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Dominación Hombres, Gays, Incestos en Familia

Sangre y Lujuria 2

Segunda parte.

CAPÍTULO 2

Luces sobre la terraza

 

A las diez en punto, el zumbido de un motor de alta gama rompió el murmullo habitual y cansino del barrio. Un SUV negro de cristales oscuros dobló la esquina y recortó su silueta impecable frente al local.

Mateo salió a la acera pasando el candado sobre la cortina metálica. Por el calor pesado y sofocante de la noche de verano, se había cambiado antes de salir: llevaba una remera negra ceñida que marcaba la firmeza de sus hombros y el pecho, una bermuda casual oscura que dejaba al descubierto sus piernas tonificadas por las salidas en bicicleta por las rutas de Junín, y el pelo aún húmedo tras una ducha rápida.

Al abrir la puerta del acompañante, un golpe de aire acondicionado perfumado y la densidad del olor a cuero fino lo recibieron en seco. Joao vestía a tono con la noche y el clima: una remera de diseñador de corte impecable y una bermuda ajustada de estilo urbano que ponía en evidencia el grosor y la firmeza de sus muslos, trabajados a conciencia en el gimnasio.

El viaje hacia la Ciudad de Mendoza tomó unos treinta minutos a velocidad constante por la ruta. Dejaron atrás la calma rural para adentrarse en el movimiento nocturno de la capital hasta estacionar frente a una torre moderna. Subieron en el ascensor panorámico hasta el último piso, donde las puertas se abrieron hacia una terraza al aire libre decorada con luces tenues, vegetación frondosa, una brisa cálida y un ambiente marcadamente exclusivo.

Al salir del ascensor, Mateo hizo un gesto pausado con la cabeza, dejando que Joao caminara adelante para marcar el paso hacia la mesa reservada. Mateo no lo hizo por cortesía, sino para mantener el campo de visión despejado y retener el mando de la situación. Mientras el brasileño avanzaba entre las mesas, Mateo clavó la mirada sin disimulo en la parte trasera de Joao. La bermuda de tela elástica se amoldaba a la perfección al volumen firme, denso y redondeado de sus nalgas trabajadas. Mateo tragó saliva, sintiendo un latigazo de deseo directo y crudo que le recorrió la ingle. Joao percibió el peso y la fijeza de esa mirada sobre su cuerpo, pero no dijo nada; aceptó ser escaneado en silencio, permitiendo que la autoridad madura de Mateo tomara el control de la escena.

Se acomodaron en una mesa reservada en el borde mismo de la terraza, con una vista limpia de las luces de la ciudad desplegadas abajo. El mozo no tardó en servirles dos pintas de cerveza tirada bien fría y una tabla de picar abundante con fiambres continentales y quesos madurados.

—Lindo lugar elegiste —comentó Mateo, apoyando los antebrazos sobre la madera de la mesa y mirando a Joao directo a los ojos—. Se nota que no te privás de nada.

Joao dio un sorbo largo a su cerveza y sostuvo la mirada. Su acento portugués sonaba suave, despojado de cualquier atisbo de soberbia.

—Quería que estuviéramos tranquilos, Mateo —dijo Joao—. Sé que todo esto es repentino y puede resultar chocante, pero vine porque tras la muerte de mi madre me quedé prácticamente solo en el mundo. No vine a pedirte nada material ni a reclamarte nada; vine a buscar a mi único hermano. Y si en algún momento necesitás apoyo o impulso para tus proyectos de negocios, tengo la solvencia y los recursos para dártelos.

Mateo mantuvo intacta la serenidad analítica que lo caracterizaba.

—Todo bien con la plata y las buenas intenciones, Joao —respondió con voz grave y pausada—. Pero vamos por partes. Tu historia encaja con lo que sé del viejo, pero yo soy pragmático: primero quiero tener los resultados de ese ADN firmados y en la mano. Si da positivo, no tengo ningún problema en que profundicemos este acercamiento y veamos hacia dónde va. Pero paso a paso, sin apurar los tiempos.

Joao esbozó una sonrisa de lado, apoyando los codos sobre la mesa e inclinándose un poco hacia adelante.

—Sé que sos prudente, Mateo. Investigué bastante sobre vos antes de venir. Sé cómo pensás, a qué te dedicás, qué hacés en tu tiempo libre… y sé perfectamente qué clase de cosas te gustan —dijo Joao con una cadencia lenta, tirándole el palo con una sutileza cargada de intención sexual explícita, dejando entrever que su búsqueda previa no se había limitado a lo legal, sino que había rozado sus gustos más íntimos.

Mateo alzó una ceja, genuinamente impresionado por la audacia del brasileño. Le gustó el atrevimiento y la provocación.

En ese preciso instante, por el espacio reducido bajo la mesa, la posición de ambos hizo que sus piernas se buscarán casi por instinto. Al ir los dos en bermudas por el calor de la noche, el costado del muslo y la rodilla de Mateo chocaron directamente contra la piel desnuda de Joao. El roce directo del vello de las piernas piel con piel actuó como una descarga eléctrica instantánea.

Ninguno de los dos retrocedió un solo milímetro. Mateo afianzó la postura y apretó su pierna con firmeza contra la de Joao, sintiendo la dureza y la densidad muscular del brasileño. La fricción constante del vello y el calor concentrado que emanaba del contacto les disparó la excitación a ambos en cuestión de segundos, poniéndolos duros debajo del mantel mientras continuaban sosteniéndose la mirada en silencio, fingiendo normalidad ante la vista del mozo y los demás clientes de la terraza.

—Sos peligroso, brasileño —murmuró Mateo con una sonrisa ladina, manteniendo la presión dominante de su pierna peluda contra la piel firme de Joao.

—Solo quería saber absolutamente todo sobre vos —respondió Joao en un susurro grave, con la respiración ligeramente alterada por el contacto continuo.

La cena transcurrió entre charlas sobre los papeles familiares, sonrisas a medias, miradas cargadas de tensión y el choque ininterrumpido de sus piernas por debajo de la mesa. Antes de pedir la cuenta, acordaron que a primera hora de la mañana siguiente irían juntos a un laboratorio céntrico en la capital para realizar la toma de muestras de sangre para el examen de ADN.

El viaje de regreso por la ruta hacia Junín fue una auténtica caldera.

En la penumbra de la cabina del SUV, iluminada solo por los destellos del tablero digital y las luces de los postes de la calle, Joao manejaba con una sola mano firme al volante. Las bermudas cortas dejaban al descubierto las piernas de los dos, y debido a la anchura de la consola central y la cercanía de las butacas, sus rodillas iban completamente pegadas durante todo el trayecto.

Cada imperfección del asfalto, cada pozo o cada cambio de carril hacía que el vello de la pierna de Joao rozara de forma continua y rítmica contra la piel de la rodilla de Mateo. La fricción en la oscuridad del vehículo se convirtió en una tortura erótica prolongada. Mateo miraba de reojo la ingle de Joao, notando con claridad el bulto voluminoso y marcado que se dibujaba en su bermuda por la erección reprimida. Mateo, por su parte, reacomodó la postura sobre el asiento de cuero, dejando que su propia erección se marcara sin el menor disimulo bajo la tela fina de su pantalón corto.

Joao apretó el volante con más fuerza, sintiendo cómo la dominación física y la compostura de Mateo lo desarmaban. La extraña mezcla entre la atracción de sangre y el deseo sexual crudo estaba a punto de hacer colapsar el autocontrol de ambos.

Estacionaron en la puerta de la casa de Mateo pasadas las doce y media de la noche. El motor del auto quedó encendido, emitiendo un murmullo suave y parejo.

Mateo no abrió la puerta para bajar de inmediato. Se giró despacio en el asiento, apoyando un brazo con soltura sobre el respaldo de la butaca y dejando su rodilla bien clavada contra la de Joao, sintiendo la piel arder por el calor acumulado.

—Mañana a las nueve me pasás a buscar por acá y vamos directo al laboratorio —ordenó Mateo con voz grave, seca y dominadora, escaneándole los labios a su hermano a escasos centímetros de distancia.

Joao tragó saliva con dificultad, sintiendo que la autoridad natural de Mateo y esa cercanía física lo doblegaban por completo.

—A las nueve en punto estoy acá —respondió Joao en un hilo de voz, incapaz de apartar los ojos de la boca de Mateo.

Mateo le dedicó una última sonrisa socarrona y cargada de superioridad, le dio una palmadita firme y posesiva en el muslo cargada de intención, y bajó del SUV. Joao se quedó inmóvil en el asiento durante varios segundos con el pulso acelerado y la respiración agitada, observando a Mateo caminar con soltura e ingresar a su casa antes de poner primera y arrancar.

5 Lecturas/30 septiembre, 2026/0 Comentarios/por mza8630
Etiquetas: anal, culo, gimnasio, hermano, madre, madura, metro, viaje
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