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Dominación Mujeres, Fetichismo, Infidelidad

La doctora elena y los mendigos 6 – Sexo al lado de los contenedores de basura

Laura tiene sexo en el patio trasero al lado de los contenedores de basura de su casa con un grupo de mendigos..
Laura se despertó a las 00:15 con el corazón latiéndole fuerte. Pablo roncaba a su lado, los hijos mayores dormían en sus habitaciones, Mateo en la cuna junto a la cama. La casa estaba en silencio absoluto, salvo el tic-tac del reloj de la cocina. Se levantó despacio, se puso un camisón viejo de algodón que le llegaba a las rodillas —fácil de subir, fácil de quitar— y bajó las escaleras sin hacer ruido. Cada crujido de la madera la hacía parar, mirando hacia arriba por si alguien se despertaba.
Llegó al patio trasero por la puerta de la cocina. El aire fresco de la noche la golpeó, pero no tanto como el nerviosismo. Los contenedores de basura estaban al fondo, cerca de la reja oxidada que daba a un callejón oscuro. Ahí era donde había dicho que se encontrarían. Miró el teléfono: 00:28. Mandó un mensaje rápido: “Estoy afuera. Entren por la reja”.
Tres sombras se materializaron en la oscuridad. El alto de piel oscura fue el primero en saltar la reja baja, seguido de dos amigos: uno gordo, con panza colgante y olor a axilas que mareaba desde metros, y un flaco venoso, con prepucio largo y sucio que Laura recordaba de sesiones pasadas. Los tres olían fuerte: sudor concentrado de días sin ducha, pies sin ventilar, entrepiernas fermentadas como queso viejo mezclado con vinagre y orina seca.
El alto la agarró por la cintura sin decir nada, la empujó contra el contenedor de basura frío y oxidado, y le levantó el camisón de un tirón.
—Mirá dónde estamos, puta casada —gruñó él, voz baja pero dura—. En tu patio trasero, al lado de la basura que tirás todos los días, con tu marido y tus hijos durmiendo adentro. Sos una mamá zorra que pide pija ruda en el lugar donde guardás la mierda.
Laura jadeó cuando sintió la mano áspera del gordo separándole las nalgas. No hubo preliminares suaves. El alto escupió un gargajo espeso directo en su ano y empujó su polla gruesa de un tirón brutal, rompiéndole el culo sin piedad. El dolor ardiente se mezcló con placer masoquista, y Laura mordió su propio brazo para no gritar.
—Shhh… callate, reina puta —susurró el alto, embistiendo con fuerza—. Tu marido podría oírte y salir con la linterna. Imaginá si te ve así: culo abierto por negro sucio, al lado de la basura, mientras tus hijos duermen arriba.
El gordo se colocó frente a ella, le abrió la boca con dedos gordos y sucios, y le metió la polla venosa hasta la garganta. Olía fuerte ahí abajo: prepucio retraído con esmegma blanquecino acumulado, como crema rancia y amarga que se pegaba a su lengua. Laura se atragantó, lágrimas rodándole por las mejillas, pero succionó con avidez, saboreando la sal y el regusto podrido.
—Tragá, mamita fina —gruñó el gordo—. Mirá cómo te follan la boca como a una puta callejera. Tu marido cree que sos una esposa decente, pero acá estás, chupando pija sucia al lado de tu basura.
El flaco se unió por debajo: le levantó una pierna y empujó su polla en su coño de un solo movimiento rudo, doble penetración que la hizo sentir partida en dos. Las dos pollas se rozaban dentro de ella a través de la pared delgada, embestidas fuertes y descoordinadas, fluidos goteando por sus muslos: jugos de ella, escupitajos, semen precoz.
—Sos una madre zorra —dijo el flaco, mordiéndole el cuello—. Tu marido duerme arriba y vos acá, dejando que tres negros sucios te rompan al lado de la basura. Imaginá si uno de tus hijos se despierta y mira por la ventana… te vería abierta, gimiendo como puta.
Laura temblaba, el riesgo latiendo en cada embestida. El patio era oscuro, pero la luz de la cocina se filtraba un poco. Si Pablo se levantaba para un vaso de agua, si Mateo lloraba y alguien bajaba… todo se acababa. Ese pensamiento la ponía al borde.
El alto salió de su ano y le escupió más gargajos en la raja.
—Abrí más, reina —gruñó—. Quiero doble anal. Que te rompan el culo como a una puta de esquina.
El gordo se retiró de su boca y se colocó detrás, junto al alto. Los dos empujaron al mismo tiempo: dos pollas gruesas estirando su ano al límite, dolor ardiente que se convertía en placer masoquista. Laura mordió el brazo del flaco para no gritar, lágrimas cayéndole por la cara.
—Mirá cómo te abren el orto, mamita —dijo el alto, embistiendo rudo—. Dos pijas sucias dentro de una mamá fina. Tu marido cree que sos sagrada, pero acá estás, rompiéndote al lado de la basura.
El flaco la folló el coño con embestidas profundas, panza golpeando contra su vientre posparto.
—Sos una esposa puta —gruñó—. Imaginá si tu mamá llama ahora porque el bebé llora… y vos acá, llena por tres negros rancios.
Laura se corrió primera: un orgasmo violento, chorro caliente salpicando el suelo del patio, cuerpo convulsionando mientras las pollas seguían embistiendo rudo. Pero no pararon.
El improvisado vino del gordo: miró las tetas de Laura, hinchadas por la lactancia, y soltó una idea con voz ronca.
—Mirá esas tetas llenas de leche, reina… dejame probar. Quiero leche de mamá puta mientras te rompen.
Laura se sorprendió al principio —nunca había pensado en eso—, pero el morbo la golpeó como un rayo. El riesgo de que goteara leche y manchara el patio, el tabú de mezclar maternidad con depravación… le gustó. Le gustó tanto que apretó más fuerte alrededor de las pollas.
—Hacelo —susurró ella, sorprendida de su propia voz—. Chupame las tetas… sacame la leche.
El gordo se inclinó y chupó un pezón con fuerza. La leche salió en chorros calientes y dulces, llenándole la boca. Él tragó con gemidos guturales, leche resbalando por su barba sucia.
—Qué rica leche de mamá puta —gruñó—. Mirá cómo te ordeño mientras te rompen el culo, reina. Tu bebé come de estas tetas… y ahora yo también.
Laura se corrió de nuevo, más fuerte, el morbo la llevó al límite: leche saliendo de sus tetas, pollas rudiendo su ano y coño, olor a basura y sudor envolviéndola, el riesgo de que Pablo se despertara latiendo en cada segundo.
Los hombres se vaciaron casi al mismo tiempo: chorros espesos y calientes dentro de su coño y ano, rebosando y goteando al suelo del patio. El gordo eyaculó sobre sus tetas, semen espeso mezclándose con la leche que aún salía.
Laura quedó temblando contra el contenedor, leche y semen resbalando por su cuerpo, el patio oliendo a sexo y basura.
Los tres se fueron saltando la reja a las 01:45, dejando a Laura sola, desnuda y cubierta de fluidos.
Miró la casa oscura, las ventanas cerradas. Nadie se había despertado.
Entró, se duchó rápido y se metió en la cama junto a Pablo, que seguía roncando.
Pero ella no durmió. Solo pensó en cuándo volver a hacerlo.

Tres semanas después del encuentro en el patio trasero, Laura ya no era la misma. El parto había sido un torbellino de dolor y alegría, Mateo había llegado al mundo sano y fuerte, y su vida se había reorganizado alrededor de horarios de siestas, pañales y lactancia. Pablo estaba más atento que nunca: la ayudaba con las noches, le traía flores del supermercado, la besaba en la frente y decía “sos una mamá increíble”. Los hijos mayores adoraban al nuevo hermanito, y la familia parecía más unida que nunca. Por fuera, todo era perfecto: la casa ordenada, las comidas caseras, las visitas de la suegra los domingos.
Pero por dentro, Laura bullía.
Todo empezó esa noche en el patio, cuando el gordo improvisó chupar su pezón y sacó chorros de leche materna. Al principio la había agarrado de sorpresa: un tabú que no esperaba, un cruce entre su rol de madre nutricia y el placer sucio que buscaba con ellos. Pero le había gustado. Le había gustado tanto que ahora, en su vida cotidiana, el morbo se colaba en cada momento de lactancia.
Por las mañanas, cuando Mateo se prendía al pecho en la mecedora del living, Laura cerraba los ojos y sentía una oleada de culpa mezclada con excitación. La leche salía en chorros cálidos y dulces, nutriendo a su bebé, ese acto tan puro y maternal que la hacía sentir completa como mujer. Pero ahora, cada vez que veía el chorro blanco resbalando por la comisura de la boca de Mateo, recordaba cómo había resbalado por la barba sucia del gordo, cómo él lo había tragado con gemidos guturales, llamándola “mamá puta”. “Soy una madre”, pensaba, “mis pechos están hechos para alimentar vida… pero también para esto. Para placer sucio, para que un desconocido me ordeñe como a una vaca mientras me rompen”. El pensamiento la hacía apretar los muslos, sentir un cosquilleo traicionero en el clítoris, y tenía que respirar hondo para no tocarse allí mismo.
Durante las siestas de la tarde, cuando amamantaba en la cama mientras Pablo trabajaba, el morbo se profundizaba. Mateo succionaba con ritmo constante, y Laura imaginaba que no era su bebé, sino uno de ellos: el alto chupando con fuerza, tragando su leche mientras le susurraba “qué rica leche de mamá zorra”. Se sentía culpable —“¿cómo puedo pensar esto mientras alimento a mi hijo?”— pero la culpa solo avivaba el fuego. Era como si sus pechos hubieran despertado una doble vida: de día, fuente de vida y amor puro; de noche, en sus fantasías, objetos de degradación. “Mis tetas nutren a mi familia”, se decía, “pero también podrían nutrir a ellos… a hombres sucios que me usan como una lechera puta”. El contraste la ponía al borde: pureza versus suciedad, maternidad versus deseo animal.
En las noches, cuando Pablo se dormía y ella se levantaba a amamantar a Mateo en la oscuridad del living, el morbo se volvía casi insoportable. La leche salía abundante, a veces goteando del pezón libre mientras el bebé chupaba el otro. Laura recogía una gota con el dedo y se la llevaba a la boca, saboreando lo dulce y cremoso, imaginando que era el semen de ellos mezclado con su leche. “Soy una madre que alimenta… pero también una mujer que quiere que me ordeñen mientras me follan rudo”. La emoción era un torbellino: excitación por el tabú, culpa por profanar algo sagrado, liberación por admitir que su cuerpo no era solo para la familia, sino también para ella misma, para su placer oculto.
Cada día, el morbo crecía. Cuando iba al supermercado y veía botellas de leche en la heladera, pensaba en cómo sus pechos producían algo similar, algo que podría ser usado no solo para nutrir, sino para jugar, para untar cuerpos sucios, para tragar en rituales degradantes. Cuando se duchaba y se exprimía un poco de leche para aliviar la hinchazón, imaginaba manos ásperas ordeñándola mientras la llamaban “vaca puta”. Se sentía confundida —“¿soy una mala madre por pensar esto?”— pero también empoderada: sus pechos, que ahora daban vida, también daban placer. Era un secreto que la hacía sentir viva en medio de la rutina postparto de cansancio y hormonas revueltas.
Finalmente, una noche, después de amamantar a Mateo y acostarlo, Laura no pudo más. Sacó el teléfono y mandó un mensaje al alto.
“Necesito verte de nuevo. Traé a los dos de la última vez. Mi casa, patio trasero, medianoche del viernes. Pablo trabaja hasta tarde ese día. Quiero que sea rudo… y que jueguen con mi leche como antes.”
La respuesta llegó rápida.
“Ya vamos, reina. Preparate para ordeñarte como a una vaca puta.”
Laura tembló de anticipación. En una semana, volvería a ceder. En una semana, sus pechos volverían a ser no solo para Mateo, sino para ellos.
Y no podía esperar.

Laura pasó la mañana del viernes en un estado de ansiedad flotante, como si su cuerpo supiera lo que iba a pasar esa noche pero su mente aún intentara fingir que era un día normal. Pablo se había ido a trabajar temprano, con un beso distraído en la mejilla y un “te quiero, amor” que sonaba rutinario. Los hijos mayores ya estaban en la escuela, y Mateo dormía plácidamente en su cuna después de la lactancia matutina. La casa estaba en silencio, salvo el tic-tac del reloj y el zumbido distante del lavarropas.
Empezó con los quehaceres como siempre: una ama de casa ejemplar, la mujer que todos veían. Lavó los platos del desayuno, el agua caliente resbalando por sus manos mientras frotaba el jabón en las tazas y los cubiertos. Pero mientras lo hacía, su mente se escapaba. “Esta noche… en el patio… al lado de los contenedores… tres hombres sucios rompiéndome ruda”. Sentía un calor traicionero subirle por el cuello, los pezones endureciéndose bajo la remera suelta. Imaginaba el olor de ellos invadiendo el patio: sudor rancio mezclado con basura húmeda, pies sin lavar oliendo a vinagre viejo, pollas con esmegma cremoso untándola como una marca. “Pablo durmiendo adentro… los niños en sus camas… y yo afuera, gritando bajito mientras me abren el culo”. La culpa la golpeaba, pero en vez de apagarla, la encendía más. “Soy una madre, una esposa… ¿cómo puedo desear esto?”. Frotó un plato con más fuerza, como si pudiera limpiar sus pensamientos, pero solo consiguió mojarse la remera con salpicaduras, el agua fría contrastando con el calor entre sus piernas.
Después pasó al living: dobló la ropa limpia del sofá, apilando camisetas de Pablo, bodies de Mateo, pijamas de los chicos. Cada prenda era un recordatorio de su vida “normal”: la mujer responsable que lavaba, planchaba, organizaba. Pero mientras doblaba una camisa de Pablo, pensó en cómo esa misma noche estaría desnuda al lado de la basura, con tres hombres oliendo a calle follándola sin piedad. “Él trabaja todo el día para esta familia… y yo voy a dejar que me usen como una puta en el patio”. El morbo la invadió: imaginó las embestidas rudas, el dolor ardiente del ano estirado por dos pollas al mismo tiempo, el semen espeso goteando por sus muslos mientras oía el ronquido de Pablo desde la ventana de arriba. “¿Y si se despierta? ¿Y si ve a su esposa siendo una zorra con indigentes sucios?”. Se sentó un momento en el sofá, apretando los muslos, sintiendo la humedad crecer. La excitación era casi dolorosa, pero se obligó a levantarse y seguir.
Luego limpió la cocina: barrió el piso, pasó un trapo por las mesadas, guardó los platos secos. Mientras lo hacía, el sudor empezó a acumularse bajo sus axilas y en la base de la espalda —el día estaba caluroso, y el movimiento la hacía transpirar. Levantó un brazo disimuladamente y olió: un toque salado, femenino, no desagradable aún, pero si no se duchaba antes de la noche… “Voy a estar sucia para ellos… oliendo a día entero de mamá”. El pensamiento la excitó: imaginó sus pies transpirados después de horas de quehaceres, el olor a sudor guardado en los zapatos, su coño húmedo de anticipación mezclado con el aroma natural del día. “Ellos me van a oler así… a mujer recatada que se dejó sudar para ser follada ruda”. La culpa volvió: “Soy una madre… mis pechos dan leche para mi bebé, mi cuerpo es para mi familia… ¿cómo puedo querer que me usen sucia y transpirada al lado de la basura?”. Pero la emoción era más fuerte: liberación, deseo, una rebeldía que la hacía sentir viva en medio de la rutina de pañales y biberones.
Cuando terminó los quehaceres, eran las 14:30. Mateo se despertó llorando para comer, y Laura lo amamantó en la mecedora del living. Mientras el bebé succionaba, la leche saliendo en chorros cálidos, su mente volvió al morbo nuevo que habían despertado en el patio anterior. “Mis tetas nutren a mi hijo… pero también pueden nutrir a ellos… que me ordeñen como a una vaca puta mientras me rompen”. Se sintió culpable por pensar eso durante la lactancia, pero el contraste la encendió: pureza materna versus degradación sexual. Cuando Mateo terminó y se durmió de nuevo, Laura lo acostó en la cuna y se recostó en el sofá, exhausta del día. “Solo un rato… para descansar antes de preparar la cena”. Cerró los ojos, y el sueño la atrapó casi de inmediato.
Despertó con un sobresalto. El reloj marcaba las 17:45. “¡Mierda!”. Pablo llegaba a las 19, los chicos de la escuela a las 18:30. No había tiempo para ducharse. Se levantó rápido, sintiendo el sudor seco en la piel, el olor a día entero acumulándose bajo las axilas, entre las piernas, en los pies que habían estado encerrados en zapatillas todo el día. Olió disimuladamente: axilas saladas con un toque ácido, pies cálidos y transpirados como pan viejo, coño húmedo de pensamientos morbosos. “Voy a tener que ir así… sucia, transpirada, oliendo a mamá que no se cuidó”. La idea la aterrorizó un segundo —“¿y si les da asco?”— pero luego la excitó más que nunca. El morbo nuevo la golpeó: “Ellos me van a oler real… a mujer que vive una vida normal pero se entrega sucia. Como una puta casada que no tiene tiempo ni para bañarse antes de ser follada ruda”. El riesgo de no estar “perfecta” agregaba una capa de humillación que la ponía al borde. “Pablo va a llegar y olerá mi sudor cuando me bese… sin saber que horas después tres hombres van a romperme oliendo igual”.
Preparó la cena rápido, los chicos llegaron, Pablo entró a las 19 con un beso en la mejilla. “Huele a comida casera, amor”. Laura sonrió, pero por dentro ardía. La noche se acercaba, y ella iba sucia, transpirada, lista para ser usada en el patio como nunca.

 

 

Laura miró el reloj de la cocina por décima vez: 00:25. Pablo roncaba arriba, los hijos mayores dormían en sus habitaciones, Mateo en la cuna después de una lactancia nocturna rápida. La casa estaba en silencio absoluto, salvo el viento leve que movía las hojas en el patio trasero. Laura no se había duchado. El día de quehaceres la había dejado transpirada: axilas saladas con un toque ácido, pies cálidos y sudorosos después de horas encerrados en zapatillas, coño húmedo de anticipación mezclado con el olor natural del día. Se sentía sucia, expuesta, y eso solo avivaba el morbo. “Van a olerme real… a mamá que no tuvo tiempo para arreglarse… y me van a usar así”, pensó, apretando los muslos.
Salió al patio por la puerta trasera de la cocina, descalza, el camisón de algodón pegándose a su piel húmeda. El aire fresco la hizo erizarse, pero el calor interno era más fuerte. Los contenedores de basura estaban al fondo, cerca de la reja oxidada que daba al callejón oscuro. El olor a residuos húmedos ya flotaba en el aire, mezclado con el de la tierra mojada por el rocío.
Tres sombras saltaron la reja baja: el alto de piel oscura (el que la había iniciado en el parque), el gordo con panza colgante y olor a axilas que mareaba, y el flaco venoso con prepucio largo y sucio. No hablaron al principio. Solo se acercaron, rodeándola contra el contenedor frío y oxidado.
El alto la agarró por la cintura con manos ásperas, le levantó el camisón de un tirón y la besó en la boca con fuerza, lengua gorda y babosa invadiendo la suya, saliva espesa resbalando por su barbilla. El sabor era amargo, a tabaco viejo y aliento rancio.
—Mirá lo que tenemos acá… —gruñó el alto, rompiendo el beso—. Una mamá puta que no se duchó para nosotros. Huele a transpiración de día entero, a pies guardados… perfecta para follar rudo al lado de la basura.
Laura jadeó cuando el gordo le separó las nalgas con manos grandes y sucias, escupió un gargajo viscoso directo en su ano y empujó su polla gruesa de un solo movimiento brutal. El dolor ardiente la hizo morderse el labio para no gritar —Pablo dormía arriba, los niños en sus camas—, pero se convirtió en placer masoquista cuando él empezó a embestir rudo, panza golpeando contra su espalda con cada empujón.
—Qué culo apretado, reina… pero se abre para pija sucia como la mía —gruñó el gordo, embestidas profundas y rápidas—. Hueles a mamá transpirada… a mujer que limpió la casa todo el día y ahora se deja romper al lado de la basura. Tu marido duerme arriba y vos acá, gimiendo como puta.
El flaco se colocó frente a ella, le abrió la boca con dedos delgados y mugrientos, y le metió la polla hasta la garganta. Olía fuerte ahí abajo: prepucio retraído con esmegma blanquecino acumulado, como crema rancia y amarga que se pegaba a su lengua. Laura se atragantó, lágrimas rodándole por las mejillas, pero succionó con avidez, saboreando la sal y el regusto podrido.
—Tragá, mamita fina —dijo el flaco, follándole la boca con embestidas cortas y brutales—. Mirá cómo te llenamos por todos los agujeros… sos una esposa puta que finge ser decente, pero extrañás pija sucia como la nuestra.
El alto, no queriendo quedarse fuera, se arrodilló y le levantó una pierna, empujando su polla en su coño de un tirón rudo. Doble penetración inmediata: coño y ano rellenos al mismo tiempo, pollas rozándose dentro de ella a través de la pared delgada, embestidas descoordinadas que la hacían sentir partida en dos. El dolor era intenso, pero el placer masoquista la llevaba al borde.
—Dos pijas sucias dentro de una mamá recatada —gruñó el alto, embistiendo con fuerza—. Mirá cómo te abrimos, reina… tu conchita que parió un bebé hace tres meses ahora chorreando por negros rancios. Imaginá si tu marido se despierta y te ve así: culo y coño rotos al lado de la basura, mientras tus hijos duermen arriba.
Laura temblaba, mordiéndose el brazo para no gritar. El riesgo latiendo en cada embestida: la ventana de la habitación de Pablo justo arriba, la luz apagada pero el viento llevando sonidos si gemía fuerte. El patio olía a basura húmeda, a sudor de ellos, a su propia transpiración acumulada del día —axilas saladas, pies calientes y sudorosos rozando el suelo sucio.
El gordo miró sus tetas hinchadas por la lactancia, pezones duros bajo el camisón subido, y soltó una idea improvisada con voz ronca.
—Mirá esas tetas llenas de leche, reina… dejame probar. Quiero ordeñarte como a una vaca puta mientras te rompen.
Laura jadeó, agarrada de sorpresa —sus pechos eran para Mateo, para nutrir, pero el morbo la golpeó como un rayo. El tabú de mezclar maternidad con depravación le gustó. Le gustó tanto que apretó más fuerte alrededor de las pollas.
—Hacelo —susurró ella, voz rota—. Ordeñame… sacame la leche mientras me follan rudo.
El gordo se inclinó y chupó un pezón con fuerza. La leche salió en chorros calientes y dulces, llenándole la boca. Él tragó con gemidos guturales, leche resbalando por su barba sucia y cayendo sobre el contenedor.
—Qué rica leche de mamá puta —gruñó, cambiando de pecho—. Mirá cómo te ordeño mientras te rompen, reina. Tu bebé come de estas tetas… y ahora nosotros también. Sos una vaca familiar, una lechera zorra que se deja usar al lado de la basura.
El flaco y el alto aceleraron las embestidas rudas, pollas chocando dentro de ella, fluidos goteando al suelo: semen precoz, jugos de Laura, escupitajos. El olor a sus pies transpirados subía cada vez que pisaba el suelo sucio, y el alto se arrodilló un momento para olerlos mientras follaba.
—Uffff… mirá estos pies sudados de mamá ocupada —gruñó—. Huelen a día entero de quehaceres, a transpiración guardada, a pies que no tuvieron tiempo para ducha. Chupá mis dedos mientras te rompen, reina… dejá que te huela como a una puta casada.
Laura levantó un pie y lo metió en la boca del alto, dedos chupados con avidez, sabor salado y ácido mezclado con el de su saliva. El morbo de su propia suciedad —transpirada, oliendo a día normal de madre— la ponía al borde: “Soy una mamá que no se bañó para ellos… sucia, transpirada, y me usan rudo como basura”.
Laura se corrió primera: un orgasmo violento, chorro caliente salpicando el suelo del patio, cuerpo convulsionando mientras las pollas seguían embistiendo rudo, leche saliendo de sus tetas en chorros que el gordo tragaba con hambre.
Los tres se vaciaron casi al mismo tiempo: chorros espesos y calientes dentro de su coño y ano, rebosando y goteando al suelo sucio del patio, leche materna resbalando por su vientre mezclada con semen.
Laura quedó temblando contra el contenedor, leche y semen resbalando por su cuerpo, el patio oliendo a sexo, basura y su propia transpiración.
Los tres se fueron saltando la reja a las 01:50, dejando a Laura sola, desnuda y cubierta de fluidos.
Entró a la casa, se limpió rápido con una toalla y se metió en la cama junto a Pablo, que seguía roncando.
Pero ella no durmió. Solo pensó en cómo su cuerpo —sudado, lechero, usado— ahora pertenecía a dos mundos.

Laura miró el reloj de la cocina por enésima vez: 10:15 de la mañana. Mateo dormía en su cuna en la habitación, y Pablo ya se había ido al trabajo con su beso rutinario en la mejilla. La casa estaba en silencio, pero su mente era un torbellino. Tres días habían pasado desde el encuentro en el patio trasero con los tres indigentes, y desde entonces, el morbo de la lactancia materna se había convertido en una obsesión que la consumía.
Todo empezó esa noche, cuando el gordo improvisó ordeñarla mientras los otros la penetraban rudo. Al principio la había agarrado de sorpresa —sus pechos eran para Mateo, para nutrirlo con amor puro—, pero le había gustado. Le había gustado tanto que ahora, cada vez que amamantaba a su bebé, sentía una culpa ardiente mezclada con excitación prohibida. “Mis tetas dan vida a mi hijo… pero también placer a hombres sucios”, pensaba mientras Mateo succionaba. El contraste la ponía al borde: el acto maternal más sagrado convertido en fetiche degradante. Se imaginaba a los indigentes chupando sus pezones hinchados, tragando su leche caliente y dulce mientras la llamaban “vaca puta”, “lechera zorra”. La emoción era un nudo en el estómago: liberación por reclamar su cuerpo para placer propio, pero terror por lo que significaba para su rol de madre.
No quería dejar de amamantar a Mateo —lo amaba, lo necesitaba—, pero el morbo crecía: quería que su leche fuera solo para ellos, para esos hombres que la usaban como objeto. “¿Qué soy si priorizo mi deseo sobre mi bebé?”, se preguntaba, lágrimas asomando en los ojos mientras lavaba los platos. Su marido, Pablo, era atento con el bebé, pero no entendía nada de esto. Si le decía que quería dejar la lactancia, se enojaría: “¿Por qué? Es lo mejor para Mateo”. No podía explicarle el verdadero motivo sin destruirlo todo.
Esa tarde, después de dejar a Mateo con su mamá para “hacer trámites”, Laura fue al consultorio de Carla. La ginecóloga la recibió con su bata blanca impecable, cerrando la puerta como siempre.
—Contame todo, mi amor —dijo Carla, sentándose frente a ella—. Parecés preocupada.
Laura respiró hondo y lo soltó.
—Carla… desde esa noche en el patio… el morbo de la lactancia me consume. Quiero que mi leche sea solo para ellos. Para los indigentes. Quiero que me ordeñen como a una vaca sucia, que me chupen las tetas mientras me rompen. Pero no sé cómo hacerlo sin dejar de amamantar a Mateo. No quiero que Pablo se enoje… él cree que la lactancia es sagrada. Si le digo que quiero parar, va a preguntar por qué, y no puedo contarle la verdad.
Carla la miró fijo, procesando. Al principio, su expresión fue de duda profunda.
—Laura… esto es complicado. Como ginecóloga, te digo que la lactancia es lo mejor para Mateo: nutrientes, inmunidad, vínculo emocional. Pero como tu amiga… entiendo el morbo. Es un fetiche potente, el contraste entre maternidad pura y degradación. Pero ética mente… no sé si es correcto animarte a priorizar tu deseo sobre el bebé. ¿Estás segura de que esto no es solo una fase postparto? Las hormonas están locas ahora.
Laura se mordió el labio, lágrimas asomando.
—No es una fase. Me excita tanto que me da vergüenza. Quiero sentir que mis pechos no son solo para mi familia… sino para placer sucio. Pero no quiero lastimar a Mateo. No sé qué hacer.
Carla se quedó callada un rato largo, pensando. Al final, suspiró.
—Está bien. Si esto es lo que necesitás para sentirte completa, te ayudo. Pero con cuidado. No podemos simplemente parar la lactancia sin razón. Vamos a inventar un plan para que Pablo no sospeche. Lo invitamos a los dos a una consulta “de rutina” la semana que viene. Le decimos que surgieron “complicaciones”: una posible alergia en Mateo a algo en tu leche, o un problema hormonal tuyo que hace que la producción baje y sea mejor complementar con fórmula. Sugerimos contratar una nodriza profesional para que Mateo siga recibiendo leche materna, pero no la tuya. Así, vos podés “detener” la lactancia sin culpa, y Pablo se queda tranquilo.
Laura abrió los ojos grandes.
—¿Y funciona? ¿No se va a dar cuenta?
Carla sonrió con picardía.
—Soy tu ginecóloga. Inventamos resultados de análisis “recientes”. Le digo que es común en postpartos, que no es grave, pero que para evitar riesgos al bebé, mejor pasar a fórmula y nodriza. Yo misma recomiendo una que conozco —de confianza, nada sucio—. Pablo va a aceptar porque quiere lo mejor para Mateo. Y vos… quedás libre para tu morbo.
Laura sintió alivio y excitación.
—Gracias, Carla. Pero… ¿estás segura de que es correcto? Como doctora…
Carla se inclinó hacia adelante.
—Como doctora, te digo que la lactancia es ideal, pero fórmula es una alternativa segura. Como amiga… veo que esto te está consumiendo. Si te hace feliz sin dañar a nadie, adelante. Solo cuidemos que Mateo esté bien.
Terminaron la charla planeando detalles: la consulta sería el martes siguiente, Carla prepararía “resultados de sangre” falsos pero creíbles, y enfatizaría que “es temporal, hasta que se resuelva”. Laura se fue del consultorio con el corazón latiéndole fuerte. “Mi leche solo para ellos… para que me ordeñen como a una puta mientras me rompen”. El morbo la llenaba de culpa —“soy una mala madre”— pero también de liberación —“mi cuerpo es mío para decidir”.
El plan estaba en marcha.

La Consulta con Pablo – El Plan en Acción
El martes por la tarde, Laura y Pablo llegaron al consultorio de Carla con Mateo en el cochecito. Laura había pasado la noche anterior en vela, repasando el plan en su cabeza: los “resultados de análisis” falsos que Carla había preparado, la excusa de “complicaciones hormonales leves”, la recomendación de una nodriza. Pablo empujaba el carrito con esa expresión de marido atento, hablando de cómo “el bebé estaba creciendo tan bien”. Laura sonreía por fuera, pero por dentro el morbo la consumía: “Si supiera que esto es para que mi leche sea solo para ellos… para que me ordeñen como a una puta”.
Carla los recibió con su sonrisa profesional, bata blanca impecable, estetoscopio al cuello. Cerró la puerta del consultorio y se sentó frente a ellos, carpeta en mano.
—Buenas tardes, Pablo. Qué lindo verte. Vamos a lo importante: los resultados de los análisis de Laura que le pedí la semana pasada.
Pablo se inclinó hacia adelante, atento.
—¿Todo bien con el bebé? ¿Con Laura?
Carla abrió la carpeta con papeles impresos que parecían reales —niveles hormonales ficticios, gráficos inventados—.
—El bebé está perfecto, creciendo sano. Pero en Laura detectamos un desbalance hormonal leve: prolactina un poco elevada, lo que está afectando la calidad de la leche. No es grave, pero podría causar irritabilidad en Mateo o incluso una posible alergia a largo plazo. Para evitar riesgos, recomiendo suspender la lactancia materna directa y pasar a fórmula complementada con una nodriza profesional. Así Mateo sigue recibiendo leche materna natural, pero sin los riesgos de la de Laura.
Pablo frunció el ceño, procesando.
—¿Y eso es común? ¿No hay otra solución?
Carla negó con la cabeza, voz calmada y autoritaria.
—Es más común de lo que pensás en postpartos. No es culpa de Laura, son hormonas. Lo mejor es contratar una nodriza certificada —yo tengo una que recomiendo, de confianza—. Ella puede extraer leche fresca todos los días. Cuesta un poco, pero vale la pena por la salud del bebé.
Laura intervino con voz suave, como habían practicado.
—Amor, yo también me asusté al principio… pero Carla dice que es lo mejor. No quiero arriesgar nada con Mateo. Y yo voy a estar bien, solo tengo que tomar unas pastillas para regular las hormonas.
Pablo suspiró, miró a Laura con preocupación, luego al bebé dormido.
—Está bien. Si es por Mateo, lo hacemos. ¿Cuánto cuesta la nodriza?
Carla dio números razonables, mencionó una “subvención hospitalaria” ficticia para abaratarlo. Pablo asintió, convencido. Salieron del consultorio quince minutos después, con la receta de las “pastillas” y el contacto de la nodriza. En el auto de vuelta, Pablo le tomó la mano.
—No te preocupes, amor. Vamos a contratarla mañana. Lo importante es que el bebé esté bien.
Laura sonrió, aliviada por fuera, pero por dentro un torbellino: “Lo hice. Mi leche ahora es solo para ellos”. El morbo la invadió como una ola caliente.
Laura Sola en Casa – El Conflicto Moral y los Pensamientos
Esa misma tarde, después de dejar a Mateo con la nueva nodriza para “probar” (en realidad, para tener un rato sola), Laura se quedó en la casa vacía. Pablo estaba en el trabajo, los chicos mayores en la escuela. El silencio era perfecto, pero su mente era un caos.
Se recostó en el sofá del living —el mismo donde el alto la había follado despacio semanas atrás— y sacó el consolador negro y grueso que guardaba en el fondo del armario, envuelto en una toalla. Se levantó el vestido, se bajó la tanga y lo lubricó con saliva, el corazón latiéndole fuerte. “Esto es para mí… para mi deseo”, pensó, pero la culpa ya acechaba.
Se lo metió despacio en el ano, centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente recordándole las embestidas rudas del patio. Empezó a moverse con ritmo lento pero profundo, jadeando bajito, mientras su mente se perdía en el fetiche nuevo.
“Mi leche… solo para ellos ahora”. Imaginó a los indigentes chupando sus pezones hinchados, tragando chorros calientes y dulces mientras la llamaban “vaca puta”, “lechera zorra”. “Mis tetas eran para Mateo… para nutrirlo con amor… pero ahora son para placer sucio”. La culpa la golpeó: “¿Soy una mala madre? ¿Cómo puedo priorizar mi morbo sobre mi bebé?”. Lágrimas asomaron en sus ojos, pero el placer no paraba. Empujó el consolador más profundo, sintiendo el roce intenso, el ano apretando alrededor del juguete.
“Pablo cree que es por salud… pero es por esto. Por que quiero que me ordeñen mientras me rompen, que me usen como una lechera degradada”. El conflicto moral la consumía: amor por su familia versus deseo animal. “Soy una esposa fiel de día… pero de noche quiero leche saliendo de mis tetas mientras tres hombres sucios me follan rudo al lado de la basura”. El pensamiento la excitó tanto que aceleró el ritmo, gimiendo bajito, sintiendo un chorro de humedad bajarle por el coño.
“Mi cuerpo es para mi bebé, para mi marido… pero también para mí. Para esto”. La emoción era un torbellino: liberación por reclamar su placer, culpa por el secreto, excitación por el tabú. “Quiero que mi leche sea exclusiva para ellos… para que me chupen como animales mientras me llaman puta materna”.
Se corrió fuerte, temblando en el sofá, el consolador profundo en su ano, leche goteando de sus pezones por la excitación. Quedó tirada, respirando agitada, lágrimas rodando por sus mejillas.
Minutos después, se levantó, se limpió y sacó el teléfono. Mandó un mensaje al alto.
“Quiero otro encuentro. En una semana. Traé a los mismos dos. Patio trasero, medianoche. Y esta vez… jugamos más con mi leche.”
La respuesta llegó rápida.
“Ya vamos, reina lechera. Preparate para que te ordeñemos como a una vaca puta.”
Laura sonrió, el morbo venciendo la culpa una vez más.

El Encuentro en el Patio Trasero – La Noche de Laura
Laura miró el reloj de la cocina por décima vez: 00:25. Pablo roncaba arriba, los hijos mayores dormían en sus habitaciones, Mateo en la cuna después de una lactancia nocturna rápida. La casa estaba en silencio absoluto, salvo el viento leve que movía las hojas en el patio trasero. Laura no se había duchado. El día de quehaceres la había dejado transpirada: axilas saladas con un toque ácido, pies cálidos y sudorosos después de horas encerrados en zapatillas, coño húmedo de anticipación mezclado con el olor natural del día. Se sentía sucia, expuesta, y eso solo avivaba el morbo. “Van a olerme real… a mamá que no tuvo tiempo para arreglarse… y me van a usar así”, pensó, apretando los muslos.
Salió al patio por la puerta trasera de la cocina, descalza, el camisón de algodón pegándose a su piel húmeda. El aire fresco la hizo erizarse, pero el calor interno era más fuerte. Los contenedores de basura estaban al fondo, cerca de la reja oxidada que daba al callejón oscuro. El olor a residuos húmedos ya flotaba en el aire, mezclado con el de la tierra mojada por el rocío.
Tres sombras saltaron la reja baja: el alto de piel oscura (el que la había iniciado en el parque), el gordo con panza colgante y olor a axilas que mareaba, y el flaco venoso con prepucio largo y sucio. Pero no venían solos. Detrás de ellos, dos más: un negro obeso de unos 65 años con rollos de grasa temblando y un olor permanente a orina seca en los pantalones, y un flaco arrugado de 72 con llagas en las piernas y barba llena de migas, oliendo a alcohol barato y pies sin lavar durante meses.
Laura abrió los ojos grandes, un escalofrío de sorpresa y miedo recorriéndole la espalda.
—¿Qué… qué hacen acá? —susurró, voz temblorosa—. Dije solo tres…
El alto sonrió lento, acercándose y agarrándola por la cintura con manos ásperas.
—Sorpresa, reina. Trajimos refuerzos. Pensamos que para una mamá puta como vos… cinco es mejor que tres. Mirá lo que te trajimos: más pijas sucias para romperte rudo al lado de la basura.
Laura quiso protestar, pero el morbo la traicionó. El riesgo era mayor: más hombres, más ruido posible, más olores invadiendo el patio. Si Pablo se despertaba… si un vecino oía… todo se acababa. Pero eso solo la excitó más. No dijo nada. Solo asintió, temblando, y dejó que la empujaran contra el contenedor frío y oxidado.
Los cinco la rodearon como lobos. El alto le levantó el camisón de un tirón y le escupió un gargajo espeso directo en el ano, empujando su polla gruesa de un solo movimiento brutal. El dolor ardiente la hizo morderse el labio para no gritar —Pablo dormía arriba, los niños en sus camas—, pero se convirtió en placer masoquista cuando él empezó a embestir rudo, panza golpeando contra su espalda con cada empujón.
—Qué culo apretado, reina… pero se abre para pija negra sucia —gruñó el alto, embestidas profundas y rápidas—. Tu marido duerme arriba y vos acá, dejando que cinco negros podridos te rompan al lado de la basura. Sos una mamá puta que finge ser decente.
El gordo se colocó frente a ella, le abrió la boca con dedos gordos y mugrientos, y le metió la polla venosa hasta la garganta. Olía fuerte ahí abajo: prepucio retraído con esmegma blanquecino acumulado, como crema rancia y amarga que se pegaba a su lengua. Laura se atragantó, lágrimas rodándole por las mejillas, pero succionó con avidez, saboreando la sal y el regusto podrido.
—Tragá, mamita fina —gruñó el gordo, follándole la boca con embestidas cortas y brutales—. Mirá cómo te llenamos por todos los agujeros… sos una esposa puta que finge ser decente, pero extrañás pija sucia como la nuestra.
El flaco se unió por debajo: le levantó una pierna y empujó su polla en su coño de un tirón rudo, triple penetración que la hizo sentir partida en tres. Las tres pollas se rozaban dentro de ella, embestidas descoordinadas, fluidos goteando por sus muslos: jugos de ella, escupitajos, semen precoz.
—Sos una madre zorra —dijo el flaco, mordiéndole el cuello—. Tu marido duerme arriba y vos acá, dejando que cinco negros rancios te rompan al lado de la basura. Imaginá si uno de tus hijos se despierta y mira por la ventana… te vería abierta, gimiendo como puta.
Los dos nuevos se unieron al caos. El obeso con rollos de grasa se arrodilló y le metió los dedos en el coño junto a la polla del flaco, estirándola más, mientras le lamía los pies transpirados del día.
—Uffff… mirá estos pies sudados de mamá ocupada —gruñó—. Huelen a día entero de quehaceres, a transpiración guardada, a pies que no tuvieron tiempo para ducha. Chupá mis dedos mientras te rompen, reina… dejá que te huela como a una puta casada.
El arrugado con llagas le chupó las tetas hinchadas, mordiendo los pezones con rudeza hasta que la leche salió en chorros calientes. Tragó con hambre, leche resbalando por su barba sucia.
—Qué rica leche de mamá puta —gruñó—. Mirá cómo te ordeño mientras te rompen, reina. Tu bebé come de estas tetas… y ahora nosotros también. Sos una vaca familiar, una lechera zorra que se deja usar al lado de la basura.
La follada duró tres horas eternas e intensas. Rotaban sin parar: triple, quadruple penetración —dos en coño, dos en ano, boca siempre llena—. Embestidas rudas, brutales, sin piedad. El patio olía a sexo, basura, transpiración de Laura y olores de ellos: axilas cebolla podrida, pies vinagre rancio, pollas con esmegma untándola como crema pegajosa.
Durante una doble anal特别 ruda —dos pollas gruesas estirando su ano al límite—, Laura sintió un espasmo incontrolable. Con las embestidas brutales, salió caca: un poco de materia fecal suave resbalando por sus muslos, oliendo fuerte a intestino y mezclándose con el semen y escupitajos. Ella se sonrojó de vergüenza, pero los hombres lo vieron y gruñeron de placer, excitados más que nunca.
—Mirá qué sucia, reina —gruñó el alto, embistiendo más fuerte—. Te sale caca del culo roto… sos una puta real, una mamá degradada que se caga mientras la follan rudo al lado de la basura. Nos gusta más así… más sucia, más humillada.
El gordo lamió un poco de la materia fecal de sus muslos, tragando con gemidos guturales.
—Qué rico… caca de mamá puta… mirá cómo te ensuciamos más. Sos una zorra familiar que se caga de placer.
Laura, humillada al máximo, se corrió más fuerte que nunca: orgasmo convulsionante, chorro caliente salpicando el suelo, leche saliendo de sus tetas en chorros que el arrugado tragaba con avidez.
Los cinco se vaciaron en chorros espesos: dentro de coño y ano, rebosando con caca y fluidos; sobre tetas y leche materna, mezclando todo en una pasta pegajosa; en boca, tragando semen grumoso con regusto a esmegma.
A las 3:30, agotados, saltaron la reja.
Laura quedó sola, cubierta de semen, leche materna, caca resbalando por sus muslos, oliendo a basura y sexo. Entró tambaleante, se limpió rápido y se metió en la cama.
Pero no durmió. Solo pensó en cómo su cuerpo —lechero, cagado, usado— ahora era puro morbo.

Una semana después del encuentro en el patio trasero, Laura ya no podía ignorar el vacío que le había dejado esa noche. El morbo de la lactancia materna seguía latiendo en su mente —cada vez que amamantaba a Mateo, sentía esa culpa ardiente mezclada con deseo, imaginando manos ásperas ordeñándola en vez de la boquita suave de su bebé—, pero ahora había algo nuevo que la obsesionaba: el incidente de la caca durante la doble anal. Al principio la había humillado hasta las lágrimas —“¿cómo pude cagarme como una animal mientras me follaban?”—, pero en los días siguientes, el recuerdo se había torcido en algo excitante. “Soy una mamá que se caga de placer… sucia, degradada, al lado de la basura”. El contraste con su vida cotidiana —preparar desayunos para Pablo y los chicos, cambiar pañales, lavar ropa— la hacía apretar los muslos en momentos inesperados. Se sentía culpable por desear repetir algo tan repulsivo, pero el morbo era más fuerte: quería sentir ese descontrol de nuevo, esa humillación absoluta que la hacía correrse más fuerte que nunca.
Esa mañana, después de dejar a los hijos mayores en la escuela y a Mateo con su mamá (“voy a hacer unas compras, vuelvo en un rato”), Laura fue al parque. Sabía que él estaría allí, en el mismo banco, como si la estuviera esperando. Y allí estaba: el alto de piel oscura, sentado con las manos en los bolsillos, mirando pasar la gente con esa calma de quien no tiene prisa. Cuando la vio, sonrió lento y le hizo una seña discreta para que se sentara a su lado.
Laura se acercó, miró alrededor —madres con carritos, un grupo de jubilados jugando a las cartas, nadie prestando atención— y se sentó a una distancia prudente, como si fueran conocidos casuales.
—Reina… volviste pronto —dijo él en voz baja, voz ronca envolviéndola como humo—. ¿Extrañando ya la pija sucia?
Laura tragó saliva, el calor subiéndole por el cuello. Sintió el morbo despertarse de inmediato: el olor de él llegando sutil desde el banco —sudor rancio mezclado con calle—, recordándole la noche anterior.
—Sí —admitió en un susurro—. Pero quiero más. Más rudo. Más riesgo. Quiero que sea durante el día, cuando Pablo trabaja y los chicos están en la escuela. En un callejón donde duermen indigentes… uno cerca de aquí, donde nadie me conozca pero haya gente pasando cerca. Quiero sentir que en cualquier momento alguien puede verme.
Él levantó una ceja, sorprendido pero excitado.
—Mirá vos… la mamá recatada quiere exposición ahora. —Rio bajito—. Está bien. Conozco uno perfecto: el callejón detrás del mercado viejo, donde dormimos algunos. A las 14 hs del miércoles. Hay gente pasando por la calle principal, camiones descargando, pero adentro es oscuro y sucio. Traigo a los mismos dos de la última vez: el gordo y el flaco. Nos ponemos al fondo, contra una pared llena de graffiti y basura. Te follamos rudo, como pedís: doble, triple, embestidas fuertes que te hagan gritar bajito. Pero con cuidado de no hacer ruido que llame atención. Si alguien pasa cerca… paramos y te cubrís con el vestido.
Laura sintió un escalofrío de miedo y deseo. El riesgo era real: durante el día, con gente cerca, el callejón no era privado como el patio. Si un vecino o un conocido pasaba, si alguien oía un gemido… todo se acababa. Pero eso era lo que la ponía al borde.
—Perfecto —susurró ella—. Y quiero que sea más sucio que antes. Que me huelan, que me laman los pies transpirados del día, que me hagan… cagarme de nuevo como la última vez.
Él sonrió más amplio, ojos brillantes.
—Ah, reina… esa fue la mejor parte. Cuando te salió caca del culo roto mientras te embestíamos doble anal… uffff, nos volvió locos. Ese olor a mierda fresca mezclada con nuestro semen… te hizo más puta, más real. Nos gustó tanto que queríamos repetirlo. Esta vez lo hacemos a propósito: te embestimos rudo el ano hasta que salga todo, te untamos con tu propia caca, te hacemos lamer un poco para que sientas la humillación. Mirá si alguien pasa y ve a una mamá fina cagándose de placer en un callejón sucio…
Laura apretó los muslos, el calor entre las piernas convirtiéndose en humedad. El morbo la invadía: “Soy una madre, una esposa… ¿cómo puedo querer cagarme como una animal mientras me follan rudo en un callejón diurno?”. La culpa la golpeaba —“Pablo trabaja para esta familia, y yo planeo esto”—, pero el deseo era más fuerte: liberación, degradación, el contraste con su vida “perfecta” la hacía sentir viva.
—Está bien —dijo ella, voz temblorosa—. Mi marido trabaja hasta las 18, los chicos salen de la escuela a las 16:30 pero van a lo de la abuela. Tengo hasta las 15:30 como mucho. Llevo un vestido fácil de subir, sin nada debajo. Y traé algo para tapar si alguien pasa cerca.
Él asintió.
—Traemos una manta vieja para el piso sucio. Y si oímos pasos, te cubrís y fingís estar buscando algo en la basura. Pero el riesgo es lo que te excita, ¿no? Imaginá si un vecino te ve cagándote mientras te rompen… o si tu marido pasa por ahí de casualidad.
Laura sintió un chorro de humedad al imaginarlo. El miedo era real, pero el morbo lo superaba.
—Nos vemos el miércoles a las 14 —susurró él antes de levantarse—. Preparate, reina. Va a ser tu follada más sucia hasta ahora.
Laura se quedó sentada un momento, respirando agitada. El plan estaba hecho. En cinco días, durante el día, en un callejón público pero escondido, tres hombres sucios la iban a follar rudo hasta hacerla cagarse de placer.
Y ella no podía esperar.

Llego el dia del encuentro.

Laura llegó al callejón detrás del mercado viejo a las 14:05, el corazón latiéndole como un tambor en el pecho. El sol de la tarde filtraba rayos entre los edificios, iluminando el espacio estrecho y sucio: colchones rotos apilados contra la pared, botellas vacías rodando por el piso, olor a orina seca y basura fermentada invadiendo el aire como una niebla tóxica. Gente pasaba por la calle principal a metros de distancia —un camión descargando frutas, una pareja caminando de la mano, un vendedor ambulante gritando ofertas—, pero el callejón era un rincón olvidado, semi-oculto por un muro graffiteado y contenedores overflow de residuos. El riesgo era real: si alguien doblaba la esquina, si un vecino curioso miraba, si un policía patrullaba… todo se acababa. Pero ese peligro era lo que la había hecho venir, transpirada bajo el vestido suelto de algodón, sin nada debajo, pies calientes en sandalias después de caminar desde casa.
El alto de piel oscura la esperaba al fondo, junto a los dos amigos: el gordo con panza colgante y el flaco venoso. Pero no estaban solos. Dos más habían venido: un negro obeso de unos 65 con rollos de grasa temblando y un flaco arrugado de 72 con llagas en las piernas. Cinco en total.
Laura abrió los ojos grandes, un escalofrío de sorpresa y miedo recorriéndole la espalda.
—¿Qué… qué hacen acá? —susurró, voz temblorosa—. Dije solo tres…
El alto sonrió lento, acercándose y agarrándola por la cintura con manos ásperas.
—Sorpresa, reina. Trajimos refuerzos. Pensamos que para una mamá puta como vos… cinco es mejor que tres. Mirá lo que te trajimos: más pijas sucias para romperte rudo en este callejón diurno, con gente pasando a metros.
Laura quiso protestar, pero el morbo la traicionó. El riesgo era mayor: más hombres, más ruido posible, más olores invadiendo el callejón. Si un vecino o un conocido pasaba, si alguien oía un gemido… todo se acababa. Pero eso era lo que la ponía al borde. No dijo nada. Solo asintió, temblando, y dejó que la empujaran contra la pared graffiteada, fría y húmeda.
Los cinco la rodearon como lobos. El alto le levantó el vestido de un tirón y le escupió un gargajo espeso directo en el ano, empujando su polla gruesa de un solo movimiento brutal. El dolor ardiente la hizo morderse el labio para no gritar —gente pasando a metros, camiones descargando cerca—, pero se convirtió en placer masoquista cuando él empezó a embestir rudo, panza golpeando contra su espalda con cada empujón.
—Qué culo apretado, reina… pero se abre para pija negra sucia —gruñó el alto, embestidas profundas y rápidas—. Tu marido trabaja y vos acá, dejando que cinco negros podridos te rompan en un callejón diurno. Sos una mamá puta que finge ser decente.
El gordo se colocó frente a ella, le abrió la boca con dedos gordos y mugrientos, y le metió la polla venosa hasta la garganta. Olía fuerte ahí abajo: prepucio retraído con esmegma blanquecino acumulado, como crema rancia y amarga que se pegaba a su lengua. Laura se atragantó, lágrimas rodándole por las mejillas, pero succionó con avidez, saboreando la sal y el regusto podrido.
—Tragá, mamita fina —gruñó el gordo, follándole la boca con embestidas cortas y brutales—. Mirá cómo te llenamos por todos los agujeros… sos una esposa puta que finge ser decente, pero extrañás pija sucia como la nuestra. Imaginá si un vecino te ve cagándote de placer en este callejón.
El flaco se unió por debajo: le levantó una pierna y empujó su polla en su coño de un tirón rudo, triple penetración que la hizo sentir partida en tres. Las tres pollas se rozaban dentro de ella, embestidas descoordinadas, fluidos goteando por sus muslos: jugos de ella, escupitajos, semen precoz.
—Sos una madre zorra —dijo el flaco, mordiéndole el cuello—. Tu marido trabaja y vos acá, dejando que cinco negros rancios te rompan en un callejón diurno. Imaginá si alguien pasa y te ve abierta, gimiendo como puta.
Los dos nuevos se unieron al caos. El obeso con rollos de grasa se arrodilló y le metió los dedos en el coño junto a la polla del flaco, estirándola más, mientras le lamía los pies transpirados del día.
—Uffff… mirá estos pies sudados de mamá ocupada —gruñó—. Huelen a día entero de quehaceres, a transpiración guardada, a pies que no tuvieron tiempo para ducha. Chupá mis dedos mientras te rompen, reina… dejá que te huela como a una puta casada.
El arrugado con llagas le chupó las tetas hinchadas, mordiendo los pezones con rudeza hasta que la leche salió en chorros calientes. Tragó con hambre, leche resbalando por su barba sucia.
—Qué rica leche de mamá puta —gruñó—. Mirá cómo te ordeño mientras te rompen, reina. Tu bebé come de estas tetas… y ahora nosotros también. Sos una vaca familiar, una lechera zorra que se deja usar en un callejón sucio.
La follada duró tres horas eternas e intensas. Rotaban sin parar: triple, quadruple penetración —dos en coño, dos en ano, boca siempre llena—. Embestidas rudas, brutales, sin piedad. El callejón olía a sexo, basura, transpiración de Laura y olores de ellos: axilas cebolla podrida, pies vinagre rancio, pollas con esmegma untándola como crema pegajosa.
Durante una doble anal ruda —dos pollas gruesas estirando su ano al límite—, Laura sintió un espasmo incontrolable. Con las embestidas brutales, salió caca: materia fecal suave resbalando por sus muslos, oliendo fuerte a intestino y mezclándose con el semen y escupitajos. Ella se sonrojó de vergüenza, pero los hombres lo vieron y gruñeron de placer, excitados más que nunca.
—Mirá qué sucia, reina —gruñó el alto, embestiendo más fuerte—. Te sale caca del culo roto… sos una puta real, una mamá degradada que se caga de placer en un callejón diurno. Nos gusta más así… más sucia, más humillada. Untémonos con tu mierda, vaca puta.
El gordo lamió un poco de la materia fecal de sus muslos, tragando con gemidos guturales, y untó su propia polla con ella antes de empujar de nuevo en su coño.
—Qué rico… caca de mamá puta… mirá cómo te ensuciamos más. Sos una zorra familiar que se caga de placer.
Laura, humillada al máximo, se corrió más fuerte que nunca: orgasmo convulsionante, chorro caliente salpicando el suelo del callejón, mientras su ano expulsaba más caca con cada embestida ruda, leche saliendo de sus tetas en chorros que el arrugado tragaba con hambre.
Los cinco se vaciaron en chorros espesos: dentro de coño y ano, rebosando con caca y fluidos; sobre tetas y leche materna, mezclando todo en una pasta pegajosa; en boca, tragando semen grumoso con regusto a esmegma y caca untada.
Laura quedó temblando contra la pared, cubierta de semen, leche materna, caca resbalando por sus muslos, el callejón oliendo a sexo, basura y sus propios desechos. Los cinco se fueron, dejándola sola.
Se limpió rápido con una toalla que había traído, se subió el vestido y salió del callejón disimulando, corazón latiéndole fuerte mientras pasaba gente normal en la calle principal.
Pero en su mente, ya planeaba el siguiente.

3 Lecturas/14 junio, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: amiga, amigos, anal, hijo, madre, mayor, mayores, sexo
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