El Archipiélago del Incesto 05
Elena tiene un nuevo día más en la oficina, trata de trabajar pensando en lo que hizo con su linda amiga, los recuerdos sexuales la invaden. Mientras revisa más casos de embarazos jóvenes, maquillados como travesuras o como una decisión propia, debe tomar otra vez una decisión importante.
El primer sonido fue el goteo del grifo de la cocina. Un ritmo de 60 latidos por minuto en el fregadero de acero inoxidable, cada gota un menisco de 2 ml que temblaba y caía. Elena lo observaba, con su propio ritmo cardíaco a unos lentos 58 latidos por minuto. La casa era un cuerpo que contenía la respiración. El lado de la cama de Rob era un páramo de 40 cm de ancho, frío al tacto cuando ella se levantó. Preparó café. La máquina gruñó, expulsando un chorro de líquido negro con el mismo nivel corrosivo que el desinfectante de la clínica, sí, claro. El aroma, 200 compuestos aromáticos distintos, no le provocó nada. Era combustible, no placer. En el espejo del pasillo, no vio a una mujer. Vio un sistema en revisión. Sus pezones, duros por el frío de la mañana, tenían 26 mm de diámetro, un tono más oscuro que la pálida piel de sus pechos. Se tocó uno, con un peso familiar de 450 gramos. Presionó, buscando el fantasma de una sensación: las uñas de Bree, la boca de Rob años atrás, los dientes del interno cubano. Nada. Las terminaciones nerviosas solo transmitían presión y una temperatura de 34 °C. El mapa erótico de su juventud se había borrado y se había redibujado como una tabla clínica.
HARLAN. (Como una notificación que brillaba en su teléfono). La abuela de S. Doe llamó. Preguntó si «el procedimiento» causaba infertilidad. La tranquilizó diciéndole que era la voluntad de Dios.
Su mirada se desvió hacia abajo. La ligera protuberancia de su vientre, un aumento de 2 kg debido a la mediana edad y a los músculos abdominales descuidados, descansaba sobre la cintura de sus pantalones cortos de seda. La seda se sentía como una segunda piel, pegada a la curva de 102,1 cm de sus caderas. Era un cuerpo que había dado a luz a tres hijos, que un hombre aún miraba con una especie de hambre transaccional, que una mujer había tocado con lo que ella creía que era necesidad. Ahora, parecía un frasco de muestras, que solo contenía el formaldehído de la rutina. Elena apretó la taza con la mano. Un temblor de 2 mm de amplitud recorrió sus dedos, haciendo chapotear el café. No era un temblor de ira, sino de una profunda fatiga a nivel celular. La cicatriz del Nexplanon bajo la piel de su brazo le picaba, una bomba de relojería de 16 días que hacía su cuenta atrás en silencio. Rob querría una respuesta. Su cuerpo se convertiría en tema de discusión, en objeto de negociación. Se terminó el café en dos largos sorbos, 200 ml de amargura líquida, y le dio la espalda al espejo. El día se extendía ante ella, un campo estéril a la espera de la primera incisión.
ELENA. *Ahhh, ahhhhhhh, lámelo, lámelo, asíiiiiiiiiiii, iiiiiaaaahhhhhhh.*
El ruido en su cabeza era estrepitoso, el silencio en la habitación era un espécimen que ella estaba diseccionando. Cada minuto era una incisión de 1 cm en el día. Se trasladó al lavadero, un espacio que zumbaba con el ruido de 70 decibelios de la secadora. La tarea era una liturgia familiar. Sacó las camisas de Rob, cada una de ellas un lienzo de algodón egipcio 100 %, talla 42 de cuello. Sus dedos recorrieron los cuellos almidonados, encontrando el tenue y obstinado rastro del perfume de su amante, una nota sintética de jazmín que se aferraba a las fibras como un patógeno. Las siguientes eran sus propias blusas. Una camisola de seda, la que Bree le había desabrochado con los dientes en la sala de guardia, se deslizó entre sus manos. El recuerdo era un pulso fantasma de 10 segundos de duración, un destello de calor en la parte baja de su abdomen que se disipó tan rápido como había llegado. Se llevó la prenda a la cara. Ahora solo olía a detergente pero antes el aroma de ella y su amiga, el sexo salvaje que tuvieron, las ganas de chucha, el deseo antinatural muy perverso para ella de probar coño joven y lamerlo como si no hubiera más que hacer. El recuerdo la golpeaba, el aroma, las camisas de su esposo, las mordidas de los cubanos, representaciones de sus amantes a lo largo de la historia, toda la gente con la que tuvo sexo y se divirtió, con la que tuvo tantas noches de placer sexual.
BREE. *Dilo, zorra, dilo, di que eres mía*
Aún retumban en su mente esos momentos con ella, su amiga, la de su marido, la amiga de ella misma, aunque lo niegue, le gustaba, se había acostumbrado a esto, a este juego pervertido, saber que su esposo se iba con alguien, saber de la traición y ella misma ir a traicionar al amor de su vida. El padre de sus hijos no parecía ocultarlo, llevaba su doble vida igual que otras, ya no la follaba como antes, Elena quería su pene, quería el placer que él siempre le dio, pero sabía que debía compartirlo, ahora lo entendía, y lejos de enojarse exageradamente decidió también jugar, pues sabe que su chucha, así se divorcie, querría tener algo de acción, ya sea de su amor o de sus amigos.Del bolsillo de su bata blanca sacó un pequeño objeto frío. La pulsera de jade de Tempest. Debía de haberla cogido del lavabo del baño la noche anterior. La piedra era un óvalo liso, de 5 cm en su eje más largo, fría contra su palma. Parecía una lágrima fosilizada. Pensó en Luisa, en cómo sus manos fuertes, capaces de levantar 20 kg de ropa mojada, habían atado esto alrededor de la muñeca de Tempest para protegerla. El gesto era más íntimo que cualquier otro que Rob le hubiera ofrecido en años.
ELENA. *Ahhhhhhhh, zorra, aaaahhhhhhh, lámelo, lámelo, por favooor, aaaaaaaaahhhhhhhhhh, ahhhhhhh.*
Un calambre, sordo y profundo, floreció en su útero. Era un 3 en la escala del dolor, el dolor familiar de una adherencia tirando, un recordatorio de alambre de púas enterrado profundamente en su carne color melocotón. Presionó la palma de la mano contra él, aplicando 2 kg de contrapresión. Este era el verdadero diálogo de su cuerpo: no el placer, sino la gramática simple y brutal del dolor y la función. Trató de olvidarlo, tratarlo como algo insignificante, si ella lo comparaba con lo que sufrirían las niñas que atiende en su hospital, el de Harlan, aquí una niña lloró al saber que no quedaría embarazada. Quién diría que habría alguna que se entristecería por ello, cuando gracias a su trabajo sabe de algunas que solo piensan en recibir verga y deshacerse de las consecuencias naturales de esto, piensa también en aquellas que prefieren no recibir nada, ni penes adultos ni semen adolescente, solo quieren estudiar y partir, solo eso. Dobló la última camisa, un rectángulo perfecto de 30 cm por 40 cm. La pila estaba completa. Se había impuesto el orden en una pequeña y manejable parte del caos. La pulsera de jade le pesaba en la mano, un peso de 20 gramos de fracaso maternal. No había protegido a su hija del mundo, ni de la confusión de su propio cuerpo. Ni siquiera había podido proteger a una niña de 13 años de su propia familia.
BREE. *Mírate, eres solo una perra.*
ELENA. *No…*
El calambre se intensificó hasta alcanzar un 4 en una escala del 1 al 10. Cerró los ojos y contó el ritmo de su propia respiración. Inhalar durante 4 segundos, aguantar la respiración durante 7 y exhalar durante 8. Una técnica de respiración que enseñaba a las madres ansiosas. No sirvió de nada para la adherencia, pero reguló el patrón superficial de 18 respiraciones por minuto de su pánico. Pero en sus recuerdos no habían calambres, en sus memorias habían amigas y sus dedos hurgando dentro de sus cavidades. No era la primera vez, Bree ya sabía cómo hacer que Elena se retorciera de placer y no pudiera diferencias la realidad de la ficción. Ahora sabía por qué tenía tanto éxito entre ciertos chicos, ella se quedaba en tu mente, te transtornaba, te vuelve loco, te hace desearla, te hace querer que se quede allí en tu concha y ordenarle que te ordeñe el coño. Piensa y su adherencia pasa a segundo plano, el ejercicio de respiración que hizo fue inútil, su respiración vuelve a subir, los latidos por minuto, el recuerdo de Bree devorando sus genitales provocaba que su entrepierna se mojara. Otra vez la lengua de Bree la hacía olvidarse de su esposo y la perra lograba su objetivo, destruir su heterosexualidad, dejarse llevar por el placer, permitirse experimentar, dejarse someter por esa rubia de baja estatura y culo rico.
BREE. *No qué, puta.*
ELENA. *Nooohhh, n… no soy eso…*
BREE. *¿Qué?, ¿¿una perra??*
ELENA. *Sí…*
BREE. *Sí, mira como chorrea tu coño, te gusta, esto (introduce tres dedos en su vagina) te encanta.*
ELENA. *Ahhhhhhhh!*
Un rayo de sol, un haz preciso de 10 cm de ancho, atravesaba el suelo del salón, iluminando las motas de polvo que bailaban como plancton microscópico. Elena se encontraba de pie en medio de él, sintiendo el calor de 42 °C en sus piernas desnudas. Era el mismo calor que la frente de un niño con fiebre. Solo llevaba unos pantalones cortos de seda y una camiseta sin mangas fina, con un tejido de 65 gramos sobre su piel. Era la hora en la que la casa era realmente suya, un campo estéril antes de que llegaran los contaminantes del día. Su cuerpo, bajo esta luz, era algo que debía evaluarse. Se pasó la mano por el estómago, con la piel ligeramente flácida por haber dado a luz a tres hijos. Por debajo de la circunferencia de sus caderas, sus muslos mostraban las primeras líneas finas y plateadas de la edad, una topografía de 32 cm de longitud. Seguían siendo fuertes, capaces de realizar más de 100 sentadillas a la semana con precisión clínica, pero ya no eran las columnas lisas que maravillaban a un amante. Sus pensamientos se desviaron, sin querer, hacia la chica S. Doe. ¿En qué se convertiría su cuerpo? ¿En un paisaje de cicatrices similares, tanto visibles como ocultas? Los 38 kg de peso de la niña y su útero retrovertido resonaban como un eco oscuro en la habitación. El propio cuerpo de Elena, con todos sus defectos aparentes, era un testimonio de una vida vivida. El de la niña era un testimonio de una vida robada.
S.DOE. *Yo estoy enamorada de él.*
ELENA. *Pero si esto es un pecado, ¿no te enseñan sobre lo que se considera malo en ese lugar?*
S.DOE. *Mi abuela dice que no tiene nada de malo, es más, se ha hecho durante mucho tiempo, solo sigo con lo que estamos acostumbradas.*
Esa niña había tenido sexo con sus hermanos, tal vez su tío y padres, la idea la hace temblar, es casi inconcebible, todo esto la impresionaba, considerando todo lo vivido por esta chica y otras que como ella cometieron actos terribles con sus familiares. Sin prestar atención se quita la ropa, de a pocos, imaginándose a la pobre criatura fundamentando sus decisiones, sus actos pecaminosos, inmorales, ilegales, se quita la blusa y queda luego desnuda de cintura para abajo, se acomoda y quita el resto de su ropa. De repente la puerta principal se abrió con un clic. Matteo, de vuelta de su paseo, con su metro treinta y siete de estatura proyectando una sombra larga y delgada. Apenas la miró, con las mejillas sonrojadas. Ella vio cómo sus ojos se movían rápidamente, fijándose en su estado de desnudez durante un fugaz segundo antes de posarse en el suelo. Una nueva dinámica. Su cuerpo ya no era solo el cuerpo de una madre; se estaba convirtiendo en el cuerpo de una mujer a los ojos de su hijo, una forma complicada y extraña. Pasó arrastrando los pies hacia la cocina. Oyó cómo se abría la nevera y el sonido característico de un litro de leche al ser vertido. Ella permaneció a la luz del sol, cuya calidez ahora le resultaba invasiva, como una lámpara de diagnóstico. La torpeza de su hijo era un nuevo dato, una variable que no había calculado adecuadamente. Su cuerpo, objeto de tanto escrutinio clínico y conyugal, era ahora objeto del estudio privado y confuso de su hijo. El silencio de la casa ya no era estéril, sino que estaba cargado, a la espera de la próxima fractura.
ELENA. (Su voz, neutra, a 60 decibelios). ¿Cómo está la mamá de tu amigo?.
MATTEO. (Murmurando, con el pulso visiblemente acelerado en el cuello). No estaba ahí.
Pero eso no es todo, más tarde ese mismo día aparecería su marido. Rob. Su aroma lo precedía. Una mezcla de bourbon de 60 grados y el leve rastro vegetal del perfume de una mujer, adherido a la lana de su chaqueta. Se quedó de pie en la puerta del salón, con su altura de más de 180 cm bloqueando la luz. Elena no se giró. Sentía su mirada como un contacto físico, una palpación que comenzaba en los 95 cm de sus piernas desnudas, se desplazaba por la curva de su cadera y se detenía en el fino algodón que se estiraba sobre sus omóplatos. «Sigues siendo una mujer hermosa, Elena». Su voz era grave, 85 decibelios de deseo ensayado. Era el tono que utilizaba antes de cerrar un trato comercial. Ella finalmente se giró. Sus ojos eran del color de un moretón viejo y estaban fijos en el contorno visible de sus pezones contra la camiseta sin mangas. Se requería una respuesta. Una actuación. Su propio cuerpo se sentía como una entidad separada, un maniquí que ella habitaba. Dio un paso adelante, acortando la distancia de tres metros que los separaba. El aire desplazado por su movimiento transportaba su aroma, una oleada de roble y traición. Levantó la mano, no para tocarle la cara, sino para quedarse suspendida cerca de su pecho, a una distancia de dos centímetros. El calor de su piel era una promesa a 34 grados.
ELENA. Mi Nexplanon expira en dieciséis días. (Una mentira, una pequeña. Su voz era plana, un informe clínico de 55 decibelios).
ROB. Lo sé. He esperado. ¿Y tú?
No era una pregunta. Ella recordó el mensaje de una amiga, el mensaje de 37 caracteres que simplemente decía: «Me folló en tu cama el martes pasado». El cabecero dejó una marca en la pared. Sus dedos finalmente entraron en contacto, rozando la curva exterior de su pecho, una superficie de 4 centímetros cuadrados. Su piel se erizó, una respuesta autónoma que ella no autorizó. Su cuerpo, el traidor, recordaba los viejos guiones. Un torrente de 250 ml de sangre calentó su pecho. Sus ojos lo siguieron, como un cazador que ve una señal. Su pulgar acarició una línea de 5 cm a lo largo de sus costillas. Era un gesto de posesión, no de afecto. Una reivindicación sobre un cuerpo que él consideraba su territorio legítimo. Ella miró más allá de su hombro, a las motas de polvo que aún bailaban en la luz muerta del sol. Vio los ojos vacíos de la chica S. Doe. Sintió el fantasma de la boca de Bree. Oyó el goteo del grifo de la cocina, un metrónomo que marcaba la cuenta atrás para una decisión que ya había tomado. Su mano se bajó. La pérdida de contacto fue una caída de 2 grados en la temperatura localizada de la piel. Un destello de algo —molestia, alivio— en sus ojos del color de un moretón. Cuando se dio la vuelta, ella vio el chupetón marrón rojizo en su cuello, que florecía por encima de su cuello como un hongo.
ROB. Es hora, Elena. No nos estamos haciendo más jóvenes.
ELENA. Mañana. (La palabra fue una sutura quirúrgica que cerró la conversación). Esta noche estoy cansada.
Obviamente se sentía cansada, ayer había tenido bastante sexo con su compañera de trabajo, su enfermera, Bree, había dejado que ella le chupara la concha y ella le había dado el mismo trato, como no lo había hecho desde hace mucho tiempo, como no lo hacía con una mujer en años. La demora inicial del orgasmo de Bree provocó risas en ella, denigrándola un poco por no poder darle un orgasmo con la boca como debería una madura experimentada como ella, la doctora se empecina en demostrar su habilidad, lamiendo el coño más bruscamente, provocando leves movimientos en su amiga, sus caderas demostraban lo que pasaba con ella. Claramente era obediente, Elena chupaba y mamaba a otra mujer con todas sus ganas, olvidándose de su perpetua heterosexualidad para dar rienda suelta a lo que creía era un método de escape, cuando en realidad estaba abriendo una puerta más grande, permitiendo sin querer hacer algo más hermoso en el futuro y también algo más enfermo. Cierra los ojos y recibe los fluidos de su amiga rubia, la chica de padres multiétnicos la humilla, le dice que no es lo suficientemente hembra para lamerla tan bien como ella se lo hace, criticándola por haberse casado con Rob y tener tres hijos con él, como si eso la hubiese hecho menos válida para ser mujer ante su amante.
BREE. Te has vuelto débil, eres una tonta, ¿dónde quedó la gran perra revolucionaria?, dónde quedó la puta que quería cambiar el mundo.
ELENA. Ghhh, glahhhh, gglglglhhh.
Ella la presionaba, su garganta, su lengua, su cara, toda estaba presionada contra la concha de la rubia, la descendiente italiana hacía lo posible para respirar y cumplir con su papel de amante, no era sencillo, sentía que se estaba ahogando en chucha y un aroma más juvenil. Alucina con la noche de pasión que vivió con Bree, la tarde, todo ese largo encuentro que no tuvo que justificar ante su familia, no tenía que hacer nada de eso, en ese momento se sentía como en su fiesta privada, sin necesitar nada de nadie aquí. Muy diferente del ahora, que la lámpara de la mesilla de noche proyectaba un resplandor de 60 vatios, pintando sus cuerpos con tonos ámbar enfermizos. Rob ya estaba en la cama, con las sábanas subidas hasta la cintura, dejando al descubierto la espesa mata de pelo de su pecho. Elena se desnudó de espaldas a él, cada movimiento un arco calculado de 30 centímetros. La seda de sus pantalones cortos susurró al deslizarse por sus caderas de 98 centímetros. No lo miró en el espejo. La cama se hundió bajo su peso de 95 kilos cuando ella se acostó a su lado. El espacio entre ellos era un abismo de 20 centímetros de algodón almidonado. Él se giró, con su aliento formando una nube de 20 grados, y su mano encontró la cadera de ella. Su palma estaba caliente, a 36,5 grados, y áspera por los callos de tantos años jugando al golf. Ella cerró los ojos.
ROB. Esto está bueno, Elena. Esto está muuuy bien.
Su voz era un rugido de 75 decibelios contra su oído. Su tacto se desplazó hacia abajo, un descenso predecible. Sus dedos la separaron, una familiaridad clínica que no despertaba calidez, solo un reconocimiento sordo de 2 sobre 10 en su escala de sensibilidad interna. Su cuerpo era un protocolo que había que seguir. Su boca en su cuello era una presión húmeda de 1,2 psi. Su mano se movió desde su cadera hasta su estómago, con los dedos extendiéndose por la suave extensión debajo de su ombligo, un territorio que él estaba reclamando. Ella se concentró en la textura de las sábanas de 400 hilos contra su espalda. Su propio cuerpo proporcionó los 25 mililitros de lubricación necesarios, una respuesta puramente fisiológica que ella observó con interés distante. Todo esto era muy distante, muy diferente de lo que vivió con su amante, con su amiga, nada de esto podía estar justificado o tal vez podía jugar a que sí, se abraza a sí misma esperando sentir algo diferente, tratando de recordar cuando su amiga presionó su cara contra sus labios vulvares. Entró en ella con un solo movimiento, con destreza. La sensación era de plenitud y profundo vacío, una contradicción de 15 centímetros de profundidad. Ella siguió su ritmo, un metrónomo ajustado a 60 embestidas por minuto. Su mente se desvió hacia la chica S. Doe, hacia el espéculo de 9 centímetros, hacia los 40 mmHg de succión. Esto no era más que otro procedimiento, otra extracción de algo que él quería de un cuerpo que no deseaba dárselo.
BREE. No sé por qué si sabes cómo es todo tú sigues ahí.
ELENA (Mamando concha). Glup, glup, shhhccchhhhhh. Sí, lo que tú digas, mi amor.
BREE. Solo eres una perra, no sirves para nada más querida, por eso él te sigue atacando así.
Cuando llegaron y se vieron mutuamente no había nada más que decir, se habían visto todos los días, atendiendo niñas embarazadas y otras más mayores que quieren los embarazos, pasando también por aquellas que simplemente detestaban esa posibilidad. Todo esto ya la estaba llevando al límite, no podía soportar más casos así, entre acabar con los bebés no nacidos de otras mujeres y aprender que las niñas tenían sexo según ellas voluntario con tipos que claramente no eran de su misma edad la estaba enloqueciendo poco a poco. Un ligero momento para relajarse era lo que le ofrecía Bree, pero ella no gustaba de aparentar ser una amante tranquila, quería sacarla de quicio, en el sofá, en la ducha y en su cama, en todas partes ella quería atormentarla, manipularla y provocar en ella diferentes sensaciones que no sabía si podía soportar. Suficiente con lo que ofrecía su amiga, suficiente con su húmeda vagina que podía usar para exprimir los líquidos de cualquier hombre, en su caso no servía para nada de eso, esos jugos solo le servían para engrasar los dedos supuestamente inexpertos de Elena, le servían para borrarle el maquillaje con todas las corridas que le daba en su cara. A ella se le escapó un sonido pensando en este momento, allí con su esposo, allí con Rob, fue solo una exhalación de 45 decibelios que él confundió con placer, aunque no sabe que el mini grito se dio por los dedos, lengua y labios de Bree que todavía hacen estragos en Elena, incluso en sus recuerdos. Su esposo se emociona por la posibilidad, su mujer parecía receptiva a todo, estaba disfrutando, eso creía, así que decidió impulsarse aún más, haciendo que su esposa se mueva en su cama, trató de concentrarse, pero la follada con su esposo ya había pasado, su ritmo se aceleró.
ELENA. No puedo respirar, ahhhhh.
BREE. No te separes todavía, amor, todavía tengo mucho jugo que darte, esta noche vas a ser mía por completo.
ELENA. No creo que pueda, ya es demasiado tarde.
Cualquiera diría que allí ella se impuso ante la joven enfermera, pues no, Bree puso una mano bajo la chucha de la antes conocida en la zona como hija de italianos y comenzó a jugar, rebuscando en su húmeda cueva los pequeños rastros qu conducirían a su próximo orgasmo. Las pruebas del anterior pasaban de cuerpo en cuerpo, manchando de líquido blanco y transparente la mano de la joven, ella puso su mano en la cara de Elena, quien no tuvo más alternativa que chupar sus dedos manchados de su propio fluido, excitándose nuevamente, con ganas de seguir siendo esta noche lesbiana. Las palpitaciones de ese día la emocionan, tratando de serenarse y olvidar que su fertilidad estaba a punto de volver en cualquier momento y que su esposo encima de ella le hacía recordar las futuras obligaciones que tendría que tener como madre. Ella arqueó la espalda ante los embistes de su esposo, una curva performativa de su columna vertebral, ofreciendo el bulto de sus pechos a la tenue luz provocándolo, sabiendo que él gustaba de chupar de esos manjares, semejantes pezones que se mantenían semi erectos hacia techo. Él gimió, una señal gutural de 80 decibelios de su inminente final, gimió mirando sus ubres, hermosas montañas que hasta su joven amante le reconoció podrían excitar a un niño de 09 años pero que para un adulto como Rob eran una señal de maternidad innegable. Elena contó las quince, como los días, últimas y frenéticas embestidas soltando la lefa dentro de su vagina, inundando la cerviz, siendo el destino de sus fecundos espermatozoides cubanos.
ROB. (En su oído). Ya está hecho.
ELENA. Sí. (Susurró ella al techo). Ya está.
ROB. Oh.
Él se derrumbó, sus 95 kilos de peso una repentina asfixia. Su sudor, aproximadamente 100 mililitros, se enfrió sobre su piel. Se apartó rodando, su respiración ya profundizándose hacia el sueño de una mujer que no quiere ser mamá por cuarta vez pero que su marido puede que no sepa aún de eso. Permaneció completamente inmóvil, sintiendo cómo 10 mililitros de su fluido se escurrían lentamente de su cuerpo. La adhesión en su útero le provocó un latido lejano y familiar, la cicatriz del Nexplanon le picaba, dieciséis días, o tal vez quince realmente, la cuenta atrás terminaría.
Hola, somos Incest Tales, gracias por leer nuestros relatos, más historias de la familia Conti-Thorne se aproximan más las secuelas de Una historia de incesto y Futababy que están por llegar. Deliciosas historias, no se olviden de seguirnos en nuestras redes sociales que están publicadas en nuestros otros capítulos y también de dejar sus comentarios. También ya saben nuestro correo por si quieren aprender de nuestra forma de crear las ricas imágenes que ven y también por si quieren apoyar nuestra rica misión de compartir la libertad sexual, con familia o con amigos. Gracias por permitir que esta historia sea publicada y por más lugares donde no sea malo contar tus fantasías y deseos ocultos para todos menos para aquellos que te quieren, comprenden, aceptan y te acompañan a disfrutar de lo delicioso, gracias a todos ustedes, queridos.


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