Sangre y Lujuria 4
Parte 4.
CAPÍTULO 4
El santuario de Angra
El helicóptero descendió suavemente sobre el helipuerto privado en la cima de la isla. Al apagar los motores, el silencio del océano Atlántico y el murmullo de la mata atlántica abrazaron el lugar.
La propiedad de Joao en Angra dos Reis era un espectáculo de arquitectura moderna: ventanales de vidrio que iban de techo a piso, madera teca, piedra natural y una piscina de borde infinito que parecía fundirse directamente con el mar turquesa.
Mateo bajó de la nave y respiró el aire salino. Si bien Río de Janeiro ya no era un misterio para él —había viajado años atrás para cumplir un sueño personal, aunque en un plan sumamente humilde—, estar en Brasil bajo este nivel de opulencia al lado de Joao era algo que jamás imaginó.
Entraron a la casa principal. Joao se sirvió una bebida fría, miró a Mateo a los ojos y esbozó una sonrisa cálida.
—Bienvenido a Angra, Mateo —dijo Joao con voz suave—. Sé que te sorprendió lo de la ropa y las computadoras en Río… Pero consideralo apenas el comienzo. Sé que en un par de semanas cumplís cuarenta años.
—Joao, ya con la computadora, el teléfono y la ropa te pasaste de la raya —comentó Mateo con su habitual tono calmo y directo.
—Para nada —interrumpió Joao, dando un paso hacia él—. Esto es por tu cumpleaños y porque sos mi hermano. Ya hablé con la Universidad de Palermo para inscribirte a distancia en la Ingeniería en Inteligencia Artificial y Robótica. Voy a pagar la carrera completa. Quiero que tengas ese título que te quedó pendiente. También mandé a armar una bicicleta MTB de carbono de competición, tope de gama, equipada con lo mejor del mercado.
Mateo se quedó en silencio, mirándolo con una mezcla de impacto e incredulidad.
—Y no termina ahí —agregó Joao en un murmullo sincero—. Quiero que traigamos a tu mejor amigo de Mendoza para que pase unos días acá con nosotros. Quiero acompañarte a Córdoba a ver a tus amigos, y antes de volver, vamos a comprar regalos de verdad para tu vieja, tu hermana y los chicos. Todo lo que necesiten.
Lo que Mateo no sospechaba era que, en secreto, Joao ya estaba moviendo contactos con ejecutivos de élite en Brasil para fundar la empresa basada en la idea tecnológica de Mateo y poner la estructura a su nombre.
La pileta: Vulnerabilidad y erotismo explícito
Pasaron la tarde en la piscina de borde infinito. El calor de Angra invitaba a sacarse la ropa, y sin decir una palabra, quedaron completamente desnudos en el agua.
Mateo se quedó en la parte baja. Por primera vez en la jornada, su postura dominante mostró una grieta de vulnerabilidad: no sabía nadar. Se mantenía cerca del borde, mirando con cierta cautela hacia la profundidad de la pileta.
Joao lo notó de inmediato. Nadó despacio hacia él, metiéndose en su espacio con extrema delicadeza.
—Tranquilo… Agarrate de mí —le murmuró Joao.
Joao pasó sus brazos firmes por la cintura de Mateo, sosteniéndole el peso del cuerpo desnudo sobre el agua. Mateo apoyó las manos en los hombros anchos de Joao, sintiendo la firmeza de sus músculos. La cercanía hizo estallar el roce físico: el agua cristalina dejaba ver las dos pijas hiperduras rozándose directamente, cabeza contra cabeza, con la fricción del vello y el choque constante de los muslos a cada movimiento. La sensación de seguridad, de estar flotando protegido por la fuerza de su hermano mientras sentía su erección golpear contra su ingle, sembró en Mateo una confianza primaria y profunda. Aunque en ese momento no lo procesara, ese acto de contención en la pileta fue la semilla para que, en el futuro, Mateo pudiera considerar la idea de dejarse penetrar o ser pasivo con Joao.
La noche: Reglas, fuego y entrega
La noche cayó sobre la isla. Cenaron en la terraza a la luz de las velas y la intimidad del lugar terminó de derribar las barreras verbales. Mateo apoyó los codos en la mesa, mirando fijo a Joao.
—Hay algo que me da vueltas en la cabeza, Joao… —dijo Mateo con su voz grave—. Por cómo me mirás y por cómo aceptás que te controle el espacio, pareciera que sos un tipo dócil. Pero algo me dice que no es así.
Joao sonrió de lado, tomando un sorbo de su copa.
—No, Mateo. No soy dócil —confesó Joao con voz pausada—. En Brasil soy activo, versátil y dominante en la cama. Me gusta mandar y me gustan ciertas prácticas fetichistas y de control… No te voy a negar que sé perfectamente lo que a vos también te atrae de ese mundo.
Mateo entrecerró los ojos, sintiendo un sacudón de desconcierto. Escuchar que su hermano brasileño era normalmente un activo dominante como él le descolocó los papeles, pero le disparó la excitación al máximo.
Sin aguantar más la distancia, Mateo se levantó de la mesa y Joao hizo lo mismo. La tensión acumulada estalló.
Mateo agarró a Joao por la nuca y le clavó los labios. El beso fue brutal, salvaje y caliente: un choque de lenguas húmedas, intercambiando saliva con frenesí. Mateo bajó su mano con fuerza por la espalda de Joao, tomándole una nalgada firme y buscando directamente el centro de su cola; con la yema del dedo le rozó con precisión la entrada del agujero por encima de la tela, sintiendo el calor y la tensión del esfínter de su hermano. Joao no dijo nada; se arqueó apenas, aceptando ese roce agresivo y directo sin oponer resistencia, disfrutando del dominio de Mateo.
Pero cuando la excitación escaló y fue Joao quien intentó hacer el mismo movimiento —deslizando su mano para buscar la cola de Mateo—, Mateo lo frenó en seco.
Mateo le tomó la muñeca con firmeza, separando los labios pero manteniendo la respiración agitada a milímetros de su cara.
—Pará… Ahí no —ordenó Mateo con la voz seca, grave y cortante—. A mí no me gusta ser sumiso, Joao. Para que yo me deje penetrar o sea pasivo tiene que haber un deseo muy específico y darse ciertas condiciones que hoy no están. No soy fácil para eso.
Mateo dio medio paso atrás, pasándose la mano por la cara, sintiendo que la culpa y la moral lo golpeaban de nuevo.
—Además… esto está mal —agregó Mateo con la voz quebrada—. Somos hermanos. Llevamos la misma sangre. No da que estemos jugando a esto.
Joao lo miró con comprensión y una serenidad absoluta. Le tomó la cara a Mateo con ambas manos, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—No está mal, Mateo —le dijo Joao con convicción absoluta—. Vos y yo somos activos y dominantes, pero entre nosotros no hay luchas de poder ni sumisión barata. Fuimos criados separados y la vida nos juntó de hombres. Si nos entregamos o si jugamos, no es por ser sumisos; es por la condición de la conexión íntima que tenemos. Que lo hagamos no borra que seamos hermanos. Al contrario… el sexo entre nosotros es la forma más profunda de pertenecerle al otro. Seguimos siendo hermanos, pero somos los únicos en el mundo que se pueden entender a este nivel.
Las palabras de Joao terminaron de romper las represas. No hicieron falta palabras ni llegar a la habitación: la necesidad se volvió voraz ahí mismo, al aire libre en la terraza.
Mateo lo tomó del cuello y volvieron a besarse con desesperación, chocando sus cuerpos en la penumbra. Sin romper el contacto, Joao se fue deslizando hacia abajo, dejando un rastro de besos húmedos por el pecho y el abdomen plano de Mateo hasta caer de rodillas frente a él.
Joao le tomó la pija dura a Mateo y se la metió entera en la boca. Mateo soltó un gruñido grave, dominante; le agarró la cabeza a Joao por el pelo y empezó a marcarle el ritmo con fuerza, hundiéndose en su garganta y haciéndolo tener arcadas continuas. La saliva espesa provocada por el reflejo de la garganta comenzó a chorrearle a Joao por la comisura de los labios y la barbilla, pero el brasileño recibía cada embestida ahogada con los ojos entreabiertos y brillantes, entregado por completo al placer de su hermano. Mateo no aguantó el ritmo de la boca caliente de Joao y, con un gemido sordo, acabó rápidamente en el fondo de su garganta.
Joao tragó despacio parte del semen, respirando agitado. Sin limpiarse la mezcla de saliva, arcadas y leche que le cubría la boca, Joao se puso de pie y le clavó a Mateo un beso profundo, haciéndole sentir en la lengua su propio sabor. Acarició la pierna de Mateo para tranquilizarlo por haber acabado tan rápido y le murmuró contra los labios, con la voz gruesa y encendida: «Tranquilo… esto recién empieza. Sigamos.»
Mateo, con la sangre hirviendo y la pija recuperando la firmeza de inmediato por el beso cargado de leche y la excitación del momento, giró a Joao de espaldas ahí mismo, apoyándolo contra la baranda de madera de la terraza. Le dio un par de nalgadas sonoras y firmes en las nalgas redondas y trabajadas de su hermano, haciéndolas vibrar en la penumbra. Mateo le mojó la cola con abundante saliva, le metió uno y dos dedos sintiendo lo apretado y caliente que era Joao, y empezó a penetrarlo.
Mateo avanzaba con embestidas potentes y ritmos marcados, sintiendo el calor apretado de Joao envolviéndolo por completo. La calentura era ciega: mientras lo penetraba con fuerza, Mateo pasaba una mano por delante para masturbar la pija hiperdura de Joao acompasadamente, mientras con la otra mano le pellizcaba y presionaba las tetillas con firmeza, sacándole gemidos agudos e incontrolables al brasileño. Las sensaciones estaban al límite; el roce interno de la penetración y el control físico tenían a Mateo al borde del colapso.
Con varias embestidas profundas y desesperadas, Mateo soltó un rugido sordo y descargó todo su semen caliente bien adentro de Joao. El brasileño, extasiado por la presión interna, la masturbación y el dolor placentero en sus pezones, explotó al mismo tiempo, lanzando sus chorros de leche.
Quedaron enganchados, respirando a bocanadas, sudados y pegados en la penumbra. Fue ahí, con su pija todavía dentro del cuerpo de su hermano y sintiendo los latidos compartidos, cuando a Mateo lo envolvió una mezcla de fascinación y cautela. Apoyó la frente contra el hombro de Joao y murmuró con la voz agitada:
—Joao… no sé hasta dónde voy a llegar con vos…
Joao se giró apenas sobre la madera, buscando la mirada de Mateo en la oscuridad, y le respondió con un susurro calmo y ardiente:
—Llegá hasta donde quieras, Mateo. No hay límites entre nosotros. Soy todo tuyo.
Mateo lo miró en silencio, procesando la intensidad de esa respuesta. Con la respiración volviendo a su cauce, lo ayudó a levantarse y entraron a la casa. Exhaustos por el viaje, la tensión acumulada y la entrega física, se acostaron juntos en la cama principal y se durmieron así, abrazados piel con piel hasta la mañana siguiente.
El regreso a Mendoza
Al día siguiente por la mañana, el helicóptero los llevó de vuelta a Río de Janeiro. Hicieron una parada relámpago en el centro comercial para cumplir la promesa: compraron regalos de alta gama y tecnología para la madre de Mateo, su hermana y sus sobrinos.
Por la tarde, el avión privado aterrizó de regreso en Mendoza. Joao contrató un auto con chofer que los llevó directo a Junín para ayudar a Mateo a bajar las valijas, las cajas de tecnología y todas las bolsas de compras.
Mateo miró a Joao a los ojos al lado del vehículo. Llevaba puesta una de las remeras ceñidas de marca que le había comprado su hermano y sentía el cuerpo todavía resentido y caliente por la noche en Angra.
—Gracias por todo, brasileño… —dijo Mateo con su serenidad habitual, aunque con una mirada cargada de una complicidad mucho más profunda—. Pero mañana a primera hora tengo que abrir el local. Hay que volver a la realidad.
Joao sonrió con orgullo, apreciando la dignidad y la entereza de su hermano, que no perdía el eje ni teniendo un imperio a disposición.
—Me parece perfecto, Mateo —respondió Joao en voz baja, acercándose a un paso de distancia—. Yo me quedo en el hotel en la ciudad de Mendoza unos días más. Tengo cosas que resolver por acá y no me voy a ir a Brasil sin celebrar tu cumpleaños.
Mateo asintió, sintiendo el calor del cuerpo de Joao tan cerca. Se dieron un abrazo apretado, un contacto firme donde Joao aprovechó para aspirarle el perfume del cuello antes de soltarlo.
—Avisame cuando estés en el hotel —le murmuró Mateo con tono seco y dominante al oído.
—Te aviso apenas llegue —prometió Joao con una sonrisa complacida, subiendo al auto.
Mateo se quedó en la vereda viendo alejarse el vehículo en la noche mendocina, antes de entrar a su casa con las cajas y la certeza de que su vida había cambiado para siempre.

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