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Dominación Hombres, Fetichismo, Heterosexual

Usada. 3/3

Y entonces se detuvo nuevamente….

Se levantó, totalmente agitado, respirando como toro.

Tomó un poco de aire.

Vi como el sudor le escurría desde las sienes y se perdía dentro de la camiseta pegada a su pecho.

 

Respiró hondo, me miró fijo y se quitó la camiseta de un tirón.

 

«¡Todavía no termino contigo!» me gruñó con voz ronca, amenazante.

 

Me levantó de un jalón y me puso de rodillas otra vez, sin piedad.

 

Yo alcancé rápido el teléfono, miré la hora: 12:21 pm.

¡El tiempo ya estaba encima!

 

Lo alcancé a recargar contra el buró con manos temblorosas.

 

Volví a quedar atrapada entre él, la cama y el buró.

 

Dio un paso hacia mí…

«¡Ven acá! ¡Dámelas!» lo dijo casi rabioso.

 

Las volvió a tomar, esta vez con más fuerza, agresivo como nunca.

 

Se volvió a acomodar, sentí como la metió en medio otra vez y comenzó a deslizarse de nuevo, despacio al principio, como saboreando cada centímetro, cada vaivén, una, dos, tres embestidas suaves… y luego aceleró como loco, sus embestidas se volvieron salvajes.

 

Me apretó hasta doler rico y casi podía disfrutarlo, pero el maldito tiempo era lo que me preocupaba.

 

Ya no tenía caso volver a suplicar que se detuviera.

Ya no podía decir o hacer absolutamente nada más que recibir cada embestida.

Cada empujón hacía rebotar mi carne contra sus caderas.

 

Lo miré, «¡Ya termina papi, por favor!» le imploré con la voz rota.

 

Siguió.

Se volvió más violento, más brutal, como si quisiera rompérmelas.

 

Sentía su verga hirviendo.

Estaba cogiéndomelas tan fuerte.

 

Él estaba totalmente desencajado, perdido.

 

Nuestras miradas se clavaron…

 

«¿¡Quién es mi puta!? me preguntó con rabia pura.

 

Me congelé.

 

Dudé…

 

Mientras seguía bombeando sin piedad, me lo gritó otra vez: «¿¡QUIÉN ES MI PUTA!? más agresivo, la voz temblando de calentura.

 

Ya estaba llegando al borde, lo sentía.

 

Miré de reojo el celular: 12:25 pm.

 

«Yo…» le dije bajito, temblando.

 

Me las apretó más fuerte, sentí cómo enterró sus dedos.

 

«¡DILO OTRA VEZ! casi rugió.

 

«¡YO SOY TU PUTA, CABRÓN!

¡SOY TU PUTA!» grité rota.

 

Ya quería que terminara.

Cada embestida se sentía eterna.

 

Parecía un animal descontrolado: su respiración pesada, sus jadeos, sus gruñidos, sus gemidos y ese maldito sonido obsceno de nuestra piel chocando, llenando todo el cuarto.

 

Miré de nuevo el celular: 12:27 pm.

 

Sudor a chorros, respiración entrecortada.

 

12:28 pm.

 

No llegaba.

 

«¡MÍRAME!» gruñó entre dientes, con la mandíbula tensa.

 

«¡Quiero que me mires mientras te las reviento!» me dijo con el mismo maldito tono rabioso.

 

Parecía completamente fuera de sí: la mirada perdida… las manos… ya sin control.

 

Entonces volvió a bajar la mirada y empezó a escupirme muchas cochinadas sin filtro, con la voz ronca, entrecortada y la boca llena de saliva y lujuria pura:

 

«¡Así, mami… así es como se cogen estas tetas enormes y jugosas!».

 

«¡Míralas… míralas cómo rebotan!».

 

«¡Te las voy a reventar!».

 

«¡Te las voy a bañar completas!».

 

«¡Vas a oler a mí todo el puto día!».

 

«¡TODOS VAN A SABER QUE ERES MI PUTA!».

 

Recuerdo cada maldita frase.

Cada palabra… me atravesaba.

 

Y no, no me lo tomé personal, porque en ese momento tan crudo, esas palabras tan sucias no me las dijo con su mirada clavada en la mía; sino que las dijo mientras veía como su verga estaba a punto de explotar entre mi carne.

 

Nunca me había dicho tantas cosas tan sucias y nunca, pero nunca me las había cogido de esa forma tan salvaje.

 

Me excitaba saber que estaba tan loco por mí.

Que lo volvía un pinche animal…

que se moría por marcarme.

 

Me mojaba más, me encantaba…

pero al mismo tiempo me moría de los nervios.

 

Mi hija podía llegar en cualquier momento y entrar y yo ahí, sudada, de rodillas, con las tetas aceitosas y la verga de Miguel a punto de explotar…

 

Hasta que al fin dijo esas palabras que dice cuando me coge las tetas y está por venirse: «¡SON MÍAS!».

 

«¡Levántalas más!» me ordenó con dificultad.

 

Sacó su verga rápidamente pero no se apartó, se la jaló furioso justo frente a mí y entre rugidos y gemidos…

 

Se vino de golpe.

 

Chorro tras chorro… caliente, espeso, directo sobre mis tetas, el cuello.

Uno, dos, tres chorros y seguía corriéndose encima.

 

«Así mami…»

«¡Son mías… son mías!» dijo jadeando.

 

12:30 pm.

 

La agitó de un lado a otro, me las bañó completas hasta que se vació totalmente.

 

“¡Eres mía Pamela!”.

“¡Me encantas mami!”.

“¡Estás buenísima!”.

 

Seguía muy excitado, pero al escuchar esas últimas palabras me recordó que no solo era un objeto para él.

 

12:32 pm.

 

El claxon sonó.

 

El transporte había llegado…

y yo tenía las tetas bañadas de semen.

 

«¡Mamiiiii, ya llegueeeé!» gritó mi hija desde el patio, abriendo la puerta con su llave de emergencia.

 

La escuché subir la escalera.

 

Abrí los ojos como platos.

 

Agarré una de las playeras que afortunadamente aún no había recogido.

 

Sus pasos se oían cada vez más cerca.

 

Me levanté como resorte…

“¡Mamiii!” su voz se escuchó en el pasillo…

le dije a Miguel que se vistiera mientras corría al baño.

 

Cerré de portazo y puse el seguro.

 

Estuve a nada de que me viera…

(¡Definitivamente urge poner las malditas puertas!).

 

Tenía la adrenalina a mil.

 

Respiré…

 

«¡Mami, ya llegué!» escuché la voz de mi hija desde afuera, le dije que saldría en un momento.

 

Me paré frente al espejo y vi lo que mi hija no quería que viera: estaba toda sudada, el cabello desordenado, la cara roja, mis pezones duros y mis tetas destrozadas, ardiendo y escurriendo de semen.

 

¡Me veía tan puta!

Totalmente marcada y usada.

 

Olía a sexo.

Olía a él.

 

Justo cuando iba a tomar papel para limpiarme, noté que tenía mi teléfono en la mano.

 

Ni siquiera me dí cuenta en qué momento lo había tomado.

 

Lo pensé un momento…

Sí… me tomé una foto.

¡Bueno! no solo una, en total fueron 7.

 

Tomé papel y me limpié lo mejor que pude. Me puse la playera que alcancé a agarrar, me arreglé el cabello y al cabo de un par de minutos, salí.

 

Mi hija y Miguel estaban hablando de cómo le había ido en la escuela.

En cuanto mi hija me vió, corrió hacía mí y me abrazó, sin sospechar absolutamente nada.

 

Me dijo muy emocionada que no le habían dejado tarea.

Le dije que era genial y la mandé a su cuarto a cambiarse.

 

Ella se fué y volteé a ver a Miguel.

Él estaba con esa maldita sonrisa maliciosa en su cara.

 

Caminé directo hacia él, estaba decidida a reclamarle; mi hija casi nos ve, pero cuando estuve exactamente frente a él, no sé qué pasó.

 

Me congelé.

 

Nos miramos fijamente solo unos segundos, pero en ese momento se sintió como si el tiempo hubiera ido más lento.

 

Primero lo miré con enojo.

Él me miró con fuego, con esa mirada de cabrón; levantó sus cejas y me mandó un beso volado que me golpeó.

 

Me esforcé por no sonreír, quise apretar mis labios pero sentí como se estaban torciendo.

 

«¡Mami, ven!» mi hija me llamó desde su cuarto. Yo volteé la cabeza para responder y al momento que lo hice, Miguel me tomó por la cintura y me jaló hacía él.

 

De nuevo me tomó por sorpresa.

 

El calor de su cuerpo aún estaba elevado.

 

Lo volví a mirar, apenas le iba a decir que me soltara cuando me plantó un beso, pero este fue diferente, era con deseo pero ya no con esa vibra de cabrón, o al menos no completamente.

 

Se apartó y me preguntó bajito: «¿Quién es mi reina?».

 

Yo guardé silencio…

Aún esforzándome por no sonreír.

 

Me lo volvió a preguntar antes de darme otro beso.

 

Volvió a mirarme fijamente… esperando.

 

«¡YO!» le dije finalmente.

 

¡Y eso me mata! ese maldito contraste.

Hace 10 minutos era su puta y ahora me llamaba su reina.

 

Sin que él lo esperara, le agarré el pene, aún se sentía caliente.

«¡Cabrón!» le dije conteniendo una sonrisa.

 

Él sonrió con descaro, «Mami» dijo en un susurro.

 

Le planté un beso.

 

«¡Mamiii!», mi hija me volvió a llamar.

 

Miguel me soltó. Di media vuelta y justo cuando di un paso él me tomó de nuevo entre sus brazos y me susurró al oído: «Aún quiero ir al parque…».

 

Me safé de sus brazos y me soltó una nalgada.

«¡Eres mía!» me dijo mientras salía del cuarto.

 

No volteé.

Me hice la indignada, pero mis labios ya no podían resistir a sonreír.

 

Y así fue ese día.

 

Fui completamente usada.

 

Esa maldita adrenalina.

El reloj corriendo.

Su mirada de fuego.

Sus malditas y sucias palabras.

Ese deseo desenfrenado por mí.

 

Todo eso me gustó.

 

Y si se preguntan qué pasó con las fotos, aún las tengo en mi celular.

Aún no sé si enseñárselas a Miguel, estoy casi segura que si lo hago va a querer hacerlo de nuevo, exactamente igual.

 

Y en cuanto a lo que quiere hacer en el parque…

 

No le dije que sí, pero tampoco le dije que no.

 

Está loco.

Y eso me encanta.

2 Lecturas/23 mayo, 2026/0 Comentarios/por Azmodan
Etiquetas: baño, hija, metro, parque, puta, puto, semen, sexo
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