Sexo y violencia con el chico cabrón de 15 años del gimnasio. IV
J. y sus colegas cabrones del gym se pelean por dar polla a la puta, sometida y gozando por los rabos de los tres chavales de barrio.
Me quedé ahí tirado en la cama, a oscuras, con el pecho subiendo y bajando a mil y la lefa pegajosa enfriándoseme en la tripa. Me sentía fatal, súper vulnerable, pero a la vez me puso mazo de perra verme así, hecho un trapo. Ver ese vídeo era como meterse de cabeza en el vicio más guarro, y aunque me daba un poco de cosa verme tan perdido, la polla se me ponía otra vez como una piedra de puro gusto. Tenía la piel de gallina, como si estuviera sintiendo sus manos otra vez.
En la pantalla, J. movió el móvil con un pulso de estar súper caliente, enfocando de lleno la cara de Joel. ¡Buah! Joel estaba fuera de sí, con una cara de vicioso que no podía con ella. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en mi boca, disfrutando de cómo me tenía totalmente dominado.
—¡Joder! —soltaba Joel con una voz ronca que me hacía vibrar hasta el culo por los cascos. Ponía unas caras de animal, apretando los labios y bufando mientras me metía ese rabo tan ancho que casi me desencaja la cara—. ¡Joder, qué puta eres, cómo la tragas!
La cámara bajó un poco y me vi a mí mismo: ¡qué espectáculo! Estaba desesperado, pero desesperado de verdad. Se me oía jadear como un perro, soltando unos ruiditos de asfixia que me ponían el vello de punta. Pero lo más fuerte era que, mientras Joel me taladraba la boca, yo no paraba de mover los ojos de un lado a otro, buscando como un loco las pollas de Toro y de J. Estaba ahí enganchado al rabo de Joel, pero mi mirada estaba perdida, mendigando que los otros me la metieran también, con la lengua fuera intentando pillar cualquier gota de sudor o de vicio que hubiera por ahí.
J. giró un poco el móvil para sacar a Toro, que estaba ahí al lado partiéndose el pecho. Al verse en la pantalla, Toro soltó una carcajada de esas de chulo total.
—¡Mírala, Joel, si es que es una yonqui de la polla! ¡Mira cómo nos busca la mirada la muy guarra! —se reía Toro, viendo cómo mis ojos iban de un huevo a otro mientras Joel no paraba de darme. Entonces, Toro miró a cámara y sacó la lengua con un gesto súper obsceno, como burlándose de lo perra que soy, y yo en mi cama apreté las sábanas sintiéndome la cosa más pequeña y más cerda del mundo.
Me sentía una perra total, viendo cómo mi cara en el vídeo era solo un agujero para ellos. La voz de Joel repitiendo «joder» sin parar y la risa de Toro se me metían en el cerebro, y aunque me acababa de correr, sentía que necesitaba que me hicieran eso mismo otra vez, ahí mismo.
—Dale más, Joel, que no respire la puta —dijo J. desde el móvil, y el vídeo se volvió una locura de carne, sudor y ruidos de succión que me dejaron la cabeza frita.
Me quedé embobado viendo cómo J. movía el móvil, buscando el mejor ángulo para que se viera bien el destrozo que me estaban haciendo. De repente, la mano de Toro apareció en pantalla, agarrándome la cara con una fuerza que me hundía los dedos en las mejillas, obligándome a no perder ni un segundo del rabo de Joel. Con la otra mano, Toro sacó un bote de popper del bolsillo.
El sonido del «click» al abrir el bote sonó nítido en mis cascos, y en el vídeo vi cómo me lo pegaba a la nariz sin ninguna piedad.
— ¡Venga, perra, hasta el fondo! —me ordenó Toro con esa voz de mando que me volvía loco.
En la grabación me vi pegando un tironazo de aire, aspirando ese veneno con una ansiedad que me daba hasta asco de ver. Casi al instante, mi cara en el vídeo cambió por completo: se me pusieron los mofletes rojos, las venas del cuello se me hincharon como cables y los ojos se me abrieron de par en par, totalmente idos, nadando en vicio puro. El efecto del popper me dejó la boca totalmente de trapo, y Joel, al notar que me relajaba por dentro, aprovechó para embestir con más mala leche todavía.
—¡Joder, mira cómo se pone! —gritó Joel, viendo cómo mis pupilas se dilataban hasta borrarse—. ¡Se le ha puesto la cara de puta total!
J. acercó el móvil a mi cara para que se viera el sudor chorreándome por la frente y cómo se me caía la baba mientras intentaba tragarme el rabo de Joel, que ahora parecía el doble de grande. Toro se partía de risa al lado, dándome otro toque de popper y viendo cómo yo ya no sabía ni quién era.
—¡Mira cómo lo pide la muy guarra! ¡Está ardiendo! —decía Toro, dándome unos golpecitos en la cara mientras yo jadeaba como si me fuera la vida en ello, buscando con la mirada perdida cualquier rastro de sus pollas.
Yo, en mi cama, sentía que el corazón me iba a salir por la boca. Ver esa imagen de mí mismo totalmente drogado, con la boca abierta de par en par y esos tres tíos haciendo lo que querían conmigo, me puso a mil. Estaba sensible de más, sintiendo cada jadeo del audio como si me estuvieran echando el aliento en el cuello de verdad. Me sentía una perra absoluta, totalmente entregada a lo que ellos quisieran grabarme.
En el siguiente vídeo, la cámara pega un salto y cambia de manos. Se oye el barullo de ellos moviéndose y J. le pasa el móvil a Toro. J. se coloca justo frente a mi cara, con una sonrisa de chulo que no le cabe en el pecho, y mira a la cámara como si estuviera presentando un trofeo.
—Toro, graba bien esto, hermano —suelta J. con ese tono de chaval de barrio, vacilando a saco—. Que la gente vea cómo le gusta a esta perra que la traten. Mirad, mirad cómo se pone cuando le damos lo suyo.
J. no pierde ni un segundo. Se saca su rabo, que es igual de potente que el de Joel, y me lo estampa contra los labios sin preguntar. En el vídeo me veo a mí mismo, con los ojos todavía inyectados en sangre por el popper, abriendo la boca como un animal que lleva días sin comer. J. empieza a follarme la boca con una rabia contenida, metiendo riñón, haciendo que mi cabeza rebote contra la pared con un sonido seco, un «¡cloc, cloc!» que me hace estremecer en la cama.
—¿Veis esto? —dice J. jadeando, girándose un momento hacia el móvil mientras no para de embestirme la garganta—. ¡Mirad cómo se la traga la muy guarra! ¡Pero si es que le encanta que le den cera!
Y de repente, sin avisar, J. saca la mano y empieza a darme tortazos. Son hostias de verdad, de esas que suenan a carne viva impactando contra mi mejilla. En el vídeo se ve cómo mi cara se gira con cada golpe, pero en lugar de apartarme, busco desesperadamente su rabo otra vez, gimiendo entre las arcadas y los golpes.
—¡Toma! ¡Para que aprendas! —suelta J. entre dientes, dándome otra hostia que me deja la marca de los dedos en la cara en alta definición—. ¡Mira qué roja se pone la puta! ¡Le pone mazo que le pegue!
Yo, en la oscuridad de mi cuarto, me he llevado la mano a la cara casi sin darme cuenta. Noto el calor en la mejilla, me toco el pómulo y todavía me escuece un poco, me duele de verdad de aquella noche… pero joder, sentir ese dolor mientras veo cómo me dominaban me pone mazo de perra. Me palpita todo el cuerpo. Es una locura ver cómo me pegaban esas hostias y cómo yo, en lugar de llorar, lo que hacía era chupar con más ganas todavía, totalmente anulado por ellos.
—¡Eso es, J., enséñale quién manda! —se ríe Toro desde detrás de la cámara, enfocando de cerca cómo mi cara se va poniendo cada vez más roja por los tortazos mientras J. me sigue taladrando la boca sin piedad.
El final del vídeo es una auténtica locura, un caos de imágenes movidas y sombras que van a mil por hora. La cámara en manos de Toro no para de agitarse, desenfocando y enfocando ráfagas de piel sudada, manos rudas y los tres rabos buscándome la boca a la vez. Ya no hay turnos, ni piedad, ni nada que se le parezca; es una pelea de animales por ver quién me revienta antes.
—¡Quita, cabrón, que ahora me toca a mí! —ruge Joel, empujando a J. para meterse él.
Se oye el jaleo de sus cuerpos chocando, los insultos de barrio volando por encima de mi cabeza y el sonido constante de las hostias. ¡ZAS! ¡ZAS! Me llueven tortazos por los dos lados mientras me sujetan la cara con tal fuerza que se ve cómo sus dedos se clavan en mi piel, deformándome los labios para que quepa todo ese vicio.
—¡Que abra bien! ¡Sujétale el pelo, Toro! —grita J., totalmente fuera de sí.
En el vídeo soy poco más que un trapo que va de mano en mano. Se ven ráfagas de mi cara, totalmente roja por los golpes y empapada en saliva, con los ojos perdidos en algún lugar del techo mientras ellos se disputan el hueco. Es un festín de carne y violencia: el «chof, chof» de la succión se mezcla con el sonido seco de sus pelvis chocando contra mis pómulos y los gruñidos de Joel y J. peleándose por ver quién me la mete más profundo.
—¡Mirad cómo se pone la muy perra! ¡Si es que no sabe a quién chupar primero! —se mofa Toro, moviendo la cámara tan cerca que se ve hasta el vello de sus cuerpos y las gotas de sudor saltando con cada embestida.
Yo, desde mi cama, estoy flipando. Tengo la respiración tan cortada que casi me mareo. Ver ese final tan salvaje, ver cómo se pegaban por usarme como si fuera un juguete de usar y tirar, me deja la cabeza frita. Me vuelvo a tocar la mejilla, sintiendo el latido del dolor que todavía queda ahí, y me entran unos escalofríos que me recorren toda la espalda. Me siento la cosa más guarra del mundo, una perra total que se deja hacer de todo, y lo peor —o lo mejor— es que viéndolo ahora, solo puedo pensar en lo mucho que me gustaría volver a ese momento y que no se acabara nunca.
El vídeo termina así, en un fundido a negro con el sonido de fondo de sus risas de chulos, mis quejidos ahogados y el eco de la última hostia resonando en mis oídos.
Con el corazón que parecía que se me salía del pecho y la piel ardiendo, busqué con los dedos torpes el siguiente archivo. Me puse mazo de perra nada más darle al play; el vicio que desprendía esa miniatura ya me tenía la cabeza frita.
En este vídeo, J. es el que lleva el móvil de nuevo. Se nota que está disfrutando grabando cada detalle, moviendo la cámara con una chulería que tira para atrás. En el centro de la imagen está Toro, y joder, qué espectáculo. Yo estoy tirado en la cama, boca arriba, con la cabeza colgando justo por el borde, dejando la garganta totalmente expuesta, estirada al máximo.
Toro está de pie, con las piernas abiertas, dándome de lleno. Lo que me puso a mil es que Toro, mientras me folla la boca con ese ritmo pausado pero bruto, se pone a posar. No está apretando los músculos a muerte, pero con esa pose de chulo, con los hombros anchos y los brazos en jarras, se le marcan los cuádriceps y los abdominales cada vez que empuja. Se nota perfectamente cómo su rabo entra y sale, desapareciendo en mi boca y volviendo a salir brillante de saliva, mientras él mira a cámara con una suficiencia que me hace sentir un trapo.
—Mira qué planta tiene el Toro, chaval —suelta J. desde detrás del móvil, enfocando de cerca el movimiento de la cadera de Toro—. Y mira la putahí colgada.
Al lado de Toro, Joel no se queda corto. Está inclinado sobre mí, participando en el festín. Joel también me folla la boca con ese rabo suyo tan ancho, y mientras lo hace, mira fijamente a la cámara del móvil. Pone unas caras de vicioso que me dan la vida: saca la lengua, moviéndola con un gesto guarrísimo, como saboreando el ambiente, y luego me vuelve a embestir con una fuerza que hace que mi cabeza, que ya está colgando, se mueva como la de una muñeca de trapo.
—Joder, está mazo de caliente —dice Joel con la voz rota, haciendo un gesto con los labios como si estuviera dándome un beso de asco mientras me taladra—. Mira cómo abre los ojos cuando le doy con lo gordo.
En el vídeo, mi cara es un cuadro: con los ojos en blanco, la barbilla chorreando y la garganta forzada por la postura en el borde de la cama. Ver a esos dos chavales tan macizos, posando, enseñando músculo y vacilando a cámara mientras me usan de esa forma tan degradante, me hace sentir una perra total. En mi habitación, a oscuras, me muerdo el labio tan fuerte que casi me hago sangre, flipando con la suerte que tuve de que esas tres bestias decidieran grabarme así.
En el vídeo se me ve ya totalmente ido, con la mirada perdida y los movimientos lentos, como si tuviera el cerebro frito de tanto vicio, de la droga que me han dado y del Popper, pero es verdad que estoy mazo de perra y no paro de buscar el contacto con ellos.
En un momento de la grabación, se ve cómo mis manos, que tiemblan un poco, suben por las piernas de Toro. Empiezo a tocarle los muslos, notando esa carne dura y maciza bajo mis dedos; él no se quita, al revés, se nota que le pone cachondo que le toque mientras me da lo suyo. Se le ve posar con más chulería todavía, marcando el músculo cuando nota mis manos ahí. Incluso en un par de veces, estiro los brazos y le agarro de las nalgas, apretando con fuerza para pegarlo más a mi cara, como pidiéndole que me folle la boca con más mala leche, que no me deje ni un segundo para respirar.
—¡Cómo se agarra la puta! —suelta Toro en el audio, con una risa de dominio total—. ¡Quiere que la revientes!—dice J.
Entonces, Toro se cansa de mis manos libres y, con un movimiento seco de esos que me ponen los pelos de punta, me agarra las muñecas y me las sujeta contra el borde de la cama, justo al lado de mi cabeza colgando. Me deja ahí totalmente inmovilizado, a su merced, mientras sigue embistiendo con ese ritmo bruto.
Al ver que Toro me tiene así de trincado, Joel parece que estalla de excitación. La cámara de J. enfoca de cerca y es increíble: el rabo de Joel, que ya parecía que no podía ser más grande, se pone todavía más tenso y parece que se hace más grande y más ancho por segundos. Se le marcan las venas a muerte y el brillo de la saliva lo hace parecer una bestia de carne a punto de explotar.
—¡Hola, Joel!—dice en modo coña J.—vas a partir a la perra por la mitad con eso! —flipando con el tamaño que está pillando el rabo de Joel mientras se prepara para volver a hundírmelo en la garganta.
Yo, en mi cuarto, viendo cómo mis manos están ahí atrapadas y cómo Joel se pone así de animal al ver mi humillación, siento que me falta el aire de verdad. Me veo tan perra en ese vídeo, pidiendo más castigo mientras ellos se ponen cada vez más brutos, que se me nubla la vista de puro gusto. No puedo dejar de mirar ese primer plano del rabo de Joel creciendo mientras me tiene a su disposición.
En la pantalla, la escena se vuelve una puta locura, una coreografía de carne y sudor que me deja la cabeza dando vueltas. En cuanto Toro me suelta las manos por un segundo, mis dedos se van directos al culo de Joel, agarrándole esas cachas duras y macizas con una desesperación que se nota hasta en el audio. Le tiro con fuerza del culo, pegándolo a mi cara, pidiéndole con ese gesto que me folle la boca sin piedad, que me reviente de una vez.
—¡Mira cómo tira del culo de Joel la muy cerda! —suelta J. desde detrás del móvil, soltando una carcajada de barrio mientras el ritmo empieza a subir.
De repente, Joel y Toro se acompasan. Es increíble verlo desde fuera: los dos cuerpos anchos y potentes moviéndose a la vez, aumentando la velocidad con una precisión de animales hambrientos. «¡Chof, chof, chof!» suena el impacto de sus pelvis contra mi cara rítmicamente. Yo ya no sé ni dónde poner las manos; estoy tan perdido en el vicio que mis dedos tantean el aire, buscando algo más que agarrar. Se ve cómo intento pillar la polla de J., que sigue grabando de cerca, pero en el lío acabo sobando el torso sudado de Toro, notando sus abdominales tensos mientras me taladra.
Vuelvo al culo de Joel, apretando los dedos en su carne, mientras mi cabeza rebota contra el borde de la cama por el ritmo inhumano que llevan. Es una coreografía de pura degradación.
Es entonces cuando J. dice: —¡Hacedle sitio al jefe!
En el vídeo se ve cómo J. le pasa el móvil a Toro, que ahora graba desde un ángulo lateral mientras sigue dándome con una mano puesta en mi frente para que no me mueva. J. se planta justo delante de Toro, pegándose a él, y se suma a la fiesta. Ahora tengo los tres rabos ahí, peleándose por entrar en mi boca, con J. empujando con una saña que me hace poner los ojos en blanco al instante.
—¡Toma! ¡Cómetelas todas, puta! —ruge J., y la imagen se vuelve un borrón de tres tíos macizos turnándose y chocando entre ellos para ver quién me llena más el gaznate.
Yo, en mi cama, me quedo sin respiración viendo esa maraña de cuerpos. Ver cómo J. se mete ahí en medio para terminar de anularme, mientras yo sigo agarrado al culo de Joel como si me fuera la vida en ello, me pone más perra que nunca. Siento el calor del vídeo en mi propia cara y se me escapa un gemido en el silencio de mi habitación, totalmente frito por la imagen de ese trío de bestias dándome lo suyo a la vez.
En el vídeo, la perspectiva cambia y se vuelve mil veces más guarra. J. se pone de pie sobre la cama, justo encima de mí, y empieza a grabar desde arriba. Ver esa imagen desde sus ojos me pone mazo de perra; se ve mi cabeza colgando del borde, totalmente indefensa, mientras J. se inclina y me folla la boca con una rabia que flipas.
Mientras J. me da desde arriba, Joel aparece por el lado y empieza a pasarme su rabo por toda la cara. Joder, es que es impresionante de grande; como es tan ancho, en el vídeo se ve cómo me tapa casi toda la cara cada vez que me lo restriega por las mejillas y los labios. Solo se me ven los ojos, que están ya totalmente idos, mientras siento a Toro detrás, que no para de darme embestidas secas y brutas, haciendo que mi cuerpo vibre entero en la grabación.
—¡Mira qué puta! ¡Si es que no se le ve ni la cara con el bicho de Joel! —suelta J. desde arriba, con la voz entrecortada por el esfuerzo mientras sigue grabando cómo me taladra.
De repente, la cosa se calienta todavía más. J. y Joel empiezan a pelearse por meter la polla en mi boca a la vez. Es una lucha de fuerza bruta: se empujan, se cruzan, mientras Toro, aprovechando el jaleo, acelera a muerte y empieza a follarme con una velocidad que me deja sin aire. Se oye el «chack, chack, chack» rítmico de Toro chocando contra mi cara, mezclado con los insultos de J. y Joel que intentan hacerse hueco en mi garganta.
—¡Aparta, que va la mía! —gruñe Joel, metiendo riñón con ese rabo suyo que parece que me va a partir.
El vídeo termina con un plano cenital que me hace babear de puro gusto en mi cama. Se me ve a mí, con los ojos totalmente en blanco, perdidísimo en el vicio, mientras tengo los rabos de Joel y de J. metidos en la boca a la vez, reventándome las comisuras. La imagen desde arriba es de una degradación total: mi cara desaparecida bajo tanta carne, los tres chavales dominándome y el sonido de mi propia asfixia consentida llenando los auriculares. Me quedo mirando ese último frame, temblando, sintiéndome la perra más sucia del barrio.
Me quedé ahí, con la mirada clavada en la pantalla en negro cuando el vídeo se cortó, y te juro que sentí un escalofrío que me dejó el cuerpo temblando. En el silencio de mi habitación, con los auriculares todavía puestos, me dio la sensación de que el aire se espesaba. Fue una locura, pero por un momento, casi pude oler el rastro de ellos, ese olor fuerte a sudor, a popper y a carne caliente que inundaba la habitación aquella noche. Era como si el olor de los rabos de Joel, J. y Toro hubiera traspasado la pantalla y estuviera flotando sobre mi cama.
Cerré los ojos un segundo y, al tragar saliva, se me revolvió todo. Joder, es que todavía noto el sabor a polla en la boca. Es un sabor salado, denso, que se me ha quedado pegado en la garganta y que no se va por mucho que pasen las horas. Noto la lengua pastosa, con ese rastro metálico y amargo de Joel y el sabor bruto de J., como si me acabaran de dar el último viaje hace un minuto.
Me pasé la mano por los labios, todavía sintiéndolos hinchados por los golpes y por haber tenido que abrir tanto para que cupieran los dos a la vez. Al lamerme los dedos, volví a saborear ese vicio, esa mezcla de fluidos que me recordaba lo que soy: una perra que no tiene suficiente. Me quedé ahí tirado, saboreándolos en la oscuridad, con el eco de sus insultos y el sabor de sus pollas marcándome por dentro mientras el corazón me seguía martilleando en las sienes.


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