Paolo 7
El conquistador.
La revelación de que su primo había sido el origen de su humillación encendió algo en Paolo. El miedo y la vergüenza que lo habían paralizado comenzaron a transformarse en una determinación feroz. Ya no podía ser una víctima pasiva. Necesitaba algo que lo anclara a la realidad, algo que le diera poder. Y ese algo era Miguel.
Conquistar a su maestro se convirtió en su única misión, en una estrategia silenciosa y desesperada para sobrevivir.
Comenzó el lunes por la mañana. Paolo se despertó antes que nadie. Se quitó a toda prisa su pijama arrugada, tomó la camisa blanca escolar más nueva que tenía, y se aseguró de que los botones estuvieran perfectamente alineados hasta el cuello.
Se peinó con un gel que encontró en el baño de sus padres, separando el cabello hacia un lado de una manera que le parecía más seria, más adulta a sus ojos de niño. Al mirarse en el espejo, no vio a un al pequeño de nueve años que era, sino a un conquistador.
En la clase de matemáticas, se transformó. Antes era un alumno algo distraído, ahora era el epítome de la atención. Se sentaba en la primera fila, con la espalda recta y los ojos fijos en Miguel. Cada vez que su maestro formulaba una pregunta, la mano de Paolo se disparaba en el aire. Incluso cuando no conocía la respuesta, levantaba la mano, solo para sentir la mirada de su maestro posarse sobre él.
—¿El resultado de esta ecuación? —preguntó Miguel, paseando su mirada por el salón.
La mano de Paolo se alzó, rígida y decidida. Miguel lo señaló. —Paolo.—
— Es… es ocho, profe —dijo el niño, su voz un poco temblorosa.
La respuesta era incorrecta. Miguel lo supo de inmediato. Pero en lugar de simplemente corregirlo, el maestro hizo una pausa. Miró a Paolo con una expresión que el niño interpretó como una mezcla de sorpresa y aprecio. —Casi, Paolo. El proceso es correcto, pero cometiste un pequeño error de cálculo. Lo importante es que lo intentaste. Siéntate.—
Para Paolo, aquel «casi» fue una victoria. «Lo importante es que lo intentaste». Esas palabras resonaron en su cabeza todo el día. No era el «casi» lo que importaba, sino el reconocimiento, la atención personal.
Entonces su esfuerzo comenzó a intensificarse. Empezó a quedarse después de clase. Mientras los otros niños salían corriendo al patio, Paolo se acercaba lentamente al escritorio de Miguel, con su cuaderno en la mano.
—Profe —decía en voz baja—. ¿Podría explicarme otra vez el problema de éstas multiplicaciones? No lo entendí del todo.—
Miguel, siempre paciente, lo miraba sobre sus lentes. —Claro que sí, Paolo. Siéntate.—
El niño se sentaba en la silla al lado del escritorio, lo más cerca posible sin resultar invasivo. Inhalar el aroma a café y papel que emanaba de su maestro era una droga. Observaba la forma en que sus dedos sostenían el lápiz, la forma en que su ceño se fruncía al concentrarse, el vello oscuro en sus antebrazos que se asomaba cuando se subía las mangas de la camisa.
Paolo apenas escuchaba la explicaciones matemáticas; estaba demasiado ocupado memorizando cada detalle, cada gesto.
Un día, mientras Miguel le explicaba un concepto, un lápiz se le resbaló de las manos y rodó hasta el suelo, deteniéndose justo al lado de la silla de Paolo. Fue su oportunidad. Antes de que su maestro pudiera agacharse, Paolo se lanzó al suelo. Con una agilidad que no sabía que poseía, recogió el lápiz. Al levantarse, se lo entregó a Miguel, permitiendo que sus dedos se rozaran con los de su maestro por una fracción de segundo. El contacto fue breve, eléctrico. Para Paolo, fue como si toda la electricidad estática de la habitación se hubiera concentrado en ese punto.
—Gracias, Paolo —dijo Miguel con una pequeña sonrisa, sin darle mayor importancia.
Pero para Paolo, esa sonrisa era un trofeo. Era la prueba de que su plan estaba funcionando. No era el niño raro y amanerado que se escondía en los baños. Era Paolo, el alumno dedicado. El niño esforzado. El niño que, con cada respuesta correcta, cada pregunta después de clase y cada gesto servicial, estaba tejiendo una red invisible pero tenaz alrededor de su maestro, convencido de que, tarde o temprano, Miguel caería en ella y se enamoraría también de él.
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