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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

Las vacaciones con la tía Elvira.

Un adolescente es enviado por sus padres a pasar unas vacaciones con su tía, esto le permite descubrir una faceta de su tía desconocida hasta el momento..
Las vacaciones con la tía Elvira.

Los preparativos en casa eran un caos absoluto. Mamá corría de un lado a otro, completamente enloquecida, armando el equipaje que llevaría con mi papá. Él, por su parte, revisaba minuciosamente los pasajes, las reservas y confirmaba que tanto los pasajes como el registro de conducir estuvieran en orden.

Era un despliegue de locura total, se iban un mes entero a Europa y se negaban a dejar el más mínimo detalle al azar.

Habían planificado todo de forma tan milimétrica que no solo me dejaban afuera del gran viaje, sino que ya tenían resuelto mi destino, me mandaban a pasar las vacaciones a la casa de la tía Elvira.

 

Elvira vivía en Mar del Plata desde hace varios años, viuda ya hace varios años, era una mujer madura llamativa, definida por contrastes muy marcados que llamaban la atención de inmediato. Tenía cincuenta años, de una figura regordeta de curvas generosas y porte imponente, sus caderas y muslos eran amplios y llamativos, coronados por un busto grande y prominente que acentuaba su presencia. Sin embargo, el hecho de no haber tenido hijos le permitía conservar cierta cintura sorprendentemente estrecha, creando una silueta que desafiaba el paso del tiempo.

Su piel era llamativamente blanca, lisa y clara como la leche, lo que hacía resaltar aún más su cabello lacio, de un negro azabache profundo que caía con naturalidad. El rasgo más cautivador de su rostro eran sus ojos, de un azul intenso y cristalino como el agua de mar (sin dudas la herencia de la abuela), que, combinados con su sonrisa y su trato cariñoso y pícaro a la vez, le daban un aire de constante misterio y calidez, mamá decía siempre que era una desenfadada.

 

La terminal de ómnibus era un hormiguero de gente. Mis padres, fieles a su estilo minucioso, me escoltaron hasta la plataforma del micro que me llevaría directo a Mar del Plata, asegurándose tres veces de que el equipaje estuviera bien guardado en la bodega. Ellos partirían hacia Europa al día siguiente, por lo que su cabeza ya estaba mitad en el Viejo Continente y mitad en las últimas recomendaciones que me daban sin parar.

Entre el ruido de los motores y el apuro de los pasajeros, nos despedimos con un beso rápido y el consabido “Pórtate bien o vamos a llamar a Elvira”.

Subí al micro y, mientras el coche maniobraba para salir a la ruta, los vi quedar atrás en la plataforma, visiblemente aliviados por haber cerrado la primera parte de su gran plan. Me esperaban unas horas de viaje hacia la costa, con el paisaje de la ruta provincial cambiando detrás de la ventanilla y la expectativa de reencontrarme con la tía Elvira, sabiendo que nos quedaban treinta días enteros de convivencia por delante y pensando además, como hacer para no aburrirme en la estadía.

 

Llegamos.

El micro frenó con un bufido en la terminal de Mar del Plata. Al bajar, el aire fresco y húmedo de la costa me dio de lleno en la cara, pero el ambiente se entibió en cuanto divisé a la tía Elvira entre la multitud de la plataforma. Caminaba hacia mí con paso firme, balanceando con elegancia sus curvas y vistiendo un vestido azul que resaltaba su figura. Al tenerme de frente, sus ojos azules brillaron con esa picardía que la caracterizaba.

Me miró de arriba abajo con una sonrisa de reojo y, antes de darme un beso en la mejilla, soltó con un firme tono de voz

 

—“¡Pero mirá lo que sos! Qué flaquito te tienen tus padres… menos mal que te dejan conmigo un mes entero, te voy a atender tan bien que vas a volver hecho todo un hombre.”

 

Agarró mi bolso sin darme tiempo a reaccionar y me hizo una seña para que camináramos hacia la salida.

 

El departamento de la tía Elvira tenía ese inconfundible aroma a madera, mar y hogar que me hizo relajar de inmediato. Quedaba en una de las avenidas principales, con un balcón que ofrecía una vista privilegiada de la costa marplatense. Al cerrar la puerta principal, el ruido de la calle quedó atrás y nos encontramos en un living amplio, decorado con muebles antiguos y alfombras tejidas.

 

—“Dejá las cosas por ahí y vení, te muestro tu rincón” dijo Elvira, mientras caminaba por el pasillo con su paso decidido, haciendo que el piso de parqué crujiera suavemente bajo sus pies.

 

Se detuvo frente a una habitación luminosa, que tenía una ventana enorme por donde se colaba la luz del atardecer. Abrió la puerta y me invitó a pasar con un gesto de la mano, mientras se apoyaba contra el marco de la puerta, cruzándose de brazos de una manera que acentuaba su silueta.

 

—“Este va a ser tu cuarto por este mes, la cama es comodísima, ideal para descansar después del día de playa. Eso sí, no quiero que andes con timideces acá adentro, esta es tu casa ahora, así que ponéte cómodo, sacáte el abrigo, y movéte o andá por la casa como más te guste, acá no hay prejuicios ni vergüenza si?, si querés andar en bolas, está permitido jaja” comentó riendo, mirándome fijamente con sus intensos ojos azules.

 

Antes de que pudiera avanzar hacia el ropero para acomodar mis bolsos, Elvira dio un paso al frente y acortó toda la distancia que nos separaba. Me tomó por sorpresa con un abrazo fuerte y envolvente, rodeándome con la calidez de sus brazos y ese perfume dulce y floral que parecía impregnar todo el ambiente.

 

—“Me hace muy bien que estés acá, no sabés lo sola que me siento a veces en este departamento tan grande, y fue una muy buena idea la de tus padres de mandarte conmigo.”  murmuró cerca de mi oído, con una voz suave que contrastaba con su energía habitual.

 

Al separarse apenas un poco, me sostuvo firmemente de los hombros. Sus ojos azules me recorrieron el rostro con una fijeza que me puso un poco nervioso, y con una sonrisa pícara, se inclinó para darme un beso en la mejilla, rozando deliberadamente la comisura de mis labios. El gesto duró un segundo de más, dejándome sentir la suavidad de su piel blanca antes de que se apartara del todo con total naturalidad.

 

—“Bueno, basta de sentimentalismos. Te dejo para que te cambies y te pongas algo más cómodo. Mientras tanto, voy a la cocina a preparar la cena. Espero que hayas venido con hambre. “dijo, dándose la vuelta con un movimiento elegante mientras se acomodaba el pelo lacio sobre los hombros.

 

Salió del cuarto con su andar seguro, dejándome parado junto a la cama, con el latido del corazón un poco más acelerado. Me quedé observando la habitación, sintiendo de golpe, y sin saber por qué, que los treinta días en Mar del Plata iban a ser mucho más interesantes de lo que me había imaginado en Buenos Aires.

 

 

Ayudé a Elvira a preparar la cena, puse la mesa bajo sus indicaciones y luego de cenar, nos desparramamos en el sofá a conversar de todo un poco. Anécdotas diversas de su adolescencia, vaivenes de novios, y bromas de todo tipo plagaron de risas la extensa conversación.

La charla se iba apagando lentamente a medida que la madrugada ganaba terreno. El silencio de la noche marplatense, interrumpido solo por el murmullo lejano del mar, nos envolvió por completo. Elvira se estiró en el sillón con un gesto perezoso, miró el reloj de pared y sonrió con complicidad.

 

—“Bueno, por hoy ya te conté demasiadas confidencias. Es hora de que nos vayamos a descansar “ dijo, poniéndose de pie con su elegancia habitual mientras me acariciaba suavemente el hombro al pasar.

 

Caminé hacia mi habitación, antes de acostarme ella me despidió con un beso rápido en la mejilla y se fue. Al acostarme, noté que ella dejó la puerta apenas entornada, una rendija de luz que conectaba mi espacio con el resto del departamento, antes de escuchar sus pasos dirigiéndose hacia el baño.

El ambiente de la noche, las historias que me había contado y la cercanía de las últimas horas me habían dejado con una mezcla de adrenalina y timidez difícil de controlar. Convencido de que el ruido del agua en el baño me daba total privacidad, me acosté en la cama y busqué un momento de alivio íntimo, y dejándome llevar por la tensión del día comencé a masturbarme.

Estaba en pleno proceso, completamente concentrado en mis propios pensamientos, cuando el silencio se rompió de golpe. Sin previo aviso y sin golpear, la puerta de la habitación se abrió de par en par, dejando entrar la luz del pasillo y revelando la silueta de la tía Elvira.

 

La sorpresa me congeló por un segundo. Con un movimiento torpe y desesperado, manoteé la sábana superior para cubrirme por completo, tratando de disimular el apuro mientras sentía cómo la cara me ardía de la vergüenza.

Elvira, sin embargo, entró a la habitación hablando con total naturalidad, sin registrar en lo más mínimo mi agitación, se sentó en el borde del colchón, de espaldas a mis pies y de costado hacia mí, gesticulando con las manos mientras organizaba los planes del día siguiente.

 

—“Mañana vamos a madrugar un poco porque pienso llevarte a una playa del sur que te va a encantar. Hay un parador hermoso y…” decía, entusiasmada, mientras se acomodaba el pelo.

En ese instante, su mirada bajó de forma involuntaria hacia el colchón y se detuvo en el relieve que la sábana no alcanzaba a disimular. El contorno de mi anatomía, todavía en tensión por la interrupción brusca, hacía evidente lo que estaba ocurriendo apenas unos segundos antes de su entrada.

Elvira interrumpió la frase a la mitad. El silencio se instaló en el cuarto y sus ojos azules se abrieron un poco más, asimilando la situación con rapidez.

Lejos de escandalizarse o enojarse, su expresión pícara dio paso a una sonrisa de disculpa genuina, aunque con ese infaltable toque de picardía que la caracterizaba. Se llevó una mano a la boca, soltó una risita ahogada y, mirándome fijo a los ojos, rompió el hielo con total naturalidad

 

—“¡Ay, nene! Te corté justo, qué mal lo mío… Qué distraída, no me di cuenta, perdón Tomi…” dijo, mientras hacía el ademán de levantarse del borde de la cama para dejarme espacio.

 

Ante mi sorpresa absoluta, Elvira no se levantó de la cama. En lugar de retirarse para terminar con la incomodidad, se quedó sentada observando la situación. Entre el asombro y una audacia que dejaba en claro su carácter desinhibido, estiró la mano hacia la sábana y, con un movimiento lento y deliberado, la corrió hacia un costado. La penumbra del cuarto dejó expuesta mi anatomía ante sus ojos azules, que la recorrieron de arriba abajo sin ningún tipo de timidez. Lejos de apartar la mirada, Elvira contempló la escena con una mezcla de fascinación y picardía, con la boca entreabierta por la sorpresa y una sonrisa que delataba su atrevimiento, soltó un suspiro y exclamó en voz baja

 

—“¡Dios mío…a tu padre no sales con ese tamaño…!”  el silencio volvió a adueñarse de la habitación, quebrado únicamente por el sonido lejano de las olas y el ritmo acelerado de mi respiración.

Ella permaneció en el borde de la cama, rompiendo por completo cualquier distancia familiar y mis esquemas.

 

Al notar el efecto que los nervios y la sorpresa estaban teniendo en mí, Elvira cambió la expresión de su rostro por una mueca de sutil desagrado, lamentando haber roto la magia del momento. Sin perder el paso, se acomodó la ropa, se disculpó una vez más y se puso de pie con la clara intención de retirarse y dejarme solo.

Caminó hacia la salida y se detuvo justo bajo el marco de la puerta donde la luz tenue del pasillo se filtraba a través de su bata ligera, recortando con absoluta claridad la silueta de sus curvas. Desde allí, volvió a mirarme, balanceando un poco la cabeza con un tono que mezclaba la culpa con su habitual audacia.

 

—“No lo puedo creer… Te corté toda inspiración y te dejo así tirado ahora” comentó, dejando la frase suspendida en el aire.

 

Permaneció inmóvil un par de segundos, dudando mientras cerraba la puerta. Finalmente, soltó un suspiro resignado, dio la vuelta sobre sus propios pasos con paso firme y regresó directo hacia el borde de la cama, sentándose de nuevo frente a mí

 

Elvira se inclinó hacia mí, manteniendo sus intensos ojos azules fijos en mi reacción. Con un gesto seguro y pausado, abrió los botones de la parte superior de su bata, permitiendo que la luz del pasillo iluminara sus grandes pechos con sus erectos pezones con total claridad.

 

—“Ves? ¿Te gustan? Tocalos un poco” me dijo con voz suave, invitándome a romper la timidez que todavía me tenía paralizado en el colchón.

 

La audacia de sus palabras y la cercanía de su cuerpo transformaron por completo el ambiente de la habitación, dejando de lado los nervios del principio. Estiré la mano con lentitud, tomé sus tetas tímidamente mientras ella reaccionaba con una sonrisa de absoluta complicidad.

 

Mi mano, todavía un poco temblorosa, encontró la calidez de su piel. Elvira contuvo el aliento por un instante, ensanchando su sonrisa pícara al ver que yo finalmente rompía la parálisis. Se acomodó mejor en el borde del colchón, inclinando su cuerpo hacia adelante para facilitar mis movimientos y acortar la poca distancia que nos separaba, tomó mis manos y las apretó contra sus tetas.

 

—“Así, sin miedo… “susurró con voz ronca, cerrando los ojos por un segundo mientras disfrutaba del contacto.

La timidez inicial empezó a disiparse, mis dedos ganaron confianza, recorriendo sus contornos y sintiendo la firmeza de su silueta bajo la luz tenue del pasillo.

 

-“Son las primeras tetas que toco…” esbocé tímidamente

 

Mis palabras quedaron flotando en el aire de la habitación, rompiendo el silencio con una confesión que a ella pareció encantarle. Elvira retuvo mi mano contra su piel un par de segundos más, disfrutando de mi asombro y de la firmeza con la que el momento nos había conectado.

De repente, con la misma determinación con la que había entrado, se apartó suavemente, reacomodando su bata con un movimiento rápido y preciso que volvió a cubrir su silueta.

Se puso de pie con elegancia y me miró desde arriba con una sonrisa cargada de triunfo y picardía.

 

—“Bueno, tenés material de sobra para tocarte ahora…” soltó con una voz sugerente, riéndose.

 

-“Dedícamela!! “dijo en una carcajada.

 

Se inclinó una última vez sobre la cama, me dio un beso tierno pero firme en la mejilla, y caminó hacia la salida con paso firme. Al cruzar el umbral, tomó el picaporte y cerró la puerta por completo, dejándome a oscuras con el eco de su risa, el aroma de su perfume en mis manos y la cabeza a mil revoluciones.

Obviamente, esa fue una de mis mejores pajas…

 

Al día siguiente fuimos a una playa lejana a pasar la jornada completa. Nos divertimos mucho y jugamos en el agua como si fuéramos dos niños, riendo a carcajadas. A decir verdad, no recordaba que la tía Elvira hubiera estado tan divertida y suelta como el día de hoy, creo que nunca en mi vida. Ella me miraba con una mirada cargada de ternura, y en varias oportunidades la pesqué mirándome profundamente, como pensando algo sobre mí.

 

El regreso a la casa estuvo marcado por ese silencio cómodo que deja el cansancio del mar.

Al cruzar el umbral, la atmósfera de la noche anterior apareció como un fantasma nuevamente en el aire, al menos para mí. Tuve la sensación de que cuando los momentos de intimidad se acercaban flotaba una posibilidad de “algo extraño” entre ambos.

 

Tomé un pantalón corto de mi bolso y avisándole a Elvira fui a bañarme, para quitarme la sal del cuerpo. En plena ducha me doy cuenta que había olvidado traer un toallón hasta el baño, entonces llamando a la tía se lo pedí.

Ella desde la cocina me contesta que en un instante me lo alcanza.

Al rato, en medio del vapor del baño, veo su mano dejar el toallón colgado en la percha de la ducha y su voz tenue preguntándome

 

-“Tomi precisás algo más?”

 

Le agradezco contestando que no, y vuelvo a escuchar su voz del otro lado de la mampara que en un tono de murmullo dice

 

-“que pena….” y veo entre medio de la nube de vapor su cuerpo desnudo acercándose…

El vapor acumulado volvía todo difuso, pero su silueta se recortaba cada vez con más nitidez a medida que daba un paso al frente. Elvira estaba completamente desnuda, con la piel brillante por las gotas de agua que ya empezaban a correr por su cuerpo.

Sus ojos azules me miraron con una fijeza que me congeló en el lugar. Sostuvo la mirada un segundo, disfrutando de mi sorpresa, y entró bajo el chorro de agua caliente junto a mí.

—“Estuve algo tensa hoy en la playa… pensé que quizás me podrías ayudar un poco para relajarme”, susurró, acortando la distancia mínima que nos separaba.

 

El agua caía sobre su pelo y rodaba por sus hombros, deslizándose por sus grandes pechos, sus areolas oscuras y sus pezones, que se endurecieron de inmediato ante el cambio de temperatura. Sin darme tiempo a reaccionar, Elvira dio un paso más, pegando su torso tibio contra mi pecho mojado. La sensación de su piel desnuda y directa contra la mía barrió con cualquier rastro de duda, sus manos, suaves y seguras, subieron lentamente por mis brazos hasta apoyarse en mis hombros. Giró su cuerpo dándome la espalda y me dijo con un tono suave

 

-“Me masajeas los hombros y la espalda por favor?”

 

Obvio que accedí y comencé a frotar firmemente con el jabón sus hombros, luego bajando por sus omóplatos con el mismo ritual hasta llegar a sus coxis.

Se dio vuelta de golpe e inclinándose un poco buscó mis labios con una determinación absoluta.

El beso comenzó suave, pero la urgencia acumulada durante todo el día en la playa lo volvió profundo, húmedo y cargado de una confianza que ya no permitía dar marcha atrás. Su lengua hurgaba dentro de mi boca con un ímpetu cercano a la desesperación, respondí con ganas mordisqueándola y sentí su risa apagada como aprobación.

 

 

Mis manos, que al principio rodeaban sus brazos por la sorpresa, bajaron con firmeza hacia su cintura, la tomé firme pegándola contra mi cuerpo.

El agua de la ducha corría entre nuestros cuerpos pegados, entibiando el contacto y suavizando el roce de la piel.

Elvira soltó un quejido sordo en medio del beso al sentir el agarre de mis dedos, que subieron lentamente por sus costados, recorriendo su espalda mojada con las palmas de mis manos, maravillado por la suavidad de su piel y la firmeza de su contorno.

Ella arqueó el cuerpo hacia adelante, intensificando la presión de sus grandes tetas contra mi pecho, compartiendo el mismo calor.

El beso se volvió más lento pero más profundo, devorando el silencio del baño mientras el vapor nos encerraba en nuestro propio mundo.

Mis pulgares buscaron sus costillas y continuaron subiendo hasta encontrar la base de sus pechos, que se sentían pesados y firmes. Al notar mi iniciativa, Elvira rompió el beso apenas un centímetro. Abrió sus intensos ojos azules y me regaló una sonrisa de absoluto triunfo.

 

—“Dios mío Tomás, cómo me gustas mi amor. Si dale, haz eso… ya sabés qué hacer”, susurró contra mis labios, con la respiración notablemente agitada por el encuentro.

 

Sosteniendo su mirada, llené mis manos con su pecho mojado, acariciando con mis pulgares sus areolas oscuras y sus pezones completamente erectos. Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando que el chorro de agua le diera de lleno en la cara mientras disfrutaba de mis caricias.

Mis manos descendieron luego por su vientre, siguiendo las gotas que resbalaban por su cadera, reconociendo cada rincón de su figura. Elvira se pegó aún más a mí, entrelazando una de sus piernas con la mía para estabilizarse bajo el agua, completamente entregada a la situación.

 

Elvira rompió el beso despacio, regulando el aire, y me miró fija con una sonrisa que mezclaba el deseo con la decisión.

 

—“Amor, acá nos vamos a terminar resbalando… Vamos a mi cama”, susurró, estirando la mano para cerrar la canilla de la ducha.

 

El silencio volvió de golpe, interrumpido solo por el goteo constante y el sonido de nuestras respiraciones agitadas en el baño cerrado, ella tomó el toallón grande que había dejado colgado y, con movimientos pausados, empezó a secar mi espalda y mis hombros todavía calientes.

Después tomó el toallón para pasárselo por su propio cuerpo, quitándose el exceso de agua sin perder nunca el contacto visual conmigo. Su pelo húmedo quedó aplastado hacia atrás, resaltando la intensidad de sus ojos azules, que brillaban bajo la luz blanca del baño.

Una vez secos, Elvira dejó caer la toalla al piso, quedando completamente descubierta ante mí, sin un gramo de la timidez del principio, extendió su mano derecha hacia mí, abriendo la palma en un gesto claro que no admitía ninguna clase de dudas. Puse mi mano sobre la suya, sintiendo la calidez de su piel, y ella cerró los dedos con firmeza, asegurando el agarre. Dio la vuelta y comenzó a caminar, guiándome descalza a través del pasillo fresco de la casa hacia la habitación trasera.

Desde atrás, la luz tenue de la tarde recortaba su silueta en movimiento, marcando el vaivén seguro de sus caderas a cada paso. Al cruzar el umbral de su dormitorio, el aroma de su perfume habitual me envolvió por completo, recordándome exactamente dónde estábamos. Se detuvo al costado de la cama matrimonial, giró para quedar frente a frente y, sin soltarme la mano, me empujó suavemente hacia el colchón.

Me dejé caer sobre el colchón, apoyando la espalda en los almohadones mientras ella me soltaba la mano despacio, sin dejar de mirarme. Elvira se subió a la cama con movimientos ágiles y seguros, gateando sobre las sábanas hasta quedar arrodillada justo encima de mí. Su cuerpo desnudo, todavía tibio y con rastros de humedad, contrastaba con la frescura de las sábanas limpias de la habitación.

Se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos a los costados de mi cabeza, dejando que sus grandes pechos quedaran suspendidos a centímetros de mi cara. Mis manos subieron de inmediato a sus caderas, afirmando mi agarre en su piel suave mientras sentía el ritmo acelerado de su respiración.

Elvira sonrió con picardía, disfrutando de tener el control total de la situación y del asombro que todavía se notaba en mis ojos.

 

—“Mucho mejor que ayer, ¿no, Tomi?”, murmuró con voz ronca, acortando la distancia para rozar sus labios con los míos.

-“ Voy a enseñarte como se trata a una mujer, todo lo que tenés que saber, si? Pero, porque además no quiero perderme ni un segundo de vos mi amor…quiero disfrutarte todos los días”

 

Esas palabras, dichas con una madurez y un cariño absolutos, terminaron de derretir cualquier rastro de distancia entre los dos.

 

—»Sí, tía… quiero aprender todo con vos», alcancé a responder con la voz un poco quebrada por la intensidad del momento.

Elvira ensanchó su sonrisa, conmovida y encendida por mi respuesta, sellando la promesa con un beso largo, profundo.

 

Me besaba con furia desesperada, su boca recorría todos los recovecos de la mía, como buscando un tesoro oculto. Mordía mi mentón, y bajaba por mi pecho mordisqueando levemente mis pectorales con sus manos abiertas, recorriendo la piel de mi pecho y abdomen de forma insistente. Buscando mi pubis y encontrándose con mi verga en un estado de plenitud total, tomándola con firmeza por la base y apretándola, levantó su mirada hasta cruzarse con la mía. Sonrió con picardía diciéndome

-“es toda mía, hoy voy a dedicarle todo mi tiempo” y soltó una carcajada

 

Su risa, llena de confianza y picardía, resonó en el cuarto y disipó los últimos rastros de timidez que me quedaban. Elvira no perdió el tiempo, se acomodó mejor entre mis piernas y mantuvo su agarre firme, calibrando la intensidad de mi reacción.

Mis manos buscaron instintivamente sus hombros, sosteniéndome mientras intentaba asimilar el ritmo arrollador que ella le imponía al momento.

 

—»Mirame!!» me pidió en un susurro mandatorio, forzándome a sostener esos intensos ojos azules que brillaban con una determinación absoluta.

 

Comenzó a chupar mi miembro mientras movía su mano con una lentitud calculada, recorriendo toda la longitud con una precisión que me hizo arquear la espalda sobre el colchón. Cada movimiento de su boca era una lección exploratoria silenciosa, mostrándome con su propia seguridad la forma exacta en que disfrutaba de saborear la topografía de mi virilidad. Solté un gemido contenido que a ella pareció encantarle, ya que aumentó sutilmente la velocidad sin romper en ningún momento el contacto visual.

Con su otra mano libre, tomaba mis testículos apretándolos con firmeza, masajeándolos mientras me mamaba con ganas y gemía intensamente al compás de cada una de sus chupadas.

Luego fue el turno de mis testículos quienes de a uno, fueron ocupando su boca como si fueran caramelos, en un vaivén de un lado al otro, humedeciéndolos cálidamente. Inclinándose hacia atrás, sentí sus manos separar mis piernas hacia arriba mientras su lengua buscaba la puerta de mi ano, que recibió su húmedo y correspondiente beso negro.

 

Sintiendo la intensidad de mis jadeos, sus manos luego se deslizaron por mi abdomen, y ella se levantó dejando un húmedo rastro de saliva en todo el recorrido hasta mi pecho. El contraste de su piel contra la mía y la firmeza de sus movimientos me hicieron entender que, tal como había prometido, esa tarde sería inolvidable.

 

Elvira se incorporó sobre mí, regulando la respiración mientras se acomodaba el pelo hacia atrás, dejando que la luz del atardecer recortara su silueta. Sostuvo mi mirada con una expresión cargada de satisfacción y triunfo, viendo cómo el impacto de sus acciones todavía me mantenía asombrado.

 

—»Te dije que no me iba a guardar nada», susurró con la voz entrecortada, apoyando su cuerpo encima del mío, mientras sus manos tomaban mi rostro.

 

El calor de su cuerpo se sentía denso y protector, envolviendo la habitación en una atmósfera donde el tiempo parecía correr más despacio. Mis manos buscaron abrazarla de forma automática, sintiendo la suavidad de su piel y la tensión acumulada por la intensidad del momento.

 

Ella mirándome con una ternura infinita deslizó suavemente

 

-“Ahora te va a tocar a vos descubrirme….no te preocupes, yo te guío mi amor…”

 

Deslizó su cuerpo a mi lado, y de espaldas sobre la cama, me invitó a tomar la iniciativa. Besé sus labios y comencé al trayecto desde su cuello hasta sus inmensos pezones dejando un rastro de humedad en cada centímetro de su cuerpo. Sus dedos se enredaron en mi pelo, guiando mi cabeza con una presión suave pero firme mientras yo bajaba hacia el centro de su cuerpo. El aroma de su piel inundó mis sentidos a medida que me aproximaba, subyugándome, emborrachándome de excitación como jamás me había sucedido en mi vida.

Al abrir sus piernas, la luz del atardecer iluminó la delicada topografía de su intimidad, que ya brillaba con su propio deseo natural.

Deslicé mis manos por la parte interna de sus muslos, acariciando la piel suave y sintiendo un ligero temblor de anticipación en sus piernas. Comencé el recorrido con besos lentos en la entrepierna, subiendo con parsimonia hasta que mis labios rozaron sus labios mayores. Elvira soltó un suspiro profundo, arqueando levemente la pelvis hacia arriba para buscar un contacto más pleno. Con la punta de la lengua, empecé a delinear los pliegues de su vulva, separando sus carnosos labios y saboreando su humedad cálida y constante. Cada pasada provocaba un estremecimiento en su cuerpo.

Sus manos en mi cabeza se tensaron, dictando el ritmo de manera sutil, un tirón suave cuando quería más intensidad, una caricia pausada cuando buscaba prolongar la sensación. Subí lentamente hacia su clítoris, cubriéndolo primero con los labios para entibiar la zona con mi aliento antes de aplicar una presión directa. Con movimientos circulares y constantes de la lengua, empecé a lamer el pequeño botón erecto. Elvira soltó un gemido agudo, perdiendo la compostura por primera vez y hundiendo sus uñas suavemente en mi nuca, susurró con la voz rota

 

—»Sí, ahí… exacto así, mi amor…»  mientras sus caderas se movían en un vaivén involuntario, buscando sincronizarse con el ritmo de mi boca, que continuaba explorándola sin prisa y con absoluta entrega.

 

Escuchar la voz rota de Elvira y sentir sus gemidos, agudos y descontrolados, eran el combustible que necesitaba, lejos de apurarme, me dieron una certeza absoluta de mi control sobre su placer. Apreté mis manos con firmeza en sus muslos, fijando su posición para que no pudiera rehuir de la intensidad que estaba por venir.

Sumergí mis dedos en su humedad, introduciendo dos de ellos con suavidad, pero con un ritmo firme y ascendente, buscando el roce interno en su punto G, mientras mi lengua no descuidaba el clítoris.

La combinación le hizo perder el ritmo de la respiración. Sus caderas empezaron a elevarse del colchón en espasmos cortos, buscando desesperadamente más presión.

 

—»No pares… por favor, no pares…», alcanzó a articular, mientras sus dedos me tiraban del pelo, ya no para guiarme, sino para aferrarse en medio de la tormenta que la envolvía.

 

Aumenté la velocidad de mis chupadas, haciendo que los movimientos de mi lengua fueran más cortos, planos y veloces directamente sobre el botón erecto, mientras mis dedos adentro presionaban con mayor insistencia.

El cuerpo de Elvira se tensó por completo, sus piernas temblaron con fuerza y supe que estaba en el límite.

El clímax la tomó por sorpresa con una violencia hermosa. Su pelvis se elevó al máximo en un espasmo rígido mientras un grito ahogado y largo escapaba de su garganta. Sus paredes vaginales comenzaron a contraerse con fuerza alrededor de mis dedos, pulsando en un ritmo frenético que succionaba mi mano, mientras un flujo cálido e intenso inundaba mis labios.

Mantuve la presión de mi boca allí, absorbiendo cada espasmo de su orgasmo y saboreando su liberación hasta que su cuerpo, exhausto y temblando, descendió lentamente hacia el colchón. Dejé un último beso suave en los labios de su vulva antes de iniciar un ascenso pausado, recorriendo su vientre y su pecho con besos húmedos hasta recostarme por completo sobre ella.

Al mirarla de frente, contemplé su rostro desencajado por la intensidad del clímax, pero envuelto en un dejo de paz y laxitud enorme, fue en ese instante de absoluta entrega cuando supe, con total certeza, que había cumplido mi cometido por primera vez.

 

El calor de nuestros cuerpos se fusionaba mientras yo descansaba sobre ella, sintiendo el latido acelerado de su corazón contra mi pecho. Elvira entreabrió los ojos, todavía nublados por el remanente del orgasmo, y me miró con una mezcla de incredulidad y devoción absoluta.

 

—»¿De dónde sacaste eso?…», susurró con la voz ronca, acariciando mi nuca mientras intentaba recuperar el aire.

 

—»¿Dónde aprendiste a hacer eso de semejante forma, mi amor?». Sonreí contra su cuello, dejando un beso tibio justo en el lugar donde latían sus arterias antes de responderle al oído, contagiado por la complicidad del momento.

 

—»Digamos que tuve una excelente maestra que me inspiró a dar lo mejor de mí jaja», le contesté, haciendo que una sonrisa perezosa se dibujara en sus labios.

 

En ese instante, acomodé mi peso de manera más uniforme sobre su cuerpo. El movimiento hizo que mi miembro, completamente rígido y húmedo por el juego previo, se presionara de lleno contra su pelvis, justo en la entrada de su intimidad que todavía pulsaba con suavidad.

Elvira soltó un jadeo bajo al sentir el contraste de mi dureza contra su piel tan sensible. Sus muslos, aún temblorosos, se abrieron de manera instintiva un poco más, rodeando mis caderas para acoplarme mejor.

Su mirada cambió por completo, la laxitud del momento anterior se transformó en una chispa de deseo renovado, y sus manos bajaron firmes hacia mis glúteos, empujándome sutilmente hacia abajo para sentir la presión exacta de mi erección.

 

—»Se nota que aprendés rápido…», murmuró, arqueando levemente la pelvis para rozarse contra mí, buscando apaciguar el vacío que mi cercanía provocaba.

 

—»Ahora no me hagas esperar… te quiero adentro mío ya».

 

Guiado por su ruego, me deslicé un poco más hacia abajo entre sus piernas, acomodando la punta de mi grueso y venoso miembro justo en la entrada de su intimidad, que se encontraba completamente húmeda, cálida y dilatada por el orgasmo reciente.

Sosteniendo su mirada fija en la mía, Elvira, la tía deslizó suavemente una pregunta

 

-“soy tu primera mujer?…” , yo tímidamente asentí con la cabeza, y ella susurró despacio

 

-“Me encantaaa!!  entrá suave y despacio, quiero que me sientas toda en la totalidad del recorrido y cuando llegues al fondo, quédate ahí un buen rato presionando sin moverte por favor…”

 

Apoyé mi miembro en su entrada y comencé a empujar hacia adelante con una lentitud milimétrica, deliberada, saboreando la resistencia inicial de sus músculos antes de que empezaran a ceder ante la presión.

El roce de la piel con la piel interna generó un calor intenso en el punto de contacto. Elvira soltó un jadeo largo que se cortó en su garganta en cuanto la cabeza de mi miembro fue totalmente cobijada por su calor interno. Sus ojos se agrandaron levemente y sus manos se aferraron con fuerza a mi cintura, hundiendo las uñas mientras sentía cómo mi dureza la estiraba y la colmaba centímetro a centímetro.

Continué avanzando sin apuro, manteniendo un ritmo pausado que nos permitía experimentar cada textura del recorrido. La fricción de sus paredes vaginales, calientes, apretadas y palpitantes alrededor de mi virilidad, era tan intensa que tuve que contener la respiración para no perder el control. Con un último empuje constante y firme, mi glande impactó suavemente contra su útero, hundiéndome en ella hasta el fondo, bien profundo, donde la conexión se volvió total.

Un jadeo agudo y sostenido escapó de los labios de Elvira, mientras su cuerpo experimentaba un estremecimiento que recorrió desde sus pies hasta su nuca. Sentir mi base presionando su clítoris y la totalidad de mi longitud llenando su espacio interno la hizo arquear la espalda, atrapando mi cintura con sus piernas en un intento instintivo de retener esa densidad tan profunda dentro de ella.

-“Quedáte ahí por favor, no te muevas..!!!” susurró casi sin voz

 

Mantuve la posición inmóvil, sepultado en lo más profundo de su intimidad, conteniendo mi propia respiración para estirar el momento.

El ruego de Elvira había sido casi un hilo de voz, pero la fuerza con la que sus piernas se aferraban a mis caderas y la presión interna que ejercía sobre mí hablaban de una urgencia absoluta.

Era una sensación abrumadora, las paredes de su vagina, todavía sensibles y calientes por el clímax anterior, se contraían en pequeños espasmos rítmicos que envolvían y ordeñaban cada centímetro de mi verga, permitiéndome sentir el pulso acelerado de su sangre directo contra mi piel.

Ella cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás sobre la almohada, saboreando la plenitud de sentirse completamente llena. Su pecho subía y bajaba con violencia, y cada vez que tomaba aire, sus músculos internos se tensaban de forma voluntaria, apretándome con una fuerza deliciosa que me obligaba a clavar las manos en el colchón para no moverme y arruinar el hechizo. El contraste entre la inmovilidad externa y la intensa actividad táctil que ocurría allá adentro estiró la tensión sexual hasta volverla casi insoportable.

Pasaron unos segundos eternos en los que solo se escuchaban nuestros jadeos pesados mezclados en el aire. Elvira fue recuperando un ritmo respiratorio más estable, aunque la chispa de sus ojos al abrirlos de nuevo demostraba que la quietud solo había sido una pausa para acumular más energía. Deslizó sus manos desde mis hombros hacia mi nuca, enredando sus dedos en mi pelo una vez más y tirando suavemente hacia abajo para obligarme a mirarla a los ojos a escasos centímetros de distancia.

 

—»Ahora sí, mi amor…cojéme con ganas», moduló con una sonrisa cargada de picardía y deseo renovado, mientras empezaba a balancear su pelvis de forma circular, frotando su clítoris directamente contra mi base.

 

Acatando su orden, comencé a mover las caderas en círculos lentos y calculados, el efecto fue inmediato, Elvira soltó un quejido ronco y clavó las uñas en mi espalda, balanceándose conmigo en una danza perfectamente acoplada. Cada rotación hacía que nuestras pieles húmedas rozaran con fuerza, incrementando la fricción y el calor allá adentro hasta un punto casi insostenible.

Después de unos minutos de ese juego tortuoso, decidí cambiar la estrategia para romper su resistencia. Levanté sus piernas con mis brazos afirmándome sobre el colchón, a los lados de su pecho, y empecé a retirarme con una lentitud exasperante. Sentí la succión de sus paredes internas intentando retener el volumen que las llenaba, centímetro a centímetro, fui saliendo hasta que prácticamente solo la punta de mi miembro quedó rozando la entrada de su vulva, dejándola expuesta y vacía en un instante.

Elvira abrió los ojos de golpe, desorientada por la repentina falta de presión, y soltó una maldición entre dientes

 

—»¡No, la puta madre, no te salgas! ¡Volvé a entrar!» en lugar de responder con palabras, me impulsé hacia adelante con toda la fuerza de mis caderas, embistiéndola de golpe en un impacto seco que unió nuestras pelvis con un aplauso de carne húmeda.

Mi miembro entró de lleno, golpeando el fondo de su cuello uterino con una violencia que la hizo perder el control por completo.

 

—»¡Ay, carajo! ¡Me vas a partir al medio, la puta madre, me gusta!», gritó Elvira sin ningún tipo de filtro, arqueando la columna y dejando caer la cabeza hacia atrás mientras sus piernas se aferraban con más desesperación a mi cintura.

Aprovechando el impulso y su reacción desbocada, repetí la secuencia, salí casi por completo para luego clavarle otra embestida profunda y brutal, perdiendo ya toda la delicadeza del inicio. La habitación se llenó del sonido rítmico de los impactos de nuestros cuerpos, de respiraciones agitadas y de una ráfaga de obscenidades que ella me devolvía gritando con voz ronca, completamente entregada al salvajismo del ritmo que ahora dominaba la tarde.

 

Las embestidas brutales y el sonido seco de los cuerpos chocando la tenían al borde del colapso. Elvira alternaba gritos con respiraciones entrecortadas, completamente sobrepasada por la intensidad del ritmo. De repente, en medio de la ráfaga de impactos, sentí que sus manos dejaban mi espalda para empujar firmemente mis hombros hacia arriba, intentando frenar el avance de mis caderas mientras sus ojos se inundaban de lágrimas por la sobreestimulación.

 

—»Pará… pará un segundo, mi amor… por favor…», pidió entre sollozos, con la voz quebrada y el pecho agitándose de manera violenta.

-«No doy más así… dejame ir arriba… quiero controlarte yo, la puta madre… dejame subirme que no aguanto más…».

 

Entendiendo su urgencia, me retiré de golpe, dejando su intimidad caliente y húmeda expuesta al aire fresco de la habitación, lo que le provocó un escalofrío visible.

Me senté sobre el colchón, apoyando la espalda contra la cabecera de la cama y estirando las piernas. Mi miembro seguía completamente rígido, apuntando hacia el techo y latiendo con fuerza, brillando por los fluidos compartidos.

La tía Elvira no perdió un solo segundo.

Aún temblando y secándose una lágrima involuntaria de la mejilla, se arrastró sobre sus manos y rodillas hasta quedar a horcajadas sobre mí. Su mirada, fija en la mía, era una mezcla salvaje de vulnerabilidad y deseo posesivo. Tomó mi verga con una mano para guiarla y, separando sus labios mayores, apoyó su entrada húmeda directamente sobre la punta. Lentamente, soltando un quejido agudo que vibró en toda la habitación, comenzó a bajarse sobre mí. Vi cómo sus ojos se cerraban con fuerza y su rostro se contraía mientras mi grosor volvía a abrirla paso a paso. Se tragó toda la longitud de un solo recorrido hasta que su pelvis impactó con fuerza contra la mía. Apoyó las palmas de sus manos en torno a mi cuello para mantener el equilibrio y, todavía con la respiración rota, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo con un ritmo vertical implacable, buscando enterrarme en lo más profundo de sus entrañas a su propio antojo.

Cabalgar arriba le dio a Elvira el poder absoluto del ritmo, y lo usó con un salvajismo desesperado. Sus movimientos verticales eran rápidos, firmes y tan profundos que cada vez que caía con todo su peso sobre mi pelvis, un quejido agudo y sordo escapaba de su garganta al sentir mis protuberantes venas arañar sus paredes internas en la fricción.

Yo la sostenía firme de las caderas, ayudándola a impulsarse y sintiendo cómo el calor interno de su vagina se volvía un fuego abrasador que ordeñaba mi miembro con cada bajada.

La sobreestimulación era total. Sus pechos subían y bajaban golpeando mi rostro al compás de su respiración frenética, y las gotas de sudor brillaban sobre su piel bajo la última luz del atardecer.

Vi cómo sus ojos se ponían en blanco y su rostro se contraía en una mueca de puro placer, señal de que estaba cruzando el punto de no retorno. Mis propios espasmos empezaron a acumularse en la base, dictando que mi propio límite estaba a solo unos segundos de distancia. Al notar mi tensión y el cambio en mis jadeos, Elvira se inclinó hacia adelante, apoyando todo su pecho húmedo contra el mío y enterrando las uñas en mis hombros con una fuerza descomunal. Su pelvis no dejó de golpear la mía, buscando esa fricción final y perfecta que nos hiciera estallar juntos.

 

—»¡Acabáme adentro mi amor!… ¡Siií, ahí, la puta madre!… «¡Llename… llená mi útero con tu esperma, metéla toda adentro mío e inundame…!» me gritó directo al oído, con una voz rota, cargada de una lujuria salvaje y posesiva.

 

Esa demanda explícita detonó la bomba del orgasmo.

Elvira sufrió un colapso de placer, sus paredes vaginales se cerraron como un puño hiperactivo, contrayéndose con una violencia rítmica y espasmódica que me succionó por completo mientras ella soltaba un alarido largo que moría en mi cuello mientras acababa.

Al mismo tiempo, mi cuerpo respondió en una descarga incontenible, mi miembro latía con fuerza en el fondo de su ser, disparando chorro tras chorro de un joven semen espeso y caliente que inundó lo más profundo de su vientre colmando su útero tal como lo había pedido antes.

 

Nos quedamos completamente rígidos, unidos en ese impacto húmedo, temblando al unísono abrazados, mientras nuestras esencias se mezclaban allá adentro en el clímax más intenso de la tarde.

Elvira dejó caer todo su peso laxo sobre mi pecho, escondiendo la cabeza en mi cuello mientras los últimos espasmos de nuestros orgasmos se apagaban lentamente en el silencio de la habitación.

 

Dicho silencio, que siguió al estallido fue absoluto, interrumpido únicamente por el compás pesado de nuestras respiraciones que buscaban calmarse. Elvira continuaba recostada sobre mi pecho, con el cuerpo completamente laxo y el peso de su anatomía entregado por completo a la mía. Dejé que mis manos, todavía temblorosas por la intensidad del momento, comenzaran a recorrer su espalda con caricias lentas, sintiendo la humedad del sudor enfriándose sobre su piel y el descenso paulatino de sus pulsaciones.

Con un movimiento pausado para no romper la burbuja, ella se deslizó hacia un costado, desenganchando sus piernas de mi cintura, pero sin alejarse. Se acurrucó contra mi flanco, apoyando la cabeza en mi hombro mientras entrelazaba una de sus piernas con las mías. Traje la sábana hacia arriba con cuidado, cubriéndonos a ambos para protegernos del aire fresco que empezaba a entrar por la ventana ahora que el sol se había ocultado por completo, dejando la habitación en una penumbra cálida. Me incliné para besar su frente, luego el puente de su nariz y finalmente sus labios, en un beso desprovisto de urgencia, tierno y prolongado, que sabía a sal y a la entrega absoluta de la tarde.

Elvira sonrió con los ojos cerrados, rodeándome la cintura con un brazo para pegarse aún más a mí.

 

—»Sos increíble…nunca me habían hecho sentir algo así. La forma en que me mirabas, cómo me leías el cuerpo… me desarmaste por completo, mi amor», susurró con la voz todavía un poco ronca, levantando la mirada para buscar mis ojos en la oscuridad naciente.

 

Había una ternura inmensa en su expresión, despojada ya de la fiera voracidad de hacía unos minutos, le acaricié la mejilla, apartándole unos mechones de pelo rebeldes que se le habían pegado a la frente.

La admiración que sentía por ella en ese instante me desbordaba el pecho.

 

—»Vos sacás lo mejor de mí, tía…jamás pensé que esto fuera así, fue lo más hermoso que viví. Me tenías completamente tuyo…», le contesté en voz baja, besando las yemas de sus dedos.

Ella soltó un suspiro de profunda satisfacción y escondió el rostro en mi cuello, dejando un beso suave en mi clavícula. Nos quedamos así, abrazados en la quietud de la cama, disfrutando del calor compartido un buen rato más hasta el horario de la cena.

Luego de la cenar nos fuimos a dormir fundidos por el inmenso trajín del día.

 

 

El despertador de la mesa de luz interrumpió el silencio de la habitación, marcando el inicio de una mañana soleada, después de la tarde inolvidable de ayer. La luz del sol entraba de lleno por la ventana, iluminando el espacio de la cama que compartíamos.

Elvira se removió entre las sábanas, estirando los brazos con pereza antes de girarse hacia mí. Su rostro reflejaba la misma paz de siempre, pero la tarde anterior había madurado, transformando aquella intensidad inicial en una complicidad, sólida y profunda.

 

—»Buen día, mi amor», murmuró con los ojos entreabiertos y una sonrisa cómplice, estirando una pierna para buscar mi contacto debajo de las sábanas.

 

—»Hoy podríamos ir a la playa de nuevo y si te parece a la tarde volvemos a hacernos el amor como ayer?” me dijo con alegría en su rostro.

 

Asentí con ganas, sabiendo que los próximos veintiocho días restantes iban a tener la pasión y el frenesí de ese día y la certeza de que el vínculo entre nosotros había cambiado para siempre, sellado por una complicidad que se manifestaba inquebrantable.

 

Han pasado los años y siempre recuerdo que, demás está decir que nunca más volví a coger como en esos días de vacaciones con la tía Elvira…

3 Lecturas/11 junio, 2026/0 Comentarios/por Moechustrefe
Etiquetas: madre, madura, mayor, mayores, padre, playa, vacaciones, viaje
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