Retiros Espirituales – Capítulo 22
Pablo y Santiago se encuentran en El Ágora y medio de su conversación, tienen varias confesiones….
La tarima de los abusos ya había recibido a Santiago y a mí, y todavía faltaba lo peor, ¿o lo mejor?, la hora del almuerzo había terminado, por lo que, aparte del dolor y el cansancio, se me sumaba el hambre, mi estomago comenzaba a sonar de agonía, en la puerta continuaban masturbándose, Esteban y Manuel, no hacían nada más, solo mirarme morbosamente, mientras frotaban sus vergas con sus manos, agradecí en ese momento a Dios, lo pusilánimes, lo apocados y lo débiles que eran, porque de lo contrario, hubieran aprovechado la oportunidad para abusar de mí, recordé en ese momento, la promesa que les hice para ayudarles a vengarse de Sebastián y por lo que acababa de ocurrir con el troglodita, esa promesa cobró muchísima fuerza, tenía que diseñar un plan para que estos dos “lavaperros” se vengaran de su líder, pero primero debía salir de aquel teatro, ser desatado por fin, comer algo y poder volver a mi cuarto a descansar, pero sobre todo a pensar, lo que me acababa de ocurrir, merecía tiempo y me lo quería dar, así los días en El Edén estuvieran terminando.
Después de las horas de tortura en el auditorio, después de que Santiago y Sebastián me usaran como receptáculo de sus confusiones y sus furias, después de ver por minutos a Esteban y Manuel masturbarse sin hacer nada más, por fin aparecieron por la puerta principal Andrés y Daniel, este último traía un plato de comida en sus manos, mientras que el primero llegó de inmediato a desatarme mientras repetía con cierto tono dominante “¡se lo advertí, señor Aritizabal!”, me habían finalmente liberado de todos los amarres, pero no de la jaula, ese artefacto de acero frío seguía aprisionando mi verga, un recordatorio constante de mi estado de castigo permanente, luego de caer al piso por varios minutos, producto del entumecimiento de todo mi cuerpo por llevar horas en la misma posición, me dispuse a comer, por lo que pregunté ingenuamente por unos cubiertos, a lo que Andrés me respondió: “me han informado que usted debe seguir siendo castigado y amansado como un animal y los animales no usan cubiertos, así que adelante, coma directamente del plato”, era claro el mensaje y el mensajero, Carlos continuaba castigándome y humillándome, y no me toco de otra que tomar el plato con mi mano izquierda y con la derecha comenzar a llevar comida a mi boca, la escena era deplorable, me sentía ruin, pero el hambre pudo más y devoré ese plato en minutos, luego fui ayudado a parar por los dos monitores, ya que las piernas continuaban débiles, me ayudaron también a llegar a mi cuarto y al pasar por la puerta del teatro, miré fijamente a los ojos a Manuel y Esteban, queriendo confirmarles con esto, que nuestro acuerdo seguía en pie, debía también hacerlo por agradecimiento, por no haber aprovechado la oportunidad de abusar de mí y solo haberse quedado ahí parados, tocando sus vergas erectas y ahí los dejamos, me arrastraron como pudieron hasta mi habitación y ahí me dejaron, tirado en la cama para que pudiera descansar, caí dormido de inmediato.
No sé cuánto tiempo pasó, supongo que un par de horas porque al despertar aún se veía sol por la ventana, me dispuse a meditar acerca de lo vivido, pero mi mente era un corto circuito, así que me dispuse a salir a buscar un poco de aire fresco y por qué no, encontrarme con Santiago, necesitaba hablar con él, quizás eso era lo que necesitaba para ayudarme a asimilar todo lo ocurrido.
Caminaba por los jardines exteriores, evitando el ágora donde había espiado tantas veces, buscando un lugar donde el sol de la tarde no alcanzara a quemar mi piel sensible, el cuerpo me dolía en cada músculo, el semen de Santiago y Sebastián aún escurría de mí, mezclado con la suciedad de Adolfo, creando una capa de degradación física que olía a sexo rancio y a vergüenza, no tenía permitido bañarme, por orden de Carlos y no quería retarlo de nuevo, así que obedecí, mientras caminaba, fue entonces cuando lo vi, Santiago estaba sentado en un banco de piedra, apartado del camino principal, mirando hacia el bosque que rodeaba la propiedad, estaba completamente desnudo, al parecer él también obedecía las ordenes de nuestro líder y eso en el fondo me alegró, verlo castigado en la mañana, aunque me llevó a experimentar una excitación única, también me llevó a sentir mucha lastima por él y no quería volver a verlo sometido y humillado, y más por culpa mía, su postura era la de un hombre derrotado, o quizás de uno que había ganado una batalla pero perdido la guerra consigo mismo.
Me acerqué con pasos lentos, consciente de que cada movimiento hacía que la jaula de castidad rozara contra mi piel, recordándome mi estado de excitación reprimida, “Pablo…”, se adelantó a hablarme y sin voltearse a mirarme, como si supiera que iría a buscarlo, su voz sonó ronca, “Santiago”, le devolví y me senté a su lado, manteniendo distancia, consciente de que entre nosotros había un abismo nuevo, excavado por lo que había pasado en el teatro, el silencio duró minutos, solo el canto de los pájaros y el viento en los árboles nos acompañaron, en su rostro había una mezcla de vergüenza y determinación que no había visto antes, pero había algo más: una palidez en su piel, un temblor en sus manos y una mirada, una mirada que había visto antes en manes que han atravesado el infierno y regresado, “¡no puedo…!”, comenzó a hablar, pero se detuvo y se pasó las manos por la cara, “no he podido entender lo que hice, en lo que me convertí en ese auditorio, te violé, esta mañana, en el auditorio, ¡te violé, y me gustó!, que Dios me perdone, pero me gustó”, terminó de decir, su confesión me dejó perplejo y lo único que se me ocurrió decirle con voz suave y sin acusación fue: “lo siento, yo sé que en gran medida, todo esto fue mi culpa”, él volteó a verme por primera vez, sus ojos estaban rojos, hinchados, se notaba que había estado llorando y que poco había dormido, “¿tu culpa?, tú estabas atado, tu eras la víctima y yo me aproveché de eso”, me dijo avergonzado, “pero yo provoqué esto, incumplí el contrato una y otra vez y te expuse a esto”, gesticulé hacia mi cuerpo, hacia la jaula visible en mi verga, “y tú fuiste el primero en pagar el precio esta mañana en el teatro, con Carlos y esos dos cocineros”, el rugbier se estremeció visiblemente al recordar, su mano fue instintivamente a su culo, parándose un poco para poder sobarlo, “quiero contarte algo para que conozcas un poco sobre mí y entiendas por qué estoy como estoy”, me soltó de golpe.
“Fue hace tres años”, comenzó Santiago, con la voz baja, casi un murmullo que se perdía entre el viento de la tarde, “yo era capitán del segundo equipo de Los Tilos, en Buenos Aires, teníamos un novato, ¡Dios, un novato que no era normal!, se llama Gastón, tenía veinte años, rubio platino, ojos grises, su piel parecía iluminada desde adentro y su culo, Pablo, ese culo era un pecado, redondo, firme, levantado, se movía incluso cuando caminaba en su uniforme de sudadera o bombacho, todos lo mirábamos, pero yo era el capitán, yo tenía que ser el ejemplo”, comenzó a confesarme el rugbier, mientras yo comenzaba a excitarme, creo que ahí agradecí tener esa puta jaula de mi verga para que esta no me delatara delante de él.
“La tradición en el club era que los novatos pasaran por «La noche de la XV», es una iniciación, es un simbolismo del paso de la niñez a la adultez, normalmente hay alcohol y vergüenza, mientras corrían desnudos por el campo, pero con Gastón yo quería más, no lo admitía, pero quería verlo destruido, humillado y expuesto, quería ver a ese Dios griego reducido a nada, por eso propuse llevarlo al vestuario después de un partido de pretemporada, éramos cinco, mis cuatro mejores jugadores y yo, los más grandes y los más brutos, le dijimos que era el ritual de bienvenida, que todo novato lo pasaba y Gastón se rio confiado, demasiado confiado, esa noche llevaba unos shorts negros ajustados que le marcaban todo, y cuando digo todo, es todo, Pablo”, Santiago hizo una pausa, tragando saliva, mientras que su mano temblorosa encontraba la mía, “le dije que debía demostrar -sumisión al equipo-, que en el Rugby, el individualismo no existía, que su cuerpo pertenecía al club ahora y él aceptó, nos dijo que haría lo que fuera para ser parte del equipo, entonces lo acostamos en el piso y lo atamos a los lockers, usamos cinta adhesiva de esas anchas y plateadas, le inmovilizamos las muñecas extendidas a las barras de metal de los casilleros formando una cruz, luego separamos sus tobillos y se los atamos a las patas de los bancos de madera para que su cuerpo formara una X, y lo desnudamos por completo, le arrancamos esos shorts negros de un tirón, y ¡Dios!, era perfecto, su verga, incluso flácida, era larga, gruesa y rosada, un vello rubio casi invisible, su piel dorada brillaba bajo las luces fluorescentes del vestuario, y ese culo, ¡uff!, su ano, Pablo, un anito que se contraía mientras él temblaba, no tenía pelos en el culo, ¡nada de pelo!, era como mirar a un ángel caído”, Santiago cerró los ojos, el recuerdo visiblemente excitándolo a pesar de la vergüenza.
“Yo era el capitán y debía dirigir el ritual, entonces le dije que debía -recibir la bendición de los delanteros-, mis cuatro jugadores, eran unas bestias, todos más grandes que yo y les había dado permiso, les había dicho, en secreto, que podían hacer lo que quisieran, que Gastón debía aprender quién mandaba, comenzaron a azotarlo con toallas mojadas, con cinturones y con las manos, con todo, ese culo blanco se puso rojo en minutos, Gastón gritaba, pero no pedía que pararan, ese era el código, si pedías que pararan, eras débil y él quería demostrar que era fuerte, así que aguantaba y mientras más gritaba, más duro lo golpeaban y mientras tanto yo, yo no podía apartar la mirada de su verga, porque a pesar del dolor, a pesar de la humillación, la verga de Gastón comenzaba a despertar, esa verga crecía, se erguía y palpitaba contra su abdomen, mis jugadores se dieron cuenta y comenzaron a reír, diciéndole al novato que parecía que le estaba gustando, que era un maricón, pero yo sabía, yo sabía que era el cuerpo traicionero, que el dolor y la adrenalina hacen eso y también sabía que yo estaba igual de arrecho”, Santiago soltó una risa amarga y avergonzada, “entonces me escondí detrás de uno de los bancos, me bajé los pantalones y comencé a masturbarme mientras observaba todo, mientras mis propios jugadores humillaban a Gastón y cuando uno de ellos se atrevió a tocar la verga de Gastón para masturbarlo y humillarlo mientras lo seguían azotando, yo me corrí en el suelo del vestuario, escondido, sin que nadie supiera, me corrí como un adolescente, Pablo, y luego me acerqué como si nada, como si fuera a darle órdenes, me acerqué a Gastón y le hablé al oído, le dije que si quería ser del equipo, debía tragarse la leche de sus compañeros, que eso era la verdadera iniciación, no sé de dónde saqué eso, pero así lo hice, mis jugadores se sorprendieron, pero al parecer el sometimiento del novato, ya los tenía excitados también, entonces no dudaron y se turnaron, uno por uno, para masturbar a Gastón hasta que estuvo al borde, luego ellos comenzaron a masturbarse y uno a uno eyacularon en su cara, él cerraba los ojos, pero abría la boca, era un espectáculo y cuando el cuarto jugador terminó, yo no pude resistirme y me acerqué de nuevo, estaba desnudo, erecto, todavía duro a pesar de haber eyaculado antes y sin más, le ordené a Gastón que debía limpiar al capitán, que mi verga era la última en la que debía demostrar su lealtad”, Santiago me miró, con lágrimas en los ojos pero también con la verga erecta, no podía disimular, su desnudez no se lo permitía, “y él lo hizo, Pablo”, continuo con la historia, “me miró a los ojos, con su cara cubierta de semen de mis delanteros y tomó mi verga en su boca, esa boca era cálida, húmeda, perfecta, y mientras me la mamaba, mis jugadores seguían azotándolo, él gemía con mi verga en la boca y con la suya completamente erecta, se notaba que lo estaba disfrutando, y en ese momento, sentí que dominaba el mundo, que tenía a ese Dios rubio a mis pies, literalmente, siendo usado por mí y por mi equipo, tomé su verga en mi mano y continué la paja que habían iniciado mis compañeros de equipo y era tal su excitación, que en segundos comenzó a eyacular, fueron 5 trallazos de abundante leche que bañaron su abdomen, pecho y cuello, Gastón se retorcía en el piso, atado de pies y manos, producto de su orgasmo y yo disfrute también de verlo así, entregado a su placer y al mío”, continuaba Santiago narrando, “pero después, Pablo, después, cuando nos vestimos, cuando Gastón se limpió y se unió al equipo como si nada hubiera pasado, como si todo hubiera sido una broma, yo no podía mirarlo a los ojos, porque sabía, sabía que no había sido solo dominación, que había deseado a ese chico desde el primer momento en que lo vi, que quería hacerlo mío, no solo humillarlo, que quería que me mamara todos los días la verga, que quería metérsela en ese culo perfecto, no como castigo, sino como placer”, Santiago se detuvo, respirando agitado, “desde ese día, dejé de tocar a mi esposa con la misma frecuencia, empecé a ver porno gay en secreto, empecé a fantasear con Gastón, con mis compañeros de equipo, con cualquier hombre atlético, pero me negaba, me justificaba y me decía que era el rugby, que era la testosterona, que todos los jugadores pasaban por eso, que era normal, pero El Edén, este maldito lugar, me quitó las excusas, cuando Carlos me sometió, cuando obligo a sus cocineros a violarme, no fue una sorpresa, fue un alivio, porque finalmente, después de tres años de negarlo, pude admitir que me gusta, que me gusta ser dominado, que me gusta el sexo con hombres y que quizás siempre me gustó, desde antes de Gastón, pero que Gastón fue la primera grieta en la pared que yo construí”, mi amigo me apretó la mano con fuerza, casi dolorosa, si, mi amigo, porque en ese momento, lo volví a sentir mi amigo.
“Por eso te violé, Pablo, porque cuando te vi atado, sucio y humillado, vi a Gastón y vi lo que yo quería ser en ese vestuario: el objeto de deseo, el receptáculo, el usado, y quise sentir eso de nuevo, pero dominando, quise ser el capitán otra vez, no el novato, pero al final me di cuenta de que soy ambos, que quiero ser Gastón y el capitán, que quiero usar y ser usado, así como tú”, se quedó en silencio, el peso de la confesión flotando entre nosotros como el polen en el aire de la tarde, “Gastón sigue jugando”, añadió finalmente, “ahora es estrella del primer equipo, a veces nos cruzamos, nunca hablamos de esa noche, pero a veces, cuando nos saludamos, siento que él sabe, que sabe que yo quería más, que sabe que eyaculé escondido mirándolo y a veces creo que él también quería, que todo ese show de sumisión era su forma de conseguir lo que deseaba y que él también sabía”, Santiago soltó mi mano y se limpió las lágrimas, “así que sí, Pablo, El Edén no me convirtió, El Edén solo me recordó quién soy y ahora no sé si quiero volver a ser quien fingía ser”, terminó de contarme el rugbier.
Yo me quedé en silencio, su historia me había dejado no solo excitado sino sorprendido, nunca me imaginé que este man tuviera guardado ese secreto, empecé a entender porque su cercanía conmigo desde el principio, porque nunca un reproche ante mis imprudencias y “abusos” con él, porque tan dócil y tranquilo ante todo lo que ocurría en este lugar, todo comenzó a encajar, yo iba a comenzar a hablar, sentía que él lo estaba esperando cuando me interrumpió, “¡no, déjame terminar!”, poniendo un dedo en mi boca, “eso no es todo lo que tengo para contarte hoy”, su voz se tornó aún más temblorosa, “¿me imagino que quieres saber en donde me tuvieron desde la noche de antier, hasta hoy en la mañana?, pues bien, esa noche me encontraba ya casi dormido en mi cuarto, cuando de la nada, Andrés y Daniel, entraron de golpe y sin avisar, venían con Carlos y no tuve tiempo de reaccionar, y así tal cual como estaba, desnudo, me amarraron entre los tres y me vendaron los ojos, por órdenes de “nuestro maestro”, me arrastraron por varios minutos mientras yo me resistía, pero su fuerza era superior, eran 3 contra 1, sentí que una puerta se abrió y comenzamos a bajar unas escaleras, estábamos entrando a un lugar que no sabía que existía bajo esta casa”, su voz se quebró, y por primera vez vi lágrimas reales en sus ojos, “hay un sótano, Pablo, no una bodega de vinos ni nada de eso, eso es un calabozo, tiene celdas, las pude ver porque ya estando dentro de ese lugar, me quitaron la venda de mis ojos, son celdas reales, con barrotes de hierro y no están vacías”, yo tragué saliva, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento frio del atardecer, “¿qué quieres decir con celdas reales?”, le interrumpí con terror, Santiago levantó su mirada y en sus ojos vi algo que me aterrorizó: el conocimiento de un secreto demasiado oscuro, “me metieron en una de esas celdas, estaba oscuro, húmedo, olía a miedo y a sexo concentrado, pero antes de dejarme ahí, pasé frente a otras celdas y vi rostros que reconocí, rostros que no deberían estar ahí”, “¿qué rostros?”, interrumpí a “mi amigo” de golpe, “compañeros que llegaron con nosotros a estos retiros, Eduardo, Hernán, Mario, Sergio y Gabriel”, confirmó Santiago, los nombres cayeron como sentencias, “los tres alumnos que creíamos habían renunciado y los dos que habían sido expulsados del retiro y enviados a casa por incumplir las reglas, según Carlos, no renunciaron ni están expulsados, Pablo, están prisioneros, encerrados en esas celdas, sometidos, usados y Dios sabe que más, cuándo vi a Eduardo, el hombre de 56 años, el que parecía tan seguro de sí mismo, estaba completamente desnudo, encadenado a la pared de su celda y con una mordaza en la boca, por otro lado vi a Hernán, ¿lo recuerdas?, el que nos contó a todos que había golpeado a sus exparejas, el violento, el de 28 años, lo vi a través de los barrotes, siendo penetrado por alguien que no pude identificar, su cuerpo estaba cubierto de marcas, de moretones, como si alguien hubiera querido devolverle los golpes de sus exparejas, pero también estaba lleno de semen, mucho semen”, Santi seguía relatando, yo sentí que el estómago se me revolvía, pero también sentí una excitación siniestra que me avergonzó.
“Carlos me dijo que era mi «primera ronda de entrenamiento», que necesitaba entender quién mandaba realmente en El Edén, me dejaron en la celda durante horas, desnudo, sin agua y sin comida, solo podía escuchar los sonidos que venían de las otras celdas, los gemidos, los gritos y el sonido de cuerpos siendo usados, de vez en cuando, alguien caminaba por el pasillo y yo escuchaba cómo abrían una celda, cómo se llevaban a alguien y cómo regresaban después, más silenciosos y más rotos”, Santiago se detuvo, respirando con dificultad, su mano fue instintivamente a su culo, para sobarlo y como recordando algo, “luego vinieron por mí, no solo Andrés y Daniel , vino también Adolfo y otro man que nunca había visto, era un chofer como de alta gama, un hombre grande y musculoso, y por supuesto, Carlos, estaba al mando, observando desde una silla de madera vieja, como un patrón de hacienda en sus tiempos de gloria”, sus ojos se perdieron en la distancia, recordando de nuevo lo que describía, “me sacaron de la celda y me llevaron a rastras a una habitación en el sótano, entre los cuatro, Adolfo, Andrés, Daniel y el chofer, no era un quirófano, era más como una bodega de vinos convertida, había barriles en las esquinas, herramientas colgando de las paredes y en el centro había un banco rústico de madera y piedra, era como los bancos de las fincas antiguas, pero modificado, tenía argollas de hierro oxidado en los cuatro extremos y la madera lustrada por el uso, por el sudor de los que habían estado ahí antes que yo, había un espejo grande y viejo, manchado y colgado, torcido en la pared, reflejando la escena con crudeza y luego me ataron a ese banco”, continuó Santiago, y su voz se volvió más baja y más íntima, “primero me obligaron a inclinarme sobre el banco, con mi vientre sobre la madera fría y gastada, ataron mis muñecas a las argollas delanteras, estirándome hacia adelante, luego separaron mis piernas, una hacia cada lado del banco y las ataron a las argollas traseras, quedé en una especie de «cuatro» pero inclinado, expuesto desde atrás, con mi culo sobresaliendo por el borde del banco, completamente abierto y listo para ser usado, la posición era humillante y perfecta para lo que querían hacerme, Carlos se acercó primero, llevaba su túnica beige, pero esta estaba modificada porque tenía una abertura delantera, dejando ver que debajo solo llevaba un arnés de cuero simple con su verga, esa verga que tanto misterio tiene, parcialmente visible, dura y goteando”, ahí envidié a Santiago y “su privilegio” de poder ver al fin, la verga de nuestro Maestro, en su mano tenía un látigo de cuero, de esos que usan los vaqueros y sonreía con esa sonrisa de depredador, «mira cómo te presentas, Santiago», me dijo, dándome una palmada fuerte en el culo que resonó en toda la bodega, “como un novillo en el trillo, listo para ser marcado», Santiago hizo una pausa, mirándome a los ojos, “pero eso solo fue el principio, Carlos se apartó y ordenó: «Andrés, tú eres el experto, muéstrale cómo tratamos a los desobedientes aquí, y Daniel, tú sabes qué hacer, aprovecha que está a tu altura», Andrés se acercó primero, su cuerpo velludo, estaba completamente desnudo, su piel blanca brillando bajo la luz amarilla de un foco viejo y su verga ya dura, gruesa y curvada hacia arriba, él es el que manda, Pablo, cuando Carlos no está, se puso detrás de mí, entre mis piernas abiertas y sin decir una palabra, sin preparación, sin lubricación, sin nada, me penetró de una estocada, el dolor fue brutal y él fue directo, como si fuera su derecho y lo era”, el gemido que escapó de Santiago al recordar, fue real y visceral, y yo sentí lastima por él, “fue doloroso al principio, Pablo, muy doloroso, ese monitor no tiene piedad, es fuerte, pesado y sabe exactamente cómo moverse, cada embestida iba profunda, buscando mi próstata con intención, no con cariño, como queriendo transformarme, me culió como si fuera un objeto, un juguete, una cosa para su placer y al mismo tiempo me hablaba: “esto es lo que eres, Santiago, un agujero, un culo para usar y dar placer, dime que te gusta», y me hizo repetirlo, me hizo decir que me gustaba ser su puto, que me gustaba su verga en mi culo, mientras mi verga colgaba contra el banco de madera, frotándose con cada embestida que él me estaba dando y endureciéndose traicioneramente, y no fue solo Andrés”, continuó Santiago, su voz ahora más rápida y más urgente, “cuando Andrés terminó, eyaculando dentro de mí con un gruñido profundo y animal, dejándome lleno y abierto, no se detuvieron ahí, Carlos asintió y Daniel, el otro monitor, se acercó, pero Daniel es diferente, Pablo, él es el pasivo, el “power bottom”, el que le gusta recibir pero también controlar y por eso no se puso de entrada detrás de mí, más bien se acostó en el suelo boca arriba, justo debajo de mi cabeza inclinada sobre el banco y Carlos ordenó: «bájenlo», Andrés y Adolfo aflojaron las cuerdas y me inclinaron más hacia adelante, hasta que mi cabeza quedó suspendida sobre el vientre de Daniel, él ya estaba desnudo, su cuerpo más delgado, más flexible y su verga dura, curvada hacia su abdomen y goteando, pero él no quería que yo lo penetrara, él quería sentarse en mi cara, por eso me agarró por el pelo y me obligó a abrir la boca, y luego se me sentó encima, sobre mi rostro, obligándome a chuparle el culo mientras Andrés, que se había recuperado, volvía a penetrarme, era una doble penetración de boca y culo, pero con Daniel controlando el ritmo desde abajo, moviendo sus caderas sobre mi cara, usando mi lengua como su juguete personal, mientras Andrés me destrozaba de nuevo por detrás con una fuerza brutal, “así, Santiago», me decía Daniel, con su voz aguda de poder, ”chúpalo bien, saborea lo que te doy, y mientras tanto, siente cómo Andrés te penetra por atrás, eres nuestro puto compartido, nuestro juguete», “no conocía esa faceta de Daniel y me aterró”, Santiago cerró los ojos recordando, “me usaron durante toda la noche, rotándose entre los dos monitores, a veces Andrés me penetraba solo, dominándome con su fuerza bruta, haciéndome sentir pequeño y vulnerable sobre ese banco de madera, a veces Daniel se ponía detrás de mí, sorprendentemente dominante para ser pasivo y me penetraba con una verga más larga de lo que parece, mientras Adolfo se sentaba frente a mí y me obligaba a chuparle la verga sucia, rancia, llena de olor a trabajo y sudor, el contraste era brutal: la juventud perfecta de Andrés por detrás, la crudeza de Adolfo por delante y Daniel controlándolo todo desde los lados, dirigiendo cómo me movían, cómo me usaban, cuándo cambiaban de posición, me pusieron de todas las posiciones sobre ese banco, a veces boca arriba, con las piernas colgando de los costados, expuesto para que Andrés me penetrara mirándome a los ojos, humillándome con su mirada perfecta, a veces de lado, con una pierna atada arriba y otra abajo, permitiendo que Daniel me penetrara desde un ángulo que me volvía loco, tocando puntos que no sabía que existían, me obligaron a tragar su semen, me hicieron beberlo de un cuenco de madera como si fuera un perro, me obligaron a limpiar las vergas de todos con la lengua después de que se corrieran en mi culo, mientras yo seguía atado al banco, sintiendo cómo el semen de tres hombres diferentes se mezclaba dentro de mí y escurría por mis muslos sobre la madera vieja, y lo peor es que…”, su voz se quebró completamente, “… es que mi cuerpo respondió a cada estimulo, me sentí tan avergonzado, tan degradado, tan humillado, y sin embargo, eyaculé, me vine tres veces y sin que me tocaran la verga directamente, solo con la estimulación prostática de Andrés y Daniel y la fricción de mi verga sobre ese banco de madera, con la humillación de tener que lamerle el culo a Daniel, con la sumisión absoluta de estar atado a ese banco como un animal, Carlos me hizo ver mi propia cara en el espejo viejo y manchado mientras eyaculaba, con mi boca abierta llena del semen de Adolfo, que al final de tanto mamárselo, terminó por eyacular en mi boca, mis ojos en blanco de placer, mi culo siendo penetrado brutalmente por Andrés y Daniel, “mira cómo te gusta, Santiago», me decía Carlos, “mira lo que eres realmente, un puto, un receptáculo del semen de mis monitores y empleados».
Extendí mi mano y toqué la suya, estaba fría y húmeda, pero Santi no se apartó, “¿y los otros prisioneros?”, pregunté, mi voz apenas un susurro, “escuché a Carlos hablar con Adolfo”, respondió Santiago, secándose las lágrimas, “dijo que Eduardo ya estaba «completamente domesticado», que ya no resistía, que aceptaba cualquier cosa que le hicieran, que Hernán todavía tenía «fuego», que lo hacía más divertido y que Mario era el favorito de los cocineros porque tenía «el culo más flexible», que para Sergio y Gabriel, Carlos tenía «planes especiales» para ellos, aquí no hay expulsados, Pablo, los llevan a ese sótano y los convierten en esclavos, en propiedad de El Edén y Carlos nos quiere a nosotros para lo mismo”, terminó de relatar Santiago.
“Ahora tú”, tomó de nuevo la palabra Santiago, levantando la mirada y en sus ojos seguía viendo algunas lágrimas contenidas, “cuéntame tu historia, cuéntame todo, tienes mucho que contarme”, respiré hondo, el momento de la verdad había llegado, ya no había nada que ocultar, Santiago merecía saber con quién se había metido y yo necesitaba contarle mi historia, “está bien” dije, con voz firme a pesar de mi temblor interior, “te contaré todo, pero tú ya has pagado un precio más alto del que imaginaba y sigo pensando que no fue justo”, “ya no importa Pablo, ya no es momento de lamentaciones, tú también has pagado tu precio y por eso quiero que me cuentes que pasó mientras yo estuve encerrado en esa celda”, entonces yo se lo conté todo, le conté sobre el ágora, cómo había visto a Andrés y Daniel siendo usados por Adolfo, también le conté de las otras fincas y la complicidad con nuestro Maestro de sus “mayordomos”, de las extrañas prácticas que se llevan a cabo en el gimnasio de la parcelación, de cómo espié a Carlos y al Padre Samuel en la capilla, viéndolos culear como animales en la sacristía, le conté sobre el retén policial, de cómo muestro Maestro había permitido que violaran a Ricardo y Camilo, de cómo luego había tenido que caminar desde el retén hasta la finca y en el camino un camionero llamado Luciano, me dio el aventón pero a cambio, me había violado en la cabina, le conté sobre Genaro y sus hijos, cómo los había espiado en la construcción, le conté sobre los vigilantes Jesús y Leonardo, cómo me habían sometido en la caseta de la portería, le conté cada infracción, cada momento en que había desobedecido las reglas de Carlos y cada vez que había buscado el placer prohibido, cuando terminé, Santiago me miraba con una expresión que no podía descifrar: era mitad horror, mitad admiración, mitad… ¿compañerismo en la miseria?, “entonces ¿tú ya sabías”, me dijo lentamente, “¿tú ya sabías que este lugar era una trampa sexual y no me lo habías dicho?”, me reprochó, “algo comencé a sospechar, pero no sabía que sería así de intenso”, respondí sincero, “pensé que podría controlarlo, que podría esconderme y por eso no quise prevenirte, pero Carlos, él lo sabe todo, Santi, él tiene cámaras en todas partes, nos ha estado observando desde el principio, y ahora, después de lo que me cuentas, creo que este lugar es más que una “trampa”, es una prisión, un lugar donde vienen a desaparecer hombres que nadie extrañará”, Santiago asintió, y por primera vez desde que lo conocía, vi determinación en su rostro, mezclada con una resignación oscura, “mañana”, dijo, “mañana averiguamos más, pero ahora necesito que me prometas algo, que no me dejarás solo en esto, que me ayudarás a entender lo que estoy sintiendo, porque no sé si soy gay, bi, si esto es solo una locura temporal o si ya no importa, porque Carlos nos va a convertir en sus putos personales de cualquier manera”, me pidió Santiago, “te prometo que no te dejaré”, le dije y era cierto.
Regresamos a la casa en silencio, pero juntos, la cena fue un espectáculo de normalidad forzada: todos los participantes comiendo, conversando sobre sus vidas, sus problemas, fingiendo que no había pasado nada, pero yo notaba las miradas, algunos sabían, los que habían estado en el auditorio esa mañana y los que habían escuchado mis gritos, había una electricidad en el aire, una expectativa y para rematar, Carlos no apareció en la cena.
Continuara…


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