Acompaño a una adolescente a su casa y me la cojo mientras el padre nos espía.
Me llamo Sebastián, tengo 37 años y soy policía hace 17. Esta es la historia de como una vez, acompañe a una adolescente ebria a su casa, termine cogiendomela y viendo como el padre nos espiaba..
Era un sábado de madrugada. Iba con el patrullero policial, merodeando una zona cerca del centro de la ciudad, cuando la vi. Estaba vestida con un disfraz de conejita, y apenas caminaba entre tropezones y tembleques, se la notaba mal. Claramente venía de una fiesta de disfraces o algo así. Paré la camioneta a su lado, e intente hablarle pero no me respondía, así que me bajé a ayudarla.
Después de subirla al asiento trasero del patrullero, intenté descubrir de alguna manera la ubicación de su casa para llevarla. Toqué suavemente su cara para despertarla, y entre balbuceos me dijo la dirección exacta. La deje dormir ahí atrás y me puse a conducir hacia allá.
No quedaba muy lejos, pero sin dudas ella no hubiese llegado caminando en ese estado, y mucho menos caminando sola. Detuve la camioneta frente a su casa y la ayudé a bajar, abrazándola por la cintura la fui guiando hacia la puerta. Claramente estaba cerrada, así que tuve que meter mano en sus apretados y escondidos bolsillos buscando alguna llave o algo.
Encontré la llave de la puerta, y ademas su documento de identidad: Micaela, 17 años. El olor a alcohol era inaguantable, y no paraba de manosearme el brazo, sobretodo la parte del bíceps. Solo me reí y abrí la puerta.
La casa estaba en silencio y oscuridad total, fuimos caminando a ciegas por la sala de estar, yo intentando aguantarme la risa y no tropezarme. No se como pero llegamos a su cuarto, al encender la luz pude ver que era bastante lindo y cuidado. Las paredes y el piso eran blancos, los muebles eran del mismo color con detalles negros, todo muy minimalista y estético, era una casa clase media-alta.
La tiré a la cama boca abajo, ella quedó con los brazos y las piernas estiradas, con los pies colgando, totalmente rendida y dormida. Puse mis manos en mi cintura y me quedé mirando la escena un momento, alternando entre mirar la cama y el resto del cuarto. En ese punto, la situación morbosa y sus toqueteos me habían puesto bastante caliente, mi pene ya erecto empujaba con fuerza contra mi pantalón del uniforme, quería salir.
Estuve a nada de hacer lo correcto, apagar la luz e irme, pero mirándola tan vulnerable y expuesta… tan linda, terminé decidiendo lo contrario. Iba a ser algo rápido y fugaz, como para cobrarme el favor y descargar los huevos antes de seguir trabajando.
Cerré la puerta de la habitación y me puse manos a la obra, no podía hacer demasiado ruido porque seguramente no vivía sola. Me tiré encima de ella y me puse a oler su cuello, mientras apoyaba mi bulto apunto de reventar contra su culo. Pese al olor a alcohol, su piel olía muy bien, era muy cálida, el olor a adolescente me encanta.
Entre besos y lamidas en la nuca, fui tocando sus piernas, subiendo poco a poco. Debajo de su minifalda blanca, me encontré con la agradable sorpresa de que no tenía ropa interior, seguramente se la quitaron en la fiesta, pobrecita. Levanté la falda y me puse a tocarle el culo, masajeando y apretando esas nalgas grandes, sentado sobre sus piernas. Seguramente no era virgen, pero casi.
Me puse de pie de nuevo y me puse a husmear entre sus cosas. Abrí algunos cajones y revisé el armario, buscando algún condón por ahí. Se que a esa edad los tienen bien escondidos, pero no sabía que tanto, no encontré ninguno. No quedaba otra opción, tenía que hacerlo a pelo.
Desabroché mi pantalón y saque mi pene, con la punta ya goteando liquido preseminal. Me subí arriba de ella y abrí sus nalgas de par en par con las manos, calculando un escupitajo cargado para que cayera en su vagina rosita.
Hice eso dos o tres veces hasta que estuviera bien lubricada. Me recosté encima e inserté la punta de mi pene dentro de ella, con un par de movimientos pélvicos empecé a clavársela. La hija de puta estaba muy apretada, me costaba entrar, pero cuando ya tenía la mitad del pene adentro se volvió más fácil. Ella se despertó y empezó a quejarse, quizás le dolía, dijo varias cosas que eran inentendibles, estaba muy borracha.
–Shhh si, si, ya se que la tengo grande, bancatela– le dije riéndome sobrador– si te portas bien acabo afuera, pero te tenes que portar bien eh.
Ya se estaba poniendo molesta, así que para que se quede quieta, sujete sus manos con las mías a ambos lados, sin dejar de mover mi cadera de arriba a abajo rápido. Cada vez su vagina cedía más y me permitía cogerla con facilidad, pero sin dejar de apretar, se me estaba cayendo la baba.
Cogiendo soy bastante animal, y más en un contexto así, me puse a moverme como loco adentro de esa conchita. Lo mas rico era sentir como ella sacudía su cuerpo abajo del mío intentando frenarme, e intentaba mover sus manos, pero las tenía muy bien agarradas. La cama se sacudía sin parar y mi pelvis contra sus nalgas sonaban como aplausos. En ese punto ya no controlaba el ruido, ya no me importaba.
Balbuceaba cosas sin parar que no podía escuchar ni entender, eso me calentaba más.
–Que dijiste Mica? Que te gusta como te cojo? Gracias– me reí y le di un beso en la cabeza– Mira que te estas portando medio mal, te voy a tener que dejar llenita para que aprendas a no andar caminando sola de noche.
De todas maneras sentía que mi pene no entraba del todo, quería ir más allá, así que la cambié de pose. La hice dar media vuelta, boca arriba en la cama, me puse sus pies en los hombros. Iba a quitarle las botas negras altas que traía, para poder olerle los pies, cosa que me encanta, pero estaba demasiado desesperado por coger, no me detuve a hacerlo.
Con sus pies en mi hombros me recosté hacia adelante sobre ella, dejándola en la mejor pose. Emboqué mi glande en su entrada vaginal nuevamente, y simplemente empujando lento, logré meter hasta el último centímetro de pene dentro suyo. Fue hermoso ver su cara de placer mezclada con dolor, la tenía frente a frente y era inevitable para mí lamer su cara como un animal.
Nuestros cuerpos parecían estar hechos el uno para el otro. Cuando terminé de meter todito mi pene, sentí como la cabeza chocaba con su útero. Cabía perfectamente, parecía una vagina hecha a medida para mi, esa era la sensación más rica del mundo. Los dos soltamos un gemido a la par, conectados por la misma hermosa sensación.
Seguí moviéndome a un gran ritmo, entrando y saliendo de su vagina sin parar. Mi tronco hinchado se deslizaba sin problema entre sus labios húmedos, ambos depilados, estaba siendo el mejor polvo de mi vida. Sus paredes se contraían alrededor de mi verga, parecía que quería arrancármela, era hasta difícil sacarla para volver a meterla. Ella no paraba de hablar, así que la callaba con besos, eran sucios y llenos de baba, reflejo de la gran excitación que estaba sintiendo. No podía dejar de morderle el labio y escupirle la boca.
En ese momento, en medio del polvo, pasó probablemente lo más raro que me pasó jamas, pero a la vez lo más excitante. Por una casualidad del destino, desvié mi mirada de ella, hacia la puerta del cuarto. No estaba cerrada como la dejé, sino que entreabierta, y ese pequeño espacio dejaba ver desde afuera directamente a la cama, donde estábamos cogiendo.
Hasta ahí todo bien, nada raro, pero por un segundo vi una sombra del otro lado. Bajé el ritmo de la cogida intentando enfocar la vista y ver que era, hasta que me di cuenta. Era una persona, parecía un hombre mayor, nos miraba del otro lado de la puerta, por el pequeño espacio que había. En cualquier contexto hubiese frenado al instante, estaba en juego mi reputación y mi trabajo, me estaba cogiendo una menor de edad con mi uniforme. Pero ese hombre no solo estaba mirando, estaba masturbandose, me di cuenta por el rápido movimiento de su mano a la altura de su cintura.
Dudé por un momento que hacer, pero volví a mirarla a ella, mi pene enterrado completamente en esa vagina adolescente, no podía parar. No sabía quien era, pero iba a darle show.
Saqué mi pene de nuevo y me puse de pie, con mis manos fuertes la fui moviendo y acomodando a mi gusto. La puse en cuatro patas cerca del borde de la cama, para poder cogérmela de pie. Agarré sus manos atrás de su espalda, me saqué el cinturón para atarselas, y dejarla inmovilizada.
Ya en esa pose, la agarré fuerte de la cintura y me empecé a cogerla con fuerza. Sacudía su cintura hacia atrás cuando yo empujaba para adelante, haciendo que nuestros cuerpos choquen intensamente mientras la clavaba profundo. Sus nalgas rebotaban como gelatina, y los sonidos de aplausos se mezclaban con sus gemidos agudos, parecía una gata en celo por como gritaba en cada embestida.
El hombre de la puerta se masturbaba más rápido, y si me concentraba podía escucharlo respirar agitado, igual intentaba no mirarlo mucho. El placer en esa situación era demasiado, y rápidamente me vine. Ni siquiera pensé en acabar fuera, clavé mi pene lo más profundo posible y vacié mis huevos sin miedo. Ella movía su cintura intentando escaparse pero la agarré con fuerza, no iba a dejarla ir hasta estar vacío.
No podía parar de eyacular, era mucho semen. Lentamente iba retirando mi pene a medida que iba terminando de eyacular, y cuando finalmente lo saqué, una gota gorda de semen se asomaba de ese agujero. La deje llena llena hasta arriba.
La empujé sobre la cama y me quedé de pie un momento, gozando esos últimos segundos y respirando agotado. Ella lloraba en silencio. Saqué mi billetera y le tiré un poco de plata encima para que se compre una pastilla del día después, sentía que estaba pagándole a una prostituta vestida de conejita.
Ya satisfecho, me limpie la punta de la verga con unas medias que encontré tiradas y me acomodé la ropa. Ella quedó dormida, con algunos espasmos y respiraciones hondas. Solté sus manos y volví a ponerme el cinturón, sus muñecas quedaron totalmente marcadas, quizás me pasé un poco.
Cuando volví a mirar a la puerta, el hombre ya no estaba. Salí del cuarto de Mica y caminé por la casa hacia la salida, las luces ya estaban prendidas. En la sala de estar, había un hombre sentado en la mesa principal, tomando algo de una taza. Era un señor grande, quizás 50 años y algo, pero destruido. Tenía muchas arrugas y se estaba quedando calvo.
–Ah… Hola– saludé medio tímido.
–Y vos? Que haces acá?– preguntó él, haciéndose el sorprendido.
Era medio obvio que era él quien estaba mirando y se masturbaba, pero se hacía el que no, así que le seguí el juego.
–Estaba patrullando por la zona y me la encontré a Mica, estaba caminando sola y ebria, así que la acerqué a su casa– respondí con mi voz más seria.
–Ah… Muy bien, oficial– el hombre bebió de la taza– Yo soy el padre, mucho gusto.
–Un gusto, señor.
Lo saludé y salí de la casa. Fue lo más raro y bizarro que me pasó en la vida, pero realmente fue una situación muy morbosa y excitante. Cuando me subí al patrullero tuve que masturbarme nuevamente por el morbo que me había generado la situación. La verdad me quedó gustando, y quien sabe, sabiendo que el padre tiene esos fetiches, quizás en un futuro podría pasar a visitarlos de nuevo.

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