Ernestina, la docente jubilada.
Una docente recién jubilada recuerda ciertos momentos de su labor docente con mucha intensidad..
Ernestina, la docente jubilada.
Descalza, sonriente y recién jubilada, Ernestina estaba despatarrada en el sofá del living, feliz, aunque nostálgica también, con una copa de licor en una mano y toda una vida de recuerdos dando vueltas por la cabeza.
Después de tantos años se permitía por fin el lujo de recordar solamente aquello que le había gustado de su profesión, y vaya si había recuerdos para rememorar.
No tuvo que revolver demasiado en el archivo de la memoria para que apareciera Edmundito.
Un muchacho con trisomía y ciertos trastornos de aprendizaje que había necesitado casi diez años para conseguir su título secundario. Una verdadera carrera de fondo, aunque las matemáticas nunca habían sido precisamente su fuerte. Ernestina, todavía podía verlo frente al pizarrón, peleándose con aquellas cuentas que parecían tener una vida propia.
Pero si había algo de Edmundito que Ernestina recordaba con una precisión que ni la felicidad por su jubilación conseguirían borrar, era otra cosa.
Su anatomía íntima… la naturaleza, evidentemente, había decidido compensarlo por algún lado y se había tomado el asunto bastante en serio. Su miembro no era precisamente muy largo, pero sí de un grosor descomunal, comparable a la muñeca de un antebrazo. Un atributo que, según los comentarios que circulaban entre los adultos, Edmundito poseía y que llamaba la atención.
Ernestina dio un sorbo al licor, y con una sonrisa entre labios recordó aquella vez.
No había sido un comentario de pasillo ni una exageración de terceros, aquella vez lo había comprobado personalmente. Recordaba el lugar, la tarde, hasta cierto detalle de la conversación previa. Y, sobre todo, recordaba la mezcla de curiosidad, imprudencia y picardía que la había llevado a cruzarse a un terreno que hasta entonces había mirado solo de lejos pero que la intrigaba enormemente.
Aquella tarde, Edmundito había ido a su casa con la excusa de repasar para el examen recuperatorio de diciembre. Estaban sentados a la mesa, con las carpetas abiertas, pero la tensión en el ambiente se cortaba con un cuchillo. Él no daba pie con bola, miraba los números, la miraba a ella, fijo, con esa fiera torpeza de su condición y sus veinte años.
-“Profe… yo por más que mire este papel, no me entra nada, no entiendo” había dicho él, con la voz gruesa, tirando la lapicera sobre la mesa casi al borde del llanto.
-“A mí me parece que a vos te entran las cosas de otra manera…me temo..” le dijo Ernestina, midiendo el abismo entre ambos, pero empujada por la curiosidad le sonrió de reojo mientras corría el cuaderno.
-“ ¿A ver si así, con este método, entendés mejor… Edmundito?” le dijo cálidamente y se desabrochó sutilmente un par de botones de su blusa, sus enormes pechos quedaron más a la vista del joven.
Ernestina sabía que a él sus grandes tetas le perdían la mirada, en más de una oportunidad lo había pescado boquiabierto mirándoselas sin reparo.
-“¿Y cómo sería esto? Mostráme, a ver si aprendes de una vez.” Soltó ella con una sonrisa entre dientes garabateando sobre el cuaderno.
El chico dudó, la miraba absorto, perdido entre sus tetas, sin saber qué responderle. Ella para ayudarlo, se acercó adrede casi pegándole el cuerpo, y mientras escribía sobre el cuaderno le hablaba suavemente rozando con sus tetas, su hombro.
Pudo percibir que el método estaba dando resultados, porque si bien, Edmundito no estaba aprendiendo matemáticas, un bulto del tamaño de un envase de desodorante emergía entre las piernas del alumno, apretándose desde la pierna contra el cierre del pantalón. Para seguir con el eficaz método, al terminar de escribir, Ernestina se agachó aún más sobre él y preguntándole si estaba entendiendo, le apoyó la mano sobre el muslo muy cerca de la entrepierna.
Edmundito emitió un gemido gutural que se le escapó del fondo de sus entrañas sin por eso, dejar de mirarle sus tetas.
La tensión acumulada terminó de romperse cuando Ernestina, con un movimiento lento pero firme, tomó el enorme bulto del alumno con su mano y le dio un firme apretón, el chico gimió desarmándose. Entonces ella con absoluta determinación, bajó el cierre del pantalón, la prenda cedió bajo la presión, y el miembro del joven se liberó con brusquedad, confirmando de inmediato cada uno de los rumores que Ernestina tanto había escuchado.
No era una anatomía normal, su longitud era buena, pero el grosor resultaba impactante, denso y macizo, obligando a los ojos de la profesora a abrirse con una mezcla de sorpresa y genuina fascinación.
Edmundito dejó escapar otro suspiro ronco, echando la cabeza hacia atrás mientras los dedos de Ernestina rodeaban la base con dificultad, palpándolo, comprobando que no lograba cerrar la mano alrededor de semejante calibre.
-“Por Dios, Edmundito…esto es una bestialidad, no sé cómo voy a hacer con vos” murmuró ella, perdiendo por un instante la postura de control que tanto había ensayado.
El chico, espoleado por el contacto directo de la mano sobre su verga, no esperó más. Se levantó de la silla con una torpeza cargada de urgencia, entonces Ernestina lo empujó suavemente hacia atrás, haciendo que el joven caiga sentado sobre el sillón de un cuerpo.
La blusa de Ernestina y su corpiño, terminaron de desabrocharse casi automáticamente, dejando sus grandes pechos completamente al descubierto, mientras él la miraba con absoluto asombro. Ella le dijo que la espere ahí sentado, y corrió al baño a buscar un lubricante, en el camino se quitó la pollera y el calzado, quedándose solo con su diminuta bombacha y su blusa.
Ernestina regresó a la sala con el pomo de lubricante en la mano, sintiendo el frío del piso bajo sus pies descalzos, un contraste agudo con el calor que le subía por el cuerpo. Parada frente a él, miraba con sumo asombro ese animal que moraba entre las piernas de Edmundito, brillaba su poderosa cabeza y el aspecto de su piel era la de una rama de un árbol plagada de venas, sin dudas era intimidante.
Al verlo allí sentado, inmóvil, con la mirada perdida en sus pechos descubiertos y esa descomunal anatomía apuntando al techo, un destello de fría lucidez la frenó un segundo.
Recordó su ciclo, estaba en pleno día de ovulación.
Miró el grosor de ese miembro, denso y venoso, y supo que un descuido con semejante calibre, sumado a la torpeza y la urgencia de los pocos años del chico, era un riesgo biológico que no estaba dispuesta a correr. No iba a complicarse la vida justo ahora que se acercaba a la jubilación.
Una sonrisa astuta y decidida dibujó sus labios. Si iba a cruzar la línea, lo haría bajo sus propias reglas, manteniéndose de frente a él para no perderse ni un solo gesto de su cara y asegurar el control absoluto.
-“Tranquilo, Edmundito…” susurró, acercándose al sillón con paso lento, balanceando las caderas
-“Hoy vas a aprender una lección diferente, vamos a ir por un camino, que nos va a exigir mucha paciencia a los dos.” El chico tragó saliva, con los ojos inyectados en deseo, sin entender del todo, pero completamente entregado a lo que ella dispusiera.
Él bajo sus órdenes se quitó los pantalones y Ernestina se paró justo entre sus piernas abiertas, destapó el tubo y vertió una cantidad generosa de lubricante transparente directamente sobre la palma de su mano. Luego, mirándolo fijo a los ojos, comenzó a esparcir el gel a lo largo de toda la extensión de esa bestialidad, viendo cómo la piel se tensaba aún más bajo su tacto. El contraste del líquido hizo que Edmundito arqueara la espalda con un quejido sordo, apretando los puños contra el tapizado del sillón.
Sin romper el contacto visual, Ernestina deslizó su diminuta bombacha hacia abajo con la mano libre, dejándola caer por sus piernas hasta el suelo. Luego, con total deliberación, levantó las piernas de a una, colocando sus rodillas sobre los apoyabrazos del sillón, a horcajadas sobre él, sentándose de frente y desplazando el peso ligeramente hacia adelante. Así su latiente entrada estaba absolutamente posicionada y vulnerable al ingreso de la herramienta del joven.
Sabía perfectamente que, al estar cara a cara, la estrecha vía posterior requería una posición milimétrica para soportar el monumental desafío que representaba el grosor de su alumno.
Apoyó sus brazos sobre los hombros de Edmundito, permitiendo que sus grandes pechos rozaran contra el pecho del joven, quien respiraba de forma agitada, abrumado por el perfume y la cercanía de su profesora. Con una mano detrás de su espalda, Ernestina aplicó el resto del lubricante en su propia intimidad trasera, preparándose mentalmente.
Con movimientos lentos y sumamente calculados, Ernestina elevó un poco la cadera y guio la poderosa cabeza del miembro de Edmundito hasta el centro de su entrada anal. Al sentir la tremenda presión inicial del calibre contra esa zona tan delicada, cerró los ojos un instante y contuvo el aliento, midiendo el espacio, sintiendo el impacto seco de ese cilindro monstruoso y venoso forzando el anillo muscular, dilatándolo a la fuerza, milímetro a milímetro.
-“Despacio, Edmundito, muy despacio por favor…” le advirtió al oído, con la voz un hilo más aguda por la intensa sensación de llenado que empezaba a experimentar
-“No te muevas, que yo voy a bajar. Si te apurás, se termina el juego.” El chico, temblando por la tensión y la increíble resistencia que encontraba el avance de su verga, la tomó firme de la cintura, sus dedos se hundieron en la piel de Ernestina, sosteniéndola mientras ella, milímetro a milímetro, comenzaba a descender de frente sobre él, obligando a su cuerpo a ceder ante semejante diámetro.
Ernestina apretó los dientes, clavando las uñas en los hombros de Edmundito mientras dejaba caer el primer centímetro de su peso. El dolor fue inmediato, una punzada aguda y ardiente que la obligó a congelarse en el sitio, con la respiración suspendida. La poderosa cabeza del miembro, ancha y compacta, estiraba los pliegues de su esfínter anal hasta el límite absoluto de su elasticidad, amenazando con rasgarla si se apuraba lo más mínimo.
-“Esperá mi amor… no te muevas…” gimió entre dientes, con la voz entrecortada como jamás lo hubiera imaginado, sintiendo cómo los músculos de su zona trasera protestaban ante semejante invasión.
Edmundito, con los ojos abiertos de par en par y las manos firmes en las caderas de la profesora, contenía el aliento. Sentía la presión asfixiante y el calor abrasador de la intimidad de Ernestina, que envolvía el extremo de su verga como un anillo de fuego. Su juventud y la urgencia acumulada lo empujaban a embestir, pero la orden y el sufrimiento genuino en el rostro de la profe lo obligaba a quedarse rígido, temblando por el esfuerzo de contenerse.
Ernestina tomó aire profundamente, tratando de relajar la pelvis de manera consciente. El lubricante ayudaba, pero el verdadero desafío era el diámetro descomunal, ese calibre denso que recordaba al grosor de una muñeca y que ahora le abría camino a la fuerza.
Con un leve y doloroso balanceo de caderas, obligó a su cuerpo a ceder otro tramo. La sensación de llenado fue total, casi intolerable, sentía cada una de las venas en relieve de la verga del chico presionando contra las paredes internas de su recto. Un gemido agudo se le escapó de la garganta, mezclando el dolor de la dilatación extrema con la intensa estimulación que el tamaño provocaba en toda la zona.
Ernestina permaneció inmóvil, sollozando mudamente durante varios segundos, con la frente apoyada sobre la frente de su alumno, obligándose a respirar de manera acompasada. El dolor ardiente comenzó a transformarse en una presión sorda, sorda pero absoluta, que colmaba su ano y su recto sin dejar el más mínimo espacio libre. Su cuerpo, llevado al límite de su capacidad, empezó finalmente a ceder y a estabilizarse, adaptándose de forma estricta y dolorosa a ese grosor monumental. Cuando sintió que las paredes internas dejaban de protestar con espasmos rígidos y comenzaban a abrazar la densa superficie plagada de venas, Ernestina dejó escapar un largo suspiro de alivio mezclado con un temblor de anticipación. El peligro de desgarro inmediato había pasado, ahora el desafío era el movimiento.
Sosteniéndose con firmeza de los hombros de Edmundito, elevó la pelvis apenas un par de centímetros, una distancia milimétrica que provocó una fricción tan intensa que el chico arqueó las cejas, soltando un bufido ronco. Ella contuvo un gemido y volvió a descender con extrema lentitud, asimilando el roce del tamaño que estiraba sus fibras en cada tramo del trayecto.
-“Así… “ susurró Ernestina cerca de su oído, con la voz pastosa y entrecortada.
-“Despacio… mírame y bombéame suavemente” el balanceo sutil de sus caderas se convirtió en un compás calculador.
Era un vaivén mínimo, casi imperceptible a la vista, pero devastador en sensaciones, donde el relieve macizo del miembro del joven masajeaba las terminales nerviosas de su zona trasera, desatando una oleada de calor que empezó a nublarle la fría lucidez con la que había planeado el encuentro.
El balanceo sutil de sus caderas se convirtió en un compás calculador. Con una mezcla de astucia y deseo, Ernestina se inclinó hacia adelante y dejó caer sus grandes pechos directamente sobre el rostro de Edmundito, cubriéndole la mirada con su carne generosa, ofreciéndole al joven todo lo que él ansiaba desde hacía años. El roce de sus pezones, enormes y calientes, contra los labios del chico funcionó de inmediato como un imán, Edmundito, alucinado por el estímulo, abrió la boca con desesperación y comenzó a chupar y mamar con una urgencia salvaje esas enormes tetas, asiéndolas con ambas manos.
Aprovechando que Edmundito estaba completamente perdido y distraído, entregado a succionar y mamar sus pezones con desesperación, Ernestina notó que las paredes de su cuerpo finalmente se habían relajado y lubricado lo suficiente como para tolerar mejor esa enorme herramienta. Decidida a tomar el control absoluto del placer, enderezó la espalda y comenzó a incrementar el ritmo, elevando y dejando caer sus caderas con mayor decisión, hundiéndose centímetro a centímetro en ese tronco denso y macizo. El dolor inicial se transformó en una presión abrasadora que la hacía gemir fuerte, golpeando la falda del joven en cada descenso.
Sin embargo, el cambio brusco de velocidad y la increíble intensidad de tenerla moviéndose así sobre él, destruyeron la última barrera de contención del joven.
Abrumado por el roce salvaje y el calor de la intimidad de su profesora, Edmundito perdió por completo el control, e ignorando las advertencias previas, sus dedos se tomaron con fuerza en las tetas de Ernestina y, con un rugido que le brotó del pecho, rompió la inmovilidad dando un violento y profundo impulso hacia arriba, embistiendo con toda la urgencia acumulada de sus jóvenes años. Ella dio un respingo y un grito, pero su intimidad acogió el empujón del joven con absoluta calidez, recibiéndolo profundamente hasta sus testículos.
Y el final fue así, igual de descarnado.
Pegados y prensados por la fuerza y el apriete de ese vapuleado esfínter, que se ceñía con valentía al considerable tronco, Ernestina sintió cómo, en un espasmo inevitable, llegó el clímax del muchacho.
El joven comenzó a marcar crudamente, como si tuviese un metrónomo biológico, cada estertor eyaculatorio dentro de ella con una precisión admirable. Cada compás, a un tempo exacto, liberaba en su interior un caudal de espeso y caliente esperma que inundaba su recto, sellando el clímax de ese intenso e inolvidable encuentro.
Luego de unos instantes, y muchos jadeos, el silencio regresó a la sala de golpe, roto únicamente por las respiraciones agitadas que buscaban recuperar el compás. Ernestina permanecía inmóvil, sentada a horcajadas sobre el sillón, sintiendo la laxitud del joven y la latente presencia de esa enorme anatomía que aún la mantenía completamente ocupada. Su recto, pleno del espeso y caliente semen, acusaba una rigidez que tardaría en disiparse, obligándola a mantener los músculos tensos para contener el caudal que Edmundito había dejado en su interior.
Con un movimiento pausado, Ernestina alzó la mano y comenzó a pasar sus dedos por el cabello sudoroso del chico, quien mantenía la cabeza apoyada en su hombro, exhausto y abrumado por la magnitud de lo que acababa de vivir. Edmundito apenas podía moverse, sus dedos seguían tomados con suavidad en las tetas de la profesora, como si temiera romper el hechizo de la situación.
Mientras lo acariciaba con una calma casi maternal, miró de reojo el cuaderno de matemáticas olvidado sobre la mesa y sonrió para sí misma. Había cruzado la línea, sí, pero bajo sus propios términos, demostrando que incluso cuando el alumno creía haber perdido el control con la fuerza e ímpetu de sus veinte años, la verdadera maestra de la situación seguía siendo ella.
Abrió los ojos y se encontró de golpe, tirada en el sofá, recordando esos momentos vividos y grabados a presión sobre la piel de sus muslos.
Ahora, ya jubilada, Ernestina todavía podía recordar aquella experiencia con una sonrisa entre divertida y cierta añoranza. Había aprendido una lección que ningún manual docente habría incluido jamás.
Se pasó la mano por los labios, saboreando el final del licor sintiendo el aguijón de la nostalgia y de unas ganas tremendas de volver a vivirlo, mientras tanto, las sombras de la tarde se alargaban sobre el tapizado del sofá.
Se acomodó en el sillón, abriendo un poco las piernas bajo la bata floja, buscando revivir la memoria del cuerpo, permanecía allí tendida, con el cuerpo relajado y la mirada perdida en un punto fijo del techo, atrapada en esa extraña resaca que deja el placer cuando se mezcla con la audacia, en donde su mente, no dejaba de repasar en bucle las secuencias de ese vibrante momento.
Había sido una transgresión calculada, sí, pero la realidad física había desbordado cualquier ecuación previa, avasallándola.
Recordaba la precisión casi matemática en el ímpetu de Edmundito, el calor abrasador de la intimidad compartida y esa sensación final, descarnada y perfecta, donde el control mutuo se disolvió en un espasmo inevitable.
A nivel puramente físico, en el recuerdo, su anatomía acusaba el eco del encuentro, sentía un latido sordo que se negaba a desaparecer del todo, como si aún la tuviese enculada profundamente.
Sin embargo, más allá todo, lo que verdaderamente la perturbaba era una certeza más íntima y punzante, su cuerpo había despertado a un letargo que no sabía que padecía. Cada fibra de su ser, habituada a la monotonía y a la distancia académica, parecía protestar ante el regreso de la normalidad, reclamando la intensidad de un estímulo tan vivo. Su anatomía misma, en su memoria celular, ya extrañaba la urgencia de esa carne, el roce salvaje y la absoluta entrega de unos años jóvenes que la habían hecho sentir, por unas horas, la verdadera dueña del tiempo y del deseo.
Sonrió con una mezcla de melancolía y orgullo.
Sabía que la línea estaba cruzada y que el cuaderno de matemáticas sobre la mesa nunca volvería a significar lo mismo.

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