La pequeña “Malena”. 2/2
Regresé a mi casa con su imagen en mi cabeza. Me senté en el sillón y mi mente empezó a volar….
No pude evitar imaginar todas las formas en que me gustaría tomarla. Pero que quede claro: todo, absolutamente todo lo que me gustaría hacerle, debe ser lento… muy, muy lento, con una delicadeza casi sagrada. Una lentitud digna de una diosa, hasta que ninguno de los dos pudiera soportarlo más.
Imaginaba tenerla de frente. Antes de tocarla siquiera, la acariciaría, pero no con las manos, sino con la mirada. Desde la cabeza hasta los pies, como quien admira una obra de arte.
Luego empezaría a acariciarle ese lindo rostro, tan suavemente como si estuviera tocando a un ángel. Me acercaría hasta quedar a milímetros de su cuello, respiraría su aroma, le susurraría al oído lo hermosa y perfecta que es. Acariciaría sus brazos con lentitud, disfrutando de su calor y cada pequeño temblor. Le diría cosas dulces, la haría sentir tan segura que no quedaría ni una gota de vergüenza o resistencia en su cuerpo.
Poco a poco la despojaría de cada prenda, recorriendo su piel con las yemas de los dedos hasta memorizar cada curva y relieve. Solo entonces, cuando estuviera completamente desnuda y sin inseguridades, me permitiría besarla.
Saborearía sus labios con devoción, cada roce, cada respiro, cada caricia de nuestras lenguas. Después me arrodillaría ante ella como ante un altar, y con la misma reverencia, empezaría a besarla y acariciarla toda: sus mejillas, su cuello, su pecho. Me detendría en sus pezones, lamiéndolos y chupándolos con calma hasta dejarlos duros y sensibles. Bajaría por su abdomen, besando su ombligo. Luego descendería hasta llegar a su suave monte de venus. Lo besaría, lo lamería y llenaría mi nariz con su aroma íntimo, respirándola hasta quedar embriagado y olvidarme del mundo.
Recorrería sus piernas hasta besarle los pies, como un lacayo. Luego la haría dar la vuelta y subiría de nuevo, besando sus pantorrillas y deteniéndome en sus nalgas perfectas, besándolas y mordiéndolas suavemente. Seguiría por su espalda hasta llegar otra vez a su cuello y le susurraría: «Eres una diosa».
En ese momento mis manos dejarían de adorarla con calma y empezarían a reclamarla, apretando su cintura, sus nalgas y sus pequeños senos con voracidad. Le diría al oído: «Vas a ser mía» mientras mis dedos entre sus piernas no le darían tregua.
Una vez que empezara a temblar sin control y ya no quedara absolutamente ningún rastro de nervios en ella… entonces la haría mía.
La recostaría con suavidad sobre la cama y, con delicadeza, le abriría las piernas. Sin prisa, bajaría mi boca hasta su sexo y empezaría a devorarla con la misma devoción, lamiendo, chupando y saboreándola hasta hacerla perder el control otra vez, temblando y gimiendo sin poder contenerse.
Cuando estuviera completamente perdida en ese trance de placer, me colocaría entre sus piernas y entraría en ella muy lento, centímetro a centímetro, mirándola fijamente a los ojos. Empezaría con un ritmo profundo y calmado, disfrutando cada roce, cada contracción de su interior, acelerando poco a poco conforme su cuerpo me pidiera más, hasta hacerla quebrarse de placer debajo de mí.
Le daría un breve respiro, solo uno. Después la tomaría y la pondría encima de mí, dejando que marcara su propio ritmo, hasta que me cabalgara con desesperación. La sostendría con fuerza por las caderas mientras ambos estuviéramos llegando al límite solo para detenerla justo un momento antes de llegar…
Puedo imaginarla derrumbandose sobre mi pecho, con su aliento quemándome la piel y el calor de su cuerpo envolviéndome por completo.
Y solo después de todo eso… me permitiría follármela más duro, más sucio.
Mientras recupera el aliento, la tomaría entre mis brazos, la cargaría y la sostendría por las nalgas. Haría que sus brazos se aferraran a mi cuello y sus piernas se envolvieran alrededor de mi torso. Su apretada conchita quedaría exactamente justo a la altura de mi verga y así tendría todo su peso a mi voluntad.
Solo de imaginarla así, me hace respirar más pesado.
Empezaría lento, penetrándola con calma, ajustando cada movimiento, dejando que se acostumbrara a la profundidad.
No le permitiría apartar sus ojos de los míos ni un segundo, para así dejarle claro que es mía, que me pertenece por completo.
Poco a poco iría acelerando hasta ser más violento, clavarme en ella con saña y ver el placer en sus ojos, observar cómo su rostro enrojecido y sudado se va deformando poco a poco de placer.
Disfrutaría de su calor, de su respiración entrecortada, de cada temblor y cada contracción de su estrecha panochita al rededor de mí mientras se deshace en mis brazos.
Después, la arrojaría sobre la cama, la pondría en cuatro y la haría levantar ese rico y hermoso culito.
Me tomaría mi tiempo para admirarla, devorarla con los ojos: su espalda arqueada, su cintura estrecha, ese culo abierto y expuesto solo para mí. Entonces entraría de nuevo en ella, seguiría bombeándola, pero más salvaje. La sujetaría con fuerza del cabello, usándolo como si fuera una correa, mientras que con la otra mano la agarraría de la cadera para impedir que se aparte.
Casi puedo imaginar el sonido húmedo y brutal de nuestra piel chocando, sus gemidos rotos, el temblor de sus piernas y cómo su cuerpo se sacudíría con cada embestida.
La montaría con fuerza, cada vez más duro, hasta quebrarla por completo… y finalmente me correría dentro de ella, llenándola hasta el fondo.
…
Puedo imaginar muchas cosas más. Demasiadas.
Cosas peores. Cosas que me da vergüenza admitir.
Pero tristemente, eso es todo lo que puedo hacer… solo imaginar.

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