Sangre y Lujuria 1
Él tenía el control absoluto de su vida… hasta que la llegada de su medio hermano menor encendió su deseo de dominar sin límites. Mateo tiene 40 años, una rutina estructurada y el orgullo intacto de un hombre hecho a sí mismo. Pero la tranquilidad de su pueblo se rompe en mil pedazos el d.
CAPÍTULO 1
El peso de la sombra y la tierra
El calor de la tarde en la acera de Junín se sentía denso, de ese que pega en la chapa del techo y deja el aire picando a polvo y hollín de la ruta. Dentro del local, el único alivio era el ventilador de pie que giraba con un zumbido torpe sobre el mostrador de madera gastada.
Mateo apoyó las palmas sobre la barra, descansando la postura. Vestía una remera gris simple y pantalón cómodo; a sus cuarenta años, su cuerpo era delgado, de complexión natural, moldeado apenas por las salidas en bicicleta por los caminos rurales cuando la rutina le daba un respiro. Tenía una cabeza brillante y a mil revoluciones: proyectos e ideas de negocios que sabía que podían funcionar, pero que siempre se estrellaban contra la misma pared: la falta de plata y de contactos. En la casa no cargaba solo con los gastos; la jubilación de su madre y el trabajo de su hermana ayudaban a mantener el hogar, pero su frustración venía de ese estancamiento personal.
Echó una mirada al monitor de la computadora sobre el mostrador. A las tres de la tarde. La hora muerta en la que el barrio dormía la siesta.
Iba a cerrar una pestaña del navegador cuando la puerta del local se abrió con un crujido de bisagra.
—Buenas tardes —dijo Mateo por pura inercia, levantando la vista con esa actitud seria, serena y observadora que le salía sin esfuerzo.
El hombre que acababa de entrar alteró el paisaje del negocio en un segundo.
Tenía unos treinta años y medía 1,80 m, la misma altura que Mateo, pero la diferencia de estilo de vida salía a la luz al instante. Joao lucía un cuerpo trabajado a conciencia en gimnasio, de hombros anchos, cintura firme y una musculatura definida que delataba horas de entrenamiento y buena alimentación. Vestía ropa cara pero sobria que se amoldaba a la perfección a su figura. Olía a perfume importado, madera y cuero.
Mateo no se inmutó exteriormente, pero sus ojos de hombre astuto hicieron un escaneo sutil e inevitable. Recorrió el pecho trabajado del brasileño, la firmeza de la espalda y bajó la vista sin disimulo hacia el corte del pantalón, notando la firmeza de sus piernas y el volumen marcado de sus nalgas. Un chispazo de deseo puramente físico y sexual le recorrió la ingle a Mateo. Un tipo hermoso, impecable, pensó con la calma de quien sabe apreciar el atractivo de otro hombre sin perder la compostura.
Lo que Mateo no esperó fue la forma en que el visitante lo miró a él.
Los ojos oscuros de Joao se clavaron en la cara de Mateo. Había en esa mirada una intensidad emotiva casi trágica, una búsqueda desesperada de pertenencia tras haber quedado solo en el mundo. Para Joao, la conexión sexual no nacía del aspecto de Mateo, sino de la sangre: ver al único hombre que compartía su genoma le provocaba un nudo en la garganta y una necesidad primitiva de entregarse a esa figura fraternal para no sentirse a la deriva.
—¿Te puedo ayudar en algo? —preguntó Mateo. La voz le salió tranquila, grave, marcando un límite natural desde su lugar detrás de la barra.
Joao tragó saliva, buscando que su acento portugués no le jugara una mala pasada.
—Busco a Mateo… Mateo González.
—Soy yo —respondió Mateo sin alterar el gesto, evaluando cada movimiento del desconocido—. ¿Quién sos vos? No te he visto por el barrio.
Joao dio dos pasos hacia el mostrador. La tensión en el aire se volvió espesa, impregnada por el perfume importado de Joao y esa atracción cruzada que empezaba a tejerse.
—Mi nombre es Joao. Joao Silva Costa —dijo despacio, sosteniéndole la mirada—. Vine desde Brasil porque… tenemos el mismo padre.
Mateo no se sobresaltó ni hizo un drama. Conocía demasiado bien la historia del viejo: un hombre mujeriego, infiel, que había dejado desastres y mentiras por donde pasó. Que hubiera tenido un hijo en Brasil no le sorprendía en absoluto.
Pero Mateo era desconfiado por naturaleza y pensaba con la cabeza fría. Su primer pensamiento no fue emocional, sino práctico: el terreno de la casa. Si este tipo venía a reclamar parte de la herencia del padre, legalmente podría tener derecho, y Mateo sabía que si la prueba daba positivo, tendría que ceder y negociar en algún momento. Pero no iba a adelantarse ni a «avivar tontos» regalando información o mostrando miedo. Mantuvo la diplomacia y el control.
Mateo inclinó ligeramente la cabeza, apoyando un codo sobre el mostrador con una soltura dominante y relajada.
—Mirá vos… —soltó Mateo con una ironía suave, mirando a Joao a los ojos—. No sé bien qué historia te contaron, pero te aclaro algo con calma: esta casa y el local son donde vive mi vieja y mi familia. Si estás acá por un tema de papeles o terreno, prefiero que hablemos las cosas claras desde el principio.
Joao negó despacio con la cabeza, impresionado por la serenidad y la autoridad natural de Mateo. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo delgado de su hermano y la seguridad de su postura. A Joao se le aceleró el pulso; la presencia de Mateo ejercía una presión sobre su voluntad que lo empujaba sutilmente a adoptar una actitud dócil.
—No vine por la casa ni por dinero, Mateo —explicó Joao con la voz baja, buscando convencerlo—. Mi padre de crianza me dejó todo resuelto en Brasil. No necesito nada material. Mi madre murió hace un año y me contó la verdad antes de irse. No tengo a nadie más en el mundo… Sos mi único hermano.
Joao sacó un sobre fino de su chaqueta y lo apoyó suavemente sobre la madera del mostrador.
—Solo quiero conocerte. Y si estás de acuerdo, hacer una prueba de ADN para estar seguros de que llevamos la misma sangre. Nada más.
Mateo miró el sobre sin tocarlo y luego volvió a fijar la vista en Joao. La sinceridad en las palabras del brasileño encajaba con su tono, pero la forma en que los ojos de Joao lo buscaban —con esa mezcla de devoción, dolor y necesidad de sometimiento ante el único familiar que le quedaba— convirtió el espacio reducido del local en un terreno cargado de electricidad.
Mateo esbozó una pequeña sonrisa ladina, manteniendo la mirada fija en el cuerpo cuidado de su hermano.
—Un ADN… —murmuró Mateo con voz pausada y dominante—. Está bien. No tengo problema en hacer la prueba. Pero si da positivo, Joao… ¿Qué es lo que esperás que pase entre nosotros?
Joao no respondió de inmediato. Sentir la voz grave de Mateo retumbando tan cerca y ver esa sonrisa ladina, cargada de una seguridad madura, le hizo dar un paso involuntario hacia adelante, apoyando las manos en el borde del mostrador.
—No espero nada raro, Mateo —dijo Joao, buscando que la voz le saliera firme, aunque el tono denotaba una vulnerabilidad que no podía esconder—. Solo no quiero estar solo en esto. Quería conocerte, mirarte a la cara… saber quién sos.
Joao hizo una breve pausa y miró la hora en su reloj de pulsera antes de volver a clavar la vista en Mateo.
—Sé que te caigo de sorpresa y que el negocio está abierto… Pero me gustaría invitarte a comer o a tomar algo cuando cierres. En un lugar tranquilo. Ahí te puedo contar bien todo, mostrarte los papeles de mi madre y explicarte con calma que no tenés nada que temer respecto a esta casa. Quiero que te quedes tranquilo.
Mateo no apartó los ojos de él. Mientras Joao hablaba de tranquilidad y lazos de sangre, Mateo se dedicó a escanearlo sin ningún tipo de disimulo. Recorrió el cuello alto de Joao, la tela ceñida sobre sus hombros trabajados en el gimnasio y la postura impecable de un tipo acostumbrado al confort. Pero la mirada de Mateo volvió a bajar, demorándose en la línea del pantalón que marcaba los muslos firmes del brasileño y la curva de su cadera. El deseo físico que sentía Mateo era directo, crudo: el tipo enfrente suyo era un monumento de hombre, y la idea de tenerlo sentado al otro lado de una mesa, pagando la cena y buscando su aprobación, le encendía la ingle de una manera muy particular.
Joao notó perfectamente el recorrido de la mirada de Mateo. Sintió el peso de ese escaneo sobre su cuerpo, bajando por su pecho hasta sus piernas. Cualquier otro hombre en su lugar en Brasil habría reaccionado con altanería o marcando distancia, pero Joao no dijo nada. Se quedó quieto, aceptando ser observado. En su mente, pensó que era comprensible: para Mateo él era un desconocido total, un tipo con el que no tenía historia ni recuerdos de infancia, por lo que era natural que Mateo lo procesara primero desde el impacto físico antes que desde la hermandad. Y muy en el fondo, que ese hombre delgado, moreno y de dominación natural lo mirara como a una presa le provocaba un escalofrío helado que le recorría la espalda.
Mateo volvió a subir la vista, encontrando los ojos oscuros de Joao, y soltó una exhalación corta por la nariz, entre divertido y calculador.
—Está bien —dijo Mateo, manteniendo la voz baja y el tono al mando—. A las nueve y media cierro el local. Dame veinte minutos para bañarme, cambiarme y dejar todo ordenado acá.
Joao asintió, dejando escapar un suspiro de alivio que se le notó en el pecho.
—Perfecto. Pasé a reservar en un restorán en la terraza de un edificio céntrico en Mendoza. Te paso a buscar en el auto a las diez en punto.
Mateo alzó una ceja, midiendo la jugada. Sabía que ese tipo de lugares en la capital eran exclusivos, inaccesibles para el vecino promedio de San Martín o Junín. El brasileño estaba marcando la cancha con la billetera, intentando impresionar o comprar su atención.
—Sé qué edificio es. Esperame enfrente a las diez —ordenó Mateo con soltura, rozando casi sin querer los dedos de Joao sobre el mostrador al tomar el sobre—. No te tardes.
—Ahí voy a estar —contestó Joao, sintiendo la piel de la mano arder por ese breve roce.
Joao dio medio paso hacia atrás, le dedicó una última mirada cargada de esa búsqueda silenciosa de pertenencia y salió del local. El crujido de la puerta al cerrarse dejó a Mateo solo en el calor seco de las tres de la tarde, acompañado únicamente por el zumbido del ventilador y el pensamiento constante de lo que pasaría esa noche.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!