La doctora elena y los mendigos 7 – el gangbang
Un gangbang para laura.
AL FIN ENCONTRARON UNA NODRIZA Y YA NO TIENE QUE AMAMANTAR AL BEBE.
Laura miró la cuna vacía desde la mecedora del living. Mateo ya no estaba allí para la lactancia de las 14 hs. La nodriza —una mujer amable de unos 40 años que Carla había recomendado— acababa de llevárselo para la siguiente toma en la habitación contigua. “Es mejor así”, le había dicho Carla en la consulta final, “para que no haya riesgo de alergia o problemas hormonales”. Pablo había aceptado sin preguntas, aliviado de que el bebé siguiera recibiendo leche materna “de calidad”. Los chicos mayores ni siquiera habían notado el cambio.
Pero Laura sí. Cada vez que oía el sonido de la nodriza succionando o veía las botellas de leche fresca en la heladera, sentía un nudo en el estómago que no era solo tristeza. Era algo más oscuro, más ardiente.
Se levantó despacio, el cuerpo todavía sensible tres meses después del parto. Sus pechos, que antes estaban hinchados y doloridos por la producción constante, ahora se sentían más livianos, pero seguían produciendo leche. Las pastillas que Carla le había recetado (para “regular las hormonas”) no habían detenido todo; solo habían reducido el flujo. A veces, por las noches, se despertaba con la remera húmeda, gotas blancas resbalando por los pezones. Y cada vez que eso pasaba, el morbo la golpeaba como un latigazo.
“Mi leche… ya no es para Mateo”.
El pensamiento la invadió mientras lavaba los platos del almuerzo. Mateo estaba con la nodriza en la otra habitación, succionando de pechos ajenos, recibiendo nutrición de una extraña. Y ella, la madre, estaba ahí, con sus tetas llenas de un líquido que ya no le pertenecía a su hijo. “Soy una mala madre. Una madre que prefiere que su leche sea para hombres sucios, para que me ordeñen como a una vaca puta mientras me follan rudo”. La culpa la apretó el pecho, lágrimas asomando en los ojos. Imaginó al bebé llorando de hambre, rechazando la leche de la nodriza, y ella sintiéndose aliviada porque “su leche” ahora era exclusiva para ellos. Para el alto chupando con fuerza, tragando chorros calientes mientras la llamaba “lechera zorra”. Para el gordo lamiendo sus pezones hasta que saliera hasta la última gota, mezclada con semen y sudor.
“¿Cómo puedo pensar esto? Es mi hijo. Lo parí, lo alimenté con mi cuerpo… y ahora quiero que esa leche sea para indigentes que me degradan”. El conflicto moral la consumía. Se sentía egoísta, perversa, una traidora a su rol de madre. “Pablo cree que lo hacemos por salud… pero es por mi morbo. Quiero sentir que mis pechos no son para la familia, sino para placer prohibido. Para que me usen, me ordeñen, me humillen”. La vergüenza la hacía sonrojarse, pero el calor entre las piernas era innegable. El tabú —leche materna como fetiche sexual— la excitaba de una forma que la aterrorizaba. “Soy una madre que prefiere alimentar a desconocidos sucios que a mi propio hijo. ¿Qué clase de mujer soy?”.
Mientras doblaba la ropa limpia en la habitación, el pensamiento volvió más fuerte. Vio la cuna vacía, el body de Mateo colgado en el perchero, y se imaginó a los indigentes chupando sus tetas en vez del bebé. “Mi leche dulce y caliente… solo para sus bocas rancias. Para que me llamen ‘vaca familiar’, ‘lechera puta’ mientras me rompen el culo”. La culpa era un peso físico en el pecho, pero el morbo la hacía apretar los muslos. “No quiero dejar de ser madre… pero quiero que mi cuerpo sea mío para esto. Para el placer sucio, para la degradación”.
Se sentó en el borde de la cama, manos en los pechos sensibles. Una gota de leche salió sola, resbalando por el pezón. La recogió con el dedo y se la llevó a la boca, saboreando lo dulce y cremoso. “Esto ya no es para Mateo… es para ellos”. El conflicto la hacía llorar bajito: amor por su hijo versus deseo egoísta, pureza maternal versus perversa liberación.
Pero el deseo ganaba. Sabía que en una semana volvería a buscarlos. Y esta vez, su leche sería exclusivamente para ellos.
Laura caminaba por el parque de Quilmes con Mateo en el carrito, como hacía casi todas las tardes. El bebé, ahora de seis meses, gorjeaba feliz mirando las hojas de los árboles moverse con el viento suave de primavera. Laura empujaba el carrito con movimientos automáticos, vestida con un jogging gris y una remera suelta que disimulaba sus curvas posparto. Por fuera, era la imagen perfecta de una madre dedicada: sonrisa tranquila, pelo recogido en un rodete desprolijo, bolsa con pañales colgando del manubrio. Pero por dentro, bullía un secreto que la consumía desde hacía semanas.
Desde que había dejado de amamantar a Mateo por completo —siguiendo el “consejo médico” de Carla y la excusa de las hormonas desbalanceadas—, sus pechos seguían produciendo leche en abundancia. Las pastillas para suprimir la producción no habían funcionado del todo, o quizás ella no las tomaba como debía. Cada vez que sentía los pezones hinchados y goteando bajo la remera, el morbo la golpeaba como una ola: “Mi leche ya no es para mi bebé… es para ellos. Para que me ordeñen como a una vaca sucia”. La culpa la atenazaba —“¿Cómo puedo preferir que mi leche sea para mendigos sucios en vez de para mi propio hijo?”—, pero el deseo era más fuerte. Se sentía liberada, perversa, como si hubiera reclamado su cuerpo para un placer prohibido que nadie más entendía.
De repente, lo vio. Sentado en el mismo banco de siempre, el alto de piel oscura, uno de los que la había iniciado en todo esto. Fumaba un cigarro liado, mirando el camino con esa calma de quien no tiene prisa. Cuando la vio pasar con el carrito, apagó el cigarro en el suelo y se levantó despacio, acercándose con las manos en los bolsillos. Laura sintió el corazón acelerarse, miró alrededor —otras madres con carritos, un grupo de niños jugando al fútbol, nadie prestando atención— y redujo el paso, fingiendo ajustar la mantita de Mateo.
—Buenas tardes, reina —dijo él en voz baja, casi un susurro ronco, deteniéndose a una distancia prudente para que pareciera una charla casual—. Mirá qué linda mamá estás… paseando al chiquito como si nada.
Laura tragó saliva, el calor subiéndole por el cuello. El olor de él llegó sutil: sudor rancio mezclado con tabaco barato y calle sucia. Nadie los miró, pero el riesgo de que alguien conocido pasara la ponía nerviosa y excitada al mismo tiempo.
—No deberías hablarme acá —susurró ella, empujando el carrito un poco más—. Hay gente… y el bebé…
Él sonrió lento, mostrando dientes amarillentos, y caminó a su lado como si fueran conocidos.
—Tranquila, señora. Solo dos personas charlando en el parque. Nadie sospecha nada. —Bajó la voz aún más—. Pero yo sé quién sos de verdad. La mamá recatada que se deja romper rudo al lado de la basura mientras el marido duerme.
Laura sintió un chorro de humedad entre las piernas. Miró a Mateo, que jugaba con un sonajero, ajeno a todo.
—Escuchame —dijo ella, voz temblorosa pero decidida—. Dejé de amamantar al bebé. Por completo. Carla me ayudó a inventar una excusa para Pablo… problemas hormonales, una nodriza para Mateo. Ahora mi leche… es solo para ustedes. Para los sucios mendigos como vos.
Él levantó una ceja, sorprendido pero excitado de inmediato. Su sonrisa se ensanchó, ojos brillantes.
—Mirá vos, reina… qué puta maternal. Dejaste de darle leche a tu propio hijo para guardarla para nosotros. —Se inclinó un poco más, voz ronca envolviéndola—. Imaginá… tetas llenas de leche dulce que ahora son para pijas sucias como la mía. Te voy a ordeñar como a una vaca puta, tragarme cada chorro mientras te rompo el culo. Tu bebé come de otra… y vos le das a mendigos rancios que te usan como lechera zorra.
Laura apretó el manubrio del carrito con fuerza, las rodillas flojas. El morbo la golpeó fuerte: el contraste entre su rol de madre paseando al bebé y esa charla sucia en pleno día.
—Quiero más leche para darles —susurró ella, mirando de reojo a una pareja que pasaba cerca—. Mucha más. Que me chupen hasta que salga todo, que me untéen con ella mientras me follan. Que me digan lo mala madre que soy por preferir alimentar a sucios como vos que a mi hijo.
Él rio bajito, un sonido gutural que la hizo temblar.
—Qué puta incestuosa maternal… prefiriendo leche para mendigos podridos que para tu chiquito. Te vamos a ordeñar rudo, reina: chupando tetas hinchadas hasta que grites bajito, tragando tu leche dulce mientras te embestimos como animales. Imaginá si tu marido te ve ahora, charlando con un negro sucio que sabe que tu leche es para pijas rancias. Sos una mamá zorra, una lechera degradada que se moja paseando al bebé mientras planea cagarse de placer en un callejón.
Laura sintió el calor entre las piernas convertirse en humedad que resbalaba por sus muslos. Miró a Mateo, inocente en el carrito, y la culpa la pinchó, pero el deseo era más fuerte.
—Organizalo —susurró ella—. Pronto. Quiero que sea rudo, que me rompan como antes… y que jueguen con mi leche hasta que no quede nada.
Él asintió, satisfecho.
—Te mando mensaje, reina. Preparate para ser nuestra lechera puta.
Dio media vuelta y se alejó despacio, dejando a Laura sola con el carrito, temblando de excitación y morbo en medio del parque inocente.
El Plan del Gangbang en la Casa del Mendigo – La Tarde de Laura
Una semana después del encuentro en el callejón, Laura ya no podía contener el morbo que la consumía. Cada vez que amamantaba a Mateo —aunque ahora era menos frecuente, con la nodriza cubriendo la mayoría de las tomas—, el recuerdo de ser ordeñada como una vaca puta la hacía apretar los muslos. La culpa por preferir su leche para indigentes sucios en vez de para su hijo la atenazaba, pero el deseo era más fuerte: “Mi cuerpo es mío… para nutrir, pero también para degradar”. Se sentía liberada y aterrorizada al mismo tiempo, como si hubiera cruzado una línea que no tenía vuelta atrás.
Esa mañana, mientras Pablo se iba al trabajo con su beso rutinario y los chicos mayores salían para la escuela, Laura recibió un mensaje del alto de piel oscura, el indigente que la había iniciado en todo.
“Reina, te tengo una sorpresa. Te organizo un gangbang exclusivo para vos en la casa de uno de mis compadres mendigos. En la tarde, a las 15, cuando tu marido trabaja y los chicos en la escuela. Traigo a siete como antes: sucios, rudos, listos para romperte y ordeñarte como vaca puta. Inventá una excusa para tu familia. Deja al chiquito con alguien. Va a ser inolvidable.”
Laura sintió un escalofrío de excitación y miedo. Un gangbang en la casa de un mendigo, durante el día, con riesgo de exposición si algo salía mal. El morbo la invadió: “En una casa sucia, rodeada de indigentes, mientras mi familia cree que estoy en un trámite normal”. Pero también el pánico: “¿Y Mateo? No puedo dejarlo solo”. Respondió rápido: “Ok, pero ¿qué excusa? Y el bebé… mi suegra quizás pueda cuidarlo”.
Él respondió al instante: “Deciles que vas a una reunión de mamás o a comprar cosas para el chiquito. Algo inocente. Si tu suegra no puede, traelo. Hay una habitación al lado para que duerma mientras te rompemos. Nadie lo toca, reina. Solo vos sos nuestra puta”.
Laura se mordió el labio, el corazón latiéndole fuerte. Llevar a Mateo al lugar… el riesgo era enorme. “¿Y si llora? ¿Si alguien lo ve? Soy una mala madre por siquiera pensarlo”. La culpa la golpeó como una ola, pero el morbo la ahogaba: “Mi bebé durmiendo al lado mientras me follan rudo y me ordeñan… el contraste me va a hacer correrme más fuerte”. Se sentía perversa, egoísta, pero excitada como nunca. “Mi leche solo para ellos… mi cuerpo para degradar… mientras mi hijo duerme inocente”.
Llamó a su suegra esa misma mañana.
—Mamá, ¿podés cuidar a Mateo esta tarde? Tengo que ir a una reunión de madres en el barrio, algo del jardín maternal.
La suegra dudó un momento.
—Ay, Lau, justo hoy tengo el médico a las 14. No puedo, amor. ¿Pablo no puede?
Laura sintió el pánico subirle por la garganta. “No puedo cancelar… lo necesito”. Pero también el morbo: “Tendré que llevarlo… como dijo él”. La idea la aterrorizó —“¿Qué madre lleva a su bebé a un gangbang?”—, pero la excitó aún más: “Mateo durmiendo al lado mientras me rompen… el riesgo de que llore y todo se acabe”. Respondió a su suegra con voz calmada.
—No hay problema, mamá. Lo llevo conmigo. Gracias igual.
Colgó y mandó mensaje al alto: “Mi suegra no puede. Lo llevo. Asegurate que la habitación sea segura y silenciosa”.
Él respondió: “Perfecto, reina. El compadre tiene una pieza al fondo con puerta. Ponelo a dormir ahí y vení con nosotros. Va a ser más sucio así: mamá puta follando rudo mientras el chiquito duerme al lado. Imaginá si llora y tenés que parar con el culo abierto”.
Laura tembló, sentada en la cocina. El plan estaba hecho. A las 15, inventaría una “reunión de mamás” para Pablo por teléfono (él trabajaba hasta las 19), llevaría a Mateo en el carrito, caminaría al barrio pobre donde vivía el mendigo, lo acostaría en la habitación al lado… y se entregaría a siete hombres sucios para que la rompieran rudo y la ordeñaran como vaca puta.
El morbo la consumía: “Soy una madre que arriesga todo por esto”. La culpa la pinchaba —“¿Y si le pasa algo a Mateo? ¿Qué clase de mujer soy?”—, pero el deseo era más fuerte: liberación, degradación, el contraste con su vida “perfecta” la hacía sentir viva.
El sábado se acercaba.
Laura se miró en el espejo del baño, el vapor de la ducha empañando el vidrio. Mateo ya había tomado su última toma de fórmula esa mañana, y la nodriza había venido a buscarlo para el resto del día. La casa estaba en silencio, pero su mente era un remolino que no paraba de girar desde que había dejado de amamantar por completo. Tres semanas habían pasado desde la consulta con Carla, donde el plan se había ejecutado a la perfección: Pablo convencido, la nodriza contratada, Mateo adaptándose sin problemas a la leche ajena. Por fuera, todo era normal. Pero por dentro, Laura se sentía como si hubiera cruzado una línea invisible, una que la definía como madre… y como mujer.
“¿Qué clase de madre soy?”, pensó mientras se secaba el pelo con una toalla. Sus pechos, todavía hinchados pero menos dolorosos, goteaban una gota ocasional de leche que resbalaba por su vientre. Antes, esa gota habría sido para Mateo, un acto de amor puro, de nutrición instintiva que la hacía sentir completa, conectada con su bebé de una forma que nada más podía igualar. Ahora, la recogía con el dedo y se la llevaba a la boca, saboreando lo dulce y cremoso, imaginando que era para ellos. Para los indigentes sucios que la llamaban “vaca puta” mientras la ordeñaban. La culpa la golpeó como un puñetazo en el estómago: “Mi leche era para mi hijo… para nutrirlo, para darle lo mejor de mí. Y yo elegí que sea para placer sucio, para hombres que me degradan”. Se sintió egoísta, perversa, una traidora a su instinto maternal. “Mateo necesita lo mejor… y yo lo privé de mi leche por mi morbo. ¿Soy una mala madre? ¿Una que pone su deseo por encima de su bebé?”.
Se vistió con ropa cómoda —un jogging gris y una remera suelta— y bajó a la cocina a preparar el almuerzo para cuando Pablo volviera. Mientras cortaba verduras, el pensamiento volvió más fuerte. Mateo ahora comía de botellas preparadas por una extraña, leche que no era la suya, que no tenía su esencia. “Lo parí, lo llevé nueve meses dentro de mí… y ahora mi cuerpo produce algo que ya no le doy a él. Lo reservo para ellos, para que me chupen como animales en un callejón o en mi patio”. La culpa era un peso físico en el pecho, un nudo que la hacía llorar bajito sobre la tabla de cortar. Se imaginaba a Mateo creciendo sin ese vínculo íntimo, preguntándose algún día por qué su mamá no lo amamantó más, y el remordimiento la consumía. “Soy una madre que elige el placer degradante sobre el amor puro. ¿Qué dice eso de mí? ¿Que soy egoísta? ¿Que no merezco ser madre?”.
Pero entonces, como siempre, el morbo se colaba entre la culpa y la encendía como una chispa en gasolina. Mientras lavaba los platos, sintió los pezones endurecerse bajo la remera, una gota de leche mojando la tela. “Mi leche solo para ellos… para que me ordeñen mientras me rompen, me llaman puta lechera”. El contraste la ponía caliente: la pureza de la maternidad torcida en algo sucio, prohibido. “Soy una mala madre… y eso me excita. Me excita saber que priorizo mi deseo, que mi cuerpo ya no es solo para mi familia, sino para placer animal”. El calor entre las piernas crecía con cada pensamiento: imaginaba a los indigentes tragando chorros calientes de su leche mientras la follaban rudo, humillándola por “robarle la leche a tu bebé para dársela a mendigos sucios”. La culpa amplificaba todo: “Debería sentirme horrible… pero me pone más caliente que nunca. Quiero ser esa madre egoísta, esa que se entrega a la degradación porque la hace sentir viva”.
Se sentó en el sofá, manos temblorosas, mirando la cuna vacía en la esquina del living. “Mateo no sufre… tiene leche buena de la nodriza. Pero yo… yo elegí esto. Elegí que mi leche sea para bocas rancias, para manos ásperas que me usan como objeto”. Las emociones eran un torbellino: vergüenza por traicionar su rol maternal, excitación por reclamar su cuerpo para placer propio, liberación por romper el “deber ser” de madre perfecta. “Soy una mala madre… y me encanta. Me pone caliente saber que mi leche nutre a sucios en vez de a mi hijo”. Lágrimas rodaron por sus mejillas, pero entre las piernas sentía la humedad crecer, el clítoris palpitando solo con el pensamiento.
Al final del día, cuando Pablo volvió y la familia cenó junta, Laura sonrió y charló como siempre. Pero por dentro, el morbo ganaba: “Soy una mala madre… y eso me hace querer más”.
Laura miró el reloj de la cocina por enésima vez: 14:45. El gangbang estaba planeado para las 15:30 en la casa del mendigo, un tugurio en el barrio pobre a veinte minutos de caminata. Pablo estaba en el trabajo hasta las 19, los hijos mayores en la escuela hasta las 16:30. Pero Mateo… el bebé era el problema. Su suegra había llamado esa mañana: “No puedo cuidarlo hoy, Lau, tengo un compromiso”. El pánico inicial la había golpeado fuerte, pero luego recordó a la vecina de al lado, una mujer mayor y sola que siempre se ofrecía para ayudar con los chicos. “Claro que sí, traémelo, mi amor. Me encanta tenerlo un rato”.
Laura dejó a Mateo con la vecina a las 15:00, con una sonrisa fingida y una excusa rápida: “Voy a una reunión de mamás en el barrio, vuelvo en un par de horas”. La vecina no preguntó más, solo arrulló al bebé y cerró la puerta. Laura sintió un nudo en el estómago mientras caminaba hacia el barrio pobre: culpa por dejar a su hijo con una extraña para esto, excitación por el riesgo de que algo saliera mal y tuviera que volver corriendo. “Soy una mala madre… priorizando mi deseo sucio sobre mi bebé”. El pensamiento la humillaba, pero también la encendía: el contraste entre su rol de mamá dedicada y la puta que iba a ser en media hora la ponía al borde.
No se había bañado. El día había sido caluroso, y después de los quehaceres —lavar platos, doblar ropa, cambiar pañales—, su cuerpo olía a transpiración acumulada: axilas saladas con un toque ácido, pies calientes y sudorosos dentro de las sandalias, coño húmedo de anticipación mezclado con el olor natural del día. “Van a olerme real… sucia como una mamá ocupada que no tuvo tiempo para arreglarse”. La idea la aterrorizaba un segundo —“¿y si les da asco?”— pero luego la excitaba más que nunca. El morbo de su propia suciedad —transpirada, oliendo a día normal de madre— agregaba una capa de humillación que la hacía apretar los muslos mientras caminaba.
Llegó a la casa del mendigo a las 15:25: un tugurio destartalado con paredes agrietadas, olor a moho y basura acumulada saliendo por la puerta entreabierta. El alto la esperaba en el umbral, con su sonrisa lenta y ronca.
—Reina… llegaste justa —dijo en voz baja, cerrando la puerta detrás de ella—. Mirá lo que te trajimos: siete mendigos sucios listos para romperte rudo. Sin bebé esta vez… ahora sos solo nuestra puta lechera.
Laura tembló al verlos: los siete sentados en colchones rotos y sillas desvencijadas, oliendo fuerte a sudor rancio, pies sin lavar, axilas cebolla podrida, pollas ya medio duras bajo pantalones sucios. El alto la agarró por la cintura y la empujó al centro de la habitación, levantándole el vestido de un tirón.
—Mirá esta mamá puta —gruñó el alto, escupiendo un gargajo espeso directo en su ano—. Vino sin bañarse, oliendo a transpiración de día entero. Huele a mala madre que prefiere pija sucia que cuidar a su chiquito.
El gordo con panza colgante se arrodilló frente a ella y le quitó las sandalias, hundiendo la nariz en sus pies calientes y sudorosos.
—Uffff… mirá estos pies transpirados de mamá ocupada —gruñó—. Huelen a día entero de quehaceres, a sudor guardado, a pies que no tuvieron tiempo para ducha porque venía a ser follada rudo. Sos una mala madre, reina… dejando a tu bebé para que te rompamos al lado de la basura.
El flaco venoso le abrió la boca y le metió la polla hasta la garganta, prepucio retraído con esmegma blanquecino que se pegaba a su lengua.
—Tragá, mamita fina —gruñó—. Sos una esposa puta que finge ser decente, pero prefieres pija sucia a amamantar a tu hijo. Mirá cómo te llenamos la boca mientras tus tetas gotean leche para mendigos.
Los otros se unieron: manos ásperas separándole las nalgas, escupitajos viscosos lubricando, pollas gruesas empujando en coño y ano al mismo tiempo. Doble penetración ruda desde el principio, embestidas brutales que la hacían jadear, pero con humillación verbal constante sobre ser “mala madre”.
—Sos una mamá zorra —gruñó uno mientras le mordía el cuello—. Tus tetas eran para tu bebé… pero ahora son para nosotros. Mirá cómo gotean leche… dejame ordeñarte como a una vaca puta que prefiere alimentar mendigos sucios que a su propio hijo.
El obeso chupó un pezón con fuerza, leche saliendo en chorros calientes que tragaba con gemidos guturales, resbalando por su barba sucia.
—Qué rica leche de mala madre —gruñó—. Tu hijo come fórmula mientras nosotros te ordeñamos rudo. Sos una puta egoísta, reina… priorizando pija sucia sobre tu chiquito.
Laura temblaba, el morbo amplificado por los olores: sus pies transpirados siendo lamiados, olor a vinagre rancio y sudor femenino excitando a los hombres que la llamaban “mala madre con pies sucios”. “Soy una mala madre… dejando mi leche para ellos… oliendo a día entero para que me usen”. La culpa la ponía más caliente, orgasmo acercándose rápido.
Laura estaba ya al borde de sí misma en el tugurio del mendigo: el cuerpo temblando, el coño y el ano rellenos por tres pollas gruesas y venosas que se rozaban dentro de ella con embestidas descoordinadas, fluidos goteando por sus muslos —jugos de ella, escupitajos viscosos, semen precoz—. El aire era espeso con olores a moho, basura fermentada y los cuerpos de los siete hombres: sudor rancio concentrado, axilas cebolla podrida, pies vinagre viejo, pollas con esmegma untándola como crema pegajosa. La habitación era un caos de colchones rotos, paredes agrietadas y botellas vacías rodando por el piso.
El alto salió de su coño con un sonido húmedo y obsceno, dejando un hilo viscoso colgando. El gordo y el flaco siguieron embistiendo rudo su ano y boca, pero el alto la giró como a una muñeca, poniéndola en cuatro sobre un colchón sucio y manchado.
—Ahora te rompemos el culo como se merece una mala madre como vos —gruñó el alto, escupiendo un gargajo espeso directo en su ano ya abierto—. Mirá cómo te abrimos, reina… tu marido trabaja y vos acá, dejando que siete mendigos sucios te follen rudo mientras tu bebé come de otra. Sos una puta egoísta que prefiere pija negra podrida a amamantar a su chiquito.
Dos más se unieron detrás: el obeso con rollos de grasa y el arrugado con llagas. El obeso empujó su polla gruesa en su ano al mismo tiempo que el gordo, doble anal brutal que la estiró al límite, dolor ardiente convirtiéndose en placer masoquista. Embistidas rudas, descoordinadas, panzas golpeando contra su espalda con cada empujón.
—Doble anal para la mamá puta —gruñó el obeso, embistiendo fuerte—. Mirá cómo te rompen el orto, reina… sos una mala madre que deja su leche para mendigos sucios en vez de para su bebé. Empujá más, zorra… dejá que te abramos hasta que grites.
Laura gritó bajito al principio, mordiéndose el brazo para amortiguar, pero las embestidas se volvieron más brutales, pollas rozándose dentro de su ano, estirándola como nunca. El dolor era intenso, pero el morbo la llevaba al borde. De repente, con una embestida particularmente ruda del obeso, sintió un espasmo incontrolable: caca salió de su ano, materia fecal suave resbalando por sus muslos y por las pollas de ellos, oliendo fuerte a intestino y mezclándose con el semen y escupitajos.
Laura se sonrojó de vergüenza, lágrimas rodando por sus mejillas, pero los hombres lo vieron y gruñeron de placer, excitados más que nunca. El arrugado lamió un poco de la caca de sus muslos, tragando con gemidos guturales.
—Mirá qué sucia, reina —gruñó el alto, embistiendo más fuerte—. Te sale caca del culo roto… sos una puta real, una mamá degradada que se caga de placer mientras te rompen rudo. Nos gusta más así… más sucia, más humillada. Untémonos con tu mierda, vaca puta egoísta que prefiere cagarse para mendigos que amamantar a su hijo.
El obeso untó su polla con la caca y empujó de nuevo, embestidas brutales que hacían salir más materia fecal, el olor invadiendo la habitación como una nube tóxica.
—Qué rico… caca de mala madre —gruñó—. Mirá cómo te ensuciamos más, zorra. Sos una puta familiar que se caga de placer porque tu leche es para nosotros, no para tu chiquito. Grita más, reina… grita como la mala madre que sos.
Laura gritó entonces, voz rota y alta, embestidas rudas haciéndola convulsionar: “¡Sí… soy una mala madre… folladme más duro!”. El placer masoquista la llevaba al límite, caca resbalando por sus piernas, humillación verbal amplificándolo todo.
Laura gritó entonces, voz rota y alta, embestidas rudas haciéndola convulsionar: “¡Sí… soy una mala madre… folladme más duro!”. El placer masoquista la llevaba al límite, caca resbalando por sus piernas, humillación verbal amplificándolo todo.
Los siete hombres rotaron con rudeza, cambiando posiciones sin parar para romperla en cada una. Primero la pusieron en una pose de perra: Laura en cuatro sobre el colchón sucio, culo en alto, cabeza pegada al piso pegajoso. El alto y el obeso empujaron sus pollas gruesas en su ano al mismo tiempo, doble anal brutal que la estiró como nunca, embestidas descoordinadas que hacían salir más caca con cada golpe. El olor a intestino fresco invadía la habitación, mezclándose con semen y escupitajos.
—Mirá cómo te cagas, mala madre —gruñó el alto, embestiendo con fuerza—. Tu ano roto expulsando mierda mientras te rompemos… sos una puta degradada que prefiere cagarse para mendigos sucios que amamantar a su bebé. Grita más, zorra… grita como la mamá egoísta que sos.
Valentina gritó fuerte, “¡Sí, soy una mala madre… cagándome de placer!”. El obeso untó su polla con la caca y empujó más profundo, el arrugado chupando sus tetas hinchadas, mordiendo pezones para que la leche saliera en chorros calientes que tragaba con hambre, resbalando por su barba sucia.
—Qué rica leche de mamá puta —gruñó el arrugado—. Te ordeño como a una vaca egoísta que roba leche a su chiquito para dársela a nosotros. Sos una lechera zorra, gritando mientras te cagas.
Cambiarón a pose de sándwich: Valentina suspendida entre dos, el gordo en su coño embistiendo rudo, panza golpeando contra su vientre, el flaco en el ano empujando brutal, caca saliendo con cada entrada, untando pollas y muslos. Un tercero le follaba la boca, polla con esmegma metida hasta la garganta, mientras otro le lamía los pies transpirados.
—Uffff… estos pies sudados de mala madre —gruñó el que lamía—. Huelen a día entero de mentiras familiares, a transpiración guardada para mendigos sucios. Grita más, puta… mientras te cagas y te ordeñan.
Valentina gritaba ahogada alrededor de la polla, “¡Folladme duro… soy una mala madre cagándome para vosotros!”. Leche saliendo de sus tetas con cada embestida, chorros calientes que los hombres tragaban, untando cuerpos sucios.
Luego pose de rueda: Valentina en el centro, rodando entre pollas, doble anal en cada turno, caca resbalando por el piso, hombres untándose con ella, excitados más que nunca.
—Nos gusta tu mierda, mala madre —gruñían—. Cágate más, puta… sos una zorra que prefiere cagarse para mendigos que ser madre decente. Grita, lechera cagona!
Valentina gritaba más fuerte, orgasmo tras orgasmo convulsionando su cuerpo, caca saliendo con cada embestida ruda, leche chorreada por tetas, el placer humillante llevándola al límite.
Laura gritó entonces, voz rota y alta, embestidas rudas haciéndola convulsionar: “¡Sí… soy una mala madre… folladme más duro!”. El placer masoquista la llevaba al límite, caca resbalando por sus piernas, humillación verbal amplificándolo todo.
Los siete hombres rotaron con rudeza, cambiando posiciones sin parar para romperla en cada una. Primero la pusieron en una pose de perra: Laura en cuatro sobre el colchón sucio y manchado, culo en alto, cabeza pegada al piso pegajoso. El alto y el obeso empujaron sus pollas gruesas en su ano al mismo tiempo, doble anal brutal que la estiró al límite, embestidas descoordinadas que hacían salir más caca con cada golpe. El olor a intestino fresco invadía la habitación, mezclándose con semen y escupitajos.
—Mirá cómo te cagas, mala madre —gruñó el alto, embestiendo con fuerza—. Tu ano roto expulsando mierda mientras te rompemos… sos una puta real, una mamá degradada que se caga de placer mientras te rompen rudo. Nos gusta más así… más sucia, más humillada. Untémonos con tu mierda, vaca puta egoísta que prefiere cagarse para mendigos que ser madre decente.
Laura gritó fuerte, “¡Sí, soy una mala madre… cagándome de placer!”. El obeso untó su polla con la caca y empujó más profundo, el arrugado chupando sus tetas hinchadas, mordiendo pezones para que la leche saliera en chorros calientes que tragaba con hambre, resbalando por su barba sucia.
—Qué rica leche de mamá puta —gruñó el arrugado—. Te ordeño como a una vaca egoísta que roba leche a su chiquito para dársela a nosotros. Sos una lechera zorra, gritando mientras te cagas.
Cambiarón a pose de sándwich: Laura suspendida entre dos, el gordo en su coño embestiendo rudo, panza golpeando contra su vientre, el flaco en el ano empujando brutal, caca saliendo con cada entrada, untando pollas y muslos. Un tercero le follaba la boca, polla con esmegma metida hasta la garganta, mientras otro le lamía los pies transpirados.
—Uffff… estos pies sudados de mala madre —gruñó el que lamía—. Huelen a día entero de mentiras familiares, a transpiración guardada para mendigos sucios. Grita más, puta… mientras te cagas y te ordeñan.
Laura gritaba ahogada alrededor de la polla, “¡Folladme duro… soy una mala madre cagándome para vosotros!”. Leche saliendo de sus tetas con cada embestida, chorros calientes que los hombres tragaban, untando cuerpos sucios.
Luego pose de rueda: Laura en el centro, rodando entre pollas, doble anal en cada turno, caca resbalando por el piso, hombres untándose con ella, excitados más que nunca.
—Nos gusta tu mierda, mala madre —gruñían—. Cágate más, puta… sos una zorra que prefiere cagarse para mendigos que ser madre decente. Grita más, lechera cagona!
Laura gritaba más fuerte, orgasmo tras orgasmo convulsionando su cuerpo, caca saliendo con cada embestida ruda, leche chorreada por tetas, el placer humillante llevándola al límite.


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