Sangre y Lujuria 6
parte 6.
CAPÍTULO 6
Raíces e imperios
En las semanas previas a los viajes programados, la vida de Mateo transcurría en una dualidad casi irreal. Mateo mantenía su rutina con una disciplina de hierro: se levantaba temprano, abría su local en Junín para atender a los clientes de siempre, le dedicaba horas de entrenamiento a su nueva bicicleta de carbono por las rutas del este mendocino, avanzaba a paso firme con las primeras materias de la Ingeniería en Inteligencia Artificial y Robótica —repasando algoritmos avanzados, modelos de datos y fundamentos de sistemas de control— y compartía los almuerzos en familia con su madre, su hermana y sus sobrinos.
Joao, que pasaba gran parte de la semana instalado en Mendoza para estar cerca de él, le insistía una y otra vez con el mismo tema.
—Mateo, ya no tiene sentido que sigas encerrado en el local renegando con el día a día —le decía Joao con afecto mientras tomaban unos mates en la tarde—. Cerrá el negocio, tomate un descanso de verdad. Yo puedo cubrirte absolutamente todo lo que necesites, a vos y a tu familia.
—No, brasileño, ni en pedo —respondía Mateo con su habitual tono calmo pero firme—. Agradezco todo lo que hacés, pero este local es mi laburo y mi independencia. No voy a vivir de arriba ni a depender de nadie. Si tengo mis cosas es porque me las gano.
Joao lo miraba en silencio y sonreía con admiración, guardándose el secreto. Mateo no tenía la menor idea de que, mientras él atendía el mostrador y quemaba pestañas leyendo sobre lógica para inteligencia artificial y redes neuronales en sus tiempos libres, en la sombra ya era prácticamente el dueño de una compañía internacional.
En secreto, Joao no había escatimado en gastos. Ya tenía a un equipo entero de ingenieros, desarrolladores y ejecutivos trabajando a tiempo completo en el proyecto basado en la idea original de Mateo. Además, las gestiones avanzaban a escala global: Joao ya había mandado a cotizar terrenos en zonas estratégicas de Mendoza para construir la sede central de la empresa, mientras su equipo legal evaluaba la adquisición de oficinas corporativas en Río de Janeiro y la apertura de una filial en Silicon Valley para el desembarco en Estados Unidos. Todo figuraba bajo una estructura societaria donde Mateo era el beneficiario principal.
El viaje a Córdoba, las reuniones y la primera noche
El sábado al mediodía, Mateo cerró las puertas de su local en Junín dejando todo coordinado. Con la logística impecable que manejaba Joao, el auto con chofer los recogió a él y a Lucas para llevarlos directamente al aeropuerto de Mendoza, donde el avión privado los esperaba listo para despegar. En apenas una hora de vuelo, aterrizaron en la Ciudad de Córdoba.
Joao había reservado un departamento de categoría superior en una de las mejores zonas de la capital cordobesa. Mateo aprovechó los encuentros para contarle a sus amigos la historia de la repentina aparición de su hermano brasileño y cómo la prueba de ADN les había cambiado la vida, obviando lógicamente los detalles de su intimidad para mantener el relato natural.
La primera noche estuvo dedicada a cenar con su amiga Sofía, quien fue acompañada por su pareja mujer. Cenaron en un restaurante exclusivo, compartieron risas, vino y buenos recuerdos de los años de cursada, para luego cerrar la noche tomando unos tragos en un bar cercano.
Al regresar al departamento entrada la madrugada, Lucas propuso salir a buscar un sauna gay de la ciudad para seguir la fiesta. Sin embargo, Joao fue tajante: por cuestiones de privacidad, perfil alto y seguridad personal, prefirió no exponerse en lugares públicos de ese estilo. Al ver la cara de desconsuelo de Lucas, Joao le sonrió y les hizo una promesa a ambos:
—Tranquilos, en otra oportunidad los voy a hacer ingresar a una red exclusiva de clubes privados que están repartidos por las principales ciudades del mundo. Ahí adentro la discreción, la privacidad y la seguridad son absolutas para hacer lo que quieran.
Lucas entendió las razones, se entusiasmó con la promesa y decidió salir por su cuenta a explorar la noche cordobesa.
La sesión privada y el precio del atrevimiento
Quedándose a solas en el departamento de lujo de Córdoba, Mateo y Joao no tardaron en encender la tensión que venían acumulando. Joao tomó el teléfono y contrató los servicios de un escort local para armar una sesión privada a su medida.
A la media hora llegó el muchacho: un pibe de unos 23 años, de cuerpo delgado pero fibroso, piel clara y una actitud sumamente complaciente y sumisa, dispuesto a entregarse por completo a los juegos de dominación de los dos hermanos.
La ropa voló en cuestión de minutos. Mateo tomó el control absoluto de la escena desde el inicio. Obligaron al escort a ponerse de rodillas en el centro del living. Mateo le tomó la cabeza con firmeza por el pelo y le introdujo su pija dura en la boca, empujando con fuerza hacia el fondo de la garganta. Al mismo tiempo, Joao se colocó a su lado, pegando su propia pija a los labios del chico.
Entre los dos hermanos comenzaron a ahogarlo deliberadamente, marcándole un ritmo violento y continuo. El escort, sofocado por la doble presión en la boca y la falta de aire, empezó a convulsionar con arcadas violentas hasta vomitar una mezcla espesa de jugos gástricos y saliva caliente directamente sobre las pijas y las manos de Mateo y Joao. Lejos de frenarlos, el vómito funcionó como un lubricante morboso.
Mateo dio vuelta al chico sobre la mesa del comedor, dejándolo con el torso apoyado y las nalgas arriba. Mientras la piel del muchacho temblaba, Joao empezó a repartir nalgadas sonoras y secas sobre sus glúteos, dejando sus nalgas completamente rojas y calientes. Mateo le mojó la cola con la mezcla de vómito y saliva, le introdujo tres dedos y, junto con Joao, combinaron sus manos para meterle el puño entero en un fisting brutal antes de despedirlo cubierto de semen.
Tras la partida del escort, con la adrenalina aún al límite en el departamento de Córdoba, Joao, arrastrado por el deseo y la confianza ganada, deslizó su mano por la cadera de Mateo mientras descansaban en la cama. Mateo no lo frenó, pero cuando Joao se atrevió a acariciarle las nalgas con fuerza y a pasarle la yema del dedo lentamente por el centro del orificio, Mateo se detuvo en seco. Se quedó rígido sobre él, mirándolo fijamente a los ojos.
—Te estás tomando atribuciones, brasileño… —dijo Mateo con una voz tan grave y fría que hizo temblar el aire de la habitación—. Y eso te va a costar caro.
Mateo se levantó de la cama, fue hacia su bolso y sacó su cinturón de cuero grueso. Volvió a la cama con paso firme, tomó a Joao del cuello y lo dio vuelta de un tirón contra la sábana, dejándolo boca abajo.
El castigo fue metódico y brutal. Mateo levantó el cinturón y empezó a darle nalgadas secas y violentas con el cuero doblado. El chasquido del cinturón contra las nalgas de Joao retumbaba en las paredes, sacándole gemidos ahogados contra la almohada. No contento con eso, Mateo le rodeó los testículos con el cuero, ajustando la presión para estrangularle los huevos y generarle un dolor sordo y sofocante.
Sin soltar la presión en sus testículos, Mateo agarró una pareja de broches de presión de metal que había en el necesaire y se los enganchó con firmeza en las tetillas a Joao. El brasileño ahogó un grito de dolor puro.
—Querías tocar ahí, ¿no? Ahora vas a sentir lo que es pedir permiso —le susurró Mateo al oído.
Mateo le mojó la cola con saliva y le metió los dedos al límite, hundiéndolos con fuerza adentro del intestino de Joao y retorciendo la mano en el canal anal para provocarle un dolor lacerante. Acto seguido, le sacó los dedos chorreando fluidos de las entrañas y se los metió de golpe en la boca a Joao, obligándolo a tragar y chuparse sus propias mucosas intestinales.
Con Joao completamente reducido, Mateo lo penetró con fuerza salvaje por atrás. Al borde del colapso, Mateo descargó toda su leche caliente bien adentro del cuerpo de Joao e inyectó inmediatamente un chorro de orina caliente que le llenó el intestino.
Apenas terminó de mear, Mateo salió de su cuerpo, se agachó entre las piernas de Joao y comenzó a lamerle la cola con devoción, tragándose la mezcla de semen fresco, orina y fluidos. Finalmente, le tomó la pija dura a Joao y se la chupó con un ritmo envolvente hasta hacerlo colapsar y lanzar sus chorros de leche sobre la cara y el pecho de Mateo.
Exhaustos, Mateo se acomodó a su lado y lo abrazó con fuerza. En un gesto cargado de significado, tomó suavemente la mano de Joao y la llevó directamente hacia atrás, apoyándola sobre sus propias nalgas.
Sin que ninguno dijera una palabra, Joao entendió el mensaje. Con absoluta delicadeza, le acarició las nalgas firmes a Mateo y le pasó la yema del dedo varias veces sobre el centro del orificio, bordeándolo sin intentar entrar, sellando un acuerdo tácito de paciencia y entrega.
—Gracias, Joao… —le murmuró Mateo al oído—. Sé lo que estás entregando y hasta dónde estás dispuesto a llegar por mí.
Desayuno, las sierras y el regreso
El domingo por la mañana, los tres se reencontraron en el departamento. Lucas regresó de su salida y se sumó al desayuno que tenían programado con Camila, otra gran amiga de la facultad. Camila disfrutó de una mañana distendida compartiendo café y medialunas, escuchando fascinada la historia del reencuentro de los hermanos.
Cerca del mediodía, se trasladaron hacia las sierras de Córdoba para almorzar en un restaurante de montaña con Mariano y Gonzalo.
En el viaje en auto, Mateo miró a Joao a los ojos y le marcó la cancha en tono irónico pero muy serio:
—Che, brasileño… a Gonzalo ni se te ocurra tocarlo ni hacerle un solo tiro. En la época de la facultad ya me sacó un novio, así que no me tientes. Me darían unos celos de la gran puta si encima ahora se quiere meter con mi hermano.
Joao soltó una carcajada profunda y lo tomó por la nuca para darle un beso corto en la mejilla:
—Tranquilo, hermano… ese es intocable.
El almuerzo en las sierras con chivo a las brasas, vino y fernet fue un éxito total. Esa misma noche volaron de regreso a Mendoza. Mateo se sentía reconfortado por reencontrar sus raíces y Joao quedó fascinado con la lealtad del grupo de la facultad.
El salto a Brasil: La villa de Angra y la tensión con Thiago
Sin perder un minuto de las vacaciones, esa misma tarde del domingo abordaron nuevamente el avión privado en el aeropuerto de Córdoba y volaron directo a Brasil, aterrizando al anochecer en la impactante villa paradisíaca de Joao en Angra dos Reis, con playa privada y muelle.
Allí los esperaban cinco amigos del círculo íntimo de Joao: tres hombres y dos mujeres de la élite carioca. Lucas quedó deslumbrado desde el primer segundo. La química de Lucas con uno de los amigos de Joao floreció rápidamente entre caipirinhas en la pileta, y terminaron teniendo sexo desenfrenado en una de las suites de la villa.
Sin embargo, para Mateo las cosas tomaron un giro totalmente inesperado con Thiago.
Thiago era un chico moreno de piel canela, cara perfecta y un cuerpo atlético descomunal, con un culo y unas piernas esculpidas que parecían de un dios. Además, en la malla se le marcaba un bulto prominente. Sabiendo que Thiago venía de una familia multimillonaria de Río, Mateo —habitualmente activo y dominante— se sintió intimidado por primera vez. Le daba vergüenza actuar o encararlo frente a semejante presencia. Por su parte, Thiago, al ser sumiso, tampoco se animaba a dar el primer paso.
Al ver la tensión sexual flotando en el aire y a los dos paralizados por la timidez, Joao decidió intervenir.
Durante una noche en la barra del muelle, Joao los juntó a solas para tomar unos tragos. Entre risas y complicidad, Joao empezó a contar detalles íntimos de lo que vivían ellos dos en la cama: reveló cómo Mateo lo dominaba, el nivel de entrega que le exigía y las cosas extremas que le hacía sentir. Thiago escuchaba fascinado y excitado, mientras a Mateo se le subía el rubor a la cara de la vergüenza.
El domingo por la tarde, Thiago decidió jugar sus fichas. Se metió a la pileta con una sunga negra ajustada que dejaba al descubierto sus piernas esculpidas y su bulto. Al salir, se acomodó a pocos metros de Mateo, estirándose al sol, húmedo y sin disimulo.
Joao se acercó a Mateo en la barra exterior y le habló en voz baja:
—¿Qué te pasa, hermano? Tenés a un tipo hermoso, millonario y sumiso regalado a tus pies deseando que lo agarres, ¿y te me vas a quedar congelado?
—No es tan fácil, brasileño… —confesó Mateo en un murmullo—. El pibe parece esculpido a mano. Me da un poco de vergüenza encararlo de una. Es un dios.
—No seas boludo, Mateo. El chabón está loco por vos justamente por cómo sos. Le fascina tu presencia.
Las palabras de Joao rompieron el caparazón de Mateo. Esa noche pasaron horas conversando a solas en el muelle bajo las estrellas, tomando caipirinhas, rozándose las manos y compartiendo un coqueteo constante.
Antes de irse a dormir, en el pasillo de la villa, Thiago le tomó la mano a Mateo y le sostuvo la mirada:
—Nos vemos en unos días en Mendoza. No me pienso perder tu cumpleaños por nada del mundo.
Mateo le devolvió la sonrisa, sintiendo que esa historia apenas empezaba.
El lunes por la tarde, Mateo, Joao y Lucas abordaron el avión de regreso a Mendoza con el grupo afianzado y las expectativas por los cielos. La mesa estaba servida para encarar el gran acontecimiento: los cuarenta años de Mateo en su tierra natal.

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