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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Heterosexual

EL SEÑOR BALTAZAR y Sus dos Putas Hija y Madre

Una historia de cómo un viejo las convierte a Dos hermosas mujeres tanto hija como madre en putas en la cara del cornudo que era el padre y esposo..
Ricardo tenía treinta y ocho años, un trabajo decente, una casa de un tamaño considerable con garaje, un coche Nissan familiar y, dos mujeres hermosas casi como angeles bajados desde mismo cielo. Su esposa, Valeria, de treinta años, blanca como la nieve con ese cuerpo que era dificil de ignorar (tetas enormes copa H y un culo enorme de esas que cada nalga tiene el tamaño de un balon de baloncesto y que al caminar cada paso hace rebotar semejante culote )a pesar del embarazo siempre por donde caminaba todos los hombres se le quedaban mirando el culo como perros hambrientos y a él también le volvía loco. Y su hija, Lucía, con sus trenzas castañas y esos ojos marrones llenos de ternura con un culito muy bien parado y redondo para su edad que ya provocaba que ciertos hombres la miraran de reojo .

 

Dejando en claro como es la familia . Un sábado por la mañana. Valeria tenía que trabajar, y le pidio a ricardo acompañar a la nena a comprar ropa interior que a ella no le daba el tiempo. Así que Ricardo se llevó a la nena al centro comercial a comprarle ropa interior nueva, porque ya le apretaba la de antes y se le escapaban los elásticos por las piernas.

 

Y ahí, entre las columnas de la tienda, rodeado de maniquíes de plástico con encaje y puntillas, Ricardo lo vio por primera vez.

 

Era enorme. De verdad enorme. Casi dos metros, con una barriga dura y redonda que le colgaba por encima del cinturón, la piel tan negra que brillaba como aceite bajo las luces del techo, la cabeza rapada con canas cortas y ralas, las orejas grandes, la nariz ancha, los labios gruesos. Setenta años, calculó Ricardo. Manos como palas, con dos anillos de oro que parecían de una época pasada. Olía a tabaco dulce y a colonia barata, y sudaba un poco.

 

Estaba parado junto a una columna, quieto, con las manos cruzadas sobre la barriga, y miraba.

 

Miraba a Lucía.

 

La nena estaba de espaldas, agachada junto a una cesta de braguitas con estampados de flores, rebuscando, con las dos trenzas cayéndole hacia delante y el vestidito levantado por detrás. No hacía nada especial. Era una nena escogiendo braguitas.

 

Y sin embargo ese viejo la miraba como si estuviera viendo a una mujer desnuda.

 

Ricardo lo estudió unos segundos. Primero pensó que sería el típico abuelo que mira a los nenes con ternura. Pero no. No era ternura. Era otra cosa. La forma en que el viejo seguía con la cabeza cuando la nena se movía. La forma en que se le había quedado la boca entreabierta. La forma en que, cuando Lucía se levantó y se estiró para alcanzar un paquete de arriba, los ojos del viejo bajaron despacio, muy despacio, por el cuerpecito de la nena, del pelo a los piececitos, y se quedaron un rato largo en el sitio donde el vestido terminaba. Y entre sus pantalones un enorme bulto que cada vez se hacia mas grande y dificil de ignorar.

 

Ricardo sintió algo en la boca del estómago. Una cosita tibia, rara. No era celos. Era… morbo.

 

¿Este viejo la está mirando como se mira a una mujer? se preguntó. ¿A una nena ?

 

Y la respuesta, mientras seguía observándolo, era sí. Sí, la estaba mirando así.

 

—Papá —dijo Lucía, dándole un paquetito rosa—, ¿estas?

 

Ricardo parpadeó y se giró. Cuando volvió a mirar hacia la columna, el viejo ya no estaba.

 

O eso creía.

 

—Perdone —dijo una voz grave, muy grave, detrás de él.

 

Ricardo se giró y ahí estaba. De cerca era todavía más grande. Le sacaba media cabeza. La barriga casi le rozaba.

 

—Perdone usted —repitió el viejo, con un acento suave, y una voz gruesa y ronca—. Es que la he estado mirando a su hija y quiero disculparme por lo maleducado.

 

—No, no, por favor —dijo Ricardo, sonriendo—. Si no molestaba.

 

—Es que es muy bonita —dijo el viejo. Y luego, bajando la voz, como si confesara un pecado—: Muy bonita.

 

Ese «muy bonita» dicho así, con esa voz, hizo que a Ricardo se le erizara algo.

 

El viejo extendió una mano enorme.

 

—Baltasar.

 

—Ricardo.

 

La mano del viejo le envolvió la suya entera, caliente y áspera.

 

Lucía se había escondido detrás de la pierna de su padre y miraba al gigante negro con los ojos muy abiertos, sin decir nada. El viejo bajó la mirada hacia ella, y por un segundo, solo un segundo, la cara se le puso distinta. Se le puso blanda. Se le puso hambrienta.

 

—Y esta princesa, ¿cómo se llama?

 

—Lucía —dijo Ricardo.

 

—Lucía —repitió el viejo, y lo dijo despacio, saboreándolo.

 

Se agachó. Con esas piernas y esa barriga le costó, pero se agachó hasta quedar a la altura de la nena, y desde ahí, desde tan cerca, le dijo:

 

—¿Sabes que tienes unos ojos preciosos?

 

Lucía asintió, tímida.

 

—¿Y qué estás comprando?

 

—Braguitas —dijo la nena, con la vocecita.

 

El viejo se rió. Una risa honda que le hizo temblar la barriga.

 

—Pues yo te las voy a regalar —dijo—. Elige las que más te gusten. Todas las que quieras.

 

Y así, sin más, en menos de diez minutos, el señor Baltasar le había comprado seis braguitas a la hija de Ricardo y ya estaban los tres tomando un refresco en la cafetería del centro comercial, como si se conocieran de años.

 

Ricardo se lo contaba a sí mismo mientras el viejo hablaba: había sido rápido. Muy rápido. Y sin embargo no se sentía forzado. El viejo tenía esa cosa de los hombres viejos, esa seguridad pesada que hace que todo lo que hacen parezca natural.

 

Antes de despedirse, Baltasar le dio su número.

 

—Vivo solo, en una casa vieja con jardín —dijo—. Enorme para mí solo. Trae a la nena algún día, que le enseñe los pájaros. Tengo un estanque con peces.

 

Ricardo guardó el número en el móvil.

 

Esa noche, en la cama, Ricardo no podia olvidar todo lo que paso ese dia . Como el viejo se quedo mirando a su hija de una forma lasciva y mientras pensaba eso . Se comenzaba a exitar un poco y el pene comenzaba a recobrar vida.

Asi que Ricardo queria saber hasta donde podia llegar ese viejo ya que eso le generaba un morbo intenso y grande.

 

Una semana después, Baltasar llamó.

 

—Ricardo, ¿cómo está la princesa? Cuando vendria a darle una pequeña visita a este pobre viejo?

 

-Ricardo en ese momento tenia un tiempo libre y su esposa estaba en el trabajo (Ya que ella trabajaba turno tarde y Ricardo turno mañana cosa que asi podian cuidar de la nena y no dejarle mucho tiempo a solas) asi que acepto a ir a visitarlo depaso saciar su curiosida de que queria ese viejo con su hija y hasta donde llegaria.

 

La casa era tal como la había descrito: vieja, grande, con un jardín descuidado lleno de árboles frutales y un estanque verde con peces de colores que nadaban lentos. Dentro olía a madera, a tabaco, a comida, alfombras gastadas, un sofá enorme.

 

Y en medio del salón, el sillón de cuero de Baltasar. Un sillón gigante, hundido, gastado por un solo cuerpo durante años y años.

 

Lucía entró corriendo al jardín. Ricardo se sentó en el sofá. Baltasar sacó refrescos y ron, y le sirvió a Ricardo un vaso grande sin preguntarle si quería.

 

—Está bien así, ¿no? —dijo el viejo, sentándose en su sillón, que crujió bajo su peso—. La nena juega. Nosotros hablamos.

 

Y hablaron. Hablaron de trabajo, de fútbol, de la vida. Baltasar era viudo desde hacía quince años, sin hijos. Había sido marino, luego comerciante, luego nada. Tenía dinero de sobra y tiempo de sobra, y una casa vacía.

 

De vez en cuando, mientras hablaban, los dos miraban por la ventana. Lucía corría por el jardín. Se agachaba junto al estanque. Se levantaba el vestido hasta la cintura para no mojarlo y metía las manos en el agua, y el viejo, desde el sillón, la miraba.

 

—Muy bonita —dijo Baltasar otra vez, con esa voz.

 

—Sí —dijo Ricardo.

 

Los dos hombres se miraron, y hubo un silencio que Ricardo no supo cómo interpretar.

 

Cuando se fueron, Baltasar le dio a Lucía una bolsita. Dentro había unas braguitas nuevas, de un rosa fuerte, y un pequeño lazo.

 

—Para la próxima vez —dijo.

 

Lucía, encantada, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Baltasar se agachó un poco para recibirlo, y Ricardo vio cómo el viejo, mientras la nena le besaba, le ponía una mano enorme en la espalda baja. La mano cubría toda la espaldita de Lucía.

 

—Adiós, princesa —dijo el viejo, y lo dijo mirándola a los ojos—. Vuelve pronto.

 

Esa noche Ricardo tambien se le hizo difícil conciliar el sueño ya que no podia creer que ese viejo le comprara ropa interior a su hija. Y no cualquier ropa ya que cuando toco ver la bolsa con la ropa. Era calzones demasiado delgados casi como tangas. Ricardo no queria que su esposa se enterase de eso asi que le pidio a lucia que guardara bien la ropa interior y que no dijera nada de quien se las dio.

Y lucia asintio con la cabeza guardando le secreto.

Poco a poco las visitas fueron mas recurrentes. Cada dos o tres semanas, a veces más. Baltasar siempre tenía algo para la nena: un juguete, un dulce, un cuaderno de dibujos, vestidos. Y Lucía, que al principio era tímida, empezó a correr hacia él cada vez que lo veía, a subirse a su regazo, a llamarlo «tío Balta».

En una de esas visitas Baltazar se propuso jugar con Lucia a «El caballito» donde el subia a una de sus piernas y comenzaba a moverla de arriba hacia abajo algo que a Lucía comenzo a gustarle aquel juego.

 

—¿Te gusta? —le preguntó a la nena.

 

—Sí —dijo Lucía, riéndose.

 

—Pues ven cuando quieras, princesa. Aquí tienes tu caballito.

 

Y le dio una palmadita en el culito, por encima del vestido, cuando la bajó.

 

Ricardo lo vio todo. Y esa noche, en casa, otra vez, su mente no podia quitarse la imagen de Baltzar dandole esa nalgada a su hija . Con esas mano que cubria casi todo el culo de Lucia . No pudo mas . Y fue al baño a meterse una paja para que su esposa no sospechara nada. Ya que ella no sabia nada de los encuentros de Ricardo y Baltazar.

 

La siguiente vez fue un sábado por la tarde, y Valeria de Costumbre en el trabajo. Ricardo llevó solo a la nena. Como de costumbre Lucia corria a los brazos del viejo. Entonces se pusieron a ver una película. Y Lucía en vez de sentarse al lado de su papá prefiero sentarse con baltazar pero como el sillón lo ocupaba todo él por su enorme tamaño cogio ala nena y la sento en su piernas. Y una mano la tenia en la espalda baja y la otra en las piernas de Lucia. con el paso de la pelicula su mano subia un poco más, hasta el borde de la braguita, y le hizo cosquillas justo ahí, en la unión del muslo con la ingle, y la nena se retorció y se rió, y el viejo se reía con ella, y Ricardo, desde el sofá, de reojo miro la escena haciendose el loco, aquel que no veia nada, sintió que se le secaba la boca. Poco a poco Ricardo de vez en cuando miraba de reojo a ver que pasaba entre Baltazar y Lucia y en una de esa vio las manos de baltazar entraba mas entre las bragas de su nena y Lucia no decia nada . Parecia no molestarle . Y casi acabando la pelicula . Ricardo nota a su hija retorcerse un poco pero no voltea a verla si no que mira de reojo. Y vee a baltazar retirando las mano que tenia entre las piernas de Lucia y Lucia se notaba un poco agitada. Ricardo estaba en ese momento a mil por horas su corazon . El morbo invidia su cuerpo. Pero todo lo bueno acaba en algun momento.

 

Acabo la Película ambos hombres se para y Baltazar quita a sofia de sus piernas y la para y tocaba despedirse asi que ambos agradecen el momento y se dan la mano. Pero baltazar ala hora de despedirse de lucia se pone enfrente de ricardo tapando toda su vision con su enorme cuerpo y le da un beso . Pero Ricardo no vio donde le dio el beso. El penso que era en la mejilla pero estaba muy equivocado.

 

 

—Hasta la próxima, princesa —dijo Baltasar, y la soltó

 

Ricardo llevo a su hija a casa y esa noche fue la peor de todas hasta el momento ya que habia sucedido muchas cosas que eran difíciles de imaginar. El morbo se apodero de su cuerpo y se fue al baño estuvo ahi buen tiempo . Termino seco de tantas masturbadas y su esposa pregunto porque demoraba mucho y le mintió diciendole que estab estreñido. Pero era mentira se la estaba jalando como nunca al pensar en esas escenas

2 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Cacherox100
Etiquetas: abuelo, baño, comercial, culito, culo, hija, madre, padre
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