Retiros Espirituales – Capítulo 23
Pablo y Santiago regresan al ágora y no precisamente a seguir conversando… El castigo para el protagonista y su amigo rugbier, continua….
Había una electricidad en el aire, una expectativa y para rematar, Carlos no apareció en la cena, al otro día me desperté con el corazón acelerado. Sabía que hoy era el día. Carlos había decretado que Santiago y yo debíamos ir desnudos, y yo tenía la jaula de castidad puesta, me miré en el espejo del baño, la jaula de metal brillaba contra mi piel, un artefacto cruel de acero inoxidable que encerraba mi verga en una jaula de barrotes finos pero inflexibles, un pequeño candado dorado pendía de la parte frontal, simbolizando que mi placer ya no me pertenecía, intenté tocarme, pero los barrotes impedían cualquier estimulación directa, solo podía sentir el metal frío, la presión constante, la imposibilidad de la erección completa.
Bajé al comedor, la orden era clara: desnudos completamente, Santiago me esperaba en el jardín central con su atlético cuerpo de rugbier expuesto, su verga colgaba pesada entre sus muslos, ya semierecta, anticipando la humillación con una mezcla de miedo y anticipación que solo yo parecía entender, “estamos juntos en esto”, susurró su voz ronca.
Entramos al comedor y el silencio fue absoluto e inmediato, trece pares de ojos se volvieron hacia nosotros, vi las bocas abiertas, los tenedores congelados a mitad de camino, las tazas de café suspendidas en el aire, yo estaba completamente desnudo, expuesto, vulnerable, mi cuerpo atlético de cuarenta y dos años, mi piel aún marcada por los dedos de Adolfo, de Sebastián, de Santiago y mi verga estaba encerrada en esa jaula metálica que brillaba bajo la luz de las lámparas, un espectáculo de sumisión absoluta, Santiago a mi lado, también desnudo, su cuerpo de rugbier expuesto en toda su gloriosa musculatura, su verga más grande que la mía, ya medio erecta, colgando pesada entre sus muslos, en su cuerpo vi las marcas de la noche anterior: moretones en las muñecas de las ataduras, marcas de dientes en sus tetillas, una huella de mano en su muslo, pero las miradas se clavaban en mí, en mi jaula, “¡Dios mío!», escuché que alguien susurraba, era Camilo, estaba pálido, pero su mano desapareció bajo la mesa y supe que se estaba tocando, un gesto que me pareció extraño en él, “¿qué es eso?”, preguntó Felipe, señalando hacia mi verga con el tenedor, “es una jaula de castidad”, respondió una voz autoritaria desde la entrada.
Carlos había aparecido, llevaba su túnica beige, impenetrable, manteniendo su cuerpo oculto como siempre, pero su mirada devoraba nuestra humillación con un brillo de satisfacción absoluta, “el Señor Pablo ha demostrado ser incapaz de controlar sus impulsos sexuales”, explicó Carlos, caminando hacia el centro del comedor, “por lo tanto, he tomado el control de su placer, él no podrá tener erecciones completas, no podrá masturbarse, no podrá eyacular, hasta que yo decida liberarlo, y el Señor Santiago”, se volvió hacia mi amigo y su sonrisa se volvió más siniestra, “ él es cómplice, pero también ha demostrado ser un alumno ejemplar en su «entrenamiento nocturno», por eso está también está completamente desnudo, pero sin jaula, quiero que todos vean la diferencia entre el que aún resiste y el que ya ha aceptado su naturaleza”, el mensaje era claro, Santiago ya había sido marcado como otro de los castigados de Carlos.
Nuestro líder se detuvo frente a nosotros, sonriendo, «¡ahora, caballeros”, dijo, dirigiéndose al resto, “continúen con su desayuno, pero observen bien, estos dos hombres son ejemplos de lo que ocurre cuando se desobedece y de lo que se puede lograr cuando se acepta la sumisión, observen sus cuerpos, sus vergas, la jaula, las marcas de Santiago y aprendan”, nos empujó hacia el centro del comedor hacia una mesa vacía, pero nos indicó que no nos sentáramos, que debíamos quedarnos de pie, en medio de todo, mientras los demás comían, fue la humillación más intensa que había sentido, trece manes mirándonos, algunos con asco, otros con lástima, pero la mayoría, con excitación, vi sus vergas erectándose bajo las túnicas, vi las manos desapareciendo bajo las mesas, vi las miradas morbosas de los que se habían declarado abiertamente gays, Luis, Víctor y otros, fijadas en nuestros cuerpos expuestos, en mi verga encerrada, en el culo de Santiago que aún mostraba la huella de sus abusos nocturnos, “por favor, Carlos”, susurré sin saber por qué, como un efecto reflejo, “¡silencio!», ordenó, dándome una palmada en el culo que resonó en el silencio del comedor, «¡no habla, usted solo existe para ser observado, y usted, Santiago”, se acercó a mi amigo, tomando su verga en la mano, masturbándolo lentamente delante de todos, “usted existe para demostrar lo que ocurre cuando un hombre acepta su verdadera naturaleza, miren cómo responde y miren cómo ya no puede controlarse”, Santiago gemía, avergonzado, su verga erectándose completamente bajo la manipulación de Carlos, traicionándolo delante de todos.
Y así desayunamos o más bien, así fueron desayunando ellos, mientras nosotros estábamos expuestos y exhibidos, cada vez que alguien pasaba cerca para servirse más café o más comida, nos rozaban «accidentalmente», sentí manos en mi culo, en mis tetillas, en la jaula que encerraba mi verga, nadie decía nada y Carlos lo permitía, sonriendo, mientras seguía masturbando a Santiago, llevándolo al borde del orgasmo y luego deteniéndose, una y otra vez, llevándolo al límite, al borde, en una práctica magistral de “EDGING”, un espectáculo de tortura erótica.
Cuando el desayuno terminó, Carlos tomó la palabra: “ahora, caballeros”, dijo, con voz que imponía silencio absoluto, «hemos llegado a un punto crítico en nuestro retiro, dos de nuestros alumnos han transgredido gravemente las normas, Pablo ha tenido sexo con el personal, ha espiado actividades privadas, ha llegado tarde, ha incumplido el toque de queda y Santiago ha sido cómplice, ha desobedecido órdenes directas”, sonrió, mirando al rugbier con posesión, “ha demostrado ser un recipiente excepcional para la educación de El Edén”, refiriendose a Santiago, un murmullo recorrió la comedor, algunos entendían, otros no, “por lo tanto”, continuó Carlos, “debe haber un castigo, pero no un castigo cualquiera, un ritual de compensación, un acto que purifique sus almas mediante la humillación y el servicio, y ustedes, el resto del grupo, serán testigos y participantes”, esto último me estremeció, “¿participantes?”, pensé, sin saber a qué se refería exactamente.
Nos hizo salir al ágora, en donde el sol de la mañana ya calentaba las piedras, en el centro del lugar, donde yo había espiado tantas escenas, ahora había un escenario preparado: dos cruces de madera en forma de X, cruces de San Andrés, las reconocí de inmediato, una al lado de la otra, con argollas en los extremos, expuestas a la vista de todos, “El Ritual de la Exhibición”, anunció Carlos, «Santiago y Pablo serán atados, desnudos, expuestos al sol y a la vista de todos, pero eso es solo el comienzo», nos acercaron a las cruces, Andrés y Daniel tomaron a Santiago, lo levantaron, lo ataron, muñecas y tobillos a los extremos de la X, completamente expuesto, formando una silueta de sacrificio humano y lo mismo hicieron conmigo, en la cruz de al lado, el sol calentaba mi piel, la posición abría mis piernas, exponía mi culo, mi verga con su jaula brillante, Santiago, a mi lado, jadeaba, su cuerpo poderoso contenido por el cuero y la madera.
“La rendición no es pasividad”, continuó Carlos, dirigiéndose a mí, “es una elección activa, Pablo, usted eligió observar, actuar y dominar y ahora, elegirá ser dominado”, se dirigió después a mi compañero de castigo, “Santiago, el hombre fuerte, el heterosexual seguro, usted descubrió el placer de ceder, hoy, cederá públicamente”, entonces, su mirada se posó en David, el divorciado trigueño, que había estado observándome con una intensidad feroz durante todo el desayuno, “¡David!”, llamó Carlos, “usted es el hombre más desinhibido de este grupo, el que más entiende que el cuerpo es un templo de placer sin culpa, por eso hoy, usted será el instrumento principal de la lección de Pablo, enséñele lo que es la agonía del deseo contenido”, David sonrió, una sonrisa de depredador que veía a su presa finalmente acorralada, se acercó lentamente a mi cruz, no llevaba nada en las manos, solo su mirada y su presencia, “todos estamos viendo, Pablo”, dijo, su voz, un murmullo solo para mí, “todos estamos viendo cómo te desmoronas y te encanta”, su aliento me golpeó en el cuello, sus dedos recorrieron mi piel, evitando las zonas obvias, concentrándose en mis sienes, mi cuello y mis axilas, cada toque era una chispa, la jaula impedía la erección, pero el deseo se acumulaba en mi interior, una presión dolorosa que crecía con cada segundo, “siente eso”, susurró el trigueño, y su mano finalmente bajando hacia la jaula, “siente cómo tu cuerpo te traiciona, quieres eyacular, pero no puedes, ¿y yo?, yo voy a disfrutar cada segundo de tu agonía”, tomó un vibrador de bala que le entregó Daniel, lo colocó contra la base de la jaula, el zumbido viajó a través del metal, una estimulación directa y tortuosa, mi verga intentó erectarse contra los barrotes, un dolor delicioso e insoportable, grité, mi cadera moviéndose involuntariamente, buscando una fricción que no existía, luego David tomó un plug anal pequeño con una forma curva diseñada para estimular la próstata, lo lubricó, lo posicionó y comenzó a introducirlo en mí ano, “relájate”, me murmuró, “si te tensas, será peor, aunque quizás quieras que sea peor, quizás ya estés disfrutando esto, ¿verdad, puta?”, me escupió en la cara, el plug entró y cuando estuvo completamente adentro, el trigueño encendió una función especial: el plug comenzó a rotar dentro de mí, masajeando mi próstata con movimientos circulares constantes, el efecto fue inmediato y devastador, mi verga, atrapada en la jaula, comenzó a gotear presemen de manera incontrolable, el líquido transparente se acumulaba en la punta de la jaula, visible para todos, evidencia de mi excitación a pesar de mi humillación, “¡miren!”, señaló David, orgulloso, “Pablo está disfrutando su castigo, está tan excitado que está goteando, ¿ven cómo el cuerpo siempre revela la verdad?”, le habló a todos los que observaban, mientras que, con uno de sus dedos, recogió algo de mi presemen y lo llevó a mi boca, obligándome a saborear mi propia excitación, “¡límpialo!”, me ordenó, “y agradece que te estamos educando”.
Mientras David me torturaba con su precisión quirúrgica, Carlos se volvió hacia el rugbier, “y para ti, Santiago”, dijo, y su mirada encontró a Camilo y a Ricardo, que se habían adelantado, “ustedes dos, ¡vengan!, ustedes, que entienden el cuerpo del atleta, que conocen la fuerza y la disciplina, enséñenle a Santiago el otro lado de la moneda, muéstrenle que la fuerza también puede ser rendición”, Camilo y Ricardo se acercaron a “mi amigo” con una confianza que no tenían antes, sus ojos brillaban con el fuego de la dominación recién descubierta, “hemos estado esperando esto, rugbier”, dijo Camilo, su voz baja y amenazante, “ver al rugbier heterosexual e imponente reducido a esto”, Ricardo tomó una paleta de impacto y Camilo, un plug anal de tamaño considerable, de una mesa que habían instalado en el lugar, los dos monitores de Carlos, llena de objetos de tortura, no hubo ternura, no hubo preparación lenta, no hubo consideración, esto era un castigo y una lección, “¡por favor!”, suplicó Santiago, “¡NO!”, “¿no qué?”, se burló Ricardo, dándole una azote en el culo con la paleta que resonó en el ágora, “¿no te gusta o te gusta demasiado?”, el golpe fue seguido por otro y otro, cada impacto hacía que el cuerpo del rugbier se estremeciera, luego, Camilo introdujo el plug con una brutalidad que hizo que Santiago gritara, un sonido gutural de dolor y placer confundido, “miren cómo responde”, dijo Ricardo, masturbándolo con rudeza, “el hetero seguro ya no puede controlarse, su cuerpo sabe lo que quiere, aunque su mente lo niegue”, sentenció el deportista, luego Camilo, tomó unas pinzas para tetillas, las ajustó en los pezones de Santiago, apretando hasta que mi amigo gritó de nuevo, y luego añadió pesos: pequeñas bolas de metal que tiraban constantemente hacia abajo, creando un dolor sordo y persistente que se mezclaba con la presión del plug en su interior.
La escena se convirtió en un simposio de humillación, David me mantenía al borde del orgasmo negado, una y otra vez, Camilo y Ricardo sometían a Santiago, usándolo como un objeto para su placer dominante y vengativo, los demás observaban, algunos masturbándose abiertamente, otros con una mezcla de horror y fascinación, la tensión en mí, alcanzó un punto de ruptura, días de deseo contenido, de excitación, de observación, de negación, todo explotó dentro de mí, la estimulación de David era implacable, el plug, el vibrador, sus dedos, sus susurros obscenos describiendo cómo me usaría si la jaula no estuviera ahí, era un pozo de deseo sin fondo y estaba a punto de ahogarme en este, “¡basta!, ¡por favor, David, basta!”, le grité con voz rasposa, lágrimas de frustración corriendo por mis mejillas, David sonrió, una sonrisa cruel y satisfecha, se detuvo y apagó ambos objetos, la ausencia de estimulación fue casi peor que su presencia, mi cuerpo temblaba, un nudo de tensión y dolor sin liberación, y me dejó ahí, jadeando, al borde del abismo y sin poder saltar.
Cuando Carlos consideró que estábamos suficientemente preparados, entró en la fase final del castigo en las cruces, “han sido estimulados”, anunció nuestro líder, “han sido preparados, ahora es hora de la verdadera purificación, la penetración”, un murmullo recorrió el ágora, algunos de nuestros compañeros palidecieron, pero otros, los que habían estado esperando este momento, se adelantaron con avidez, “no los penetren directamente”, instruyó Carlos, “usen los demás juguetes, los consoladores, la máquina, quiero que sientan la penetración sin la intimidad del cuerpo a cuerpo, todavía, eso vendrá después, en privado, para quienes se lo ganen”, “¿nos estaba usando como trofeos?”, fue la pregunta que me hice, “¿cómo así qué quiénes se lo ganen?”, no daba crédito a lo que escuchaba, Andrés y Daniel trajeron la Sex Machine o máquina de penetrar portátil, era un dispositivo compacto pero potente, con un motor silencioso y un mecanismo de empuje ajustable, le colocaron un consolador de tamaño considerable en el extremo, realista, con venas y todo, y lo lubricaron generosamente, “Santiago primero”, ordenó Carlos, “él ya ha demostrado que puede aguantarlo!”, posicionaron la máquina detrás de mi amigo, alineando el consolador con la entrada de su culo, el rugbier consciente de lo que venía, comenzó a suplicar: “¡No… por favor!, no, con eso no, es demasiado grande, me va a…”, “¡silencio!, cortó Carlos, abofeteando al castigado, “o añadiré otras cuatro horas a tu castigo”, Santiago no tuvo opción y encendieron la máquina, el consolador comenzó a empujar, lento pero insistente, entrando en su culo centímetro a centímetro, mi amigo gritó, sus músculos tensándose contra las ataduras, su cuerpo arqueándose en la cruz, “más rápido”, ordenó Carlos y la máquina aceleró, el consolador comenzó a moverse con un ritmo constante, entrando y saliendo con un sonido húmedo y obsceno que resonaba en el silencio del ágora, Santiago gritaba con cada embestida, sus gritos mezclándose con gemidos que traicionaban su disfrute, “¡está eyaculando!”, exclamó uno de nuestros compañeros, “¡está teniendo un orgasmo anal!”, era cierto, el cuerpo de Santiago se convulsionaba, su verga pulsando sin necesidad de ser tocada, disparando semen en arcos que caían sobre su propio pecho, su vientre y el suelo de piedra del ágora, la máquina no se detuvo, continuando su ritmo implacable, violando al rugbier a través de un orgasmo prolongado que parecía no tener fin, “bastante impresionante”, comentó Carlos sarcásticamente y tomando nota, “pero recuerde, Santiago: usted ha eyaculado sin permiso y eso tiene consecuencias, después de esto, pasará la noche en el lugar de ayer, está vez, no como prisionero, todavía, esta vez como ayudante de Adolfo y verá lo que le espera a los que no controlan sus impulsos».
Mientras Santiago gemía por su reciente orgasmo forzado, volvieron su atención hacia mí, “¡ahora Pablo!”, ordenó Carlos, “pero él es diferente, él tiene la jaula, su placer debe ser más… indirecto”, cambiaron el consolador de la máquina por uno más pequeño, pero con una curvatura agresiva diseñada específicamente para masajear la próstata con cada movimiento y también me añadieron un accesorio, un anillo vibratorio que colocaron alrededor de la base de mi jaula, donde el metal tocaba mi piel más sensible, “enciendan ambos”, volvió a ordenar nuestro Maestro, “máxima intensidad, quiero ver cuánto puede aguantar antes de suplicar misericordia”, sentenció Carlos, esta vez con más sadismo, la máquina comenzó a empujar y el consolador entró en mí con una facilidad que me avergonzó, mi cuerpo, preparado por el plug rotatorio, lo recibió casi con avidez y al mismo tiempo, el anillo vibratorio envió pulsos eléctricos a través del metal de la jaula, estimulando mi verga atrapada de maneras que no podía describir, el efecto fue inmediato y devastador, mi próstata, golpeada una y otra vez por el consolador curvo, enviando olas de placer que chocaban contra la frustración de la jaula, podía sentir el orgasmo construyéndose, acercándose, pero sin la posibilidad de la liberación completa, era como eyacular continuamente sin nunca terminar de eyacular, un bucle de agonía deliciosa que me tenía gritando, suplicando, llorando de frustración, “¡por favor!, ¡deténganlo!, ¡no puedo… no puedo aguantar más!”, grité, supliqué, con mi voz ronca por los gritos anteriores, “pero eso es exactamente lo que debe hacer usted”, murmuró Carlos, acercándose y tocando mi rostro con algo parecido a ternura, “aguantar, soportar, sentir la frustración de su deseo sin satisfacción, esa es la lección, Pablo, el placer negado es más poderoso que el placer concedido y cuanto más lo niego, más fuerte se vuelve usted … o más se destruye”, la máquina continuó su trabajo durante treinta minutos interminables, treinta minutos donde estuve al borde del orgasmo constante, donde mi cuerpo intentó eyacular una y otra vez, solo para encontrar la barrera implacable del metal, el presemen goteaba continuamente, formando un charco debajo de mí, evidencia humillante de mi excitación y cuando finalmente apagaron la máquina, estaba temblando incontrolablemente, mi cuerpo cubierto de sudor, mis músculos agotados por la tensión sostenida, Santiago, a mi lado, estaba en estado similar, aunque él al menos había tenido la liberación del orgasmo completo.
Carlos se acercó, su presencia cortando el aire, observó mi estado, luego el de Santiago y asintió, como si el resultado de su experimento le complaciera, “han visto”, dijo, dirigiéndose a todos, “han visto la agonía del deseo contenido y la rendición del que descubre su verdadera naturaleza, pero el ritual no está completo, la jaula de Pablo ha acumulado una energía que debe ser liberada, no para él, sino como ofrenda, como símbolo final de su sumisión”; hizo una señal a Daniel, que se acercó con la pequeña llave de plata, mi corazón latió con fuerza, “¿era el momento?, ¿me liberaría?”, pensé para mí, “no, Pablo”, dijo Carlos, leyendo mi mente, “no es su liberación, es su transformación, Daniel me desató de la cruz, mis piernas casi no me sostienen, me llevaron temblando, hacia delante, hasta que estuve de rodillas frente a Santiago, que todavía estaba atado a su cruz, su cuerpo cubierto de sudor y semen, sus ojos vidriosos por el placer y el dolor, y Camilo y Ricardo se apartaron, dejándolo expuesto, Carlos se arrodilló a mi lado, tomó la llave y la insertó en el candado de la jaula y esta hizo un clic, el metal se abrió, la sensación de aire libre en mi verga después de tanto tiempo, fue tan abrumadora que casi me hace eyacular en el acto, la verga se me puso dura como una roca de inmediato y sensible al extremo, las venas pulsando, el glande brillando de presemen acumulado durante días, “¡ahora!”, susurró el líder en mi oído, su mano envolviendo mi verga liberada, “va a eyacular, pero no donde usted quiera, su ofrenda será para él, para Santiago, para “su amigo”, para sellar su transformación y su humillación”, su mano comenzó a masturbarme, con una técnica experta que conocía todos mis puntos sensibles y me obligó a acercarme más a Santiago, a quien también ya habían desatado de la cruz y lo habían obligado a arrodillarse, mi verga pulsante estaba a solo centímetros de su rostro, “mi amigo” me miraba, sus ojos llenos de una emoción indescifrable: shock, asco, pero también una fascinación oscura, “¡no!, ¡por favor, no en mi cara!”, suplicó Santiago con su voz rota, “¡silencio!”, ordenó Carlos, “¡reciba su ofrenda!”, la mano de Carlos se movió más rápido, la presión de días de contención se liberó en una explosión blanca, grité, un grito animal de alivio y agonía, mientras chorros de semen disparaban de mi verga, cayendo sobre el rostro de Santiago, sus labios, sus mejillas y su barbilla, fue una eyaculación brutal, interminable, vaciando toda la frustración, el deseo y la humillación acumulada en mi cuerpo, Santiago cerró los ojos y la boca, recibiendo el castigo con una resignación que me partió el alma, pero también me llenó de morbo, cuando terminé, caí hacia adelante, completamente agotado, Carlos me soltó y me quedé allí, de rodillas, temblando, mientras el semen goteaba de la cara de mi amigo, el silencio en el ágora era total, “¡límpielo!”, le ordenó Carlos a Santiago, él abrió los ojos lentamente, me miró y en su mirada no vi odio, sino algo mucho más complejo, una comprensión terrible y con la lengua, lentamente, comenzó a lamerse los labios, limpiando mi semen de su rostro y luego de mi verga, el acto era tan íntimo, tan humillante, tan poderoso, que sentí que algo se rompía y se reconfiguraba entre nosotros, el castigo había llegado a su fin.
Luego del castigo, nos permitieron varias horas de descanso en el comedor, separados del grupo, nos dieron agua y fruta, estábamos exhaustos, no solo era el reciente castigo, era todo lo acumulado de los últimos días, estábamos usados y la tensión entre Santiago y yo era eléctrica, la ceremonia nos había roto, pero también nos había unido de una manera que no podía explicar.
Fue entonces, pasadas varias horas, cuando Esteban y Manuel se acercaron sigilosamente, recordé en ese momento, no haberlos visto, junto a Sebastián, hace un rato, en el ágora y me extrañé, algo comenzaba a sospechar, “Pablo”, me susurró Esteban, “es hora”, me dijo, y fue ahí cuando recordé mi promesa, la venganza contra el troglodita, en medio de mi propio infierno, lo había olvidado, recordarlo me llenó de energía e inmediatamente les pregunté: “¿dónde está?”, mi voz apenas un hilo, “en su habitación, solo, Carlos lo confinó, pero nosotros sabemos que lo protege, esta es nuestra única oportunidad”, mis sospechas desaparecieron, era claro el por qué no había estado en nuestra “ceremonia”, miré a Santiago, ya estaba limpio, pero sus ojos todavía reflejaban la humillación de la ceremonia, “¿quieres venir?», le pregunté, “te prometí que no te abandonaría, que te mostraría que no estás solo en esto, además…”, me incliné, susurrando, “… es una oportunidad para que sigas descubriendo eso que sentiste con Gastón, eso que sentiste en el sótano, eso que te gusta, aunque te dé vergüenza admitirlo”, no sé porque solté eso, pero lo dije, Santiago me miró y por primera vez, no hubo vergüenza en sus ojos, solo una decisión firme, “¡iré!”, me dijo, “¿qué vamos a hacer?”, preguntó intrigado, “vamos a tenderle una trampa a Sebastián en el invernadero, un lugar que está apartado de la casa, donde casi nadie va y llevo observado desde hace varias noches, solo se lo mencioné a Esteban y Manuel, para que tuvieran todo preparado”, respondí, “luego, vamos a entregárselo a sus amigotes para que hagan con él lo que quieran, se los había prometido, además ahora con más ganas, después de que me violara en el auditorio, debe pagar”.
La trampa funcionó a la perfección, Manuel envió el mensaje anónimo debajo de la puerta del troglodita y este, arrogante como siempre, cayó en esta, lo esperábamos en el invernadero, escondidos entre las plantas y cuando entró, lo inmovilizamos entre los 4 y lo atamos a una silla tumbada, obligándolo a estar en cuatro, posición perfecta para su violación, era imposible que nos ganara en fuerza, la venganza fue un ballet de humillación, coreografiado por el dolor y ejecutado con la precisión de quienes han soñado con este momento durante días, Esteban comenzó quitándole la túnica a Sebastián, dejándolo completamente desnudo, vulnerable, expuesto de la misma manera que nosotros habíamos estado en el ágora, pero a diferencia mía, Sebastián no tenía la protección de una jaula, su verga y sus güevas colgaban vulgarmente para el que veía desde atrás, grandes y arrogantes como él, su verga ya semidura por la adrenalina y la excitación, estaba claro que a este man, estas situaciones lo hacían excitarse, “¡miren esto!”, dijo Esteban, tomando la verga de su amigo con desprecio, “la herramienta que usó para violarnos, para humillarnos y para hacernos sentir que éramos menos que él”, “no es tan grande ahora, ¿verdad?”, añadió Manuel, tomando una de las herramientas que habíamos preparado, Esteban y Manuel aprovecharon el momento en que quedaron solos en el auditorio, luego de mi violación, para tomarlos de la bodega debajo de la tarima de madera: un anillo de castidad, similar al mío pero más cruel, con púas internas que se activarían con la erección, colocaron el anillo en la base de la verga de Sebastián, cerrándolo con un candado, las púas internas presionaron contra su piel, una amenaza constante, “ahora entenderás lo que es no poder controlar tu propio cuerpo”, sentenció Esteban, “lo que es que tu placer dependa de otros”, luego comenzaron con los juguetes, habían traído una selección especial: consoladores de doble penetración, dildos de estimulación prostática y “la pieza central”, un arnés con un consolador de tamaño descomunal que Manuel se colocó con determinación, “me violaste una vez”, dijo entonces este, mientras terminaba de abrocharse el arnés y lubricando el consolador, “me dijiste que era para mi propio bien, que me estabas «entrenando», bueno, ahora es mi turno de entrenarte”, el troglodita ahí si intentó luchar, pero las ataduras eran demasiado fuertes, su amigo se posicionó detrás de él, y con un empuje firme, comenzó penetrarlo con el consolador en el culo, el grito de Sebastián resonó en el invernadero, ahogado por el sonido de los aspersores de agua, fue un grito de dolor, de humillación y de la comprensión repentina de lo que había hecho a otros, pero sobre todo, a sus dos mejores amigos, “¡duele, ¿verdad?!”, le gritó Manuel, empujando más fuerte, “¡así me sentí yo!, ¡así se sintió Esteban!, ¡así se sintió Pablo cuando lo violaste en el auditorio!”, sus palabras estaban llenas de odio, de resentimiento y de dolor, Esteban, mientras tanto, se había posicionado frente a su “amigo”, había tomado otro consolador, más pequeño pero con una curvatura agresiva y lo introducía en la boca de Sebastián, forzándolo a chuparlo y a lubricarlo con su propia saliva, “chúpalo bien”, le ordenaba, “porque después va a otro lugar, quiero que sepas el sabor de tu propia humillación antes de sentirla en tu cuerpo”.
Yo observaba desde mi posición, Santiago a mi lado, mi amigo estaba inmóvil, su respiración acelerada, sus ojos fijos en la escena con una intensidad que delataba su excitación, sentí su mano buscando la mía y la tomé, entrelazando nuestros dedos mientras observábamos juntos, “¿te gusta ver esto?”, le susurré con mi boca cerca de su oído, él no respondió con palabras, pero su mano apretó la mía y sentí que su otra mano se movía hacia su propia verga, todavía semidura, todavía sensible de la mañana, “está bien”, murmuré, “es normal, estás descubriendo algo sobre ti mismo, algo que El Edén te ha ayudado a ver».
La venganza continuó, Esteban y Manuel se turnaban, usando a Sebastián de todas las formas que él había usado a otros, lo penetraron simultáneamente, creando un ritmo cruel que hacía que el troglodita gritara con cada embestida, lo masturbaron con el anillo de castidad puesto, torturándolo con la imposibilidad del orgasmo completo, lo marcaron, escribiendo «VIOLADOR» en su pecho con marcador indeleble, «PROPIEDAD DE SUS VÍCTIMAS» en su espalda, pero lo más humillante vino al final, cuando Sebastián estaba al borde del colapso, cuando su cuerpo estaba cubierto de sudor y semen y lágrimas, Esteban tomó su teléfono, “¡sonríe!”, le dijo, con una crueldad que nunca habría imaginado en él, “esto es para Carlos, para que sepa que no somos sus juguetes, que podemos pelear y que podemos vengarnos”, tomó fotos y videos, eran la evidencia de la humillación de amigo, de su degradación, de su transformación de depredador en presa, “si alguna vez nos amenaza con el sótano de nuevo”, dijo Manuel, quitándose el arnés y acercándose al rostro de Sebastián, “si alguna vez intenta usarnos de nuevo, esto se filtra a todos, a tu familia, a tu esposa, a tus amigos. al mundo”, amenazó, lo del sótano me quedó sonando en la cabeza, confirmándome que estos tres ya sabían de la existencia de ese lugar, “¿ya habrían estado ahí?, ¿cuánto tiempo?, ¿a qué los habrán sometido?”, fueron las pregunta que hice en el momento pero que nunca les encontraría respuesta, Sebastián asintió derrotado y roto, el arrogante violador del auditorio, era ahora un hombre destrozado, marcado y controlado por sus propias víctimas, “ahora”, dijo Esteban, dirigiéndose a mí, “¡Gracias, Pablo!, sin tu ayuda, sin tu plan, nunca habríamos podido hacer esto», “la promesa es sagrada, además yo también tenía algo pendiente con este man, pero con lo que acabo de ver que le hicieron, para mi es suficiente”, respondí, “y además…”, miré a Santiago, viendo la excitación en sus ojos, la verga ahora completamente erecta, “… me han dado la oportunidad de cumplir otra promesa, la de mostrarle a Santiago que no está solo, que hay placer incluso en la venganza y que el sexo entre hombres puede ser poder, no solo sumisión».
Se retiraron, dejándonos solos con el destrozado Sebastián, Santiago se volvió hacia mí, sus ojos ardientes de deseo y confusión, “¿puedo…?”, comenzó con su voz temblorosa, “puedes lo que quieras”, respondí, “aquí y ahora, somos libres, Carlos no nos controla, Sebastián no nos controla, nadie nos controla, somos nosotros quienes decidimos”, se acercó y me besó, no fue un beso de sumisión, como lo fue todo lo que ocurrió en el auditorio y en el ágora, fue un beso de elección, de dos hombres rotos que encontraban consuelo en el cuerpo del otro, sus manos exploraron mi espalda, mis culo, mi pelo, “quiero sentirlo de nuevo”, susurró en mi oído, “lo que sentí en el sótano, pero contigo, esta vez es porque quiero, no porque me obliguen», “entonces hazlo”, le respondí, guiándolo hacia una zona de paja limpia en el suelo del invernadero, “toma lo que quieras, yo soy tuyo y tú eres mío, en esto, somos iguales».
Nos tumbamos en el suelo, nuestros cuerpos sucios, sudorosos y aporreados, presionándose juntos, Santiago me tomó, lenta y cuidadosamente, fue una penetración de iguales, de amigos, de dos hombres que habían sufrido juntos y ahora encontraban consuelo en el cuerpo del otro, gemí, no de dolor, sino de placer puro, de liberación, era lo que había estado deseando desde que comencé a compenetrarme con Santiago, también gemí por la certeza de que, aunque Carlos nos controlara en el ágora, aunque El Edén nos marcara como propiedad, en este momento, en este lugar, éramos libres, cada embestida de Santiago era una afirmación, una declaración de que éramos más que las humillaciones que habíamos soportado, era un acto de rebelión silenciosa y profunda, esta vez su penetración no fue violenta, fue distinta, no voy a decir que fue con amor, pero si había amistad, complicidad y mucho deseo, el orgasmo fue mutuo y el disfrute también, y después, cuando nuestros cuerpos se relajaron en la resaca del orgasmo compartido, descansamos en silencio en la paja del invernadero, escuchando el goteo de los sistemas de riego y los jadeos ahogados de Sebastián en la distancia, que seguía atado en el mismo lugar en el que lo habían dejado Manuel y Esteban, el troglodita había sido testigo del encuentro sexual entre Santi y yo, la paz que sentí era frágil pero real. Santiago apoyó su cabeza en mi pecho, su aliento cálido contra mi piel, “nunca pensé que esto…”, dijo él, su voz suave y vacilante, “nunca pensé que podría sentir algo así por un hombre y menos así”, “¿así cómo?”, le pregunté, pasando mis dedos por su cabello sudado, “después de todo, después de las cruces, de lo que te hicieron hacer en mi cara, debería odiarte, debería sentir asco, pero, más bien siento que estamos conectados, como si solo tú pudieras entender», “lo entiendo”, murmuré, «pero recuerda que no fue mi culpa, fui obligado por Carlos y no tuve opción, además, nadie más en este lugar, te entiende como yo”, nos quedamos así un largo rato, unidos en la calma posterior a la tormenta, pero la calma en El Edén siempre es temporal, una sombra se recortó en la entrada del invernadero, era Andrés, nos observaba con su expresión impasible de siempre, “lamento interrumpirles “su momento”, pero Carlos los espera”, nos dijo, con voz neutral pero cortante como el acero, “no en el auditorio, en su habitación privada, hay alguien que ha llegado, alguien que no estaba previsto todavía, alguien que cambia todo”, intercambié una mirada con Santiago, él apretó mi mano y supe que estábamos listos para lo que viniera, “¿quién?”, pregunté con mi voz aún ronca por los gritos del día, el monitor me miró y por primera vez vi algo que no había estado allí antes, miedo genuino, “el Padre Samuel”, respondió tajante, el Maestro de Carlos, el verdadero dueño de El Edén ha llegado antes de lo previsto y quiere conocer a los dos hombres que han causado tanto disturbio en su orden perfecto, Santiago y yo nos levantamos juntos, lo que sea que nos esperara en la habitación de Carlos, lo enfrentaríamos como habíamos enfrentado todo ese día, juntos, como iguales, como amantes.
El sol se había puesto sobre El Edén y una nueva noche comenzaba, pero esta vez, no éramos solo objetos de dominación, éramos sujetos de nuestro propio deseo y eso, nadie podía quitárnoslo.
Continuará…



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