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Dominación Hombres, Gays, Incestos en Familia

Sangre y Lujuria 3

Parte 3.

CAPÍTULO 3

Vínculos, visiones y ébano

 

Al día siguiente, a las nueve en punto, el SUV de Joao estaba parado frente a la puerta del local. Condujeron hacia una clínica privada en la capital de Mendoza, donde el trámite para la toma de muestras de saliva y sangre se completó en media hora.

—Los resultados del estudio de filiación tardan siete días hábiles —les informó la técnica del laboratorio al entregar los comprobantes.

Una semana. Siete días en los que la rutina habitual de Mateo continuó en Junín, pero atravesada por una vibración totalmente distinta.

Durante ese lapso, el contacto entre ambos no paró un solo día. La distancia física se llenó de mensajes continuos y llamadas nocturnas. Mateo empezó a descubrir la escala real del mundo en el que se movía su hermano: Joao no solo administraba empresas en Brasil, sino que poseía un departamento de lujo en la zona exclusiva de Ipanema en Río de Janeiro, un piso en Nueva York y una propiedad en una isla privada en Angra dos Reis. Joao también le habló de su círculo íntimo: un grupo de cuatro amigos de toda la vida y, en especial, una gran amiga que era como su hermana de crianza, todos ansiosos por conocer a Mateo en cuanto fuera posible.

Mateo, por su parte, le abrió su mundo a Joao con absoluta honestidad. Le habló de su madre, de lo sagrada que era para él y de cómo la familia lo sostenía en lo cotidiano. Le contó también sobre su mejor amigo de Mendoza —el único tipo que lo conocía de arriba a abajo, con sus virtudes y sus secretos— y de sus amigos de Córdoba, de los años en que intentó cursar sus estudios universitarios.

—Me encantaría conocerlos a todos, Mateo —dijo Joao al otro lado de la línea, con voz sincera—. Si ellos son tu vida, yo quiero estar ahí también.

Pero lo que más impresionó a Joao fue la cabeza de Mateo. A pesar de no haber podido culminar una carrera universitaria por la falta crónica de recursos, Mateo guardaba una fascinación profunda por la tecnología, la inteligencia artificial y la robótica, confesándole a Joao que estudiar una carrera ligada a ese campo era la gran asignatura pendiente que le había quedado atragantada en la vida.

En una de esas conversaciones a altas horas de la noche por teléfono, Joao le preguntó:

—Si tuvieses todo el capital del mundo para lanzar un proyecto propio, Mateo… ¿qué harías?

Mateo se acomodó en el borde de su cama en Mendoza y sonrió con soltura antes de responder.

—Crearía una plataforma de intermediación para la transición laboral autómata —explicó Mateo con una claridad impecable—. Un modelo donde una persona particular o un pequeño inversor compra una IA avanzada o un robot de trabajo y lo pone a prestar servicios en una empresa. La empresa no contrata al empleado humano, contrata al robot y le paga un «sueldo» mensual a la plataforma. La plataforma le transfiere esa ganancia al dueño del robot, descontando un porcentaje por el mantenimiento técnico, actualizaciones y nuestra propia comisión.

Mateo hizo una breve pausa para organizar el concepto y continuó:

—Es el equilibrio perfecto. La empresa se ahorra cargas sociales y rotación; la persona común genera ingresos pasivos sin perder su lugar en la economía de consumo, y la plataforma gana por el volumen de servicio. Solucionás el desempleo masivo que va a traer la automatización y mantenés el consumo a flote.

Del otro lado de la línea, en su hotel, Joao se quedó en silencio, impactado. La idea no solo era brillante; era visionaria y escalable a nivel global. Mateo tenía 39 años —a solo unas semanas de cumplir los 40— y una mente privilegiada estancada detrás de un mostrador por falta de oportunidades. Sin decirle una sola palabra a Mateo para no arruinar la sorpresa ni meterle presión, Joao decidió esa misma noche que él sería el inversor principal de ese proyecto. En secreto, empezó a contactar a headhunters y ejecutivos de élite en Brasil para estructurar la búsqueda del presidente y el equipo administrador que llevarían a cabo el desarrollo inicial de la empresa concebida por su hermano.

El viernes por la tarde llegó el correo electrónico encriptado de la clínica.

Resultado de compatibilidad genética: 99,99%. Confirmado.

Mateo leyó el informe en la pantalla de su computadora. Tenía un hermano. Para Mateo, la certeza biológica trajo una oleada de excitación y deseo contenido; para Joao, significó el alivio definitivo de no estar solo en el mundo.

Minutos después, Joao lo llamó con la voz quebrada por la emoción:

—Dio positivo, Mateo… Sos mi hermano —dijo Joao, respirando hondo—. Mañana es sábado. Dijiste que si daba positivo me ibas a dar un tiempo juntos. Dejame llevarte el fin de semana.

Mateo aceptó. Cuando Joao lo pasó a buscar el sábado a la tarde, lo llevó directo al aeropuerto de Mendoza, donde un vuelo privado los estaba esperando. Llegaron a Río de Janeiro de noche para descansar y arrancar el domingo temprano.

Río de Janeiro: Marcas, tecnología y vestidores

El domingo por la mañana, Joao llevó a Mateo al VillageMall, el centro comercial más exclusivo de Barra da Tijuca.

Primero pasaron por una tienda de tecnología de última generación. Joao no escatimó en nada: le compró a Mateo el último modelo de teléfono Samsung de gama alta, una computadora portátil de máxima potencia y coordinó el envío directo a Mendoza de una estación de trabajo de escritorio con especificaciones profesionales para que Mateo pudiera empezar a trabajar y estudiar en sus proyectos de robótica e IA.

—Joao, esto es una locura de plata —dijo Mateo, observando las cajas con la cautela de quien siempre ha contado los pesos.

—Es para tu futuro y tus estudios. No me discutas —respondió Joao con una sonrisa suave, guiándolo hacia la zona de boutiques de alta costura.

Recorrieron marcas internacionales de corte urbano y moderno. Mateo, con su cuerpo delgado y su postura masculina marcada, tenía una percha relajada que hacía lucir la ropa sin esfuerzo. Joao, por su parte, llamaba la atención de todo el mundo: su cuerpo de gimnasio, sus hombros anchos y el entalle de sus bermudas que marcaban sus nalgas trabajadas provocaban miradas continuas a su paso.

Mateo lo seguía a un paso de distancia, sintiendo cómo se le aceleraba la ingle al ver la figura del brasileño. Moralmente, sabiendo que era su medio hermano de sangre, Mateo sentía que esa atracción estaba «mal», pero la potencia de su propia sexualidad y el impacto físico de Joao eran demasiado fuertes.

Entraron a una tienda exclusiva y el vendedor les preparó varios conjuntos de lino y seda moderna. Mateo se metió en uno de los vestidores amplios con espejo triple para probarse una remera ceñida y un pantalón corto de diseño. Mateo se cambió, mirándose al espejo. Su figura era delgada, apenas con las piernas algo tonificadas por la bici. Dejó la cortina entreabierta para pedir otro talle y vio a Joao parado del otro lado del cristal.

Joao no se había quedado afuera. Estaba apoyado contra el marco, mirando el reflejo de Mateo con una devoción y una necesidad de entrega implícitas en los ojos. Para Joao, el sexo con Mateo no era solo deseo; era la máxima forma de intimidad y pertenencia hacia su hermano.

Mateo se giró despacio en el vestidor. Escaneó a Joao de arriba abajo sin disimulo, fijando los ojos en el bulto y la firmeza del cuerpo del brasileño.

—Te queda increíble —murmuró Joao, bajando la voz hasta hacerla casi inaudible—. Tenés un gusto tremendo para vestirte, Mateo…

Mateo dio un paso hacia él dentro del reducido espacio del vestidor. La atracción física lo empujó a acortar la distancia hasta que sus pechos casi se tocaron.

—Vos sos el que hace que cualquier ropa se vea tentadora, brasileño —soltó Mateo con la voz grave, seca y cargada de tensión erótica, pasándole la mirada por los labios.

Joao tragó saliva y cerró ligeramente los ojos, inclinando el cuello de manera casi involuntaria, exponiéndose y cediendo terreno ante la presencia física de Mateo. Mateo sintió cómo la tensión en la ingle se le volvía insoportable, pero con un esfuerzo de voluntad para no acelerar las cosas en un shopping público, dio un paso atrás con una sonrisa de lado.

—Vamos a pagar esto —dijo Mateo, dándole una nalgada firme y rápida a Joao en la cola sobre el pantalón antes de salir del vestidor—. Nos espera el helicóptero.

Joao se quedó un segundo congelado en el vestidor, con el corazón latiéndole en la garganta y la piel ardiendo por ese toque dominante de su hermano.

Salieron hacia el helipuerto de Barra da Tijuca, donde la nave los esperaba para llevarlos directo a la isla privada en Angra dos Reis.

4 Lecturas/30 septiembre, 2026/0 Comentarios/por mza8630
Etiquetas: amiga, amigo, amigos, hermana, hermano, hotel, madre, sexo
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