Paolo (final)
El espacio vacío.
El timbre del receso sonó como una sentencia. Los demás niños corrieron hacia el patio, pero Paolo se quedó en su asiento, con los ojos fijos en el escritorio de Miguel. El maestro había salido unos minutos antes, probablemente a la sala de profesores.
Paolo sabía que inevitablemente seguiría viendo a Guido, el siempre estaría. No quería verlo, pero una fuerza invisible lo empujaba a levantarse y tratar de ver por donde se había ido a jugar con sus amigos, los tan detestables para él, Lucas y Matías.
Caminó por el pasillo desértico, sus pasos resonando en el silencio. Cada baldosa que pisaba era un recordatorio de su humillación anterior, de su conversación fallida con su padre, del sueño que había corrompido su único refugio. Pero esta vez, algo era diferente. Ya no sentía el torbellino de emociones contradictorias. Solo un frío vacío en el pecho.
Llego cerca de la puerta del baño, estaba entreabierta. Paolo la empujó lentamente, como si entrara en una tumba. Guido corría a cierta distancia, dándose cuenta de Paolo, solo, como siempre estaba, entrando al baño y buscó pronto la manera de ir a donde estaba. —Chicos voy al baño, ahora vuelvo. — expresó sin más y se fue corriendo.
Al entrar, miró a Paolo con una sonrisa de fingida sorpresa y desdén en su rostro.
—¿Tú otra vez, moco de gusano? —dijo Guido, pero su voz no tenía la misma energía de antes. Sonaba aun de mando, pero con poca fuerza, como si ya supiera lo que Paolo tendría que hacer, si o si. .
Paolo no respondió. Simplemente se acercó, con los ojos fijos en el suelo. Sabía lo que Guido esperaba, lo que Guido quería. Y esta vez, no lucharía. No resistiría. No esperaría amor o reconocimiento. Solo cumpliría con su papel en este extraño juego de poder y sumisión.
Guido lo miró con curiosidad, como si examinara un insecto raro. Se acercó y le levantó la barbilla con los dedos, forzándolo a mirarlo. Los ojos de Guido eran oscuros, fríos, pero Paolo no sintió miedo. Ni siquiera sintió el deseo que lo había consumido antes. Solo una extraña calma, como si estuviera observando una escena que no le pertenecía.
—¿Qué quieres, Paolito? —susurró Guido—. ¿Quieres más? ¿Te gustó tanto la última vez?—
Paolo asintió lentamente, su cuello dócil bajo los dedos del otro niño. No dijo nada. No necesitaba decir nada. Sus ojos, vacíos y resignados, decían todo.
Guido soltó una risilla, pero sonó falsa, forzada. Se dio la vuelta y se apoyó contra los lavamanos, cruzando los brazos. —Pues bien. Si quieres tanto, demuéstramelo.—
Paolo se acercó y, sin dudar un segundo, se arrodilló frente a Guido. Sus manos, antes temblorosas, ahora estaban firmes mientras desabrochaba el pantalón del otro niño. No había pasión en sus movimientos, solo una eficiencia mecánica, como si estuviera realizando una tarea asignada.
Mientras cumplía con el deseo de Guido, la mente de Paolo estaba en otro lugar. No en el baño, no en la escuela. Estaba flotando en un espacio vacío, donde no existía ni el dolor ni el placer. Donde Miguel nunca lo había rechazado y su padre nunca lo había ignorado. Era un lugar seguro, aunque temporal. Paolo chupaba el pene de Guido, aun buscando tocar lo que pudiese, el trasero, las piernas, los testículos, el mismo penecito larguito que tenía el niño bully, Paolo absorbía el sabor de la entrepierna de Guido, le gustaba eso, pero odiaba que fuera con él.
Guido soltó gemidos y palabras roncas, pero Paolo apenas las escuchaba. Estaba demasiado ocupado construyendo su muro interno, su refugio contra la humillación. Cada movimiento, cada sabor, cada sonido era absorbido por ese muro, transformado en algo inofensivo, insignificante.
Cuando Guido sintió que podían ser descubiertos, se apartó bruscamente. Se arregló el pantalón y miró a Paolo, que todavía estaba arrodillado en el suelo, con la mirada perdida en el vacío.
—Ya está, chupa vergas—dijo Guido, su voz ahora más suave, casi confundida—. Puedes levantarte.
Paolo se levantó lentamente, como si despertara de un trance. Se miró en el espejo, pero no se reconoció. El niño que le devolvía la mirada tenía los ojos vacíos, la expresión apagada. Era una máscara, una carcasa vacía donde antes había existido un niño con sueños y deseos.
Guido lo miró un momento más, luego se encogió de hombros — No eres más que un maricón, Paolito. — y salió del baño sin decir otra palabra. Paolo se quedó solo, con el eco de sus pasos resonando en el silencio.
Se acercó al lavamanos y se lavó la cara, el agua fría reavivando lentamente sus sentidos. Se miró de nuevo en el espejo. Por primera vez en semanas, no sintió vergüenza ni deseo. No sintió nada.
La resignación al parecer lo había liberado. Al aceptar su lugar, al rendirse al ciclo de humillación, había encontrado una extraña forma de paz. Ya no anhelaba el amor de Miguel, ni el reconocimiento de Guido. Sabia que él niño bully solo quería la sensación que él le daba al meter su pene en la boca. Y ya no esperaba que su padre lo entendiera. Solo existía, flotando en el vacío que él mismo había creado.
Salió del baño y caminó hacia el aula, con el paso firme y la mirada vacía de alguien que había aprendido a sobrevivir apagando todas las luces de su interior. El ciclo estaba cerrado, y Paolo dejó de intentar ser feliz.
Hasta aquí llegó esta historia del pequeño Paolo, espero les haya gustado, los que hayan llegado hasta aquí, ya sabrán que es una historia un poco diferente a lo que se publica normalmente. Ya estoy trabajando en más historias. Recuerden @lovelydovey12 mi tlgm y espero que comenten también aqui en la pagina. Saludos


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