Sexo y violencia con el chico cabrón de 15 años del gimnasio (El Juguete de J). VI
Me preparo, sintiéndome más puta que nunca, para recibir la leche de los tres chavales cabrones de gym..
El último vídeo de la carpeta, el que cerraba la sesión, era el que me daba más miedo y, a la vez, el que me hacía apretar el ritmo metiéndome los dedos en el culo. En la pantalla, la luz del móvil de Toro iluminaba mi espalda, que estaba empapada en sudor y marcada por los apretones de J. Ya no quedaba ni rastro de control; era una pura carnicería de vicio.
—¡Venga, que ya la tenemos a punto de caramelo! —soltó Toro, dejando el móvil apoyado en la mesita para tener las manos libres.
En la grabación se veía cómo Toro se colocaba justo detrás de J., que seguía dándome estopa sin frenar, mientras Joel me agarraba del pelo para levantarme la cabeza y que viera bien lo que venía. Me tenían estirado, con el cuerpo vibrando por la tralla que llevaba encima, y con esa cara de absoluta derrota que solo se te queda cuando te han usado como a un trapo.
—¡Mira qué joyita, bro! —se mofaba Joel, dándome un toque con el rabo en la mejilla mientras Toro y J. se coordinaban para el final—. ¡Está que no sabe ni dónde vive, mira cómo abre la boca buscando más!
Era verdad. En el vídeo se me veía balbucear, pidiendo más de aquello que me estaba destrozando, con la mirada perdida en el techo de la habitación. J. me metió un viaje seco, el último, que me hizo arquear la espalda de una forma inhumana, y justo ahí, Toro decidió que era su turno de cebarse.
Lo que vi a continuación me dejó la cabeza frita de verdad. Toro se me echó encima con una rabia que flipas, hundiéndose en mí de un solo golpe que me dejó sin aire. En el vídeo se oye un grito ahogado mío, un sonido animal, mientras Joel me metía los dedos en la boca para que no pudiera ni cerrar los ojos.
—¡Eso es, así! ¡Trágatela toda, que no quede nada! —le animaba J. desde el lado, dándome palmaditas en la cara mientras Toro me pegaba unos riñonazos que hacían que el somier crujiera como si se fuera a romper.
En mi cama, con los dedos todavía hundiéndoseme en el culo, sentía que el calor me subía por el cuello. Ver cómo Toro me trataba con ese desprecio, como si fuera un trozo de carne que acababan de comprar, me ponía a mil. Se veía perfectamente cómo mis manos intentaban agarrarse a algo, a las sábanas, a sus piernas, a cualquier cosa que me recordara que seguía vivo mientras ellos tres se turnaban para dejarme claro quién mandaba allí.
—¡Buah, chaval, mira cómo se lo come! —decía J., enfocando de cerca cómo Toro me estaba dando el final de la fiesta—. ¡Si es que es una yonqui de la leche, bro, mira cómo empuja el culo para que le des más fuerte!
Joel no se quedó atrás y empezó a darme más hostias, saboreando cómo mi cara se movía de un lado a otro. ¡ZAS! ¡ZAS! El sonido era tan real que cerré los ojos en mi habitación, imaginando que los tres chavales todavía estaban encima de mí, dándome esa cera de la buena.
—¡Buah! Me queda bien poco para correrme —dijo Toro, apretando los dientes y agarrándome de las caderas con saña. Se veía cómo se quedaba el rasguño que ahora acariciaba viendo el vídeo.
—Yo ando también apunto—dijo J.—¿Tú cómo vas, bro?—le preguntó a Joel.
—Ando a mil, me corro en cero coma.
Eso me ponía más cachondo, me ponía en la situación viendo cómo me escocia cuando tocaba la herida aún fresca de Toro. Me sentía la perra más afortunada del barrio al ver cómo esos tres adolescentes de gimnasio me había dado su leche. No sabía si lo habían grabado, ni siquiera sabía aún si lo habían hecho, pero notaba como todo lo que me rodeaba salía y olía a lefa. Movía la lengua alrededor de mi boca para buscar algún resto y casi podía sentirlo.
—¡Buah, chaval, qué escabechina! —seguía diciendo J. en el vídeo.
El vídeo dio un salto y la cámara de J. se enfocó directamente en mi cara, captando un primer plano que era la viva imagen de la degeneración. Me habían puesto de rodillas. Tenía los ojos como platos, las pupilas tan dilatadas que casi no se veía el color, totalmente negros y fijos en los rabos de Joel, y Toro que subían y bajaban a centímetros de mi nariz. En la grabación se veía perfectamente cómo el ansia de lefa me tenía temblando; no era solo vicio, era una necesidad física que me hacía estirar el cuello como un animal hambriento, con la lengua fuera y un hilo de saliva escapándoseme por la comisura. Ver mi propia cara de desesperación, esperando el momento en que esos tres gymbros decidieran vaciarse, me dejaba mazo puta.
Me movían de un lado a otro como si no tuviera huesos, manejándome como el juguete más barato de la habitación. Joel me pegaba un toque con el rabo en la mejilla y J. me tiraba del pelo hacia atrás para obligarme a mirar a Toro, que se la pelaba con una fuerza bruta, con las venas del antebrazo a punto de estallar. Era una coreografía de carne y sudor donde yo solo era el recipiente, un trapo que usaban para regodearse de su propia potencia. El sonido en los cascos era una locura: el «plas, plas» rítmico de sus manos contra la carne, sus respiraciones pesadas de gimnasio y mis propios quejidos de perra que solo sabía pedir que la cubrieran de una vez.
En mi cama, viendo aquello, sentía que el oxígeno me faltaba. Ver cómo se les tensaban los abdominales y cómo se coordinaban para que yo no me perdiera ni un segundo del final me hacía sentir la cosa más pequeña y sucia del mundo. La imagen de mis propios ojos inyectados en sangre, perdidísimos, buscando el contacto con la carne de Joel mientras Toro rugía de vicio por encima de mi cabeza, era demasiado. Estaba ahí, de rodillas, con la boca abierta y la mirada de una yonqui de la polla que sabe que está a punto de recibir el castigo que se merece. Empecé de nuevo a pajearme, se me había puesto de nuevo dura, mientras pasaba la lengua por encima de mi labio para sentir el ligero saber a lefa que aún quedaba.
Era una tortura eléctrica ver cómo se recreaban en mi humillación, parando justo antes de llegar para ver cómo yo me desesperaba y buscaba lamer cualquier gota que se escapara. Me tenían totalmente anulado, convertido en una máquina de succionar que solo vivía para ese estallido final. Ver cómo me agarraban de la mandíbula con saña, obligándome a tragarme mi propia saliva mientras ellos se preparaban para el festín, me hacía notar mi propio pulso retumbando en las sienes, deseando que el vídeo no se acabara nunca y que esa lluvia de leche me borrara la poca dignidad que me quedaba.
—¡Toma rabo, puta! ¡Toma rabo! —rugía Toro, partiéndose el pecho al ver cómo yo intentaba atraparlo con la boca y él me lo quitaba en el último segundo para darme otra hostia en los morros—. ¡Mira cómo abre el buzón la muy cerda, si es que no tiene fin!
Joel le seguía el rollo, riéndose también mientras se la pelaba con una mano y con la otra me agarraba de la barbilla para que no bajara la mirada ni un segundo. Se decían de todo, que si era la puta más viciosa que habían pillado en el gimnasio, que si me iba a costar una semana volver a cerrar la boca, y yo en el vídeo solo sabía asentir con los ojos en blanco, totalmente ido. Verlos así, tan relajados y tan cabrones, dándome «toma rabo» tras «toma rabo» como si fuera un castigo que me daban por pura diversión, me hacía notar un vacío en el estómago que solo quería llenar con lo que estaban a punto de soltar.
—¡Dale, Joel, que se le salen los ojos de las órbitas! —soltaba J. entre risas, acercando el plano para que se viera el brillo de la lefa que ya asomaba en las puntas—. ¡Toma rabo, puta, que te vas a beber hasta la última gota!
En mi cama, yo estaba ya fuera de control, con el corazón martilleándome el pecho al ver esa imagen de humillación total. Ver cómo se pasaban el turno de golpearme la cara, riéndose de mi desesperación y de cómo mis manos buscaban desesperadamente agarrar algo de carne, me hacía sentir la perra más útil y más sucia del mundo. Era una locura oírlos disfrutar de mi anulación, tratándome como a un juguete que solo servía para recibir sus rabos y sus risas, mientras yo en la pantalla seguía con esa cara de yonqui, esperando que decidieran que ya me habían humillado bastante y me dieran de una vez lo que tanto estaba pidiendo a gritos.
J. soltó una carcajada y el plano del vídeo se volvió loco por unos segundos. Cuando volvió a enfocar, se veía que tenía en la mano el vaso transparente que siempre tengo en la mesita de noche, ese que todavía tenía un culo de agua de la tarde. Sin decir ni mu, me lo tiró encima de golpe, y en el vídeo se ve cómo el agua me empapa la cara y el pecho, mezclándose con el sudor y la saliva que ya me chorreaba por todos lados. El choque del agua fría me hizo dar un respingo, soltando un gemido ahogado mientras intentaba recuperar el aire, pero a ellos les dio exactamente igual; les sirvió para reírse con más ganas todavía.
—¡Eso es, límpiate un poco, que hueles a pura perra! —soltó J. volviendo a enfocar con el móvil para grabar el destrozo desde arriba—. ¡Cómo brilla ahora la muy guarra!
Toro y Joel aprovecharon que estaba empapado para que sus manos resbalaran mejor por mi piel, agarrándome de los hombros y de la mandíbula con una fuerza que me obligaba a tragarme el agua que me corría por los labios. Me sentía la cosa más patética del mundo, ahí de rodillas, chorreando y tiritando de puro vicio mientras ellos seguían a lo suyo, dándome «toma rabo» tras «toma rabo» con un ritmo que no daba tregua. Ver cómo el agua hacía que mi piel brillara bajo la luz del flexo, resaltando cada marca de sus dedos en mi carne, me hacía sentir que ya no era una persona, sino un fetiche, un cacharro con el que podían experimentar cualquier guarrada que se les pasara por la cabeza.
—¡Toma rabo, anda, bebe un poco de esto también! —rugió Joel, partiéndose de risa al ver cómo yo intentaba lamer las gotas de agua que quedaban en su rabo—. ¡Mira qué desesperada está, que se bebe hasta el agua del vaso con tal de notar algo de carne!
En mi cama, viendo la escena, sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Ver cómo me tiraban el agua como si fuera un perro al que quieren espabilar, y cómo yo respondía abriendo más la boca y buscando sus rabos con más ansia todavía, me dejaba la cabeza frita. La complicidad entre ellos, sus risas de «mira qué le hemos hecho a la puta», y esa forma de usarme para sus juegos mientras se preparaban para el final, era la máxima humillación. Estaba ahí, mojado, humillado y totalmente anulado, siendo el centro de una broma pesada de tres tíos que solo querían ver hasta dónde podía llegar mi degradación antes de que todo saltara por los aires.
—¡Me voy a correr! —soltó Joel de repente, con la voz rota y la respiración tan pesada que parecía un animal herido.
J., con esa calma sádica de quien tiene el control absoluto, le puso una mano en el pecho y le frenó en seco.
—¡Espera, bro! —le soltó J. —. ¡Córrete en el vaso! Hazme caso, tírala ahí dentro.
En la pantalla se ve cómo Joel, bufando de pura rabia contenida, coloca el rabo justo encima del vaso transparente que J. sostenía frente a mi cara. Yo estaba ahí abajo, con los ojos como platos y la cara empapada por el agua que me acababan de tirar, mirando el fondo del cristal como si fuera lo más importante del mundo. Empezó a caer. Fue una estampa brutal: chorros de lefa espesa, blanquísima, cayendo con una fuerza que hacía ruido contra el cristal. Algunos grumos más densos se quedaban pegados en las paredes del vaso antes de resbalar lentamente hasta cubrir todo el fondo.
—¡Buah, chaval, qué barbaridad! —gritó Toro, acercando el móvil para que se viera bien la nata espesa acumulada en el vaso—. ¡Mira qué espesura, bro, parece cemento! ¡Toma rabo, puta, mira lo que te hemos preparado!
Ver ese fondo de vaso llenándose de la leche de Joel, mientras J. lo agitaba un poco frente a mis ojos como si fuera un trofeo, hizo que acelerara mi paja pensando y que sacara mi lengua pensando en lo morboso que era el cabrón de J. teniendo apenas 15 años. Era una imagen de una suciedad absoluta. Joel se quedó jadeando, con el rabo todavía goteando sobre el borde del cristal, mientras J. se reía y me miraba con un vicio que daba miedo. Entonces mi yo del vídeo empezó también a sacar la lengua, como si quisiera beberse el contenido de aquel vaso como un perro que está mazo sediento.
—¡Mira cómo lo mira la muy yonqui! —se mofaba J., haciendo que el líquido espeso bailara en el fondo del vaso—. ¡Está deseando que se lo demos, mira qué cara de hambre tiene!
En mi cama, yo sentía que el aire me quemaba los pulmones. Ver mi propia cara de desesperación en el vídeo, con la mandíbula caída y los ojos clavados en ese fondo de lefa con grumos, me hacía sentir la perra más degradada de la historia. Eran tres tíos de gym celebrando la cosecha como si yo fuera su alcantarilla personal, riéndose de lo mucho que me gustaba ver cómo se acumulaba la prueba de que me habían reventado a base de bien.
—¡Ponme el vaso, hermano! —rugió Toro, apartando a Joel con un empujón cargado de adrenalina y mala leche.
J. no se lo pensó y le puso el cristal justo debajo, pegado a mi cara para que yo no me perdiera ni un segundo del espectáculo. En el vídeo se ve cómo Toro agarra su rabo con una mano enorme, apretando con fuerza, y empieza a soltar mazo lefa que cae a chorros sobre la que ya había dejado Joel. La suya era distinta, mucho más líquida y transparente, menos consistente pero en una cantidad que parecía que no se iba a acabar nunca. El sonido en el vaso era un «ploc, ploc» constante, un eco húmedo que me volvía loco mientras veía cómo el nivel del líquido subía y subía, mezclándose las dos leches en un cóctel de vicio que me revolvía el estómago de puro gusto.
—¡Fua, tío! ¡Fua! —bufaba Toro, mientras los abdominales se le tensionaban a cada chorro hasta que terminaba de vaciarse—. ¡Mira cómo sube eso, joder! ¡Le vamos a llenar el vaso hasta arriba a la guarra!
J. se reía como un loco, agitando el vaso con una mano mientras con la otra me agarraba de los pelos para que viera bien el remate. Se veía perfectamente cómo la lefa más líquida de Toro iba diluyendo los grumos espesos de Joel, creando una mezcla blanquecina y espumosa que llenaba ya casi medio vaso. Ver cómo se felicitaban entre ellos, con Toro todavía jadeando y Joel recuperando el aire a su lado, mientras usaban mi vaso de la mesita de noche para coleccionar su vicio, me hacía sentir la perra más útil y más sucia que esos tíos habían tenido nunca.
En mi cama, viendo aquello, sentía que me iba a estallar la cabeza. En la grabación se me ve con la mirada fija en el vaso, con una cara de ida total, como si estuviera hipnotizado por el líquido que bailaba dentro del cristal. Era una imagen de una humillación absoluta: yo ahí de rodillas, esperando mi turno, mientras ellos se regodeaban de lo mucho que me habían dado y de lo que me tenían preparado para cerrar la faena.
—¡Buah, chaval, qué mezcla! —decía J. acercando el móvil al vaso para que se viera bien el color—. ¡Esto se lo va a beber de un trago la muy cerda, que no quede ni gota! ¡Mira qué cara pone, si es que …!
Interrumpió lo que iba a decir por un «¡Hostia, que voy!» que sonó casi como un rugido de pánico y vicio a la vez. En la pantalla se ve cómo la cámara se agita violentamente porque J. pierde el pulso un segundo; no le da tiempo a reaccionar. Antes de que pueda poner el vaso debajo, el primer viaje le sale disparado con una fuerza brutal.
En la grabación se ve perfectamente cómo el primer chorro de lefa, caliente y espesa, me cruza toda la cara, dándome de lleno en el pómulo y resbalando por mi mejilla empapada hasta la comisura de la boca. Me quedé petrificado, con los ojos entrecerrados por el impacto, mientras J. soltaba una carcajada nerviosa y, ahora sí, encajaba el borde del vaso transparente bajo su rabo para salvar el resto.
—¡Buah, chaval, qué puntería! —se mofaba Joel, señalándome la cara con el dedo mientras se partía de risa—. ¡Mira cómo se le queda el sello de J. en toda la jeta a la muy puta! ¡Le ha dado de pleno!
J. seguía vaciándose dentro del vaso con una urgencia que daba miedo, terminando de llenar el cristal con una leche que caía a borbotones, mezclándose con la de Toro y la de Joel. En el vídeo se veía el vaso ya casi a rebosar, una mezcla turbia, espumosa y llena de vicio de tres tíos distintos, mientras yo seguía ahí, con el rastro de J. chorreándome por la cara y mezclándose con el agua y el sudor.
—¡Toma leche, toma leche! —rugía J., terminando de soltar lo suyo con un último espasmo que hizo que el vaso tintineara contra sus propios dedos—. ¡Mira qué cuadro, bro, si es que parece que la hayamos pintado!
Ver aquello desde mi cama me dejó sin aliento. Ver mi propia cara de «muñeco usado», marcada por ese chorro accidental que me cruzaba la piel mientras ellos celebraban el desastre como si fuera la mejor broma del mundo, me hacía sentir la perra más degradada de la historia. Eran tres animales de barrio, sudados y excitados, rodeándome con un vaso lleno hasta arriba de su propia esencia, riéndose de cómo me habían dejado la cara mientras yo, en la grabación, solo podía lamer lo que me caía por el labio con una desesperación que daba auténtico pavor.
—¡Venga, que ya tiene el postre listo! —dijo Toro, agarrándome de la nuca para que no pudiera apartar la vista del vaso que J. sostenía ahora justo delante de mi boca, rebosante y caliente.
En el vídeo mi cara era el retrato de la perdición absoluta. No tenía ni un gramo de dignidad; tenía la mandíbula caída y sacaba la lengua como un animal sediento, con las comisuras chorreando saliva y esa mezcla de agua y vicio que J. me había soltado en la cara. Ver mis propios ojos en la pantalla, fijos en ese vaso transparente lleno hasta el borde con la leche de los tres, era como ver a un yonqui a punto de pillar su dosis. Estaba totalmente hipnotizado por ese líquido turbio, espumoso y caliente que bailaba a milímetros de mi nariz.
—¡Mira cómo babea la muy guarra! —se mofaba J. detrás de la cámara, enfocando de cerca cómo mi lengua buscaba desesperadamente el borde del cristal—. ¡Si es que está pidiendo que la cebemos, bro, mira qué hambre de rabo tiene!
Fue entonces cuando Toro y Joel, con esa sincronización de brutos que me ponía el corazón a mil, decidieron que ya no me iban a hacer esperar más. Cada uno puso una mano enorme a un lado de mi cabeza, hundiéndome los dedos en el pelo y en las mejillas con una fuerza que me obligaba a mirar el vaso sí o sí.
—¡Venga, abre la boca! —rugió Toro, tirándome de la nuca hacia atrás para que mi garganta quedara expuesta y recta—. ¡Eso es, abre la boca!
—¡Ábrela más, puta! —le seguía Joel, apretándome la mandíbula con el pulgar y el índice para desencajarme casi los labios—. ¡Que te vas a tragar hasta el último grumo, que aquí no se tira nada!
Yo en la grabación solo sabía obedecer, abriendo todo lo que podía, con los ojos llorosos por el esfuerzo y el ansia, esperando a que ese cóctel de tres animales de gimnasio me inundara por completo mientras ellos se reían de lo perra que podía llegar a ser.
—¡Dásela, bro! —soltó Joel con una voz cargada de una urgencia brutal, mientras me apretaba la mandíbula para que no pudiera cerrar la boca ni un milímetro—. ¡Dásela ya, que se está muriendo por probarla!
—¡Dásela, hermano, que no puede más! —le secundaba Toro, soltando una carcajada de esas que retumban mientras me echaba la cabeza más hacia atrás todavía, tensándome el cuello hasta que me empezaron a salir las venas.
J. no se dio prisa. Con esa parsimonia de quien sabe que tiene a su perro totalmente entregado, acercó el vaso transparente, empañado por el calor de la leche de los tres, y me lo puso justo debajo de la nariz. En el vídeo se ve perfectamente esa mezcla de grumos y líquido espeso que casi podía olerse todavía. Me lo hizo pasó por debajo de la nariz y me lo hizo oler, restregando casi el borde del cristal por mis labios manchados, y en ese momento, mi yo de la pantalla puso los ojos en blanco por completo.
Fue una reacción eléctrica, un espasmo de puro vicio al notar ese olor intenso a rabo, a sudor de gimnasio y a lefa fresca que lo inundaba todo. Ver mi propia cara de ida, con las pupilas desapareciendo bajo los párpados mientras aspiraba el aroma de lo que Joel, Toro y J. acababan de soltar, me dejó el cerebro frito. En la grabación se me ve inhalar con una desesperación que daba miedo, como si ese olor fuera el único aire que me quedaba en el mundo, mientras ellos se regodeaban de mi anulación total.
—¡Buah, chaval, mira cómo se pone! —se mofaba J., moviendo el vaso de un lado a otro para que el olor me siguiera—. ¡Si es que es una yonqui, bro! ¡Huele a sus dueños y se vuelve loca la muy puta!
En mi cama, yo sentía que el corazón me iba a estallar. Ver cómo me tenían hipnotizado con ese cóctel de vicio, mientras Toro y Joel me sujetaban como si fuera una pieza de caza, me hacía sentir la perra más sucia y más útil que esos tíos habían tenido nunca. Estaba ahí, entregado al olor de tres gymbros que me habían reventado por todos lados y que ahora estaban a punto de hacerme tragar hasta la última gota lefa.

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