Usada. 2/3
Y ahí, justo en ese instante, comenzó el incendio..
Él no perdió tiempo, me echó un poco hacia atrás y quedé atrapada entre él, la cama y el buró.
Me arrancó mi playerita de un jalón y la arrojó sobre la cama.
Lo miré desde abajo.
Justo en ese momento el tiempo pareció congelarse, sus ojos brillaban con fuego.
Me acarició el rostro, «Eres hermosa» me dijo y sonrió con malicia.
Sus palabras no tenían ese tono dulce.
No, se sentía más bien como una advertencia.
Y lo entendí.
No estaba en «modo calenturiento».
Estaba en «¡modo cabrón!».
Puso sus manos al borde de su short y lo dejó caer hasta sus tobillos.
Su erección salió de golpe, rebotando, húmeda y la acercó a mi rostro.
Le pedí que ya se detuviera, no teníamos mucho tiempo.
«¡Dale un beso!» me ordenó.
Yo intenté resistirme, apreté mis labios y negué ligeramente con la cabeza.
Quería suplicarle, pero él, al ver que yo no hacía lo que ordenó, se acercó un poco más y su miembro totalmente duro, quedó solo a milímetros de mis labios…
Lo vi más cerca, su glánde brillando, empapado y su calor me golpeó en la cara.
Volví a levantar la mirada y él me señaló solo con sus ojos lo que quería.
Y lo hice… lo besé, solo la cabeza, sentí su humedad en mis labios y volví a mirarlo.
Se lamió los labios y sonrió.
«¡Otra vez!» me ordenó…
«Ya mi amor, por favor, la niña va a llegar…» le rogué, pero él me volvió a señalar con su mirada. Y yo, a regañadientes, lo hice.
Volvió a sonreír, satisfecho.
Dio un paso atrás, me señaló y me dio otra orden: «¡No te muevas de ahí!».
Estaba toda nerviosa, temerosa y excitada.
Lo vi caminar hacia el tocador y abrió uno de los cajones, yo aproveché para tomar el teléfono y ver la hora: 12:09 pm.
Regresó, se paró frente a mí de nuevo…. Tenía la botella de aceite.
La acercó, justo sobre mis tetas…
«Papi…» fue lo único que me dejó decir antes de que empezara a dejar caer un chorro largo justo en medio de ellas.
Mientras hacia eso, de nuevo intenté detenerlo, le rogué, le supliqué, intenté negociar con él.
Le dije que terminaríamos más tarde, que mandaríamos a mi hija con alguna de sus amiguitas y que así podría hacerme lo que quisiera y como quisiera, pero que se detuviera ya.
En serio le prometí de todo…
No dijo nada, solo me miró mientras seguía derramando el aceite.
Una vez que derramó todo el aceite que quiso, me hizo embarrarlo frotando mis senos entre sí.
Flexionó un poco las rodillas.
Puso su miembro frente a mis tetas; las tomó, me dio pequeños golpecitos, primero una, luego la otra, como probando lo blanditas que estaban, después vi como su punta jugó con mis pezones que en ese momento ya los tenía totalmente duros.
Se detuvo y me miró.
El ambiente se sintió pesado…
“Se ven deliciosas…” dijo perverso.
Se sentó sobre la cama, abrió las piernas y me jaló hacia él.
Me puso justo en el espacio entre sus muslos.
Mis tetas quedaron exactamente a la altura de su erección.
Las tomó con ambas manos y envolvió toda su verga con ellas, «¡Aquí te quiero!» me dijo con un tono perverso.
Las juntó, las separó y las volvió a juntar, una y otra vez y cuántas veces quiso, era como si aplaudiera con ellas; cada choque entre ellas hacía ese sonido, ese «clap-clap-clap» suave, húmedo y aceitoso, como de un aplauso obsceno y cada aplauso era recibido por su miembro.
Yo me quedé atónita, no podía creer que estuviera jugando con mis tetas, ¡CONMIGO! de ese modo tan obsceno.
Ese sonido… húmedo, sucio… resonaba en mis oídos.
Y eso… me estaba excitando más de lo que quería admitir.
Él nunca había hecho eso y verlo así, tan fascinado, como si mis tetas fueran su juguete favorito, ver como las usaba solo para su placer sin importarle nada más… me gustaba.
Me gustaba sentir el rebote de mi carne, sentir su verga hinchada.
Me gustaba verlo como se estaba excitando más y más.
Pero al mismo tiempo seguía tan nerviosa.
Quería que parara… y que no parara nunca.
Se detuvo solo un momento, se lamió los labios «Qué delicia…» dijo con un tono sucio, casi como un susurro.
«¡Házmelo con tus enormes tetas, mami!» me ordenó.
Yo dudé… lo miré, quería suplicarle de nuevo pero sabía que no se detendría. Y aunque aún teníamos algo de tiempo antes de que llegara mi hija, el problema no era lo que hacía, sino el tiempo que se tomaba para hacerlo.
Cuando está en ese «modo», todo lo que hace, lo hace con una maldita calma que es casi cruel.
Disfruta cada maldito segundo.
Por eso mi desesperación, por eso mis súplicas.
«¡Házmelo!» me volvió a decir.
Queriendo y no, tomé mis tetas y empecé…
Arriba y abajo, una y otra y otra y otra vez.
Él estaba ahí, disfrutando.
Yo solo podía sentir cómo mi carne rebotaba contra él.
Solo podía observar cómo gozaba, cómo su glande apenas se asomaba y desaparecía entre mis tetas aceitosas; brillante, hinchado, cada vez más rojo.
El aceite chorreaba, me llegaba hasta el ombligo.
Me detuve, pero en cuanto lo hice “¡No pares!” me volvió a ordenar.
“¡Amor, ya, por favor!” le supliqué con la voz quebrada.
Sin decir nada, me tomó de los brazos y me obligó a seguir moviendolos.
Me hizo aumentar el ritmo.
No apartaba la mirada, parecía hipnotizado.
De pronto me detuvo. Pero seguía clavado en mi carne.
Lo miré, pensé que tal vez sí se detendría por completo, pero no.
Se levantó, me miró y me ordenó que yo las sostuviera.
«¡Ya papito, por favor. No tenemos mucho tiempo!» le dije rogando.
«¡Sostenlas y levántalas!» me dijo al tiempo que me tomaba de las muñecas y me volvía a obligar a hacerlo.
Y así, mientras sostenía mis propias tetas, siguió cogiéndomelas.
Sentía cómo se deslizaba rico entre mi carne rebotando contra sus caderas.
Suave pero profundo.
Mis brazos sosteniéndolas, ofreciéndoselas para que las hiciera suyas, y cada vez que empujaba más hondo me rozaba los pezones y yo trataba de contener mis jadeos.
Me sentía usada despacio, torturada con placer, y aunque el pánico me comía por dentro, no podía negar que con cada embestida me hacía mojarme cada vez más.
Ya no sabía que más hacer, que más decirle o de qué otro modo negociar con él.
Pensé en decirle que le cumpliría su fantasía de hacérselo con mis tetas mientras yo hablaba por teléfono con mamá o dejar que me cogiera mientras hablaba con mi papá, pero entonces recordé que tenía otra fantasía…
«¡Si quieres te cumplo tu fantasía del parque, papi!».
«Si quieres me llevas en la noche a la parte que está más oscura, yo misma me arrodillo, te la chupo sin parar y tan sucio como tú quieras ¿Sí?… Todo lo que quieras…»
«¡Pero por favor ya para! ¡Mira la hora!».
Nada de eso era cierto.
Estaba desesperada y no quería que mi hija me encontrara así.
No sabía qué más hacer…
Solo sonrió.
«Así… así es como más me gustas. ¡Mirándome desde abajo, suplicando y con mi verga entre tus perfectas tetas!».
Me escupió esas palabras…
Me atravesaron…
Me ardieron.
Me hizo sentir la más puta…
y al mismo tiempo… la más deseada.
Estaba perdido en su excitación el cabrón.
Sin que yo terminara de procesar sus palabras, me tomó con sus manos, me levantó y me arrojó sobre la cama.
Mi pecho quedó apuntando al cielo, totalmente expuesto, ofrecido.
Se puso encima, se volvió a acomodar entre ellas.
Ahora estaba atrapada contra la cama y rodeada por sus piernas.
Estaba completamente sobre mí.
No dijo nada, solo sus ojos fijos en los míos.
Me hizo envolverlo de nuevo, puso sus manos sobre las mías para juntarlas más y retomó el ritmo.
Sus gruñidos se volvieron más claros.
Vi como el sudor le empapaba la camiseta y así continuó un rato. Como si estuviera montandome las tetas.
“¡Me encantan!”.
“¡Me encantan!”.
Decía con cada vaivén mientras apretaba los dientes.
Sus embestidas se volvieron más intensas.
¡Parecía un maldito perro en celo!
Y entonces se detuvo nuevamente…


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!