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Dominación Mujeres, Fetichismo, Infidelidad

La doctora elena y los mendigos 5 – orgia antes del parto

Laura la embarazada tiene una orgia antes del parto.
La Última Orgía Antes del Parto – La Planificación de Laura y María
Una semana antes de la fecha probable de parto de Laura, Carla la llamó por teléfono con voz baja y conspiradora.
—Laura, mi amor, no podemos dejar pasar esto. Es tu última oportunidad antes del bebé. Te organizo un gangbang exclusivo para vos en mi consultorio del hospital. Siete hombres, los más fieles y sucios del grupo. Yo superviso todo, cuido que sea seguro para tu estado. Decile a tu marido que es un control de rutina por el embarazo. El sábado a las 18, cuando el ala de ginecología está casi vacía.
Laura, sentada en la cocina de su casa mientras preparaba la cena, sintió un calor inmediato entre las piernas. El vientre pesado, las hormonas a flor de piel, el deseo que no había disminuido con el embarazo. Pero también sintió un nudo de ansiedad.
—Está bien, Carla. Lo necesito. Lo quiero. Pero… ¿y si mi marido insiste en venir? Últimamente está más atento, dice que quiere “estar presente en todo”.
Carla rio bajito.
—Inventá algo. Decile que es una revisión interna, que no puede entrar. Nos vemos el sábado.
Laura colgó y miró el calendario en la pared. Sábado. Faltaban cuatro días. Su marido, Pablo, era un hombre bueno pero predecible: trabajaba en una oficina de seguros, llegaba a casa a las 19, cenaba viendo noticias, sexo escaso y rutinario. No sospechaba nada. Pero desde que el embarazo avanzó, se había vuelto más protector.
Esa noche, durante la cena, Laura se lo dijo casualmente.
—Amor, el sábado tengo un control con Carla. Nada grave, solo rutina por el bebé.
Pablo levantó la vista del plato.
—Ah, bien. ¿A qué hora? Te acompaño.
Laura sintió el corazón acelerarse. No lo había previsto.
—No hace falta, amor. Es rápido. Además… es una revisión interna. No podés entrar de todos modos.
Pablo frunció el ceño.
—No me gusta que vayas sola. Estoy libre ese día. Te llevo y te espero afuera. Por si acaso.
Laura sonrió por fuera, pero por dentro el pánico creció. No podía cancelar. No quería cancelar. Esa noche, después de que Pablo se durmiera, le escribió a María —que ya había parido y ahora estaba en pausa del grupo, pero seguía siendo la confidente más cercana.
“María, ayuda. Pablo insiste en acompañarme al ‘control’ del sábado. Pero es el gangbang que Carla organizó. ¿Qué hago? No puedo cancelar, lo necesito antes del parto.”
María respondió casi de inmediato.
“Tranquila, Lau. Mañana vengo a tu casa. Planeamos juntas. Vamos a hacer que funcione.”
La planificación entre Laura y María
Al día siguiente, María llegó a la casa de Laura a media mañana, con su bebé de unas semanas durmiendo en el cochecito. Las dos se sentaron en la cocina, mate en mano, puertas cerradas para que los hijos mayores de Laura no escucharan.
María fue directa.
—Primero, respirá. Esto es manejable. El consultorio de Carla es perfecto: puerta con llave, sala de espera afuera, y el hospital a esa hora está casi vacío. Pablo puede esperar afuera sin entrar. Pero necesitamos un plan para que no sospeche nada si la ‘revisión’ dura más de lo normal.
Laura se mordió el labio, el vientre pesado apoyado en la mesa.
—Dura al menos dos horas, María. No es un control rápido. Y si oye algo… gemidos, ruidos… se va a dar cuenta.
María pensó un momento, tomando un sorbo de mate.
—Ok, pensemos paso a paso. Primero: la excusa para Pablo. Decile que Carla quiere hacer una ecografía detallada y una charla larga sobre el parto. Que puede durar hasta dos horas. Eso justifica el tiempo.
Laura asintió.
—Bien. Y si pregunta por qué no puede entrar… digo que es protocolo por privacidad.
María sonrió.
—Exacto. Ahora, el problema real: los sonidos. El consultorio no es insonorizado del todo. Si gemís fuerte… o si los hombres gruñen… Pablo podría oír desde la sala de espera.
Laura sintió un escalofrío de miedo y excitación.
—¿Y si lo mando a esperar al café de la esquina?
María negó con la cabeza.
—No. Si insiste en esperar cerca, va a sospechar si lo mandás lejos. Mejor que se quede en la sala de espera. Pero necesitamos distraerlo.
Pensaron un rato.
María chasqueó los dedos.
—Tengo idea. Yo voy con vos. Llevo al bebé. Le digo a Pablo que te acompaño porque “quiero ver a Carla por una duda mía”. Mientras vos estás adentro con el gangbang, yo me quedo afuera con él, entreteniendo. Hablo de bebés, de maternidad, lo distraigo con fotos del mío, le pregunto por el trabajo… lo mantengo ocupado. Si oye algo raro, digo “debe ser una paciente en otro consultorio” o “el aire acondicionado hace ruido”.
Laura abrió los ojos grandes.
—Genial. Pero… ¿y si el bebé llora o algo?
María rio.
—Usémoslo a nuestro favor. Si hay ruido, el bebé puede “llorar” y tapar todo.
Laura sintió alivio, pero también una oleada de culpa.
—María… gracias. Pero… ¿cómo me siento con esto? Estoy mintiendo a mi marido. Voy a tener siete hombres dentro de mí mientras él espera afuera pensando que estoy en un control médico.
María le tomó la mano.
—Lau, eso es lo que nos excita, ¿no? El contraste. De día somos las esposas perfectas, las madres ideales. De noche… somos esto. No le estás haciendo daño. Solo estás tomando lo que necesitás. Y después del parto… vas a necesitar esto más que nunca.
Laura asintió despacio.
—Tenes razón. Me da morbo justamente por eso. Porque él está afuera, confiando, y yo adentro… siendo sucia.
María sonrió con picardía.
—Y nosotras, las hermanas, te vamos a cubrir. Va a salir perfecto.
Terminaron el mate planeando detalles: hora exacta (18:30), qué decir si Pablo pregunta por los “ruidos”, cómo María iba a “distraer” con anécdotas del bebé. Laura sintió el nudo en el estómago aflojarse un poco, pero el calor entre las piernas crecía con cada palabra.
El sábado se acercaba.

 

Tres días antes del sábado del “control”, Laura y María fueron al consultorio de Carla en el hospital. Era una tarde tranquila, el ala de ginecología casi desierta después de las 17 hs. Carla las recibió con su bata blanca impecable, cerró la puerta con llave y bajó las persianas como siempre hacía cuando hablaban de “lo otro”.
Se sentaron las tres en las sillas de pacientes, mate en mano, como si fueran a charlar de cualquier cosa. Pero el aire estaba cargado.
Laura habló primero, voz baja y nerviosa.
—Carla, Pablo insiste en venir. Le dije que es un control de rutina, que no puede entrar porque es revisión interna, pero igual quiere acompañarme y esperar afuera. No se lo puedo sacar de la cabeza. Dice que “quiere estar presente” por el bebé.
María asintió, completando.
—Le propuse a Laura que yo vaya con ella. Llevo al bebé para que parezca más natural. Me quedo en la sala de espera con Pablo, lo entretengo con fotos del mío, charlas de madres, anécdotas… lo mantengo ocupado para que no preste atención a nada raro que pueda oír desde el consultorio.
Carla escuchó en silencio, tomando sorbos de mate, analizando cada palabra.
—Está bien pensado —dijo al fin—. La sala de espera está a unos cinco metros de la puerta de este consultorio. La puerta es gruesa y tiene burlete, pero no es insonorizada al 100 %. Si Laura gime fuerte o si los hombres hacen ruido, Pablo podría captar algo.
Laura se mordió el labio.
—Esa es mi mayor duda. No quiero que escuche nada. No quiero que sospeche. Pero tampoco quiero cancelar. Lo necesito… necesito esto antes de que nazca el bebé. Después todo va a ser pañales, noches sin dormir, y no sé cuándo voy a poder volver.
Carla dejó el mate en la mesita y se inclinó hacia adelante.
—Ok, vamos a planificar cada detalle para que sea lo más seguro posible. Primero: la excusa para Pablo. Laura, decile que es una ecografía 4D + monitoreo fetal prolongado + charla sobre signos de parto. Que puede durar entre hora y media y dos horas. Que no puede entrar porque es protocolo de privacidad y porque van a usar el Doppler y el gel. Eso es creíble.
María agregó:
—Yo voy a llegar unos minutos antes que ustedes. Me siento en la sala de espera con el bebé. Cuando entren Laura y Pablo, lo saludo como si me sorprendiera verlo, le digo “¡qué lindo que viniste!”, y lo engancho con charla de bebés. Le muestro fotos del mío, le pregunto por los nombres que eligieron, por si ya tienen la cuna, por si ya armaron la pieza… cosas que lo mantengan hablando y distraído.
Carla asintió.
—Bien. Segundo: los sonidos. Vamos a minimizarlos. Laura, con vos todo va a ser suave como siempre: penetración vaginal lenta, sin embestidas fuertes, sin gritos. Los hombres van a tener que hablar bajito. Nada de gruñidos animales ni palmadas. Si querés gemir, te pongo una toalla o mi mano en la boca para amortiguar.
Laura se sonrojó un poco, pero asintió.
—Ok… lo acepto.
Carla continuó.
—Tercero: el bebé de María. Si Pablo oye algo raro, el bebé puede “llorar” en el momento justo. María, si escuchás un ruido fuerte o un gemido que se filtre, hacé que el bebé llore. Eso tapa todo y da una excusa natural.
María sonrió con picardía.
—Perfecto. Y si llora de verdad… mejor todavía. Pablo va a estar pendiente del bebé y no de la puerta.
Laura respiró hondo.
—¿Y si pregunta por qué tardo tanto?
Carla respondió rápido.
—María le dice que Carla está “terminando con otra paciente” o que “hay que esperar a que el monitor registre bien las contracciones de práctica”. Algo aburrido y médico que no lo haga sospechar.
Valentina, que no estaba presente pero había estado en el grupo de WhatsApp, había mandado un mensaje antes:
“Si querés, yo puedo ir también. Me siento en la sala de espera y ayudo a María a distraerlo. Tres personas hablando de bebés lo van a tener ocupado.”
María miró a Laura.
—¿Te parece? Valentina es buena para hablar de cualquier cosa. Puede contar anécdotas de sus hijos, mantenerlo entretenido.
Laura pensó un segundo y asintió.
—Sí. Que venga Valentina. Cuantos más seamos afuera, menos atención pone él en la puerta.
Carla anotó todo mentalmente y resumió:
—Entonces:

Laura llega con Pablo a las 18:20.
María y Valentina ya están en la sala de espera con el bebé.
Entran Laura y Pablo. Pablo se queda afuera con María y Valentina.
Yo abro la puerta del consultorio, te hago pasar, Laura, y cierro con llave.
Adentro: siete hombres esperando, limpios en apariencia pero sucios como siempre. Todo suave para vos: penetración vaginal lenta, mucho contacto, palabras lindas, nada de doble ni anal fuerte.
Afuera: María y Valentina hablando sin parar de bebés, maternidad, cunas, nombres… si hay ruido, el bebé “llora” o ellas suben la voz.
Duración aproximada: hora y media a dos horas.
Salida: yo te hago pasar a la sala de recuperación contigua para que te limpies rápido y salgas “normal”. Pablo no va a sospechar nada.

Laura se quedó callada un momento, mirando el suelo.
—Tengo miedo… pero también… me excita tanto que me da vergüenza admitirlo. Mentirle a Pablo, tenerlo esperando afuera mientras yo… —bajó la voz— mientras siete hombres me usan adentro. Con Carla cuidándome. Es como si estuviera traicionándolo… y eso me prende más.
María le apretó la mano.
—Todos sentimos eso al principio. La culpa es parte del fuego. Pero no le estás haciendo daño. Solo estás tomando algo que tu cuerpo necesita. Y después del parto… vas a necesitarlo más.
Carla sonrió con esa calma suya.
—Todo está planeado. Si algo sale mal, tenemos plan B: digo que “surgió una urgencia con otra paciente” y terminamos rápido. Pero creo que va a salir perfecto.
Las tres se miraron.
Laura soltó un suspiro tembloroso.
—Está bien. Lo hacemos. El sábado a las 18:30.
María levantó el mate en un brindis silencioso.
—Tu última orgía antes de ser mamá de nuevo. Va a ser inolvidable.
Carla cerró la carpeta de turnos y las miró a las dos.
—Entonces está decidido. Nos vemos el sábado. Y Laura… disfrutalo. Te lo merecés.
Se abrazaron antes de salir.
Laura caminó hacia la salida del hospital con el corazón latiendo fuerte.
En cuatro días iba a mentir a su marido, iba a entrar al consultorio de su ginecóloga… y mientras él esperaba afuera con María y Valentina, ella iba a ser follada por siete indigentes sucios bajo la supervisión cariñosa de Carla.
Y lo quería.
Lo quería con todo su ser.

 

El Gangbang Exclusivo de Laura – El Sábado en el Consultorio
El sábado llegó con una tensión que se podía cortar con cuchillo.
Laura se miró al espejo una última vez antes de salir. Vestido negro amplio de algodón (fácil de subir), sin ropa interior, zapatos bajos. El vientre de siete meses y medio prominente, la piel brillante de crema hidratante. Se sentía hermosa, vulnerable y ardiendo por dentro. Pablo la esperaba en la puerta del auto.
—¿Segura que no querés que entre? —preguntó él por tercera vez.
Laura sonrió con dulzura fingida.
—No, amor. Es protocolo. Carla dice que con el Doppler y el monitoreo es mejor sola. Pero te espero en una hora y media, dos como mucho. Andá a tomar algo en el bar de la esquina si querés.
Pablo suspiró, pero asintió.
—Está bien. Te espero en la sala de espera. Cualquier cosa, me mandás mensaje.
Laura le dio un beso rápido en la mejilla y bajó del auto con el corazón latiéndole en la garganta.
Cuando entró al ala de ginecología, María y Valentina ya estaban sentadas en la sala de espera. María con el bebé dormido en el cochecito, Valentina con una revista en la mano que claramente no estaba leyendo. Las tres se miraron y sonrieron con complicidad nerviosa.
Pablo llegó dos minutos después, saludó a María y Valentina con sorpresa.
—Qué lindo verlas. ¿También vinieron por control?
María rio suave.
—No, yo solo vine a acompañar a Laura y a ver a Carla por una duda mía. Y Valentina se sumó porque estaba cerca.
Pablo se sentó, relajado. Las tres mujeres empezaron a charlar de bebés, cunas, nombres, pañales… un torrente ininterrumpido de conversación inocente que lo mantuvo ocupado.
Laura entró al consultorio. Carla cerró la puerta con llave, bajó las persianas y puso un cartel de “Consulta en curso – No molestar”.
Adentro esperaban los siete hombres.
Estaban sentados en sillas y en la camilla auxiliar: el anciano principal, el gordo de barba larga, el alto de piel oscura, más cuatro que Laura ya conocía de sesiones anteriores. Todos con olor fuerte a calle, sudor acumulado, pies sin lavar, axilas rancias. Pero limpios en apariencia: camisas abotonadas, pantalones sin manchas visibles. Carla había sido clara: “Nada que pueda dejar marcas o que Pablo note al salir”.
Carla se acercó a Laura y le acarició el brazo.
—Todo está listo, mi amor. Siete hombres solo para vos. Todo suave, todo lento, todo para que disfrutes sin riesgo. Si en cualquier momento querés parar o cambiar algo, decís la palabra. ¿Estás lista?
Laura asintió, temblando de anticipación.
—Quiero sentirlos… quiero sentirlos a todos… pero cuidándome.
Carla sonrió y dio la orden.
—Despacio, muchachos. Es su reina embarazada. Nada brusco.
El gangbang suave y exclusivo
Laura se recostó en la camilla ginecológica, piernas abiertas en los estribos, vestido subido hasta la cintura, vientre hacia arriba. Carla le puso una almohada extra bajo la cabeza y otra bajo la cintura para que estuviera cómoda.
El anciano principal fue el primero.
Se acercó, se bajó los pantalones y mostró la polla venosa, gruesa, con prepucio retraído y una capa de esmegma blanquecino que olía fuerte a queso rancio y sexo viejo. No entró de golpe. Primero frotó el glande despacio contra los labios del coño de Laura, untándola con esa crema sucia.
—Mirá cómo te preparo, reina… te estoy dejando mi olor antes de entrar. Tu conchita hermosa… toda mojada para un viejo sucio como yo.
Laura gimió bajito cuando sintió el glande empujar. Entró centímetro a centímetro, despacio, llenándola sin llegar nunca al fondo. Se quedó quieto un momento, dejándola sentirlo.
—Ahí está… toda adentro… —susurró—. Sentí cómo te lleno suave, preciosa. Sos una madre hermosa… y una puta hermosa al mismo tiempo.
Empezó a moverse con embestidas lentas, circulares, rozando cada pared interna. Laura suspiró, manos en su vientre, sintiendo las pataditas del bebé mientras era penetrada con tanto cuidado.
El alto de piel oscura se acercó por el lado. Le besó el cuello, las tetas, lamió los pezones hinchados con lengua suave.
—Qué tetas tan llenas… qué ricas… dejame chuparlas mientras te cuidan, reina.
El gordo de barba larga se arrodilló al lado y lamió el clítoris de Laura en círculos lentos, lengua plana y cálida. Al mismo tiempo, le acariciaba el vientre con manos ásperas pero gentiles.
—Estás preciosa así… embarazada y abierta para nosotros… dejame saborearte despacito.
Los otros cuatro hombres se acercaron, rodeándola. Uno le metió la polla en la mano para que lo masturbiera despacio. Otro le acercó la cara a sus axilas sudadas para que oliera. Otro le besó los pies, lamiendo las plantas que todavía conservaban el olor del día.
—Oleme los pies, reina… dejame probar ese sudor de mujer fina que se guardó para nosotros…
Laura inhaló profundo, lamió la planta de ese pie negro y mugriento, sabor salado y ácido llenándole la boca mientras el anciano seguía moviéndose dentro de ella.
Carla supervisaba todo: chequeaba el ritmo cardíaco del bebé con el Doppler de vez en cuando, ajustaba las almohadas, susurraba palabras de aliento.
—Estás hermosa, Laura… mirá cómo te cuidan… disfrutá cada centímetro…
Rotación lenta y adoración
Los hombres rotaban cada diez-quince minutos.
Cada uno entraba en su coño con la misma lentitud reverente, la misma profundidad controlada. Ninguno empujaba fuerte. Todos hablaban bajito, alabándola:
—Qué conchita tan caliente… tan mojada para nosotros…
—Sos una reina embarazada… una diosa que se entrega…
—Mirá cómo te llenamos despacito… sin lastimarte… solo para darte placer…
Laura se corrió tres veces durante la hora y media.
La primera: un orgasmo suave pero largo, temblando alrededor de la polla del alto, chorro tibio que mojó la camilla.
La segunda: mientras dos hombres le chupaban las tetas y otro le lamía el clítoris, con la polla del gordo moviéndose despacio dentro. Gimió contra la mano de Carla que le tapaba la boca para amortiguar.
La tercera: cuando el anciano volvió a entrar y se quedó quieto, solo pulsando dentro de ella, mientras los demás le besaban el vientre, los pies, las axilas. Un orgasmo profundo, silencioso, que la dejó temblando y llorando de placer.
Al final, los siete se corrieron uno por uno sobre su vientre y tetas —chorros calientes y espesos, grumosos por la edad y la suciedad—, dejando su piel brillante y pegajosa. Ninguno eyaculó dentro para no dejar rastros que Pablo pudiera notar.
Carla la limpió con toallitas húmedas, le ayudó a bajar de la camilla, le bajó el vestido y le acomodó el pelo.
—Estás radiante, mi amor. Nadie va a sospechar nada.
Laura se miró en el espejo pequeño del consultorio: cara sonrojada, ojos brillantes, olor a sexo suavizado por el desinfectante que Carla había rociado. Se sentía completa.
Salió del consultorio a las 20:15.
Pablo estaba en la sala de espera hablando con María y Valentina. El bebé había llorado un par de veces “justo a tiempo” para tapar algún gemido lejano.
—¿Todo bien, amor? —preguntó Pablo, levantándose.
Laura sonrió, cansada pero feliz.
—Todo perfecto. El bebé está bárbaro. Vamos a casa.
Mientras caminaban hacia el auto, Laura sintió el semen seco entre los muslos, el olor sutil de los hombres todavía en su piel bajo el vestido. Pablo le tomó la mano.
—Te veo contenta. ¿Fue lindo el control?
Laura apretó su mano.
—Fue… inolvidable.
Y en su mente, ya empezaba a pensar en cuándo podría volver.

Tres meses después del parto, Laura había vuelto a una rutina que, en la superficie, parecía idéntica a la de cualquier madre primeriza de barrio.
El bebé —un varón gordito y tranquilo al que habían llamado Mateo— dormía plácidamente en el carrito mientras ella caminaba despacio por el parque de Quilmes. Era una tarde de jueves soleada pero fresca, el tipo de día en que las madres jóvenes salen a tomar aire, a estirar las piernas, a fingir que el mundo sigue siendo simple y ordenado.
Laura llevaba un jogging gris holgado, zapatillas blancas, una remera suelta y el pelo recogido en un rodete desprolijo. Tenía ojeras suaves bajo los ojos, pero también esa luz especial que tienen las madres recientes. Para cualquiera que la viera pasar empujando el carrito, era solo eso: una señora recatada, responsable, agotada y feliz.
Entonces lo vio.
Estaba sentado en uno de los bancos del sendero principal, el mismo que ella usaba para descansar cuando Mateo se ponía inquieto. El alto de piel oscura, uno de los siete del gangbang en el consultorio. El que le había besado el cuello y chupado los pezones mientras los demás la penetraban despacio. Llevaba la misma campera rota de siempre, barba sin cuidar, manos grandes y ásperas apoyadas en las rodillas. Cuando la vio acercarse, sus ojos se iluminaron con una sonrisa lenta, casi tierna.
Laura sintió que el corazón le saltaba al pecho. Miró alrededor rápido: madres con carritos, un par de jubilados caminando, un perro corriendo detrás de una pelota. Nadie prestaba atención.
Él se levantó despacio, como si no quisiera asustarla, y caminó hacia ella con las manos en los bolsillos.
—Buenas tardes, reina… —dijo en voz baja, casi un susurro—. Mirá qué linda mamá estás hecha.
Laura se detuvo. El carrito quedó entre los dos, como una barrera simbólica. Mateo dormía profundamente, ajeno a todo.
Ella intentó mantener la voz neutra, pero le salió temblorosa.
—No deberías hablarme acá… hay gente.
Él sonrió más amplio, mostrando dientes amarillentos.
—Tranquila, señora. Nadie nos mira. Solo dos personas charlando en el parque. Una madre paseando a su bebé… y un viejo que la saluda de lejos. —Bajó la voz aún más—. Pero yo sé quién sos de verdad debajo de ese jogging y esa cara de “todo bien”.
Laura sintió un calor traicionero subirle por el cuello. Miró de reojo: una señora mayor pasaba empujando su propio carrito, pero ni siquiera levantó la vista.
—¿Qué querés? —preguntó ella, fingiendo revisar la mantita de Mateo.
Él se acercó un paso, lo justo para que solo ella lo oyera.
—Solo charlar, reina. Verte así… toda recatada, toda mamá ejemplar… me pone duro solo de mirarte. —Hizo una pausa, miró el carrito—. Mirá lo que tenés ahora: un bebito hermoso, un marido que te espera en casa, la vida perfecta… y sin embargo yo sé lo que te gusta de verdad.
Laura apretó el manubrio del carrito con más fuerza.
—No hables tan alto —susurró, pero no se alejó.
Él rio bajito, un sonido ronco y cálido.
—No hablo alto. Hablo para vos sola. —Se inclinó un poco más—. ¿Te acordás de cómo te llenamos despacito en el consultorio? Siete pijas negras entrando y saliendo de tu conchita embarazada… suave, lento, para no lastimarte. Y vos gimiendo bajito, con la mano de Carla tapándote la boca para que tu marido no oyera nada desde afuera. ¿Te acordás del olor? ¿De cómo te chorreaba por los muslos cuando terminamos?
Laura cerró los ojos un segundo. El recuerdo la golpeó como una ola caliente. Sintió que se le humedecía la tanga debajo del jogging.
—Sí… me acuerdo —admitió en un susurro.
Él asintió, satisfecho.
—Ahora estás acá, paseando como señora decente… pero yo sé que debajo de esa ropa de mamá seguís siendo la misma puta fina que se abrió para nosotros. —Miró el carrito, luego volvió a ella—. Y también sé que extrañás. Que cuando tu marido te toca (si es que todavía te toca), pensás en nosotros. En cómo olíamos. En cómo te llenábamos. En cómo te hacíamos sentir deseada de verdad.
Laura respiró agitada. Miró alrededor otra vez. Nadie los miraba. Una pareja joven pasó caminando de la mano, hablando de sus cosas. El mundo seguía girando como si nada.
—No puedo… —dijo ella, pero sonó débil—. Tengo un bebé. Tengo responsabilidades. No puedo volver a…
Él levantó una mano, sin tocarla.
—No te estoy pidiendo que vengas ahora. Solo te estoy diciendo la verdad. —Bajó la voz aún más, casi un ronroneo—. Tu cuerpo no miente, reina. Mirá cómo se te erizaron los pezones debajo de la remera. Mirá cómo apretás el carrito para no tocarte. Vos sabés que cuando el bebé duerma la siesta y tu marido esté en el trabajo… vas a pensar en esto. Y vas a mojarte. Y algún día vas a querer volver.
Laura tragó saliva. El calor entre sus piernas era imposible de ignorar.
—¿Y si digo que no? —preguntó, casi desafiante.
Él sonrió con calma.
—Entonces seguís paseando con tu carrito, siendo la mamá perfecta. Pero cada vez que mires el parque, cada vez que pases por este banco… vas a recordar que yo estuve acá, diciéndote lo puta que sos debajo de esa cara de señora recatada. Y eso solo va a hacer que te mojes más.
Hizo una pausa, la miró fijo.
—No te estoy apurando, reina. Solo te estoy recordando quién sos cuando nadie te ve. Y cuando estés lista… ya sabés dónde encontrarnos.
Laura no respondió. Solo apretó el manubrio con más fuerza. El bebé se movió un poco en el carrito, soltó un suspiro dormido.
El hombre dio un paso atrás, levantó la mano en un saludo casual, como si fuera un conocido cualquiera.
—Cuídate mucho, señora. Y al pequeño también. Nos vemos… cuando vos quieras.
Dio media vuelta y se alejó despacio por el sendero, sin mirar atrás.
Laura se quedó parada un largo rato, mirando cómo se perdía entre los árboles. El corazón le latía en los oídos. Entre las piernas sentía una humedad caliente que empapaba la tela del jogging.
Empujó el carrito y siguió caminando.
Pero ya no era la misma mamá que había salido de casa media hora antes.
Ahora llevaba un secreto nuevo, fresco, ardiente.
Y sabía que, tarde o temprano, iba a volver a buscarlo.

 

Tres semanas después de aquel encuentro casual en el parque, Laura ya no podía engañarse más.
Cada vez que empujaba el carrito por el mismo sendero, su cuerpo reaccionaba antes que su mente: los pezones se le endurecían bajo la remera, sentía un cosquilleo húmedo entre las piernas, y la imagen de aquel hombre alto y oscuro sentado en el banco volvía una y otra vez. Mientras amamantaba a Mateo en la mecedora, mientras cambiaba pañales, mientras su marido le daba un beso distraído antes de irse a trabajar, ella pensaba en el olor rancio de su piel, en cómo le había dicho “sos una puta fina debajo de esa cara de señora recatada”, en cómo su voz ronca le había hecho apretar los muslos.
Una mañana, mientras Pablo se despedía en la puerta con el termo en la mano, Laura sintió que ya no podía esperar más.
—Hoy voy a dejar a Mateo con mi mamá —le dijo con voz casual—. Necesito salir un rato, hacer unas compras, despejarme.
Pablo sonrió, ajeno a todo.
—Dale, amor. Te hace bien. Descansá un poco. Yo llego a las 19 como siempre.
Laura sonrió de vuelta, pero por dentro temblaba.
A las 10:30 dejó a Mateo con su madre (“Voy al centro a buscar unas cosas para la casa, vuelvo antes de la cena”). A las 11:00 mandó un mensaje al número que el indigente le había dejado escrito en un papel arrugado aquella tarde en el parque.
“Necesito verte. Hoy. En mi casa. 13 hs. Solo vos. Nadie más. Mi marido trabaja hasta las 19. Vení limpio de ropa pero sucio como siempre. No toques el timbre, mandame mensaje cuando estés en la puerta.”
La respuesta llegó en menos de un minuto.
“Ya voy, reina. Preparate para mí.”
Laura pasó las siguientes dos horas en un estado de ansiedad febril. Se duchó, pero no se perfumó. Se puso un vestido sencillo de algodón gris, sin corpiño ni tanga, solo para que fuera fácil de subir. Limpió la sala de estar con manos temblorosas, como si quisiera que todo estuviera “normal” antes de profanarlo otra vez. Cuando miró el reloj —12:58— sintió que el corazón le salía por la boca.
El mensaje llegó:
“Estoy en la puerta trasera. La del garage.”
Laura abrió la puerta del fondo con el pulso acelerado.
Allí estaba él. El alto, el de piel oscura, el que le había besado el cuello mientras los demás la penetraban despacio en el consultorio. Llevaba una camiseta vieja y unos pantalones sucios, pero se había afeitado la barba y olía levemente a jabón barato. Sin embargo, cuando se acercó, el olor real llegó: sudor acumulado bajo las axilas, entrepierna sin lavar, pies que habían caminado kilómetros sin ventilación. Ese olor que ella había extrañado tanto.
Entró sin decir nada al principio. Cerró la puerta detrás de él. Miró alrededor: fotos de familia en las paredes, juguetes de los hijos mayores en un rincón, el cochecito de Mateo todavía en la entrada.
—Mirá dónde estamos, reina… —murmuró, voz baja y ronca—. En tu casa. Donde criás a tus hijos. Donde tu marido duerme. Y vos me trajiste acá.
Laura tragó saliva. El calor entre sus piernas era insoportable.
—No tenemos mucho tiempo —susurró—. Hasta las 18:30 como mucho. Pablo llega a las 19.
Él sonrió lento, dio un paso hacia ella.
—No te preocupes. No vine a quedarme a cenar. Vine a darte lo que necesitás.
Se acercó más, sin tocarla todavía. Solo dejó que su olor la envolviera.
—¿Te acordás de cómo te llenamos en el consultorio? —preguntó, bajando la voz—. Siete pijas negras entrando y saliendo de tu conchita embarazada… suave, despacito… y vos gimiendo bajito para que tu marido no oyera nada desde afuera.
Laura cerró los ojos un segundo, el recuerdo la golpeó como una ola.
—Sí… me acuerdo.
Él se inclinó hasta que su boca estuvo a centímetros de su oído.
—Ahora estás acá, en tu casa, con tu bebito recién nacido durmiendo en lo de la abuela… y me dejaste entrar. —Le rozó el cuello con la nariz, inhalando—. Todavía tenés olor a mamá… a leche, a talco… pero yo sé lo que hay debajo. Sé que esa conchita que ahora amamanta a tu hijo… sigue mojándose cuando piensa en pijas sucias como la mía.
Laura tembló. Sintió que la humedad le corría por los muslos internos.
—¿Qué querés que haga? —preguntó él, sin tocarla aún—. Decime, reina. ¿Querés que te huela primero? ¿Que te lama los pies que hoy caminaste con el carrito? ¿Que te meta la lengua en esa conchita que tu marido casi no toca desde que pariste? ¿O querés que te folle despacio en el sofá donde ves tele con tus hijos?
Laura abrió los ojos. Miró alrededor: el living donde jugaban Mateo y sus hermanos mayores, el sofá donde se acurrucaban los domingos, la mesa donde cenaban en familia.
Y sin embargo, ahí estaba ella, con el vestido ya subido hasta la cintura, sin nada debajo, temblando de deseo.
—Quiero todo —susurró—. Pero despacio… como antes. Quiero sentirte… quiero olerte… quiero que me digas lo puta que soy mientras me cuidás.
Él sonrió, satisfecho.
—Entonces vení, reina. Vamos a tu sofá. Vamos a profanar tu casa despacito… para que después, cada vez que te sientes acá con tu familia, te acuerdes de cómo te llené mientras tu marido trabajaba.
Laura lo tomó de la mano y lo llevó al living.
Y cuando se sentó en el sofá donde tantas noches había visto películas con Pablo, abrió las piernas despacio, ofreciéndose.
El hombre se arrodilló frente a ella.
Y la tarde apenas comenzaba.

 

Laura se sentó en el sofá del living, el mismo donde tantas noches se acurrucaba con Pablo a ver series o donde Mateo jugaba en su manta cuando estaba despierto. El vestido gris de algodón se le subió hasta los muslos al cruzar las piernas, y ella no hizo nada por bajarlo. El hombre alto y de piel oscura se paró frente a ella, mirándola de arriba abajo como si fuera un premio que había esperado mucho tiempo.
—Mirá dónde estamos, reina —dijo él, voz ronca y baja, casi un ronroneo—. En tu living familiar. Donde tus hijos juegan, donde tu marido se sienta a ver tele. Y vos, toda mamá recatada con tu bebé recién nacido… me abrís la puerta trasera para que te folle.
Laura tembló. El olor de él ya la envolvía: sudor rancio concentrado en las axilas, como cebolla vieja mezclada con sal; entrepierna sin lavar durante días, un toque ácido y animal que le llegaba cada vez que se movía; pies que habían caminado por calles sucias, oliendo a tierra húmeda y queso fermentado. Era un olor que debería repelerla, pero que le hacía apretar los muslos.
—No tenemos mucho tiempo —susurró ella, mirando el reloj de pared—. Pablo llega a las 19. Mi mamá tiene a Mateo hasta las 18:30. Si alguien llega temprano…
Él rio bajito, se desabrochó el pantalón despacio.
—Ese es el riesgo que te excita, ¿no? Que tu marido toque la puerta mientras yo te estoy rompiendo. Que tu mamá llame y vos estés acá, con la conchita llena de pija negra sucia. Sos una puta casada, reina. Una mamá que finge ser decente pero que abre las piernas para un viejo de la calle.
Laura sintió un chorro de humedad bajarle por el interior de los muslos. Se abrió el vestido por delante, dejando expuesto su cuerpo posparto: tetas hinchadas y sensibles por la lactancia, vientre todavía suave con estrías recientes, coño depilado pero con un olor natural acumulado del día —sudor femenino, un toque salado que se mezclaba con el de él.
El hombre se arrodilló frente a ella, le separó las piernas con manos grandes y ásperas. Acercó la nariz a su coño y inhaló profundo.
—Uffff… mirá este olor a mamá en celo. Sudada, caliente… como si hubieras estado esperando esto todo el día. Tu marido no te toca hace meses, ¿no? Y vos acá, oliendo a conchita que necesita pija sucia.
Laura gimió cuando sintió la lengua de él lamerla despacio, plana y ancha, recorriendo los labios hinchados, metiéndose en los pliegues. El sabor de ella era dulce y salado, pero él lo mezclaba con su saliva espesa, dejando hilos babosos que resbalaban por su raja.
—Sos una puta familiar, reina —murmuró él entre lamidas—. Mirá cómo te mojo más… imaginá si tu marido llega temprano y te encuentra así, con la lengua de un negro sucio metida en tu conchita de esposa fiel.
Laura miró el reloj: 13:15. Tiempo de sobra, pero el riesgo la ponía al borde. Empujó la cabeza de él contra su coño, gimiendo bajito.
—Más… hablame más sucio…
Él levantó la cabeza, cara brillante de sus jugos, y se desabrochó del todo. Su polla salió pesada, gruesa, venosa, con el prepucio retraído y una capa blanquecina de esmegma acumulado que olía fuerte a queso rancio y orina seca. Frotó el glande contra su entrada, untándola con esa crema pegajosa.
—Mirá esto, reina… mi pija sucia para tu conchita de mamá. Te voy a entrar despacito, porque acabás de parir, pero te voy a llenar hasta que sientas cada vena. Imaginá si tu mamá toca el timbre ahora, con el bebé en brazos, y vos acá, abriéndote para un desconocido que te huele a calle.
Laura jadeó cuando sintió el glande empujar. Entró despacio, centímetro a centímetro, la polla gruesa abriéndola con una intensidad suave pero profunda. No embestía fuerte; se movía lento, circular, rozando cada pared interna, dejando que ella sintiera el calor, la aspereza, el olor que subía cada vez que salía un poco.
—Ahí está… toda adentro —gruñó él—. Mirá cómo te lleno, puta casada. Tu conchita que parió un bebé hace tres meses… ahora apretando pija negra sucia. Sos una zorra familiar, reina. Fingís ser decente, pero extrañabas esto, ¿no? Extrañabas el olor a pija sin lavar, el sabor a esmegma rancio en la lengua.
Laura gimió más fuerte, manos apretando los cojines del sofá. El reloj marcaba 13:25. Tiempo suficiente, pero el pensamiento de Pablo llegando temprano —o de su mamá llamando porque Mateo lloraba— la ponía al borde. Empujó las caderas hacia arriba, pidiendo más profundidad.
—Más sucio… decime más… —suplicó.
Él aceleró un poco, pero siempre controlado, penetración intensa pero suave, rozando su punto G con cada movimiento.
—Sos una mamá puta, reina. Imaginá si tu marido entra ahora y te ve: piernas abiertas en el sofá familiar, con un negro sucio follándote despacito. O si tu mamá toca el timbre y vos estás chorreando mi leche por los muslos. Sos una esposa infiel, una madre degradada… pero mirá cómo aprietas, cómo gemís. Te encanta el riesgo, ¿no? Te encanta ser mi puta secreta.
Laura se corrió primero: un orgasmo profundo, tembloroso, chorro caliente salpicando la polla de él, cuerpo convulsionando mientras apretaba el vientre con las manos. Lágrimas de placer le rodaron por las mejillas.
Él no se detuvo. Siguió moviéndose lento, intenso, hasta que sintió su propio clímax subir.
—Tomá mi leche, reina… toda adentro para que te lleves un recuerdo —gruñó, vaciándose en chorros calientes y espesos, llenándola hasta que rebosó por los bordes, goteando al sofá.
Laura jadeó, sintiendo cada pulsación, el calor esparciéndose dentro de ella. Miró el reloj: 13:45. Tiempo de sobra, pero el riesgo la había hecho correrse más fuerte que nunca.
Él salió despacio, polla goteando, y se sentó al lado de ella. Le besó el cuello, oliéndola.
—Sos preciosa, reina… una mamá puta que necesita más. Cuando quieras volver… solo decime.
Laura se quedó tirada un momento, sintiendo el semen escapársele despacio, manchando el sofá familiar. Luego se levantó, se limpió rápido en el baño y lo acompañó a la puerta trasera.
—Volve pronto —susurró él antes de irse.
Laura cerró la puerta, miró el living —el sofá manchado, el olor a sexo todavía flotando— y sintió una oleada de culpa mezclada con éxtasis.
Pero ya sabía que lo haría de nuevo.

Después del encuentro en el living de su casa, Laura no pudo parar de pensar en él. El hombre alto y de piel oscura se había ido a las 16:30, dejando solo un rastro de olor rancio en el sofá y un calor persistente entre sus piernas. Pablo llegó a las 19 en punto, besándola en la mejilla como siempre, comentando algo del trabajo mientras ella preparaba la cena. Laura sonrió, respondió con frases automáticas, pero por dentro bullía. El riesgo —la posibilidad de que su mamá llamara antes o que Pablo regresara temprano— no la había asustado tanto como la había encendido. Ese día había sido suave, controlado, pero ahora quería más. Quería rudo, duro, salvaje. Quería sentir el peligro no solo como una amenaza lejana, sino como algo que pudiera explotarle en la cara en cualquier momento.
Esa noche, mientras Pablo roncaba a su lado, Laura se tocó despacio bajo las sábanas, recordando no solo el sexo, sino el miedo mezclado con placer. “¿Y si alguien llega temprano?”, había pensado mientras él la penetraba. Ese pensamiento la había hecho correrse más fuerte que nunca. Ahora, el morbo había despertado algo nuevo en ella: una sed de riesgo real, de humillación al límite, de romper los últimos tabúes que quedaban en su vida “normal”. No bastaba con un encuentro discreto. Quería exponerse más, sentir el peligro latiendo cerca, como un corazón ajeno en su propia casa.
Al día siguiente, después de dejar a Mateo con su mamá para “hacer trámites”, Laura fue al parque. Sabía que él estaría allí, en el mismo banco. Lo vio de lejos: sentado, fumando un cigarro liado, mirando pasar la gente con esa calma de quien no tiene prisa en la vida.
Se sentó a su lado sin decir nada al principio. Él la miró, sonrió lento.
—Volviste pronto, reina. ¿Extrañabas ya?
Laura miró alrededor: madres con carritos, un grupo de adolescentes jugando al fútbol, nadie prestando atención.
—Sí —admitió en voz baja—. Pero quiero más. Más rudo. Más duro. El riesgo de que alguien llegue temprano… me encendió como nada antes. Quiero sentir eso de nuevo, pero más fuerte.
Él apagó el cigarro en el suelo y la miró fijo, ojos oscuros evaluándola.
—Decime qué querés, entonces. Soy todo oídos.
Laura respiró hondo, el corazón latiéndole fuerte.
—Quiero que sea en mi casa de nuevo. Pero esta vez… a medianoche. En el patio trasero, cerca de los contenedores de basura. Que traigas a dos amigos más. Los más sucios que tengas. Quiero que sea rudo, que me usen sin piedad, que me rompan como nunca. Pero con cuidado de no hacer ruido fuerte… mi marido y mis hijos van a estar durmiendo adentro.
Él levantó una ceja, sorprendido pero excitado.
—Mirá vos… la mamá recatada quiere un gangbang en su patio, al lado de la basura, con su familia durmiendo a metros. —Rio bajito—. Eso es subir la apuesta, reina. ¿Y si alguien se despierta? ¿Si tu marido oye un gemido y sale con la escopeta?
Laura sintió un chorro de humedad al imaginarlo. El riesgo era lo que la ponía al borde.
—Ese es el morbo. Quiero sentir que en cualquier momento todo puede explotar. Pero lo planeamos bien. Vos traés a tus amigos. Yo dejo la puerta del patio trasero sin llave. Llegan a las 00:30, cuando todos duermen. Hacemos todo en silencio: nada de gritos, nada de golpes fuertes. Usen las manos, las bocas, pero controlado. Si oigo ruido adentro, paramos y se van por el fondo.
Él asintió despacio, pensando.
—Está bien. Traigo a dos que conozco bien: uno gordo, con olor a axilas que marea, y otro flaco pero con pija gruesa y esmegma acumulado como para untarte entera. Los dos son discretos, saben callar la boca. Llegamos a las 00:30. Entramos por el patio, nos ponemos cerca de los contenedores para que sea más sucio, más humillante para una señora como vos. Te follamos rudo: doble, triple si te animás, escupitajos, lamidas brutas… pero en silencio. Solo gemidos bajitos, como susurros. Si oímos algo adentro, nos vamos por la reja de atrás.
Laura sintió un escalofrío de miedo y deseo. El patio trasero era pequeño, con los contenedores de basura al fondo, cerca de la ventana de la habitación de sus hijos mayores. Si Mateo lloraba, si Pablo se despertaba para ir al baño, si un vecino oía algo… todo se acababa. Pero justamente por eso lo quería.
—Perfecto —susurró—. Y deciles que me hablen sucio, que me digan lo puta que soy por hacer esto en mi propia casa, con mi familia durmiendo al lado. Quiero sentir la humillación.
Él sonrió, satisfecho.
—Se los digo. Va a ser inolvidable, reina. Vas a estar gimiendo bajito mientras te rompen al lado de la basura, pensando que tu marido puede salir en cualquier momento. —Hizo una pausa—. ¿Estás segura? Una vez que empecemos, no hay vuelta atrás.
Laura miró al suelo, el pecho subiendo y bajando rápido.
—No estoy segura de nada. Tengo miedo… miedo de que me descubran, de perder todo. Pero también… nunca me sentí tan viva. Tan deseada. Tan yo. Quiero esto. Lo necesito.
Él le dio un papel con el horario confirmado.
—Nos vemos a las 00:30, reina. Preparate.
Laura se levantó y se alejó empujando un carrito vacío que había llevado como excusa. Mientras caminaba de vuelta a casa, sentía el calor entre las piernas, la adrenalina corriendo por sus venas. El plan estaba hecho. El patio trasero, los contenedores de basura, tres hombres sucios a medianoche, su familia durmiendo adentro.
El riesgo era real. Y eso era lo que la hacía sentir más viva que nunca.

4 Lecturas/14 junio, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: amigos, anal, hermanos, madre, mayor, mayores, orgia, sexo
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