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Dominación Mujeres

El control de la historia

Álvaro llevaba años queriendo ser novelista. No uno más. Eso lo tenía claro. Tampoco le interesaba ser correcto: de esos que publican, cumplen y desaparecen sin dejar nada. Buscaba otra cosa, aunque cada vez que intentaba nombrarla terminaba usando palabras que no sentía propias..

El problema no era la disciplina. O eso se decía. Se sentaba, abría documentos, empezaba frases que no resistían una segunda lectura. No era pereza. Era otra cosa: un rechazo inmediato, casi físico, a todo lo que le resultaba predecible.
Nada le parecía necesario.

A los treinta y uno, la sensación había dejado de parecer una etapa. Empezaba a sentirse como un límite.

Mientras tanto, Amanda —su esposa hasta hacía poco— escribía sin ese tipo de obstáculos. Terminaba libros. Los publicaba. Se vendían. La gente los leía y, al parecer, los necesitaba.

Y además estaba su belleza, esa que nunca fue estridente ni fácil de reducir a un rasgo: no era solo la armonía de su rostro ni la forma en que se movía con una naturalidad que parecía estudiada sin serlo. Era una presencia que ocupaba el espacio con calma, que hacía que las conversaciones se inclinaran hacia ella sin esfuerzo. Pero había algo en su boca que terminaba por concentrar esa atención: sus labios, definidos sin rigidez, con un volumen preciso que no necesitaba exagerarse, y una suavidad visible incluso en reposo. No eran llamativos en un sentido obvio, pero retenían la mirada más de lo necesario, como si en su forma hubiera un equilibrio difícil de ignorar. Incluso ahora, en la distancia, Álvaro no podía recordarla sin esa claridad incómoda: Amanda era, sencillamente, una mujer hermosa.

Álvaro intentó convencerse de que eso no le afectaba. Que jugaban en ligas distintas. Pero cada lanzamiento confirmaba algo que no lograba sacarse de encima: tal vez no se trataba de escribir mejor, sino de escribir algo que encajara.

Y él no quería encajar.
O no sabía cómo.

La separación no tuvo un momento preciso. No hubo una escena que pudiera recordarse como final. Fue, más bien, una acumulación de silencios, de rutinas que dejaron de coincidir, de conversaciones que ya no llevaban a ninguna parte.

Todo esto lo dejó con una sensación de que su vida era una de mierda, sin rumbo ni propósito.

Interpretó la decisión como necesaria. Casi como un ajuste lógico. Si quería escribir algo importante, no podía seguir dentro de una vida que funcionaba demasiado bien sin él.

La idea apareció días después, sin anunciarse. Primero como una ocurrencia menor. Luego como una posibilidad que empezó a repetirse.

Si no podía inventar una historia, podía encontrarla.

Eso sí estaba a su alcance.

Y si podía encontrarla, también podía ordenarla. Darle forma. Eliminar lo que sobraba. Ajustar lo necesario.

El edificio al que se mudó le pareció adecuado desde el primer día. No por lo que tenía, sino por lo que no tenía. Nada destacaba. Nadie parecía tener una vida particularmente interesante.

Era manejable.

El tercer piso tenía una dinámica fácil de seguir. Había identificado a un par de putitas su presencia se anunciaba siempre igual, con risas huecas y pasos apresurados en la escalera. Evitaba cruzárselas. No por prudencia, sino por una incomodidad más difícil de justificar, una mezcla de rechazo y desdén que prefería no examinar demasiado. Aun así, el ruido que dejaban a su paso terminaba por integrarse al conjunto, como un detalle menor que, en cierto modo, hacía el entorno más verosímil.

Excepto Laura.

Álvaro la identificó desde la primera semana. No por algo concreto. Una mujer solitaria.

Durante varios días no hizo nada. Se limitó a observarla.

Hora de salida: entre 7:40 y 7:50.
Regreso: irregular, pero casi siempre después de las ocho.

Aunque no siempre.

La primera interacción fue accidental en apariencia.

—Es bastante lento el ascensor —dijo él, cuando coincidieron.

Laura asintió con una sonrisa breve, automática. Luego, como si corrigiera algo en sí misma, añadió:

—Sí… aunque hoy está más lento de lo normal.

Silencio. Tres pisos.

—Aunque hoy salió un poco antes —añadió Álvaro, como si pensara en voz alta.

Ella lo miró apenas un segundo más de lo normal.

—¿Sí?

—Bueno… la he visto otras veces —se encogió de hombros.

No insistió. No hacía falta.

Laura no respondió de inmediato. Asintió, pero con una leve tensión en la mandíbula.

Esa noche regresó antes de lo habitual.

Álvaro bajó a la portería sin prisa, pero sin azar. Entró al ascensor con ella.

—Hoy sí rompió la rutina —dijo, con un tono casi distraído.

Laura lo miró. Esta vez no sonrió.

—Sí.

Silencio.

Había algo distinto. No solo en el tono. Álvaro evitó sostener la mirada demasiado tiempo; no era prudente fijarse en cómo el vestido marcaba más de lo habitual, en cómo la tela parecía pensada para ser notada incluso en un espacio cerrado como ese.

Las puertas se abrieron en el tercer piso.

Laura no salió de inmediato.

—Usted también —dijo, sin mirarlo.

Álvaro frunció apenas el ceño.

—¿También qué?

—Rompe la rutina.

Ahora sí lo miró. Directo. Sin rodeos.

Álvaro sostuvo la mirada un segundo más de lo que habría sido cómodo.

—A veces —respondió—. Depende del día.

—¿Y hoy?

La pregunta quedó suspendida entre los dos, como si el ascensor no hubiera terminado de abrirse del todo.

Álvaro dudó apenas, lo suficiente para que se notara.

—Hoy… —sonrió, leve— parece que sí.

Laura inclinó la cabeza, evaluándolo.

—No lo parece —corrigió—. Lo es.

Salió entonces, con un movimiento que no era brusco, pero tampoco invitaba a seguir la conversación.

Álvaro tardó un instante en reaccionar. Dio un paso fuera del ascensor.

—Laura —dijo, antes de pensarlo demasiado.

Ella se detuvo, sin girarse.

—¿Sí?

—¿Siempre sube sola?

Ahora sí volteó. La expresión no era de sorpresa, sino de algo más medido.

—No siempre —respondió—. Pero hoy sí.

Otra pausa.

—¿Por qué?

Álvaro dejó escapar una risa breve, casi defensiva.

—Curiosidad.

Laura lo sostuvo con la mirada un segundo más.

—La curiosidad no es tan inocente como suena.

—Tampoco es necesariamente mala.

—Depende —dijo ella— de lo que esté buscando.

El pasillo estaba en silencio. Demasiado.

Álvaro dio un paso más cerca, sin invadir del todo.

—¿Y usted qué cree que busco?

Laura no respondió enseguida. Lo observó como si la pregunta fuera menos importante que la forma en que había sido hecha.

—Creo —dijo finalmente— que aún no lo tiene claro.

Y, sin añadir nada más, caminó hacia su puerta.

Álvaro se quedó unos segundos en el pasillo, mirando cómo desaparecía tras ella.

 

El clic de la cerradura sonó más definitivo de lo que debería.

Pero, por un instante, algo en él se tensó—un estremecimiento breve, casi imperceptible, que le recorrió los hombros antes de desvanecerse.

El encuentro que podría llamarse oficial no fue planeado.

 

Fue una noche en la que Laura regresó más tarde de lo habitual. Pasadas las nueve. Álvaro lo notó, obviamente. Esperó unos minutos. Luego salió.

Bajó y se detuvo frente a la puerta.

Dudó un instante.

Tocó.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Laura apareció detrás.

—¿Sí?

Su expresión no era de sorpresa, pero tampoco de tranquilidad.

—Tu puerta —dijo Álvaro, señalando con un gesto leve—. No estaba bien cerrada. Pensé que tal vez no te habías dado cuenta.

Laura miró, como si necesitara comprobarlo.

—Ah.

Abrió un poco más.

—Gracias.

Álvaro no se movió de inmediato.

—Si quieres… —añadió, con naturalidad contenida— puedo revisarla. A veces se traban.

Laura dudó apenas un segundo.

No cerró.

Se quedó ahí, sosteniendo el borde con la mano.

 

Silencio.

El pasillo, estrecho, hacía que la pausa se sintiera más larga.

—¿Quiere…? —Laura empezó la frase y la dejó en el aire—. Digo… ya que…

No terminó de formular la invitación, pero se apartó lo suficiente para dejar espacio.

Álvaro entró.

El apartamento era más pequeño que el suyo. Había pocas cosas. Un libro abierto sobre la mesa del comedor, una taza en el suelo junto al sofá, una lámpara encendida en una esquina.

—Perdón el desorden.

No sonaba avergonzada. Sonaba consciente.

Álvaro no respondió. Miraba sin moverse demasiado.

—¿Vive solo? —preguntó ella, girándose hacia él.

—Sí.

Laura asintió. Caminó hasta la cocina —abierta al resto del espacio— y abrió la nevera sin mirar realmente dentro.

—Yo también —dijo, con la puerta abierta—. Bueno… desde hace poco.

Sacó una botella de agua. Dudó, sintiendo que su boca estaba tan seca.

—Tenía treinta cuando me mudé aquí —añadió, como si retomara algo—. Hace ya casi un año. Pensé que iba a ser distinto.

Cerró la nevera.

—Más fácil, supongo.

Sirvió agua en un vaso. Luego, como si recordara algo, sacó otro.

—¿Quiere?

Álvaro negó con la cabeza.

Laura dejó el segundo vaso en la mesa de todos modos.

—No es que estuviera mal antes —continuó, apoyándose apenas contra el borde de la cocina—. Solo… era otra cosa.

Hizo una pausa breve.

Álvaro seguía de pie. No había buscado sentarse.

—Trabajo en una firma de arquitectura —añadió ella, casi de pronto.

Se encogió de hombros.

Laura lo miró.

—Usted no parece hacer algo predecible.

No era exactamente una pregunta.

Álvaro tardó un segundo en responder.

—Intento escribir.

Laura asintió despacio. No con entusiasmo, sino con atención.

—¿Intenta?

Él no corrigió el verbo.

—Sí.

Silencio.

Laura dio un pequeño paso hacia la mesa, apoyó la mano en el respaldo de la silla, pero no se sentó.

 

Álvaro, sin darse cuenta del todo, dejó que la mirada descendiera apenas: el trazo limpio de sus piernas, la forma en que el peso del cuerpo cambiaba sutilmente de un lado a otro. No fue más que un instante. Luego volvió a sus ojos, como si nada hubiera ocurrido.

—¿Y le funciona?

La pregunta no tenía carga. Era directa.

Álvaro negó, apenas.

—No como debería.

Laura sostuvo la mirada un instante más. Había algo distinto ahora: no desconfianza, sino una forma de interés más concreta.

—Supongo que es difícil —dijo.

Se detuvo.

Álvaro la observó con más atención.

Laura bajó la mirada, como si acabara de decir algo de más.

—Yo no sabría por dónde empezar —añadió, casi para cerrar el tema—. Con escribir, digo.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue expectante.

—Estaba casado —dijo Álvaro.

La frase apareció sin transición.

Laura levantó la vista.

No preguntó nada.

Esperó.

 

—Con Amanda.

El nombre quedó suspendido un instante más de lo necesario.

Laura no reaccionó de inmediato. No hizo el gesto automático de preguntar. Solo sostuvo la mirada, como si entendiera que interrumpir demasiado pronto rompería algo que apenas estaba empezando a aparecer.

Álvaro tampoco continuó enseguida.

Se movió apenas, lo suficiente para cambiar el peso del cuerpo de un pie al otro. Seguía sin sentarse.

—Escribía como yo—añadió al final—. Bueno no como yo.

Laura asintió, despacio.

—¿Si?

—Sí.

Silencio.

—Definitivamente no como yo —dijo él.

Laura ladeó levemente la cabeza.

—¿En qué sentido?

Álvaro tardó un segundo en responder. No parecía estar buscando palabras, sino decidiendo cuánto decir.

—Terminaba lo que empezaba —dijo—. Eso ya era una diferencia.

Laura esbozó una sonrisa mínima. No era burla. Tampoco complicidad del todo.

—Tenía una forma… —se detuvo, como si la palabra correcta no fuera evidente—. Ordenada. No solo para escribir. Para todo.

El silencio volvió a instalarse, pero ahora tenía otra densidad.

Laura se movió finalmente. Rodeó la mesa y se sentó, como si el cambio de posición le permitiera escuchar mejor.

—¿Y cómo era… con usted? —preguntó.

La pregunta salió sin rodeos, pero sin agresividad.

Álvaro bajó la mirada un instante.

—Al principio —dijo—, parecía que encajábamos bien.

Levantó la vista.

Laura lo miró un segundo más.

Y fue en ese segundo donde algo se desplazó.

Álvaro no sostuvo la mirada. No del todo. Sus ojos descendieron apenas, casi con cautela, como si no quisiera que el movimiento resultara evidente. Se detuvieron en la boca de Laura.

No fue un gesto impulsivo. Fue medido. Como si observara un detalle que exigía atención.

Ella no sonreía ya. Los labios, apenas entreabiertos, conservaban la huella de la última palabra, como si todavía no hubiera terminado de decirla. Había en ellos una quietud extraña, demasiado precisa para ser casual.

Álvaro tardó un instante más de lo debido en volver a subir la mirada.

Laura lo notó.

No hizo ningún gesto evidente, pero el cambio fue real: una ligera tensión en la comisura, una respiración que se ajustaba, apenas.

—¿Encajaban? —repitió ella, suavemente.

Álvaro asintió, aunque ya no estaba pensando en la respuesta.

—Sí… —dijo—. Eso creíamos.

Su voz había perdido algo de firmeza.

Laura apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia adelante.

—¿Y luego?

Él dudó. Pero esta vez no fue por las palabras.

Fue por sostener la distancia correcta.

—Luego… —hizo una pausa breve— empezamos a notar las diferencias.

Mientras hablaba, evitó mirar directamente su boca otra vez. Pero la evitación misma lo traicionaba.

Laura entrecerró ligeramente los ojos.

—¿Diferencias como cuáles?

Álvaro dejó escapar una pequeña exhalación, casi imperceptible.

—Formas de ver las cosas —respondió—. De terminarlas… o no.

Laura no apartó la mirada.

—Eso suena incompleto.

—Lo es.

Otra pausa.

Más corta. Más tensa.

—Pero suficiente —añadió él.

Laura sostuvo el silencio un instante más. Luego, muy despacio, dejó que una leve sonrisa regresara a sus labios.

Esta vez, Álvaro no miró a otro lado de inmediato.

 

Y eso cambió algo entre los dos.

—¿Cómo era ella?

—¿En qué sentido?

Laura sostuvo la mirada, esta vez sin dudar.

—Físicamente.

No había curiosidad superficial en el tono. Había intención.

Álvaro no respondió enseguida.

La observó un momento más largo de lo que había sido habitual hasta ahora.

—El pelo oscuro. Siempre recogido. Los ojos —añadió después—. No eran particularmente grandes ni claros. Pero…

La frase quedó suspendida.

Laura desvió la mirada un segundo, casi imperceptible, y luego volvió a él.

—¿Y el cuerpo?

La pregunta fue más directa. No más intensa, pero sí más concreta.

Álvaro no evitó responder.

—Delgada —dijo—. Sin esfuerzo aparente.

—Y… ¿sus senos? —preguntó Laura, su voz apenas un susurro, pero cargada de intención.

Álvaro sintió un escalofrío recorrer su espalda. La pregunta era directa, casi atrevida, y él no pudo evitar que su mente viajara a recuerdos íntimos.

—Amanda tenía… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Tenía senos pequeños, pero perfectamente formados. Eran como… —su voz se apagó por un momento, perdido en el recuerdo—. Eran firmes. Pequeños pero firmes.

Laura lo miró fijamente, sus pupilas dilatadas. Parecía hipnotizada por la descripción, y Álvaro pudo ver cómo su respiración se aceleraba ligeramente.

—Y… ¿cómo eran al tacto? —insistió Laura, su voz ahora más firme, casi exigente.

Álvaro se acercó un paso más, reduciendo la distancia entre ellos. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, y el aroma de su perfume lo envolvió, nublándole los sentidos.

—Suaves —respondió, su voz apenas un susurro—. Y cálidos. Siempre cálidos, incluso en los días más fríos. Recuerdo cómo se sentían en mis manos, cuando los tocaba…

Mientras hablaba, Álvaro levantó lentamente una mano, como si estuviera en trance. Laura lo observaba con una mezcla de anticipación y deseo, sin apartar la mirada. Su mano se movió hacia el pecho de Laura, y cuando sus dedos rozaron suavemente su blusa, ella contuvo la respiración.

Álvaro podía sentir el latido acelerado de su corazón a través de la tela. Con un toque ligero, casi reverente, dejó que su mano se posara completamente sobre su seno, sintiendo su peso y su forma. Laura cerró los ojos, un suspiro escapando de sus labios.

Laura abrió los ojos y lo miró con una intensidad que lo dejó sin aliento. Su mano se movió ligeramente sobre la de él, invitándolo a explorar más. Y Álvaro, perdido en el momento, dejó que sus dedos se deslizaran bajo la tela, buscando la piel cálida y suave que sabía que encontraría allí.

Álvaro apretó su seno.

—¿Te gusta?

Laura soltó una pequeña exhalación, casi una risa sin humor.

—Que usted no habla así por casualidad.

Lo miraba fijamente.

—No es como la mayoría de los hombres…

Laura sostuvo la mirada un segundo más.

—Soy prostituta.

La palabra no salió con vergüenza ni con desafío. Salió limpia. Como un dato.

Álvaro tardó apenas un instante en responder. No con palabras, sino con una leve inclinación de la cabeza, casi imperceptible.

Como si encajara una pieza.

—Tiene sentido —dijo al final.

Laura frunció apenas el ceño.

—¿Qué cosa?

—La forma en que mira —respondió él—. No está incómoda.

Laura no esperaba eso. No exactamente.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿Qué hace?

Álvaro ajustó apenas la presión.

Ella soltó aire por la nariz, casi una risa.

—Bueno… —se encogió de hombros—. Es más fácil así.—¿Le interesa?

—¿Cuánto me costaría acostarme con usted?

—¿Así de una? —dijo.

—Así de una.

—Usted sí es raro —dijo.

No sonaba a broma.

Álvaro sostuvo la mirada.

Álvaro no soltó su seno en ningún instante.

—Mire —dijo—, si esto va por ese lado, es más sencillo.

—Yo trabajo con tarifas. Sin vueltas. Sin… —hizo un gesto leve con la mano, señalando el espacio entre los dos— esto.

Álvaro la miró con atención, como si estuviera escuchando una explicación técnica.

—¿Siempre lo plantea así? —preguntó.

Laura sostuvo la mirada.

—Siempre.

Había firmeza ahí. Era un terreno que conocía.

Silencio.

—¿De dónde es? —preguntó.

La pregunta descolocó la escena.

Desde la silla, tuvo que alzar apenas la barbilla para sostenerle la mirada.

—¿Qué? —respondió; la voz, más aguda de lo esperado, no terminaba de llenar el espacio entre los dos.

—De dónde es —repitió él, sin cambiar el tono.

No sonaba curioso. Sonaba específico.

Laura lo observó un segundo más largo, evaluando. Sus manos, pequeñas, quedaron apoyadas en las piernas, como si midieran la distancia antes de moverse. En ese momento, Álvaro sintió que la sangre comenzaba a acumularse en su verga.

—Eso no importa —dijo; la frase salió firme, pero el cuerpo no acompañó del todo: los hombros apenas tensos, contenidos.

—Para usted no —dijo Álvaro—. Para mí sí.

La respuesta no tenía carga emocional. Era casi metodológica.

Laura soltó una risa breve, que le levantó apenas el pecho, contenida.

—Usted no está preguntando como cliente.

—No.

Ella se acomodó en la silla, un gesto mínimo, como si buscara ganar unos centímetros que no estaban ahí.

—Entonces, ¿qué está haciendo?

Álvaro tardó apenas un instante.

Retiró la mano con calma.

—Quiero entender cómo funciona —dijo él.

—¿Cómo funciona qué?

—Esto.

El gesto leve de su mano no señalaba el cuerpo. Señalaba la situación.

Laura lo sostuvo un segundo más. Luego asintió, casi imperceptible.

—Trabajo con tiempo —dijo—. Usted puede hacerme lo que quiera en ese tiempo.

Silencio breve.

—Horas completas. Nada de medias.

Álvaro asintió.

—¿Tarifas?

Laura no dudó.

—Doscientos cincuenta mil la hora.

La cifra quedó en el aire sin énfasis.

—Si es más tiempo, se ajusta.

Álvaro no reaccionó de inmediato. No negoció.

La miró.

—Quiero dos horas.

Laura dejó escapar una exhalación leve, casi una risa sin humor.

—Usted sí es raro.

No sonaba a juicio. Sonaba a conclusión.

—Puede ser —dijo él.

—Dos horas —repitió ella.

Silencio.

—Se pagan por adelantado —añadió.

Álvaro metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Sacó el dinero sin prisa. Lo dejó sobre la mesa, alineado, sin mirarla.

Laura no lo tocó de inmediato.

Miró el dinero. Luego a él.

Laura dejó escapar aire por la nariz. Tomó los billetes y los contó con rapidez. Los dejó a un lado.

—Bien.

Silencio.

—Entonces… —añadió—, ¿por dónde quiere empezar?

Álvaro no contestó enseguida. Recorrió el apartamento con la mirada, deteniéndose apenas en los objetos que ya había visto antes. La mesa. La taza en el suelo. La lámpara.

Luego señaló, casi sin énfasis.

—¿El baño?

Laura frunció levemente el ceño.

—¿El baño?

—Sí.

No explicó.

Hubo un segundo en el que pareció que iba a preguntar algo más. No lo hizo. Se giró.

—Es por aquí.

Caminó primero, sin comprobar si él la seguía.

El pasillo era más estrecho de lo que parecía desde la sala. La luz era distinta: más blanca, más directa. El sonido del resto del apartamento se apagaba un poco al avanzar.

Laura abrió la puerta y encendió la luz.

—No es muy interesante —dijo, con una media sonrisa que no terminaba de serlo.

Álvaro entró después.

El espacio era reducido. Lavamanos, espejo, una ducha con cortina clara. Todo limpio, pero sin cuidado especial.

Laura se apoyó ligeramente contra el marco de la puerta, sin cerrarla del todo.

—¿Y?

Álvaro no respondió. Se acercó al lavamanos. Abrió la llave un segundo. La cerró.

Miró el espejo.

Luego la miró a ella, reflejada.

—Aquí —dijo.

Álvaro se acercó a Laura, su presencia llenando el pequeño espacio del baño. La luz blanca y directa del espejo iluminaba cada detalle de su rostro, resaltando las líneas de tensión y anticipación que se formaban en sus ojos. Laura lo observaba con una mezcla de curiosidad y expectativa, esperando su siguiente movimiento.

—Quítate la ropa —dijo Álvaro, su voz firme y controlada. No era una petición, sino una instrucción clara y directa.

Laura asintió lentamente, sin apartar la mirada. Con movimientos deliberados, comenzó a desabrochar los botones de su blusa, revelando poco a poco la piel suave y pálida de su torso. Álvaro la observaba con atención, notando cada detalle: la curva de sus hombros, la forma de sus clavículas, la línea de su columna vertebral que desaparecía bajo la cintura de su falda.

Cuando la blusa cayó al suelo, Laura procedió a desabrochar su falda, dejando que se deslizara por sus caderas y piernas hasta formar un charco a sus pies. Se quedó de pie, vestida solo con su ropa interior de encaje negro, que contrastaba fuertemente con su piel.

Álvaro dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Su mano se levantó y rozó suavemente el borde de su sujetador, trazando una línea desde su hombro hasta su pecho. Laura contuvo la respiración, sintiendo el calor de su toque a través de la tela.

—Ahora, tu turno —susurró Laura, su voz cargada de deseo y desafío.

Álvaro asintió, sus movimientos precisos y controlados mientras se desabrochaba la camisa, revelando su torso musculoso y definido. Se quitó los pantalones, quedándose solo con su bóxer negro. Laura lo observaba con ojos hambrientos, apreciando cada línea y ángulo de su cuerpo.

Cuando estuvieron ambos casi desnudos, Álvaro se acercó aún más, su cuerpo rozando el de Laura. Podía sentir el calor que emanaba de ella, la tensión en el aire, cargada de anticipación. Sus manos se movieron a su espalda, desabrochando su sujetador con destreza. El encaje cayó al suelo, liberando sus pechos.

Álvaro los miró, sus ojos recorriendo cada curva y detalle. Con una mano, acarició suavemente un seno, sintiendo su peso y firmeza. Laura soltó un suspiro, cerrando los ojos mientras se entregaba al placer de su toque.

—Sigue —susurró, su voz casi inaudible.

Álvaro obedeció, su mano moviéndose hacia abajo, bajando sus bragas con movimientos lentos y deliberados. Mientras la ropa interior caía al suelo, dejó que sus dedos rozaran suavemente su vagina, sintiendo su calor y humedad. Laura soltó un suspiro, cerrando los ojos mientras se entregaba al placer de su toque.

Álvaro se arrodilló frente a ella, sus manos agarrando sus caderas mientras su boca se movía más abajo. Besó su estómago, su ombligo, antes de continuar su descenso. Laura separó las piernas ligeramente, anticipando su toque. Álvaro levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de ella mientras sus manos se movían hacia sus muslos, abriéndolos aún más.

Con un movimiento lento y deliberado, Álvaro se inclinó hacia adelante, su lengua rozando suavemente sus pliegues. Laura soltó un gemido, sus manos apretando el cabello de Álvaro mientras él comenzaba a explorar su centro con una dedicación intensa. Su lengua se movió en círculos, probando y lamiendo, encontrando los puntos que la hacían estremecerse de placer.

Álvaro continuó su asalto sensual, alternando entre lamidas largas y suaves y movimientos rápidos y precisos. Sus dedos se unieron al juego, separando sus pliegues para darle un mejor acceso. Laura se mecía contra su boca, sus caderas moviéndose con un ritmo instintivo mientras el placer crecía dentro de ella.

Álvaro podía sentir su excitación, saborearla en cada movimiento de su lengua. Aumentó la intensidad, chupando suavemente su clítoris mientras sus dedos se movían dentro de ella, encontrando ese punto que la hacía jadear y temblar.

Laura se aferró a él, sus uñas clavándose en su cuero cabelludo mientras el orgasmo la golpeaba con fuerza. Su cuerpo se tensó, cada músculo contraído mientras el placer la recorría en oleadas. Álvaro continuó moviéndose con ella, prolongando su liberación hasta que finalmente se desplomó contra la pared, jadeando y temblando.

Con una sonrisa satisfecha, Álvaro se puso de pie, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Laura lo miró, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y deseo renovado. Sabía que esto era solo el comienzo de una noche larga y placentera.

Álvaro se inclinó, capturando sus labios en un beso profundo y apasionado. Sus lenguas se entrelazaron, explorando y saboreando mientras sus cuerpos se presionaban juntos. Las manos de Álvaro recorrieron su espalda, acariciando cada curva y línea.

Laura respondió con el mismo fervor, sus manos explorando su torso, sus hombros, sus brazos.

Álvaro rompió el beso, su respiración pesada mientras miraba a Laura con desdén. Con un movimiento brusco, la levantó, sentándola en el lavamanos. Se deshizo de sus boxer y se posicionó entre sus piernas, agarrándola por la cintura con fuerza.

—Tómala toda, zorra —gruñó, su voz baja y dominante. Con una mano, guió su verga hacia su entrada, penetrándola sin ceremonias.

Laura apenas respondió con un gemido ahogado, sus ojos perdidos mientras él se hundía en ella con un movimiento rápido y egoísta. Él soltó un gruñido de satisfacción, sus cuerpos ajustándose a su ritmo exclusivo.

Álvaro comenzó a moverse, sus embestidas profundas y dominantes, usándola para su propio placer. Laura se aferró al lavamanos, sus uñas clavándose en la porcelana mientras él la tomaba sin consideración.

El baño se llenó con el sonido de sus respiraciones pesadas y los gemidos de él, el espejo reflejando cómo la usaba para su satisfacción. Álvaro aumentó el ritmo, llevándola al límite sin importarle su comodidad.

Laura arqueó la espalda involuntariamente, sus pechos rebotando con cada embestida. Él bajó la cabeza, mordisqueando un pezón con rudeza mientras continuaba moviéndose dentro de ella. Laura gritó, mezclando el dolor y el placer, sus músculos apretando su verga sin control.

Álvaro levantó la cabeza, sus ojos oscuros de deseo mientras miraba a Laura. Con una mano, la golpeó suavemente en el rostro.

—Gime como la zorra que eres —ordenó, acariciando su clítoris con toscas y rápidas caricias, aumentando la presión y el ritmo hasta que ella se tensó, su cuerpo temblando con el orgasmo que la recorrió.

—Álvaro… —jadeó, su voz apenas un susurro mientras se venía, sus músculos internos apretando su verga con fuerza.

Él gruñó, sintiendo cómo su propio orgasmo se acercaba. Con unas pocas embestidas más, se dejó ir, llenándola con su semen mientras ambos se perdían en el éxtasis de su unión.

Permanecieron así durante un momento, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones volviendo lentamente a la normalidad. Álvaro finalmente se retiró, ayudando a Laura a bajar del lavamanos. La abrazó, sintiendo cómo su corazón latía contra su pecho.

—Sabes que esto es solo el comienzo, ¿verdad? —murmuró, besando su cuello.

Laura sonrió, sus ojos brillando con anticipación.

—Solo el comienzo —susurró, preparándose para la noche de placer que tenían por delante.

24 Lecturas/25 abril, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: baño, esposa, mayor, orgasmo, recuerdos, semen, vagina, verga
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