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Dominación Mujeres, Fetichismo, Heterosexual

DEL GOL AL COLLAR. Capítulo 1: La máquina pierde y el alfa se quiebra – Primer mandato de Fany

Tras la dolorosa derrota de Cruz Azul, Aaron “El Peludo” Ramírez, mecánico machista de 30 años del oriente de CDMX, se derrumba. Ebrio y roto por la pérdida de su familia, escribe a su ex Fany buscando consuelo. Pero ella no es la misma, ahora manda y quiere tenerlo humillado y de rodillas. .
El protagonista de esta historia es Aaron Ramírez, “El Peludo”, tiene 30 años y vive en una colonia popular del oriente de la Ciudad de México. Mecánico de autos, fanático acérrimo de Cruz Azul al que defiende a muerte, cuerpo fuerte pero no de gimnasio, pecho y panza cubiertos de vello abundante que baja en forma de flecha hasta el ombligo —un “trofeo de macho” que siempre ha presumido. Machista clásico del barrio: cree que el hombre debe mandar, proveer y no mostrar debilidad; mujeriego empedernido que presume conquistas cortas y dice que “las morras quieren hombre de verdad”. 

Vive solo con su papá Don Raúl en una casa modesta; hace poco perdieron a su mamá (por cáncer) y a su hermano mayor (en un accidente), y el duelo lo está carcomiendo por dentro. Sus carnales del barrio —los que se juntan para chelas y fut— solo refuerzan su lado tóxico con chistes machistas y burlas, pero nunca han sido un verdadero apoyo. Últimamente bebe más de la cuenta: las cervezas que antes eran para celebrar ahora son para olvidar que a los 30 se siente estancado, que ser “alfa” ya no impresiona a nadie y que la vida le pasó de largo. 

En el fondo, Aaron es un hombre roto que aún no sabe nombrar su vacío: extraña a su familia perdida, se siente menos hombre cada día que pasa, y en su peor noche —después de otra derrota final de La Máquina— busca refugio en quien menos debería: su ex, Fany, sin imaginar que ella ya no es la misma y que está a punto de voltearle el mundo… 

 

La noche del domingo 3 de marzo de se sentía como cualquier otra derrota de Cruz Azul, pero esta vez era la final. La Máquina había llegado hasta el último partido, había ilusionado a medio país y, en el minuto 89, un penal absurdo y un gol en el agregado habían terminado todo. Aaron estaba sentado en el sillón de la sala, el jersey azul rey empapado de sudor y lágrimas que no quería admitir, la botella de Victoria número ocho ya tibia en su mano derecha. El televisor seguía encendido en el canal de deportes, repitiendo el momento del penal en cámara lenta como si quisieran torturarlo. Don Raúl se había ido a dormir temprano, murmurando un “ni modo, mijo, la vida es así” antes de cerrar la puerta de su cuarto. La casa quedó en silencio, salvo por el zumbido del refrigerador y el latido sordo en las sienes de Aaron. 

 

Estaba solo.   

Más solo que nunca. 

 

El celular vibraba en su regazo cada vez que llegaba una notificación de los grupos de WhatsApp: memes burlándose de la cruzazuleada, audios de sus carnales riéndose, “ya wey, supéralo, no seas marica”. Nadie le preguntaba cómo estaba de verdad. Nadie le decía “tranquilo, carnal, aquí estamos”. Solo risas y burlas que le recordaban que sus “amigos” nunca habían sido un refugio, solo un espejo de lo mismo que él fingía ser. 

 

Abrió WhatsApp y buscó el contacto que nunca había borrado: **Fany ❤️** (el corazón seguía ahí, aunque ella lo había quitado de su lado hacía años). 

 

Escribió sin pensar, con los pulgares torpes por el alcohol: 

 

**Aaron**   

10:47 pm   

Fany… pinche final wey. Perdimos otra vez. Me siento como mierda.   

 

Enviado.   

Silencio.   

Dos checks grises. Ni leído. 

 

Bebió otro trago largo, la cerveza amarga bajando como ácido. Volvió a escribir. 

 

**Aaron**   

10:49 pm   

Sé que me bloqueaste la última vez, pero no sé con quién más hablar. Mi jefa se fue, mi carnal se fue… y tú eras la única que me entendía cuando estaba así.   

 

Nada.   

Abrió la galería y se quedó viendo una foto vieja: los dos en el Zócalo, ella riendo con el pelo suelto, él abrazándola por la cintura como si fuera dueño del mundo. Se le hizo un nudo en la garganta. 

 

**Aaron**   

10:52 pm   

Perdóname por lo que te hice pasar. Fui un pendejo. Pero extraño platicar contigo. Solo platicar.   

 

**Aaron**   

10:53 pm   

No me dejes en visto, porfa. Estoy bien jodido ahorita.   

 

Pasaron diez minutos. Aaron se levantó tambaleante, fue al baño, se lavó la cara con agua fría, se miró en el espejo roto del lavabo. El pecho peludo subía y bajaba agitado, los ojos rojos, la barba desaliñada. “Mírate, pinche débil”, se dijo en voz baja. Regresó al sillón y escribió de nuevo. 

 

**Aaron**   

11:04 pm   

Fany, por favor. Solo dime algo. Aunque sea un “vete a la verga”. Necesito escuchar tu voz, aunque sea escrita. 

 

Los checks por fin se pusieron azules. 

 

Aaron se enderezó de golpe, el corazón latiéndole en la garganta. 

 

**Fany**   

11:07 pm   

Estás borracho, Aaron. 

 

**Aaron**   

11:07 pm   

Sí… pero no es solo la borrachera. Perdí todo hoy. El partido, la ilusión… y me doy cuenta de que siempre he estado perdiendo. Tú eras lo único que me hacía sentir que valía algo. 

 

Silencio largo. Tres puntos bailando… desapareciendo… volviendo. 

 

**Fany**   

11:12 pm   

¿Y ahora qué quieres? ¿Qué te consuele como antes? ¿Qué te diga pobrecito Aaron, el machito herido? 

 

**Aaron**   

11:13 pm   

No sé qué quiero. Solo… no quiero estar solo esta noche. 

 

Otro silencio. Aaron sintió que el aire se le acababa. 

 

Entonces llegó el mensaje que cambió todo. 

 

**Fany**   

11:17 pm   

¿Sabes qué es lo más triste de verte así? Que todavía crees que eres el mismo de antes. El que mandaba, el que decidía, el que “perdonaba” cuando le convenía.   

 

**Fany**   

11:18 pm   

Pero mírate. Estás rogando en mi chat a las 11 de la noche porque tu equipo perdió y porque ya no tienes a quién impresionar.   

 

Aaron se quedó helado. Las palabras dolieron más que cualquier derrota en el Azteca. 

 

**Aaron**   

11:19 pm   

No es justo que me digas eso… 

 

**Fany**   

11:20 pm   

¿No? Entonces dime: ¿qué tan “hombre” te sientes ahorita, Aaron? ¿Qué tan alfa eres cuando estás lloriqueando porque una morra que dejaste ir te conteste? 

 

Él no respondió de inmediato. Se sirvió lo que quedaba de la última cerveza, directo del cuello. Las manos le temblaban. 

 

**Fany**   

11:23 pm   

Mira, voy a ser clara porque veo que estás en el fondo. Puedo ignorarte y dejarte que te ahogues solo… o puedo darte algo que nunca has tenido: dirección.   

 

**Fany**   

11:24 pm   

Pero si te metes conmigo ahora, no va a ser como antes. Yo ya no soy la Fany que se dejaba. Ahora soy la que decide. La que ata. La que manda. Y si quieres que te saque de ese pozo, vas a tener que arrodillarte primero. Literal y figurado.   

 

Aaron leyó el mensaje tres veces. El alcohol le nublaba la cabeza, pero no tanto como para no entender lo que estaba leyendo. Sintió un calor extraño subirle por el pecho, mezcla de vergüenza, miedo y algo más oscuro que nunca había nombrado. 

 

**Aaron**   

11:27 pm   

¿Qué quieres decir con eso? 

 

**Fany**   

11:28 pm   

Quiero decir que, si me buscas de nuevo, no va a ser para “platicar”. Va a ser para que me demuestres que estás dispuesto a dejar de ser el rey del barrio… y empezar a ser mío.   

 

**Fany**   

11:29 pm   

Piénsalo bien, Peludo. Porque una vez que empiece, no hay marcha atrás.   

 

**Fany**   

11:30 pm   

Mándame una foto tuya ahorita. De rodillas. Con el jersey de Cruz Azul todavía puesto. Y escribe abajo: “Estoy listo para que me enseñes, Fany”.   

 

**Fany**   

11:31 pm   

O bórrame y sigue llorando solo. Tú decides. 

 

El celular se quedó quieto en su mano. Aaron miró la pantalla, luego el jersey arrugado, luego la botella vacía. El corazón le retumbaba en los oídos. 

 

Y la noche apenas empezaba.  

4 Lecturas/4 julio, 2026/0 Comentarios/por Logan1
Etiquetas: alcohol, amigos, baño, borracho, ebrio, hermano, mayor, verga
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