Paolo 8
El valiente.
La noche llegó con una luna llena que se filtraba por las persianas de la habitación de Paolo. Desde hacía semanas, su vida giraba en torno a un solo eje: Miguel. Cada gesto, cada palabra, cada mirada del maestro era analizada una y otra vez en la mente del niño.
La estrategia de Paolo había funcionado mejor de lo que había imaginado. Ya no era «el raro» ni «el delicado». Ahora se convertía poco a poco en «el buen alumno», «el aplicado Paolo». Los otros niños lo trataban con una mezcla de respeto y extrañeza, aunque aún no se aventuraban a acercarse mucho todavía y Guido, Lucas y Matías lo evitaban después de que Miguel los llamara a la dirección, tuvieran que pedir disculpas y fueran castigados.
Pero para Paolo, eso no era suficiente. Necesitaba más. Necesitaba que Miguel lo viera no solo como un alumno, sino como alguien especial. Alguien que lo comprendiera de verdad. Alguien con quien quisiera estár.
Esa noche, después de que sus padres se durmieran, Paolo se sentó en el escritorio de su habitación. Con una mano temblorosa, tomó una hoja de papel blanco y su mejor lápiz. La luz de la lámpara creaba un círculo dorado sobre la superficie de madera donde sus dedos dejaron marcas de sudor.
«Querido profe Miguel,» comenzó a escribir, borrando las palabras tres veces antes de quedarse satisfecho con la caligrafía. Le tomó casi una hora completar la carta. En ella, no hablaba de matemáticas ni de deberes escolares. Hablaba de cómo sus manos le habían apartado el pelo en el baño, del olor a café que lo rodeaba cuando se acercaba a su escritorio, de la forma en que su voz se suavizaba cuando le explicaba un problema. No usaba la palabra «amor» directamente, pero la emoción se filtraba entre cada línea.
«Cuando usted me mira, siento que no estoy solo. Cuando usted sonríe, el mundo se vuelve mejor. Gracias por salvarme ese día en el baño. Gracias por todo.»
La carta terminaba con un simple «De Paolo», pero debajo había dibujado un pequeño corazón, casi invisible, que tachó inmediatamente pero cuya marca permaneció en el papel.
Al día siguiente, Paolo llevó la carta doblada en el bolsillo de su uniforme. Se sentía como si llevara una bomba de tiempo. Durante toda la mañana, su corazón latía con tanta fuerza que temía que sus compañeros pudieran escucharlo. En la clase de matemáticas, Miguel lo llamó al pizarrón para resolver un problema. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo sostener la tiza.
Cuando sonó la campana del receso, Paolo esperó a que todos salieran. Se acercó lentamente al escritorio de Miguel, sintiendo cómo se le humedecían las palmas de las manos.
—Profe —dijo con voz apenas audible. —Tengo… esto para usted. —
Miguel levantó la vista de los papeles que estaba corrigiendo. —¿Sí, Paolo? ¿Qué es? —
Con un movimiento rápido, Paolo depositó la carta sobre el escritorio y salió corriendo del aula sin esperar respuesta. Se escondió en el baño, donde pasó los siguientes veinte minutos con la cabeza entre las rodillas, sintiendo una mezcla de pánico y liberación.
Cuando regresó al aula, Miguel ya no estaba en su escritorio. La carta tampoco. Paolo no supo si sentirse aliviado o aterrorizado.
Despues de terminar el receso, Paolo no pudo concentrarse durante todo el resto de la clase. Cada vez que Miguel pasaba cerca de él, su corazón daba un vuelco.
La campana final sonó. Paolo reunió sus cosas lentamente, esperando algo, cualquier señal. Miguel lo llamó desde su escritorio.
—Paolo, ¿puedes quedarte un momento?
El niño se acercó, sintiendo cómo se le paralizaban las piernas. Miguel cerró la puerta tras los últimos alumnos. Se giró hacia Paolo, con una expresión que el niño no podía descifrar.
—Recibí tu carta, Paolo —dijo el maestro, su voz más suave de lo habitual—. Me…conmovió mucho que sintieras eso por mí. Eres un alumno especial, y me alegra haber podido ayudarte.—
Hizo una pausa, y el silencio se prolongó hasta volverse insoportable.
—Pero debes entender algo, Paolo. Lo que sientes es normal, es parte de crecer. Yo te aprecio mucho como alumno, como un niño inteligente y sensible. Pero soy tu maestro, y nada más puede haber entre nosotros. ¿Entiendes lo que te digo? —
Las palabras de Miguel fueron como un balde de agua fría. Paolo sintió cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor. Asintió, incapaz de hablar, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar.
—Eres un niño maravilloso, Paolo —continuó el maestro, acercándose y poniendo una mano sobre su hombro—. Y algún día, encontrarás a alguien especial que te corresponda. Pero ahora, concéntrate en ser el niño increíble que eres.
Cuando Paolo salió de la escuela, el sol brillaba con una intensidad que parecía burlarse de su oscuridad interior. El refugio que había construido alrededor de su maestro se había derrumbado, y ahora se sentía más expuesto y vulnerable que nunca. La obsesión no había muerto; solo se había transformado en una herida abierta que dolía con cada respiración.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!