El negocio perfecto
Comencé a vender fotos de mi madre y la cosas fue escalando mas.
Mi nombre es Manuel, mi historia sucedió en el 2012. Me encontraba estudiando en la academia militarizada tipo internado; mi padre y mi madre, Margarita, habían decidido enviarme ahí por meterme en muchos problemas. Mi madre era una mujer madura; no tenía un cuerpo de supermodelo, pero tenía unos senos grandes y estaba llenita, con un culo gordo que llamaba mucho la atención de los demás alumnos cuando había junta de padres. Incluso entre amigos votábamos, en forma de juego, cuál de nuestras madres estaba más buena, y ella siempre se llevaba el primer lugar gracias a sus tetas grandes y ese culo gordo que se le marcaba en sus jeans ajustados.
Era un consuelo para nuestros ojos, ya que en la militarizada solamente era de hombres y mis amigos disfrutaban verla, con sus escotes, pantalones ajustados o faldas pegadas. Incluso llegué a venderles fotos que tenía de ella en bikini de unas vacaciones que pasamos en la playa. Fue cuando se me ocurrió que podía ganar más dinero si le tomaba más fotos, pero para mi mala suerte, el primer año no pude ir de vacaciones a casa para tomar más fotos, un que solo nos daban dos semanas de vacaciones podría sacarles provecho, pero la academia tenía una política de que si tenías malas calificaciones, no se te autorizaban las vacaciones. No fue hasta el segundo año que por fin pude regresar a casa. No le informé de esto a mis padres, temiendo que me obligara a pasar las vacaciones en las clases de regularización, así que simplemente empaqué y tomé rumbo a casa.
Después de casi 6 horas en autobús, por fin había llegado a la terminal de autobuses de mi ciudad. Me sentí muy cansado, ya que al ser verano e ir en un autobús, no era muy grato debido al calor, así que decidí tomar un taxi que me llevara a casa. Cuando llegué y entré, había un fuerte aroma a cigarro, algo que me extrañó ya que ni mi madre ni mi padre fumaban. Sin darle más importancia, simplemente me senté en el sofá.
Me quedé un momento en silencio, con la mirada perdida en la televisión apagada, tratando de sacudirme el cansancio del viaje. De pronto, un ruido proveniente de la planta alta me hizo levantarme del sofá.
Caminé hacia las escalera al llegar al primer escalón, me detuve en seco. El silencio fue reemplazado por un sonido que me dejó helado: gemidos. No eran gemidos de dolor, eran gemidos de placer, agudos y constantes, que provenían directamente de la habitación de mi madre.
Me quedé ahí parado, tieso como un poste en medio de la escalera. No podía creer lo que estaba escuchando. La voz de mi madre no tenía nada que ver con la señora que yo conocía; sonaba como una mujer que estaba en su salsa, totalmente desatada.
—»¡Ay, sí, papi! ¡Dale más fuerte! ¡No pares, que me encanta sentir cómo me la metes hasta el fondo!» —gritaba ella.
Los gemidos se pusieron cada vez más pesados y, para colmo, se escuchaba el rechinido de la cama a todo lo que daba. ¡Cric, cric, cric!, sonaba la madera. Era un ruido constante, rítmico, que te hacía imaginar perfectamente lo que estaba pasando ahí arriba.
Me quedé ahí, con el corazón a mil, sin saber si subir o darme la vuelta y largarme. La situación se puso bien intensa y yo no sabía ni qué pensar.
En eso sonó el teléfono de la casa, el sonido del teléfono cortó el ambiente como un cuchillo. De repente, todo se quedó callado: los gemidos, el rechinido de la cama.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de par en par. Vi a mi madre salir así, sin nada de ropa, totalmente desnuda. Se veía increíble, pero la situación era rarísima. Caminó directo hacia el teléfono de la casa con una naturalidad que me dejó loco. Yo, por puro instinto, me escondí detrás de un mueble para que no me viera.
Ella levantó la bocina y contestó con una voz súper tranquila, como si no acabara de estar en medio de un frenesí sexual.
—»¿Hola? ¿Quién habla?» —dijo ella.
—»Hola, amor… dime» —añadió.
—»No te preocupes, te entiendo. Ya sabes que no pasa nada cuando vas a salir tarde» —añadió mi madre, con una calma que me dio escalofríos.
—»No te preocupes, te entiendo. Ya sabes que no pasa nada cuando vas a salir tarde» —añadió mi madre, con una calma que me dio escalofríos.
Me quedé con la boca abierta. Me di cuenta de que quien llamaba era mi padre. Todo lo que yo creía saber de mi familia se estaba yendo al caño en un segundo.
Mientras mi madre seguía hablando con él por el teléfono, la puerta de la habitación se abrió de nuevo.
De ahí salió un tipo, y cuando lo vi, casi me da algo. Era Carlos, un amigo con el que me juntaba mucho antes de que me mandaran a la academia. Él era apenas tres años mayor que yo, pero ya tenía su fama. Era de esos tipos que siempre andaban en problemas; ya lo habían detenido dos veces, una por robar en una licorería y otra por andar con sustancias ilegales.
Verlo ahí, saliendo de la habitación de mi madre después de estar follándola, me dejó loco. Carlos se veía relajado, como si no tuviera ninguna vergüenza de estar en mi casa haciendo sus cosas. Se pasó la mano por el pelo, y, sin perder tiempo, se acercó a mi madre.
Carlos la agarró de la cintura con fuerza y la obligó a inclinarse hacia adelante, justo frente al teléfono. Y lo más cabrón fue que, mientras ella seguía hablando con mi padre, Carlos se le metió por detrás de un solo movimiento.
Mi madre soltó un par de gemidos cuando Carlos comenzó a follarsela
—»¿A qué te refieres con que me escucho rara…?» —decía mi madre por el teléfono. Su voz sonaba toda quebrada, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se le escapara un gemido.
—»No es nada, mi amor, solo estoy haciendo un poco de ejercicio» —soltó ella, tratando de sonar normal, aunque mientras decía eso, Carlos le estaba dando una embestida que la hacía tambalearse frente al teléfono.
Yo me quedé ahí, escondido, viendo toda la escena con la boca abierta. Era una locura total. Pero, en lugar de solo quedarme con el susto, mi mente empezó a trabajar de otra forma. Me acordé de lo que siempre hacíamos en la academia: buscar la manera de sacar provecho de cualquier situación.
De repente, se me ocurrió algo. Con mucho cuidado, saqué mi celular del bolsillo. Me aseguré de que no hiciera ruido y empecé a grabar. Lo que estaba pasando frente a mis ojos era oro puro. Ver a mi madre, la mujer que todos deseaban, siendo follada de esa manera tan salvaje mientras engañaba a mi padre por teléfono… eso no lo veía cualquiera.
«Esto es buen material para venderlo en el colegio», pensé mientras ajustaba el ángulo de la cámara. Me imaginé a mis amigos en la academia, viendo el video y pagando sin pensarlo dos veces. Era una oportunidad de oro para ganar una buena lana y, de paso, tener algo que todos quisieran ver.
Me quedé ahí, con el celular en la mano, grabando cada movimiento de Carlos, cada sacudida de los pechos de mi madre y cada vez que el tipo se la metía con más fuerza, sabiendo que ese video valdría una fortuna.
—»No olvides comer algo, nos vemos, bye» —soltó mi madre de golpe, colgando el teléfono sin darle tiempo ni a despedirse a mi padre.
Mi madre ya no intentaba disimular nada; se apoyó con todo su peso sobre el mueble, agarrándose con fuerza para no caerse mientras Carlos le seguía dando con una furia que parecía no tener fin.
Carlos, que estaba sudando y respirando como un animal, se detuvo un segundo, pero no se salió. Se quedó ahí, clavado dentro de ella, y con la voz toda agitada me preguntó:
—»¿Era tu esposo?» —soltó él, mientras le daba un empujón que la hizo jadear.
Me quedé helado escuchando esa pregunta desde mi escondite. Sabía que la respuesta iba a ser fuerte.
—»si era él pero ¡No hablemos de eso ahora!» —respondió mi madre, con la voz rota por el placer—. «¡Solo fóllame, carajo! ¡No pares, solo sígueme metiendo!»
Carlos, al oír eso, pareció agarrar más confianza. Empezó a darle más fuerte, con un ritmo más salvaje, y el sonido de la carne chocando y los gemidos de mi madre llenaron toda la casa.
Yo seguía ahí, con el celular grabando, viendo cómo mi madre se entregaba por completo a un tipo que tiempo atrás decía que era mala influencia para mi.
—»¡Venga, date vuelta!» —ordenó Carlos.
Mi madre, que parecía estar en un trance de puro deseo, obedeció sin dudarlo. Se giró y se sentó sobre el mueble, quedando con las piernas bien abiertas, totalmente expuesta. Carlos no perdió ni un segundo; se le metió de nuevo con una fuerza brutal, empezando un movimiento de mete y saca que era una locura.
Con cada embestida de Carlos, todo lo que estaba encima del mueble empezaba a volar. Se escuchó un golpe seco cuando el teléfono cayó al suelo, junto con otras cosas que ella tenía ahí.
—»¡Ay, sí, así! ¡Métemela toda, carajo!» —gritaba ella, sin importarle que el teléfono estuviera tirado en el suelo o que algunas cosas de cerámica cayeran para romperse.
Carlos parecía un animal, dándole con todo, sin importarle nada más que su propio placer y el de ella. El movimiento era tan violento que el mueble parecía que se iba a romper en cualquier momento. Yo, desde mi escondite, veía cómo la cámara de mi celular captaba todo ese caos: el desorden, el teléfono tirado, y la imagen de mi madre totalmente desatada bajo el mando de Carlos.
La cosa se puso todavía más intensa. Mi madre, en lugar de solo recibir los embestidas, agarró a Carlos con una desesperación que me dejó frío. Pasó sus manos alrededor de su cuello y lo empezó a besar con un frenesí de locos, como si de verdad quisiera devorarle la boca. Se besaban con una fuerza que parecía que se iban a comer vivos, con una pasión que no tenía nada que ver con la mujer tranquila que yo conocía.
Cuando por fin se separaron para tomar aire, Carlos no perdió el tiempo. Al verla así de entregada, aumentó el ritmo todavía más, dándole con una fuerza que hacía que el mueble retumbara contra la pared.
—»¡Me vuelves totalmente loca cuando me follas, Carlos! ¡Te amo, te amo tanto!» —gritaba mi madre a todo pulmón, sin importarle nada, ni el teléfono tirado, ni el desorden, ni mi padre.
Carlos ya ni hablaba; solo gruñía como un animal mientras la embestía con una fuerza que parecía que no iba a terminar nunca. Pero de repente, el ritmo cambió. Carlos frenó sus movimientos bruscos y empezó a empujar de una manera distinta: lento, pero muy profundo, clavándose en ella con una intensidad que la hacía arquear la espalda. En ese momento me di cuenta de lo que estaba pasando: se estaba corriendo dentro de ella.
Carlos se retiró de mi madre con un último suspiro pesado. Ella se quedó ahí, sentada sobre el mueble, con la respiración toda agitada y la mirada perdida en el techo, como si todavía estuviera en las nubes. Pero no se quedó quieta. Con una naturalidad que me dejó con la boca abierta, mi madre abrió sus piernas y se acomodó para ver cómo brotaba el semen de su interior, chorreando por sus muslos.
—»¡Qué gran corrida, mi amor!» —exclamó ella, con una sonrisa de pura satisfacción.
Sin ninguna pena, metió los dedos en su vagina para recoger un poco de lo que había quedado ahí dentro y, frente a mis ojos, se los llevó a la boca para saborearlos. Era una escena de una lujuria total.
—»Me encanta el sabor de tu semen… la próxima quiero que me llenes la boca» —dijo mi madre.
Carlos la miró con una media sonrisa, pero con un tono serio.
—»Solo no quiero sorpresas» —dijo él, mirándola fijo a los ojos—. «No quiero líos».
—»No te preocupes, amor, yo sé lo que hago. Tomaré algo para que no quede embarazada, ya lo sabes» —respondió ella, tratando de tranquilizarlo, aunque se le veía la cara de que le importaba un bledo lo que fuera con tal de tenerlo cerca.
En ese momento, Carlos se levantó y se dirigió hacia la habitación. Mi madre lo siguió con la mirada, confundida.
—»¿Qué haces? ¿Por qué te vistes tan rápido?» —le preguntó ella, tratando de entender qué pasaba.
—»Tengo cosas que hacer, no molestes» —le contestó Carlos de forma seca.
—»Pero si todavía tenemos tiempo para nosotros…» —insistió ella, intentando convencerlo de que se quedara un rato más, pero Carlos ni le hizo caso.
Pocos minutos después, Carlos salió de la habitación ya bien vestido, terminando de ajustarse el cinturón con una calma que me desesperó. Mi madre lo seguía con la mirada, intentando de todo para que se quedara, pero a él le daba igual. sin voltear a verla se dirigió hacia la puerta y salió de la casa.
Mi madre soltó un suspiro de resignación. Antes de entrar a su habitación, se agachó para recoger el teléfono que se había caído al suelo. Al hacerlo, la posición la dejó totalmente expuesta; desde donde yo estaba, pude ver su culo y su vagina, todavía húmeda y roja después de la follada que le había dado Carlos. Puso el teléfono en su lugar y se metió a su cuarto.
Aproveché ese momento para moverme. No quería quedarme ahí siendo descubierto por mi madre. Salí de la casa con cuidado, tratando de no hacer ruido, pero apenas puse un pie afuera, me quedé helado.
Ahí estaba Carlos, parado en la entrada, encendiendo un cigarro con una calma que me dio rabia. En cuanto soltó el primer humo, me vio. No intentó esconderse ni se puso nervioso; al contrario, se acercó a mí con paso tranquilo.
—»¿Así que estabas ahí dentro, eh? ¿Cuándo regresaste?» —me preguntó, clavándome la mirada.
—»Hace unos minutos» —respondí, tratando de que no se me notara el nerviosismo en la voz.
Él soltó una risita burlona y me miró de arriba abajo.
—»Entonces viste lo que pasó ahí adentro, ¿verdad?» —dijo, sin rodeos.
Me quedé callado, sin saber qué decirle. No quería darle la razón, pero tampoco quería quedar como un tonto.
—»Bueno, ya sabes que ahora ella es mi hembra» —soltó él, como si fuera lo más normal del mundo, con una seguridad que me dio hasta coraje.
Luego, sacó otro cigarro y me lo ofreció.
—»¿Qué pasa? ¿Acaso estás molesto?» —me preguntó, arqueando una ceja.
—»No, solo un poco sorprendido» —respondí, aunque era mentira. Agarré el cigarro y él mismo me lo encendió.
—»Bueno, nos reuniremos los colegas más tarde. Espero verte donde siempre» —dijo Carlos, dándome una palmada en el homtero antes de alejarse por la banqueta.
Me quedé ahí parado, con el cigarro en la mano y el video en el celular. Estaba confundido, pero en mi cabeza ya estaba armando otra gran idea. No quería entrar de golpe, así que hice tiempo afuera, hasta que sentí que era el momento de actuar.
Entré a la casa como si nada hubiera pasado.
—»¡Mamá! ¡Ya llegué!» —grité, armando una actuación de las buenas, haciendo como si fuera el hijo más inocente del mundo.
Mi madre salió de la cocina de un salto, con una cara de sorpresa que casi me hace reír. Se veía recién bañada, con la piel todavía húmeda y brillante, lo que me recordó de inmediato lo que acababa de grabar.
—»¡Hola, hijo! ¡Qué sorpresa! Pero… ¿qué haces aquí? Espero que no te hayas escapado de la academia» —me dijo, tratando de sonar como la madre preocupada de siempre.
—»No, mamá, nada de eso» —le respondí con una sonrisa falsa—. «Te quería dar una sorpresa, ya que sí califiqué para tener vacaciones. ¡Qué alegría, ¿no?!»
—»¡Ay, qué alegría, hijo! Eso quiere decir que saliste con buenas calificaciones» —dijo ella, con un alivio que me pareció muy sospechoso.
—»Pues sí, ya sabes cómo soy» —le dije mientras me sentaba a la mesa. Ella se puso a preparar la comida, y mientras ella se movía por la cocina, yo me quedé ahí, maquiñando mi nueva idea en la cabeza. Pero decidí que era momento de empezar a picarle un poco para ver qué decía.
—»Oye, mamá… ¿y cómo están mis amigos? Hace mucho que no hablo con ellos» —solté, tratando de sonar casual.
—»¿Tus amigos?» —preguntó ella, sin dejar de picar las verduras—. «Pues están bien, supongo».
—»Ah, bueno… ¿y Carlos? ¿Cómo está? ¿No se ha metido en algún problema?» —le pregunté, clavándole la mirada.
Mi madre se quedó quieta un segundo, como si le hubiera caído un balde de agua fría.
—»¿Carlos?» —repitió ella, sorprendida por mi pregunta—. «Pues… está bien, lo he visto de vez en cuando».
—»¿Por qué la pregunta, hijo?» —añadió, tratando de disimular su nerviosismo.
—»Nada, nomás curiosidad. Ya va un año desde la última vez que lo vi» —le dije
—»Ah, ya veo… lo entiendo» —dijo ella, volviendo a lo suyo, pero sentí que el ambiente se ponía pesado otra vez. De repente, se dio la vuelta y me miró con una duda en los ojos—. «Oye… ¿entonces no has hablado con él? ¿O te ha contado algo?»
Me quedé callado un segundo, sabiendo perfectamente que Carlos me acababa de decir que ella era «su hembra», pero yo tenía que seguir con el juego.
—»No, no hemos hablado de nada» —le respondí, mirándola fijo a los ojos, sin parpadear—. «Me imagino que tú tampoco has hablado con él, ¿verdad?»
Mi madre se quedó callada de golpe. Fue un silencio de esos, un silencio incómodo que duró apenas unos segundos, pero que se sintieron como una eternidad. La vi ahí parada, con el cuchillo en la mano, congelada frente a la tabla de picar.
—»No, hijo… no he hablado con él» —respondió finalmente, pero su voz sonó floja, como si estuviera tratando de convencerse a sí misma más que a mí.
No le di tregua. Sabía que tenía la sartén por el mango.
—»Me lo imaginaba» —solté con un tono de ironía que no pude evitar—. «Como siempre decías que era una mala influencia para mí».
—»Sí, pensaba eso, hijo…» —empezó a decir ella, pero se detuvo en seco. Hizo una pausa larga, de esas que te dicen más que mil palabras. Se quedó mirando la tabla de picar, con la cabeza agachada, y por un segundo sentí que la verdad iba a salir de su boca sin que pudiera evitarlo.
Pero de repente, sacudió la cabeza como queriendo espantar un pensamiento y soltó una respuesta rápida, casi forzada.
—»No, nada, hijo. No es nada» —respondió.
Era evidente en su rostro. La culpa se le marcaba en la mirada y en la forma en que evitaba mis ojos. No necesitaba ser un detective para saber que me estaba mintiendo otra vez, pero la tensión en la cocina ya era demasiada.
—»Bueno, ya, mejor vamos a comer» —dije, cortando el tema—. «Ya me dio mucha hambre mamá».
En cuanto terminamos de comer, decidí que era momento de moverme. decidí ir donde los demás como había dicho Carlos.
—»Oye, mamá, voy a salir un rato a buscar a mis amigos» —le dije
En cuanto solté la palabra «amigos», vi cómo la cara de mi madre cambiaba por completo. Se puso pálida y me miró con una cara de preocupación que no podía ocultar.
—»¿Verás a Carlos?» —me preguntó, con la voz un poco temblorosa, como si le doliera la pregunta.
—»Probablemente, mamá» —le respondí
—»Hijo, no creo que sea bueno que te juntes con él…» —me dijo, tratando de sonar como la madre protectora de siempre.
—»No te preocupes, no haremos nada malo» —le dije con una sonrisa de lado, sabiendo perfectamente que su preocupación no era por mis malas conductas, sino por lo que ella misma hacía con él.
No esperé a que me dijera nada más. Me levanté de la mesa y salí de la casa sin darle más vueltas. Sabía que la estaba dejando con la palabra en la boca, pero necesitaba hablar con Carlos y plantearle un buen negocio
Para no hacer la cosa muy larga, llegué donde mis amigos, donde siempre nos reuníamos. Después de un rato de plática y de fingir que todo estaba normal, me acerqué directo a Carlos. No quería perder el tiempo con rodeos.
—»¿Cuánto llevas follándote a mi madre?» —le solté de frente, sin pelos en la lengua.
Carlos, que tenía una cerveza en la mano, se quedó mirándome un segundo y luego soltó una carcajada, como si le diera gracia mi falta de respeto.
—»Llevo como seis o cinco meses, no me acuerdo exactamente» —me respondió, dándole un trago largo a la cerveza—. «¿Por qué la pregunta? ¿Quieres saber qué tal folla?» —me soltó con una sonrisa de medio lado—. «La puta de tu madre folla muy bien, es una tremenda ninfómana. Lo único malo es que se enamora demasiado fácil».
Me quedé callado escuchando su descaro, pero no me achicó. Al contrario, me armé de valor y decidí lanzarle la propuesta que tenía en la cabeza.
—»Mira, Carlos, tengo una propuesta para ti» —le dije, bajando un poco la voz para que los demás no escucharan tanto—. «Sabes que hice con unas fotos de mi madre; las vendí en la academia y me fue muy bien. Pues ahora los grabé, y tengo pensado mandarle mensajes a varios compañeros para venderles el video».
Al principio, Carlos se rió. Pensó que le estaba tomando el pelo, que era una de mis bromas pesadas. Pero cuando saqué mi celular y le enseñé los mensajes de los tipos que ya les había hablado del video mientras iba de camino, su cara cambió. Vi cómo sus ojos se abrían al ver que la gente estaba dispuesta a soltar la lana de verdad.
—»¿Es en serio?» —me preguntó, ya más serio.
—»En serio. Y si nos organizamos, podemos sacar mucho más dinero» —le aseguré.
En cuanto Carlos vio que no era broma y que el negocio era real, aceptó de inmediato. Se le iluminó la cara, como si acabara de encontrar una mina de oro. Ya no solo era un tipo que se acostaba con mi madre; ahora era mi socio en un negocio sucio y muy lucrativo.
Lo que yo no sabía en ese momento era que Carlos tenía planes mucho más grandes que solo vender videos. Él no solo quería el dinero, quería el control total de la situación.
—»Dile a mi perra que mañana irás a una fiesta » —me dijo Carlos, mirándome con una chispa de malicia en los ojos—. «Eso nos va a dar la oportunidad perfecta para hacer el contenido que necesitas».
Me quedé descolocado. No entendía a qué se refería con eso de la fiesta ni por qué tenía que mentirle de esa manera.
—»No entiendo… ¿para qué tengo que decirle eso?» —le pregunté, sintiéndome un poco tonto.
—»¿Eres imbécil o qué?» —me dijo Carlos, ya sin mucha paciencia—. «Si tú estás en la casa, ella se va a contener. No me va a dar las nalgas si te tiene ahí vigilando. Necesitamos que ella crea que tiene libertad para portarse mal».
En ese momento me cayó el veinte. Era verdad; mi madre, por respeto a mí, no se iba a desatar por completo si yo estaba ahí metido en la jugada. Así que acepté el trato.
—»Está bien, de acuerdo. Haré eso» —le dije, aceptando su plan.
Llegué a la casa y le solté la mentira a mi madre. Ella, aunque un poco extrañada, me creyó y se preparó para su supuesta «fiesta». No tardó mucho en llegar el mensaje que me confirmaba que el plan de Carlos ya estaba en marcha.
El celular vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de Carlos: «Ya quede. Mañana voy a follarme a tu madre. Tú sal de la casa, pero no te alejes mucho, quiero que estés cerca para lo que viene».
Había algo que no habíamos contemplado en todo este plan de negocios y que me estaba carcomiendo la cabeza: mi padre. Si aparecía de sorpresa, todo esto se nos podía caer.
No me aguanté las ganas y le mandé un mensaje a Carlos para comentarle el riesgo.
—»Oye, hay un detalle… no habíamos contado con mi padre. Si llega de repente, se nos arma la gorda» —le escribí, con el pulso un poco nervioso.
No tardó ni un minuto en responder. El mensaje apareció en la pantalla:
—»Se ve que has estado mucho tiempo lejos de casa, el imbécil de tu padre no va a estorbarnos; él es un gato de una empresa que lo explota y cada fin de mes tiene que doblar turno, creeme varias veces me he follado a tu madre mientras tu padre está trabajando» —me contestó Carlos, sin rodeos.
Me quedé mirando el celular un buen rato. Tenía razón. Mi padre era un hombre que se mataba trabajando para mantenernos, un tipo que vivía para la empresa y que, por culpa de ese trabajo, casi nunca estaba en casa.
—»Bueno, si dices eso, pues así será» —le respondí, tratando de sonar convencido.
Al día siguiente, hice lo que habíamos quedado. Salí de la casa siguiendo el plan y me quedé plantado en una esquina esperando a Carlos. El llegó un poco tarde, y lo que me dejó helado fue que no venía solo; traía a un tipo con cara de pocos amigos, tatuado de pies a cabeza, incluso tenía tatuajes en la cara. No me atreví a preguntarle quién era, porque el ambiente ya se sentía pesado desde el principio.
Carlos solo me miró y me dijo:
—»Vale, esperen aquí. Les mandaré un mensaje para que entren».
Él se dirigió a mi casa, tocó el timbre y mi madre lo recibió con una sonrisa, dejándolo pasar como si nada. Pasaron como dos horas. Yo ya estaba que no cabía en mí de la ansiedad y los nervios, y el tipo tatuado que estaba conmigo parecía estar de malas, siempre serio, con la mirada clavada en mi casa.
De repente, el celular me vibró en el bolsillo. Era un mensaje de Carlos: «Entren. No hagan ruido. Quítense los zapatos y suban a la habitación».
Así que nos movimos rápido. Entramos a la casa con cuidado, tratando de no hacer ni un ruido con los pies descalzos. Los gemidos de mi madre ya se escuchaban desde la planta baja, así que no perdimos tiempo. Subimos las escaleras con el corazón en la garganta y, al llegar al pasillo, vimos que la puerta de su habitación estaba abierta.
Cuando entramos, la escena me dejó con la boca abierta. Mi madre estaba ahí, totalmente desnuda, con la cabeza hundida en la cama y el culo levantado hacia nosotros. Carlos la estaba penetrando por detrás con una fuerza brutal. Pero lo más loco era que ella tenía los ojos vendados y los brazos estirados hacia atrás, amarrados con una de las corbatas de mi padre.
Ya no era solo una grabación para vender; era una sesión de dominación completa. Carlos la embestía con una saña que hacía que la cama rechinara como si se fuera a romper, y mi madre, a pesar de estar atada y con los ojos tapados, soltaba unos gemidos de puro placer que se escuchaban en toda la casa. El tipo tatuado se quedó ahí parado, observando la escena con una mirada de pocos amigos, como si estuviera listo para intervenir en cualquier momento.
Me quedé ahí parado, como una estatua, sin poder mover ni un músculo. La escena era demasiado fuerte para procesarla de golpe: mi madre, atada y vendada, siendo dominada de esa manera por Carlos.
No fue hasta que Carlos me hizo una seña rápida con la cabeza, como diciéndome que dejara de estar de tonto, que reaccioné. Con las manos temblorosas, saqué mi móvil del bolsillo y, con mucho cuidado para no hacer ruido, empecé a grabar.
Cuando giré un poco la cabeza, me quedé helado: el tipo mal encarado tenía su miembro afuera y se estaba masturbando con una intensidad brutal mientras veía cómo Carlos le daba a mi madre. No tardó casi nada en tenerlo bien erecto, con las venas marcadas.
De repente, Carlos se apartó de mi madre, rompiendo el ritmo.
—»¿Qué pasa, amor? ¿Por qué dejaste de follarme?» —preguntó ella, con la voz toda rota y la respiración agitada, sin entender qué estaba pasando.
—»Espera un momento, solo quiero tomar agua» —respondió Carlos, tratando de sonar tranquilo.
Carlos se acercó al tipo mal encarado y, para mi sorpresa, el tipo sacó un fajo de billetes y se los dio. Me quedé con la boca abierta viendo cómo Carlos contaba el dinero con una calma de negocios, como si estuviera cobrando una factura.
En cuanto terminó de contar, el tipo mal encarado no perdió el tiempo. Se posicionó justo detrás de mi madre, que seguía ahí, vulnerable y sin saber qué onda, el tipo la penetró de un solo golpe, sin previo aviso.
—»¡Ahhh! ¡Dios mío!» —gritó mi madre, soltando un gemido que se mezcló con el sonido de la carne chocando.
El tipo le daba con una fuerza salvaje, sin ninguna delicadeza, mientras Carlos se quedaba ahí parado, viendo cómo el otro se follaba a mi madre. Yo no podía creer lo que estaba grabando. El tipo tatuado la estaba usando como si fuera un objeto, y mi madre parecía estar al placer sin imaginar que un desconocido se la estaba follando en lugar de Carlos.
El tipo la agarraba con una fuerza brutal, apretándole la cintura con los dedos como si quisiera hundirlos en su carne. Mi madre no paraba de jadear y de soltar gemidos que retumbaban en toda la habitación.
—»¡Ooooh sí, Carlos! ¡Qué rico me follas!» —gritaba ella, totalmente perdida en el placer.
Carlos, que estaba ahí parado mirando, se metió en el juego y empezó a fingir que era él quien la estaba dando.
—»¡Qué puta eres!» —le gritaba Carlos, siguiendo la actuación para que ella se entregara más.
—»¡Sí, sí! ¡Soy tu puta, amor!» —respondía ella, con la voz rota, aceptando cualquier etiqueta con tal de sentir más.
Mientras tanto, el tipo tatuado no perdía el tiempo. Empezó a darle nalgadas con una fuerza impresionante, haciendo que la carne de su culo rebotara con cada golpe. Las nalgas de mi madre se pusieron rojas al instante, y ella, lejos de quejarse, gritaba con una mezcla de dolor y placer que me dejaba loco.
—»¡Sí, pégame fuerte! ¡Más, más!» —suplicaba ella, pidiendo más castigo como si fuera una adicta.
De repente, Carlos se me acercó de un salto. Me arrebató el móvil de las manos con brusquedad, lo usó para grabar mejor. Lo puso justo debajo de ellos, apuntando hacia arriba, para captar cada embestida de la penetración desde el ángulo más explícito posible.
—»¡Clava tu pene hasta el fondo, amor!» —gritaba mi madre
El tipo empezó a empujar con una saña increíble, como si quisiera meterle el miembro hasta los huevos. Yo me quedé ahí, con la respiración cortada, viendo cómo mi excitación se marcaba claramente debajo de mi pantalón. Ver a la mujer que me dio la vida así, empinada, con un extraño metiéndosela sin protección y disfrutando como una loca, me estaba calentando más de lo que jamás imaginé.
El tipo tatuado, que parecía estar al límite, sacó su miembro de un tirón para no correrse antes de tiempo. Se veía completamente agotado, con la cara empapada de sudor y la respiración agitada.
Pero no se quedó quieto. En lugar de descansar, se agachó y, con una fuerza bruta, agarró las nalgas de mi madre y las abrió de par en par. El movimiento dejó su vagina y su ano totalmente expuestos, brillando por el sudor y los fluidos de la penetración anterior.
Sin perder ni un segundo, se inclinó y empezó a lamerle la vulva con una voracidad animal. Se metía la lengua con fuerza, recorriendo cada rincón de su sexo mientras ella arqueaba la espalda y soltaba unos gemidos de una excitación pura y descontrolada.
—»¡Ay, sí! ¡Ahí, ahí mismo! ¡No pares, por Dios!» —gritaba mi madre, retorciéndose mientras él le lamía el ano y la vulva sin piedad.
Carlos, que no quería perderse ni un detalle del negocio, se mantuvo cerca con el celular, asegurándose de que la cámara captara cada movimiento de la lengua del tipo sobre la carne de mi madre.
El tipo tatuado no se conformó con solo lamerla. Con una mano seguía sujetándole las nalgas con fuerza y, con la otra, empezó a meter sus dedos dentro de ella. Al principio los metía en su vagina, moviéndolos con un ritmo rápido que la hacía jadear, pero de repente, sin avisarle, cambió de objetivo y metió un dedo en su ano.
Mi madre soltó un grito que fue una mezcla de sorpresa y un placer que no podía controlar. En lugar de quejarse, pareció que el contacto le encantó.
—»¡Ay, mi amor! ¡Hace mucho que no jugamos con mi culito!» —gritó ella, con la voz totalmente rota por la excitación, mientras sentía cómo los dedos del tipo se hundían en su zona más prohibida.
El tipo no tuvo piedad. Empezó a meterle dos dedos, luego tres, hurgando y moviéndolos con una fuerza que hacía que su cuerpo entero se sacudiera contra la cama. El sonido de los dedos entrando y saliendo de su ano, mezclado con el chapoteo de la lubricación natural y el sudor, era algo que me dejaba la cabeza dando vueltas.
—»¡Eso es, métemelos todos! ¡No pares, que me encanta que me destroces el culo!» —suplicaba mi madre.
Carlos no decía ni una palabra; parecía que se había convertido en una máquina de grabar. Solo se dedicaba a acercar el móvil lo más posible, buscando el ángulo perfecto para captar cada detalle de lo que estaba pasando. No quería perderse ni un segundo de este material de oro.
El tipo tatuado, se puso de pie con un movimiento brusco. Se veía enorme, imponente, con el cuerpo brillante de sudor y la mirada fija en el objetivo. Agarró su pene, que ya estaba más duro que nunca, y sin perder ni un segundo de tiempo, lo posicionó justo en la entrada del ano de mi madre.
Con un empujón seco y potente, lo introdujo de golpe.
—»¡¡¡AAAAHHHHHHH!!!» —el grito de mi madre fue desgarrador, una mezcla de un dolor agudo y un placer tan intenso que casi parecía que se le salía el alma.
Se le arqueó la espalda de una forma increíble, mordiendo las sábanas de la cama mientras el tipo tatuado empezaba a darle con todo. No era un movimiento suave; era una penetración bruta, rítmica y violenta que hacía que todo su cuerpo rebotara contra el colchón. El sonido de la carne chocando contra el ano era un ¡paf, paf, paf! constante y húmedo.
—»¡Joder, joder…!» —repetía mi madre entre dientes, con la voz totalmente rota.
En un momento soltaba las sábanas, como si no pudiera aguantar más la presión, pero al segundo siguiente las volvía a morder con una fuerza desesperada, mordiéndolas para intentar no gritar demasiado fuerte. Estaba en un estado de puro trance.
El tipo tatuado no tenía piedad. Se veía que estaba disfrutando cada segundo de ese descontrol. Se le veía la cara de satisfacción mientras la embestía con una saña que parecía que la iba a partir en dos. Literalmente, se lo metía todo, hasta el fondo, haciendo que el miembro desapareciera por completo en su ano con cada empujón violento.
Era un espectáculo brutal. Las piernas de mi madre temblaban sin control con cada embestida, como si sus músculos ya no pudieran sostener el peso de tanto placer y de tanto golpe.
De repente, el ritmo cambió de una forma que me dejó con la boca abierta. El tipo tatuado, que parecía tener un control absoluto de la situación, decidió jugar con la resistencia de mi madre.
Sin previo aviso, sacó su pene de un tirón del ano de mi madre, dejándola con la boca abierta por la sorpresa del cambio de sensación. Pero no se detuvo; de inmediato, lo apuntó hacia su vagina y la metió con una fuerza brutal, volviendo a la penetración frontal pero con una velocidad mucho más agresiva.
—»¡Ahhh, mierda esto es nuevo amor!» —gritaba ella, con la voz completamente rota, mientras sentía cómo el tipo cambiaba de zona sin darle respiro.
Lo más loco era que el tipo no se quedaba en un solo lugar. Empezó a jugar con ambos orificios de una manera frenética: metía el pene en la vagina, lo sacaba de golpe, y enseguida lo clavaba en el ano, pasando de uno a otro sin perder el ritmo ni un segundo. Era un vaivén constante de penetraciones, sudor y gemidos desesperados.
El ritmo del tipo tatuado se volvió una locura total. El cambio constante entre la vagina y el ano de mi madre estaba llevando la situación a un punto de no retorno. Ella ya no podía ni hablar; solo emitía unos gemidos agudos y erráticos, con los ojos en blanco y el cuerpo sacudiéndose violentamente con cada embestida.
De repente, el tipo tatuado puso un gesto de placer inmenso. Sus movimientos se volvieron mucho más rápidos y pesados.
—»¡¡¡AHHHHHHH!!! ¡SÍ, DAME TODO! ¡DAME TODO, CARAJO!» —gritó mi madre al sentir cómo la llenaba.
En ese instante, el tipo se hundió dentro de la vagina de mi vagina y se corrió con una fuerza impresionante descargando todo su semen de un solo golpe.
El líquido blanco empezó a brotar de la vagina de mi madre, mezclándose con sus propios fluidos de la penetración anterior. El semen salía chorreando por sus labios vaginales y bajando por sus muslos en un hilo espeso y brillante. Ella se quedó ahí, temblando como una hoja, con la cabeza caída y la respiración totalmente rota dejando la zona empapada y deshecha.
Carlos, con una sonrisa de satisfacción pura, acerco el movil a la vagina de mi madre captando cada instante del momento
El tipo tatuado, como si nada hubiera pasado, empezó a subirse los pantalones con una calma que me sacaba de onda. Sacó una cajetilla del bolsillo, encendió un cigarro y se fue al pasillo junto con Carlos, dejándome ahí solo con el desastre.
Mi madre seguía en la cama, todavía jadeando.
—»Amor… desátame…» — dijo con la voz toda ronca, estirando los brazos que seguían amarrados con la corbata de mi padre.
—»Espera un segundo…» —respondió Carlos desde el pasillo, pero ella no paraba de insistir.
—»¡Amor, por favor!» —repetía ella, casi suplicando.
Carlos entró de nuevo a la habitación, pero no para seguir con ella, sino para decir:
—»Espera, deja voy a orinar».
Él salió de la habitación y yo, movido por la curiosidad y la tensión, lo seguí. Nos quedamos en el pasillo y vi cómo Carlos se acercaba al tipo tatuado. El tipo, mientras exhalaba el humo de su cigarro, le dijo a Carlos con una voz que no dejaba lugar a dudas:
—»Ten por seguro que voy a repetir. Quiero volver a follarme a esa zorra».
Carlos no le llevó la contraria; simplemente asintió y se marchó el sujeto de los tatuajes. En ese momento, Carlos se acercó a mí, sacó el fajo de billetes que el tipo le había dado al principio y me entregó una parte.
—»Ten, esto es lo que te toca» —me dijo.
Después de eso, Carlos subió de nuevo a la habitación con mi madre, pero en cuanto intenté seguirlo para ver qué pasaba, él me cerró la puerta en la cara.
Sin más me fui directo a mi habitación, cerré la puerta con llave y me tiré en la cama. No pude evitarlo: saqué el celular y empecé a ver todo lo que había grabado. Ver a mi madre siendo sometida de esa manera, con ese ritmo tan animal, me encendió por completo. Me masturbé viendo cómo el tipo tatuado la follaba, sintiendo una mezcla de culpa y una excitación que no podía controlar.
Cuando por fin recuperé el aliento y me calmé, me puse a trabajar. Empecé a mandar los mensajes a mis compañeros de la academia, para mi sorpresa, el video se vendió como pan caliente. En cuestión de minutos, los mensajes no paraban de llegar: «¡Está increíble!», «¡Pásame más!», «¡Te pago lo que sea!».
Me quedé mirando el celular, dándome cuenta de que lo que había empezado como una simple curiosidad, se había convertido en un negocio redondo.
No me di cuenta de cuándo Carlos se marchó de la casa; entre el cansancio y el bajón de adrenalina, me quedé medio dormido en mi cuarto. Pero ya más de madrugada, cuando el silencio de la noche era casi absoluto, el celular me vibró en la mesa de noche.
Era un mensaje de Carlos.
—»Luego me pasas mi parte del dinero del video» —decía el mensaje, seco y directo.
Pero lo que me dejó con el corazón en la garganta no fue el texto, sino los archivos adjuntos. Carlos me había mandado unas fotos de mi madre. En ellas, se veía claramente cómo le estaba mamando el pene con una entrega total. Eran tomas de cerca, sin filtros, donde se veía su cara de placer y la forma en que se envolvía alrededor de él.
No me dio tiempo ni de procesar el impacto de las imágenes cuando llegó otro mensaje:
—»A ver cuánto te dan por ellas» —añadió Carlos, como si estuviera vendiendo fruta en el mercado.
Al día siguiente, yo todavía estaba que echaba fuego. No podía dejar de darle vueltas a las imágenes de la noche anterior; mi cabeza no paraba de repetir cómo se veía mi madre entregada a ese tipo.
Bajé a desayunar tratando de actuar normal, pero era imposible. Mi padre ya estaba sentado en la mesa, tomando su café con un pedazo de pan, como si fuera un dia cualquiera. Mi madre estaba en la cocina, todavía con su típica bata de dormir, pero cuando la miré, no pude evitar recorrerla con la mirada de arriba abajo, comparando su apariencia tranquila de la mañana con la imagen de la mujer que se estaba dejando follar con tanta saña apenas unas horas antes.
—»Buenos días, hijo. Siéntate a desayunar» —me dijo ella con una sonrisa, pero era una sonrisa que ya no me transmitía la misma confianza de antes.
Mientras desayunaba, me di cuenta de algo que me dejó helado: había un rechazo absoluto de su parte hacia mi padre. Él intentaba decirle algo, quizá un comentario casual sobre el trabajo o el clima, pero ella ni lo miraba. Le contestaba con palabras cortas, secas, casi con desprecio.
—»¿Podrías guardar silencio?» —le soltó ella de repente, cortándolo en seco—. «No ves que estamos desayunando. Guarda silencio y déjanos comer tranquilos».
Mi padre se quedó callado, bajando la mirada hacia su plato, con una cara de derrota que me dio hasta un poco de lástima. Era evidente que las cosas entre ellos no iban bien. Me di cuenta de que, para mi madre, mi padre ya era casi un mueble más en la casa; con Carlos en su vida, parece que ya no le veía ninguna necesidad de mantener el respeto o el interés por el hombre con el que compartía el hogar.
Terminamos de desayunar, mi padre se fue a la sala a ver un partido de fútbol en la televisión. Yo me quedé en la cocina lavando los platos, mientras mi madre se metía a la regadera. En ese momento, sonó el timbre.
Salí a ver quién era y me encontré con dos de mis amigos y Carlos.
—»¡Hey, bro! Vamos a ir a patinar, ¿vienes?» —me dijo uno de ellos.
—»No creo poder, está mi padre en casa» —le respondí, tratando de no levantar sospechas.
Carlos soltó una risa sarcástica, de esas que te dan ganas de darle un golpe.
—»Bueno, entonces nos vemos luego» —dijo mi amigo, dándose la vuelta.
Pero justo cuando se iban, Carlos los detuvo con un gesto.
—»Vayan, en un momento los alcanzó» —les dijo con toda la calma del mundo.
En cuanto mis amigos se fueron, Carlos se me acercó y me pregunto:
—»¿Cómo va el negocio?»
—»De maravilla, se vende muy bien. El material es perfecto» —le contesté.
—»Esa es mi puta» —soltó Carlos, con una sonrisa de suficiencia. Luego, bajó la voz y me preguntó: «¿Está en casa?»
—»Sí, ahora mismo se está dando un baño» —le respondí.
—»Vale. Entreten al pendejo de tu padre en lo que subo a verla» —me ordenó Carlos, sin pedir permiso.
Entramos a la casa y Carlos saludó a mi padre con naturalidad.
—»¿Cómo está, señor? Buen día» —dijo Carlos, con una cara de respeto que no se le veía a nadie.
—»Todo bien, joven. Pase» —respondió mi padre, sin sospechar ni una pizca de la verdad.
—»Vengo por unas cosas que dejé en la habitación de Manuel» —mintió Carlos con una facilidad increíble, y se fue directo hacia las escaleras.
Me quedé ahí parado junto a mi padre, sintiendo los nervios como si me estuvieran quemando por dentro. Sabía perfectamente a qué iba Carlos, pero no podía decirle nada. Para no levantar sospechas, me puse a platicar del partido con mi padre, haciéndole preguntas sobre las jugadas y mostrándome súper interesado, mientras por dentro sentía que la casa se nos iba a caer encima en cualquier momento.
Me quedé ahí sentado en la mesa, fingiendo que le ponía atención al partido de mi padre, pero la verdad es que no veía ni un solo jugador. Mis ojos no dejaban de clavarse en el reloj de la pared. Los segundos pasaban lentos, pesados, como si el tiempo se hubiera quedado pegado. Carlos no bajaba, y eso me estaba matando los nervios.
El corazón me latía tan fuerte que sentía que mi padre podía escucharlo desde el sillón. No dejaba de pensar en lo que estaba pasando allá arriba. ¿Se atrevería? ¿De verdad se atrevería a follarse a mi madre con mi padre ahí abajo, a unos cuantos escalones de distancia? La idea me parecía una locura, pero con Carlos, la locura era lo normal.
Me quedaba mirando las escaleras con una mezcla de miedo y una curiosidad que me quemaba. Sentía que en cualquier momento mi padre se levantaba para ir al baño o para buscar algo en su cuarto.
Mi padre gritaba algo por la tele, celebrando una jugada, mientras posiblemente arriba ya se estaban follando a su esposa.
En medio de ese silencio tan pesado, sentí la vibración del celular en mi bolsillo. Pensé que sería cualquier cosa, pero cuando lo saqué y vi que era un mensaje de Carlos.
Lo abrí, era un video. Le di play y ahí estaba: mi madre, de rodillas, desnuda en el baño, dándole una mamada brutal a Carlos. Lo que más me impactó fue su mirada, ella miraba fijamente a la cámara, era una mirada de puro deseo.
Me quedé hipnotizado con la pantalla del celular. En el video se veía con una claridad cómo mi madre agarraba el miembro de Carlos con las dos manos, subiendo y bajando con una fuerza brutal, mientras movía la cabeza con un ritmo frenético. se escuchaba claramente el sonido de la succión era constante, y en el video se notaba cómo la saliva brillaba en las comisuras de sus labios mientras se lo metía hasta el fondo.
No recibí más mensajes por un buen rato. Pero de repente, el celular volvió a vibrar en mi mano. Esta vez no era un video, eran varias fotos.
Al abrirlas, eran fotos de mi madre, en todas aparecía con la boca abierta, la lengua afuera, y la cara y la boca completamente manchadas de semen. Se veía el rastro blanco bajando por su barbilla y cubriendo sus labios,llegando a su boca. El mensaje de Carlos que las acompañaba era una bofetada de realidad: «Mira cómo le gusta a la puta de tu madre tragarse mi semen».
Poco después, escuché los pasos de Carlos bajando las escaleras. Bajó con una sonrisa de par en par, con una tranquilidad que me daba hasta coraje. Mi padre lo miró bajar.
—»¿Encontraste lo que buscabas?» —le preguntó mi padre.
—»En realidad, no… debí dejarlo en otro lado, perdón por las molestias» —respondió Carlos.
—»No pasa nada, no te preocupes» —dijo mi padre, volviendo su atención a la tele, como si no le importara que un extraño estuviera en su casa después de tanto tiempo—. «Ven, siéntate, mira el partido con nosotros».
Carlos, sin perder ni un segundo, se acercó y se sentó justo a mi lado en el sofá. Estábamos los tres ahí: mi padre viendo el fútbol, Carlos con su sonrisa de triunfo y yo, con el celular en la mano aun mirando las fotos.
El resto de las vacaciones fue exactamente así. Se volvió una rutina: Carlos venía a la casa, se follaba a mi madre y yo me encargaba de vender todo. Me mandaba los videos que podía grabar y las fotos que sacaba, y yo me encargaba de mover el material. El tiempo voló y, sin darme cuenta, mis dos semanas de libertad se acabaron y me tocó regresar a la academia.
Al llegar, la cosa se puso de locos. Todo el mundo quería una parte del pastel. Mis compañeros me buscaban por todos lados pidiéndome más contenido de mi madre; la fama de los videos se había extendido como pólvora por todo el colegio. En realidad, me estaba yendo de maravilla, estaba ganando una lana que nunca imaginé para alguien de mi edad.
Pero la suerte no dura para siempre, y yo no contaba con la traición de un compañero.
Era un tipo que siempre andaba al final de la clase, de esos que no hacen nada y siempre están al borde de reprobar. Para salvar una materia que ya tenía perdida, el muy descarado hizo lo impensable: fue con un profesor y le ofreció los videos que yo le había vendido.
Me enteré por un rumor en los pasillos. Me quedé helado. No era solo que el profesor tuviera el material, es que ahora el secreto ya no era solo de nosotros; ahora era algo que la autoridad de la escuela tenía en sus manos.
No tardó mucho en estallar la bomba. El profesor me llamó a la sala de profesores con un tono serio que me hizo sentir un nudo en el estómago. Al entrar, me senté en una silla, sintiéndome como un criminal en un interrogatorio.
Sin decir mucho, el tipo sacó su celular y me mostró las fotos y los videos. Eran las mismas imágenes que yo había vendido.
—»¿De dónde sacaste todo esto, Manuel?» —me preguntó con una mirada fría—. «¿Y por qué tienes material tan íntimo de tu propia madre? Esto no es algo que un alumno deba andar manejando».
Al principio, intenté jugar al desentendido. Me hice el que no sabía nada, pero el tipo no se iba a rendir fácilmente.
—»No sé de qué habla, profesor, solo son fotos que andan por ahí» —le solté, pero mi voz me traicionó y sonó un poco temblorosa.
Entonces, el profesor lanzó el golpe final. Se inclinó hacia adelante, clavándome la mirada, y me lanzó una amenaza que me dejó sin aire.
—»No me vengas con cuentos. Si no me dices la verdad ahora mismo, voy a llamar a tu madre y le voy a preguntar directamente cómo es que tú tienes este material tan privado de ella.» —me dijo.
Esa fue la gota que derramó el vaso. No aguanté más la presión y terminé soltando todo. Le conté la verdad: que era un negocio, que yo solo quería ganar algo de dinero y que todo había empezado de forma natural. Le confesé el plan completo, desde la primera foto hasta el último video.
Me quedé ahí sentado, con la cabeza baja, esperando su reacción. Sabía que acababa de entregarle las llaves de mi secreto, y no sabía si eso iba a solucionar mi problema o si solo acababa de hacer que el lío fuera mucho más grande.
Después de una buena bola de regaños, el profesor me mandó de vuelta a mis asuntos.
—»Vete a tus clases, Manuel, pero ten esto claro: estás metido en un gran problema, hablaré de esto con el rector y llamaremos a tu madre» —me dijo, señalando la puerta con un gesto seco y autoritario.
Salí de la sala de profesores con la cabeza baja y el estómago revuelto. No podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar. En cuanto estuve en un lugar donde nadie me viera, le escribí un mensaje a Carlos para contarle todo lo que el profesor me había dicho. No tardó mucho en llamarme.
—»¿Y cómo es el profesor?» —me preguntó Carlos.
Le conté los detalles, cómo me había acorralado y la amenaza que me lanzó con mi madre. Hubo un silencio en la línea que me puso los pelos de punta.
—»Ya veo…» —dijo Carlos, y su voz sonaba extrañamente tranquila, como si ya tuviera la solución en la cabeza.
—»¿Qué pasa, Carlos?» —le pregunté, con un nudo en la garganta.
—»Es simple» —soltó él, sin rodeos—. «Dile que no diga nada. A cambio, deja que se folle a tu madre».
Me quedé mudo. Me sentí como si me hubiera caído un balde de agua fría.
—»¡Estás loco!» —le respondí, casi gritando por el teléfono—. «¿Cómo se te ocurre decir eso?»
—»No tienes nada que perder, Manuel» —me contestó él, con una frialdad que me dio escalofríos—. «Tú decides. Avísame qué decisión tomas y yo preparo todo».
Y sin esperar a que yo pudiera procesar la locura que me acababa de soltar, colgó.
Debo admitir que estaba aterrado en ese momento, mi miedo era que el rector me expulsara o que esto escalará más de un problema de colegio,no se por que pero me imagine siendo detenido y eso me daba mucho miedo. La propuesta de Carlos me rondaba la cabeza como un eco constante y, sintiendo que el tiempo se me escapaba de las manos, no perdí ni un segundo. Regresé a la sala de juntas, donde el profesor seguía ahí, revisando unos archivos.
En cuanto entré, me clavó la mirada.
—»¿Qué quieres, Manuel? Deberías estar en clase» —me dijo, con un tono de fastidio que me hizo sentir como un niño regañado.
Tragué saliva, tratando de mantener la calma que me quedaba.
—»Le propongo algo…» —le solté, tratando de sonar decidido, aunque por dentro sentía que me temblaban las piernas.
Él simplemente se quedó ahí, mirándome con una ceja levantada, esperando a que soltara la bomba.
—»Se podrá follar a mi madre a cambio de que no diga nada a otros profesores o al rector» —le dije, lanzando la propuesta con toda la crudeza posible.
El profesor se quedó mudo un segundo. Luego, su cara cambió de la sorpresa a una de puro disgusto. Me miró como si estuviera loco.
—»¿Qué tonterías dices, Manuel? ¿Acaso estás idiota?» —me espetó, con una mezcla de molestia y desprecio.
—»Estoy diciendo la verdad, profesor. Estoy dispuesto a que se la folle a cambio de su silencio» —le repetí, tratando de demostrarle que no era un juego, sino un trato real.
Pero no hubo negociación. No hubo debate. El tipo simplemente me dio la espalda, como si mi propuesta fuera algo demasiado vulgar para tratarlo con seriedad.
—»Vete a tu clase, ya basta» —me dijo, cortándome en seco, sin darme ni una explicación más.
Salí de la sala con el pecho apretado, sintiendo que el fracaso me pesaba en los hombros. Me sentía como un estúpido. Pensé que estaba siendo práctico y resolutivo, pero lo único que había logrado era complicar las cosas mucho más. Ahora no solo tenía el problema del profesor, sino que también me sentía un idiota por haber intentado negociar algo tan personal de esa manera tan directa, incluso por tanta ansiedad termine vomitando en el baño.
Incluso llegué a pensar en fugarme del colegio; sentía que ya no aguantaba la presión y que todo se me estaba escapando de las manos. Pero justo cuando sentía que todo ya estaba perdido y que el escándalo era inevitable, pasó algo que no me esperaba.
Estábamos en plena clase, el profesor estaba ahí frente al pizarrón dando su lección, cuando pasó caminando por mi fila. Sin decir una sola palabra, sin siquiera mirarme a los ojos, dejó caer un papelito sobre mi butaca.
Con el corazón a mil, esperé a que se diera la vuelta para abrirlo debajo del pupitre. Al desdoblar el papel, me quedé helado. Solo decía: «Acepto tu propuesta. Ven a la sala de profesores mañana temprano para hablar de los detalles».
No podía creerlo. El tipo me había aceptado el trato.
En cuanto terminó la clase, me encerré en el baño para que nadie me viera y le llamé a Carlos a toda prisa.
—»Acepto» —le dije, aun temblando.
—»Perfecto. Tú solo tráelo a tu casa, yo me encargo de los demás» —me contestó Carlos y luego colgó.
Sin decir más, al día siguiente me fui directo con el profesor. Nos vimos en la sala de profesores para hablar sin que nadie nos escuchara. Platicamos un rato, como si estuviéramos arreglando asuntos académicos o de la escuela, pero ambos sabíamos perfectamente de qué estábamos hablando.
Al final, el profesor cerró el trato con una frialdad que me dejó claro que era un hombre de negocios.
—»Está bien, acepto las condiciones» —me dijo, mirándome fijamente—. «Pero vamos a hacerlo bien. El fin de semana saldremos temprano de la academia, nos iremos directo a tu casa en mi carro para que no haya sospechas de nadie».
El fin de semana llegó volando y, con él, la tensión que me quemaba por dentro. Seguimos el plan al pie de la letra: salimos temprano de la escuela y nos subimos al carro del profesor. El trayecto fue un silencio sepulcral; yo solo miraba por la ventana, tratando de procesar lo que iba suceder.
Cuando por fin llegamos a mi casa, el corazón me iba a mil por hora. Pero lo que no esperaba era que Carlos ya nos estuviera esperando justo en la entrada.
Bajamos del carro y me acerqué a Carlos, tratando de mantener la compostura.
—»Oye, ¿todo bien?» —le pregunté en voz baja, con los nervios a flor de piel.
—»Todo listo, bro. No te preocupes» —me respondió Carlos con una sonrisa de medio lado, como si ya tuviera todo bajo control—. «Tu padre ya salió a trabajar, así que tenemos el resto de la mañana y toda la tarde para nosotros».
Me quedé helado. El hecho de que mi padre no estuviera nos daba la libertad que necesitábamos. Entramos a la casa con Carlos y el profesor, y apenas cruzamos el umbral de la habitación, nos dimos cuenta de que la situación se nos había ido de las manos.
Mi madre estaba ahí, tirada en la cama, totalmente desnuda y con las piernas abiertas de par en par. Se veía descontrolada, como si estuviera ebria o bajo el efecto de algo más. Lo más impactante era ver cómo el semen salía de su vagina, manchando las sábanas.
—»¿Qué le hiciste?» —le pregunté a Carlos, con la voz entrecortada por el impacto.
Carlos soltó una carcajada burlona y señaló una botella de whisky que estaba tirada en la mesa de noche.
—»Te la dejé lista, bro, perdonen pero no me resistí y en lo que llegaban me la folle» —respondió él, con una sonrisa de triunfo.
Mi madre, con la mirada perdida y la voz arrastrada por el alcohol, intentó incorporarse.
—»¿Manuel?… hijo… ven… saluda a mamá…» —balbuceó, con una voz de borracha que apenas se entendía. Intentó ponerse de pie, pero se tambaleaba tanto que parecía que se iba a caer en cualquier segundo.
En ese momento, Carlos no perdió el tiempo. Se puso detrás de ella y empezó a masajearle los senos con fuerza, aprovechando su falta de equilibrio. El profesor, que hasta ese momento parecía el más serio de todos, tenía una cara de sorpresa que superaba incluso la mía. Se quedó ahí parado, mirando el cuerpo de mi madre con una mezcla de asombro y deseo evidente.
—»Adelante, profesor, no se quede ahí parado» —dijo Carlos, invitándolo a entrar en el juego—. «Venga a disfrutar del cuerpo de la madre de Manuel».
El profesor, que ya no podía ocultar su interés, se acercó a la cama. Pero en lugar de irse por detrás, se colocó justo frente a ella, quedando cara a cara con mi madre. Con una mano agarró sus senos y empezó a tocarlos con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Carlos, por su parte, la sujetaba con fuerza por la cintura para que no se cayera mientras el profesor la exploraba.
El profesor parecía haber perdido la cabeza por el deseo. Estaba fascinado con los senos de mi madre; los apretaba y los presionaba con una fuerza desmedida, como si fueran un par de pelotas de espuma, disfrutando de la textura de su piel. Sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y empezó a besarla con una voracidad salvaje, metiendo su lengua en la boca de mi madre con una profundidad que la hacía jadear. Lo más loco era que ella, con los ojos bien abiertos y la mirada nublada por el alcohol, simplemente se dejaba besar, entregándose al contacto.
Pero el profesor no se quedó solo en los besos. Sin apartarse de su boca, bajó una de sus manos con decisión hacia la entrepierna de mi madre. Empezó a acariciar su vagina con los dedos, pero de repente se detuvo, mostrando un gesto de desagrado. Al sentir los rastros de semen que Carlos había dejado momentos antes, el profesor frunció el ceño, como si la suciedad le molestara.
En un movimiento el profesor se apartó de su boca, sacó un pañuelo de su pantalón y empezó a frotarlo con fuerza en la vagina de mi madre, como si estuviera limpiando la zona para dejarla «perfecta» para él. Una vez que sintió que la zona estaba limpia, volvió a manosearla con una intensidad renovada.
—»Vamos, tumba a esta mujer en la cama» —ordenó el profesor con voz autoritaria, mirando a Carlos.
Carlos, que ya estaba acostumbrado a este tipo de dinámicas, no dudó ni un segundo y la empujó hacia atrás para que quedara completamente acostada boca arriba. Mientras tanto, el profesor empezó a desnudarse frente a nosotros con una parsimonia que me ponía los pelos de punta. Al quitarse la ropa, quedó a la vista que ya estaba completamente erecto por la excitación.
Sin perder ni un segundo, el profesor se lanzó sobre ella. Con una fuerza que no parecía tener, le abrió las piernas de par en par y las levantó, exponiéndola por completo. Acto seguido, se posicionó y la penetró de un solo golpe, hundiendo su miembro en ella con una determinación brutal.
—»¡¡¡AAAHHHH!!!» —gritaba mi madre. A pesar de estar borracha y con la cabeza dando vueltas, el placer era tan intenso que no podía evitar gemir con cada embestida, arqueando la espalda de forma casi dolorosa mientras se aferraba a las sábanas.
El profesor la empezó a follar con una saña que no dejaba lugar a dudas de su deseo; era un movimiento pesado, rítmico y dominante. No buscaba delicadeza, buscaba satisfacción pura. Después de unos minutos de un ritmo frenético, el profesor, jadeando y sudando, se dejó caer sobre ella, buscando nuevamente su boca para devorar sus gemidos en un beso hambriento.
Era una escena sumamente turbia. Ver al profesor, con su cuerpo obeso y pesado, aplastando el cuerpo de mi madre mientras la penetraba, me generaba una sensación extraña.
Mientras el profesor estaba sobre ella, penetrándola con ese ritmo pesado y devorándole la boca con besos hambrientos, ocurrió algo que me dejó completamente descolocado. Mi madre, en medio de ese trance de alcohol y placer, giró la mirada hacia mí.
No apartó la mirada. Al contrario, me clavó los ojos directamente mientras el profesor seguía dentro de ella. En ese preciso instante, sentí una descarga de excitación que nunca antes había experimentado; verla así, con la mirada fija en mí mientras era follada de esa manera tan bruta, me encendió de una forma que no podía controlar.
El profesor, se apartaba de su boca solo para escupirle dentro. Lo hacía con una naturalidad asquerosa y excitante a la vez. Mi madre, sin dejar de gemir y sin quitarme la vista de encima, aceptaba cada escupitajo, tragando y dejando que el líquido se mezclara con su propia saliva.
—»¡Qué rica puta eres!» —decía el profesor con la voz ronca, mientras bajaba de su boca para empezar a chupetearle el cuello con una ferocidad animal, dejando marcas rojas en su piel.
El profesor, al notar que mi madre me clavaba la mirada, no se inmutó; al contrario, esa conexión pareció encenderle una chispa de malicia aún más profunda. En lugar de apartarse, se inclinó sobre ella, lamiéndole el rostro con una lentitud provocadora, como si estuviera saboreando su piel.
Se acercó a su oído, y le susurró con una voz que podía oír perfectamente:
—»Te gusta, ¿verdad? Te encanta que tu hijo te vea así, mientras te estoy follado…» —le dijo con una sonrisa cínica—. «¡Maldita zorra, te encanta que te vean!»
Me quedé helado. No sabía si mi madre, con el alcohol y el placer nublándole el juicio, era capaz de entender la crueldad de sus palabras o si simplemente las aceptaba como parte del juego. No había forma de saberlo; solo veía cómo su cuerpo reaccionaba con espasmos de placer ante la humillación.
Sin perder el ritmo, el profesor se reincorporó. Se salió de ella de un tirón, dejando un sonido húmedo, y de inmediato la tomó de la cadera para darle la vuelta. La dejó boca abajo, con el pecho aplastado contra el colchón y las nalgas elevadas, en una posición de sumisión total.
Se posicionó justo detrás de ella, sobre ella, con su miembro ya listo y palpitando, y la penetró de nuevo con una embestida violenta. Ahora el movimiento era distinto: era más pesado, más profundo, con el peso de su cuerpo aplastándola contra la cama mientras la follaba.
La tensión en la habitación ya era demasiado para contenerme. Ver la escena, sentir el calor del ambiente y escuchar los sonidos de la penetración del profesor contra mi madre me terminó de desbordar. Ya no podía quedarme ahí parado; mi cuerpo me pedía participar de alguna forma.
Sin poder aguantar más, me bajé los pantalones y empecé a masturbarme con una desesperación que no conocía, con la mirada clavada en mi madre siendo follada. Ver cómo el profesor la follaba de esa manera, con su cuerpo pesado aplastándola, me estaba volviendo loco.
Carlos, que no era ningún santo, se dio cuenta de mi estado y, en lugar de juzgarme, soltó una risita cómplice. Él también tenía el pene en la mano, moviéndose al ritmo de la escena que teníamos frente a nosotros.
—»¡Eso es, Manuel! ¡Disfruta el espectáculo!» —me dijo Carlos, sin dejar de masturbarse mientras observaba cómo el profesor le daba estocadas brutales a mi madre.
Después de unos minutos de un ritmo frenético y pesado, el profesor llegó a su límite. Se aferró a la cintura de mi madre y empezó a dar estocadas finales, más profundas y violentas que las anteriores, hasta que se corrió dentro de ella con un gruñido de satisfacción.
—»¡Carajo, qué hembra tan voraz tienes como madre, Manuel!» —exclamó el profesor con la voz agitada respirando con esfuerzo. Para rematar, le soltó una nalgada sonora en el culo, como marcando su territorio.
Se apartó de ella con pesadez, dejando que el exceso de su semen escurriera de la vagina de mi madre y manchara las sábanas con hilos blancos y espesos. Mi madre, que parecía haber quedado en un estado de trance por el alcohol y el placer, se giró lentamente en la cama, con la mirada perdida y el cuerpo temblando por el esfuerzo de haber soportado el peso del profesor durante tanto tiempo.
—»Carlos… dame un trago… tengo sed…» —balbuceó ella, con esa voz de borracha que apenas y se le entendía.
Carlos, sin dudarlo ni un segundo, se acercó a ella; simplemente la levantó del colchón como si no pesara nada y le acercó una botella de alcohol que había sacado de algún lado. Ella la agarró y empezó a beber con una desesperación animal, tragando el líquido como si fuera agua, dejando que el alcohol le quemara la garganta.
Pero lo más impactante ocurrió justo después. En medio de ese estado de embriaguez y excitación descontrolada, mi madre se quedó parada un segundo, con la mirada perdida en la nada. De repente, sin previo aviso y sin importarle que estuviéramos todos ahí presentes, empezó a orinarse directamente sobre el piso, justo enfrente de nosotros.
El chorro caía con un sonido constante y rítmico sobre el piso. Me quedé petrificado, con la mirada clavada en ese charco, viendo cómo la dignidad de la mujer que me dio la vida se disolvía en ese desorden de fluidos. Carlos no mostraba ni un ápice de vergüenza; al contrario, soltaba carcajadas de pura diversión, mientras el profesor, con una mirada de satisfacción absoluta, empezó a aplaudir.
—»¡Qué zorra tan fascinante!» —exclamó el profesor, con una voz cargada de una lujuria descarada.
Mi madre, agotada y con la mirada perdida por el alcohol, simplemente se dejó caer de espaldas sobre el colchón, con el cuerpo pesado y sin fuerzas para protestar. El profesor, al notar que yo seguía ahí parado, con mi pene en la mano y la erección a todo lo que daba, me lanzó una mirada perversa que me heló la sangre y me encendió al mismo tiempo.
—»Venga, Manuel… métesela a tu propia madre» —me ordenó el profesor, con una autoridad.
Carlos, que siempre estaba listo para el caos, le hizo segunda de inmediato.
—»Oye, buena idea» —dijo Carlos, con una sonrisa de lado—. «Es momento de que te hagas hombre, Manuel».
Carlos se subió a la cama con agilidad, se colocó detrás de ella y la acomodó, recostándola sobre su propio abdomen para que quedara en una posición perfecta. Con un movimiento brusco, le abrió las piernas de par en par, dejando su vagina completamente expuesta.
Estaba tan caliente que ya ni siquiera sentía el miedo. Me acerqué a la cama, pisando el charco de orina en el suelo sin que me importara nada; el olor y la sensación de la humedad en mis pies solo alimentaban mi excitación. Mis nervios estaban a todo lo que daba, pero la necesidad era más fuerte. Para mí, en ese momento, ella ya no era solo mi madre; era la puta más increíble que había visto en mi vida.
Sin pensarlo más, tomé mi miembro, que estaba duro como una piedra, y me lancé hacia ella. se la meti despacio, sintiendo cómo la carne caliente me envolvía, mientras el profesor y Carlos me observaban como si yo fuera un tipo de protagonista.
No me importaba nada. No me importaba que dentro de ella ya se habían corrido tanto Carlos como el profesor; al contrario, sentía una sensación caliente y viscosa que me volvía loco. Empecé a moverme con lentitud, casi con respeto, observando cada gesto de mi madre. A pesar de la borrachera, sus ojos se movían de un lado a otro, y podía ver cómo sus pupilas se dilataban con cada empujón. Parecía que, en su estado, disfrutaba de la sensación de tener un tercer pene dentro de ella, como si su cuerpo estuviera reclamando todo el placer que le podían dar.
Estar dentro de ella era una experiencia de otro mundo. La sensación de la carne caliente y húmeda apretándome por todos lados me hacía sentir que estaba en un trance. Era una presión constante, un calor que me recorría la columna vertebral con cada centímetro que me hundía en su interior.
Pero la curiosidad y la lujuria son peligrosas. Con el ritmo ya más acelerado, la curiosidad me invadió y, sin pensarlo dos veces, estiré mis manos y le apreté los senos con fuerza, clavando mis dedos en su carne blanda.
—»¡Ahhh…!» —gritó ella, arqueando la espalda y dejando que el placer y el dolor se mezclaran en un solo grito.
Aceleré mis movimientos, dejándome llevar por la adrenalina y la falta de control que me daba la edad. Para ser sincero, y sin sentir ni un gramo de vergüenza, me vine. Era mi primera experiencia sexual real y mi cuerpo simplemente no sabía cómo contener tanta presión; solté todo mi semen dentro de mi madre en un estallido de placer que me dejó sin aliento. Aunque no duré mucho, fue lo mejor que había vivido en toda mi vida. Al salir de ella, me quedé un momento procesando la locura: acababa de follar a mi propia madre.
Esa misma tarde, el profesor volvió a la carga. Sin perder tiempo, se la volvió a follar con una voracidad renovada. Cuando terminó, me miró con una frialdad y me dijo:
—»Venga, es hora de irnos y regresar a la academia».
Yo no quería irme; en el fondo, me quedaba la duda de qué pasaría con mi madre después de todo eso. Pero el profesor insistió con una lógica implacable:
—»Debes volver, Manuel. Si descubren que no estás, pensarán que te fugaste. No compliques más las cosas. ¡Vámonos!».
No me quedó de otra. Salí de la casa dejando atrás a mi madre, que seguía entregada al placer con Carlos. Llegamos a la academia ya de noche, con el cansancio pegado al cuerpo. Me escabullí directo a mi habitación, donde mis compañeros ya dormían, y me subí a mi litera en silencio. Intenté conciliar el sueño, pero la mente me daba vueltas; estaba feliz, una felicidad extraña y prohibida por haber tenido sexo de verdad. Le mandé un mensaje a Carlos preguntándole cómo estaba mi madre, pero él solo me respondió con un seco: «Todo está bien».
Los días siguientes se convirtieron en una rutina de negocios. Carlos me seguía mandando videos y fotos de mi madre, y mi negocio seguía creciendo; incluso, sin remordimientos, le compartía el material al profesor de forma gratuita para mantenerlo contento. Mi madre, por su parte, seguía su vida normal, asistiendo a las reuniones de padres de familia como si nada hubiera pasado, con una máscara de perfección que nadie lograba romper.
Pasó el tiempo, terminó mi último año de la academia y regresé a casa. La vida siguió su curso: me enteré de que Carlos había sido arrestado por robar autopartes, un final predecible para un tipo como él, y vi cómo mi madre, con los años, consiguió otros amantes para saciar su apetito.
Pero la verdadera bomba estalló mucho después. Fue un día, apenas veinticuatro horas antes de mi boda. Estábamos solos, en la calma de la tarde, cuando mi madre me miró a los ojos con una sinceridad que me heló la sangre.
—»Hijo…» —me dijo, con una voz suave pero cargada de una verdad que había guardado por años—. «¿Te acuerdas de lo que hicimos aquel día? De lo que pasó con el profesor y Carlos… de cuando te metiste en mí».
Me quedé mudo, sin saber si responder o huir. Ella continuó, con una sonrisa melancólica:
—»Si te soy sincera, siempre me hubiera gustado hacerlo contigo, pero estando sobria. Nunca me atreví a decírtelo por miedo, pero hoy, antes de que empieces tu propia vida, quería que lo supieras».
Me quedé ahí, en silencio, comprendiendo que la vida no es blanca o negra, sino una mezcla de deseo, secretos y la cruda realidad de lo que somos cuando nadie nos mira.



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