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Dominación Mujeres, Incestos en Familia

El Callejón del Parquecito: La carretera secundaria

El motor tosió una última vez y se apagó..
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

 

Benjamin mantuvo las manos sobre el volante. Los nudillos se le habían puesto blancos. Miraba a través del parabrisas, hacia la carretera que los faros apenas alcanzaban a iluminar. La luz terminaba unos metros más adelante, absorbida por la oscuridad y la vegetación que bordeaba ambos lados del camino.

 

Intentó girar nuevamente la llave.

 

Nada.

 

Volvió a intentarlo.

 

El motor respondió con un sonido seco y después quedó en silencio.

 

—Papá.

 

La voz de Samuel llegó desde el asiento trasero.

 

Benjamin lo miró por el espejo.

 

Veinte años. Estudiante de Derecho. Hasta hacía poco, Benjamin todavía pensaba en él como en el muchacho que se quedaba dormido viendo televisión en el sofá. Esa noche, sin embargo, Samuel parecía un adulto. Un adulto asustado.

 

—¿Qué pasó?

 

—No sé.

 

Marcela seguía sentada a su lado. Tenía una mano apoyada sobre el muslo de Benjamin. No era un gesto íntimo. Ni siquiera parecía darse cuenta de que lo estaba haciendo. Sus dedos estaban rígidos, aferrados a la tela del pantalón como si necesitara comprobar que él seguía allí.

 

—¿Dónde estamos? —preguntó.

 

Benjamin miró nuevamente por el parabrisas.

 

La carretera principal había quedado atrás hacía unos minutos. Él había tomado un desvío. Después habían pasado el pequeño puente de concreto y, poco después, el camino se había estrechado.

 

En el lugar los teléfonos no tenían señal.

 

—Es una carretera secundaria —respondió.

 

—Eso ya lo sabemos —dijo Samuel—. ¿Cuál?

 

Benjamin no contestó.

 

Desde atrás llegó la voz de Tomás.

 

—Tengo frío.

 

Benjamin se volvió.

 

—Ponte la chaqueta.

 

—Está en el baúl.

 

—Entonces quédate quieto.

 

El niño obedeció.

 

Benjamin bajó el volumen de la radio. En realidad, no había nada que escuchar. Solo estática.

 

Entonces oyó el ruido.

 

Un chirrido metálico.

 

Pausa.

 

Otro chirrido.

 

Lento, irregular.

 

Chirrr…

 

Chirrr…

 

Benjamin levantó la cabeza.

 

Marcela lo miró.

 

—¿Qué es eso?

 

Él tardó un momento en responder.

 

Conocía aquel sonido.

 

Porque lo había escuchado muchas veces ya.

 

El columpio.

 

Chirrr…

 

Pausa.

 

Chirrr…

 

Samuel se inclinó entre los asientos.

 

—¿Qué es?

 

Benjamin abrió la puerta.

 

—Voy a mirar.

 

—¿Solo? —preguntó Marcela.

 

Benjamin se detuvo.

 

Miró hacia la oscuridad.

 

—Todos bajamos —dijo finalmente—. Nos quedamos juntos.

 

—¿Para qué? —preguntó Samuel.

 

—Para ver dónde estamos.

 

Abrieron las puertas.

 

El aire de la noche era más frío de lo que parecía desde el interior del vehículo. Benjamin encendió la linterna del teléfono y caminó unos metros por delante.

 

La carretera no estaba exactamente abandonada. Había huellas recientes de neumáticos sobre la tierra húmeda y, a un costado, una zanja poco profunda cubierta de maleza. El problema era que no había casas, postes de luz ni ninguna otra señal de que alguien viviera cerca.

 

El chirrido volvió a escucharse.

 

Más claro esta vez.

 

Chirrr…

 

Tomás se acercó a su padre.

 

—¿Es un parque?

 

Benjamin no respondió inmediatamente.

 

A unos metros, casi oculto entre los árboles, distinguió algo parecido a una estructura.

 

—Creo que sí.

 

Samuel soltó una respiración corta.

 

—¿Aquí?

 

—Vamos a mirar y volvemos.

 

—¿Y el carro?

 

Benjamin miró hacia atrás.

 

El automóvil permanecía con las puertas abiertas, iluminado débilmente por la luz interior.

 

—No nos vamos a alejar.

 

Caminaron juntos.

 

El terreno descendía suavemente desde la carretera. No era un sendero, aunque había una franja de tierra menos cubierta de maleza que parecía haber sido utilizada alguna vez para llegar hasta allí.

 

El trayecto no duró más de cinco minutos.

 

Aun así, ninguno habló.

 

Cuando llegaron al final de la pendiente, la luz del teléfono alcanzó primero una banca de concreto. Después otra.

 

Y finalmente el parque.

 

Era pequeño.

 

Mucho más pequeño de lo que Benjamin pensaba.

 

Había un árbol viejo en el centro, dos bancas oxidadas y una estructura metálica de juegos que parecía llevar años sin mantenimiento.

 

El columpio estaba al fondo.

 

Se movía lentamente.

 

Vacío.

 

Chirrr…

 

Chirrr…

 

Benjamin se quedó inmóvil.

 

Por un momento, un leve instante su mente quiso advertirle que aún estaba a tiempo de volver al carro y simplemente salir de ahí.

 

Samuel se colocó junto a él.

 

—Papá.

 

Benjamin no respondió.

 

—¿Tú conoces este lugar?

 

Benjamin miró el columpio.

 

Seguía moviéndose.

 

—Dios santo —susurró Marcela.

 

Se había detenido unos pasos detrás de Benjamin.

 

—¿Qué es este lugar?

 

Benjamin no respondió.

 

La luz del teléfono le iluminaba la cara desde abajo. Por un instante, Marcela creyó ver en él una expresión que no reconocía.

 

Era resignación.

 

Como si aquel lugar confirmara algo que él llevaba mucho tiempo esperando.

 

—Benjamin.

 

Él levantó la mirada.

 

—Ven.

 

No había dureza en su voz. Eso fue, precisamente, lo que más la inquietó.

 

Benjamin empezó a caminar hacia el otro extremo del parque.

 

—¿Adónde vas? —preguntó Samuel.

 

—Al callejón.

 

Samuel miró a su madre.

 

—¿Qué callejón?

 

Benjamin siguió caminando.

 

Marcela dudó antes de seguirlo. Tomás se mantuvo pegado a ella y Samuel caminó detrás de ambos, sin quitar los ojos de su padre.

 

El parque terminaba unos metros más adelante, donde el terreno se estrechaba entre dos construcciones antiguas. Allí comenzaba un pasadizo angosto, flanqueado por muros de ladrillo ennegrecidos por la humedad. No parecía formar parte de ningún camino que llevara a una vivienda. Era más bien uno de esos espacios que quedaban entre edificios después de que la ciudad hubiera crecido alrededor de ellos.

 

El olor llegó antes que la oscuridad.

 

Humedad, basura vieja y orina.

 

Samuel se cubrió la nariz con la mano.

 

—¿Qué demonios hacemos aquí?

 

Benjamin no contestó.

 

Entonces una voz salió del pasadizo.

 

—Pensé que no venían.

 

Marcela se detuvo.

 

Dos hombres aparecieron entre las sombras.

 

El primero era grande, de unos cincuenta años, con la cabeza completamente rapada y el abdomen pronunciado bajo una chaqueta oscura. Caminaba despacio, sin prisa. El segundo era bastante más joven, delgado, de rostro anguloso y cabello corto.

 

Los dos conocían a Benjamin.

 

Eso fue lo primero que entendió Samuel.

 

Lo segundo fue que Benjamin los estaba esperando.

 

El hombre corpulento se acercó.

 

—Jefe.

 

Extendió la mano.

 

Benjamin se la estrechó.

 

—Raúl.

 

Samuel sintió que algo se le cerraba en el pecho.

 

Miró a su padre.

 

—¿Quién es él?

 

Benjamin no respondió.

 

Raúl tampoco pareció sorprendido por la pregunta. Miró brevemente a Samuel, después a Tomás y finalmente a Marcela.

 

—¿Ellos son?

 

—Sí —respondió Benjamin.

 

Una sola palabra.

 

Marcela palideció.

 

—¿Sí qué?

 

El hombre más joven sonrió apenas.

 

—Juan —dijo, señalándose a sí mismo—. Mucho gusto.

 

Nadie le respondió.

 

Juan miró a Benjamin.

 

—Pensé que vendrías solo.

 

—Las cosas cambiaron.

 

—Ya veo.

 

No había amenaza en su voz. Ni siquiera hostilidad.

 

Eso hizo que todo resultara peor.

 

Marcela tomó a Tomás de la mano.

 

—Benjamin, nos vamos.

 

Él la miró.

 

—No podemos.

 

—¿Cómo que no podemos?

 

—El carro no arranca.

 

—Entonces llamamos a alguien.

 

Benjamin bajó los ojos hacia el teléfono que todavía sostenía en la mano.

 

—No hay señal.

 

Samuel sacó el suyo.

 

Miró la pantalla.

 

Nada.

 

—Yo tengo batería —dijo—. Puedo caminar hasta la carretera.

 

Raúl negó lentamente con la cabeza.

 

—No es buena idea.

 

Samuel se volvió hacia él.

 

—¿Y usted quién carajos es para decirme lo que puedo hacer?

 

Raúl no se ofendió.

 

Solo miró a Benjamin.

 

Ese pequeño gesto bastó.

 

Samuel comprendió que su padre había llevado la conversación hasta allí antes de que ellos siquiera supieran que existía.

 

—Papá…

 

Benjamin cerró los ojos durante un segundo.

 

Cuando volvió a abrirlos, parecía más cansado que antes.

 

—Samuel, escucha.

 

—No. Tú escucha.

 

Samuel dio un paso hacia él.

 

—Nos trajiste aquí.

 

Benjamin no respondió.

 

—¿Verdad?

 

Silencio.

 

—Nos trajiste aquí a propósito.

 

Marcela lo miró.

 

Y esta vez comprendió lo mismo que su hijo.

 

No había sido una falla del automóvil.

 

No había sido un desvío equivocado.

 

Ni siquiera habían llegado allí por casualidad.

 

Benjamin había sabido desde el principio adónde iban.

 

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Marcela.

 

Benjamin la observó durante unos segundos.

 

—Personas con las que tengo un asunto pendiente.

 

—¿Qué asunto?

 

—No es algo que pueda explicarte aquí.

 

Marcela soltó una risa breve y nerviosa.

 

—¿Aquí?

 

Miró alrededor.

 

—¿Y dónde exactamente se supone que debo hacer preguntas? ¿En el parque?

 

Nadie respondió.

 

El viento movió las ramas del árbol.

 

El columpio chirrió detrás de ellos.

 

Una vez.

 

Luego otra.

 

Marcela miró hacia atrás.

 

Cuando volvió la mirada hacia Benjamin, algo había cambiado en su expresión.

 

No parecía el hombre que había conducido con ellos durante toda la noche.

 

Era el mismo rostro, sí.

 

La misma voz.

 

Pero había desaparecido cualquier intento de fingir que aquello era un accidente.

 

—Marcela —dijo él—, quiero que confíes en mí.

 

Ella lo miró durante varios segundos.

 

Después negó con la cabeza.

 

—Eso es precisamente lo que ya no puedo hacer.

 

Benjamin no respondió.

 

Raúl se apartó ligeramente para dejar libre el paso hacia el callejón.

 

—Tenemos poco tiempo —dijo.

 

Benjamin miró a su familia.

 

Después al callejón.

 

—Vamos —dijo.

 

Tomás apretó con más fuerza la mano de su madre.

 

Samuel se quedó inmóvil.

 

—Mami me quiero ir.

 

La voz de Tomás salió más firme de lo que él mismo esperaba.

 

Juan bajó la mirada.

 

Tenía una mano apoyada sobre el hombro del niño, no con suficiente fuerza para lastimarlo, pero sí para impedirle avanzar.

 

—Tranquilo —dijo—. No pasa nada.

 

—Suéltame.

 

Juan miró a Benjamin.

 

Fue apenas un segundo.

 

Pero Samuel lo vio.

 

Su padre hizo un pequeño movimiento con la cabeza.

 

Juan retiró la mano.

 

Tomás regresó inmediatamente junto a su madre.

 

—Nos vamos —dijo Marcela.

 

Benjamin la tomó del brazo.

 

—Espera.

 

Ella se soltó.

 

—No vuelvas a tocarme.

 

Benjamin se quedó inmóvil.

 

Aquello pareció afectarlo más que cualquier insulto. Durante veinte años, incluso en las peores discusiones, Marcela nunca le había hablado así.

 

—Marcela, escucha…

 

—No. Ahora me vas a escuchar tú.

 

Su voz temblaba, pero ya no era de miedo.

 

—Nos trajiste hasta aquí. Conoces a estos hombres. Sabías que estaban aquí. Quiero saber qué está pasando.

 

Benjamin miró a Raúl.

 

—Todavía no.

 

—¿Todavía no qué? —preguntó Samuel.

 

Raúl intervino.

 

—No tiene sentido hablar aquí.

 

Señaló hacia el extremo del callejón.

 

Había una persiana metálica levantada apenas un metro. Detrás se veía una escalera que descendía.

 

—Adentro podemos hablar tranquilos.

 

Marcela miró la entrada.

 

—Yo no voy a bajar.

 

—No tienes que decidir nada ahora —dijo Benjamin.

 

Raúl lo miró.

 

—Sí tiene que decidir.

 

Hubo un silencio.

 

Benjamin entendió lo que significaba.

 

También Samuel.

 

—Papá —dijo el muchacho—. ¿Qué hay abajo?

 

Benjamin tardó demasiado en contestar.

 

—Un lugar donde podemos hablar sin que nadie nos escuche.

 

—¿Y por qué necesitamos eso?

 

Benjamin no respondió.

 

Tomás miró hacia la escalera.

 

—Mamá, vámonos.

 

Marcela le puso una mano sobre la cabeza.

 

—Sí.

 

Intentó pasar junto a Benjamin.

 

Él se movió para bloquearle el camino.

 

—No hagas esto más difícil.

 

Marcela lo miró fijamente.

 

—Ya lo hiciste tú.

 

Benjamin cerró los ojos.

 

Cuando volvió a abrirlos, parecía haber tomado una decisión.

 

—Bajemos.

 

—No.

 

—Marcela…

 

—No voy a entrar en un sótano con hombres que no conozco.

 

Benjamin bajó la voz.

 

—Samuel.

 

—¿Qué?

 

—Ayúdame.

 

El muchacho sostuvo su mirada durante unos segundos.

 

Después miró a su madre.

 

—Mamá, baja.

 

Marcela lo observó como si acabara de escuchar algo incomprensible.

 

—¿Tú también?

 

Samuel tragó saliva.

 

—No es lo que crees.

 

—Entonces dime qué es.

 

Samuel no pudo hacerlo.

 

Ese fue el momento en que Marcela comprendió que su hijo sabía algo.

 

No todo.

 

Pero algo.

 

Benjamin señaló las escaleras.

 

—Por favor.

 

Marcela permaneció quieta.

 

Después tomó la mano de Tomás.

 

—Vamos.

 

No fue una rendición.

 

Fue la decisión de no separarse de sus hijos.

 

Descendieron.

 

Las escaleras eran estrechas y de concreto. Había humedad en las paredes y un olor persistente a cigarrillo, detergente y comida recalentada. No parecía un sótano abandonado. Eso fue lo que más desconcertó a Marcela.

 

Al llegar abajo encontraron una habitación mucho más amplia de lo que habían imaginado.

 

No era lujosa.

 

Pero estaba cuidada.

 

Había una mesa de billar cubierta con una lona, un pequeño bar, varios sillones y una mesa rectangular contra la pared. En un rincón, un televisor permanecía encendido sin sonido.

 

Cinco hombres estaban allí.

 

Vestían como cualquier grupo de hombres que pudiera reunirse después del trabajo.

 

Y, precisamente por eso, Marcela sintió más miedo.

 

Porque no había nada excepcional en ellos.

 

Raúl entró detrás de la familia y cerró la puerta.

 

—Siéntense.

 

Marcela permaneció de pie.

 

—¿Quiénes son ustedes?

 

Raúl miró a Benjamin.

 

—Eso debería explicarlo él.

 

Todos los ojos se dirigieron hacia Benjamin.

 

Él permaneció junto a la puerta.

 

Durante unos segundos nadie habló.

 

Finalmente, Marcela preguntó:

 

—¿Desde cuándo?

 

Benjamin bajó la mirada.

 

—Hace varios años.

 

Ella sintió que se le aflojaban las piernas.

 

—¿Y qué..?

 

—Es mi verdadero lugar de trabajo.

 

Marcela lo miró sin comprender.

 

—¿Trabajar en qué?

 

Benjamin respiró lentamente.

 

—Es como una organización.

 

Samuel soltó una risa breve, amarga.

 

—Eso tampoco es cierto.

 

Benjamin lo miró.

 

—¿Qué sabes?

 

—Lo suficiente.

 

Marcela giró hacia su hijo.

 

—¿Tú sabías?

 

Samuel no respondió.

 

—¿Tú sabías que tu papá hacía esto?

 

—No todo.

 

—¿Qué significa “no todo”?

 

Samuel bajó la cabeza.

 

Tomás seguía aferrado a la mano de su madre.

 

—¿Nos van a dejar ir? —preguntó.

 

Nadie respondió inmediatamente.

 

Y ese silencio fue peor que cualquier amenaza.

 

Raúl finalmente habló.

 

—Eso depende de lo que pase esta noche.

 

Marcela miró a Benjamin.

 

Él no apartó la mirada.

 

Por primera vez desde que habían llegado al parque, ella vio algo parecido al miedo en sus ojos.

 

Y comprendió que Benjamin no era el hombre que controlaba aquella habitación.

 

 

Solo era el hombre que los había llevado hasta allí.

 

—Sabes, mi amor, nuestros hijos ya no son niños —dijo Benjamin, desabrochándose el cinturón con movimientos lentos y precisos—. Y tú siempre dijiste que harías cualquier cosa por ellos.

 

Marcela lo miró sin comprender todavía a dónde quería llegar.

 

Benjamin sostuvo su mirada unos segundos.

 

 

—Ahora vamos a saber qué significa eso.

 

Se acercó a ella. Estaba tan cerca que Marcela podía oler su colonia mezclada con el sudor de la tensión. Tomó su rostro entre las manos, forzándola a mirarlo.

 

—Quítate la ropa —ordenó.

 

El silencio fue absoluto. Marcela parpadeó, creyendo haber entendido mal.

 

—¿…qué?

 

—No se pregunta —dijo Benjamin, y su voz era hielo. —Se obedece. Quítate la ropa. O lo harán por ti, y será peor.

 

Marcela miró a sus hijos. Samuel tenía la vista fija en el suelo, las manos apretadas sobre sus rodillas. Tomás temblaba, pero no se movía del sillón. Raúl y los otros hombres formaban un semicírculo, observando con expectación que rozaba el aburrimiento, como quien ha visto este espectáculo antes y sabe que siempre termina igual.

 

—Por favor… —susurró Marcela.

 

—Ahora —gruñó Benjamin.

 

Las manos de Marcela subieron a su blusa. Temblaban tanto que los botones se resistían. Uno saltó, rodando por el suelo de cemento pulido. Luego otro. La blusa se abrió revelando un sostén de encaje blanco, elegido esa mañana sin saber que sería su mortaja simbólica.

 

—Todo —exigió Benjamin. —Quiero que entiendan quién eres.

 

Marcela se desabrochó el sostén. Sus pechos cayeron, naturales, maduros, expuestos al aire frío del subsuelo que hizo que sus pezones se endurecieran de inmediato. Los hombres murmuraron aprobaciones. Alguien silbó bajo.

 

—Los pantalones —dijo Raúl, acercándose. —Vamos, muñeca. No hagas esto más difícil.

 

Marcela bajó los jeans. Tenía las piernas temblorosas, la piel erizada. Cuando se inclinó para quitarse los zapatos y luego las prendas inferiores, los hombres vieron su culo redondo, las nalgas blancas que se tensaban por el miedo. Quedó desnuda, completamente vulnerable, en medio de la sala de billar.

 

—De rodillas —ordenó Benjamin.

 

Marcela dudó un segundo. Un segundo demasiado largo.

 

Juan se adelantó y la tomó del brazo con fuerza, obligándola a arrodillarse. Las rodillas de Marcela golpearon el suelo frío con un golpe sordo. El dolor fue secundario frente a la humillación que ardía en sus mejillas.

 

—Mirenla —dijo Raúl, paseando su mirada por el cuerpo de Marcela. —La esposa del gran Benjamin. Tan perfecta, tan obediente cuando se la obliga.

 

Benjamin se arrodilló tras ella, rodeándola con sus brazos. Su aliento caliente en su cuello la hizo estremecer.

 

—Siempre fuiste tan orgullosa, mi amor —susurró al oído, lo suficientemente alto para que todos lo escucharan. —Tan segura de tu moralidad. Pero mira cómo tiemblas. Mira cómo tus pezones se ponen duros de miedo… o de excitación. Ni tú misma lo sabes.

 

Una mano de Benjamin descendió por su espalda, siguiendo la curva de su cintura hasta llegar a sus nalgas. Las palmas abiertas se posaron allí, masajeando, posesivas.

 

—¿Saben que esta mujer nunca me ha negado nada en la cama? —dijo Benjamin para la audiencia. —Pero siempre con esa falsa dignidad suya. Como si el placer fuera algo sucio. Como si desear fuera un pecado.

 

Marcela cerró los ojos con fuerza. No quería ver a sus hijos. No quería ver a los hombres que la observaban como un trofeo de caza.

 

—Abre los ojos —ordenó Raúl. —Quiero que veas lo que hacemos contigo.

 

Marcela obedeció. Sus ojos se encontraron con los de Samuel, que finalmente había levantado la vista. No había lágrimas en los ojos de su hijo, solo una furia contenida que la heló más que el suelo.

 

—Samuel sabía más de lo que creías, mi amor —dijo Benjamin, siguiendo el hilo de sus pensamientos. —Sabe lo que hago. Y ahora, él y Tomasito van a aprender como se trata a las mujeres en este lugar.

 

Las manos de Benjamin se deslizaron hacia adelante, encontrando sus pechos. Los pulgares rozaron sus pezones ya erectos, haciéndola estremecer contra su voluntad.

 

—¿Sientes eso? —murmuró. —Tu cuerpo responde. Tu mente dice no, pero tu carne… tu carne sabe lo que quiere.

 

Raúl se acercó más, desabrochándose el cinturón. El sonido metálico cortó el aire como una navaja.

 

—Benjamin, te prometí una demostración —dijo Raúl. —Y una demostración tendrás.

 

Los otros hombres comenzaron a moverse, formando un círculo más estrecho alrededor de Marcela. Algunos se ajustaban la ropa, otros simplemente observaban con una intensidad predatoria.

 

—Los niños no deberían ver esto —logró decir Marcela, su voz apenas un hilo roto.

 

—Aquí no hay niños—dijo Raúl con una risa seca. —Aquí solo hay testigos. Y futuros participantes.

 

Samuel se puso de pie. Todos los ojos se volvieron hacia él.

 

—Déjenla en paz —dijo, su voz firme pero temblorosa.

 

Raúl lo miró con interés, como un científico examinando un espécimen inesperado.

 

—¿Qué dices, muchacho? —preguntó.

 

Benjamin se rio, un sonido bajo y cruel.

 

—Mi hijo siempre fue demasiado idealista —dijo, sin dejar de acariciar a Marcela.

 

Las manos de Benjamin descendieron más, encontrando el vello entre sus piernas. Marcela contuvo el aliento, sintiendo cómo los dedos se abrían paso hacia su intimidad.

 

—Y tu madre, Samu, es lo más valioso que hay en esta sala en estos momentos.

 

La primera digitación fue brutal, sin preparación. Marcela gritó, un sonido agudo que se perdió en la sala. Benjamin introdujo dos dedos dentro de ella con fuerza, moviéndose con una familiaridad que ahora parecía violenta.

 

—Mojada —anunció Benjamin, mostrando sus dedos a la audiencia. —Siempre tan receptiva, incluso cuando no quieres.

 

Marcela sintió lágrimas calientes rodando por sus mejillas, mezclándose con el sudor. La humillación era total, completa. Estaba siendo exhibida como un objeto, usada como ejemplo frente a sus hijos.

 

—Tomás —susurró, buscando

Pero Tomás no la miraba. Había bajado la vista nuevamente, sus manos pequeñas y pálidas apretadas con tanta fuerza que le dolían.

 

Raúl se arrodilló atras de Marcela..

 

—Mi turno —dijo Raúl. —Quiero probar la mercancía antes de que se estropee del todo.

 

Marcela estaba entre multiples hombres, arrodillada, con su esposo intentando atraer a su pequeño hijo de 9 años mientras la masturbaba violentamente, a la vez que un hombre se posesionaba tras de ella con una unica intención sobre la cual no quería concentrarse demasiado.

 

—Es un gran culo, jefe —dijo Raúl, abriendo su pantalón y sacando un miembro erecto, grueso y oscuro. —Y ahora voy a probar a tu puta.

 

Marcela sintió el pánico genuino por primera vez. Esto no era solo humillación; esto era violencia. Esto era destrucción.

 

—No —dijo, su voz más fuerte de lo que esperaba. —No voy a hacer eso.

 

Raúl se rio, un sonido que no contenía alegría alguna, solo poder.

 

—Oh, pero lo harás —dijo Raúl, tomando su pelo y halandolo hacia atras, hacia él. —O tus hijos aprenderán lo que significa realmente el dolor.

 

La amenaza colgó en el aire, densa, irrefutable. Marcela miró a Samuel, que estaba parado, inmóvil, atrapado entre la furia y el impotencia. Miró a Tomás, encogido en un sillón como un animal acorralado.

 

Benjamin se movió con una velocidad que desmentía su edad. Liberó el cabello de su esposa de las garras de Raúl, no con violencia, no hacía falta. La tomó por ese cabello castaño que ella había peinado esa mañana pensando en un viaje familiar, y la atrajo violentamente hacia él. La besó, un beso de hambre, su lengua incursionó en la boca de ella con la ferocidad que hacía años no le había demostrado. Mientras tanto, Marcela se dejaba hacer, no correspondía el beso, seguía pensando en sus hijos pero permitía que todo pasara, quizás resignada, y sentía con un terror cada vez más intenso la enorme verga que se presionaba contra sus nalgas. Raúl la había tomado de la cintura y la pasaba de un lado a otro, sintiendo el colchón que las grandes nalgas de Marcela le proporcionaban.

 

—Así mejor —dijo Raúl, golpeando las nalgas de Marcela con su verga. —Mira, jefe, ya está aprendiendo.

 

Benjamin se separó de Marcela y se puso de pie frente a ella, junto a los demás hombres. Algunos de los cuales solo observaban, otros lo hacían pero con su verga en la mano, masturbándose lentamente. Benjamin terminó de desabrochar su propio pantalón y sacó su verga. Ya estaba semi-erecta, excitada por el poder absoluto, por la posesión total del cuerpo que había compartido durante dos décadas pero que ahora reclamaba como territorio conquistado.

 

—Ábre —dijo, su voz un ronco comando.

 

Marcela, con los labios temblando, separó la mandíbula. Benjamin tomó su cabeza con ambas manos y empujó su cadera hacia adelante, introduciendo su verga en la boca de su esposa. El calor húmedo la recibió, y Benjamin suspiró, cerrando los ojos por un segundo.

 

—Eso es —dijo, comenzando a moverse. —Usa la lengua. Como me gusta.

 

Empujó más profundo. Marcela sintió cómo la punta de su verga golpeaba la parte trasera de su garganta, provocando el reflejo nauseoso. Intentó retroceder, pero las manos de Benjamin eran implacables, sujetando su cráneo como si fuera un trofeo.

—Mira a nuestros hijos —ordenó Benjamin, y su tono era perverso, calculado para destruir. —Míralos mientras te follo la boca.

Marcela abrió los ojos, llorosos, y vio a Samuel. Su hijo la miraba. No con horror, sino con una extraña fascinación que la destrozó más que cualquier violación. Era la mirada de quien entiende el precio del poder. Tomás, en cambio, tenía la cara oculta entre las manos, pero Juan se lo había quitado, forzándolo a mirar.

Benjamin aumentó el ritmo. Sus embestidas eran duras, egoístas, diseñadas para demostrar propiedad. La boca de Marcela se había convertido en un hueco, un agujero más para su placer. El sonido de sus caderas golpeando la cara de ella, de su pelvis rozando su nariz, llenaba la sala.

—Por atrás —dijo Raúl, que en ningún momento había dejado de sentir esas nalgas grandes y blancas, su propia verga gruesa y oscura presionándose con fuerza. —Déjame probarla, jefe. Tiene un culo que pide a gritos una verga como la mía.

Benjamin se retiró de la boca de Marcela con un chasquido húmedo. Ella jadeó, babeando, el rímel corrido por las mejillas.

—Ponte de pie —ordenó Benjamin, ignorando a Raúl. —Inclínate sobre la mesa de billar.

Marcela obedeció con lentitud, sus músculos temblorosos. El fieltro verde de la mesa era áspero contra sus pechos y su estómago. Se estiró, sintiendo el estiramiento doloroso de sus músculos de la espalda y los hombros. El frío de la madera contra su piel erizada la hizo estremecer.

Raúl se acercó por detrás, sus manos posándose en las caderas de Marcela. Ella sintió el calor de su cuerpo antes de sentir nada más.

—No, Raúl —dijo Benjamin, su voz cortante como el cristal. —Primero yo.

Raúl se detuvo, su mirada encontrando la de Benjamin en el reflejo oscuro de la pared. Por un momento, Marcela pensó que habría una confrontación. Pero Raúl simplemente se echó hacia atrás, una sonrisa torcida en sus labios.

—Como digas, jefe —dijo. —Pero después voy a fondo.

Benjamin se colocó detrás de ella, sus manos recorriendo la curva de su espalda hasta llegar a sus nalgas. Las palmas abiertas se posaron allí, masajeando, separándolas ligeramente.

—¿Sientes eso, mi amor? —susurró Benjamin, su aliento caliente en su oreja. —¿Sientes cómo te deseo? Cómo te he deseado siempre.

Marcela no respondió. No podía. Su garganta estaba cerrada por el miedo y la humillación.

Benjamin se arrodilló detrás de ella. Marcela sintió su aliento caliente contra su intimidad antes de sentir su lengua. El primer lametazo fue lento, deliberado. Un acto de posesión que la hizo arder de vergüenza.

—Siempre te gustó esto —dijo Benjamin entre lametazos. —Siempre te excitó que te adorara así. Pero nunca lo admitiste. Nunca quisiste ser la mujer que necesita ser follada hasta no poder más.

La lengua de Benjamin exploró cada pliegue, cada recoveco. Marcela sintió cómo su cuerpo respondía contra su voluntad, cómo el calor se extendía por su vientre, cómo sus pechos se presionaban contra la mesa con cada respiración.

—Mojada —anunció Benjamin, levantándose. —Siempre tan receptiva, incluso cuando odias cada segundo de esto.

Se colocó detrás de ella, la punta de su verga rozando su entrada. Marcela contuvo el aliento, esperando la embestida.

—Míralos —ordenó Benjamin, su voz baja y amenazante. —Mira a tus hijos mientras te follo.

Marcela levantó la vista y encontró a Samuel de pie, inmóvil, mirándola. No lloraba. Tenía la mandíbula tensa y una expresión que ella no había visto nunca en él. No supo si era rabia, miedo o algo peor.

A unos pasos, Juan seguía forzando a Tomas a mirar sosteniendo su brazo.

—Mira a tu mamá —dijo.

Benjamin entró en ella con un movimiento rápido y profundo. Marcela gritó, un sonido agudo que se perdió en la sala. El dolor fue intenso, abrumador. Benjamin comenzó a moverse, sus embestidas duras, egoístas, diseñadas para demostrar propiedad.

—Así —gritó Benjamin, sus caderas golpeando las nalgas de Marcela con un sonido rítmico y obsceno. —Así, mi amor. Tómalo todo. Toma toda mi verga. Toma todo el dolor y el placer que siempre te negaste a admitir que querías.

Marcela no había dejado de llorar y ahora sus lagrimas se mezcñlaban con su sudor. La humillación era total, completa. Estaba siendo violada por su esposo frente a sus hijos, y su cuerpo respondía con una mezcla de dolor y un placer vergonzoso que la destrozaba por dentro.

—Más rápido —gritó Raúl, masturbándose con fuerza. —Fóllala más rápido, jefe. Quiero verla gritar.

Benjamin aumentó el ritmo, sus embestidas cada vez más duras, más profundas. Marcela sintió cómo el placer se mezclaba con el dolor, cómo su cuerpo se tensaba y se relajaba con cada movimiento, cómo se acercaba a un orgasmo que no quería, que le parecía la traición final.

—No —susurró, pero su voz apenas se oyó.

—Sí —gritó Benjamin, y Marcela sintió cómo se vaciaba dentro de ella, cómo su verga pulsaba liberando su semen caliente. —Sí, mi amor. Tómalo todo. Tómalo todo.

Benjamin se retiró de ella con un movimiento brusco. Marcela se desplomó sobre la mesa, jadeando, llorando, sintiendo cómo el semen de su esposo se deslizaba por sus muslos.

—Mi turno —dijo Raúl, acercándose. —Ahora vamos a ver si esta puta puede con una verga de verdad.

Marcela sintió el pánico. El cuerpo de Benjamin, aunque violento, era conocido. Raúl era un desconocido, una fuerza bruta y oscura.

Raúl no esperó. La agarró de los hombros y la giró sobre la mesa de billar. La madera fría y el fieltro áspero se le clavaron en la espalda y las nalgas. La obligó a abrir las piernas con una rodillazo entre sus muslos, un gesto brutal y eficiente. Se quedó de pie entre ellas, contemplándola como un explorador un nuevo territorio. Su miembro, más grueso y oscuro que el de Benjamin, se erguía imponente, goteando anticipación.

—Miren bien, chicos —dijo Raúl, sin apartar la vista de Marcela. —Esto es una lección. Una lección sobre el uso que se le debe dar a las mujeres.

Con un movimiento de caderas, frotó la cabeza de su verga contra la entrada ya húmeda y usada de Marcela. El contacto fue eléctrico. Marcela arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. Era una mezcla de dolor y una vergonzosa punzada de deseo.

—Ah, sí —siseó Raúl. —La puta quiere más. Siempre quieren más.

Se inclinó sobre ella, apoyando sus manos en la mesa a ambos lados de su cabeza. El peso de su cuerpo la inmovilizó. Su aliento olía a whisky y a poder.

—Voy a destrozarte, perra —susurró en su oído. —Voy a follarte hasta que solo puedas pensar en mi verga dentro de ti.

Y con eso, se hundió en ella. No hubo delicadeza, no hubo preparación. Fue una embestida única, profunda, que le robó el aliento y la visión. Marcela gritó, un sonido animal de dolor y sorpresa. Raúl era más grande, más grueso, y la llenaba de una manera que era abrumadora, dolorosa.

—Así —gritó Raúl, comenzando a moverse con un ritmo brutal, una fuerza animal. —Así, así, así. Tómalo todo.

 

Cada embestida era un golpe, una afirmación de poder. Las caderas de Raúl golpeaban las de Marcela con un sonido obsceno, rítmico, que llenaba la sala junto con sus gruñidos y los jadeños de ella. Marcela sintió cómo se deslizaba sobre la mesa de billar, el fieltro quemándole la espalda, mientras Raúl la poseía con una ferocidad que la aterraba.

 

Los demás hombres animaban, sus voces mezclándose en un coro obsceno.

 

—Más fuerte —gritó uno. —Destrozala, Raul.

 

—Mírala —dijo otro, riendo. —Mira cómo le gusta.

 

Marcela cerró los ojos, intentando bloquear todo, pero no podía. Podía sentir todo: el peso de Raúl sobre ella, su miembro desgarrándola por dentro, el aire frío en sus pechos, las lágrimas en su rostro, las miradas de sus hijos.

 

—No, no, no —susurraba, un mantra inútil.

 

Pero su cuerpo la traicionaba. A pesar del dolor, a pesar de la humillación, sentía cómo el calor se extendía por su vientre, cómo una tensión cada vez mayor se acumulaba en su entrepierna. Era una traición de la peor especie, su cuerpo respondiendo a la violencia con un placer oscuro y vergonzoso.

 

—Samuel —logró decir, su voz apenas un hilo roto.

 

Samuel estaba allí, de pie, mirándola. Sus ojos estaban llenos de una furia tan pura, tan intensa, que Marcela sintió que la quemaba. Pero debajo de esa furia, había algo más. Algo que ella no quería ver. Algo que la destrozaba por completo.

 

Raúl se rio, como si hubiera leído sus pensamientos.

 

—Tu hijo sabe, jefa —dijo, aumentando el ritmo, sus embestidas cada vez más duras. —Sabe por qué estás aquí. Esta es más su iniciación que la tuya.

 

Las palabras de Raúl golpearon a Marcela con más fuerza que sus embestidas. Su hijo. La idea era tan absurda, tan aterradora, que la hizo reír, un sonido histérico, roto, que se perdió en los gruñidos de Raúl.

 

—Ah, sí —dijo Raúl, interpretando su risa como placer. —La puta está disfrutando. La puta quiere más.

 

Y entonces, Marcela sintió cómo el placer la inundaba, una ola abrumadora que la ahogaba. Su cuerpo se tensó, sus músculos se contrajeron, y un grito escapó de sus labios, un grito de dolor y placer y humillación. El orgasmo la sacudió, una fuerza violenta que la dejó temblando, jadeando, sintiéndose vacía y rota.

 

Raúl sintió su contracción, su espasmo, y gruñó, satisfecho. Con unas cuantas embestidas finales, profundas y brutales, se vació dentro de ella, su semen caliente mezclándose con el de Benjamin, una marca final, una doble posesión.

 

Se retiró de ella con un movimiento brusco. Marcela se desplomó sobre la mesa, sin fuerzas, sin lágrimas, sintiéndose sucia, usada, rota.

 

—Siguiente —dijo Raúl, arreglándose la ropa. —Quién sigue.

 

Juan se adelantó, su sonrisa torcida como un cuchillo.

 

—Yo voy, jefe —dijo. —Yo voy a follarme a la esposa del jefe.

 

Marcela cerró los ojos, sintiendo el pánico volver, una bestia hambrienta en su estómago. Esto no había terminado. Esto apenas comenzaba.

—No —dijo Samuel, su voz firme, clara. —No más.

Todos los ojos se volvieron hacia él. Samuel estaba parado, inmóvil, sus ojos fijos en Raúl.

—Se acabó —dijo Samuel. —La dejarán en paz.

Raúl se rio, un sonido bajo, cruel.

—¿Tú crees, muchacho? —dijo Raúl. —¿Tú crees que tienes derecho a decir algo aquí?

—Sí —dijo Samuel, y su voz no temblaba. —Sí, tengo derecho. Tengo derecho porque mi padre es tu jefe.

La sala quedó en silencio. Los hombres dejaron de animar, de masturbarse. Todos miraban a Samuel.

Benjamin lo miró durante un largo momento, su expresión inescrutable. Luego, sonrió.

—Hijo —dijo Benjamin. —Este es el deber que le corresponde. Tu querías saber lo que haciamos. Pues ahora lo sabes. Y te lo adverti mi amor, no puedes decir que no lo hice… De hecho, sabes que, creo que ha llegado el momento.

Se acercó a Samuel, su cara a centímetros de la de él.

—Tu madre dejará hoy su unica virginidad —dijo Benjamin, su voz un susurro bajo y amenazador. —Tu vas a tomarla. Aquí. Ahora. Delante de todos. Delante de mi. De estos hombres. Delante de tu hermano. Y si te la follas como un hombre, si lo haces, si no te niegas, te prometo que esta noche no tendrá más. Y tu madre y Tomas podran ir a descansar.

Samuel palideció, pero no apartó la mirada.

—De acuerdo —dijo Samuel, su voz apenas un susurro. —De acuerdo.

Samuel miró a su madre, despatarrada sobre la mesa de billar, el semen goteándole de la vagina, los ojos vidriosos de trauma. Algo se quebró en él, o tal vez se selló. Caminó hacia ella, cada paso resonando en el silencio denso de la sala.

—Lo siento, mamá —susurró, pero el sonido apenas salió de su garganta.

Benjamin se acercó a él, poniendo una mano en su hombro. «Obedece y todo estará bien».

Samuel asintió, sin mirar a su padre. Sus ojos estaban fijos en la forma indefensa de su madre. Desabrochó su pantalón con manos torpes, la tela rozando en el silencio. Su verga estaba erecta, traicioneramente dura por la adrenalina y la perversidad del momento. Sabía a qué virginidad se refería su padre. Le dio la vuelta a su madre, que no tenía la fuerza suficiente para resistirse, al menos físicamente. Porque en su mente le pedía a su hijo que parara, que después de esto no había vuelta atrás. Las lágrimas de Samuel brotaron mientras se posicionaba detrás de su madre, que gimió débilmente, un «no» que no tuvo fuerza.

—Hazlo —ordenó Benjamin. —Demuestra que eres mi hijo.

Samuel penetró el ano de su madre. El sudor fue el único lubricante, y el dolor fue inmediato para Marcela. El pene de Samuel era grande, y aunque era un joven que a pesar de haber tenido algunos encuentros sexuales en el pasado tenía un morbo irreparable en su mente, años de pornografia alimentaban su libido. Por un instante olvidó a quién penetraba, porque cuando presionó el glande en ese ano, abriendo una de las nalgas de su madre con su mano, simplemente entró a la fuerza. Un solo intento y su verga ingresó hasta el fondo.

El grito de Marcela fue ahogado por las manos de otro hombre que se acercó a su boca, que se había subió a la mesa de billar, tomó un manojo de su cabello y obligó a Marcela a meterse una verga en la boca. La cabeza de Marcela fue forzada hacia atrás, su garganta se abrió para recibir el miembro de alguien que no tuvo la oportunidad de identificar. El hombre comenzó a moverse, sus embestidas en su boca sincronizadas con las de Samuel por detrás.

Samuel se movió con torpeza al principio, luego con furia, con la necesidad de demostrar lealtad, de sobrevivir. Cada embestida era una traición y una confirmación. Estaba sellando su pacto con su padre, pagando el precio de entrada al círculo con el cuerpo de su madre.

Tomás, el hijo menor, observaba con los ojos desorbitados. Juan ahora lo halaba obligándolo a ponerse de pie y le susurró:

—Tú también, chico. O no serás parte de la familia.

Tomás negó con la cabeza, llorando, pero Juan lo empujó hacia adelante. Cuando Samuel terminó, corriéndose dentro de su madre con un gemido de vergüenza y placer confundidos, Tomás fue obligado a tomar su lugar. Su verga era mucho más pequeña, pero funcionaba. Lloró mientras se la metía a su madre, y ella desde su posición intentó consolarlo. Su mano se movió hacia atrás intentando alcanzar a su hijo y lo acarició, una caricia que decía «Está bien, hijo, todo estará bien», incluso mientras era violada, creando una imagen dantesca de amor familiar corrompido.

Cuando el más pequeño de sus hijos terminó, Marcela yacía sobre la mesa de billar, llena de semen de su esposo, de sus hijos, de los extraños. El hombre en su boca se había corrido casi al tiempo que Tomás, bueno, si s epodía llamar corrida al timido liquido deminarl de Tomás, incoloro, casi inexistente. El semen goteaba por sus muslos, por su barbilla, manchaba el fieltro verde.

Benjamin se acercó y acarició su cabello.

—Bienvenida al círculo —dijo. —Ahora eres una de nosotros. La primera. La madre de todo esto.

Se volvió hacia Samuel, que se abrochaba el pantalón con manos temblorosas.

—¿Entiendes ahora? —preguntó Benjamin.

Samuel asintió. Había algo nuevo en sus ojos: una lealtad absoluta, nacida del horror compartido. Sería el mismo que años después guiaría a Jennifer por el mismo pasillo, diciéndole las mismas palabras.

—Sí —dijo Samuel. —Entiendo.

Raúl se acercó con una copa de whisky. El líquido ámbar brillaba bajo la luz tenue del sótano, reflejando las sombras danzantes de los hombres que rodeaban la mesa de billar donde Marcela yacía, un sacrificio consumado sobre el altar verde. Los hielos chocaron contra el cristal con un sonido cristalino que cortó el silencio denso, ese silencio post-coital que olía a semen, a sudor, a traición familiar convertida en sacramento.

—Por la familia —dijo Raúl, elevando su copa.

—Por la familia —respondieron los otros hombres, cinco voces graves que resonaron como un coro primitivo.

Benjamin tomó su propia copa, bebió un trago largo, dejando que el alcohol quemara su garganta antes de inclinarse sobre Marcela. Su mano, la misma que había conducido el coche por esa carretera secundaria hacia su destino inevitable, ahora acariciaba su vientre plano, ese vientre que había albergado a sus hijos y que ahora, bajo su palma, parecía prometer nuevas criaturas, nuevos miembros para el círculo que acababa de sellar con sangre y semen.

—Mañana —dijo Benjamin, su voz baja pero lo suficientemente alta para que todos la escucharan—, comenzamos a construir el futuro. Quizás aquí, dentro de ti, ya crece un nuevo miembro. O quizás lo hará pronto.

Marcela no respondió. Sus ojos, vidriosos y desenfocados, miraban al techo manchado de humo. Estaba agotada, rota, transformada. El semen de múltiples hombres se mezclaba en su interior, un coctel genético de dominación que goteaba lentamente por sus muslos, manchando el fieltro verde de la mesa donde había sido abierta, usada, consagrada.

—Pero primero —continuó Benjamin, devolviendo la copa a Raúl—, descansa.

 

Se inclinó y, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia de los últimos minutos, deslizó sus brazos bajo el cuerpo de Marcela. La levantó con facilidad, como si pesara nada, como si la esencia misma de su ser se hubiera evaporado dejando solo un recipiente de carne. Marcela dejó caer la cabeza contra su pecho, demasiado débil para sostenerla. Su cabello castaño, antes peinado con esmero para un viaje familiar que nunca existió, colgaba en mechones sudorosos y enmarañados.

 

—Ven, mi amor —susurró Benjamin contra su sien, y la ironía de ese término cariñoso en ese contexto fue más afilada que cualquier cuchillo—. Te llevaré a descansar.

 

Samuel se movió para seguir, pero Benjamin levantó una mano.

 

—No —dijo, su tono firme pero no cruel—. Tú quédate aquí. Hablamos de… negocios. Raúl te explicará cómo funciona todo esto. El verdadero trabajo.

 

Samuel asintió, algo decepcionado pero comprendiendo. Había cruzado un umbral esta noche, pero aún quedaban grados en la iniciación. Miró a su madre en brazos de su padre, su cuerpo desnudo colgando como una muñeca rota, y sintió una mezcla de culpa y excitación que lo avergonzó profundamente.

 

Benjamin caminó hacia la puerta del fondo, la que daba a una habitación colindante que ninguno de ellos había visto aún. Tomás, que había permanecido en silencio en su rincón, se puso de pie tambaleándose.

 

—Yo… yo también quiero ir —dijo, su voz temblorosa pero decidida.

 

Benjamin se detuvo y lo miró. En los ojos de su hijo menor vio algo diferente al miedo inicial. Había una necesidad de permanencia, de no ser excluido, de entender lo que había sucedido sin entenderlo del todo.

 

—Está bien —concedió Benjamin—. Ven conmigo.

 

Cruzaron la puerta.

 

La habitación era pequeña, pero extrañamente acogedora en su decadencia. Había una cama de matrimonio con cabecero de hierro forjado, cubierta con sábanas de color vino que habían sido blancas alguna vez. Una mesita de noche sostenía una lámpara de velador con pantalla amarillenta que arrojaba una luz dorada y cálida, casi íntima, que contrastaba con la crudeza de la sala de billar. En una esquina, un sillón orejero de terciopelo desgastado. Una alfombra persa gastada cubría parte del piso de cemento pulido. Y en la pared, un espejo de cuerpo entero con marco dorado ennegrecido por el tiempo, reflejando la escena como un testigo mudo.

 

Benjamin depositó a Marcela sobre la cama. El colchón crujió bajo su peso. Ella se dejó caer sobre su espalda, sus piernas colgando por el borde, demasiado débil para subirlas completamente. Su cuerpo, iluminado por la luz cálida de la lámpara, era un mapa de la violación: moretones comenzando a formarse en sus muslos, en sus caderas donde las manos habían agarrado con fuerza; su sexo hinchado y rojizo, todavía goteando el semen de su esposo, de Raúl, de su propio hijo; sus pechos con marcas de dientes y succión; su rostro manchado de lágrimas secas, rímel corrido, y el brillo residual del semen del hombre anónimo que había usado su boca.

 

Tomás entró detrás de su padre y cerró la puerta. El chasquido de la cerradura resonó en la habitación silenciosa.

 

—Mamá… —susurró Tomás, acercándose a la cama.

 

Marcela giró la cabeza lentamente hacia él. Sus ojos se encontraron, y en ese momento pasó algo entre ellos, una comunicación que no necesitaba palabras. Ella levantó una mano trémula y Tomás la tomó, arrodillándose junto a la cama.

 

—Estoy aquí —dijo ella, su voz rasposa, casi inaudible—. Estoy… aquí.

 

Benjamin observó la escena con una mezcla de ternura perversa y satisfacción. Se desabrochó la camisa, dejando su torso al descubierto —aún fuerte para su edad, con el vientre apenas ablandado por los años— y se sentó en el borde de la cama junto a las caderas de Marcela. Sus dedos recorrieron la piel de su muslo interno, recogiendo el semen que se escurría, masajeándolo en su piel como una loción, marcándola una vez más.

—Eres hermosa así —dijo Benjamin, y había genuinidad en su voz—. Así de rota, así de usada, así de nuestra. Nunca te vi más deseable, Marcela. Nunca.

Marcela cerró los ojos. Una lágrima solitaria se escapó por la comisura y rodó hacia su sien, perdiéndose en el cabello.

Benjamin se inclinó sobre ella y la besó. Fue un beso largo, profundo, diferente a los anteriores. No había violencia en él, sino posesión tranquila, seguridad absoluta. Su lengua exploró su boca con calma, sin importarle el residuo, reclamando ese territorio como suyo una vez más. Mientras besaba a su esposa, una mano acariciaba el cabello de Tomás, quien seguía arrodillado, sosteniendo la mano de su madre.

—Ayúdame a subirla —dijo Benjamin, interrumpiendo el beso.

Juntos, padre e hijo levantaron el cuerpo exhausto de Marcela y la acomodaron correctamente sobre la cama, con la cabeza sobre las almohadas. Benjamin desvistió lo que quedaba de su ropa —sus pantalones, sus zapatos— quedando completamente desnudo. Su miembro, a pesar de todo, mostraba signos de nueva excitación, medio erguido contra su muslo.

—Quita la ropa, Tomás —ordenó Benjamin, no como una orden dura, sino como una sugerencia natural.

Tomás obedeció, despojándose de su camisa, sus pantalones, sus calzoncillos. Su cuerpo infantil, pálido, delgado pero firme, quedó expuesto. Su propio sexo, aunque flácido ahora por el agotamiento y el trauma, colgaba entre sus piernas, testigo de su propia participación en el ritual.

—Sube a la cama —dijo Benjamin—. Acuéstate junto a tu madre.

Tomás obedeció. Se estiró sobre el colchón, junto al cuerpo desnudo de Marcela. Ella giró la cabeza para mirarlo y, con un esfuerzo visible, levantó el brazo para que él se acercara. Tomás se arrastró hasta ella, buscando su calor, y Marcela lo abrazó, atrayendo su cabeza contra su pecho.

Benjamin observó la escena desde el pie de la cama. Vio a su esposa y su hijo menor abrazados, desnudos, vulnerables, y sintió que su corazón se expandía con una emoción que no podía nombrar. No era amor convencional. Era algo más profundo, más oscuro, más verdadero.

Se subió a la cama por el otro lado, acostándose detrás de Marcela, formando una espiga de carne: Tomás contra el pecho de su madre, Marcela entre ambos hombres, Benjamin contra su espalda. Su mano rodeó su cintura y encontró el sexo húmedo y caliente de su esposa, acariciándolo con movimientos circulares suaves, reconfortantes más que excitantes.

—Duerme —susurró Benjamin contra su cuello—. Descansa. Estás a salvo. Estás donde debes estar.

Marcela, entre el calor de su hijo y el cuerpo de su esposo, entre el olor a semen y a sudor familiar, entre el dolor y la extraña paz de la sumisión total, cerró los ojos. Su respiración se volvió profunda, regular. El agotamiento físico y emocional la arrastró hacia un sueño pesado, sin sueños, un negro bienvenido.

Tomás también se durmió, su rostro presionado contra el pecho de su madre, su mano sobre su vientre, sintiendo la respiración de ella.

Benjamin permaneció despierto, acariciando a su esposa, mirando el techo, escuchando. Afuera, en la sala de billar, podía escuchar las voces apagadas, el tintineo de copas, la risa baja de hombres que han sellado un pacto. Sonrió en la oscuridad. Todo había salido mejor de lo esperado.

No supo cuánto tiempo pasó. Quizás una hora, quizás dos. El tiempo en el Callejón del Parquecito fluía diferente, como si estuvieran en una dimensión aparte donde los relojes no tenían sentido.

Fue un golpe suave en la puerta lo que lo despertó de su ensoñación. Benjamin se incorporó silenciosamente, no queriendo despertar a Marcela y Tomás, que dormían profundamente abrazados. Se puso los pantalones descartados y caminó descalzo hacia la puerta, abriéndola apenas una rendija.

Raúl estaba allí, con tres hombres detrás de él que Benjamin reconocía pero que no habían participado en la primera ronda. Eran hombres nuevos en el círculo, iniciados recientemente, que habían estado presentes en la sala de billar pero que habían observado en silencio, masturbándose quizás, pero sin tocar a Marcela. Hasta ahora.

—Vienes —susurró Raúl—. Los nuevos miembros necesitan su sello. Necesitan… probar la mercancía. Sentir de qué está hecha la familia.

Benjamin miró a los tres hombres. Eran jóvenes, fuertes, con ojos hambrientos que brillaban en la penumbra del pasillo. Uno era rubio, atlético, con tatuajes en los brazos. Otro era moreno, barbado, con manos grandes y callosas. El tercero era pelirrojo, delgado pero fibroso, con una intensidad nerviosa en su mirada.

—Está dormida —dijo Benjamin—. Y mi hijo está con ella.

—Mejor —dijo Raúl, sonriendo—. Que el pequeño aprenda que esto no termina nunca. Que una vez que entras al círculo, el cuerpo de su madre, el cuerpo de tu esposa, todo pertenece al grupo.

Benjamin dudó un momento. Miró hacia atrás, hacia la cama donde Marcela dormía desnuda, expuesta, vulnerable. Luego miró a Tomás, su hijo menor, que había demostrado ser más débil, más sensible, más… Era necesario endurecerlo. Era necesario que entendiera que el amor en el círculo era posesión total, que no había límites, que su madre nunca dejaría de ser usada, nunca dejaría de ser el centro del ritual.

—Entren —dijo Benjamin, abriendo la puerta completamente—. Pero silencio. No la despierten… todavía. Que sea una sorpresa.

Los tres hombres entraron en fila, quitándose la ropa mientras avanzaban. El rubio ya estaba erecto, su miembro palpitante contra su vientre. El moreno se bajó los pantalones revelando muslos peludos y un sexo grueso, pesado, que crecía rápidamente. El pelirrojo temblaba de anticipación, sus manos sudorosas desabrochando su cinturón con torpeza.

Benjamin cerró la puerta y se recostó contra ella, cruzando los brazos. Sería el espectador, el director de esta segunda escena, el guardián del umbral.

La habitación quedó en silencio por un momento, el único sonido la respiración profunda de Marcela y el susurro de la ropa cayendo al suelo. Los tres hombres se acercaron a la cama, rodeándola, observando el cuerpo desnudo que brillaba suavemente bajo la luz amarillenta de la lámpara.

El rubio fue el primero en actuar. Se arrodilló sobre la cama, junto a la cabeza de Marcela, y tomó suavemente su mandíbula, abriéndole la boca. Marcela se movió en su sueño, gimiendo, pero no despertó del todo. El rubio guio su miembro hacia sus labios y los separó con la punta, frotándose contra ellos, dejando un rastro de pre-semen brillante.

—Mira —susurró el moreno a Tomás, que había abierto los ojos y miraba con horror paralizado—. Mira cómo tu madre nos recibe incluso dormida. Es una puta natural, nacida para esto.

Tomás no pudo mirar hacia otro lado. Estaba atrapado sin escapatoria. Su propio cuerpo comenzó a responder de nuevo, traicionándolo, excitándose por la escena que se desarrollaba ante él.

El rubio empujó hacia adelante, entrando en la boca de Marcela. Ella se despertó de golpe, ahogándose, sus ojos abriéndose desorbitados. Intentó retroceder, pero el rubio tomó su cabeza con ambas manos y comenzó a moverse, embistiendo su garganta con movimientos profundos y regulares.

—Shhh —dijo Benjamin desde la puerta—. No luches, amor. Es parte del ritual. Los nuevos miembros necesitan su bienvenida.

Marcela miró a su esposo con súplica, pero vio en sus ojos que no había piedad. Solo expectativa, solo orden. Cerró los ojos y dejó que sucediera, dejando que el rubio usara su boca como un receptáculo, sintiendo cómo su miembro llegaba hasta el fondo de su garganta, provocándole el reflejo nauseoso una y otra vez.

Mientras tanto, el moreno se había posicionado entre sus piernas. Levantó sus muslos, abriéndolos ampliamente, exponiendo su sexo hinchado y todavía goteando el semen de anteriores violaciones. Sin preámbulos, sin preparación, penetró su vagina con un movimiento brutal y profundo.

Marcela gritó alrededor del miembro del rubio, el sonido ahogado, animal. El moreno comenzó a embestir con fuerza, sus caderas golpeando contra las de ella con sonidos obscenos, húmedos, el sonido de la carne golpeando carne, de semen siendo forzado más profundo.

—Aprieta —gruñó el moreno—. Aprieta esa verga, puta. Siente cómo te lleno.

El pelirrojo, no queriendo quedarse atrás, se subió a la cama por el otro lado, junto a Tomás. Tomás intentó alejarse, pero el pelirrojo lo tomó del brazo, obligándolo a mirar.

—Mira bien, chico —susurró el pelirrojo—. Mira cómo se follan a tu madre. Mira lo que es una verdadera mujer.

Luego, el pelirrojo se posicionó detrás de Marcela, empujando al rubio para que se moviera ligeramente. Mientras el rubio continuaba usando su boca, el pelirrojo levantó sus caderas, accediendo a su trasero, ese último orificio que Samuel había tomado apenas horas antes, ahora abierto, vulnerable, todavía húmedo con el semen de su hijo.

—Por favor —logró balbucear Marcela cuando el rubio se retiró momentáneamente para respirar—. No puedo… no más…

—Puedes —dijo Benjamin, caminando hacia la cama, acariciando su rostro—. Y lo harás. Por mí. Por nosotros. Por la familia.

El pelirrojo empujó contra su entrada trasera. Marcela gritó, un sonido desgarrador que llenó la habitación, mientras el miembro del pelirrojo forzaba su camino dentro de ella, estirándola, llenándola junto con el moreno que seguía ocupando su vagina.

—Doble penetración —anunció el moreno con satisfacción—. La puta está llena por ambos lados. Mírala, jefe. Mira a tu esposa.

Benjamin observó, fascinado, cómo su esposa era penetrada simultáneamente por dos hombres desconocidos, sus cuerpos formando una línea obscena de carne conectada. El rubio volvió a su boca, completando el triplete, sellando todos sus orificios, mientras Tomás, sin espació reposaba encima del cuerpo de su madre

Marcela estaba completamente llena, completamente usada, completamente poseída. El moreno embestía su vagina con fuerza brutal, buscando su propio placer sin consideración por el de ella. El pelirrojo, en su trasero, se movía con movimientos circulares, asegurándose de sentir cada centímetro de su carne interna. Y el rubio usaba su boca como un objeto, un agujero para su satisfacción.

Tomás observaba desde su posición junto a ellos, su cuerpo temblando, su propia mano moviéndose involuntariamente hacia su sexo erecto. Benjamin notó esto y asintió con aprobación.

 

—Tócate —ordenó Benjamin—. Tócate mientras miras a tu madre. Entiende que esto es amor. Esto es lo que somos.

 

Tomás comenzó a masturbarse, lentamente al principio, luego con más urgencia, mientras observaba a su madre siendo violada por tres hombres simultáneamente. La escena era dantesca, obscena, sagrada en su perversión.

 

El ritmo de los tres hombres se sincronizó, como si compartieran una mente colmena. Embestían al unísono, llenando a Marcela por completo, haciéndola vibrar entre ellos como un instrumento de carne. Ella ya no gritaba; solo emitía gemidos bajos, guturales, sonidos que no parecían humanos, mientras su cuerpo era usado sin piedad.

 

—Me voy a venir —gruñó el moreno, aumentando la velocidad—. Me voy a venir dentro de esta puta.

 

—Yo también —siseó el pelirrojo—. Su culo es perfecto. Aprieta como un torno.

 

—La boca —jadeó el rubio—. Dios, su garganta…

 

Los tres hombles llegaron al clímax casi simultáneamente. El moreno se vació en su vagina con un rugido, pulsando dentro de ella una y otra vez. El pelirrojo se corrió en su trasero, llenándola de semen caliente que se mezclaba con el de Samuel. Y el rubio explotó en su boca, forzándola a tragar, aceptar su carga, beber su esencia.

 

Cuando se retiraron, Marcela se desplomó sobre la cama, jadeando, llorando en silencio, su cuerpo cubierto de semen fresco, sus orificios goteando, su piel brillante de sudor. Pareía un sacrificio consumido, una ofrenda utilizada hasta el límite.

 

Cuando terminaron, los tres hombres se retiraron, exhaustos, satisfechos. Se vistieron en silencio, sin mirar a Marcela, como si ya hubieran olvidado su existencia como persona, dejándola solo como un objeto usado sobre la cama.

 

Benjamin se acercó a su esposa. La tomó en sus brazos, levantándola ligeramente. El semen de los hombres diferentes goteaba de ella, creando un charco obsceno sobre las sábanas de color vino. Su cuerpo estaba cubierto de moretones, de marcas de dedos, de mordiscos. Su rostro estaba hinchado por los golpes inadvertidos, por la fricción, por el uso extremo.

 

—Eres perfecta —susurró Benjamin, besando su frente—. Eres la madre del círculo. La primera. La más sagrada.

 

Marcela no respondió. Estaba consciente, pero su mente parecía haberse ido a otro lugar, a un refugio interior donde el dolor no podía alcanzarla. Miraba al techo con ojos vacíos, respirando superficialmente.

 

Tomás, agotado, se acurrucó contra ella una vez más, buscando su calor, buscando perdón.

 

Benjamin los cubrió con una manta que estaba al pie de la cama, envolviendo a su familia en un capullo de carne y semen. Se sentó en el sillón orejero, observándolos, guardián de su sueño post-ritual.

 

Afuera, en el Parquecito, el columpio seguía chirriando. Chirrr… pausa… chirrr… un metrónomo de locura que marcaba el paso del tiempo en ese lugar maldito y sagrado.

 

Benjamin cerró los ojos y sonrió. El círculo estaba completo. La primera iniciación había sido un éxito rotundo. Samuel entendía ahora, realmente entendía. Y Tomás, aunque débil, estaba aprendiendo.

 

Mañana se levantarían y comenzarían de nuevo. Y años después, cuando Jennifer —la futura esposa protagonista de esta historia— fuera guiada por ese mismo pasillo por su sus compañeros, cuando escuchara las mismas palabras, cuando sintiera el mismo terror y el mismo extraño placer, ella también entendería.

Porque el Callejón del Parquecito no era solo un lugar. Era un legado. Era un destino. Era la forma más pura de amor que existía: el amor que posee, que destruye, que reconstruye, que nunca deja ir.

El círculo estaba completo. Nadie hablaba. Todos obedecían.

Y el columpio seguía chirriando, anunciando que el primer ciclo había terminado, que el origen del infierno que Jennifer conocería estaba sellado con semen y lágrimas familiares, que la madre había abierto el camino con su sangre y su sumisión, y que ese camino se extendería por generaciones, eterno, inquebrantable, sagrado en su oscuridad.

6 Lecturas/19 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: hermano, hijo, madre, maduros, mayor, padre, sexo, viaje
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Verónica y el rottweiler de Damián
La cosa no es fácil.
Cita a ciegas
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