando en el cono de luz azulada de la tele. —Pasó algo hoy. En la escuela. Con Guido.
El padre asintió, su mirada volviendo a la pantalla por un instante antes de volver a su hijo. —Ah, Guido. Ya te he dicho que deberías mantenerte alejado de él. No es buena compañía.—
—Lo sé, papá. Pero… me encontró en el baño. Y… —Paolo tragó saliva, sintiendo cómo se le secaba la boca. —Me hizo hacer algo. Algo…que…—
El hombre estaba en silencio, pero la escena de la película había estallado de pronto en mucha acción y el padre de Paolo reaccionó ante ella, ahogando con un grito la ya de por sí voz baja de Paolo al hablar.
—Paolo, hijo—repuso, su voz más baja ahora, más seria—. No se que traes con ese Guido, pero sea cual sea el problema, hablalo con tu maestro, está bien. —
Paolo sintió un alivio momentáneo. Al menos parecía estar escuchando. —Papá, es que yo, no me siento bien. —
El padre se quedó mirando a su hijo, su rostro inescrutable. La luz de la t.v aun parpadeante sobre su cara, No decía nada, simplemente procesaba la información. Paolo esperaba, con el corazón latiéndole en la garganta, una pregunta, una reacción, cualquier cosa. Necesitaba conectar con su padre para contarle todo lo que traía atorado por dentro, su dolor que ni el mismo comprendía.
Finalmente, el hombre suspiró, un sonido largo y cansado. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo.
—Mira, hijo… —dijo, su voz suave pero distante—. Es… es complicado. A tu edad, las cosas… las emociones son muy confusas. A veces, uno siente cosas que no entiende, y… bueno, a veces la gente se aprovecha de eso. No dejes que nadie te moleste y cualquier cosa, dime, o en este caso a tu maestro, el puede encargarse de Guido. —
Paolo se quedó mirando el rostro de su padre, que seguía mirando más la t.v, sí había algo en ese momento que entendía el niño, era que su padre, tampoco iba a ser esa ayuda que el sentía que necesitaba. Había tanto que expresar, pero el miedo que sentía al tratar de hablar sobre lo que ocurría con él, también le daba un cierto alivio, porque en parte creía que sí contaba lo que había estado viviendo, también su padre se enojaría con él. Paolo simplemente asintió con la cabeza.
—. Mira, vamos a hablar de esto mañana, ¿vale? Ahora mismo… estoy muy cansado. Ha sido un día largo. — sentenció el hombre dando una palmada suave en él hombro de Paolo.
Se giró de nuevo hacia la tele, levantando su taza de café y tomando un largo sorbo. El sonido de la película volvió a llenar la habitación, como si la conversación nunca hubiera ocurrido.
—¿Mañana? —preguntó Paolo, su voz pequeña, casi ahogada por el sonido de las explosiones en la pantalla.
—Sí, mañana —dijo su padre sin apartar la vista de la t.v. — Hablaremos con tu madre. Buscaremos una solución. Por ahora, ve a dormir. Necesitas descansar. —
Paolo se quedó allí un momento más, mirando de costado a su padre. No había recibido un abrazo, ni una palabra de consuelo, ni siquiera una mirada de comprensión. Había recibido un «hablaremos mañana», una promesa vacía que sonaba a «no quiero lidiar con tus problemas ahora». O eso sintió.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, con el sabor a ceniza en la boca. Mientras caminaba de vuelta a su cuarto, se dio cuenta de que su padre no lo había rechazado, pero tampoco lo había acogido. Lo había puesto en una caja, etiquetada como «problema de niño, para mañana», y la había guardado en un estante alto, fuera de su vista.
Se metió en la cama y se acurrucó bajo las sábanas, sintiéndose más solo que nunca. La indiferencia de su padre era un muro de cristal: podía verlo, podía hablarle, pero no podía tocarlo. Y en ese momento, Paolo se dio cuenta de que estaba completamente solo, con sus secretos y sus miedos, sin nadie a quien acudir.


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