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Dominación Mujeres, Heterosexual, Masturbacion Femenina

El enorme culo de Laura.

Culo enorme, sucio y sin limpiar .

Durante mis años de universitario, me sacaba algún dinerillo dando clases particulares de matemáticas a chicos y chicas que cursaban el curso de nivelación y que iban algo flojos en esta materia. Yo siempre he sido algo introvertido, y era mi madre la que, a través de las muchas amigas que tenía, me proporcionaba los trabajillos.

 

Laura era la peluquera de mi madre y su hija Valeria, de 20 años, tenía atragantadas las matemáticas del curso de nivelación desde hacía ya dos cursos. Su madre creyó que ya era momento de poner solución a sus problemas académicos, y me contrató.

 

Acordamos que las clases serían los jueves por la tarde, que era cuando la casa estaba más tranquila. Me dio la dirección y hacia allí me dirigí. Nunca había dado clase a alguien tan mayor, pero cuando Valeria me abrió la puerta, me di cuenta de que la edad no era lo único mayor que tenía la chiquilla.

Valeria era enorme.

 

Su cuerpo descomunal, de más de 95 kg de peso, ocupaba del todo el umbral de la puerta. Sin embargo, y debido a su tierna edad, toda su carne era prieta y muy bien torneada. Era inmensamente preciosa.

Sus pantaloncitos y su camiseta de tirantes me permitían ver su cuerpazo en todo su esplendor. Era verano y sudaba. Ella me saludó, pero yo ni la oí. Sus tetones luchaban por salir por los laterales de su camisetita como si quisieran sumergirse en el sudor de sus sobacos rasurados.

 

Su estómago era grande y redondo, y estaba rematado por un enorme ombligo sobre el cual empecé a fantasear, imaginando mi lengua lamiendo el sudor de su interior. Cuando reaccioné y la saludé, ella ya se había dado la vuelta para que la siguiera hasta su habitación, donde tendrían lugar las «clases».

Entonces fue cuando lo vi. Era el culo más inmensamente enorme que había visto nunca. Con cada paso que daba, el suelo parecía temblar. Sus nalgas sudadas se friccionaban sonoramente entre ellas, y su pantaloncito parecía quererse rasgar a cada paso. Y yo, detrás, babeando como un perro en celo.

 

Cuando entró en la habitación, se agachó para recoger algo que estaba caído en el suelo. Ella se recreó en la acción y el volumen de su culo se multiplicó por dos al flexionarse. Era un culo más ancho que respingón, pero perfectamente redondo. Estaba claro que no llevaba bragas, tan solo ese pantaloncito elástico irrompible que, al agacharse, vi humedecido a la altura de su coñazo.

 

Desde el sitio donde estaba, alcancé a oler el intenso olor a hembra que desprendía su culazo. El aroma llenaba la habitación, y para gran sorpresa mía, vi que lo que estaba recogiendo del suelo era una cinta métrica de esas que utilizan los sastres para tomar medidas.

 

—¿No has venido a darme clases de matemáticas? ¿Te gustaría tomar las medidas de mi culo?

 

—A ti qué te parece —respondí.

 

Ella me tendió la cinta y yo me dispuse a medirle el culazo. Era un culo durísimo y asombrosamente redondo. Mis manos se deslizaban con la cinta por cada centímetro cuadrado de aquella hermosa bola de carne. ¡140 cm de perímetro! Ahora que estaba cerca, pude oler con más atención que al aroma de hembra que desprendía su culo se le mezclaban los olores de mierda y de orines que tenían sus pantaloncitos. Aquello me excitó aún más, si cabía, y ella se percató de ello.

 

—Desde que me enteré, hace tres días, de que venías, no me he duchado ni me he cambiado de ropa —dijo ella.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—Me gustaría que me lavaras, y que lo hicieras con la lengua.

 

Yo me quedé como atontado al ver cómo, en un abrir y cerrar de ojos, se subió encima de la mesa, se puso a cuatro patas y me ordenó que me sentara en una silla frente a su enorme culazo.

 

—Bájame los pantaloncitos y empiézame a comer.

 

Creí enloquecer cuando vi el tremendo y asqueroso manjar que me esperaba aquella tarde. El canal que separaba las dos nalgas era de un color oscuro y el sudor resbalaba a cascadas desde sus riñones hasta el ano. Este, a su vez, era negro, grande y redondo, pero, sobre todo, era oloroso. Entre los pliegues de su agujero pude adivinar restos de mierda mal limpiada y probablemente origen de aquel asqueroso, pero sumamente excitante, olor.

 

Su coño era grande y peludo: parecía una babosa húmeda y gigantesca persiguiendo un guisante tembloroso. ¡Nunca vi un clítoris de aquellas proporciones! Olía a hembra descomunal. Mi cara se hundió como teledirigida en aquel amasijo de carne soberbia, y durante más de una hora estuve limpiando sus bajos con la máxima dedicación que jamás le he dedicado a una mujer.

 

Valeria gemía, gritaba, se retorcía. Más de una vez pensé que aquellas cuatro patas de la mesa no podrían soportar los movimientos salvajes de aquella hembra de 95 kg y 140 cm de perímetro cular. Pero sí lo hicieron. Resistieron hasta cinco explosivos orgasmos abundantemente líquidos que casi me ahogaron, y las no menos sonoras ventosidades con las que Valeria me obsequió cuando mi lengua se adentraba profundamente en sus cavidades anales.

 

—Llevo tres días comiendo frijoles charros —comentó entre espasmos.

 

Cuando Valeria se dio por satisfecha, mi cara era un amasijo de fluidos y olores. Mis músculos faciales temblaban suplicantes. Mi culona tuvo la delicadeza de lavármela con su lengua para así poder saborearse a sí misma.

 

—Estoy deliciosa. Si pudiera, me lavaría yo misma, pero te necesito y tú lo haces muy bien.

 

Nos despedimos hasta el jueves siguiente, pero antes me regaló sus pantaloncitos sucios y olorosos para que, cuando llegara a mi casa, me masturbara a su salud oliendo y lamiendo las manchas de sus residuos corporales de tres días sin lavarse.

 

En cinco minutos llegué a mi casa. Cerré la puerta con llave y, sin esperar un segundo más, desplegué la prenda húmeda sobre mi cama. El aroma a descomposición, a sudor acumulado y a esos restos de frijoles charros que tanto la habían hecho disfrutar, golpeó mis sentidos con una fuerza que me hizo cerrar los ojos de placer.

 

Me masturbé salvajemente mientras enterraba la cara en la tela, imaginando el peso de sus nalgas sobre mí y los sonidos que habíamos compartido. Mientras corría sobre sus restos, solo podía pensar en que apenas faltaban seis días para volver a verla y empezar, de una vez por todas, con la primera clase de matemáticas

3 Lecturas/3 julio, 2026/0 Comentarios/por Acabrerg
Etiquetas: ano, clases, culo, hija, madre, mayor, metro, mujer
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