3ra parte de Córrete en el coño de tu madrastra
Les contaré cómo todo esclareció y ahora no necesito masturbarme….
Esa noche, después de una sesión intensa y salvaje, mi novio y yo caímos rendidos. Nos olvidamos completamente del mundo, incluido Jonathan. Me desperté en medio de la noche con mucha sed. Miré a mi lado: mi oso roncaba profundamente, exhausto. Me levanté solo con una camiseta suya que apenas me cubría el culo y fui a la cocina.
Mientras caminaba, todavía recordaba con placer todo lo que habíamos hecho horas antes. Al entrar a la cocina, me congelé. Jonathan estaba ahí, de pie, mirando con curiosidad la zanahoria y el pepino que su padre me había metido en el coño esa misma noche.
Me miró sin estar muy sorprendido y, con una sonrisa burlona, preguntó:
—¿Qué hacen estas verduras aquí? ¿Y por qué huelen a tu coño?
Me quedé sorprendida, pero el momento tenía algo de cómico.
—Tu papá tenía hambre —respondí riendo.
Él soltó una carcajada y luego me miró fijamente.
—Ese olor tan dulce no se me va a olvidar nunca.
Tomó la zanahoria y le pasó la lengua lentamente. Sentí un escalofrío.
—¿Y tú no venías de estar con tu novia? —le pregunté.
—Sí, pero ella quiere llegar virgen al matrimonio. La quiero, pero es egoísta. Solo me saca plata y sé que está conmigo por mi popularidad y el dinero de mi papá. También sabe de ti y de tu carrera… Creo que es puro interés. A este punto, lo que quiero es follármela.
Me sorprendió su honestidad y madurez. Jonathan siempre había parecido un chico amable y bien criado, pero en ese momento vi a un hombre joven que sabía lo que quería. Le pregunté si había estado con otras chicas y me confesó que sí: a los 15 años se acostó con una de sus maestras y luego con la hija de ella. Sonreí por dentro. Ese chico deportista, humilde y de buenas notas también tenía su lado salvaje… me recordaba un poco a mí.
—Vamos al sillón para platicar —le dije mientras tomaba agua.
—¿Llevo el pepino y la zanahoria o ya no tienes hambre? —respondió con picardía.
Me reí y lo llamé loco. Cuando entramos a la sala, casi me resbalo con los restos de mi squirt de horas antes.
—Wow… ¿cogieron en toda la casa o qué? —preguntó riendo.
—Por eso te mandamos con tu novia —contesté.
Nos sentamos: yo en el sillón pequeño, cerrando un poco las piernas pero dejando ver parte de mi culo desnudo, y él en el grande. Después de un rato me dijo:
—Esto también huele a ti… ¿Por qué el respaldo huele a tu coño?
Le expliqué las posiciones en las que su papá me había puesto. Se acercó, olió y susurró:
—Quiero volver a olerlo…
Me excitó muchísimo, pero acababa de follar con mi novio y no quería cruzar esa línea tan pronto.
—Ve a traer el pepino —le dije.
Pensé que no lo haría, pero se levantó, lo trajo y se sentó en el suelo frente a mí, con la vista clavada en mi vagina. Sabía que mi novio no se despertaría; sus ronquidos se escuchaban hasta la calle.
Me quité la camiseta, quedándome completamente desnuda. Abrí las piernas. Él colocó un puff enfrente y se bajó los pantalones. Su verga ya estaba dura y gruesa, con una gota brillante de líquido preseminal en la punta. Empecé a frotarme el coño frente a él.
—Chúpalo —le dije, dándole el pepino.
Lo chupó mirándome. Se acercó más y me escupió directo en el coño, exactamente como hacía su padre. Eso me prendió al instante. Mi vagina se mojó rapidísimo.
—Ábrete esa vagina —ordenó.
La abrí completamente con los dedos. Aún tenía el plug anal puesto y ni me acordaba.
—¿Qué es eso que brilla cerca de tu culo? —preguntó.
Me abrí más y le dije:
—Es de tu papá… eso no se toca.
—¿Puedo moverlo sin sacarlo? —preguntó.
Le dije que sí. Puse saliva y él empezó a girarlo suavemente dentro de mi ano. Ufff… se sentía delicioso. Mientras yo seguía frotando mi clítoris, la curiosidad le ganó y comenzó a meterlo y sacarlo sin sacarlo del todo, follándome el culo con el plug.
—Ahora dame el pepino —me pidió.
Se lo di. Lo escupió y empezó a introducirlo lentamente en mi coño. ¡Qué rico se sentía!
Yo estaba extasiada. Podía ver su verga palpitando. Le dije que se jalara la verga. Se subió al puff, tomó su polla y recogió con el dedo su líquido preseminal. Me lo mostró y luego me lo metió en la boca. Ufff… sabía delicioso. Seguí follándome con el pepino mientras él movía el plug en mi culo. Se masturbaba rápido, a punto de correrse.
—Casi gritando le dije: ¡Quita el puff!
Lo aventó y quedó de rodillas frente a mí. En ese momento le chorreé toda la cara, la ropa, la verga… todo. Mientras yo squirteaba, él se frotaba frenéticamente y se corrió de forma brutal. Chorros potentes de semen salían de su pene mientras gemía.
Tomó mi camiseta, limpió mi vagina y el sillón, y me dijo con una sonrisa:
—Esto es mío… huele a ti.
Se levantó y se fue.
Regresé a la habitación. Mi oso seguía dormido profundamente. Me acosté desnuda a su lado, me pegué en cucharita y acerqué mi culo a él. Se despertó un poco (lo noté porque dejó de roncar), colocó su pene flácido entre mis nalgas y volvió a dormirse. Yo también.
La mañana siguiente fue otra aventura… pero esta vez, todo se esclareció.
Continúara…



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