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Dominación Mujeres, Sado Bondage Mujer

DISCIPLINA. LA SEÑORA EULALIA CAP1

Historia de la vieja señora Eulalia y su disciplina , la encantaba azotar e impartir disciplina. .
Hoy en día, soy un hombre gustos sexuales extravagantes,  al que le encanta ser castigado . En particular, recibir azotes, ya sea con instrumentos de castigo o con una mano enguantada, y la verdad es que aguanto bastante. Disfruto mucho y, a la vez, sufro mucho. No me gustan los simples juegos de azotes, los juegos de salón donde el dolor es una sugerencia y las marcas son un adorno efímero. Yo voy más allá. Busco sesiones duras, de verdadero castigo, de azotes severos que dejen su firma en mi piel durante semanas, marcas que son un recordatorio físico de la sumisión. Pero hay algo más, una forma especial de vivirlo que, después de este relato, comprenderéis por qué tengo esa afición, por qué esa necesidad se ha convertido en el eje de mi existencia. Todo viene de algún momento, de un origen que define toda una vida, y mi momento fue duro, tan brutal y transformador que hoy no hay día que no lo recuerde. Y al hacerlo, mi boca no solo emite una sonrisa, sino que siento un escalofrío, una mezcla perfecta de terror y gratitud, porque ese momento fue lo que me hizo finalmente libre.

Y no, esto no es un relato de cuentos de hadas. No es una fantasía edulcorada donde el dolor es un preludio del amor romántico. Esto es un relato crudo, un relato de azotes y de algo mucho más duro. Aquí no aparecen mujeres de revista, diosas de plástico con látex de fantasía. Aquí está ella, mi mentora en el arte del dolor y los azotes. Una señora ya mayor que no resultaría atractiva para la mayoría de ustedes debido a su edad, pero para mí es algo que recuerdo a diario con una devoción que roza lo sagrado. Recuerdo su cuerpo ya viejo, sus formas flácidas y su piel arrugada, pero sobre todo recuerdo su carácter severo y estricto, una autoridad que no necesitaba gritar para imponerse. Ella fue, sin duda, la mujer más cruel que he conoció, y esa crueldad, esa capacidad para desgarrarme el alma y la piel, fue lo que me liberó.

Para empezar a comprender esta historia, debo decir que yo vivía con mi madre. Mi madre se había divorciado de mi padre y nos habíamos alejado para vivir a las afueras de la ciudad, a una zona tranquila de casas bajas con jardines donde se respiraba un aire puro que olía a tierra húmeda y a libertad. Ninguno de los dos queríamos saber nada de mi padre, un verdadero cretino cuyo recuerdo intentábamos borrar con cada nuevo amanecer en aquel lugar. Allí, la vida era feliz. Al menos, lo era para mí. Yo fingía que estudiaba porque apenas tocaba un libro; Me pasaba el día fuera, bajo el sol, con mis nuevos amigos, haciendo de las nuestras, descubriendo los límites de la travesura y la adolescencia. Era feliz. Mi madre, en cambio, había encontrado una nueva rutina. Se había hecho gran amiga de la vecina, una mujer mayor, una presencia fija y silenciosa en la casa de al lado.

Desconozco qué edad tendría en aquel momento la vecina , setenta, quizás ochenta años, una señora mayor con el rostro ya curtido por décadas de soledad y un aspecto rechoncho y grande, como un árbol antiguo y robusto. Pero no os imagináis una anciana frágil, no lo era ; Era solo una mujer mayor con mucha más edad que mi madre y que, para mí, podía ser mi abuela. Mientras yo me perdía en las calles polvorientas de aquel lugar libre, jugando al fútbol o haciendo gamberradas de las nuestras, mi madre se pasaba el día con la vecina, a quien formalmente llamaban en el pueblo la señora Eulalia.

Odiaba llegar a casa y encontrarme a mi madre riendo con la señora Eulalia, sentadas cómodamente en el sofá de casa, como si fueran dos adolescentes compartiendo secretos. Se contaban sus cosas, sus recuerdos, un pasado que parecía unirlas más que la sangre. Mi madre veía a la señora Eulalia como una madre que nunca tuvo, y la señora Eulalia, a su vez, la trataba como a la hija que le había negado. Yo, sin embargo, veía a la señora Eulalia como una vieja amargada, siempre con sus aires de superioridad y aquel tono de voz de arrogancia y autoridad que me ponía los pelos de punta. Por algún extraño motivo, a mi madre le agradaba excesivamente la señora Eulalia; la hacía caso en todo, se dejaba aconsejar, le pedía opinión en cada decisión, y lo peor de todo es que luego obedecía y hacía cuanto había indicado la señora Eulalia. Ya fuera algo simple como qué cortinas poner o qué decoración elegir, la señora Eulalia opinaba y al día siguiente mi madre lo hacía tal y como la vieja señora había indicado, dándole las gracias como si fuera un oráculo. O incluso en la forma de llevar el pelo o de vestirse, cuanto opinaba Eulalia, ella lo hacía, y mi madre estaba siempre agradecida.

Yo, sin embargo, provocaba a la señora Eulalia. No lo hacía abiertamente delante de mi madre; lo hacía de forma disimulada, en una guerra silenciosa que solo ella y yo entendíamos. Entraba en casa y no saludaba a la señora Eulalia, sabía que eso la molestaba profundamente, una falta de respeto que la hacía fruncir el ceño por un instante. Usaba malos modales a propósito, ella lo interpretaba como un desafío directo. Cuando mi madre no me miraba, le hacía gestos de burla y le mostraba una sonrisa burlona, y la señora Eulalia me devolvía el gesto con una mirada helada, una promesa silenciosa de venganza. Cuando mi madre no estaba presente, ella también se vengaba, pero a su manera. Me hablaba siempre en un tono serio y pretendiéndome meterme miedo, su voz se volvía baja y amenazante, como si estuviera a punto de revelar un secreto terrible sobre mí. «Los jóvenes  malcriados acaban siempre llorando», me susurró una vez, pasando a mi lado con una taza de té humeante en la mano. Nos odiábamos disimuladamente, sabíamos que el otro lo sabía, y manteníamos esa tregua frágil por el bien de mi madre, pero la tensión era palpable, una corriente eléctrica en el aire cada vez que nos encontrábamos en la misma habitación.

La odiaba por su arrogancia y altivez, por la manera en que dominaba a mi madre y cómo esta obedecía fielmente cada una de sus indicaciones. Odiaba cómo aquella vieja señora se entrometía en nuestras vidas y opinaba de todo, como si nuestra casa fuera una extensión de la suya. Sobre todo, me enfurecía cómo mi madre, con una ingenuidad que me resultaba dolorosa, le contaba a la vecina Eulalia cada una de mis travesuras, y cómo ella, muy seria, con el ceño fruncido, le indicaba que debía usar mano dura conmigo, que «un joven  sin disciplina es un problema para todos».

La odiaba por su edad. No era una mujer atractiva; ya era una mujer mayor, una abuela, y su cuerpo rechoncho me resultaba repulsivo. No me gustaba su manera de vestir, siempre con su falda larga y oscura, sus medias y, por supuesto, su delantal inmaculado. Pero lo que más odiaba profundamente, con una aversión visceral, eran aquellos guantes de goma que siempre llevaban enfundados en sus manos. Unos guantes de goma amarilla, ya con tonos marrones de suciedad y grasa pegada, permanentemente manchados. Ella tenía una extraña fobia y muy rara vez se quitaba los guantes de goma; siempre los llevaba anclados en el delantal de su cintura y, llegado el momento, se los ajustaba para coger una taza de café. No se los quitaba ni para tomarla o incluso agarrar una pasta dulce.

 

A solas, le indicaba a mi madre que era muy extraño lo de los guantes de la señora Eulalia. Ella me dijo que tenía una fobia a tocar las cosas, que cada uno tenía sus manías y que no debíamos entrometernos, que no hacía daño a nadie con sus guantes. Yo seguía protestando, indicando que al menos podría llevar guantes limpios. Os aseguro que olían a goma ya pasada, a químico rancio. Si te sentabas a su lado, olían a suciedad, a un dulzón desagradable. Incluso al entrar a casa, detectaba si había estado la señora Eulalia porque dejaba un olor a goma podrida que a veces llegaba al umbral de mi olfato. Mi madre decía que exageraba y defendía a la señora Eulalia. Ese era otro gran motivo para odiarla: defendía a ella y no a mí.

La señora Eulalia no se amedrentaba ante mí; Todo lo contrario, se crecía y era más inteligente que yo. Sabía cuándo recriminarme algo, sobre todo en ausencia de mi madre. El momento perfecto era cuando mi madre se levantaba a por el café que se estaba preparando en la cocina. «No tienes educación», me dijo entonces, su voz un susurro cortante. «No te han educado como mereces. Da gracias que yo no sea tu madre, te aseguro que me respetarías sin rechistar». Yo me burlaba de ella, con burlas y con mi sonrisa de adolescente seguro de sí mismo. «Ohhhh, qué miedo», decía con tono sarcástico, lleno de burla.

Ella me contestaba, su voz sin un ápice de humor. «Te aseguro que te borraría la sonrisa de la cara y se convertiría en lágrimas». Yo continuaba su juego riéndome: «¿Me castigarías sin dejarme salir a la calle?». Continuaba burlándome con ironía y sarcasmo. Ella, con tono serio y molesto, con una mirada que decía la verdad, volvió a contestarme: «Te azotaría en mi regazo hasta que aprendieses a obedecer. Te dejaría el culo tan magullado que no podrías sentarte en semanas, y te aseguro que obedecerías todo o volverías a mi regazo y continuaría hasta dejarte sin lágrimas de tanto dolor». Yo tragaba saliva. Sus palabras me intimidaban, su mirada, la forma en que me apuntaba con su dedo de goma enfundado en su guante, o incluso a veces, cómo sujetaba los guantes en sus manos desnudas, agarrándolos por el extremo y los chocaba contra la palma de su otra mano, produciendo un fuerte chasquido en la habitación, intentando imitar un azote. Yo quedaba susto por dentro, aunque intentaba disimularlo con una sonrisa burlona. Fue cuando prometió una amenaza que era una verdad como un mandamiento que debía cumplirse: «Te prometo que llorarás un día cuando te azote. Se borrará tu sonrisa de tu rostro y solo pensarás en pedirme perdón».

La conversación parecía haber quedado  zanjada al entrar mi madre en la habitación con la bandeja de café y pastas. Pero a mi madre se le había olvidado traer cucharillas y se levantó de nuevo a la cocina. Fue en ese instante cuando la vieja señora Eulalia agarró una pasta dulce entre su guante de goma asqueroso. La estrujó, haciéndola añicos con la palma de su guante sucio y con tonos marrones, y la llevó a mi boca, forzándola dentro de ella metiendo sus dedos enguantados. Me dio asco la pasta aplastada y el sabor podrido de sus guantes. Ella se rió, una risa baja y cruel, y yo escupí la pasta bajo su burla.

Supe que aquella señora podía ser una vieja chiflada y no era consciente de lo que me esperaba, algo que sucedió y os contaré y por lo que agradezco aquel día con toda mi alma, convirtiéndome en lo que soy hoy en día.

Aquel día, mientras mi madre y la señora Eulalia tomaban su café como habitualmente hacían, sonó el teléfono de casa. En aquel entonces no había teléfonos móviles, solo ese aparato negro y pesado colgado en la pared del pasillo. Mi madre contestó, y al instante su rostro cambió. La vecina escuchó como  su voz se quebraba, cómo las palabras se le ahogaban en la garganta. Recibió una pésima noticia: su hermano mayor, mi tío, había sufrido un terrible accidente de coche y lo iban a operar de inmediato, estando en juego su vida.

Mi madre se puso muy nerviosa, llorando, desorientada. Caminaba de un lado a otro del salón sin saber qué hacer, debía irse de inmediato a la ciudad, al hospital. Fue entonces cuando se acordó de que no podía marcharse y dejarme allí solo en casa; a su regreso se encontraría algún problema serio, o eso creía ella. La vieja Eulalia, que había observado la escena con una calma casi inhumana, sabía perfectamente lo que hacía. Le indicó a mi madre que yo me quedaría en su casa. Mi madre, entre sollozos, dijo que quizás no era una buena idea, que yo no me portaba bien con ella. Eulalia la convenció con una voz suave y tranquilizadora, diciendo que no pasaría nada y que así tendrían oportunidad de hablar y zanjar sus diferencias. Finalmente, mi madre quedó convencida, desesperada por cualquier solución. Abrazó a Eulalia, quien a la vez la consolaba y le decía que no sería nada grave. Mi madre preparó una maleta a toda prisa para marcharse de inmediato a la ciudad. Llamó a un taxi que acudió enseguida, y antes de subir, le dijo a Eulalia que esa noche la llamaría a casa para comprobar que todo iba bien entre yo y ella y para contarle cómo estaba su hermano.

Así fue como aquella tarde regresé a casa y me encontré mi casa vacía cerrada  y sin rastro de mi madre. La vecina, asomada en su ventana, me esperaba. Salió a mi encuentro ante la puerta de mi casa y me explicó todo lo sucedido. La verdad es que no sentí apenas nada; apenas conocía a mi tío. Pero sí sentí un escalofrío de terror cuando me dijo que pasaría la noche en su casa y quién sabe si el día siguiente, dependiendo de cómo estuviera mi tío. Aquella idea no me gustaba nada, pero no había otra opción; la otra alternativa era quedarme en la calle, ya que no tenía las llaves de casa.

 

Así fue como entré a regañadientes en casa de la vecina Eulalia. Nunca había estado en esa casa. Nada más cruzar la puerta, apareció un salón grande, adornado de forma antigua. Muebles oscuros y pesados, un sofá de tapizado gastado, una lámpara de araña que apenas iluminaba la penumbra. Había poca luz y olía a algo extraño, a cerrado, a polvo acumulado durante años, o quizás, simplemente, olía a ella. Me quedé mirando el salón de un lado a otro, sintiéndome un intruso, mientras la vieja Eulalia cerraba la puerta con un sonido sordo y definitivo. Observé cómo cerraba la puerta con una llave antigua y, con una naturalidad que me sobresaltó, se guardaba la llave de forma ordinaria dentro de su escote, en el interior de su sujetador, bajo el vestido, entre sus enormes pechos. Quede extrañado, pero en ese momento comprobé con una certeza heladora que ahora estaba encerrado en su casa y no podría salir sin esa llave.

Desanudó los guantes que llevaban colgados de su delantal, sus guantes de goma de fregar que tanto odiaba por el aspecto marrón que tenían y el olor que producían. Comenzó a enfundarse los guantes en sus manos y brazos carnosos. La goma se estiraba al entrar, muy apretada, marcando sus brazos flácidos como si fuera a estallar en cualquier momento de lo apretados que quedaban hasta el codo, hundiéndose en su carne. Agarró una silla de madera alta y la colocó en el centro de la habitación. Antes de sentarse, se despojó de su delantal. Yo la miraba perplejo, sin saber qué sucedia, extrañado, sin comprender nada. Ella se quitó el delantal y después su vestido, quedando en ropa interior. Ese día llevaba unas medias marrones oscuras  hasta los muslos y unas bragas blancas, gruesas, de algodón basto, que cubrían todo su culo y su cintura.

Dobló perfectamente su vestido sobre una mesa y se dirigió de nuevo a la silla. Tiró de sus medias marrones hasta los muslos, subiéndoselas, y se sentó en la silla. Yo estaba sin comprender nada. Ella estaba casi desnuda, mostrándome su cuerpo obeso de vieja, carnoso, con sus enormes pechos colgando bajo el sujetador. Con su mano enguantada, me señaló sus rodillas y me indicó que me recostara en ellas boca abajo. «Ha llegado el momento de aprender modales. Te lo advertí, te aseguro que vas a aprender a respetarme y obedecerme».

Por supuesto que no obedecí. Supe que quería azotarme como si fuera un niño, y mi orgullo joven se rebeló. Ella esperó unos segundos, y al ver que yo no reaccionaba, levantó la voz, gritándome: «¡Recuéstate en mis rodillas ahora mismo!». Su grito se escuchó en toda la casa, una orden que no admitía réplicas. Yo, asustado, obedecí y me acerque a ella. Ella me bajó mis pantalones cortos con sus guantes de goma y mis calzoncillos. Sentí una vergüenza tremenda, mostrando mi culo, mi pene, mis huevos, el terror helado de mi vulnerabilidad. Con su otra mano, me tiró del brazo y me colocó en su regazo boca abajo, sintiendo una humillación tan grande que mis mejillas ardían de vergüenza.

Observé cómo desabrochó una sandalia de tela de piel que cubrían sus pies enfundados en sus medias. Con una lentitud tortuosa, desabrochó el cierre de la sandalia y la agarró entre su guante de goma, sujetándola firmemente. Y de repente, comenzó a azotarme con ella sobre mi culo desnudo. La suela de la sandalia era de goma, y ​​cada golpe ardía sobre mi piel expuesta, un látigo de goma brutal. Yo, recostado boca abajo en su regazo, sobre sus muslos enfundados en sus medias marrones, sentía cada impacto con una fuerza que me sacudía hasta los huesos. Ella azotaba con fuerza, y yo me retorcía, tratando de zafarme de su agarre, una lucha desesperada y patética. Ella azotaba y yo me retorcía, tapaba mi culo con mis manos, e incluso me azotó en la mano al intentar protegerme. Aquello era una batalla, una guerra de voluntades en la que yo estaba perdiendo estrepitosamente.

Ella se cansó de la batalla, enfurecida, y se levantó de golpe. «¡Estúpido! Lo haré por las malas. Tú has decidido que sea así». Se levantó de golpe de la silla, un torbellino de ira contenido. Sus medias marrones crujían al tensarse sobre sus muslos carnosos y sus guantes de goma amarillos brillaban con un brillo febril bajo la luz tenue. La señora Eulalia, cuando se enfurecía, era terrible. Su rostro se contorsionó en una máscara de pura furia, las venas de su cuello se hinchaban como gusanos y su voz, ya no era un susurro, sino un rugido encolerizado que hizo temblar las paredes. «¡¡INSOLENTE!! ¡¡TE HE DICHO QUE TE ESTE QUIETO!! Se acercó a un cajón de la cómoda del salón  y regresó con unas esposas de metal de acero, que brillaban bajo la tenue luz de la habitación. Quede perplejo. ¿Qué hacía aquella vieja señora con unas esposas de metal de verdad? En su mano también agarraba un rollo de cinta americana de color gris. Lo primero que hizo fue esposarme mis manos a mi espalda con dureza, cerró las esposas fuertemente, tan fuerte que me hacían daño, mordiéndome la piel. Me quejé, le dije que me hacían daño las esposas. Ella suspiro, irritada y enfadada, como una vieja chiflada psicópata, y fue cuando el terror se apoderó de mí.

Contemplé con horror cómo se bajaba sus bragas de algodón blancas por su cintura, muslos y piernas, para agarrarlas entre sus manos enguantadas. Eran unas bragas enormes, un trozo de tela amplio y voluminoso adecuado para su culo rechoncho. Acercó las bragas blancas a mi rostro, y pude comprobar cómo estaban sucias, con manchas amarillas y marrones, aquellas bragas eran de varios días. Y para mi sorpresa y sin previo aviso, intentó meterlas en mi boca, pero eran tan grandes que no cabían por completo, el tejido basto se amontonaba en la entrada. Pero ella, con una paciencia cruel, tomó la yema de su guante de goma y, empujando con una fuerza metódica y despiadada, se encargó de ir introduciendo el resto del tejido de tela sucio en mi boca . Forzó cada pliegue hasta que entraron por completo, rellenando e inflando mi boca hasta que mis mejillas se abultaron como si tuviera nueces guardadas dentro. El sabor fue terrible, un sabor a sudor, a orina seca y a heces secas pegadas al tejido de las bragas. Se me revolvió el estómago y comencé a tener arcadas, un espasmo incontrolable que me hacía temblar.

Agarró un  rollo de cinta americana y comenzó a rodear mis labios, boca y rostro con la cinta, dando vueltas y tensándola. Una vuelta y otra y otra más, no escatimaba en el rollo de cinta americana, bien apretada a mi boca. Mientras yo tenía arcadas por el sabor de sus bragas repugnantes, la cinta americana parecía pegamento, se pegaba en mi boca y no podía escupir sus bragas. La cinta estaba tan tensa que apretaba mi mandíbula y no podía emitir sonido alguno, solo saborear el terrible sabor de aquella vieja y su suciedad acumulada durante días en sus bragas. Era realmente asqueroso, arcadas en mi boca, una humillación que me llegaba al alma. Así fue como me inmovilizó con las esposas y me silenció con sus sucias bragas, con un sabor deplorable que se grabaría en mi memoria para siempre.

La batalla había terminado. Había sido derrotado. Estaba inmovilizado sobre su regazo boca abajo, con las manos esposadas a mi espalda y la boca amordazada con sus sucias bragas, con su suciedad. No podía moverme ni quejarme. Ella me azotaba con su sandalia una y otra vez sobre mi culo desnudo en su regazo. Me acopló de tal forma que mi cara estaba casi pegada al suelo, quedando sobre sus rodillas, y ella azotándome sin piedad con la sandalia una y otra vez sin poder moverme. El dolor era terrible; ella me azotaba con toda su fuerza mientras levantaba la voz: «¡Estúpido maleducado, sin vergüenza, ahora aprenderás a respetarme!». Continuaba azotándome una y otra vez sin resistencia alguna. El dolor era terrible, estallando la suela de su sandalia en mi culo. Comprendí lo que significaba estar indefenso, ser un títere . No podía moverme, ni podía quejarme ni gritar, solo recibir azotes y dolor y más dolor sin poder hacer nada sobre el traqueteo de sus muslos una y otra vez.

En aquel castigo doloroso, con la cabeza casi pegada al suelo sobre su regazo, observaba boca abajo sus piernas y sus medias y, entre ellas, algo que me aterró ya la vez me excitó. Era su coño. Un coño peludo con una mata de pelos enorme que daba entrada a un enorme coño grande de abuela. Me horrorizaba ya la vez me excitaba, no comprendía mis sentimientos. Recibía dolor y contemplaba su coño lleno de pelos, enorme. Sin darme cuenta, incluso tuve una erección entre sus rodillas, mi pene se alargó entre sus muslos mientras observaba su coño que a la vez me daba asco de lo grande y peludo que era.

La señora Eulalia se dio cuenta de mi erección. Se inclinó y averiguó que me excitaba al ser azotado y cómo observaba su coño. «¿Te gusta mi coño, verdad?», susurró, su voz un torrente de veneno dulce. «Eso para ti será un privilegio. Deberás obedecerme si quieres lamerlo, y no te lo has ganado. Te aseguro que si un día me obedece, te daré el privilegio de lamerlo con tu lengua hasta el fondo». Yo quedé aterrado. Me daba asco aquel coño ya la vez me excitaba. Me imaginaba mi lengua dentro de su coño, saboreando sus fluidos, era una sensación extraña, una mezcla de repulsión y un deseo oscuro que no entendía pero que anhelaba con cada fibra de mí ser.

El privilegio de observar su coño se disipó. La señora no deseaba que siguiera observando su coño peludo ni que estuviera completamente excitado. Noté cómo su mano enguantada se inclinó y agarró mi cabello entre sus dedos, lo atenazó con una ferocidad que no soltaría jamás. Mantuvo mi cara mirando al frente, bien agarrado por su tirón de pelo entre su guante, un dolor terrible que sentía como si me estuviera arrancando el cuero cabelludo a tirones. Inmóvil sobre su regazo, con mi cuerpo rebotando sobre sus muslos enfundados en medias, era completamente suyo. Con su otra mano también enguantada , descargaba su sandalia en mi culo una y otra vez con una cadencia brutal y sin piedad. No podía hacer nada, ni moverme, ni quejarme, ni gritar. Estaba completamente indefenso, siendo azotado bruscamente, una marioneta rota en manos.

El privilegio de observar su coño se disipó. La señora no deseaba que siguiera observando su coño peludo ni que estuviera completamente excitado. Noté cómo su mano enguantada se inclinaba y agarró mi cabello como una garra, pero no se conformó con sujetarlo. Tiró con una fuerza renovada, levantando aún más mi rostro en el aire, forzándome a arquear el cuello hasta un punto imposible. El dolor se disparó, agudizándose hasta convertirse en un agujero candente en mi cuero cabelludo. Sentía cómo sus dedos enguantados se cerraban con más dureza, apretando mi cabello entre la goma sucia hasta que cada folículo parecía gritar. Inmóvil sobre su regazo, con mi cuerpo rebotando sobre sus muslos enfundados en medias, era completamente suyo. Con su otra mano también enguantada, descargaba su sandalia en mi culo una y otra vez con una cadencia brutal y sin piedad. No podía hacer nada, ni moverme, ni quejarme, ni gritar. Estaba completamente indefenso, siendo azotado bruscamente, una marioneta rota en manos de su titiritera, mientras el tormento del tirón de pelo se sumaba al fuego de sus azotes en una sinfonía de sufrimiento insoportable.

Lloraba y lloraba, el dolor aumentaba y no podía hacer nada para remediarlo, no podía ni quejarme. Ella estuvo azotándome durante una eternidad. El tiempo se detuvo en un bucle infinito de sufrimiento, y no paraba de recibir azotes con su sandalia una y otra vez, cada vez era más doloroso. Mi culo quedó completamente magullado, de un color rojo intenso con zonas moradas y marcas perfectas de la suela de la sandalia de tiras  grabadas en mi piel. Sabía, con una certeza absoluta y aterradora, que no podría sentarme en una silla durante una buena temporada, que cada vez que lo intentara, el dolor me recordaría este momento, este infierno en el regazo de la señora Eulalia.

Terminó su castigo. Dejó mi culo completamente magullado, con feas marcas de su sandalia grabadas a fuego en mi piel. El simple roce del aire me producía un escozor insoportable en mi carne en carne viva. Lloraba de dolor, un llanto silencioso y ahogado por la mordaza. Ella continuó agarrándome por el pelo fuertemente con su mano enguantada, su guante atenazaba mi cabello y no cedía, provocándome más dolor de lo fuerte que lo estiraba, y me llevó hasta un rincón del salón. Me colocó de rodillas mirando a la pared, inmovilizado con sus esposas y aún con su mordaza que sabía fatal. Mi boca era un estercolero, un vertedero de suciedad, orines y heces secas de la vieja señora Eulalia.

Ella se situó tras de mí, mientras continuaba recriminando mi comportamiento. «Así se trata a los estúpidos como tú», decía, su voz fría como el acero. Continuaba muy seria tras de mí, y yo de rodillas. «A partir de ahora me vas a respetar y obedecer. Todo cuanto te ordene, obedecerás… si no lo haces». Se hizo una pausa, y me azotó de nuevo con su sandalia, que agarraba en su mano enguantada, inclinándose hacia abajo donde estaba de rodillas, mirando al rincón. El dolor fue una explosión nueva y aguda sobre mi carne ya martirizada.

 

Ella continuó hablando y recriminando mi comportamiento cuando, en ese momento, sonó el teléfono de su casa. El teléfono situado al lado del sofá, sobre una mesita. Había sido salvado por el teléfono. Cada azote con la sandalia dolía horrores. La vieja señora Eulalia contestó al teléfono. Era mi madre. Estaba contenta, le explicó a la vecina Eulalia que su hermano había sido operado y había salvado la vida, que estaba fuera de peligro. Le preguntaba a la vez cómo iban las cosas conmigo por allí. La vieja Eulalia le dijo que íbamos muy bien, que habíamos hablado y todo estaba solucionado. La alegría de mi madre era cada vez mayor. Ellas hablaban y hablaban, mi madre estaba contenta. La señora Eulalia se sentó en el sofá mientras hablaba con mi madre, y comprendí que le gustaba hablar con mi madre, que en verdad era como una hija para ella, que disfrutaba hablando con ella.

Yo seguía en el rincón, de rodillas, con un dolor de culo insoportable mientras ella hablaba y hablaba por teléfono. Giré la cabeza y comprobé cómo la señora estaba semidesnuda, con sus medias marrones, sus piernas abiertas mostrando su enorme coño peludo  de vieja. Me excité de nuevo y, a la vez, quedé aterrado. Era un coño asqueroso, pero por algo que no entendía, me excitaba. En ese momento, la vieja señora observó que yo estaba en el rincón, mirando hacia atrás, sin mantener la mirada en el rincón. Le dijo a mi madre que esperase un momento, que había escuchado un ruido en el jardín. Tocó un botón del teléfono y silenció la conversación. En ese momento, se levantó de su sofá la señora Eulalia, con su sandalia entre su mano enguantada, y se inclinó, azotándome muy fuerte en mi culo desnudo mientras yo estaba de rodillas. «¡Te he dicho que mires al rincón, no-te´lo-voy-a-repetir!», me dijo levantando la voz y azotándome muy fuerte. Yo lloraba en silencio por cada golpe de sandalia en mi culo ya magullado. Enderecé la espalda, mirando al rincón, y continuó mirando al rincón mientras mi madre, al otro lado de la línea, esperaba.

La señora Eulalia volvió al sofá, agarró el auricular del teléfono y continuó hablando con mi madre, indicándole que tan solo había sido un gato quien había hecho un ruido en el jardín. Así ella continuó hablando con mi madre por teléfono, y yo de rodillas en aquel rincón, sin moverme, la espalda erguida y tragando el sabor detestable, el sabor repugnante de las bragas de la vieja Eulalia. La conversación fue eterna. Ella hablaba y sonreía como si yo no estuviese presente. Descubrí la crueldad de aquella vieja señora, su capacidad para el mal disimulado bajo una fachada de amabilidad. Descubrí que la amaba con todas mis fuerzas, que aquella vieja me había derrotado y era suyo para siempre.

Tras terminar la conversación, mi madre dijo que regresaría mañana . La señora Eulalia se despidió, le deseó los mejores deseos a mi madre y colgó el teléfono. Se dirigió hacia el rincón donde me encontraba, esposado y amordazado con las bragas con sabor horrible. Para mi sorpresa, quitó la cinta americana de mi boca. El dolor fue fuerte, la cinta pegaba con una ferocidad que me arrancó un grito ahogado al despegarla de mi piel, pero a ella no le importó mi dolor. Me giró para enfrentarme a ella y me dijo: «Ahora vas a pedirme perdón por tu comportamiento. Vas a suplicar que te perdone o ¿prefieres que vuelva a azotarte? «. Yo sabía que debía hacerlo, no deseaba ser azotado de nuevo. Ella continuó hablando y me mostró su coño ante mí. «Esto es un privilegio para ti. Si quieres lamerlo, vas a tener que esforzarte. Si un día me obedeces, dejaré que metas la lengua dentro de él». Yo sentí terror y, a la vez, ganas de hacerlo, era un coño horrible, pero era suyo.

La señora Eulalia se dirigió a la silla donde había sido azotado, se sentó en ella de espaldas, mirando hacia el respaldo de la silla, y su culo grueso sobresalía por el asiento. Sus guantes de goma se dirigieron a su culo y abrieron sus nalgas con sus manos enguantadas por detrás de su espalda, y me mostró un enorme agujero negro, era su ano. «Ahora quiero que metas la lengua dentro y supliques perdón». Yo, asustado, me acerqué. Acerqué la cara a su culo, abierto por sus guantes de goma, y ​​al acercar mi rostro, olí un fuerte hedor a heces. Obedecí. Algo en mi interior sabía que la pertenencia y que la obedecería. Acerqué mi lengua a su culo y comencé a suplicar perdón por el trato que le había dado. Ella, a la vez, me recriminaba, diciendo que quería sentir la lengua dentro de su culo. Hice un esfuerzo y metí la lengua en su agujero negro, que sabía fatal y olía muy fuerte. Comencé a lamer mientras suplicaba que me perdonase. Ella continuaba abriendo sus nalgas con sus guantes de goma mientras ella ordenaba que quería sentir la lengua más profunda. Obedecí e introduje mi lengua hasta el fondo mientras lamía restos de su caca en su culo, y ella jadeaba y me decía: «Buen chico». Yo pedía perdón y lamía aquel culo de la vieja señora Eulalia.

Aquel día me humilló y supe que ahora la pertenecería para siempre, me había doblegado. «Desde ahora vas a obedecerme siempre y me respetaras», me indicaba mientras yo lamía su culo. Indicaba que sí, señora, con una voz inaudible, con mi lengua dentro de su culo, saboreando su ano.

El día siguiente, mi madre estaba en casa. Mi madre y la señora Eulalia tomaron café como de costumbre. Entré en el salón y saludé primero a la señora Eulalia con una educación exquisita, un «buenos días, señora Eulalia» que sonó incluso a mis propios oídos como una plegaria. Mi madre aprobó mi comportamiento con su mirada, una sonrisa de alivio en sus labios. La señora Eulalia me miraba orgullosa, y vio el cambio de mi trato hacia ella; era educado, respetuoso, sumiso. Mi madre se levantó para preparar más café, y fue cuando la señora Eulalia se acercó a mí y me dijo al oído, con su voz baja y autoritaria: «Esta tarde vas a venir a mi casa. Vas a obedecerme. Necesito que vayas a la compra y realices tareas de mi casa. Pórtate bien y obedéceme, y quizás te deje lamer mi coño… sino agarraré la sandalia”. Yo asentí, y desde ese día fui su más fiel devoto, su esclavo. La obedecería en todo, ella era mi dueña, había aprendido a respetarla.

En el próximo capítulo les contaré cómo todo no fue tan fácil. El castigo que les he contado hoy fue solo una introducción. Debido a un gran error mío, os seguro que aquel castigo fue un infierno, aquel día me azotó de una forma que siempre recordaré, me hizo vivir una pesadilla azotándome, pero lo descubrirán en el siguiente y último capítulo. Comprenderán por qué soy masoquista hoy en día y amo el dolor, viví un verdadero infierno de manos de la vieja señora Eulalia.

Continúa en capítulo 2

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3 Lecturas/16 julio, 2026/0 Comentarios/por scatgummi
Etiquetas: amiga, amigos, hermano, hija, madre, mayor, padre, recuerdos
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