Sexo y violencia con el chico cabrón de 15 años del gimnasio (El juguete de J.) VIII
Tras terminar de escribir el relato ‘El juguete de J.’ me pongo mazo zorra. Todo me apesta a rabo y la garganta me vuelve a saber a lefa espesa y grumosa. Las putas letras ya no me bastan; ahora solo quiero tirar el portátil, salir a la calle en busca de pollas..
Hasta el vaivén del cursor en la pantalla en blanco me ponía cachondo. Estaba tocado. Quería polla.
Tenía la mano metida por dentro del pantalón corto, apretando y moviéndome casi sin darme cuenta, de pura inercia. El texto que acababa de escribir me había dejado el cuerpo en un estado extraño, una mezcla de agotamiento físico y una alerta mental que me ponía los pelos de punta; era una locura sensorial, porque juraría que la habitación había empezado a oler a polla, a sudor concentrado, y la boca me sabía a lefa, con ese rastro amargo y pastoso pegado al paladar como si de verdad acabara de tragar. Releer mis propias palabras, ver impresas frases como «leche de gimnasio», «lefa de chaval cabrón» o «rostro de animal suplicante», me hacía sentir una punzada de vergüenza mezclada con un morbo tan espeso que me costaba respirar mientras mi propia mano seguía dándole cera al cuerpo de forma automática.
Decir que aquella historia que acababa de escribir estaba basada en hechos reales no era del todo real. O, mejor dicho, no había pasado exactamente así, todo de golpe, en una sola sesión de sexo. Era más bien la unión de todas mis experiencias más oscuras, multiplicadas por cuatro o por cinco, concentradas en un solo chute de texto. Joel, Toro y J. no eran tres chavales pollones que me había inventado, eran tres fantasmas reales que se me habían metido en la cabeza mientras daba informa a una fantasía. En mi vida me había cruzado con tíos similares a ellos por separado. Había hecho tríos en los que me había dejado anular, e incluso recordaba perfectamente la tarde en que tres chavales me habían follado a la vez, dejándome el cuerpo marcado por su potencia. Meter todo ese vicio en el mismo vaso literario, en forma de relatos, ordenados palabra por palabra, había tenido el efecto de una droga que me hacía estar más cachondo.
De nuevo, sin darme cuenta, me sorprendí aspirando el aire con fuerza porque todo me seguía oliendo a polla y a popper. Todo tenía ese aroma metálico y denso de rabo caliente que se te incrusta en el cerebro y se materializa en forma de deseo: en ganas de querer más polla.
Aún me estaba relamiendo la boca despacio, pasando la lengua por los labios, con la parsimonia de un enfermo, como si tuviera delante de mí una polla enorme y real flotando en la penumbra del cuarto y yo, de forma instintiva quisiera chuparla. Hubiera dado lo que fuera en ese puto instante por tener una polla metida en la boca y en mi culo, sintiendo el peso y el grosor golpeándome la garganta y en mi culo, mientras me seguía relamiendo y me mordía los labios de puro vicio, destrozado por el deseo. Quería una polla ya. Necesitaba una polla ya. Quería una polla metida hasta el fondo para aplacar la locura que yo mismo había desatado.
No sabía muy bien qué coño hacer. Estaba en una al límite de perder cualquier racionalidad: no sabía si seguir tecleando, si continuar la historia para ver hasta dónde era capaz de arrastrarme a mí mismo con las palabras, o si cerrar el portátil de golpe y saltar a la calle para convertirme en el personaje del micro. Casi tenía que agarrarme a la mesa, encadenarme a la silla, para no ser esa perra sumisa y anulada que acababa de describir en mis relatos. Lo quería tanto, deseaba con tanta fuerza ser ese desecho entre las manos de esos tres animales, que la indecisión me ponía enfermo.
Dejé caer la espalda contra la silla y empecé a tocarme la polla otra vez con una rabia ciega, apretando el puño mientras la otra mano subía por debajo de mi camiseta, palpándome el pecho y los pezones, buscando notar mi propio calor corporal para convencerme de que seguía vivo en esa habitación vacía.
Me estaba tocando el pecho, subiendo los dedos por el relieve de mis pectorales, notando cómo la piel se me ponía de gallina con el roce. Al final, no hacía falta echarle mucha imaginación al texto porque yo mismo soy el vivo retrato del protagonista de mis relatos. Tengo veintitantos, el cuerpo fibrado y la edad perfecta para ofrecer mi cuerpo a cualquier tío que esté dispuesto a hacerme cualquier salvajada. Al pasarme la mano por el vientre notaba las líneas duras de los abdominales, marcados y tensos por la excitación, igual que los pectorales que me subían y bajaban con el jadeo. También tengo buenos brazos, y hombros con las venas un poco hinchadas por la tensión del momento. Sin estar realmente cachas, puedo decir que mis bíceps y tríceps parecen trabajados y son objetivamente atractivos. En este punto, me excita también pensar en esos mismo brazos clavados contra el colchón mientras mee dominan.
Mentiría si dijera que no me considero guapete: soy esa especie de tío que llama la atención sin querer. Esa especie de chaval con morbazo, con un cuerpo que se nota cuidado, pero que podrías imaginarte con los ojos en blanco, totalmente quebrado y suplicando que tres macarras de gimnasio le llenen la boca de leche. Estar sin camiseta me ponía mazo cachondo: repasar mis propias formas bajo la luz tenue del cuarto y saber que tengo el envoltorio perfecto para ser el juguete de lujo de cualquier animal en celo me hacía apretar los dientes.
No soy especialmente chulo ni soy un cretino. Sé perfectamente que no soy el tío más guapo del mundo ni el que tiene el cuerpo más perfecto del gym, pero también sé de sobra lo que tengo entre manos y sé de sobra que si me lo curro un mínimo, y me muevo bien, podría estar mamando rabo en un rato. Sé que tengo ese punto de zorra fibrada. Esa pinta de cabroncete, morboso y guapete, capaz de atraer a uno, a dos o a tres chavales con ganas de domarme.
Igual no salía a la primera con los chavales de mis sueños, con esos tres gymbros perfectos que me había imaginado en mi relato, pero de lo que no tenía ninguna duda era de que podría estar chupando polla, o pollas, en muy poco tiempo. Podría ser, en carne y hueso, la puta de mi propio relato. Todo eso me pasaba por la cabeza en un torbellino mientras me mordía los labios de puro vicio, tragando saliva con dificultad y siguiendo con el magreo en mis pectorales, bajando los dedos muy despacio por el relieve del abdomen, disfrutando de cada milímetro de piel caliente hasta que la mano llegó por fin a mi rabo, que ya estaba como una piedra, latiendo con una fuerza que me exigía salir de esa habitación de una puta vez.
No hacía falta releer mi relato para ponerme cachondo de golpe o para desear tener el mismo vaso que la zorra de la historia en mis propias manos. Sin llegar a ser tan jodidamente morboso como esa puta, la verdad es que en ese momento mataría por tener lefa en mi boca, lefa metida en un vaso, poder pegar la nariz al cristal y olerla hasta marearme. Pensaba en ese vaso, joder. Ese vaso lleno de lefa.
No me hacía ninguna falta volver a releer mi relato ni ponerme a escribir otra línea para recordar perfectamente, con una nitidez que me quemaba por dentro, lo que se siente al tener lefa en la boca. Mi memoria corporal era mucho más rápida que las palabras. Sabía de sobra lo que era notar ese calor repentino inundándote la lengua, ese sabor espeso, salado y denso que te obliga a tragar, mientras te mantienes de rodillas. Recordaba el tacto pastoso pegándose al paladar y esa humillación deliciosa de quedarte quieto, saboreando el rastro de otro tío mientras intentas recuperar el aliento. Toda esa biblioteca de vicio la llevaba grabada a fuego en el cuerpo, y solo pensar en el olor crudo y concentrado de un vaso rebosante hacía que la mano se me moviera sola sobre el rabo, desbocado, deseando que la ficción se me estampara en la cara de una puta vez.
Esa ansia de polla y de lefa era algo que nunca pensé que pudiera poner por escrito, la verdad. Ni siquiera sé si toda esta locura que me está jodiendo la cabeza puede describirse con palabras normales, si el papel es suficiente para aguantar tanto cerdeo y tanto vicio junto. Es de esas cosas que te guardas en lo más hondo porque sabes que al contarlo te mirarán como a un enfermo. Pero si me estás leyendo ahora mismo, si has llegado hasta aquí, supongo que lo entiendes. Sabes perfectamente de lo que hablo. Entiendes ese punto de no retorno en el que el morbo te nubla el juicio, esa necesidad enferma de dejar de mandar sobre tu propio cuerpo y que sean las manos de otros las que decidan por ti. Sabes lo que es desear con rabia algo que se supone que debería darte vergüenza, y aun así, querer más, buscar el límite, desear que te traten como un trapo solo por el placer de sentirte completamente poseído. Si estás al otro lado de la pantalla leyendo estas líneas, sé que notas la misma vibración y el mismo olor a sexo que me está volviendo loco.
No sé ni cómo coño explicar por qué esto me pone tan jodidamente enfermo y tan mazo cachondo, porque si lo piensas en frío, es una guarrada asquerosa que a cualquiera le daría la vuelta al estómago. Perdona si me repito, pero a mí me vuela la cabeza. Y si estás metido en este pozo conmigo, seguro que no hace falta que te cuente lo que se siente justo después de haber recibido la lefa de un chaval de barrio que te mola, de uno de esos brutos que huelen a gimnasio y a calle.
Es esa puta mezcla de asco y adicción. Sentir su calor repentino quemándote el paladar, ese sabor denso, salado y punzante que se te queda pegado en la garganta y que te obliga a hacer fuerza para que baje. Y los grumos, joder. Notar esos grumos espesos y cuajados tropezando contra tus dientes, deslizándose hasta la lengua para moverla despacio para disfrutar de cada gota. Es quedarte ahí, jadeando con la boca pastosa, relamiéndote los labios manchados de un líquido blanquecino que empieza a secarse y a tirarte de la piel, oliendo a rabo puro mientras el otro se sube los calzoncillos. Es una cerdada infame, lo sé, una humillación que te rebaja a nivel de suelo, pero recordar esa saliva espesa mezclada con su sustancia es lo que me tiene ahora mismo con los dedos clavados en el rabo, dándome cera como un puto demente.
Es algo que puedes contar de alguien que no eres tú. Hablar de cualquier tarde de vicio de alguien que chupa pollas en un coche, en una discoteca, en un cuarto oscuro, en una zona de cruising. Pero lo que nunca, ni en mis peores delirios, pensé que iba a hacer era dejarlo aquí por escrito hablando en primera persona, firmando cada una de las cerdadas que se me pasan por la cabeza. Una cosa es imaginarlo, o sentirse una puta, pero otra muy distinta es ver en la pantalla el morbo de cómo te gusta que te dejen la boca, cómo disfrutas tragando esos grumos calientes de un chaval que te trata como a un trapo, es como mirarse en un espejo roto.
Imagina que eres ese tío guapo, ese chaval con el cuerpo cuidado y atlético al que miran los chavales con deseo. Con ganas darle polla, de reventarle el culo. Imagina que estás pegando la cara a sus cuerpos sudados, tocando y lamiendo sus abdominales duros, recorriendo sus pectorales con la lengua y hundiéndote entre sus culos mientras se los estrujas con desesperación con las dos manos, llorando de puro vicio mientras pides polla y gritas que quieres más, que no te dejen libre.
Imagina que inhalas todo el popper del mundo de golpe o que te metes toda la droga química y asfixiante de cualquier chill extremo. Imagina que te conviertes en esa puta perfecta en mitad de la habitación, mamando varias pollas a la vez, una detrás de otra, quedándote sin aire mientras pones los ojos completamente en blanco, babeando saliva espesa por las comisuras y sacas la lengua al máximo para lamer los restos, y pedir más polla.
Imagina que estás bañándote en litros de lefa, cubierto de arriba abajo por ese líquido blanco, denso y caliente que te empapa la cara, el pelo y el pecho, pegándosele a tu piel como la marca indeleble de tus dueños. Lefa, sudor de gimnasio y sumisión animal.

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