Retiros Espirituales – Capítulo 20
El castigo de Pablo comienza y no precisamente en manos de Carlos… .
¡Hola a todos! Quiero saludarlos antes de dar paso a capítulo 20 de Retiros Espirituales porque sé que llevaba tiempo sin escribir, fue un año y medio sin publicar ningún relato en este espacio, pido disculpas por esto a mis lectores, sé que son pocos, pero sé también que son fieles, pero tuve varios motivos para hacerlo y no me quiero justificar. El primero, falta de motivación, el segundo, cansancio, me agotaron las horas que se puede uno tomar en escribir un solo capítulo, el tercero, la falta de receptividad, créanme que esto desmotiva un montón, sentir que tu historia no es del agrado de muchos, entristece, pero también hay que ser consciente, que eso puede pasar y más cuando caí en cuenta que quizás mi tipo de historia no es la que más guste en esta página, he entendido que SST se especializa en unas temáticas muy puntuales y por esta razón, Retiros Espirituales no gusta tanto como otras historias, pero fue en esta página que pude iniciar con mis relatos y pues aquí debo terminar. En el camino fue que encontré otras páginas de relatos en donde mi historia puede tener más cabida. Prometo entonces ser más constante en publicar y así poder darle fin a mi historia. Espero por favor sus valoraciones y comentarios, son de mucho agrado para mí y a los que lleguen por primera vez a este capítulo, les recomiendo que comiencen desde el principio, es importante para entender la historia y sus personajes.
Un abrazo para todos y los dejo con mi historia:
Santiago intentó buscar algunas de sus prendas pero ambas estaban destrozadas y mirándome con resignación, solo alzó los hombros como niño regañado y esbozó una tímida sonrisa, se sentó unos minutos en una de las sillas de la primera fila, se agarró la cabeza en gesto de lamentación, luego volvió a ponerse de pie y caminó hasta donde yo me encontraba, me imaginé lo peor porque su cara había cambiado de semblante, la sonrisa tímida había desaparecido y aunque no se le notaba rabia, si se veía serio o con su característica inexpresión, pensé que ya habría podido asimilar todo lo ocurrido, quizás había podido analizar y concluir que en gran medida había estado recién castigado y sometido por mi culpa, así que esperé solo algún golpe o reclamo de su parte, pero no fue así, al llegar a donde yo estaba completamente atado, solo quitó la mordaza de mi boca hecha con la túnica, para luego decirme: “habla, que debes estar que estallas”, yo solo pude decirle: “parce, lo siento, sé que debí ser yo el que recibiera este castigo”, “¡shhh!, no es del todo tu culpa, además viéndote como estás, creo que el castigado no solo fui yo”, fue la interrupción del rugbier mientras dirigía su mano a mi verga para cerciorarse de lo excitado que estaba, “veo que no solo estás que estallas por no haber podido hablar durante todo el tiempo que duró mi castigo, tu verga está al límite, ¿crees que mereces que te ayude con esto?”, fue la pregunta que me lanzó “mi amigo” mientras rozaba con la punta de sus dedos la cabeza de mi verga, “creo que somos amigos y los amigos se ayudan siempre, no deberías soltarme las amarras porque Carlos fue claro en que debía quedarme atado a esta silla hasta que termine la jornada de la mañana y no queremos sumar más puntos negativos a tu “expediente”, pero si puedes ayudarme con toda esta excitación que tengo acumulada, te lo agradecería”, fue mi pedido estúpido a Santiago, «¿y tienes el descaro de decirme en mi cara que quieres que te ayude a masturbarte después de que me acaban de violar y sodomizar delante de ti y en cierto grado por tu culpa?», la pregunta cayó como un baldazo de agua fría, pero su tono no era de reproche genuino, sino más bien de curiosidad morbosa mezclada con algo de amargura, «Santiago, no fue una violación, tú firmaste el contrato, sabías en lo que te metías», intenté justificar, pero mi voz se quebró cuando sus dedos, a pesar de sus palabras, comenzaron a descender por mi verga, rozando con suavidad la piel sensible de mi glande, «¿ah, sí?», me interrumpió con una cara morbosa, «¿y tú crees que leer en un papel que ‘acepto someterme a las reglas de El Edén’ incluía en mi cabeza que terminaría siendo doblemente penetrado, por primera vez, por dos cocineros mientras un man que acabo de conocer, morbosea toda la escena, atado desde una silla?”, sus dedos se detuvieron justo en la base de mi verga, ejerciendo una presión circular que me hizo gemir involuntariamente, la ironía de la situación no se me escapaba: yo, atado, excitado e indefenso, suplicando ayuda del mismo man que acababan de someter brutalmente en parte por mis imprudencias, «lo siento, de verdad», logré balbucear, «si hubiera podido cambiar de lugar contigo, lo hubiera hecho», Santiago soltó una risa seca, casi amarga, mientras sus ojos recorrían mi cuerpo desnudo y atado, su mirada se detuvo en mis tetillas, aún apretadas por los ganchos que Carlos había dejado puestos antes de irse, «¿sabes qué es lo peor?», dijo acercándose más, hasta que su aliento rozaba mi oreja, «que a pesar de todo, de la humillación, del dolor de que me desvirgaran el culo, de sentirme completamente expuesto y usado», su mano comenzó a moverse de arriba abajo por mi miembro con una lentitud deliberada que me volvía loco, «no puedo negar que mi cuerpo traicionero terminó disfrutándolo al final, he experimentado muchos tipo de castigos cuando hacia parte de los equipos de rugby, estuve en ambas orillas, cuando fui novato, me tocó aguantar varios sometimientos y luego, cuando ascendía dentro de estos, disfrutaba someter a cuanto novato llegaba al equipo, pero nunca ninguno como el que acabo de vivir y vuelvo te digo, nunca imaginé que al final, terminaría disfrutándolo”.
Sus palabras me impactaron. El rugbier heterosexual estaba admitiendo ante mí, su amigo gay, bisexual o lo que sea que fuera, que había encontrado placer en su propia sesión de BDSM, «¡Santiago!», gemí, más por la revelación que por su mano en mi verga, que ahora aceleraba el ritmo, «¡shhh!», me calló con un dedo en mis labios, «no hables, no quiero pensar ahora, solo quiero esto», y con eso, su otra mano descendió hacia su propia verga, comenzando a estimularse mientras continuaba masturbándome, no daba crédito a lo que estaba presenciando en ese momento, el man que se había convertido en este lugar, en una de mis fantasías, estaba iniciando una paja “asistida” o “acompañada”, la escena era surrealista: ambos desnudos en aquel teatro vacío, yo completamente atado a una silla, él liberándose de sus ataduras emocionales a través del este contacto físico, Santiago se arrodilló frente a mí, su rostro a la altura de mi verga, por un momento temí y deseé que fuera a mamármela, pero en cambio, soltó mi verga y me dejó a punto de eyacular, “¡MIERDA!”, grite desesperado, se alejó y me miró con una mezcla entre rabia y placer, su verga aún se encontraba enrojecida por la reciente eyaculación y sin llegar a su máxima erección, le reclame aireadamente el seguir aumentando mi suplicio y me sorprendí que conociera esta cruel practica llamada “edging”, no quise decirle nada, sentía que podía acabar con el morbo que generaba toda la situación, quería dejarlo jugar, así me estuviera castigando, al final de cuentas, tenía todo el derecho de hacer conmigo lo que él quisiera.
Después de varios minutos jugando conmigo, Santiago se atrevió de nuevo a hablar y me lanzo una frase que me dejó aún más excitado de lo que ya estaba “si no puedo desatarte, al menos puedo aprovecharme de mi posición y de la situación, voy a alargar tu suplicio lo que más pueda, hasta que me supliques, implores y hasta llores, por hacerte venir, es lo justo, ¿no?”, su voz ya no la reconocía, más ronca, más cargada de lujuria y de poder, estaba saliendo el rugbier CAPITAN de varios de sus equipos y eso me estaba gustando aún más, él no para de masturbarse, pero lo hacía lento, pausado, ceremonioso y también estaba alargando su propio placer, se notaba que disfrutaba el juego, seguramente lo recién experimentado, había despertado ese lado dominante que en muchas ocasiones, debió haber mostrado en las canchas y camerinos del rugby.
Para tratar de persuadirlo y que no alargara más su macabro juego, le dije que se apurara antes que alguien, incluso el mismo Carlos, nos pillara, este último no había mencionado nada respecto a si pasaba algo si Santiago se quedaba en el auditorio o no, pero había sido enfático en ordenar que volviera a su habitación y dejarme a mi atado el resto de la mañana como parte inicial de mi castigo, pensé entonces que si “nuestro líder” nos encontraba en estas, podían empeorar las cosas para nosotros dos y fue de esto que me pegué para que me hiciera eyacular de una vez por todas, “que se joda», me respondió Santiago y volvió a tomar mi verga son su mano, con movimientos lentos me masturbaba, aumentando mi tortura, no podía creer como Santiago, el inexpresivo, el tranquilo y el sereno, me tuviera ahí, sentado en una silla, atado de pies y manos, con mis tetillas aprisionadas en ganchos de ropa y con mi verga a punto de explotar, aceleró un poco el ritmo con su mano y de nuevo, a punto de mi orgasmo, soltó, para luego decir: “ya ese cabrón hizo que dos de sus hombres me violaran, ¿qué más puede hacerme?, así que te aguantas porque estás en mis manos y no sabes cuanto lo estoy disfrutando»
La crudeza de sus palabras, contrastando con la intimidad de nuestro acto, me excitaba aún más. Mis manos, atadas a la silla, se empuñaron deseando tocarme y tocarlo, ese era otro de mis suplicios, no poder devolverle el favor, deseaba manosearlo, morbosearlo, besarlo, agarrar ese culo que se movía con fuerza, cada que me daba la espalda, acariciar ese pecho y esa espalda musculosas y tomar con manos y boca esa verga que tanto había deseado por días, pero lo tenía “prohibido”, el juego macabro le salió a pedir de boca, “Santiago, me quiero venir, ¡POR FAVOR!, acaba con esto ya”, le supliqué casi al punto del llanto, “no es cuando tu digas, es cuando yo lo decida”, me advirtió, con una sonrisa macabra en su cara.
Mi posición era denigrante, rogando porque me hicieran venir a cualquier precio, pero mi vista era espectacular: su rostro, normalmente inexpresivo, ahora mostraba una mezcla de éxtasis y determinación, sus ojos, esos ojos que habían visto la derrota hace minutos, ahora brillaban con un fuego nuevo, se notaba su excitación y con un movimiento rápido que me tomó por sorpresa, acercó su cara a mi cara y comenzó a besarme, un beso agresivo, con fuerza, salvaje, desesperado, lleno de toda la tensión acumulada en esos días, su lengua invadió mi boca, pude saborear en su aliento el residuo de semen del cocinero que eyaculó en su boca, fue una mezcla de asco y excitación, el beso no duró mucho, pensé que solo por besarlo, iba a eyacular sin tocarme, besar a Santiago de esa manera, sumo varios grados a mi excitación, yo ya no estaba en mí, me sentía ido, mi verga babeaba, palpitaba y las güevas me dolían, ni rogar quería.
No sé qué leyó en mi actitud o en mi mirada, pero de la nada me comenzó a decir: “deja de torturarte, esto no lo hago por castigarte, sé que yo tuve mucha culpa en lo que pasó, nadie me obligó a seguirte esa noche, te llevaba siguiendo la pista noches atrás y solo quise averiguar qué era lo que tanto salías a espiar en la oscuridad de la noche, además, -bajando un poco la voz- quizás necesitaba esto, nada es casualidad, necesitaba soltar todo», lo miré confundido. Santiago, el heterosexual seguro de sí mismo, el rugbier rudo, estaba admitiendo que había necesitado una experiencia así, «¿qué quieres decir?», pregunté, se sentó en el suelo frente a mí, completamente desnudo y vulnerable, y por primera vez vi en sus ojos algo que se parecía a la tristeza, “en el rugby y en mi vida, siempre tengo que ser el fuerte, el que manda, el que nunca se quiebra», explicó con voz ronca, «por eso busqué este tipo de evento, sin imaginar que unos simples “Retiros Espirituales” terminarían en esto, pero aquí, por primera vez, pude dejar de ser eso, fue horrible, lo sé, pero fue excitante al mismo tiempo, no sé cómo explicarlo», lo entendía perfectamente, era la esencia misma del BDSM: la liberación que viene de la entrega total de control.
En esa estábamos, en una conversación profunda que nos había alejado un poco del juego macabro propuesto por “mi amigo”, cuando de repente una voz nos interrumpe: “¡qué escena tan conmovedora!”, la voz de Carlos nos heló la sangre, estaba de pie en la puerta lateral, observándonos con una sonrisa burlona, no sabíamos cuánto tiempo llevaba ahí, pero por su expresión, había visto suficiente, Santiago intentó apartarse de inmediato, pero tropezó y cayó hacia atrás, golpeándose el culo en el suelo y gritando de dolor, yo me quedé tal cual estaba, inmóvil, con la verga palpitando en el aire, a punto de explotar, nuestro líder caminó hacia nosotros con pasos lentos, deliberados, llevaba de nuevo su túnica, pero se notaba que debajo estaba desnudo, “desgraciado”, pensé, “todo lo hace calculadamente”, seguí pensando, “veo que mis dos alumnos han decidido tomar la iniciativa” dijo, con voz suave pero peligrosa, “pensé que había sido claro con mis órdenes”, se detuvo frente a Santiago, quien intentaba cubrirse con las manos, “¡Señor Pérez!, le dijo, inclinándose para tomar el mentón del rugbier, ¿me está diciendo que disfrutó de su castigo?, ¿qué quiere más?, “no… no, señor “, balbuceó Santiago, “yo solo… estaba…”, “eso lo podemos resolver después”, nos dijo a ambos y continuó acercándose a mí, “usted, Señor Aristizabal, ha sido muy desobediente, no solo incumplió el horario de regreso ayer, no solo ha estado espiando actividades privadas, no solo ha tenido sexo en zonas comunes de El Edén, no solo ha estado exhibiéndose en varias zonas de la parcelación, sino que ahora intenta seducir a uno de mis alumnos, se agachó frente a mí y tomó mi verga con su mano, su tacto era experto, firme pero controlado y yo gemí sin poder evitarlo, “¿sabe qué hago con los alumnos desobedientes?, me susurró, acercando su boca a mi oído, “los exhibo, los humillo públicamente y los convierto en el puto del grupo”, sentí un montón de emociones encontradas, parte de lo que escuchaba de daba terror, pero otra parte me excitaba, a punto de casi hacerme eyacular ahí mismo.
Carlos se incorporó y caminó hacia el centro de la tarima, “Kevin, Yeison, vuelvan”, ordenó y los dos cocineros reaparecieron por la puerta lateral, todavía desnudos y semierectos, “desaten a este señor de esa silla y llévenlo al centro de la tarima, aten sus tobillos a la barra separadora, vuelvan a anudar sus manos en su espalda, anuden también una cuerda alrededor de su cuello y oblíguenlo a agachar su cuerpo, atando esta última cuerda de su cuello, a alguna argolla empotrada en el piso de madera, lo necesito humillado, rendido y en posición correcta para lo que viene, luego, lleven al Señor Santiago a su habitación para que descanse.
Yo intenté hacer repulsa, pero estos dos manes tenían mucha más fuerza que yo, ya atado de pies, con los mismo ganchos en mis tetillas, martirizándome, con mis piernas completamente abiertas, gracias a la barra separadora, con mi pecho hacia adelante, producto de la atadura que iba de mi cuello hasta el piso y en mitad de la tarima, tal cual como ordenó Carlos, este se me acerco, tomó una cuerda que colgaba del techo, con un gancho en el extremo, la bajó hasta el nivel de mis manos y lo introdujo en medio de la cuerda que las ataba, “vamos a asegurarnos de que este señor no vuelva a desobedecer e incumplir ninguna de las reglas del contrato, de MI CONTRATO”, luego, con un mecanismo que no pude ver, comenzó a tirar de la cuerda, elevando mis manos en mi espalda, eso generaba un dolor, como si se tratara de una llave de lucha, “perfecto” dijo “mi líder”, observando mi cuerpo expuesto, “Kevin, Yeison”, gritó Carlos a sus empleados, “vuelvan con Santiago, he decidido que será perfecto que él presencie lo que está a punto de ocurrir en este recinto”, completó el líder, yo maldije e imaginé que ahora, Carlos había invertidos los papeles, ahora sería yo el castigado y Santiago mi espectador.
Con esas palabras, Carlos comenzó a acariciar mi culo, sus manos eran firmes, posesivas, sentí cómo se acercaba a mí, “¡NO!” murmuré, pero sin convicción, estaba demasiado excitado, demasiado cerca del orgasmo, “¡silencio!, ordenó Carlos, dándome una fuerte palmada en el culo y recogiendo del piso la mordaza de aro recién usada en Santiago, la introdujo con fuerza en mi boca, “usted no habla, solo recibe”, esto último me dejó confundido, “¿cómo así que yo solo recibo?, ¿a qué se refería con esto?”.
Santiago observaba la escena, paralizado, pero a la vez excitado porque su verga estaba a tope, a pesar de haber sido ordeñado hace apenas unos minutos, él, seguramente sospechaba, por la ubicación de Carlos, que iba a presenciar como este me penetraría salvajemente frente a los tres espectadores y así también lo pensé yo, me llené de terror, de solo recordar cómo, salido de si, castigó de manera violenta al rugbier, pero también me llene de una excitación extrema por ser sodomizado por ese espécimen, por ese macho, por ese hombre, ¡que equivocado estaba!.
Carlos tomó mi cintura y comenzó a empujar, pude sentir como restregaba su verga, aun cubierta por su túnica, por todo mi culo, otro que quería jugar, no solo con mi cuerpo, sino con mi mente, sentir esa verga, así fuera con esa tela de por medio, en mi piel, me iba a hacer explotar ahí mismo, “mire bien, Señor Santiago”, instruía Carlos, mientras yo gemía de temor y placer, “a los desobedientes, los convierto en mi puta personal”, yo estaba entregado, para mí esto no estaba siendo del todo un castigo, ser penetrado por Carlos era más un premio y no entendía porque él estaba haciendo lo que hacía, seguía tan equivocado, mi líder solo me estaba provocando, estaba jugando con mi psiquis, me estaba volviendo loco de excitación, mi mente estaba de nuevo ida, al punto que no sentí cuando este se separó de mí y de la nada, comenzó azotar mi culo con el mismo artefacto que azotó el de Santiago, no podía verlo porque estaba detrás de mí, pero podía sentir cada golpe y pude saber que lo estaba haciendo con toda su fuerza por el dolor que estaba sintiendo, me estaba partiendo el culo en dos con esa paleta de cuero, yo solo podía balbucear a lo que esa mordaza me permitía, “¿mi castigo había comenzado?”, me pregunté, mientras de mis ojos, lagrimas comenzaron a caer, no se cuántos azotes fueron, sentí que me fui por unos segundos y al volver, mi líder ya estaba a mi lado, lo podía ver desde mi posición, su verga erecta, debajo de esa túnica, me daba a la altura de mi cara, seguía torturándome, se apreciaba recta, dura, grande, gruesa e imponente, pero esa tela, esa maldita tela no me dejaba verla totalmente.
Y ahí estaba yo, atado, los ganchos de ropa pellizcando mis tetillas hasta el punto de hacerlas arder, mi verga palpitando desesperadamente y bañada en presemen. Santiago ya sentado a todo el frente de la tarima, los dos cocineros, completamente desnudos, custodiando la puerta del auditorio, de pronto, la puerta se abrió con un chirrido, solo alcancé a ver una sombra que no se movía, “Adolfo, entre”, ordenó Carlos y entró el chofer, pero no era el Adolfo que había visto antes manejando, morboseando en el comedor y sodomizando manes, este era una versión aún más burda, más sucia, más animal, esta vez vestía unos overoles de mecánico cubiertos de grasa negra, aceite y mugre, se veía más sucio, más desaseado y más descuidado, traía unas botas enlodadas, el sudor corría por su frente arrugada, mezclándose con la suciedad de su rostro, al acercarse a donde yo estaba, pude sentir el olor a gasolina, cigarrillo, cerveza y sudor rancio acumulado en días, por si no lo recuerdan, era un hombre de unos sesenta años, barriga prominente, manos gruesas con uñas negras de grasa y mugre, y una mirada lasciva que me recorrió de arriba abajo haciendo que mi piel se erizara de asco y a la vez de excitación, “¡jefe!, dijo con voz ronca, tosiendo un poco, “¿me llamó?, “sí, Adolfo”, respondió Carlos, veo que viene directo de estar reparando el bus, me había comentado que viene presentando algunas fallas mecánicas, eso se me hace perfecto porque este alumno, -señaló hacia mí-, necesita aprender humildad y obediencia, y usted es el hombre indicado para enseñársela.
Adolfo se acercó un poco más y su olor se intensificó, era un olor penetrante, masculino en su forma más primitiva y repulsiva, sudor de días de trabajo, axilas sin lavar, pies en botas de goma durante horas y algo más, algo amargo y almizcleño que emanaba de sus pantalones, “¿qué quiere que haga con él, jefe?, preguntó el anciano, frotándose la entrepierna descaradamente, noté el bulto “considerable” bajo el overol sucio, “quiero que lo prepare”, dijo el líder, sentándose en un sillón elegante que recientemente habían ubicado los dos cocineros en un extremo del lugar, este cruzó las piernas, sin dejar ver su verga debajo de su túnica y comenzó a observar como si fuera un emperador romano, “cuanta soberbia, cuanta arrogancia, cuanto ego y cuanto narcicismo el de este tipo”, pensé yo, “quiero que le muestre a este puto arrogante lo que es servir de verdad, que lo humille, que lo ensucie, que lo reduzca a lo que es: un receptáculo para el placer de hombres superiores, pero no lo penetre, todavía, eso es privilegio mío y solo lo tendrá cuando yo decida mostrarle lo que llevo bajo esta túnica”, esa última frase me excitó y frustró al mismo tiempo, Carlos seguía ocultándose, jugando con mi deseo, manteniéndome en la incertidumbre, “con gusto, jefe”, gruñó Adolfo y se acercó hacia mi mucho más, se detuvo a centímetros de mi nariz, el olor era abrumador, podía ver las gotas de sudor en su cuello, las manchas de grasa en su barba de varios días, los pelos grises asomando por el cuello de su overol, era la antítesis de la limpieza, de la pulcritud de Carlos, era un cerdo humano.
Era claro que lo que me esperaba no iba a hacer de mi agrado, no soy amante de los olores corporales fuertes, no es lo que más me excita en todo este universo del BDSM, sé que a muchos les encanta, pero no soy de ese grupo, perdido en estos pensamientos estaba cuando escuché hablar a Adolfo: “mira nada más qué puto tan hermoso y fino”, tomando mi barbilla con sus dedos grasientos, dejando una marca negra en mi piel, “tan limpio y oliendo rico, esto se acabó, parcero” remata, mientras se voltea hacia su jefe, “¿puedo hacerle de todo, jefe?”, “todo, menos penetrarlo”, confirmó Carlos, acomodándose en el sillón, su mano desapareció bajo su túnica y supe que se estaba tocando, masturbándose ocultamente, mientras observaba, “desgraciado”, balbuceé, “y quiero que el Señor Santiago observe, así que atenlo a esa silla sin posibilidad de que se mueva ni un centímetro”, fue la orden del jefe del lugar a los dos cocineros, el rugbier rogó asegurando que no se movería de ahí, pero sus suplicas no sirvieron de nada y terminó atado a esa silla de pies, pecho y manos, como lo había estado yo, minutos atrás.
Luego de ubicar perfectamente la silla del rugbier, Adolfo se volvió hacia mí con una sonrisa desdentada y maliciosa, “primero”, dijo, bajando el cierre lentamente de su overol, “vas a limpiar con tu lengua lo que he estado acumulando todo el día trabajando al sol en ese motor”, se bajó su overol y los calzoncillos de una sola vez, su verga erecta, salió a relucir y el olor me golpeó con fuerza, y por ese olor tan fuerte, pude sospechar que no se había lavado en días, pasados unos minutos, esa verga había tomado más vida, estaba roja, gruesa, con las venas marcadas y cubierta de un olor amargo de sudor seco, orina residual y esmegma acumulado, los pelos grises y enmarañados olían a almizcle rancio, era repulsivo casi al punto del vomito, pero verme ahí, en esa posición, frente a este tipo tan repugnante, me mantenía en un estado de excitación inexplicable, una mezcla que me mareaba, “abra, puta”, ordenó el viejo, agarrándome por el pelo y acercando su verga a mi boca, “límpiela bien con esa lengua fina, como si fuera un gatito”, la palabra “puta” me descolocó, el trato femenino no me gustaba y menos en este terreno, no me hacía sentir bien ni me hacía gracia, además su orden de que abriera mi boca, me generó entre risa y rabia, ¿no era obvio para este cerdo que esa mordaza ya me obligaba a tener mi boca completamente abierta para él?.
Su verga rancia entró en mi boca e inmediatamente tuve una arcada a punto del vomito, por lo que quise negarme, pero Carlos intervino inmediatamente: “si no lo hace, Señor Aritizabal, serán tres días de castigo sin eyacular y llamaré a más hombres como Adolfo para que lo usen como el despojo humano que es, ¿qué elige?”, me sentí degradado a nada, el trato de despojo humano no me gustaba, pero nada podía hacer, por lo que dejé que Adolfo metiera su verga en mi boca sin reparo, menos mal no era el más vergón, si era gruesa, pero no pasaba de los 14 cms, el viejo empujó su verga hacia adentro sin piedad, el sabor era impactante, salado, amargo, ácido y sucio, el sudor de todo un día de trabajo pesado, impregnaba su piel, podía sentir la textura áspera de su miembro, los pelos en mi lengua, el olor invadiendo mi nariz, era degradante, humillante y asqueroso, pero contradictoriamente, mi verga palpitaba más fuerte que nunca, “eso, ¡chupe, chupe!, gruñó Adolfo, moviendo sus caderas, metiendo y sacando su verga de mi boca, “límpiela bien, putito, chúpeme las güevas también, que hace tres días que no me baño y están bien sudadas”, estas las recordabas pequeñas y con mucho pelo, pero no sé si por temas de temperatura, aparecieron ante mi cara dos par de gúevas, eran grandes, colgantes y cubiertas de pelos grises y mugre, su olor era intenso y concentrado, Carlos quería humillarme y al reducirme a esto: un limpiador de partes sucias de un viejo cacreco, lo estaba consiguiendo, “hazlo, Pablo”, ordenó Carlos desde su sillón con su voz entrecortada por la excitación, “¡mamelas!”, y no me quedó de otra que extender mi lengua y lamer, el sabor fue terroso, amargo, de hombre viejo, sudado y cochino, Adolfo gimió de placer y Carlos rio de triunfo, “¡así, así!”, suspiraba el anciano, “ahora la verga otra vez y prepárese para tragar lo que viene”, ordenó, ahí se disparó mi alarma interna, no soy de tragar semen, nunca lo he sido porque nunca me ha gustado, además, la única vez que recuerdo haberlo hecho, me llevó a un malestar de días por temas gástricos, por lo que me prometí ese día, nunca volverlo a hacer y menos con un personaje como Adolfo, comencé a sufrir, en serio.
Carlos se paró de su silla y se dirigió hacia nosotros, “¡a ver, a ver!, creo que es momento de quitar esto, ya esa boca está más que lista para seguir mamando sin la ayuda de esta mordaza, ¿o no, Señor Aristizabal?”, yo ya estaba completamente entregado y afirmé con mi cabeza, por lo que Adolfo volvió a meter su verga en mi boca y comenzó a follarme la garganta con movimientos bruscos, sin delicadeza, era un uso puro, animal, su barriga golpeaba contra mi frente, dejándome manchas de grasa y sudor, sus manos, negras de aceite y mugre, agarraban mi cabeza firmemente, “me voy a venir, jefe, me voy a venir”, avisó Adolfo, jadeando, “¿dónde?”, tuvo el descaro de preguntarle, “en su cara”, ordenó Carlos, “ensúcielo, deje su leche ahí para que sé seque y la recuerde por varias horas, que sepa que personajes como él, nacieron para solo ser un receptáculo de semen”, sus palabras me taladraban la mente, este tipo de sometimiento no era de mi total agrado pero no estaba en condiciones de refutar, agradecí más bien que el anciano eyaculara en mi cara y no en mi boca, por orden de “mi líder”, Adolfo salió de mi boca y comenzó a masturbarse frenéticamente frente a mi rostro, su verga, ahora húmeda con mi saliva, brillaba a la luz y en segundos, comenzó a disparar, los chorros de semen caliente impactaron contra mi cara, uno tras otro, me cubrió los ojos, la nariz, la boca, la barbilla, era espeso, blanquecino, con olor a cloro intenso mezclado con el sudor rancio, no se había masturbado en días, estaba claro, “¡toma, puta, toma!, gruñó excitado y vaciando todo sobre mí, “eso es para que aprenda a no desobedecer a mi jefe”.
Cuando terminó, me dejó ahí, cubierto de su semen, con el rostro pegajoso, la boca llena de su sabor, pero al parecer, no había terminado, “ahora”, dijo Adolfo, sonriendo maliciosamente, “lo bueno”, se volvió hacia Carlos y le preguntó: “jefe, ¿puedo hacerle el favor que me pidió esta mañana?, ¿el que le debo desde el viaje?, Carlos asintió y algo en su sonrisa me aterrorizó, “sí, Adolfo, hazlo, que esto sea la cereza en el pastel de su humillación”.
Adolfo se acercó de nuevo hacia mí y aprovechando mi situación, tomó de nuevo la mordaza en forma de aro y me la puso con fuerza en mi boca, yo ya no daba más con este objeto, mi quijada estaba desencajada, me sentía usado y humillado, mi excitación ya no era constante, iba y venía, solo la alimentaba ver a Santiago a todo el frente, atado a esa silla, completamente desnudo y con su verga completamente erecta, babeando presemen, no se le había bajado ni un minuto, al parecer, el espectáculo estaba siendo de su agrado, cuando el anciano terminó de ponerme la mordaza, terminó también por quitarse del todo su overol, quedando completamente desnudo, sus piernas eran peludas, fláccidas y con varices, nada agradable a la vista, se paró a todo el frente y comenzó a hablar: “he estado guardando esto desde hace horas, desde que supe que vendría, agregó, y comenzó a orinar.
El chorro fuerte de orina caliente, amarilla, intensa y cargada, comenzó a caer sobre mi cabeza, el chorro daba a presión contra mi cráneo martillándome, no solo física, si no mentalmente, me estaban degradando al mínimo nivel, la lluvia dorada tampoco era de mi agrado, parecía que Carlos se había dedicado a investigar todo lo que no me gustaba, para luego hacerme cada una de esas cosas, una a una, el olor amoniacal invadió el espacio y antes de terminar de vaciar su vejiga, el anciano tomó con fuerza mi cara, la ladeó, para que los últimos chorros de orina, fueran a dar directamente en mi boca, comencé a toser, me estaba ahogado y no me quedó de otra que tragar. Carlos, a ese punto, ya estaba a un lado de la tarima, yo negaba con mi cabeza, pero él me decía: “¡sí!, beba, Pablo, beba la orina rancia de Adolfo, ese es su castigo por desobediente, quiero que trague cada gota, que sienta el sabor de su desprecio, de su dominio sobre usted, quiero que entienda que usted es menos que un cerdo, que usted es simplemente un inodoro humano, “por favor, Carlos, supliqué, primera vez que le suplicaba, con el semen y la orina de Adolfo escurriéndome por la cara, “siga tragando”, ordenó Carlos, su voz firme como el acero, “o mañana lo entregaré a todo el personal de mantenimiento, aseo y oficios varios de El Edén, son doce hombres, Pablo, doce hombres como Adolfo o peores, ¿qué prefiere?”, miré hacia arriba como de la verga del conductor seguía saliendo un chorro potente de orina, el líquido amarillo brillaba y lo sentía burbujeante en mi boca, era demasiado, pero la otra opción era peor, así que seguí tragando a lo que podía, mientras Adolfo seguía humillándome, “abre, putita, abre bien esa boquita, putita”, ordenó, esa última frase me emputó y con fuerza moví mi cabeza para dejar de recibir ese chorro en mi boca, sentía ese líquido caliente bajar por mi garganta, era asqueroso, degradante, la humillación máxima, pero paradójicamente, mi verga seguía dura, palpitante, goteando presemen sobre la madera de la tarima, Adolfo por fin terminó de orinar, quedé empapado en orina y semen de ese viejo asqueroso, y con el sabor rancio de su verga sucia, sentí que era un espectáculo de degradación total, Adolfo se vistió y riéndose, se dirigió a su jefe: “eso estuvo bueno”, limpiándose las manos en su overol, “cualquier cosa, me avisa para repetir, a este putito, hace rato le había echado el ojo”, “puede irse, Adolfo”, le dijo Carlos, y su voz tenía un tono diferente, más oscuro, “yo me encargo del resto”, Adolfo salió, dejándome ahí, atado, cubierto de fluidos, oliendo a orina y semen de viejo, Santiago estaba al frente, pálido, con su propia verga erecta a pesar del horror, testigo de mi total humillación, Carlos se me acercó, su túnica seguía cubriendo su verga erecta, se agachó y tomó mi verga con su mano, estaba dura como una roca a pesar de todo y no entendía por qué, ¿o sí?, “si ve, Señor Aristizabal, susurró, pajeándome lentamente, “usted es un cerdo como Adolfo, le gusta esto, su verga no miente”, sus palabras me aplastaron, tenía razón, seguía al borde del orgasmo, “pero no se va a venir, dijo, soltándome de golpe, “no hoy, hoy solo ha recibido el aperitivo, se enderezó, caminó hacia la parte de atrás de la tarima, se agachó para sacar algo de esa “caja” de artefactos que no alcancé a ver que era y volvió hacia mí, se ubicó de nuevo a mi espalda y sin avisar, con su mano helada, tomó con fuerza mis güevas, haciendo una torción, provocando un dolor intenso, el frio, sumado al dolor, hizo que la erección bajara de inmediato, gran técnica la de “mi líder”, dolorosa y riesgosa, pero efectiva y con mi verga perdiendo toda erección, aprovechó para encerrarla junto a mis güevas adoloridas, en una fría jaula de castidad metálica, “¿una jaula de castidad’, pregunté angustiado, “¡NO!, esto NO, esto ya es extremo”, grité, me revolqué lo que pude, pero Carlos era habilidoso y en cuestión de segundos, dicha jaula ya estaba ajustada y sellada, “no es extremo, es lo justo, su castigo continua hasta que yo lo decida, Señor Aristizabal, tendrá que llevar esta jaula el tiempo que a mí se me dé la gana y que todo El Edén lo vea llevando esta jaula, como sinónimo de desobediencia y rebeldía”, sentenció, “y usted, Señor Pérez”, dijo, acercándose y tomando el mentón de mi amigo, “mañana le toca a usted de nuevo, quiero que descanse, porque el castigo ejemplar que le tengo preparado a Pablo, será con usted de espectador o quizás de participante”, soltando su cara y caminó hacia la salida, “¡recuerden!”, dijo, sin voltear, “desde este momento, desnudos todo el día, y Pablo, quiero que vaya así, con su jaula de castidad y oliendo a orina y semen, tiene prohibido bañarse hasta que yo se lo permita, que todos sepan lo que usted es, que todos huelan su degradación”, y se fue.
Los cocineros desataron a Santiago, me dejaron tal cual estaba, atado en mitad de esa tarima, el rugbier me miró con una mezcla de lástima y algo más, algo que parecía respeto, complicidad y excitación, me dejaron también con mi verga y mis güevas enjauladas, comprimidas y adoloridas, no solo por la torsión hecha por Carlos, sino por seguir sin eyacular, mi tortura continuaba, seguramente debía permanecer así como estaba por algunas horas más, dejando que la orina se secara en mi piel, que el semen de Adolfo se volviera pegajoso en mi rostro, la orden había sido que mi amigo regresara a su cuarto, yo se lo recordé, argumentando que no retáramos más a Carlos, pero el parecía no querer hacer caso, curiosamente, continuó sentado, ya desatado de pies, pecho y manos, en la misma silla, su verga continuaba erecta y babeante, él la sobaba suave y lentamente, y a mí el show me comenzaba de nuevo a torturar, y en ese momento aún más, por lo que había puesto “mi líder” en mi verga y güevas, la cara de Santiago comenzaba a mostrar excitación y de un momento a otro, sin pronunciar palabra de paró de su silla y sin moverse de ahí, continuó jugando con su verga.
Continuará…


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