La Dis-puta
En un tribunal cualquiera, se enfrentan dos individuos por la custodia de su hijo.
La batalla por la custodia de su hijo da al traste una reconciliación no planificada… y despierta recuerdos de cada gemido, cada corrida y cada traición que Alicia Alarcón había escondido bajo sedas y perfume.
—Su señoría —dijo el abogado de la que, para ese entonces, era mi ex-esposa—, el señor Méndez nunca ha sido un padre responsable, nunca ha ido a fiestas de cumpleaños, nunca ha ido a reuniones escolares, ni tampoco a ningún evento deportivo de su hijo, lo que constituye un abandono sistemático de sus responsabilidades parentales. Propongo, su señoría, que se llegue a un acuerdo monetario para que esto llegue a un buen término —concluyó el abogado, poniendo fin a su argumento en ese juicio conciliatorio.
Jesús Méndez, abogado de una prestigiosa firma de la ciudad, había estado casado con Alicia Alarcón, una mujer que solo supo gastar todo lo que su marido ganaba en joyas, carteras, zapatos y lujos innecesarios… y en lencería cara que luego usaba para que se la follaran otros hombres. Tuvo a su hijo Martín solo para que Jesús estuviese ligado a ella para siempre y él tuviese la obligación de la paternidad. No estuvo conforme con hacerse de la mitad de los activos conyugales; también quería quedarse con lo demás. Pero Martín no era culpable de lo que su madre le había hecho a su padre… una traición húmeda, repetida, filmada en la mente de Jesús con cada detalle obsceno.
—Su señoría, yo sólo quiero que mi esposa, perdón, ex-esposa, entienda que no estoy obligado a mantener a un individuo que no tenga mi sangre. En pocas palabras, señor juez, el niño fue producto de una infidelidad, la cual puedo total y completamente probar —dijo Jesús con una calma tan penetrante que asustaba.
El ambiente en la sala cayó de golpe a varios grados bajo cero. Alicia, que hasta hacía un segundo mantenía la barbilla en alto con la autosuficiencia de quien se sabe respaldada por el sistema y el peso del drama fabricado, pareció perder el aire de pronto. La postura impecable se le desarmó en un parpadeo; la rigidez del cuello cedió y sus ojos, cargados de una sobriedad repentina, buscaron desesperadamente la mirada de Jesús. Pero Jesús no la miraba a ella. Miraba al juez.
El abogado de Alicia se quedó con el papel levantado en el aire, a mitad de un gesto dramático que ya no servía para nada. El silencio que siguió a las palabras de Méndez no fue el simple mutismo de un tribunal interrumpido, sino el vacío pesado de una estructura entera colapsando sobre su propia base.
—Su señoría —prosiguió Jesús sin alterar el tono, deslizando sobre la mesa un folio de cubierta sobria, sin aspavientos—. Adjunto los resultados del análisis genético certificado por laboratorio judicial, junto con la cadena de custodia correspondiente y el registro de llamadas y transferencias que sustentan el origen de la relación extramatrimonial durante el periodo de concepción. No vine a esta audiencia conciliatoria a discutir el amor que pude haberle tomado a una mentira, sino a cerrar un expediente.
El juez ajustó sus anteojos, tomó la carpeta y empezó a hojearla con el ritmo metódico de quien lee una sentencia definitiva. El crujido de las hojas al pasar era el único sonido en la sala.
Alicia intentó hablar, pero la garganta le jugó en contra. El cálculo perfecto —el hijo como seguro de vida, la pensión como sueldo vitalicio, la culpa como moneda de cambio— acababa de evaporarse. La reconciliación implícita que había intentado forzar días atrás, las llamadas nocturnas apelando a la “familia” y al “bienestar del niño”, no eran más que un intento desesperado de neutralizar la bomba que Jesús ya tenía entre las manos.
Mientras el juez leía, Jesús recordó.
Recordó la primera vez que la había cogido contra la pared del vestidor de la firma, el traje de ella subido hasta la cintura, las bragas negras empujadas a un lado, su polla gruesa y dura empujando de un solo golpe hasta el fondo de su coño ya chorreando. Alicia había gemido contra su cuello, las uñas clavadas en su espalda, pidiendo más fuerte, más profundo, que la llenara. Él la había follado hasta que ella se corrió temblando, el coño apretándole la verga en oleadas, y luego se había arrodillado y le había chupado la polla hasta que le llenó la boca de semen caliente, tragándolo todo con la mirada de quien sabía exactamente cómo mantenerlo enganchado.
Recordó las noches en que llegaba a casa y ella lo recibía desnuda, de rodillas, abriendo la boca para que se la metiera hasta la garganta. Cómo le gustaba que él le sujetara el pelo y la usara, cómo se mojaba cuando él le hablaba sucio mientras le daba por detrás, agarrándola de las caderas y empujando hasta que le tocaba el fondo. Cómo le pedía que le corriera dentro, que la dejara llena, que le chupara los pezones mientras se la follaba lento y profundo.
Y recordó también lo que ella hacía cuando él no estaba.
Las transferencias a un número que no era el suyo. Las llamadas a las tres de la mañana. El laboratorio genético no mentía: Martín no llevaba su sangre. El semen que había llenado el útero de Alicia aquella noche de concepción no era el suyo. Había sido de otro hombre que se la había follado en la cama conyugal, que le había abierto las piernas, que le había metido los dedos en el coño hasta que ella goteaba, que se la había comido hasta hacerla gritar y luego la había penetrado duro, sin condón, corriéndose profundamente dentro de ella mientras ella jadeaba el nombre de Jesús para no delatarse.
Alicia, en la sala, sentía el calor subir entre las piernas a pesar del terror. El recuerdo de cómo Jesús la usaba —cómo le abría el culo con saliva y se la metía despacio hasta que ella se retorcía de placer y dolor, cómo le lamía el coño después de corrérsele dentro, cómo la obligaba a chupar su propia corrida de la verga— le provocaba un latido traicionero entre los labios. Sabía que ya no había vuelta atrás. La reconciliación que había intentado forzar días atrás, con llamadas nocturnas y promesas de “familia”, había sido solo otro intento de volver a tenerlo entre las piernas, de volver a sentir esa polla gruesa abriéndola, de volver a quedarse llena de él.
Jesús acomodó el botón de su saco, tomó su portafolios y inclinó levemente la cabeza hacia el estrado.
—Si la parte demandante no tiene más argumentos sobre responsabilidades parentales que exigirme, concluyo mi exposición, su señoría.
Alicia lo miró. Por un segundo, el miedo se mezcló con el deseo crudo que siempre había sentido por él: el hombre que la había follado contra escritorios, en baños de hoteles, en el asiento trasero del auto, que le había corrido en la cara, en los pechos, dentro del coño y del culo, que la había dejado temblando y marcada. Ahora ese mismo hombre la estaba destruyendo con la misma precisión fría con la que antes la hacía correrse.
El juez levantó la vista. El silencio se hizo más denso. Alicia sabía que, esta vez, no habría semen que la salvara. Solo la verdad, y el vacío que dejaba cuando el hombre que te follaba como a una puta decidía que ya no quería seguir pagando por una mentira.
**—Ahora viene lo hermoso** —dijo Jesús, y su voz bajó un tono, más oscura, más peligrosa—. Su señoría —repitió con firmeza—, a pesar de que el niño no es de mi sangre, aunque fue producto de una infidelidad, aunque quizás su madre lo quiera para sacarme más y más dinero… le pido a este honorable tribunal concederme la **custodia total e irrevocable** del niño.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no era el de la sorpresa; era el de alguien que acaba de poner una bala en la recámara y está apuntando directo al pecho.
Alicia sintió que el suelo se le movía. El coño se le contrajo de forma involuntaria, traicionera, como si el cuerpo todavía recordara cómo esa misma voz se le metía entre las piernas cuando le decía cosas peores. Cómo Jesús la empujaba contra el escritorio del despacho, le subía la falda, le abría los labios del coño con dos dedos y le metía la lengua hasta hacerla temblar, murmurándole al oído: *«Te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho»*. Ahora esa misma voz estaba pidiendo quedarse con el hijo que ella había usado como arma… y el contraste la estaba dejando empapada de miedo y de excitación enfermiza.
El abogado de Alicia abrió la boca, pero no salió nada. Jesús no le dio tiempo.
—No pido la custodia por deber biológico, su señoría. La pido porque sé exactamente de qué es capaz esta mujer. Sé cómo usa su cuerpo. Sé cómo abre las piernas para conseguir lo que quiere. Sé cómo se arrodilla, cómo abre la boca, cómo pide que se la llenen… y luego usa el resultado para chantajear. He visto las pruebas. He leído los mensajes. Sé en qué posiciones se dejó follar mientras yo trabajaba. Sé que le gustaba que le corrieran dentro sin protección. Sé que se tocaba el clítoris mientras el otro la penetraba y pensaba en mí. Y sé que ahora pretende usar a ese niño como si fuera un billete de mil.
Alicia sintió un latigazo de calor entre las piernas. El recuerdo la golpeó sin piedad: la noche en que el amante la había puesto a cuatro, le había abierto el culo con los pulgares y se la había metido despacio mientras ella gemía contra la almohada de la cama conyugal. Cómo le había pedido que le corriera adentro, cómo había empujado las caderas hacia atrás para sentirlo más profundo, cómo después se había tocado el coño lleno de semen ajeno y se había corrido pensando en la polla de Jesús. Y ahora ese mismo Jesús estaba de pie frente al juez, impecable, frío, pidiendo quedarse con el producto de aquella follada.
—No voy a permitir que este niño crezca siendo moneda de cambio de una mujer que convierte cada orgasmo en estrategia —continuó Jesús, sin mirarla—. No voy a dejar que lo críe alguien que usa el coño como arma y la maternidad como extorsión. Por eso solicito la custodia plena. Yo lo criaré. Yo lo protegeré. Y ella… ella podrá seguir abriendo las piernas a quien le dé la gana, pero ya no lo hará con mi dinero ni con el futuro de ese niño como rehén.
Alicia apretó las rodillas. El roce de la tela de la falda contra su coño hinchado la hizo morderse el labio. El miedo era real. La rabia era real. Pero debajo de todo eso, más abajo todavía, latía el recuerdo visceral de cómo Jesús la dominaba: cómo le sujetaba el cuello mientras se la follaba por detrás, cómo le obligaba a mirarlo a los ojos cuando se corría dentro de ella, cómo después le bajaba la cabeza y le hacía limpiar su propia verga con la lengua hasta que no quedaba ni una gota.
El juez miró de uno a otro. Alicia intentó hablar, pero la voz le salió rota:
—Jesús… no puedes…
Él finalmente la miró. Y en esa mirada no había piedad. Solo la misma precisión con la que antes le abría las piernas y la usaba hasta dejarla temblando y llena.
—Ya lo hice —respondió en voz baja, solo para ella—. Y esta vez no me voy a correr dentro de ti para que vuelvas a usar el resultado en mi contra.
El silencio en la sala se hizo tan denso que se podía oír el latido del coño de Alicia contra la tela de la ropa interior.
Jesús volvió a dirigirse al juez, la voz otra vez impecable, profesional, devastadora:
—Solicito, su señoría, la custodia total e irrevocable. Estoy preparado para asumirla de inmediato.
El juez miró a Alicia con una cara de verdadero espanto… pero debajo de la toga, la polla se le había puesto dura como una roca.
Había escuchado cada detalle. Cada gemido descrito. Cada posición. Cada corrida. Cada vez que Alicia abría las piernas, se arrodillaba, pedía que se la llenaran, que le follaran el culo, que le corrían en la cara o dentro del coño. La voz fría y precisa de Jesús narrando cómo su ex-esposa se dejaba usar como una puta de lujo había sido demasiado. El juez sintió cómo se le hinchaba la verga contra el pantalón, pesada, caliente, latigueando con cada palabra obscena que había escuchado.
Tragó saliva. Ajustó los anteojos con dedos ligeramente temblorosos. La toga le pesaba más de lo normal porque debajo la erección le empujaba la tela.
—Vista la documentación genética… y el resto de las pruebas presentadas… —empezó, la voz un poco más grave de lo habitual—. Este tribunal no puede ignorar la realidad biológica ni el patrón de conducta de la demandante.
Alicia lo miró, pálida. El juez no apartó la vista de ella. Por un segundo, en su mente, la imaginó exactamente como Jesús la había descrito: de rodillas, boca abierta, lengua fuera, esperando que le llenaran la garganta; o a cuatro patas, el culo en alto, el coño chorreando semen ajeno mientras se tocaba el clítoris. La imagen le hizo latir la polla con fuerza.
—Por tanto —continuó, forzando la compostura—, este tribunal concede al señor Jesús Méndez la **custodia total, plena e irrevocable** del menor Martín. La madre tendrá un régimen de visitas supervisado y limitado, sujeto a revisión. No se fijará pensión alimenticia a cargo del señor Méndez, al no existir vínculo biológico ni obligación legal alguna.
Alicia abrió la boca, pero no salió sonido. Solo un temblor visible en los labios.
El juez golpeó el mazo con más fuerza de la necesaria. La polla le dolía ya, apretada contra la cremallera. Se levantó despacio, usando la toga para disimular el bulto evidente, y salió de la sala sin mirar atrás… aunque la imagen de Alicia siendo follada sin piedad seguía dándole vueltas en la cabeza, caliente y sucia.
Jesús inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias, su señoría.
Luego miró a Alicia por última vez. Ella estaba destruida, pero el cuerpo todavía le traicionaba: los pezones duros bajo la blusa, los muslos apretados, el recuerdo de todas las veces que se había dejado usar todavía vivo entre las piernas.
Jesús tomó su portafolios, se ajustó el saco y salió de la sala sin decir una sola palabra más.
La custodia era suya.
Y Alicia… se había quedado solo con el eco de sus propios gemidos y el vacío entre las piernas.

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