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Dominación Hombres, Fetichismo, Incestos en Familia

Verano en la playa nudista

En una playa nudista, un hombre solitario conoce a una madura provocadora y a su joven acompañante. Lo que empieza como miradas y conversaciones termina en noches de sexo crudo, humillación y una jaula de castidad, donde los límites entre juego y realidad se difuminan..
Había llegado a la playa nudista solo, buscando precisamente eso: el sol en la piel sin tela que lo filtre, el ruido de las olas y la indiferente libertad de los cuerpos. Me tendí en la toalla, cerré los ojos y dejé que el calor me pesara. No llevaba ni media hora cuando noté movimiento a mi derecha. Abrí un ojo.

La pareja que se instalaba era imposible de ignorar. Ella debía rondar los cincuenta y tantos. Cuerpo generoso, de esas mujeres que han sido voluptuosas toda la vida y ahora lo exhiben sin complejos. Labios carnosos, pintados de un rojo fuerte, cadenas de oro gruesas colgándole del cuello y anillos en casi todos los dedos. Cuando se quitó el pareo, las tetas cayeron pesadas, grandes, con esa caída natural de la edad, pero los pezones estaban perforados con aros de oro. Entre las piernas, al sentarse, se entrevió otro destello metálico. El coño también tenía piercings. Me sorprendió. No por el hecho en sí, sino por la combinación de madurez y ese detalle tan deliberadamente puta.

A su lado, el chico. Adulto, sin duda, pero de esa juventud que todavía parece adolescente si no te fijas bien. Delgado, caderas estrechas, piel pálida que aún no había quemado el sol. Al desnudarse, su polla quedó a la vista: pequeña, fina, casi de niño. Él la miró un segundo, como si le avergonzara, y luego se tendió de lado, de espaldas a mí.

La conversación empezó como siempre empiezan estas cosas en la playa. Comentarios sobre el viento, el agua… Ella hablaba con voz grave, ligeramente ronca, y cada frase terminaba en una risa baja. El chico casi no abría la boca. Cuando por fin se presentó, ella dijo, con toda naturalidad:

—Este es mi hijo.

Lo miré. Por edad podía serlo. También podía no serlo. Yo había jugado a juegos parecidos: hermanas postizas… roles que se construyen solo para el morbo de los que miran. Así que asentí y no pregunté más.

Durante la semana los vi casi todos los días. Y casi todos los días se colocaban a mi lado. Ella cada vez más cerca, más melosa. Me preguntaba por mi trabajo, por si venía solo siempre, por si me gustaba la playa así, sin ropa. Sus ojos bajaban a mi entrepierna con menos disimulo cada jornada. Yo, que ya me había sacado un par de corridas pensando en ese cuerpo maduro y esos piercings, me hacía el despistado. Pero también me tocaba más de la cuenta. Me ajustaba la polla con la mano, la dejaba semi dura bajo el sol, la movía un poco cuando ella miraba. Ella sonreía de lado, como si aprobara el espectáculo.

El chico, en cambio, apenas intervenía. Se quedaba callado, a veces leyendo, a veces simplemente mirando el mar con expresión ausente. Cuando ella le hablaba, respondía en voz baja. Una vez la vi pasarle la mano por el pelo de forma casi maternal. Otra, le pellizcó un pezón con dos dedos y él se estremeció sin apartarse.

El quinto día me invitaron a cenar.

El piso que tenían alquilado olía a colonia barata y a comida caliente. Ella había preparado algo sencillo: pasta, ensalada, vino tinto. El chico apenas comió. Ella bebió más de la cuenta y se puso habladora. Habló de lo aburrido que resultaba el pueblo por las noches, de lo bien que se estaba en la playa, de lo solo que debía sentirme yo. Luego, sin transición, se inclinó hacia delante y me dijo:

—Me gustaría que te la follaras. A mí. Pero con una condición.

La condición era que el chico mirara.

Asentí. Había estado con cornudos antes. Me daba igual el motivo. Si era un juego o algo más turbio, no me importaba mientras ella estuviera dispuesta.

En el salón no había cortinas. La luz de la lámpara de pie dejaba todo a la vista. Ella se quitó la ropa sin prisa, dejando que las cadenas de oro golpearan contra sus tetas. Los aros de los pezones brillaban. Se arrodilló en el sofá, de espaldas a mí, y separó las nalgas con las manos. El coño estaba húmedo ya, los labios engrosados, y entre ellos se veían los piercings. Me puse detrás, le pasé la polla por la raja un par de veces y entré de un empujón.

Ella gruñó. No fue un gemido suave. Fue un sonido gutural, de animal. Empujé fuerte desde el principio. No había necesidad de calentarla más. Ella quería que la usara. Cada embestida hacía que las tetas se balancearan y las cadenas tintinearan. Yo le agarraba las caderas y tiraba hacia atrás, clavándome hasta el fondo. El sonido de la piel contra la piel llenaba la habitación. El coño la tragaba entero, caliente, resbaladizo, y cada vez que salía casi del todo, ella empujaba hacia atrás para no perder ni un centímetro.

El chico se había quedado de pie junto a la pared, llevaba puesto una jaula de castidad. La pequeña polla quedaba aprisionada dentro de un tubo de metal, inútil, hinchada contra las barras. Él miraba al suelo.

Ella giró la cabeza hacia él mientras yo la follaba.

—Míralo bien, maricón —dijo con voz entrecortada por los embates—. Así es como folla un hombre. Tú no sabes ni ponerla dura sin que te lo digan. Mira cómo me la abre. Mira cómo me la está destrozando.

El chico no respondió. Solo apretó los labios. Las lágrimas empezaron a asomarse.

Yo seguí. Más fuerte. Le agarré el pelo y le echaba la cabeza hacia atrás. Ella se reía entre gemidos. Empezó a insultarlo sin parar. Le decía que era una nenaza, que desde adolescente había visto la pluma en él, que había intentado enderezarlo metiéndose en su cama y que ni siquiera eso había funcionado. Que ahora al menos aprendiera mirando. Cada frase la acompañaba con un movimiento de cadera hacia atrás, como si quisiera que yo la destrozara más.

Cambiamos de posición. La tumbé de bruces en el sofá, le levanté el culo y volví a entrar. Ahora le daba más profundo. Mis manos le aplastaban las tetas contra el cojín y los aros de los pezones se clavaban en la tela. Ella gemía más alto y seguía hablando:

—Mira como me parte el coño, inútil. Eso es lo que hace un hombre de verdad. Tú solo sirves para llorar y para llevar esa jaula de marica. ¿Verdad que te gusta ver cómo me la meten? ¿Verdad que se te pone dura dentro de la jaula aunque no puedas usarla?

El chico se fue sentando poco a poco hasta quedar en el suelo, de espaldas a la pared. Lloraba en silencio. Las lágrimas le bajaban por las mejillas y él no se las limpiaba. La jaula de castidad brillaba entre sus piernas abiertas. Se le veía la pollita hinchada contra el metal, inútil.

 

Saqué la polla, me arrodillé detrás de ella y se la metí otra vez, esta vez más lento, sacándola casi entera y volviendo a clavar hasta que los huevos le golpeaban el coño. Ella se quejaba de placer y de rabia al mismo tiempo.

—Más duro… más… así… que aprenda… que vea lo que es ser follada de verdad…

La volví a girar. Ahora de espaldas en el sofá, las piernas abiertas en ángulo, yo encima. Se la metí de un golpe y empecé a embestir con fuerza, mirándola a la cara. Ella me miraba a mí y luego al chico, alternando.

—Mira a tu madre, maricón. Mira cómo le brillan los ojos cuando se la meten bien. Tú nunca me has hecho esto. Nunca. Ni cuando te dejé que lo intentaras. Eres un fracaso. Un pedazo de carne inútil con una pollita de niña enjaulada.

Le chupé los pezones perforados. Los aros se movían entre mis dientes. Tiraba de ellos con la boca mientras la follaba y ella arqueaba la espalda. El coño le hacía ruidos húmedos, obscenos, cada vez que entraba y salía.

 

La saquédel sofá. La puse de pie, de espaldas a mí, apoyada en la mesa del comedor. Le abrí las piernas y se la volví a meter. Desde esta posición le agarraba las tetas caídas con las dos manos y las usaba de asa para embestir más fuerte. Las cadenas de oro golpeaban contra mis nudillos. Ella gritaba ya sin control.

—¡Dáselo… dáselo todo… que vea… que vea cómo me llenas!

El chico seguía en el suelo. Ahora sollozaba más alto. Ella no dejaba de mirarlo.

—Llora, llora más. Así me gusta. Que se te hinche esa mierda dentro de la jaula mientras otro hombre me parte el coño.

Me corrí por primera vez dentro de ella. Profundo. Ella apretó las piernas y me obligó a quedarme hasta el último espasmo. Cuando saqué la polla, el semen empezó a resbalarle por los muslos. Ni siquiera me dio tiempo a recuperar el aliento. Ella se arrodilló, me tomó la polla semidura con la mano y se la metió en la boca. La chupó con ganas, sucia, saboreando su propio coño y mi leche. En cuanto se me puso otra vez dura, se levantó, se subió a la mesa y me dijo:

—Otra vez. Ahora más lento. Quiero que el maricón vea cada centímetro.

Se la metí de nuevo. Esta vez más despacio, sacándola casi del todo, dejándole ver cómo el glande se abría paso entre los labios hinchados y los piercings. Ella gemía bajito y seguía hablando al chico:

—¿Lo ves? Así se folla. Despacio… profundo… hasta el fondo… Ahora rápido… así… ¡así! Aprende, inútil. Aprende lo que nunca vas a poder darme.

La follé así un buen rato. Cuando sentí que iba a correrme otra vez, la bajé de la mesa, la puse a cuatro patas en el suelo, justo delante del chico, y se la metí por detrás otra vez. Ahora el chico tenía la cara a menos de un metro del coño de su madre mientras yo se lo abría a embestidas. Ella le agarró del pelo y le obligó a mirar.

—Abre los ojos. Mira cómo me entra. Mira cómo me sale la leche de antes. Esto es lo que soy. Y tú solo eres la perra que limpia después.

Me corrí por segunda vez dentro. Esta vez más largo, más espeso. Cuando saqué la polla, un hilo blanco unía el glande con el coño abierto. Ella no me dejó ni limpiarme. Agarró al chico del pelo y se lo llevó directo entre las piernas.

—Lame. Lame como el perro que eres. Traga todo. No dejes ni una gota.

El chico obedeció. Se arrodilló y empezó a chupar el semen que se le escapaba del coño. Ella lo mantenía agarrado del pelo y le hablaba bajito, con desprecio, mientras yo me sentaba en el sofá a recuperar el aliento, con la polla aún goteando.

—Más profundo la lengua… así… limpia bien a tu madre… eso es… buen maricón…

Me pajeaba lentamente con el espectáculo de esa pareja incestuosa real o fingida.

Cuando el chico terminó, ella lo empujó hacia mí.

El chico se acercó pero lo aparté con asco.

Me tumbé en el sofá. Ella se subió a horcajadas y se impaló sola. Empezó a cabalgarme despacio, subiendo y bajando, dejando que el chico viera cómo el coño se tragarla y escupía mi polla. Le agarré las tetas y tiré de los aros mientras ella se movía. El chico se quedó de rodillas al lado, mirando, con la cara brillante y la jaula presionando su pollita.

Ella se corrió encima de mí. Se le pusieron las piernas temblorosas y soltó un gemido largo, ronco. Seguía embistiendo desde abajo hasta correrme por tercera vez, esta vez menos cantidad pero igual de profundo.

Cuando terminamos, ella se bajó, se sentó en el suelo y volvió a agarrar al chico del pelo para que le limpiara el coño otra vez. Yo me quedé tumbado, mirando el techo, escuchando los ruidos húmedos de la lengua del chico y los insultos bajos de ella.

Aquella noche no fue la única.

Volví tres veces más antes de que terminaran las vacaciones. Siempre el mismo ritual, pero cada vez más largo, más sucio. A veces la follaba primero en la cocina, contra la nevera. Otras en la cama, con el chico sentado en una silla al lado, obligado a mirar sin pestañear. Una noche la hice correrme dos veces seguidas mientras ella le contaba al chico, entre gemidos, cómo había intentado “arreglarlo” cuando era más joven, paseando desnuda por casa, acariciándolo o metiéndose en su cama. Otra noche le di por el culo delante de él, despacio, mientras ella le obligaba a mirar de cerca.

Siempre terminaba igual: el chico de rodillas, limpiando con la lengua, la jaula brillante entre las piernas, las mejillas mojadas.

La última noche, cuando me vestía para irme, ella me dio un número de teléfono. El chico estaba todavía de rodillas, con la cara brillante de saliva y flujo vaginal. Me miró una sola vez. No dijo nada.

Durante unas semanas intercambiamos mensajes. Ella mandaba fotos de sus tetas, de los piercings. Yo respondía. Luego los mensajes se espaciaron. Un día dejaron de contestar.

A veces, cuando estoy solo, todavía pienso en el sonido de las cadenas de oro golpeando contra esas tetas caídas mientras yo la embestía, y en el silencio del chico sentado en el suelo, con la jaula brillando entre las piernas y las lágrimas secándose en la cara.

5 Lecturas/16 de octubre de 2026/0 Comentarios/por maturanga
Etiquetas: hijo, madre, madura, maduro, playa, semen, sexo, vacaciones
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