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Dominación Mujeres, Sado Bondage Mujer

El retrete de la señora Remedios

Como me convertí en el retrete de la vieja señora Remedio y como recibí sus castigos físicos..
Hoy, siendo adulto, soy un esclavo masoquista, un amante del dolor y la humillación extrema. Aquel gusto por la dominación y el placer que se extrae del dolor me vino de joven, y todo se lo debo a la señora Remedios. ¿Queréis conocer la historia? Pues esto sucedió hace mucho tiempo…

a señora Remedios era la vecina de al lado, íntima amiga de mi madre. A mí, sin embargo, no me gustaba nada, y por dos motivos bien definidos. Con mi madre, la señora Remedios se mostraba simpática y agradable, una encantadora compañera de cafés y cotilleos. Pero conmigo, su transformación era instantánea y aterradora. Me trataba con una desprecio que helaba la sangre, y no era de mi agrado, aunque razones tenía: era un adolescente mal educado y difícil de aguantar, un torbellino de hormonas y rebeldía que, confieso, no hacía las cosas fáciles. La señora Remedios siempre insistía a mi madre, con una insistencia febril, en que no me castigaba duramente antes de que fuese tarde. Mi madre, con su filosofía moderna, replicaba que no creía en los castigos. Entonces, la señora Remedios me clavaba su mirada y me advertía con una voz gutural: «Da gracias que yo no sea tu madre, te aseguro que aprenderías modales». Sus advertencias me daban miedo, y más aún provenientes de aquella vieja señora completamente inusual.

La señora Remedios era una mujer vieja. Desconozco su edad exacta, pero os aseguro que ya era una abuela, quizás rondaba los 70, quizás estaba más cerca de los 80. Su cuerpo era enorme, un monumento a la gula y la sedentariedad. Le encantaba comer, y su cuerpo pesado y rechoncho lo delataba. Con toda seguridad, superaba los 100 kilos de peso, era tres veces más grande que yo en volumen, una montaña de carne y huesos que me daba miedo por su tamaño y su simple pesadez. La señora Remedios ya no era guapa; siento comunicaros que este relato no se trata de una mujer joven y guapa, más bien todo lo contrario. Era una vieja gorda y algo fea, con un rostro surcado por un mapa de arrugas que contaban cada uno de sus largos años, y que daba hasta miedo.

 

Aquel día, el destino, o quizás la fatalidad, llamó a nuestra puerta. Mi madre recibió una llamada urgente; al otro lado del hilo, una voz temblorosa le comunicaba que su hermana, mi tía, había sido ingresada en el hospital. El pánico se apoderó de ella. El problema era inmediato y práctico: ¿con quién me dejaba? Aunque ya era un adolescente capaz de valerme por mí mismo durante unas horas, legalmente no era un adulto, y mi historial de travesuras cuando me quedaba solo era una prueba irrefutable de que mi soledad era sinónimo de problemas.

Mi madre, desesperada, se lo contó a la única persona que tenía a mano: la vecina, la vieja Remedios. La vi a través del umbral, con sus ojos brillando de una forma que me resultó inquietante. Se ofreció a quedarse conmigo «un día o dos, o los que fuera necesario», dijo con una voz melosa que no lograba ocultar su verdadera naturaleza. Yo supe al instante, con una claridad que me heló la sangre, que sus intenciones no eran puras. No se trataba solo de complacer a mi madre; yo podía ver en su sonrisa la oportunidad que había estado esperando. Contemplaba la ocasión perfecta para dar rienda suelta a uno de sus deseos más profundos y oscuros: castigarme. Ella me odiaba, y quería darme una lección que yo nunca olvidaría. Lo que mi madre, con su bondad, no se atrevía a hacer, ella lo haría sin dudarlo. Se acabaría mi insolencia y se acabarían las burlas hacia su enorme tamaño y su gordura que a veces se me escapaban.

Mi madre, ajena a la siniestra danza de intenciones que se desarrollaba frente a sus ojos, se lo agradeció profundamente. Hizo una pequeña maleta a toda prisa, me dio un beso en la mejilla y, con una promesa de llamar, se marchó. Me quedé solo, en el umbral de la casa de la vieja señora Remedios. No quería en absoluto entrar, cada fibra de mi ser gritaba para huir, pero no tenía otro remedio. Crucé la puerta, y el eco de esta cerrándose a mis espaldas sonó como el cierre de una jaula. Y ahí fue cuando comenzó todo. Ese día nació un nuevo masoquista.

 

La vieja y gorda señora Remedios se sentó tranquilamente en su sillón, sin prestarme la más mínima atención, pero yo sentía su peso en la atmósfera, una presencia densa y expectante. Pasé el tiempo como pude, anclado en el sofá, sintiendo cómo la paciencia de ella se agotaba como la arena en un reloj. Finalmente, decidió que era la hora. Había esperado pacientemente, por si mi madre regresaba por algún motivo olvidado, pero el tiempo se había consumido y ella ya estaría de viaje, lejos de cualquier rescate. La vieja señora se levantó con una lentitud pesada y desapareció de mi vista. Al momento, escuché su voz resonando desde el otro lado de la casa, una llamada casi imperativa. Acudí sin saber qué quería, con un nudo de aprensión en el estómago. Me llamaba desde una habitación cuya puerta estaba entreabierta. Comprobé con horror que era el baño de la casa, un cuarto no muy grande, húmedo y que olía a encierro. Apenas entré, la puerta se cerró de un portazo seco, con un manotazo brutal de la vieja señora Remedios. Observé, paralizado, cómo la puerta tenía dos agujeros para colocar un candado. Cerró el baño con el candado y, con un movimiento deliberado, guardó la llave en el interior de su escote, entre el pliegue de su piel. Quedé atrapado, asustado, encerrado en el baño junto a la vieja señora Remedios.

Ella me miró, y una sonrisa cruel se dibujó en su rostro arrugado. Sacó unos guantes de goma del bolsillo de su vestido. Eran unos guantes largos de fregar, sucios y malolientes, con un tono amarillento nauseabundo. Comenzó a enfundarse los guantes en sus brazos gruesos y flácidos, un reflejo terrible de su edad. Llevaba un vestido de tirantes que dejaba al descubierto sus brazos hasta el hombro y sus piernas pesadas y varicosas. El crujido de los guantes de goma resonaba en el pequeño baño mientras intentaba encajarlos en sus manos. Los guantes eran demasiado pequeños para sus brazos y entraban con dificultad, produciendo un chirrido tenso y desagradable. Ella me miraba fijamente, con unos ojos que brillaban con una luz febril, mientras me decía con una voz seria: «Es hora de que aprendas modales». Yo estaba aterrorizado. No podía salir de allí, estaba encerrado en un cuarto pequeño con la señora Remedios en su interior, colocándose los guantes de goma sin saber qué pretendía. Al terminar, quedé completamente sorprendido. Ella se quitó su vestido y quedó casi desnuda. Llevaba unas medias marrones oscuras, unos ligueros con pequeñas piezas de metal que sujetaban las medias a unas bragas también marrones. Observé su cuerpo enorme, rechoncho y flácido, una montaña de piel blanca y caída. Deseaba salir de aquel cuarto; aquella señora me daba un miedo profundo, un miedo primordial.

 

Observé cómo la llave se transparentaba a través de su sujetador, perdida en el abismo de sus enormes pechos. Aquella llave era mi única forma de salir de allí. Con un miedo que paralizaba, me acerqué tímidamente a ella y extendí la mano hacia su pecho, con la esperanza de robar la llave. La respuesta fue instantánea y brutal. Un bofetón con su guante de goma me cruzó la cara de izquierda a derecha, seguido de otro, dos bofetones fuertes y sonoros que me humedecieron los ojos de dolor y me dejaron aturdido. «¡Ni se te ocurra tocarme, cerdo!», me gritó mientras yo intentaba contener las lágrimas que me quemaban los ojos.

Ella se sentó en el baño, en el inodoro con la tapa cerrada, mostrando su enorme cuerpo de vieja. Al lado, en un pequeño cesto, tenía varios instrumentos preparados. Quedé sorprendido cuando sacó unas esposas de metal resistentes. Me las mostró, agarrándolas por su guante, y me dijo con una voz que no admitía discusión: «Ahora mismo te colocas de rodillas en mi regazo con las manos a la espalda». Dudé, por un instante, el instinto de supervivencia luchando contra el terror. Ella levantó su mano enguantada en alto, amenazándome. «¿Quieres que te abofetee de nuevo?». Obedecí. Me coloqué en sus grandes muslos, sobre sus medias y ligueros, sintiendo el calor y la humedad de su piel a través de la tela. Ella agarró mis manos entre sus guantes y las colocó a mi espalda para cerrarlas fuertemente con las esposas.

Escuché el ‘clic’ metálico del cierre y sentí cómo el metal se hundía en mis muñecas. Me apretaban las esposas con una fuerza desmedida. Me quejé por el dolor, las había apretado demasiado. Ella se enfadó por mis quejas. «¡Cállate, estúpido!», me recriminó mientras observaba, hipnotizado, cómo quitaba el corchete que unía las bragas al liguero. Tras quitarlo, se bajó las bragas por sus muslos para sacarlas por sus pies y las agarró con su guante de goma. Las hizo un ovillo; era un trozo de tela grande, pues su culo era inmenso. Quedé aterrorizado al comprobar cómo aquellas bragas estaban sucias. El interior de las bragas estaba manchado con restos marrones y amarillentos. Había una capa de caca líquida que se observaba claramente; era reciente, no estaba seca, y se podía ver el líquido pegajoso aun. Era una vieja guarra.

Agarrando y doblando las bragas, me ordenó abrir la boca. Traté de resistirme, pero para ella fue muy fácil. Tapó mi nariz con su guante de goma y las metió dentro de mi boca. Llegó un sabor fatal, a caca de aquella vieja. Degustaba el líquido pringoso de caca y me daban arcadas, un espasmo que me retorcía el estómago. A ella no le importaron mis arcadas. Terminó de colocarme sobre su regazo, con las manos esposadas a la espalda y mi boca repleta de sus bragas grandes con restos de caca. Me sentía completamente humillado. Traté de suplicar, pero no se escuchaba nada de mi boca amordazada, solo un grito ahogado y sin sentido.

 

La vieja señora Remedios, con una lentitud calculada, se quitó una de sus sandalias de piel de tiras. Un pequeño broche de metal se abrió con un chasquido, dejando al descubierto su pie envuelto en las medias marrones, sudado y oloroso. Agarró la sandalia entre su mano enguantada, con la suela de cuero gastado y duro mirando directamente a mi culo expuesto. Y entonces, comenzó.

El primer golpe fue una explosión. No era una bofetada, era un impacto seco y profundo que resonó en el pequeño cuarto de baño como un latigazo. El dolor fue agudo, una línea de fuego que se grabó al instante en mi piel. No tuve tiempo de asimilarlo antes de que el segundo golpe cayera en el mismo lugar, duplicando el dolor. Pero el sonido fue amortiguado por las bragas sucias que llenaban mi boca, convirtiendo mi sufrimiento en un gemido ahogado y repugnante. Intentaba moverme, escapar de su regazo, pero su otro brazo, como una barra de acero, me sujetaba con una fuerza desproporcionada. Estaba completamente inmovilizado.

La vieja continuó su azotaina sin descanso, con un ritmo metódico y brutal. PAS! PAS! PAS! El sonido de la sandalia golpeando mi carne era la única banda sonora de mi tormento. Poco a poco, sentí cómo mi piel se calentaba, pasando del rosa al rojo vivo. Cada nuevo azote sobre la carne ya enrojecida era una tortura nueva, un dolor más intenso que el anterior. Sus quejas de dolor eran inútiles; a ella no le importaba. De hecho, parecía excitarse con mi impotencia, con cada nuevo azote con la sandalia  mis lágrimas corrían por mis mejillas y mi cuerpo se retorcía inútilmente sobre sus muslos.

El dolor se hizo insoportable. Sentí cómo la piel se rompía y el rojo se transformaba en un morado oscuro y profundo. Ya no era solo dolor superficial; era un dolor profundo, que parecía llegar hasta los huesos. Cada golpe de la sandalia era como una mordedura, como si clavara agujas de fuego en mi carne. La azotaina se hizo eterna. Perdí la noción del tiempo, sumido en un ciclo interminable de dolor y humillación. Lloraba sin consuelo, tragando el sabor asqueroso de sus heces, deseando que todo terminara, pero ella continuaba azotándome sin descanso, sin piedad, sin mostrar el más mínimo signo de cansancio.

Finalmente, cuando creí que no podría aguantar más, cuando sentí que mi mente se nublaba por el dolor, se detuvo. Me dejó sobre su regazo, temblando y sollozando. Mi culo estaba completamente magullado, con un aspecto muy feo, una masa de piel morada y negra, marcada por la forma de la sandalia. El dolor era una pulsación constante, un recordatorio brutal de mi completa y absoluta impotencia.

 

Se detuvo, pero solo por un instante. Me miró desde arriba, con una expresión de desprecio absoluto, y dijo con una voz fría y cortante: «Esto es lo que les pasa a los niños mal educados como tú». No había terminado. Sujetó de nuevo la sandalia con fuerza, su mano enguantada apretando la correa de piel como si fuera el mango de un látigo. Y continuó.

La azotaina se reanudó con una ferocidad renovada. Cada golpe parecía más fuerte que el anterior, más deliberado. Yo lloraba desconsoladamente, con mi cara hundida en el hueco de sus muslos, incapaz de moverme un milímetro. Mis gritos de agonía se ahogaban en sus bragas sucias, y cada intento de pedir ayuda se convertía en un gago repugnante que me provocaba arcadas, un círculo vicioso de dolor, asfixia y asco. No podía escapar. Sus brazos eran una jaula de carne y sus muslos, un muro. Mis lágrimas corrían sin control, mezclándose con el sudor y el sabor a caca de mi boca, un cóctel de humillación total. Ella seguía azotándome sin descanso, sin piedad, con una regularidad aterradora, hasta que sentí cómo mi piel se cedía, cómo el dolor se convertía en una pulsación sorda y profunda. Me dejó el culo destrozado, una masa de carne magullada y sangrante, mientras yo lloraba y lloraba, un río de lágrimas inútiles en medio de mi infierno personal.

La vieja señora Remedios terminó mi castigo. Con una brusquedad que me hizo tambalear, me levantó de su regazo y me colocó a un lado junto a la pared. Me ordenó arrodillarme, con las manos esposadas a la espalda y sus bragas aún en mi boca, como un trofeo de su victoria. Ella continuaba mirándome, sentada en el inodoro como en un trono de carne y huesos. Fue entonces cuando lo notó. Su mirada se desvió hacia mi entrepierna y comprobó, con una sorpresa que se convirtió en una sonrisa pícara, que tenía mi pene completamente recto, un mástil creciente y desafiante. «Vaya, vaya… parece que al cerdo le ha gustado su castigo», burló, su voz resonando en el pequeño cuarto de baño.

Ella sacó sus bragas de mi boca con un movimiento rápido, y el aire fresco fue un alivio momentáneo. Comenzó a burlarse de mí con una crueldad refinada. «Mira eso, un niño mal educado que se excita con una buena paliza. ¿Qué diría tu madre si viera qué pervertido tiene de hijo? ¿Te gusta el dolor, cerdito? ¿Te gusta sentir mi sandalia  en tu culo?». Yo me giré, no comprendía mis propias palabras, pero las dije, con la voz rota por el llanto y la humillación: «La obedeceré por completo». No era fruto del miedo. Aquella mujer me había tratado de una forma que había despertado algo profundo y oscuro dentro de mí. Necesitaba ser castigado y humillado por ella. La supliqué que me castigase e hiciese conmigo cuanto quisiera.

Ella volvió a reír, una carcajada que hizo temblar sus carnes. «Tú y tus fantasías, niño. Hay una cosa que siempre he deseado hacer, pero nunca he podido…». Yo la interrumpí, la respondí que lo haría encantado. La supliqué, insistí. Ella me indicó que era terrible, que no me gustaría. Yo insistí una y otra vez, que lo hiciese, que deseaba ser su esclavo. Finalmente, a regañadientes y sin confiar del todo, me dio una oportunidad.

Me colocó frente a ella, de rodillas. Levantó la tapa del inodoro donde había estado sentada y se volvió a sentar, esta vez sobre el borde de porcelana fría. De pronto, comenzó a defecar dentro del inodoro. Su culo era enorme, y comenzó a cagar varios troncos de mierda que resonaron en el agua al caer. Eran troncos duros, largos y, debido a su estómago, eran muy grandes. Yo miraba, aterrado, de rodillas frente a ella, sintiendo el olor a podrido que me daba arcadas. Ella me dijo: «¿Quieres ser mi esclavo? Pues come mis heces». Yo, sin dudarlo, le dije que lo haría. Insistí, le dije que necesitaba que ella me obligase a comer sus heces, que quería que fuese ella quien lo hiciese. Ella sonrió y dijo que disfrutaría mucho haciéndolo.

Se ajustó sus guantes y se levantó del inodoro. Se limpió el culo con papel higiénico y lo tiró dentro del inodoro. Lo hizo en dos ocasiones, se limpió una y después otra vez, dejando el papel completamente marrón de sus heces y lo arrojó al inodoro. Me dijo: «Comerás todas mis heces, incluido el papel». Yo asentí y le dije que lo haría si me permitía ser su esclavo. Ella me advirtió y dijo que no habría vuelta atrás si ella aceptaba. Yo ya le dije que tragaría todo. Ella me dijo que así sería.

Me colocó de rodillas, a cuatro patas, frente al inodoro, que estaba lleno de heces duras y largas, un olor a podrido y varios trozos de papel repugnantes y marrones. Se sentó en mi espalda, usando mi cuerpo como un asiento, y me ordenó abrir la boca. Yo obedecí. Ella se inclinó, agarró un trozo de su mierda, partiendo la dura masa con su guante de goma, y la metió en mi boca. Me daban arcadas, pero ella me la tapó con su guante y me ordenó masticarla y tragarla. Yo comencé a obedecerla y a tragar su caca, que era podrida y tenía un sabor terroso y amargo. Ella me felicitaba mientras lo hacía: «Buen chico». Cuando terminé, agarró otro nuevo trozo de mierda y lo metió de nuevo en mi boca. Continué masticando y tragando. «Así, buen cerdo», me indicaba, sentada en mi espalda. Llegó un momento en que estaba repleto y no podía más, pero todavía quedaba un trozo de caca largo dentro del inodoro. «Ay, no puedo más, señora Remedios», la supliqué. Ella agarró el trozo y lo metió en mi boca y dijo que lo tragara. Me tapó la nariz con su guante y comencé a masticar. Sentía que me asfixiaba, no podía respirar y debía masticar y tragar. Me dejó un leve segundo para respirar y coger aire y volvió a tapar mi nariz para continuar, obligándome a tragar mientras me tapaba la nariz y la boca. Tragué toda su mierda mientras ella estaba orgullosa.

Al terminar, me preguntó si me había gustado. Yo lloraba de asco. Era la caca de una vieja asquerosa, era una caca podrida y, aun así, mis palabras sellarían nuestro futuro. La miré, con las lágrimas corriendo por mi rostro y el sabor de sus heces en mi lengua, y le dije: «Gracias, señora. Por favor, conviértame en su esclavo para siempre».

 

La vieja señora Remedios había disfrutado inmensamente haciendo aquello. Era cuanto había soñado y deseaba, un anhelo profundo que anidaba en su ser desde hacía años, y ahora ansiaba volver a repetirlo. Había encontrado a su esclavo perfecto: un adicto a ella, a su dolor y a su humillación, alguien que haría cuanto fuese necesario por complacerla. Su más ferviente siervo.

Ella me indicó unas instrucciones, las nuevas reglas de mi existencia si deseaba ser su esclavo, había  reglas que debía aceptar sin dudar. «Te castigaré cuando quiera, sin motivo», me dijo, con una voz que era una mezcla de promesa y amenaza. «A mí me gusta azotar un buen culo hasta dejarlo magullado y llorando”. Yo asentí, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, y la contesté con una sumisión que nacía de lo más profundo de mi ser: «Mi señora, puede castigarme cuando quiera». Ella sonrió, una sonrisa amplia y cruel. «Bien. Lo haré a diario. Tu culo estará siempre marcado por mi sandalia o por mi correa».

En ese momento, yo, embriagado por la sumisión, le pedí un favor. «Señora… me ha gustado que me atase y me amordazase». Ella sonrió, genuinamente sorprendida. «¿De verdad?». Volvió a sonreír, esta vez con una luz de perversa complicidad en sus ojos. «Mejor para mí. Te esposaré las manos y te amordazaré con mis bragas. La próxima vez, te aseguro que estarán cagadas con troncos de mierda gruesos y las meteré en tu boca para silenciarte y azotarte como desee, sin que puedas gritar. Odio los gritos», me indicó. Yo asentí, la idea me helaba y me excitaba a la vez.

Ya me imaginaba lo duro y placentero que podría ser. Estar atado de pies y manos, completamente inmovilizado, con unas bragas envueltas en heces duras de aquella vieja metidas hasta el fondo de mi boca, impidiendo cualquier sonido. Ella, de pie sobre mí, azotándome con su sandalia o su correa, mientras yo, en silencio forzado, tragaba su mierda sin poder rechistar. Recibir un dolor insoportable mientras mi boca se llenaba de su podredumbre sería horrible, humillante hasta el extremo… y, al mismo tiempo, la idea me erizaba la piel, excitante en su perversidad absoluta. Era el infierno y el paraíso, todo en una misma y tortuosa promesa.

En ese momento, fui yo quien tomó la iniciativa. «Tragaré sus heces cuando usted quiera, señora. Seré su cerdo». Ella sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto. «Y así lo harás. Serás mi retrete humano. No usaré más el inodoro. Lo haré en tu boca cuando tenga ganas y tú lo tragarás». Yo asentí, la humillación era mi nueva religión. Adulé a mi señora y, con una vergüenza que ardía en mis mejillas, le dije: «Me gusta como es usted. Aunque sea mayor, para mí es mi reina». Hice una pausa, venciendo la vergüenza. «Y… me gustan sus guantes de goma». Ella sonrió, complacida. Me mostró los guantes de goma amarillos, ahora manchados y llenos de restos de heces por haber metido la mano en el inodoro. Yo le dije que me encantaban, que deseaba ser humillado con sus guantes. Ella sonrió y me dijo que siempre llevaría sus guantes para mí.

Para mi sorpresa, en ese momento, se metió los dedos dentro de su culo y los sacó, los dedos de goma llenos de su mierda reciente. Me ordenó abrir la boca y lamer el guante. Así lo hice, obediente, el sabor a podrido se mezclaba con el sabor a goma y a mi propia humillación. Ella sonrió al ver mi devoción. Fue cuando me dijo: «Ya tengo una idea. Te encantan mis guantes y sé cómo los disfrutarás». Hizo una pausa, dejando que la expectación creciera. «La próxima vez, defecaré dentro de los guantes. Mi mierda enorme dentro de un guante. Te meteré el guante dentro de la boca y, poco a poco, saldrán mis heces del guante y tú deberás de tragarlo todo. Será un largo proceso y sellaré tu boca con la cinta americana para que no se desperdicie ni una gota». Yo asentí y le dije que lo deseaba, que ansiaba ese momento. Ella sonrió y me dijo que a partir de ahora sería su cerdo, que tragaria su orina y sus heces, que sería su retrete humano.

Se levantó, y con una calma aterradora, cortó el agua del inodoro. «Ya no hace falta el inodoro», dijo, girándose para mirarme. «Lo haré en tu boca y en el guante». Yo asentí, mi sumisión era total. Me había convertido en el retrete de la vieja señora Remedios.

 

En ese momento, sonó el teléfono móvil de mi vecina. Lo agarró entre su guante de goma, y al ver la pantalla, una sonrisa malévola se dibujó en su rostro. Era mi madre. Lo descolgó con una lentitud deliberada, manteniendo el contacto visual conmigo. Mi madre preguntó si todo iba bien. La vieja Remedios, con una voz dulce y falsa que no se reconocía, preguntó por su hermana y le dijo que solo había sido un susto, que no se preocupara. Empezaron a hablar por teléfono como si nada, como dos amigas despreocupadas.

En ese momento, la vieja señora Remedios me hizo una seña. Me ordenó con un gesto imperativo tumbarme en el suelo boca abajo. Yo obedecí al instante. Ella se quitó un guante de goma, tirando del extremo con un movimiento brusco, y lo metió en mi boca, amordazándome. El sabor a goma sucia y a su propia piel me llenó de náuseas. Se sentó en el suelo sobre mi cara, dejando su enorme culo directamente sobre mi boca y nariz. Apenas podía respirar. El mundo se redujo a la oscuridad, el peso aplastante de su carne y el olor acre y penetrante de su ano. Mientras ella seguía hablando con mi madre tranquilamente, yo padecía. Me asfixiaba con su culo, ella apretaba más fuerte para que no me moviese debajo de ella, castigándome con su propio peso.

Finalmente, me dio un leve respiro, levantando una nalga solo un instante. Respiré hondo, con una bocanada desesperada de aire que sabía a ella, y rápidamente volvió a sentarse en mi cara con su culo, sellando mi destino de nuevo. Mientras ella agarraba el teléfono con su mano enguantada, yo no podía suplicar ni gritar. Su guante dentro de mi boca y ella sentada en mi cara, con las manos esposadas a mi espalda, me convertía en un objeto inútil. Ella me asfixiaba, y cada mucho tiempo me permitía tomar una bocanada de aire, solo para volver a dejar su ano pegado a mi nariz. Adoraba a aquella vieja. Era completamente sádica, y yo, completamente suyo.

Para cualquier comentario: [email protected]

3 Lecturas/20 mayo, 2026/0 Comentarios/por scatgummi
Etiquetas: amiga, hermana, hijo, madre, mayor, montaña, vecina, viaje
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