Paolo 5
Imaginación infantil.
La puerta de su habitación se cerró con un golpe seco, aislando a Paolo del resto de la casa y de sus padres. No había tiempo para cambiarse, ni para ponerse ropa cómoda.Sintió el frío de la alfombra bajo sus piesitos descalzos mientras corría hacia su cama.
Había cerrado con llave, un gesto de paranoia infantil, pero necesario para cerrar el mundo fuera. Volcó su cama y agarró su tableta con desesperación. La pantalla se encendió con un destello azul. La aplicación abrió rápidamente.
Esta vez, sin embargo, no buscó la ventana de inicio. Sabía exactamente dónde estaba la carpeta que creó hacía ya una semana, llena de fotos guardadas y videos guardados.
Tocó uno de las videos que había guardado de dos noches antes. Dos hombres, musculosos y con la piel bronceada, estaban acostados en una cama. El sonido de los gemidos y el roce de la piel resonó en la habitación silenciosa, pero no se centró en los actores de la pantalla.
Su mente se desvió inmediatamente.En su imaginación, el cuerpo musculoso del hombre de la playera azul se reemplazó por el de Miguel. Él maestro no estaba en la cama con el otro extraño, sino con él. Paolo imaginó a Miguel acostado a su lado, con la playera ya fuera y tirada a un costado de la cama, dejando al descubierto el pecho y el vello oscuro que terminaba por el cuello.
Imaginó las manos de Miguel, esas mismas manos que le habían apartado el pelo en el baño, acariciando el cabello suave de la nuca del niño.
—Mírame —pensó, sus ojos fijos en la pantalla donde dos desconocidos se besaban.Pero la pantalla ya no era importante. Paolo cerró los ojos y envolvió su mano bajo la tela del pantalón de su uniforme. Mientras sus dedos se movían, acariciando su pequeño penecito de infante, imaginó que era la mano de Miguel la que le hacía sentir placer.
Imaginó el tacto seco y firme de la piel de la mano de su maestro, el olor a jabón y a tiza que le recordaba cuando el maestro pasaba cerca en el pasillo. Imaginó que Miguel estaba parado frente a él, mirándolo con esa intensidad que él le había visto en el baño, deseándolo tanto como él deseaba a su maestro.
—Sí, profe —susurró, mientras su respiración se aceleraba y se volvía pesada.En su mente, el maestro se inclinaba sobre él, sus labios rozando los suyos hasta sentir la intensidad del sabor de ese hombre que tanto le encantaba, sus manos ocupadas acariciando el trasero del niño. La pantalla seguía reproduciendo el video, los dos hombres en la cama, pero Paolo no los veía. Solo veía a Miguel.
La obsesión era tan fuerte que se sentía como si estuviera ahogándose, y a la vez, como si flotara en una nube de éxtasis. Sus ojos se abrieron un poco, fijados en la oscuridad de su habitación, imaginando la mirada del maestro en sus ojos mientras él se dejaba llevar por la imaginación y el placer.
Terminó soltando un pequeño gemido, después de masturbarse por un rato. Aún era muy joven para eyacular pero su imaginación infantil llenaba ese espacio por ahora. Y el sentimiento de enamoramiento en su corazón completaba esa sensación de satisfacción en él.


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