PROFE MUGUE III.
Primera vez, torpe, sucio, con ganas y la pubertad experimental..
El tiempo se esfumó entre mis dedos. Un mes y medio de clases vacías, de simulacros tocando niños, de dos escuelas, la secundaria donde yo cursaba el último grado en las últimas semanas de clases y la primaria donde trabajaba para ganarme mi propio dinero, estar más tiempo ocupado y ganando confianza a la que quería fuera mi profesión… en estos relatos recuerden que aún no soy titular, estoy redactando desde mis recuerdos, las vivencias que tuve para que cuando sean los últimos sepan el tipo de maestro que me convertí.
Bueno. Un día menos en la secundaria a una semana de terminar el ciclo escolar me decidí a buscarlo. Iba al baño con cualquier excusa, y a veces arrastraba a mi amiguito Andrés de primero para que me hiciera compañía. Él caminaba a mi lado con los la mirada alta, confiado, como un perrito que no sabe que lo llevan al matadero. No entendía bien lo que pasaba, pero yo sí. Yo siempre supe.
Con Carlos, mi alumnito, repetí el ritual hasta casi desgastarlo. Él tenía esa risa fácil de los niños que todavía creen en los finales felices, y yo la usaba como música de fondo mientras mis manos hacían lo suyo. Una tarde, su cuerpo pequeño tembló tanto que no pudo contener lo que su edad aún no le permitía soltar, y un hilo cálido manchó su ropa interior mientras sus ojos se abrían como platos, confusos, buscando en los míos una explicación que yo no le iba a dar y que además no iba a entender. Era un límite difuso, pero yo solo quería ver hasta dónde llegaba. Él, en su inocencia, creía que era un juego. Yo sabía que era una conquista.
Damián fue otra historia. Su boca, siempre húmeda y torpe, no lograba tragar más que su propia saliva, y yo aprovechaba cada espasmo para dejar mi marca sobre sus tetillas blandas, desnudo de vez en cuando, cuando la oportunidad apremiaba, dejaba mi semen sobre sus costillas marcadas, lamía hasta que se erizaban. Él cerraba los ojos y se dejaba hacer, como un muñeco de trapo que aún no entiende que el cariño puede tener dientes. A veces también lo rozaba con la mano, pero aprendí a medir mis fuerzas: una vez gritó tan fuerte que el sonido rebotó en las paredes, y su retraso hacía que la sobreestimulación lo desbordara por completo. Mientras él temblaba y lloraba sin saber por qué, yo solo pensaba en cómo taparle la boca la próxima vez. Tuve que ser más cauteloso desde entonces. No por él, sino por mí. Cuando lo entregaba solo le decía a su maestra que ya estaba cansado, que a estas alturas los niños ya ni a la escuela tienen interés de ir cuando antes se divertían tanto, me retiraba con cara de tristeza y preocupación simulando que no sabía lo que ocurría y que me preocupaba por él.
Fue un mes brillante, pero el final se acercaba como un tren sin frenos. No solo se acercaban las vacaciones perdiendo a mis alumnos: perdía la secundaria donde apenas quería y sabía que podría usar a otros compañeros inclusive de grados más pequeños. En mi graduación, Adrián apareció entre la multitud (Adrián es mi compañerito de 1ro que pasaría a 2do de secu). Llevaba su uniforme planchado, el cabello peinado con esmero, y en las manos un regalo envuelto con papel de colores, como si eso pudiera comprar un lugar en mi vida. Lo vi desde lejos, pero no se atrevía a acercarse. Mis padres estaban allí, y él era solo un fantasma en el fondo del salón de eventos, un fantasma que aún creía que el amor se demuestra con detalles.
Tomé la iniciativa, dejé mi boleta, los regalos de mi familia, dejé de lado los maestros que se acercaban a felicitarme por haber terminado mis estudios de educación secundaria. Me planté frente a él, señalé el envoltorio y él asintió, tímido, con esa sonrisa torpe de quien ha ensayado mil veces lo que va a decir y al final se queda mudo. Abrí el papel y encontré un peluche ridículo —un oso con un corazón bordado— y una carta que olía a declaración ingenua, a noches en vela escribiendo palabras que nunca había dicho en voz alta. Lo dejé caer sobre la silla como quien deja un objeto inservible, lo miré fijo y solté:
—No me gusta la basura.
Sus ojos se humedecieron al instante, como si alguien hubiera roto algo frágil dentro de él. Pero yo no sentí nada. Él debía aprender lo que yo ya sabía: que los lazos se rompen, que la gente es de paso, que el cariño no dura más que un polvo de tiza en el pizarrón. Él tenía que entender, como yo entendí a su edad, que nadie te debe nada. Que la ternura es una moneda falsa y que el único poder real es el que tomas con las manos, lo que tomas como su inocencia cuando me vio en el cubículo del baño y sin esperar habría sido su primer encuentro sexual a sus apenas 13 años recién cumplidos.
Ya lo había asumido: él en secundaria, yo en prepa… hasta que un destello me detuvo.
Espera. Pensé dirigiéndome a mi mismo. Él aún en secundaria. Yo en prepa. Eso no era un adiós, era una puerta entreabierta. Podría visitarlo, conocer a sus nuevos compañeros, a los que llegaran el año siguiente, a los más pequeños que aún no sabían nada. A los que todavía creen que un adulto que les sonríe es un amigo, y no un lobo que cuenta los dientes. El cálculo fue frío, rápido, perfecto.
Así que cambié mi respuesta. Sin amor, sin calor, sin ningún latido sincero. Solo un «sí, acepto» seco, y un beso en sus labios frente a mis padres y mis compañeros de generación. Un beso que para él supo a premio, a sueño cumplido, a primera vez. Para mí supo a inversión, a semilla plantada, a plan a largo plazo. Y mientras sus labios temblaban contra los míos —húmedos, ingenuos, llenos de esperanza— yo ya estaba trazando en mi mente el mapa del próximo curso: los nombres que aprendería, los rostros que exploraría, los cuerpos que aún no sabían que existían, cómo acercarme a él para llegar a su familia, y así hacer lo mismo que con el quizá con un hermano más chico que él, un primo o que se yo.
Él celebraba un comienzo. Yo celebraba una estrategia.
Mis padres no necesitaron que les diera explicaciones. Ellos ya sabían —o al menos lo sospechaban— desde hacía meses. No fui yo quien se lo dijo. Fue mi computadora, esa que dejaba encendida con las pestañas de porno abiertas, los videos en pausa, las imágenes fijas en la pantalla cuando ellos entraban a mi cuarto a «ordenar». Sabía que les incomodaba, que preferían mirar hacia otro lado antes que preguntar. Así que guardaron silencio, asumieron lo que vieron, y yo seguí adelante sin que nadie me pidiera cuentas. Su incomodidad era mi escudo.
Mis compañeros, esos que nunca fueron mis amigos, vieron el beso. Para ellos fue la confirmación de lo que ya murmuraban en los pasillos, en el patio, en las notas que se pasaban y que yo no leía. Ya no necesitaban preguntarse si era cierto o no. Mis labios contra los de Adrián fueron la prueba que esperaban, y sus miradas cruzadas, sus sonrisas de complicidad, sus codazos silenciosos, me lo dijeron todo sin necesidad de palabras. Que lo supieran no me importaba. Que lo confirmaran, mucho menos. Si acaso, me daba poder: ahora sabían quién era yo y, sin embargo, ninguno se atrevía a enfrentarme.
Los maestros, en cambio, fueron más directos. Cuando el beso se alargó más de lo debido, sintieron sus manos en nuestros hombros, tirando de nosotros para separarnos. Y yo, en ese instante, lo agradecí. Lo agradecí con cada fibra de mi cuerpo porque, si no lo hubieran hecho, si no hubieran metido sus manos entre nosotros, no sé qué habría pasado. Sentía la sangre caliente golpeando en mis sienes, el pulso acelerado, la respiración corta, y cada parte de mí quería lanzarme sobre él como un animal, sin control, sin medida. Quería empujarlo contra la pared más cercana, sentir su espalda golpear el yeso, escuchar el aire escapándose de sus pulmones mientras yo lo sujetaba con fuerza. Quería que todos lo vieran, que escucharan sus gemidos ahogados, que sus piernas temblaran bajo el peso de lo que yo estaba dispuesto a hacerle. Quería tomarlo ahí mismo, sin importar quién mirara, sin importar las consecuencias. Quería dejar mi marca en él hasta que no pudiera sentarse sin recordarme, hasta que su cuerpo guardara el eco de lo que hice. Quería vaciarme dentro de él, sentir que cada parte de mí lo llenaba, que no quedaba espacio para nada que no fuera yo. Quería que el prefecto, ese que nos había encontrado aquella vez en el baño, confirmara con sus propios ojos lo que ya sabía: que no estábamos haciendo otra cosa que jalarnos el pene el uno al otro, que aquello que vio no fue un malentendido, sino la verdad cruda, descarnada, sin filtros.
Pero los maestros nos separaron. Y en ese momento, entre el tirón de sus manos y el roce de sus dedos en mi brazo, sentí alivio. Porque sabía que, si me hubieran dejado, no habría podido parar. Y aunque una parte de mí deseaba no haberme detenido, la otra, la que calcula, la que planea, la que siempre va un paso adelante, me dijo que era mejor así. Que habría tiempo. Que Adrián no se iba a ir a ninguna parte. Que su ingenuidad era un recurso renovable, y que yo sabía exactamente cómo explotarlo.
Así que respiré hondo, ajusté mi corbata, y sonreí. No una sonrisa cálida, sino la de quien sabe que el juego apenas comienza.
PRIMER DÍA DE VACACIONES.
El teléfono no dejaba de vibrar contra la mesita de noche, un zumbido insistente que perforaba mi sueño como un taladro. Adrián. Sus mensajes de buenos días se acumulaban en la pantalla como una avalancha de estupidez. «Buenos días», «cómo amaneciste», «espero que tengas un hermoso día», «te amo», «soy el más feliz». Frases vacías, repetidas, que olían a desesperación y a necesidad de validación. Tome el teléfono, tome foto de mi verguilla con erección matutina, solo respondí con un corazón rojo, vacío, automático. Luego bajé el short lo suficiente, tomé una foto de mi pene aún goteando de pipí y mis huevos colgando con algo de semen fresco de algún sueño húmedo que tuve Apagué el teléfono sin leerlas todas, lo giré boca abajo sobre la mesa, y me hundí de nuevo en las sábanas. El silencio fue un bálsamo. Dormí como quien huye de un mundo que no le interesa.
Horas después, cuando el sol ya se colaba con fuerza por la ventana, desperté por completo. Mi cuerpo pedía alivio, así que fui al baño. El chorro tibio contra el azulejo rebotaba en mis pies, sonó fuerte en el silencio de la casa, y cuando terminé, me sacudí la verga con un par de tirones mecánicos. El agua caliente de la regadera me despejó del todo, y al salir, elegí la ropa más holgada que encontré: un short que me quedaba grande, sin ropa interior, y una camisa ligera. Dejé que el aire rozara mi piel desnuda bajo la tela. Me gusta sentirme libre, incluso cuando sé que no lo soy.
Bajé a la cocina. La casa estaba vacía. Una nota en el comedor, con la letra apresurada de mi madre, decía que habían salido a pedir informes sobre las clases de verano. Las mismas de siempre, las de cada año, las que nunca me preguntaban si quería tomar. Asentí solo, aunque nadie me viera. Sabía que no era negociable. No valía la pena resistirse.
Terminé de desayunar casi sin probar lo que comía, y encendí el teléfono. Los mensajes de Adrián seguían ahí, como un río de cursilería que no cesaba. un montón de emojis que intentaban parecer tiernos lo había olvidado, mi piel todavía relajada y tibia por la ducha aproveché para mandarle otra foto. Sin contexto. Sin explicación. Solo la imagen cruda de lo que tenía para ofrecerle.
Su respuesta fue inmediata: «¿Quieres venir a comer?»
Sonreí. Una sonrisa que no llegaba a mis ojos.
Tomé mis lentes de sol, me puse unas sandalias, y le escribí que sí, que iría a su casa, pero que no quería salir a comer. Que él se encargara de la comida y de arreglarse porque yo estaría con él. No pregunté si sus papás estaban allí. No me importó. Si lo estaban, solo escucharían a su hijo gemir. Me dio su dirección y, para mi sorpresa, no quedaba lejos de la mía. El destino, o la casualidad, o simplemente el tamaño de una comunidad pequeña, ponía a mi presa a unos pasos de mi guarida.
Llegué. Toqué el timbre. Adrián abrió la puerta con esa sonrisa suya, la que todavía no sabía que yo podía romper en pedazos. La casa estaba en silencio. Me explicó que los fines de semana llevaban a su hermana menor a terapia de motricidad con un fisioterapeuta, que el trayecto era largo y que todo el sábado era para ella. Que él se quedaba porque odiaba las salas de espera, y que su hermana tenía problemas de movimiento en las piernas. Le pregunté si tenía alguna discapacidad. «Solo paraplejia», me dijo, «pero no tiene ninguna discapacidad intelectual». Asentí, y en mi cabeza ya lo había descartado: una mujer, encima consciente, encima con limitaciones físicas que la harían más observadora. No era material para mis juegos. No era de mi interés.
Adrián quiso mostrarme la casa. Quiso hacer el recorrido de anfitrión, señalar los cuadros, las fotos, los muebles. Pero yo no podía esperar. No quería esperar. En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, con el clic metálico del cerrojo, me desnudé a sus espaldas. Sin pausa, sin pudor, sin transición. Solo un short, una camisa, unas sandalias y unos lentes de sol cayendo al suelo. Mi piel desnuda quedó expuesta bajo la luz tenue del recibidor.
Adrián se volteó para llevarme hacia adentro, y se quedó boquiabierto. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, sorprendidos, pero no asustados. La sorpresa se transformó rápido en una sonrisa pícara, y esa sonrisa me dio el permiso que no necesitaba.
Me acerqué a él. Lo abracé. Mis labios encontraron primero el lóbulo de su oído izquierdo, esa zona que siempre es más sensible, más cálida, más rendida. Lo mordí suave, apenas un roce de dientes, mientras mis dedos comenzaban a desabrochar su camisa de cuadros, botón por botón, lentamente, sintiendo cada nudo de tela ceder bajo mis dedos. Bajé por su cuello, lamiendo la línea de su mandíbula, sintiendo su pulso acelerado contra mis labios. Seguí bajando, mordiendo su clavícula, dejando marcas que no sanarían en horas. Llegué a su ombligo y terminé de desabrochar el último botón. Su camisa quedó abierta, colgando de sus hombros, y él me miraba con los ojos vidriosos, entregado, agitado, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón.
Mis manos no se detuvieron. Desabroché su cinturón con un tirón seco, sintiendo el metal frío entre mis dedos. Lo jalé para tenerlo en mi mano, el cuero tenso, la hebilla brillando. Aprovechando que aún tenía el pantalón puesto, ambos de pie, frente a frente, lo giré con violencia para que me diera la espalda. Acomodé el cinturón en mi mano derecha, calculando el golpe, y lo azote sobre sus nalgas con un chasquido que llenó el silencio. El pantalón amortiguó el impacto, pero aún así él soltó un grito ahogado, entre sorpresa y dolor. Una mezcla que me hizo sonreír.
—Jejeje, no me medí —dije, casi para mí mismo.
Él se volteó lentamente y me miró temeroso. Y en sus ojos vi algo que conocía bien: el cordero que sabe que va al matadero, que ya no puede huir, que solo le queda entregarse. Me tomó de la mano y me guió hacia su habitación que estaba al lado de la sala. Yo lo seguí, oliendo su miedo y su deseo mezclados en el sudor de su piel.
En el marco de la puerta, vi la cama. No necesité más. Lo agarré del pantalón como si fuera un saco de ropa sucia y lo lancé sobre el colchón. Su cuerpo rebotó contra la superficie blanda, y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba sobre él. Mi mano izquierda sujetó sus brazos con fuerza, inmovilizándolo. Mi mano derecha rodeó su cuello, apretando justo lo suficiente para que sintiera el miedo, para que el oxígeno se volviera un lujo. Puse mi rostro sobre el suyo, nuestros labios a centímetros de distancia, y escupí en su cara. La saliva resbaló por su mejilla hasta su barbilla, y él no hizo nada por limpiarla. No dijo nada. No se movió.
Y entonces ocurrió el cambio. Sus ojos, que habían sido de inocencia y ternura, se oscurecieron, se volvieron de lujuria rendida. Sus pupilas se dilataron, su respiración se volvió entrecortada, y su cuerpo, que antes temblaba de incertidumbre, ahora temblaba de excitación.
—¿Qué… qué quieres hacer conmigo? —preguntó, su voz apenas un susurro roto, como si las palabras se le escaparan entre los jadeos.
—¡Cállate puto! —respondí, mi voz baja y firme, sin dejar de apretar su cuello—. No necesitas hablar. Solo necesitas sentir.
Sus ojos parpadearon, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero no era de miedo. Era de rendición. De saber que ya no había vuelta atrás.
—Pero… yo pensé que… que esto era… especial —balbuceó, y su voz se quebró como un vidrio contra el suelo.
—¿Especial? —reí, bajando mi rostro hasta rozar su oído con mis labios—. Esto es lo que hay, Adrián. Lo que tú querías. Lo que tú pediste con tus mensajitos de buenos días, con tus «te amo», no te hagas el sorprendido ahora.
Él cerró los ojos, y su cuerpo se tensó bajo el mío. Pero no para huir. Para recibir.
—No me hagas daño… —musitó, y su voz era tan pequeña que casi no la escuché.
—¿Daño? —susurré, soltando su cuello para deslizar mis dedos por su pecho desnudo, sintiendo su corazón latir contra mis yemas—. No voy a hacerte daño, Adrián. Voy a hacerte sentir vivo a la vez pellizcaba sus tetillas morenas y erectas. Porque antes de mí, ¿qué tenías? ¿Cartas cursis? ¿Peluches ridículos? ¿Esperar a que alguien te quisiera de verdad? Yo no voy a quererte. Pero voy a usarte. Y eso, para alguien como tú, es más de lo que mereces.
Él abrió los ojos, y en ellos vi la lucha. La parte de él que aún quería creer en el amor luchando contra la parte que ya sabía que esto era todo lo que iba a tener.
—Pero… ¿por qué? —preguntó, su voz temblorosa—. ¿Por qué me hiciste creer que…?
—Porque podía —corté, mi tono frío como el filo de un cuchillo—. Porque te viste tan fácil, tan necesitado, tan desesperado por un poco de atención, que no pude resistirme. ¿Sabes lo que se siente cuando alguien te mira como si fueras su salvación? Das asco. Pero también me das poder. Y yo quiero ese poder.
Su boca se abrió para decir algo, pero no salió ninguna palabra, porque lo abofetee fuerte y escupí dentro de su boca. Solo un gemido ahogado, mezcla de dolor y placer, cuando mis dedos encontraron su piel desnuda y la recorrieron sin prisa, como quien explora un territorio que sabe que ya es suyo.
—¡Vas a hacer todo lo que yo diga perro! —dije, mi aliento caliente contra su boca—. Vas a gemir cuando te lo pida. Vas a callarte cuando te lo ordene recibirás mis fluidos; sudor, mecos, escupitajos y más. Vas a ser mi juguete, Adrián. Y no vas a decir ni una palabra más de amor, porque eso no existe aquí. Aquí solo hay esto. ¿Entiendes?
Él asintió, lentamente, sus ojos fijos en los míos, y en su mirada vi la derrota más hermosa que había presenciado. La derrota del que ya no pelea porque sabe que va a perder. La derrota del que se entrega por completo, sin condiciones, sin límites.
—Dilo —exigí, apretando sus brazos con más fuerza—. Dime que eres mío.
—Soy… tuyo —susurró, su voz rota, húmeda, casi inaudible.
—¿Y qué más?
—Haz… lo que quieras conmigo —completó, y al decirlo, su cuerpo se relajó por completo bajo el mío, como si hubiera soltado el último lastre que lo ataba a su dignidad.
—Buen chico —dije, mordiendo su labio inferior hasta que gimió de dolor—. Así me gusta. Rendido. Sumiso. Sin preguntas. Sin quejas. Solo siendo lo que yo necesito que seas, tire de su pantalón y de un jalón más sus truzas aún de niño con dibujitos de Spiderman.
Y en ese momento, mientras su cuerpo se abría para mí, mientras sus manos se aferraban a mis hombros como a un salvavidas, mientras su respiración se volvía un jadeo constante y sus gemidos llenaban la habitación, supe que lo tenía. Completamente. Totalmente. Él ya no era Adrián. Era un recipiente vacío que yo podía llenar con lo que quisiera.
—No… no puedo… —susurró él, su voz apenas un hilo, mientras su mano intentaba apartar la mía, torpe, sin fuerza, como un gesto aprendido más que sentido.
—Claro que puedes —respondí, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba bajo mis dedos, cómo su respiración se volvía errática, cómo su esfínter se cerraba instintivamente, pero yo ya había encontrado el camino.
Mis piernas abiertas con la verga dura apuntando a mi cara, la tomo con sus manos frías y temblorosas para llevar mi falo a los labios rosas y carnosos.
—Métetelo en la boca de una puta vez —dije, pero mi voz temblaba. No era prepotencia. Era también inexperiencia.
Me reí. No pude evitarlo. Era tan absurdo, los dos tan jóvenes, tan torpes, tan desesperados por hacerlo bien. Me mostré fuerte y…
La lengua tocó la punta de mi pito, ¡MIERDA! Como si te hubiera dado un calambre. Enrosque mis dedos en el cabello de Adrián.
—¿Qué pasó? —preguntó asustado.
—Nada, nada —¡hazlo rápido pendejo!
Volvió a intentarlo. Esta vez abrió más la boca y lo empuje hacia mí, soltando una arcada. Mi sabor llegó a su lengua: salado, tibio, un poco amargo. Dijo con los ojos rojos y llorosos.
Y volví a metérselo, sentí cómo la punta llegaba al fondo de la garganta. Mi boca hacía ruidos húmedos y vergonzosos, pero a él no le parecía importarte.
—Así, así —dije, y mi voz era distinta. Más grave. Más rota y gutural—. Más despacio. Usa la lengua también, no solo los labios putito.
Me obedeció. Lamía la punta, dibujó círculos alrededor del borde en el frenillo, y luego volvío a tragarlo entero. Me incliné hacia atrás, apoyando las manos en la cama, y por un momento sentí como todo mi cuerpo se contraía, lo empujé antes de terminar en su hocico.
—Pero eres todo un puto —dije, y lo mordí en el labio en cuanto lo acerque a mi cara tomándolo del cuello con mis manos estrangulándolo.
Dejé de pensar en la técnica. Dejé de intentar imitar a los actores porno. Mis manos viajaron por sus piernas, pelotas, muslos. Todo estaba mojado, caliente, tembloroso.
Él movió las caderas, intentando escapar, pero yo lo sujeté con firmeza. Sus dedos se aferraron a la sábana y su rostro se hundió en la almohada.
—Relájate —ordené, mi voz baja y autoritaria—. O va a doler más.
—No puedo… es demasiado… —gimió, y su voz se quebró en un sollozo contenido.
—Sí puedes —insistí, moviéndome con una torpeza que no admitía pausa, sintiendo cómo su resistencia cedía poco a poco, cómo su cuerpo se abría a la fuerza, cómo sus gemidos pasaban de ser de dolor a ser de algo más oscuro, más profundo, más rendido, mi glande sintiendo la fricción de sus nalguitas redondas y suaves.
Su mano, que antes intentaba detenerme, ahora se aferraba a mi brazo como si yo fuera su único ancla en el mundo. Y su boca, que antes pedía clemencia, ahora soltaba sonidos que no entendía, que no controlaba, que simplemente salían de él como una confesión involuntaria.
—Así —dije, y mi voz era un susurro ronco—. Así, sin pelear. Así,.
Él no respondió. Solo gimió. Y en ese gemido escuché todo: el miedo que se convertía en deseo, la vergüenza que se disolvía en placer, la inocencia que moría para siempre.
Moví mis dedos con más decisión, sintiendo cómo su cuerpo se acostumbraba, cómo su esfínter se relajaba apenas lo suficiente, cómo sus caderas comenzaban a moverse con las mías, casi sin querer, casi sin darse cuenta.
—Mírame —exigí, y él giró el rostro, sus ojos vidriosos, sus mejillas húmedas, su boca entreabierta—. Quiero verte cuando te des cuenta de que ya no hay vuelta atrás.
Me miró. Y en sus ojos vi el momento exacto en que dejó de ser él para ser mío. Su boca se abrió, y de ella salió un gemido largo, profundo, que no era de dolor ni de placer, sino de entrega total.
El primer dedo entró despacio. Tanto, que pude sentir cada pliegue de su interior acariciando mi yema, sin lubricar. El soltó un gemido que no supe si era dolor o placer. Miré su rostro buscando una señal: sus cejas se fruncieron, pero su boca sonreía.
—Está bien —dijo—. Sigue.
El segundo dedo fue más difícil. Sentí la resistencia, ese músculo que se cerraba y me decía «hasta aquí». Pero lo besé, lo distraje con mi lengua, y cuando menos lo esperabas, mis dos dedos ya estaban dentro. Sus caderas se movieron solas, buscando un ritmo que no sabíamos pero que intuíamos.
—Estás tan caliente… —susurre, y no era una metáfora. Su interior era fuego vivo.
Cuando retiré los dedos, gritó. Su mano buscó mi muñeca para devolverlos.
—No —dije, riendo—. Ahora quiero estar yo dentro de ti.
Si mirada se encontró con la mía y en ella vi miedo, deseo, amor, lujuria.
Me puse sobre el. La punta de mi sexo tocó su entrada y sentí cómo lo encogía. Sin haberlo lubricado más que con el sudor de mis dedos dentro dirigí la cabeza de mi verga a su hoyito.
—Mira — le pedí—. Mira cómo entro.
Y empujé.
Fue despacio. Muy despacio. Sentí cómo su cuerpo se abría para mí, cómo cada centímetro era una conquista y una entrega. Sus dedos se clavaron en mi espalda. Su boca buscó mi hombro y mordió, no para hacer daño, sino para contenerse de gritar desgarradamente. Y yo, dentro de él, sentí algo que no esperaba: no era solo placer físico. Era el calor de su esfínter en mi pilín.
Cuando estuve completamente dentro, me detuve. Su pecho chocaba con el mío. Su corazón galopaba.
—¿Duele? —pregunté.
—¡MUCHO! —. Pero no pares.
El primer movimiento fue torpe. Un vaivén que no sabía si era muy rápido o muy lento. Pero guió mis caderas con las manos y me enseñó el ritmo.
Poco a poco, el dolor se fue yendo de su rostro. Sus piernas, antes tensas, se enredaron en mi cintura. Y cuando nuestras miradas se encontraron de nuevo, vi algo nuevo: placer. Placer genuino. Placer que me llegaba a mí también, no solo por mi reata dentro de él, sino por su reacción. Hilos de precum salían de su pene mientras yo me movía dentro de él llenando un charquito en su hombligo que deguste al curvearme para tomarlo con mi lengua sin despegarme de él.
—No sabes lo bien que te sientes —dije, y era verdad.
El ritmo se hizo más firme, más seguro. Dejé de pensar. Solo sentía: su piel pegajosa bajo mis manos, tu interior caliente que me apretaba y me soltaba el tronco del pene, tu aliento tibio en mi oído, los gemidos entrecortados. cada embestida una palabra, con cada jadeo una frase.
Sentí que iba a terminar.
—Te siento.. —susurró, y su voz era apenas un aliento roto—. Te siento dentro de mí, y no… no quiero que te salgas.
—No voy a sacarlo —mentí, sintiendo cómo su cuerpo se abría del todo, cómo su resistencia se desmoronaba, cómo sus piernas temblaban bajo el peso de lo que estábamos haciendo—.
Él cerró los ojos, y de su boca salió un gemido que era más un lamento que un placer.
—No importa —dijo, y su voz era tan pequeña que apenas la escuché—. Solo… no pares.
Y yo no paré. Porque eso era lo que quería. Lo que siempre había querido. Ver cómo alguien se rompía y, en su rotura, encontraba algo que confundía con amor.
Y entonces sus dedos encontraron mi pecho, no para empujarme, sino para sostenerse. Sus piernas se abrieron un poco más, y su boca soltó un gemido que ya no era de dolor, sino de deseo rendido.
—¿Más?… —susurré, y la palabra salió de sus labios como un pecado confesado—. Por favor… más.
—Eso no es lo que quieres —dije, mi voz fría, mis dedos aún explorando—. ¿Quieres que pare?, pero no puedes decirlo.
—No… no quiero que pares —gimió, y su cuerpo se arqueó contra el mío—. Quiero… quiero sentirte… quiero que me llenes…
—¿De qué? —pregunté, mordiendo su hombro—. ¿De amor? No tengo eso para darte.
—De ti —susurró, y su voz era tan frágil que parecía que iba a romperse—. Solo de ti. Aunque sea una vez. Aunque sea mentira.
—Eso sí puedo darte —respondí, sintiendo cómo su cuerpo se abría del todo, cómo su resistencia final se desmoronaba—. Una mentira hecha carne. Un recuerdo que te va a doler más que cualquier golpe.
Y entonces, cuando su cuerpo ya no pudo más, cuando sus gemidos se volvieron gritos ahogados, cuando sus manos se aferraron a mis hombros con una desesperación que no era de dolor sino de necesidad, sentí que el momento llegaba. Su boca, entreabierta, jadeante, buscaba algo que no sabía nombrar. Y yo se lo di. Lo tomé por el cabello, incliné su rostro hacia abajo, y él, sin que yo tuviera que pedírselo, sin que yo tuviera que ordenarlo, abrió la boca y lo recibió todo.
Cuando terminé, cuando mi cuerpo se vació y él quedó temblando bajo mí, con sus labios aún húmedos y sus ojos cerrados, supe que lo había marcado para siempre. Pero no porque le hubiera dado placer. Sino porque le había dado una prueba de que el amor no existía, y que él, en el fondo, siempre lo había sabido.
Pero entonces…
El sonido de una llave girando en la cerradura. Una puerta que se abre. Voces. Risa. Pasos en el recibidor.
—¡Adrián! ¡Llegamos más temprano! La terapeuta canceló y…
Yo me quedé helado sobre él. Él se quedó helado bajo mí. Los dos miramos hacia la puerta de la habitación, pero ya era tarde. La sombra de su padre se recortó en el marco, seguida por la figura delgada de su madre, que empujaba la silla de ruedas de su hermana mayor. Cinco pares de ojos se abrieron al mismo tiempo: los míos, los de Adrián, los de sus padres y los de su hermana.
El silencio duró apenas un segundo, pero para mí fue eterno. El padre de Adrián abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. La madre soltó un grito ahogado, llevándose las manos al rostro. La hermana, sentada en su silla, desvió la mirada, avergonzada.
—¡¿Qué… qué estánhaciendo Adrián?! —rugió el padre, sus ojos inyectados en sangre, su puño apretado contra el marco de la puerta.
Adrián intentó incorporarse, aún con mis hijos en su boca, pero yo seguía sobre él, y en ese momento no sabía si levantarme o quedarme. Mi cuerpo, que segundos antes estaba lleno de poder, ahora se sentía expuesto, frágil, ridículo, Adrián al pasar saliva se los tragó viendo a su papá con vergüenza y miedo.
—Papá, yo… yo puedo explicar —balbuceó Adrián, su voz temblorosa, su rostro encendido de vergüenza y miedo.
—¡No me expliques nada! —gritó el padre, dando un paso adelante—. ¡Tú, fuera de mi casa! ¡Ahora mismo! ¡Y no vuelvas a acercarte a mi hijo!
Yo me levanté lentamente, sin prisas, sin dignidad, pero sin prisa. Busqué mi ropa en el suelo, me vestí sin apuro, sintiendo las miradas de toda la familia clavadas en mi espalda. Adrián lloraba en silencio, su rostro enterrado en la almohada, sus hombros sacudidos por los sollozos. La madre no dejaba de susurrar «Dios mío, Dios mío». La hermana miraba al techo, ausente. El padre, con el puño aún apretado, señalaba la puerta de salida.
Salí. Crucé la puerta. El sol de la tarde me dio en la cara, y caminé sin mirar atrás.
Había durado menos de lo que planeaba. El plan de vacaciones se había desmoronado en un solo segundo. Pero mientras caminaba de vuelta a mi casa, con las sandalias en la mano y el short subido sin ganas, sonreí. Porque aunque el juego había terminado antes de tiempo, había ganado.
Había visto su entrega. Había escuchado su sumisión. Había sentido su cuerpo rendirse bajo el mío. Y esa imagen, ese sonido, esa sensación, se quedarían conmigo mucho después de que Adrián olvidara mi nombre.
Además, las vacaciones apenas comenzaban. Había más casas que explorar. Más puertas que abrir. Más inocencias que romper y más niñitos en la escuela de verano a la que cada año iba, y porque no… quizá un adulto dispuesto a ser penetrado por un adolescente como yo de 14 años aún.

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