Analdo
Analdo y la mormona puta .
Analdo y la Mormona Puta – Parte 1: La Noche de Bodas
Analdo era un pajero de ley desde los 11 años. Se pasaba las tardes encerrado en el baño, manija en mano, viendo porno de todo tipo: tetonas, culonas, maduras, futas, lo que se te ocurra. Su verga ya estaba medio destruida de tanto vicio, pero nunca había garchado de verdad. Hasta que un día tocaron a su puerta.
Era ella. Una joven mormona rubia, delgada, carita de ángel inocente, pollera larga hasta los tobillos, blusa abotonada hasta el cuello. Se llamaba Abigail. Pero debajo de esa fachada de santa… había dos tetas como melones maduros que le estiraban la tela, coronadas por unos pezones marrones gigantes que se marcaban descaradamente cuando hacía frío. Analdo se enamoró al instante. Juró amor eterno, se hizo mormón en tiempo récord, dejó de pajearse (o eso decía) y se casaron a los pocos meses.
La noche de bodas llegó. La suite nupcial olía a pureza y promesas. Abigail, todavía virgen como mandaba la doctrina, lo miró con ojitos de corderito.
—Mi amor… ¿por qué no compramos algo para relajarnos? —ronroneó.
Compraron una botella de grappa con miel. Analdo no era de tomar, pero ella insistía con esa vocecita dulce. Un vaso, dos, tres… La grappa le pegó fuerte. Abigail empezó a reírse, se soltó el pelo rubio, se desabotonó la blusa lentamente y dejó que esas tetas enormes de pezones marrones gigantes saltaran libres. Eran perfectas, pesadas, con areolas anchas y oscuras.
—Vení, Analdo… hoy vamos a consumar nuestro matrimonio —susurró.
Lo empujó a la cama, se subió arriba como una puta de kilombo en pedo y empezó a montarlo. Ya no era la mormona tímida. Le sacó la ropa, le agarró la verga dura y se la metió toda adentro de un solo golpe. Gemía como una perra en celo, saltando arriba y abajo, las tetas melones rebotando salvajemente contra la cara de Analdo.
—¡Ay sí, mi amor! ¡Metémela toda! —gritaba mientras lo cogía como una loca.
Analdo no duró ni cinco minutos. Se corrió adentro de ella con un gemido patético. Pero Abigail no paró. Siguió cabalgando, apretando con su concha apretada y mojada, hasta que lo hizo correrse otra vez. Cuando terminó, se desplomó sobre él, sudorosa y con una sonrisa perversa.
—Hay algo que tengo que confesarte, mi amor… —dijo jadeando, todavía con la verga de él adentro—. Tengo un fetiche desde chica. Me encanta cornear a todos mis novios. Especialmente con choferes de taxi.
Analdo parpadeó, confundido por el alcohol y el orgasmo.
—¿Qué…?
—Desde los 18 me cogí a 34 tipos. La mayoría choferes de taxi. A algunos solo les mamaba la verga en el asiento de atrás, bien profundo hasta la garganta. Pero si eran maduritos, grandotes y con verga gruesa… les daba todo. Les dejaba que me cogieran como a una puta barata. Tengo una colección secreta de fotos y vídeos… algunos son mortales.
Se levantó, agarró su teléfono y le mostró la galería. Decenas de fotos y videos: Abigail arrodillada mamando vergas de taxistas peludos, siendo cogida por atrás en asientos de auto, tetas rebotando mientras un morocho maduro le daba duro, corridas en la cara, en las tetas, adentro…
—Vos sos el primero que me caso… pero el fetiche no se va, mi amor. ¿Te molesta? —preguntó con una sonrisa inocente pero los ojos brillando de puta.
Analdo, todavía con la verga medio dura y el corazón latiéndole fuerte, sintió una mezcla de celos, excitación y amor enfermo.
Lord Vergamorilla


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