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El reloj avanzaba, el peligro crecía y el cabrón no paraba. Lo que comenzó como una mañana cualquiera terminó convirtiéndose en una de las experiencias más intensas, desesperantes y excitantes de mi vida. Y lo peor es que me encantó..
Mi nombre es Pamela, y les voy a contar el día en que Miguel, mi novio, me tomó por sorpresa e hizo lo que quiso conmigo… y mi hija casi nos descubre.
Pero antes, un poco de contexto.
Tengo 33 años y vivo con Miguel desde hace unos tres meses. Tengo una hija de 7 años, y aunque él no es su padre, la trata muy bien.
Miguel y yo somos de la misma edad. Lo conocí hace casi un año y medio, y desde el principio me gustó la forma en que me trataba. Todo se dio de manera tan natural y bonita que terminamos aquí, viviendo juntos.
Seguimos arreglando la casa, aún le faltan un par de cosas: puertas, clósets, el portón de la calle. El único lugar que tiene puerta es el baño (es solo provisional) y la entrada principal.
Aunque nuestra casa aún está incompleta, está quedando bonita.
Miguel lleva tiempo en el gimnasio, y se le nota; tiene un cuerpo muy bien trabajado (y eso me gusta). Pero más allá de eso, siempre ha sido increíble conmigo: amoroso, divertido, entregado… todo lo que siempre quise en alguien.
En todo este tiempo con él he descubierto que tiene tres «modos» cuando tenemos sexo.
El «modo romántico»: es el novio más dulce del mundo, me hace el amor como si fuera de cristal, como si me adorara, lento y rico; me besa cada centímetro, me dice cosas que me derriten.
Es súper empalagoso.
El «modo calenturiento»: me manosea, me coge duro, como si quisiera partirme en dos. Me jala el pelo, me da nalgadas que retumban, me dice cosas sucias y me deja temblando de lo rico que me coge.
Y el tercer modo… el «modo cabrón»: en ese modo no le importa nada, solo me usa y hace lo que quiere conmigo, como si fuera solo un objeto de carne para su placer, puede llegar a decir muchas groserías, insultos y cosas muy crudas.
No pregunta.
No avisa.
Solo ordena.
Y me gustan los 3 modos, me prenden igual de cañón, aunque de diferente manera; pero cuando se pone en «modo cabrón» me da un poquito de miedo… me eriza la piel, y yo, de pendeja, sigo ahí, esperando, queriendo ver que es lo que me va a hacer.
En cuanto a mí… soy chaparrita, mido 1.64 m. No voy a decir que tengo un cuerpazo espectacular, porque no es así, pero tampoco estoy mal. Tengo lo mío, mucha gente me dice que soy bonita, y siendo sincera, lo mejorcito está de la cintura para arriba.
Sí, tengo senos grandes, pero en verdad grandes y eso le encanta a Miguel, es un calenturiento sin remedio y a mí me encanta que él me mire con deseo.
Ya con eso claro, les voy a contar lo que pasó ese día.
El día empezó como cualquier otro.
Nos levantamos temprano, le di su desayuno a mi hija y mientras yo la arreglaba, Miguel preparaba sus cosas, llevaría a mi hija a la escuela y de ahí se iría al gimnasio.
Una vez que se fueron, me acosté de nuevo, quería dormir un poco más; la casa estaba tranquila y el calor ya empezaba a sentirse desde muy temprano.
Cuando por fin me levanté, me recogí el cabello, me puse unos shorts y una playerita de tirantitos, ligera, de esas que solo uso cuando estoy sola porque no cubre mucho o cuando estoy sola con Miguel. Como lo dije antes, mis senos son grandes, demasiado a veces, y esa prenda apenas puede con ellos. Pero hacía tanto calor que era lo único que se sentía cómodo y fresco en ese momento.
Desayuné y me puse a recoger la casa: ordenar, lavar, barrer… (sí, yo soy una chica de casa).
Todavía tenía que preparar la comida, y mi hija llegaría a las 12:30 pm.
El transporte escolar siempre ha sido muy puntual.
Estaba tendiendo la cama cuando sonó mi celular.
Tomé el teléfono y miré la hora: 11:55 am.
Mientras contestaba un mensaje, escuché la puerta.
Miguel había regresado.
De pronto hubo un silencio, sentí su mirada pesada desde atrás.
Nunca lo escuché subir las escaleras.
No me dio tiempo ni de voltear cuando ya me tenía atrapada, totalmente rodeada con sus brazos: llegó directo, con toda la energía que trae del gimnasio todavía en la piel (o eso es lo que había creído).
Su abrazo fue firme, decidido, y sus manos empezaron a recorrerme despacio, como si hubieran olvidado cada parte de mí después de un par de horas fuera.
Me sobresalté; no esperaba que llegaría así.
Intenté detenerlo, decirle que la niña ya no tardaba, que debía calmarse, pero él estaba en «modo calenturiento», con ese impulso que lo vuelve impaciente.
Y ahí, sin previo aviso, la rutina de la mañana se rompió.
Me sujetó fuerte por la cintura y, antes de que pudiera hacer algo, comenzó a recorrerme toda, a acariciar mis senos, presionando y soltando.
No era brusco, pero sí decidido.
Sus labios se posaron en mi cuello y empezó a besarme mientras me los amasaba.
Y si hay algo que me calienta, es justo eso: besos en el cuello y que me acaricien los senos.
Y él lo sabía a la perfección.
Su forma de tocarme me hizo temblar sin darme cuenta.
Sus manos empezaron a subir y bajar con urgencia, como si no pudiera decidir dónde tocarme primero. Una mano la posó sobre uno de mis senos y la otra tocando mi vulva, pero siempre regresaban a mi pecho. Metió ambas manos debajo de mi prenda. Presionó más, comenzó a jugar con ellos, los apretó, los pesó, jugó con mis pezones.
Sentía sus manos calientes recorriéndome sin parar, sus dedos apretando, soltando… y su aliento quemándome el cuello mientras mi corazón ya me latía hasta en los oídos.
Entre el vértigo y la adrenalina todo se me vino como una ola.
Quise apartar sus manos, pedir un respiro, pero él no cedió; al contrario, me jaló más hacia él, pegándome a su cuerpo mientras seguía besándome y manoseándome, su miembro crecía a cada segundo.
Quería detenerlo… en serio quería.
Pero mi cuerpo no estaba ayudando en nada.
Cada vez que intentaba apartarlo, él me volvía a pegar más contra él… y yo ya no sabía si estaba tratando de frenarlo o de aguantar un poco más.
Me giró de frente hacia él con un movimiento firme, casi desesperado, «Amor…» solo pude decir eso antes de que volviera a besarme, directo en los labios, con esa urgencia que ya le conocía. Sus manos retomaron su ritmo sin dudar, recorriéndome con desesperación.
Intenté detenerlo otra vez. Incliné la cabeza hacia atrás, lo miré y le supliqué que se calmara porque la niña ya no tardaría en llegar. Pero mis palabras parecían encenderlo más. En lugar de detenerse, deslizó sus labios nuevamente a mi cuello, como si esa fuera su respuesta.
Cada vez que intentaba frenarlo… él se ponía peor.
Era como si mi resistencia lo hiciera perder aún más el control.
Se detuvo un instante.
Solo uno.
Me miró directo a los ojos.
Los tenía llenos de deseo, respiraba rápido, el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr.
«Me encantas con esa playerita, mami», murmuró, con una mezcla de deseo y urgencia que me atravesó entera.
Claro… no venía así por el gimnasio.
No alcancé a decir nada.
Volvió a besarme, más profundo, más desesperado, y esta vez bajó hacia mi pecho sin dudar.
Me levantó la playera, tomó mis senos y empezó a lamerlos, a chuparlos, a saborearlos, su lengua devorando mis pezones provocó que me tensara, lo sujeté de los hombros, le pedí que se detuviera… pero él simplemente no escuchó.
Hundió el rostro y apretó mis senos alrededor de su cara, la restregó totalmente.
Sentí su respiración quemarme la piel… y tuve que morderme para no gemir.
Y de pronto, con un movimiento decidido, me empujó hacia abajo con firmeza.
Mis rodillas tocaron la alfombra.
Mi boca seca.
La adrenalina corriendo por mis venas.
Y el pulso acelerado en mis oídos.
Todo se mezcló de golpe.
Y ahí, justo en ese instante, comenzó el incendio.


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