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Dominación Hombres, Gays, Incestos en Familia

Violación en el fundo, el hijo como canje

El sometido y servil peón del fundo se puede descargar con el niño del patrón.
Ya se hace la noche en el fundo de El Pangue, en los valles de la precordillera y ese juego de sombras avanza a la vez que la luz se pierde con un toque entre tenebroso e incitante. En el salón, donde ya se han encendido las lámparas de kerosene. El patrón, Don Facundo, levanta la mirada hacia su capataz “ya sabes” ese es el trato, dice con un tono seco y cortante, Víctor, un hombre joven de casi treinta años agacha la cabeza en señal de obediencia y de sumisión.

Don Facundo había citado a Víctor esa tarde para aclarar las cosas y apagar inmediatamente algún inicio de rebeldía.

_ Aquí me deben respeto, porque yo los mantengo a todos, y tú lo sabes mejor que nadie, siempre lo has sabido. Hombres y mujeres de este fundo son mi propiedad, tú y tu mujer lo son, no me vengas con cosas, yo entré en tu rancho y me dejaste entrar, sabías que iba a tomar a tu mujer, que le iba a dar lo que le faltaba, un hombre de verdad. La hice mía, se abrió completa de piernas cada vez que yo quería y después nos tomábamos tú y yo un vino, mientras tu mujer se quedaba llena de mis mocos en su camastro para que cuando tu te la follaras la encontraras húmeda y caliente, tu lo sabías y no me digas que no te gusta eso de culiarte a tu mujer con mi semen adentro.

Víctor sabía que no podía hacer nada, su patrón tenía razón, muchos hombres le entregaban sus mujeres, pero Víctor disfrutaba que la suya fuera la preferida y algo en su morbosa mente hacía que le gustara ser humillado, como aquella vez, en que Don Facundo lo golpeó borracho contra una pared en la cantina y Víctor recibió los golpes sin oponerse, solo puso su cara y su cuerpo, mientras sentía como su pico reaccionaba  bajo sus pantalones al sometimiento, poniéndose duro y hasta acabando dejando la mezclilla con una mancha de semen y luego de orina al mearse solo del gusto de recibir esas atenciones de su patrón.

_ Mi buen Víctor, dijo cambiando el tono de la voz y acercándose hasta susurrarle en los oídos al humilde hombre, esta vez te voy a compensar por tu lealtad. He preñado a tu mujer, y ese hijo mío te lo regalo, tómalo y has con él lo que quieras. Por otra parte, continuó, he notado que a Dieguito (se refería a su único hijo hasta ahora, de ya casi diez años) le hace falta un poco de rudeza ¿me entiendes? que sepa como es la vida aquí en el campo, quiero que te encargues de él, te doy ese privilegio por tu entrega completa hacia mí, ahora al anochecer, en una hora más, lo voy a mandar junto a los paltos a buscar a la yegua Tomasa que la dejé amarrada en un poste, quiero que sin descubrirte, lo interceptes y le hagas sentir lo que un hombre puede hacer con otro más débil, quiero que se haga fuerte sintiendo la fuerza en su propio cuerpo. Ahora agáchate, le ordenó, agáchate que tengo ganas de mear.

Víctor  quedó perplejo por lo que acababa de ordenarle su patrón, su mente divagaba sin comprender, pero su sexo ya había respondido manifestándose sin disimulo, levantando la tela de su gastado y sucio pantalón.

_ Parece que te gustó la idea, eres tan sucio como yo. Ahora agáchate como te ordené.

El hombre, sometido por esa fuerza que no podía controlar se puso de rodillas ante el Patrón, dispuesto a todo por ese hombre que lo dominaba y que enfrente de sus ojos se desabrochaba el pantalón para sacar su pico semi erecto, balancearlo ante la mirada embobada de Víctor y lanzar un fuerte chorro de orina directo a su cara, a su boca, y pelo, y luego a su pecho, el que levantó para recibirlo, inhalando profundamente para empaparse de los olores de ese jugo amarillo que lo dejaba completamente mojado. Terminada la larga meada de Don Facundo, Víctor se levantó humillado pero feliz de haber complacido  a su patrón y con el pico muy duro por la lluvia recibida y la orden que debía cumplir en solo un momento más, así escurriendo los meados de su patrón salió de la habitación directo al corredor, dejando una estela fragante a su paso.

Se fue a su casa, le quedaba todavía un tiempo antes del mandado “Vengo de donde el patrón” le dijo a su mujer, sin disimular y aun con el brillo de las orinas en su pelo y pecho, que traía descubierto. El hecho de que ella lo viera así de humillado no hacía más que aumentar su excitación, me limpio y voy a un mandado que me dio, a la vuelta como algo. Apenas si se limpió con una toalla húmeda y cambiándose solamente la camisa, antes de emprender a los paltos para esperar al niño Diego; ahí, donde le rompería el culo tierno al hijo del patrón, sentía ganas de un desquite, de descargarse con el niño de lo que su patrón le hacía.

Ya se había caído la noche, y si bien por el camino se reflejaba algo de los rayos de la luna, entremedio de los paltos, donde estaba la yegua Tomasa era una boca de lobo, nunca mejor dicho, no tardó en llegar Dieguito, separándose los pocos metros del camino hasta los paltos, le dio unos palmotazos en el cuello a la Tomasa cuando lo agarra por detrás el Víctor, lo toma fuerte por la cintura con una mano y con la otra le cubre la boca, “será mejor que se quede callaíto, oiga” tratando de esconder la voz «no le va a pasar na». Lo arrimó a una piedra grande apretando su cuerpo y su pico duro contra el del niño, buscando acomodar entre sus nalguitas su dura herramienta, el niño la sintió rozando su culito aun sin desvestir y supo lo que venía, mientras el olor a los meados secos de su padre (sin saberlo, claro) penetraban su respingada nariz con un efecto adormecedor “no me haga daño, por favor” fue la leve súplica. “Na si usté copera” le dijo el acosador, mientras le bajó de golpe los short que el niño traía, dejando al aire sus blancas nalguitas, que Víctor no pudo dejar de observar babeando de gusto ante tal espectáculo, se untó las manos con una crema Nivea que se había echado en el bolsillo y se la untó en el culo a Dieguito, con algo de rudeza con tres dedos lo embadurnó, metiéndole el dedo del medio por el hoyito, a lo que dieguito soltó un Ay seco, cortado por un suspiro, el resto de la crema se la puso en el pico y sin mediar respiro se colocó a la entrada del trasera del niño, sin metérsela aun, solo poniéndose en posición, de ahora en adelante solo era empezar a empujar, y empezó, despacio, sintiendo el placer de abrirse paso en un culo que a la fuerza empezó a ceder.

Los ojos de Dieguito se llenaron de lágrimas, mientras de su boca le salía un hilo de voz que repetía una y otra vez, por favor, por favor… entrecortado por un ¡Ay! Cada vez que Víctor lo metía un milímetro más “aguante niño, aguante que le va a gustar” aunque el dolor en el culo de Dieguito era intenso, la crema hacía que el pico enorme a la proporción del agujero que perforaba, facilitara la entrada. Cada vez que el invasor avanzaba dentro del culo del niño le provocaba una sensación especial, que no sabía entender, de estar lleno, de sentir una presión en todo su intestino que lo hacía querer más. Por eso cuando Víctor decidió que ya era tiempo de meterlo todo lo que faltaba de un solo golpe y sacándolo un poco para ensartarlo de una, Dieguito aguantó el grito y solo estiro sus manitos hacia atrás, agarrando parte de las nalgas de Víctor, apretándolo con sus uñas, no para separarlo, sino para mantenerlo pegado a él, y que no se moviera y dejara quieto su duro pico dentro de su ano, por intuición sabía que era mejor acostumbrarse. “despacito” alcanzó a decir.

Víctor solo se contuvo por un rato, antes de empezar a bombear dentro del culo del niño, primero lento, luego fuerte, casi con furia, golpeando las nalgas a cada embestida, emitiendo el típico sonido de las carnes cuando chocan, Ya dieguito no pudo contener sus gemidos y empezó dar grititos dolor y placer sin poder contenerse. A Víctor ya no le importaba que gritara, el mismo emitía unos extraños sonidos guturales de un placer que nunca había sentido, que el culo de ese niño le estaba dando, instintivamente puso su mano a la altura del penecito de Dieguito, para descubrir que estaba durísimo y se lo empezó a sobar, causándole al sometido niño unos espasmos que terminaron en un fuerte chorro de orina que inundó la mano de Víctor, el chorro tibio de meado en su mano fue el detonante para que se descargara dentro del niño, vaciándose con todo el semen acumulado en lo más profundo de la panza del niño. Quedaron así unos minutos, quietos. Víctor se separó lentamente, retrocediendo para que Dieguito no le viera la cara, fue en eso cuando vio que una figura en la sombra huía del lugar, supo que no era de su patrón por la envergadura mucho menor, no tubo en ese rato tiempo de pensar, se subió los pantalones y se marchó lo más rápido que pudo del lugar.

5 Lecturas/26 mayo, 2026/0 Comentarios/por Cairo
Etiquetas: culito, culo, hijo, joven, metro, padre, semen, sexo
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