Héctor se cansó de ser el chico bueno.
Héctor entró a trabajar na nueva etapa dónde las hormonas lo dominan..
Héctor cumplió dieciocho hace tres semanas. Hasta entonces había sido el chico que todas las madres recomendaban: alto, de hombros anchos por el basquetbol, educado, de voz baja y sonrisa que no asustaba a nadie. Le pedían que bajara cajas, que acompañara a alguien de noche, que sostuviera la escalera. Él lo hacía sin chistar.
Eso se acabó.
Ahora cada vez que una falda se pegaba a unas nalgas redondas o un escote se inclinaba frente a él, el pantalón se le tensaba y la cabeza se le llenaba de imágenes sucias. Ya no iba a seguir fingiendo que no se daba cuenta. Iba a usar las mismas situaciones de siempre… solo que esta vez no iba a retroceder.
La mamá — la cocina
Elena de espaldas a la estufa. Vestido de casa corto, sin sostén. Las tetas pesadas se le marcaban con cada movimiento.
—Héctor, el aceite de arriba, hijo.
Él se acercó por detrás. No pasó el brazo por un costado. Se pegó. El bulto semiduro le quedó justo entre las nalgas blandas.
Elena se tensó.
—Héctor… creo que estás un poco pegado.
—Perdón —dijo él, sin apartarse.
Alzó el brazo “buscando” el frasco. El pecho se le pegó a la espalda de ella. La verga, ya dura del todo, se le incrustó en el hueco del culo. El glande le rozó el pliegue a través del vestido.
—Ay…
El sonido le salió bajo, sorprendido. No se movió.
Héctor no dijo nada más. Fingió que el aceite estaba más atrás. Empujó la cadera. Lento. El arrimón duró. Un segundo. Dos. Tres. El vestido se le hundió entre las nalgas. Elena apretó las manos en la tarja. Los pezones se le pusieron duros. Las piernas le temblaron. Se le escapó otro “ay…” más largo, casi un gemido que quiso cortar y no pudo.
Él dejó el miembro ahí, latiendo, caliente, sin prisa. Solo cuando el silencio se volvió demasiado espeso le pasó el aceite.
Elena se giró. Cara a cara. Las tetas le temblaban. Mejillas encendidas. Labios entreabiertos. Lo miró un segundo de más.
Héctor le cerró un ojo.
Ella se hizo a un lado sin regañarlo. Se quedó apoyada en la tarja con las piernas juntas, como si el bulto todavía le latiera entre el culo.
La tía — el cuarto de lavado
Carmen agachada. Shorts cortísimos. Blusa anudada. Media nalga y el borde del tanga a la vista.
Héctor entró.
—Te ayudo con el suavizante.
Ella se enderezó de golpe. Él no se movió. El culo le pasó por la cara: piel caliente, olor a jabón, la tela rozándole los labios. Después las nalgas le quedaron empotradas contra la verga dura. El glande se le metió entre ellas.
—¡Ay! Héctor… estás muy pegado.
—Perdón, tía.
No se apartó.
Dejó el miembro ahí. Latiendo. Grueso. El short era tan delgado que ella sentía el calor y la forma. Héctor dio un arrimón más, corto, y después otro más largo, como si se estuviera acomodando. Carmen soltó el aire por la nariz. Las manos se le quedaron congeladas en el borde de la lavadora.
—Ay… se te siente…
Él no contestó. Empujó un poco más. El glande se le hundió en el hueco. El short se le empezó a marcar de humedad. Carmen apretó las nalgas por reflejo y eso solo lo metió más.
Se giró de un salto. Pecho contra pecho. Boca abierta. Pupilas dilatadas. El short oscurecido en la entrepierna.
Héctor le guiñó el ojo.
Ella se acomodó el nudo con dedos temblorosos. No lo empujó. Se quedó dos segundos respirando contra su pecho, como si el cuerpo le hubiera dicho que se quedara antes que la cabeza.
La maestra Blanca — la escalera
Salón vacío. Blusa escotada. Falda pegada. Libros arriba.
—Sosténme la escalera, Héctor.
Él se puso al pie. Ella subió. Desde abajo se le veía el tanga y las nalgas apretadas.
Cuando empezó a bajar, Héctor no retrocedió.
Primero las nalgas le pasaron por la cara. Lentas. Perfume, calor, tela en la mejilla, en la boca. Después, en el último peldaño, el culo le rozó de lleno la verga erecta. El glande se le encajó entre las nalgas.
Blanca dio un respingo.
—¡Ay! Héctor… estás demasiado pegado.
Él no dijo perdón. No dijo nada. Dejó el miembro ahí. Un segundo. Otro. Empujó apenas, lo suficiente para que ella sintiera el grosor entero entre el culo. El arrimón duró más de lo normal. Blanca se quedó un peldaño arriba, sin bajar del todo, con las manos en los barrotes y el pecho agitado.
—Ay… —más bajo ahora.
Él movió la cadera un milímetro. El glande le rozó el pliegue. La falda se le hundió. A Blanca se le marcaron los pezones. Las pupilas se le dilataron.
Por fin bajó. Rostro contra rostro. El escote le temblaba.
Héctor le cerró un ojo, despacio.
Ella se acomodó la falda con las dos manos. Colorada hasta el pecho. La voz le salió ronca:
—La próxima vez… avísame.
No lo corrió. Salió con los libros apretados contra las tetas y las piernas inestables. Dejó la puerta entreabierta.
La prima — el antro
Se toparon. Valeria ya llevaba copas de más. Minifalda. Blusa holgada. Risa fácil.
Héctor le pagó otra. Y otra. En la pista la tomó de la cintura y se puso detrás sin preguntar.
La verga dura se le acomodó entre las nalgas al primer movimiento.
Valeria rio, nerviosa.
—Primo… creo que estás un poco pegado.
Él no contestó. Empujó al ritmo. El glande subía y bajaba por el hueco del culo. Una mano le subió por el abdomen y le cubrió una teta. El pezón ya estaba duro.
—Ay… Héctor…
No se apartó. Al contrario: se dejó ir hacia atrás.
Él la giró. De frente. Le pegó la verga directo contra el coño, a través de la minifalda y el tanga. La frotó despacio, sucio. El glande le rozaba el clítoris con cada golpe.
—Ay… se te siente todo.
—Perdón —dijo él, contra su oído, y no paró.
El arrimón duró canción y media. Valeria se agarró de sus hombros. Gemía en su cuello. La tela se le humedeció. Entieró la cara en él.
—No pares… hijo de puta…
Cuando cambió la música, él la soltó. Le cerró un ojo, cerca.
Valeria se quedó en la pista con las piernas juntas, respirando mal. Se fue al baño. Salió con la falda arrugada y los ojos vidriosos.
La señora del camión
Lleno. Frenaron. La señora de curvas, vestido delgado, quedó de frente a Héctor. Pecho contra pecho.
La verga erecta le quedó apretada contra el coño.
Ella abrió los ojos.
—Ay… joven, está usted muy pegado.
Héctor no dijo nada. El camión dio otro vaivén y él empujó. El glande le rozó el clítoris a través del vestido. Al mismo tiempo le subió una mano por el costado y le palpó una teta pesada.
—Ay…
No se apartó. En la siguiente curva se dejó ir un milímetro hacia él. El bulto se le acomodó mejor entre las piernas. El pezón se le marcó en la palma.
Héctor dejó el miembro ahí. Latiendo. El arrimón duró parada tras parada. Ella cerró los ojos un segundo. Labios entreabiertos. Como si estuviera eligiendo si esto le gustaba demasiado.
Cuando el camión paró de verdad, lo miró de arriba abajo. Pecho agitado. Expresión sucia.
Él le guiñó el ojo.
—Perdón —dijo entonces, bajo.
Ella se bajó. Antes de que cerraran las puertas se tocó el pecho, donde él la había agarrado, y apretó los muslos.
La vecina tetona — las escaleras del súper
Patricia salía del súper con las dos manos ocupadas. Bolsas de mandado hasta los dedos. Blusa ajustada, tetas grandes, pesadas, moviéndose con cada escalón. Héctor la vio bajar y se quedó un segundo detrás, calculando.
En el tercer escalón ella se tropezó.
El cuerpo se le fue hacia adelante. Un grito corto. Las bolsas se le tensaron. Iba a caer de cara contra los escalones.
Héctor se movió rápido.
No la agarró de la cintura. No la agarró de los brazos. Las manos le fueron directo a las tetas. Las cubrió enteras desde atrás, las sostuvo, las apretó para frenarla. El peso de Patricia se le vino encima. Las tetas se le desbordaron entre los dedos: blandas, calientes, enormes. Los pezones se le clavaron en las palmas a través de la blusa y el sostén.
—¡Ay!
El grito le salió ahogado. No de miedo nada más. De sorpresa sucia.
Héctor la tenía pegada a él, de espaldas, las bolsas todavía en las manos de ella, inútil. El cuerpo de Patricia quedó encajado contra el suyo. El culo redondo se le empotró en la entrepierna. La verga, que ya se le había parado en el segundo en que la vio tropezar, se le metió de lleno entre las nalgas.
No la soltó.
La sostuvo así. Un segundo. Dos. Tres. Más de lo que se necesita para que alguien no se caiga. Las manos no se quedaron quietas: se acomodaron. Apretaron. Subieron un poco y volvieron a bajar, palmeando el peso, midiendo cómo le cabían. Los pulgares le rozaron los pezones, una vez, otra, como si estuviera “afirmándola”.
—Ay… joven… me está agarrando de…
—Perdón —dijo él, contra su oreja, y no abrió las manos.
Patricia no pudo soltar las bolsas. Quedó atrapada. El pecho le subía y bajaba dentro de las palmas de Héctor. Cada respiración le hundía más las tetas contra sus dedos. Atrás, la verga dura le latía entre el culo. Él dio un arrimón. Lento. Largo. El glande se le acomodó en el hueco y empujó hacia arriba, como si quisiera subirle el pantalón con la verga.
—Ay… está muy pegado…
No se zafó.
Héctor la mantuvo un poco más. Le apretó las tetas otra vez, más firme, y al mismo tiempo empujó la cadera. El bulto resbaló un poco hacia adelante, entre los muslos, y le quedó rozando el coño por encima del pantalón. Patricia soltó un aire tembloroso. Las piernas le fallaron otro milímetro y eso solo la sentó más contra él.
—Ya… ya estoy bien —dijo, pero la voz le salió rota, húmeda.
Él tardó un segundo extra en soltarle las tetas. Los dedos le rozaron los pezones al salir. El miembro lo dejó pegado un instante más, latiéndole entre las piernas, antes de apartarse lo justo para que ella no se cayera de verdad.
Patricia se giró a duras penas, las bolsas todavía en las manos, las tetas marcadas, los pezones duros, la cara encendida. Lo miró.
Héctor le cerró un ojo.
Ella tragó saliva. Bajó el resto de la escalera con las piernas juntas, acomodándose la blusa con el dorso de la mano porque no podía soltar el mandado. En la banqueta se detuvo un segundo, respirando mal, como si todavía sintiera las palmas en las tetas y el bulto clavado atrás.
Esa noche Héctor se encerró. Se la jaló despacio.
El “estás pegado” de su mamá y el aceite.
El “ay” de la tía con el short manchado.
Blanca en la escalera sin bajar del todo.
Valeria pidiéndole que no parara.
La señora del camión dejándose ir un milímetro.
Patricia cayendo en sus manos, las tetas desbordándosele entre los dedos, el culo empotrado y el “ya estoy bien” que no sonó a que quisiera que la soltara.
Ninguna se retiró.
Todas se quedaron el segundo de más.
Y ese segundo, cada vez más largo, ya era una puerta abierta. Una por una.
Continuará

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