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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Sexo con Madur@s

Leche Real para la Faraona. Niño de Kush 🏝️❤️‍🔥

El  agua del Nilo oculta muchos secretos. Pero ninguno tan dulce, tan prohibido y tan peligroso como el que la faraona Haty guarda entre sus brazos. Un esclavo. Un niño. Una adicción que podría destruir un imperio… o fundar uno nuevo.
En el corazón del Palacio de Tebas, bajo el mediodía abrasador de la Dinastía XVIII, el sol de Ra caía como fuego líquido sobre el Imperio Nuevo, tiñendo de oro ardiente las columnas imponentes y los jardines perfumados de loto. El Nilo susurraba a lo lejos, pero dentro de los muros sagrados, el calor era un amante cruel e insaciable que lo empapaba todo…

 

Allí reinaba Haty, la Faraona que muchos conocían en susurros cargados de temor y deseo como la soberana absoluta de las Dos Tierras… Viuda de su esposo Tutmosis II, había tomado el trono por derecho divino, gobernando con mano firme y caprichosa. Sus logros eran legendarios: la expedición a Punt que trajo incienso y tesoros exóticos, los obeliscos más altos de Karnak bañados en oro puro para desafiar al cielo mismo, y la Capilla Roja de Amón, su santuario personal donde el dios parecía rendirse ante su voluntad…

 

Alta y majestuosa, Haty poseía un cuerpo que parecía esculpido por los mismos dioses para tentar y dominar, su piel canela brillaba bajo una fina capa de sudor que la hacía relucir como bronce pulido. Pechos grandes y firmes, coronados por pezones oscuros y erectos que se marcaban sin piedad contra el lino más fino… Caderas anchas y generosas que se mecían con cada paso, un culo redondo, jugoso y altivo que invitaba a ser adorado, y muslos gruesos y suaves que ocultaban entre sí un coño caliente y húmedo, siempre ansioso bajo el peso del poder absoluto. Sus ojos grandes, delineados con kohol profundo, brillaban con ironía eterna, y su cabello negro, entretejido con hilos de lapislázuli, caía como una cascada nocturna sobre sus hombros…

 

En ese mediodía infernal, Haty se movía por los salones como una diosa carnal encarnada, el sudor resbalando por su vientre plano y perdiéndose en el valle prohibido entre sus piernas… El calor la quemaba por dentro, despertando un hambre antigua y salvaje que ni conquistas ni rituales podían saciar por completo.

 

-Necesito un baño! Preparen el baño real- ordenó

 

Dos chicas jóvenes y bellas, de cuerpos esbeltos y aceitados, se movieron con rapidez y sumisión, llenaron la enorme tina de mármol pulido que parecía más una piscina privada que un simple baño. El estanque rectangular, rodeado de columnas talladas con lotos y palmeras, se alimentaba de agua fresca traída del Nilo, perfumada con esencias de mirra, jazmín y aceites… Pétalos de loto flotaban en la superficie, mientras el incienso espeso subía en y envolvían el ambiente en un velo divino

 

Mientras las chicas terminaban de preparar el agua, Haty se recostó primero sobre un diván bajo y mullido, cubierto de sedas suaves y cojines de plumas, diseñado para que su cuerpo voluptuoso se hundiera en él como en un abrazo carnal. Las dos mujeres se arrodillaron a sus lados, con las manos ya untadas en aceite tibio, listas para masajear cada centímetro de esa carne real

 

Pero Haty levantó una mano, deteniéndolas. Sus ojos kohol delineados brillaron con capricho perverso…

 

-Retirense, hoy no quiero sus manos suaves tocándome…- dijo con voz baja y autoritaria

 

Antes de que las mujeres pudieran levantarse del todo, Haty las miró con esa sonrisa ladeada y peligrosa..

 

-Traiganme un esclavo… Joven, Fuerte, Que sea hermoso- dijo como si pidiera algo tan simple como fruta fresca

 

Las esclavas parpadearon, pero asintieron de inmediato, sus cabezas se inclinaron en reverencia mientras retrocedían hacia la salida…

 

Haty las observó marcharse, una sonrisa curvó sus labios. Sabía lo que necesitaba. Las manos suaves y expertas de sus esclavas conocían cada pliegue de su cuerpo, cada zona que la hacía gemir… pero era aburrido. Demasiado obedientes. No había en ellas ese fuego primigenio que solo un hombre podía ofrecer…

 

La faraona permanecía recostada sobre los cojines de seda, sus ojos delineados estaban fijos en el techo pintado con escenas de dioses y lotos eternos. El incienso de kyphi se espesaba en el aire, mezclándose con el calor sofocante de Tebas, pero su mente vagaba por caminos más primitivos….

 

Porque Haty lo sabía perfectamente: incluso sus asesinos más letales, aquellos guerreros que habían cortado gargantas sin pestañear, temblaban ante su presencia. No de miedo, sino de deseo contenido… Sus ojos se clavaban en sus curvas cuando creían que ella no miraba, sus respiraciones se aceleraban cuando pasaba cerca, el sudor frío que les perlaba la frente no era por el calor de Ra. Era por ella. Por la majestuosidad carnal que emanaba de cada poro de su ser

 

Y eso la excitaba profundamente

 

Un esclavo joven sería diferente. No tendría la disciplina de un soldado, ni el autocontrol forjado en batallas. Sería viril, sí, pero también torpe en su deseo. Sus ojos la devorarían con hambre primaria, su pene endureciéndose sin poder evitarlo ante la visión de su cuerpo divino. Y sin embargo, no podría hacer nada. Nada en absoluto…

 

Un hombre que la deseaba con cada fibra de su ser pero que permanecía absolutamente paralizado ante ella. No por disciplina ni entrenamiento, sino por algo mucho más fundamental y primitivo.. la distancia infinita entre una diosa viviente y un simple mortal de carne y hueso

 

Haty había gobernado las Dos Tierras durante años. Había tomado decisiones que movían ejércitos, que construían monumentos que durarían milenios, que determinaban el destino de miles de almas… El poder absoluto era su naturaleza, su respiración cotidiana. Nada la sorprendía. Nada la desafiaba realmente

 

Pero un hombre joven, un esclavo sin nombre ni historia, deseándola en silencio y en agonía… eso era algo que ningún obelisco ni ninguna expedición a Punt podía ofrecerle. Era la única forma de sentirse verdaderamente viva que le quedaba. Ver el deseo crudo e incontrolable en los ojos de alguien que sabía perfectamente que jamás podría tocarla sin permiso… Que podía mirarla arder y no hacer absolutamente nada al respecto.

 

Era el poder en su forma más íntima y perversa. No el poder sobre naciones. El poder sobre el deseo mismo…

 

Por los pasillos del palacio, dos guardias de constitución fuerte arrastraban a un joven esclavo encadenado de las muñecas. Sus pies descalzos resbalaban sobre los azulejos, pero los guardias no se detenían. Lo empujaban con rudeza, como si fuera un saco de grano destinado a la despensa, sin importarles que tropezara o que las cadenas le marcaran la piel…

 

Los dos hombres sentían una mezcla de lástima y desinterés en sus ojos curtidos por el sol y la guerra. Habían visto demasiados esclavos entrar a las cámaras de la faraona y no salir nunca. Otros salían, sí, pero cambiados para siempre, con los ojos vacíos. Este chico no sería diferente. Probablemente sería castigado por los caprichos de Haty y su sed de poder y dominancia sobre otros reinos

 

El joven era hermoso, eso era innegable. Piel bronceada por el sol del desierto, músculos jóvenes que se tensaban bajo la presión de las cadenas, un rostro de facciones marcadas que combinaban inocencia. Su cabello oscuro caía desordenado sobre su frente, y sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y resignación mientras lo arrastraban por el laberinto de columnas y estatuas…

 

Las puertas de bronce se abrieron, y el cuerpo del joven esclavo cayó en el piso cuando los guardias lo empujaron… Las cadenas resonaron contra el piso con un sonido metálico que rompió el silencio sagrado del recinto… Los guardias no se molestaron en anunciar su presencia, simplemente empujaron al muchacho al interior, le quitaron las cadenas y se marcharon

 

Haty lo observó desde su diván, sin mover un solo músculo…

 

Sus ojos recorrieron el cuerpo caído con lentitud calculadora. Era joven. Mucho más joven de lo que había imaginado al dar la orden. Demasiado joven. Su piel bronceada estaba marcada por los golpes de los guardias, sus muñecas enrojecidas por las cadenas, su pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas del miedo puro…

 

11 años. Apenas once inviernos sobre la tierra.

 

Haty sintió un destello de irritación recorrer su piel. Acaso sus órdenes habían sido poco claras? Acaso esos imbéciles habían malinterpretado sus palabras? Quién sería castigado ahora por esta incompetencia? Pero entonces el muchacho levantó la vista hacia ella, y Haty vio algo que hizo que su irritación se evaporara como niebla bajo el sol de Ra…

 

Miedo. Miedo puro, cristalino, animal. Pero también algo más oculto debajo. Haty dejó escapar un suspiro lento, exasperado.

 

Haty levantó un dedo, un gesto simple pero cargado de autoridad absoluta, y señaló el espacio frente a ella

 

-Ven-

 

El niño permaneció inmóvil por un instante, sus ojos recorrieron la habitación como un animal atrapado… Las paredes decoradas con oro, las columnas talladas, el agua cristalina de la piscina… y ella. La faraona. Reclinada sobre sedas como una diosa hecha carne, su cuerpo voluptuoso apenas cubierto por el lino transparente que se pegaba a cada curva

 

Dudó. Sus pies desnudos se aferraron al piso frío. Pero sabía que no tenía opción. Nadie dice que no a la faraona…

 

Caminó lentamente, cada paso era tembloroso, hasta quedar frente a ella. De cerca era aún más imponente. Haty podía ver cómo el pecho del muchacho subía y bajaba agitado, cómo sus manos temblaban a los costados, cómo sus ojos luchaban por no bajar la mirada pero tampoco osaban mirarla directamente…

 

Haty lo estudió en silencio unos segundos más. Luego inclinó la cabeza, su voz perdió algo de su filo…

 

-¿Cómo te llamas, muchacho? ¿De dónde vienes? ¿Cómo fuiste a parar a las cadenas de mi palacio?-

 

-Kael, mi faraona… Vengo de Kush… al sur, más allá de la primera catarata- murmuró el niño

 

Haty arqueó una ceja, estudiándolo con mayor atención. Kael. Nombre nubio. Su piel bronceada cobraba sentido ahora, ese tono más oscuro que el de los egipcios del norte, pero más suave que el de los kushitas puros. Un mestizaje, quizás por lo que era moreno

 

El muchacho había nacido en una aldea perdida entre las rocas y la arena, donde el Nilo se estrechaba y los cocodrilos acechaban en las orillas. Hijo de una tejedora y un guerrero que nunca regresó de una batalla olvidada. Cuando las tropas de Haty habían arrasado la frontera en una de sus campañas de expansión, Kael y su madre fueron arrancados de su hogar…

 

Su madre, una mujer de manos hábiles y espíritu quebrado, terminó en las cocinas del palacio, amasando pan y cocinando guisos para los nobles mientras su hijo crecía entre cadenas y golpes. Haty lo sabía. Conocía cada detalle de sus vidas, cada eslabón de su desdicha. Y sabía exactamente cómo usar eso

 

Un gesto de su mano podía enviar a su madre a las canteras, o garantizarle un puesto más cómodo. La vida de esa mujer pendía de los caprichos de la faraona, y Kael lo sabía

 

Haty movió su mano lentamente otra vez, un gesto de dedos que ordenaba sin necesidad de palabras. Kael dió un paso adelante, hasta quedar casi al borde del diván. El aroma de kyphi y mirra se mezclaba con algo más intenso, el perfume de la piel de la faraona, sudor y esencias que hacían que su cabeza girara…

 

-Dime, Kael… ¿Sabes por qué los egipcios momificamos a los muertos?-

 

El niño parpadeó, confuso por la pregunta. Sus ojos oscuros buscaron una respuesta correcta, temiendo que cualquier palabra pudiera ser la equivocada…

 

-Para que vivan en el más allá-

 

-No… Porque nos da miedo pudrirnos. Todo esto…- movió su mano elegantemente, abarcando las columnas doradas, los muros tallados, el imperio entero que la rodeaba. -Este imperio, estos templos, estas guerras… solo miedo. Miedo a que el Nilo se lleve nuestros nombres como si nunca hubiéramos existido.

 

Sus dedos jugaron con un mechón de su propio cabello mientras hablaba

 

-Yo construí obeliscos que tocan el cielo. Mi nombre está grabado en piedra desde Karnak hasta Punt. Los dioses me conocen, Kael. Amón me habla en sueños… por eso soy Faraona. Porque yo decido quién se pudre y quién es inmortal-

 

Haty se recostó un poco más en el diván, permitiendo que su cuerpo voluptuoso se exhibiera sin vergüenza. Sus grandes pechos morenos se dibujaron en la tela, sus pezones oscuros marcándose obscenamente contra la tela húmeda de sudor… El valle entre sus muslos gruesos y dorados quedaba entreabierto, dejando ver el brillo traicionero de su excitación real

 

Kael no pudo evitarlo. Sus ojos recorrieron cada centímetro de esa carne divina, su pene reaccionó al instante, endureciéndose bajo el taparrabos, marcándose como una lanza nubia…

 

-Por eso necesito esclavos como tú, Kael… Hombres jóvenes, fuertes y desesperados… El agua ya está preparada. Vas a lavarme, esclavo. Vas a untar cada parte de mi cuerpo con aceite sagrado. Porque hoy, Kael, tu Faraona tiene mucho calor…-

 

Kael asintió, sin atreverse a hablar. Sus manos seguían temblando a los costados… Entonces la mujer alzó un brazo y señaló un estante tallado en la pared, donde descansaban varios objetos sobre bandejas

 

-La esponja y el cuenco de alabastro. Tráelos.-

 

Kael caminó hasta el estante. La esponja era un trozo poroso de esponja de mar. El cuenco contenía una pasta densa, de color marrón dorado, que olía a miel y a tierra mojada después de la lluvia

 

No lo sabía, pero esa mezcla era la misma que los escribas tallaban en los muros del templo de Haty como ofrenda a los dioses, polvo de alabastro molido, sal de los lagos del Bajo Egipto y miel del Delta. Los sacerdotes la llamaban «wrḥ», el ungüento purificador. Y durante años, las damas de compañía de la faraona la habían aplicado sobre su piel con movimientos lentos y circulares, primero con la esponja mojada en natrón, luego con la pasta, y después más agua para enjuagar

 

Haty se incorporó del diván con la lentitud perezosa de una diosa que sabe que el mundo entero espera a que ella se mueva. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío de mármol mientras caminaba hacia el borde de la tina de gran tamaño, con unos 70cm de profundidad y 4×4 metros de anchura, donde el agua brillaba reflejando la luz dorada que se filtraba por las celosías…

 

Sin prisa, llevó sus manos al hombro del vestido de lino. El tejido fino se deslizó por su piel dorada y sudada como agua derramada, cayendo al suelo con un susurro sedoso…

 

Kael sintió que el aire abandonaba sus pulmones

 

La espalda de la faraona era un paisaje de músculos suaves y piel canela, una columna vertebral que descendía como un río hacia la curva generosa de sus caderas. Sus glúteos redondos y grandes se mecían con cada paso, cada movimiento haciendo que la carne se estremeciera. Eran enormes, jugosos, dos lunas que apretaban al caminar y se separaban ligeramente, revelando la sombra oscura de su ano y más abajo, el brillo húmedo de su sexo…

 

Haty se detuvo al borde del agua, dejando que Kael la contemplara. Sus muslos gruesos y fuertes, marcados pero suaves, se unían en el valle prohibido donde su vagina resplandecía bajo la luz

 

Haty descendió los escalones de mármol hacia el agua… Sus pies tocaron el agua primero, y un suspiro largo y satisfecho escapó de sus labios mientras el fresco del Nilo le subía por las piernas, por los muslos, por el coño ardiente que tanto necesitaba ese alivio…

 

El agua recibió su cuerpo entero con un sonido suave cuando se sumergió hasta la cintura… Los pétalos de loto se dispersaron a su alrededor como una corona flotante. Sus tetas quedaron sobre la superficie, sus pezones erectos apuntaron hacia adelante como ofrendas a Ra, el sudor de su piel mezclándose con el agua perfumada de mirra y jazmín…

 

Permaneció así unos instantes con los ojos cerrados, con su cuerpo voluptuoso flotando entre pétalos y esencias sagradas mientras el calor de Tebas seguía cayendo sobre el recinto como una maldición…

 

Luego abrió los ojos. Sus pupilas encontraron a Kael, todavía de pie junto al estante, con la esponja y el cuenco de alabastro entre sus manos temblorosas, con los ojos clavados en ella con una mezcla de terror y fascinación que la faraona reconoció perfectamente.

 

-Apúrate, chico… Mis perros de caza son más rápidos que tú. Y ellos ya están momificados-

 

-S-sí, mi faraona…- tartamudeó Kael, sus dedos se apretando a la esponja y el cuenco con fuerza

 

Caminó hacia el borde de la «piscina» con pasos torpes, sus pies descalzos resbalaron ligeramente en el mármol húmedo. Se detuvo al borde, mirando el agua cristalina con recelo… En Kush, el agua del río era turbia y cálida, llena de cocodrilos y parásitos. Esto era otra cosa. Esto parecía algo creado por los propios dioses

 

Dudó un momento más. Pero la mirada de Haty lo atravesó como una lanza de bronce, y supo que no podía demorarse más…

 

Entró.

 

El agua fría envolvió sus piernas, sus muslos, su vientre. Una sensación extraña recorrió su cuerpo, haciendo que su piel se erizara… Nunca había sentido algo así. Agua limpia, perfumada, fresca! Era como sumergirse en un sueño

 

Caminó lentamente hacia donde la faraona estaba, ocultando su erección bajo la superficie… Sus ojos se movían nerviosamente, intentando enfocarse en cualquier cosa que no fuera ella. Las columnas, los pétalos, las estatuas de Bastet

 

Pero Haty estaba ahí, frente a él, imponente… Sus pechos enormes flotaban como dos islas doradas, con los pezones erectos coronando cada uno…

 

Kael hundió la esponja en el cuenco, absorbiendo la pasta densa. Sus manos temblaban mientras la acercaba al hombro de la faraona… El primer toque fue torpe, demasiado ligero, como si estuviera acariciando a una serpiente venenosa que pudiera morderlo en cualquier momento

 

El ungüento se extendió sobre la piel de Haty, dejando un rastro brillante que olía a miel y tierra mojada. Kael intentó concentrarse en la tarea, en los movimientos circulares que había visto hacer a las esclavas tantas veces desde las sombras. Pero sus manos no obedecían. Demasiado suave. Demasiado lento. Demasiado asustado…

 

Haty lo sintió. Sus ojos se abrieron lentamente, como los de un cocodrilo emergiendo del Nilo

 

-¿Así me tocas? Si no mejoras… Tal vez debería llamar a los guardias. Decirles que el esclavo nubio intentó profanar a su faraona. ¿Sabes qué le hacen a los que me ofenden, Kael?- Su voz era baja, casi un susurro, pero cargada de amenaza

 

El niño tragó saliva, sus dedos apretaron la esponja con más fuerza.

 

La mano de la mujer salió del agua, y acarició la mejilla del muchacho con una ternura falsa y calculadora…

 

Haty dejó escapar un suspiro mientras las manos torpes del niño recorrían su hombro, bajando lentamente hacia su clavícula. La esponja resbalaba sobre su piel, dejando un rastro dorado y brillante que el agua absorbia con pereza…

 

Era torpe, sí. Demasiado suave… Demasiado asustado. Pero había algo en ese contacto que hacía que un calor profundo se instalara en su vientre, diferente al calor de Ra que azotaba Tebas

 

Un niño esclavo. Un infante nubio de origen humilde, sin tierra, sin nombre, sin nada. Sirviéndola. Tocándola. Sus manos morenas sobre la piel de la faraona, la más baja de las castas tocando a la más alta…

 

En las Dos Tierras, las diferencias de edad tan marcadas no eran bien vistas. No como en esas tierras bárbaras del norte donde los nobles europeos se compraban doncellas jóvenes como quien compra ganado. No. En Egipto, la decencia y el orden ma’at regían incluso los deseos de los dioses…

 

Pero precisamente por eso, porque era prohibido, porque era impensable, porque era una perversión contra el orden mismo… Haty lo encontraba delicioso

 

La dominancia absoluta que ejercía sobre Kael era intoxicante. No era solo poder político, no era solo la corona doble sobre su cabeza. Era algo más primitivo, más oscuro. Un niño que no podía negarse, que la deseaba con cada fibra de su ser pero que sabía que jamás podría tomarla…

 

Haty cerró los ojos, dejando que las sensaciones la invadieran. Las manos de Kael recorrían ahora su brazo, la esponja resbalaba sobre su piel con movimientos irregulares y temblorosos, un toque feo, sin técnica, sin gracia, las chicas lo habrían hecho mil veces mejor

 

Y sin embargo…

 

Su coño palpitó bajo el agua. Un calor húmedo y pegajoso que no tenía nada que ver con el baño. Los labios carnosos de su sexo se hincharon, su clitoris endureciéndose como una perla bajo el agua cristalina. Cada toque torpe del muchacho enviaba una descarga eléctrica directamente a su entrepierna…

Un niño. Un esclavo. Alguien que podía ser ejecutado antes del anochecer si ella lo ordenaba. Alguien cuya vida valía menos que el ungüento que estaba usando sobre su piel. Y estaba mojándose por él. Por sus manos inexpertas. Por su miedo. Por su deseo contenido…

Haty abrió los ojos de golpe.

¿Cómo podía estar mojándose por alguien tan bajo? Un insecto. Un nada. Un muchacho nubio que ni siquiera sabía leer los jeroglíficos de su propio templo. La faraona de las Dos Tierras, hija de Amón, empapándose por un esclavo que olía a miedo y sudor

Sus ojos se clavaron en Kael con una intensidad que hizo que el niño se detuviera. La esponja quedó quieta sobre su hombro.

-¿M-mi faraona? ¿Pasa algo?-

Haty ladeó la cabeza, estudiándolo como un gato estudia a un ratón atrapado entre sus garras… Sus ojos recorrieron el cuerpo del muchacho con desprecio calculado, deteniéndose en sus manos temblorosas, en su pecho agitado, en la marca roja que las cadenas habían dejado en sus muñecas…

-¿Sabes cuántos esclavos han tocado esta piel, Kael? Cientos. Quizás miles. Manos fuertes, manos expertas, manos que sabían exactamente cómo servir a su faraona. Y ahora estoy aquí, dejando que un niño me toque con manos que no saben ni sostener una esponja correctamente…- su voz era miel venenosa, cada palabra medida y controlada

Se acercó un poco más, el agua estaba meciéndose alrededor de ella. Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa…

-Eres tan patético… Tan torpe. Tan débil. Cualquier otro amo te habría azotado hasta dejarte la espalda en carne viva por tocar así a su señora… Pero yo… yo te permito seguir. ¿Por qué será, Kael? ¿Por qué te permito poner tus manos sucias sobre mi cuerpo divino?-

No esperó respuesta. No le importaba.

Agitó los hombros lentamente, un movimiento pequeño pero deliberado… Sus pechos enormes se mecieron balanceándose con un movimiento ondulante que hizo que el agua chapoteara suavemente

-Sigue lavando, esclavo, y hazlo bien… Queda mucho por limpiar-

Kael entendió. O al menos, creyó entender. La crueldad en sus palabras, la forma en que lo miraba, como si fuera menos que polvo bajo sus sandalias… Por qué tenía que ser así? Por qué la faraona no podía simplemente ordenarle que la lavara y ya? Por qué tenía que humillarlo con cada palabra, con cada mirada?

Pero sus manos obedecieron. La esponja bajó desde el hombro, deslizándose por la clavícula, acercándose lentamente hacia esos pechos enormes

Eran majestuosos. Pesados y firmes al mismo tiempo, la piel morena y brillante por el ungüento, los pezones coronando cada uno como frutos prohibidos, su mano tembló a centímetros de tocarla su pene palpitó dolorosamente bajo el agua

La mano de Haty disparó como una serpiente…

Sus dedos se cerraron alrededor de la muñeca de Kael con fuerza, con las uñas clavándose en su piel. El niño se paralizó, su corazón latiendo en su garganta

-Hazlo bien- entonces lo soltó

Kael presionó la esponja contra la curva inferior del pecho izquierdo de la faraona. Su mano temblaba tanto que apenas podía controlar el movimiento. La esponja resbalaba sobre la piel untada de ungüento, dejando un rastro espumoso que el agua disolvía lentamente..

No lo podía creer. Estaba tocando los pechos de la faraona. Esos pechos que solo los dioses y los nobles más cercanos habían visto… Y ahora estaban bajo sus manos. Bajo sus manos sucias de esclavo!

Eran increíbles. Suaves pero firmes. Pesados en su palma, cediendo bajo la presión de la esponja pero recuperando su forma… La piel era suave, más suave que cualquier tela que hubiera tocado en su vida. Y calientes. A pesar del agua fresca, irradiaban un calor que quemaba sus dedos a través de la esponja

-Tranquilo, Kael… No tiembles así. Que te deje tocar mis tetas no es una orden de ejecución… Eso viene después… si lo haces mal-

Sonrió con malicia, haciendo que sus enormes pechos flotaran más cerca de su cara. Kael pudo ver cada poro, cada vena azulada bajo la piel dorada, cada arruga pequeña alrededor de sus pezones oscuros…

-Frota como si estuvieras puliendo uno de mis obeliscos de Karnak. Con devoción… y con ganas de que dure para la eternidad-

Kael tragó saliva. Sus manos comenzaron a moverse con más fuerza, más determinación…

Haty sintió el cambio inmediatamente. Las manos de Kael dejaron de temblar… Y entonces la esponja rozó su pezón.

Un escalofrío recorrió la espalda de la faraona. Su pezón se endureció aún más bajo el contacto, erizándose como una perla oscura y rugosa… La esponja áspera contra esa piel tan sensible le daba placer.

-Mmm…-

El gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. Bajo el agua, sus muslos se apretaron instintivamente…. Estaba mojada. Tan mojada que el agua del Nilo no podría disimularlo por mucho tiempo.

Kael continuó, moviendo la esponja sobre el pezón derecho ahora, frotando con la misma devoción que ella le había ordenado. Sus dedos torpes pero decididos hacían que la carne de sus pechos se deformara ligeramente bajo la presión, que los pesados senos se mecieran con cada movimiento…

Haty arqueó la espalda ligeramente, ofreciéndose más a sus manos. Sus ojos estaban medio cerrados, sus labios separados, respirando con dificultad…

-Así… así está mejor, esclavo…-

Haty sintió cómo el poder la recorría como una descarga eléctrica. Ella, la faraona, la hija de Amón, la mujer que había gobernado las Dos Tierras cuando los hombres temblaban ante su sombra… Que había llevado a Egipto a una era de prosperidad desconocida. Todo eso mientras los nobles susurraban a sus espaldas que una mujer no podía gobernar, que el trono necesitaba un rey guerrero. Y ella les había demostrado que hasta sus tetas valían más que todas sus espadas juntas.

-Suficiente de esponja- dijo Haty

Tomó la esponja de las manos de Kael y la arrojó al agua con un chapoteo despectivo…

Kael se quedó mirando sus propias manos… ¿Era una prueba? ¿Debía negarse por respeto a su divinidad? ¿O debía obedecer porque desobedecer sería peor? ¿Tocar a la faraona sin permiso era una ofensa capital? ¿No tocarla cuando ella lo ordenaba era una ofensa mayor?

No lo sabía. No podía saberlo. Las reglas de los «dioses» eran incomprensibles para un mortal…
Pero sus manos se movieron antes de que su mente pudiera decidir. Lentamente colocó sus manos bajo esas tetas morenas

Sintió en sus palmas como masa de pan recién horneado.. Era la primera vez que tocaba unos pechos. Y eran los pechos de una diosa…

Haty dejó escapar un suspiro largo y satisfecho, su espalda se arqueó ligeramente empujando sus pechos más profundamente en las manos del muchacho…

La faraona observó el rostro de Kael con una mezcla de diversión y desprecio… Sus ojos estaban vidriosos, fijos en sus pechos como si fueran los únicos objetos en todo el universo.

-Dime, Kael de Kush… ¿Había mujeres tan bonitas como yo en tu aldea?

Su voz era un arrullo venenoso… El muchacho parpadeó, como si estuviera despertando de un sueño. Sus labios se abrieron pero no salió ningún sonido

Haty río suavemente, un sonido que resonó en las paredes de mármol como campanas de bronce

-No, ¿verdad? Claro que no. En esa tierra de polvo y cocodrilos, ¿qué pueden tener? Mujeres flacas, con los dientes podridos y el pelo lleno de tierra… Probablemente se follan a las cabras cuando no encuentran nada mejor. O quizás a sus propios hermanos. ¿Eso hacían en Kush, Kael? ¿Follaban cabras y hermanas?-

Kael sintió la sangre subir a sus mejillas. Pero no podía responder. Sus manos seguían agarrando esos pechos, sintiendo cómo los pezones duros presionaban contra sus palmas…

Y Haty lo vio. Vio sus ojos embobados, su boca abierta, su expresión de niño que ha encontrado el tesoro más preciado… Y le pareció… adorable. De una forma enferma y perversa, ese muchacho torpe era adorable.

-Mis pezones, Kael… Acarícialos-

Los dedos del niño temblaron. Se movieron lentamente hacia los centros, yaciendo sobre la carne de sus pechos… El primer contacto fue un roce apenas perceptible, la yema de su dedo índice trazando su aureola…
Haty sintió un calor delicioso en el vientre

-No tan suave… Apriétalos. Un poco. ¿Es que no tienes fuerza en esos dedos, esclavo? ¿O tienes miedo de lastimar a tu diosa?-

Kael tragó saliva. Sus pulgares e índices se cerraron alrededor de los pezones oscuros y gruesos de la reina, la piel era suave y caliente bajo sus dedos, sintió como los pezones se pusieron más duros si era posible. Apretó suavemente, con miedo…

-Más… Un poco más…-

El muchacho aumentó la presión. Sus dedos apretaron los pezones de la faraona, sintiendo cómo la carne cedía bajo su toque…

-Mmm… así… Eso es… eso es lo que quiero.. pero más! Te dije que los aprietes, no que los acaricies como si fueran pétalos de loto… Obedece. Juega con mis pezones, Kael. Hazlo-

El muchacho tragó saliva ruidosamente. Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de esos botones… Apretó, y Haty dejó escapar un gemido sordo que resonó en las paredes

-Así… Mmm… Ahora muévelos. Rótalos. Pellizca. Haz lo que quieras con ellos, pero hazlo bien-

Kael comenzó a experimentar con torpeza… Sus pulgares trazaron círculos sobre las aureolas oscuras, sintiendo cómo la piel se arrugaba bajo su toque. Pellizcó ligeramente, tirando de los pezones hacia arriba, y los pechos de la faraona se estiraron con el movimiento…

-Ah… Sigue… Sigue así…- Haty arqueó la espalda, empujando sus pechos en las manos del muchacho

El niño alternaba entre apretar y acariciar, pellizcar y rotar. Sus dedos estaban mojados por el agua y el ungüento, resbalando sobre la piel sensible… Cada vez que tiraba de un pezón, los pechos de Haty se mecían con un movimiento obsceno,

-Dioses…-

Ya no le importaba que fuera un niño. No le importaba que fuera un esclavo. No le importaba nada.. Porque ella era la faraona. Y si quería que un muchacho nubio la tocara, entonces así sería. Las leyes del ma’at existían para los demás, no para ella…
Pero sabía perfectamente lo que pasaría si alguien descubría esto. Los sacerdotes de Amón la declararían blasfema. Los nobles la tacharían de pervertida. Su propio consejo la usaría como excusa para quitarle el trono que ella misma había conquistado. Ejecuciones, exilios, escándalos… Todo por dejarse tocar por un esclavo de once años

Y eso era precisamente lo que la excitaba.

La perversidad de la situación. El riesgo absoluto. Un niño que no podía negarse, que la deseaba con cada fibra de su ser pero que jamás podría tomarla sin su permiso. Alguien completamente a su merced…

Haty comenzó a formular un plan en su mente. Un plan oscuro y delicioso. Kael sería su secreto. Su juguete privado. Su pequeño esclavo personal. Lo mantendría cerca, siempre disponible, siempre dispuesto. Nadie sabría. Nadie podría saber. Y si alguien sospechaba… Iba a silenciarlos

Kael no podía negarse. Era imposible. Ella estaba por encima de todo y de todos. Si la faraona quería que sus pechos fueran tocados, masajeados, adorados por manos jóvenes, entonces así sería. Tendría masajes de tetas cuando quisiera, cómo quisiera, durante el tiempo que quisiera. Y nadie podría decirle lo contrario…

Sus dedos seguían jugueteando con los pezones oscuros de la reina, apretando y rotando con más confianza ahora. Los pechos enormes se mecían bajo el agua con cada movimiento, la carne dorada ondulando como las aguas del Nilo durante la inundación. Y Haty lo sentía. Lo sentía en cada fibra de su cuerpo, en cada terminación nerviosa que ardía de placer…

Entonces su mano se movió bajo el agua.
Deslizó sus dedos por el pecho del muchacho, bajando por su abdomen tenso, sintiendo los músculos que se contraían bajo su toque. Kael se tensó inmediatamente, sus manos se detuvieron sobre los pechos de la faraona…
Sus dedos encontraron lo que buscaban bajo la superficie. El miembro del niño, duro como el granito de Asuán, palpitó contra su mano. Haty lo envolvió con sus dedos, sintiendo su grosor y su calor incluso a través del agua fresca.
Kael soltó un gemido ahogado..

Los dedos de Haty se cerraron alrededor del miembro del muchacho bajo el agua. Su mano se movió lentamente, subiendo y bajando con una presión deliberada que hizo que las rodillas de Kael temblaran…

-Mm… ¿Y esto qué es? Dime, Kael de Kush… ¿Crees que este pito es digno de tu faraona?- Su voz era un murmullo seductor mientras su pulgar trazaba círculos sobre la punta

El niño abrió la boca pero solo salió un quejido ahogado. Sus caderas se movían instintivamente hacia la mano de ella, buscando más fricción, más contacto. Haty apretó más fuerte, haciendo que el muchacho se estremeciera…

-No respondes. Claro que no. Porque no lo sabes. Eres solo un esclavo con una verga dura que no sabe ni para qué sirve-

Aumentó el ritmo de su mano, bombeando con fuerza bajo el agua

-Pero yo te lo diré. Esta verga me va a servir cuando yo quiera. Donde yo quiera. Como yo quiera-

Kael soltó un gemido desesperado. Sus manos seguían agarrando los pechos de la faraona, apretando sin pensar ahora, con los dedos hundidos en la carne dorada.

-Así está mejor. Aprieta mis tetas mientras te masturbo, esclavo. Porque esta verga es mía ahora. Mía para usar. Mía para jugar. ¿Entendido?-

Kael tragó saliva, sus manos apretando los pechos de la faraona con una fuerza que ya no era tímida mientras su miembro palpitaba bajo los dedos de ella…

-S-sí, mi faraona… lo que usted quiera…-

Por dentro, el niño estaba aterrado y fascinado, nunca en sus pensamientos más traviesos imaginó que la mujer más poderosa del mundo fuera tan pervertida. Haty lo notó en sus ojos y soltó una risita oscura, bombeando más rápido bajo el agua

-No pongas esa cara, esclavo… quiero que me cojas, que me llenes por dentro, quiero que me la metas profundo y que me pidas perdón mientras lo haces, ¿entiendes? ¿O eres demasiado débil para satisfacer a tu faraona?-

-S-sí… sí quiero hacerlo por dentro… quiero… quiero metérsela, mi faraona…-

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Su voz era ronca, temblorosa, apenas reconocible.
Haty sonrió. Una sonrisa depredadora que mostró sus dientes blancos…

-Entonces demuéstralo-

La faraona se movió con la gracia de una diosa… Bajó en el agua, agachándose hasta que la superficie le llegaba más arriba. Levantó su pierna, envolviendo la cintura del muchacho como una serpiente que atrapa a su presa. Su muslo pesado y húmedo se apretó contra su costado, manteniéndolo en su lugar.

Y entonces sus pechos quedaron exactamente frente a su cara.
Dos esferas enormes de carne morena, brillantes por el agua y el ungüento, con los pezones erectos apuntando directamente hacia sus labios. Estaban tan cerca que podía ver cada poro, cada vena azulada, cada arruga pequeña alrededor de las aureolas. El agua goteaba de la curva inferior de cada seno, cayendo sobre sus piernas…

-Qué esperas, esclavo… Tómalos. Muerde. Lamelos. Haz lo que quieras. Ya te di permiso-

Su mano seguía agarrando su miembro bajo el agua, acariciándolo lentamente, manteniéndolo duro y desesperado…

La posición abría sus piernas lo suficiente para darle acceso. El agua del Nío y su gravedad facilitaba todo, haciendo que sus cuerpos se deslizaran con una facilidad obscena. Haty casi colgaba de él, su pierna musculosa enrollada alrededor de su cintura, su peso soportado por el empuje del agua y la fuerza del muchacho…

Kael sintió la cabeza de su pene rozar la entrada caliente y resbaladiza de la faraona. Sus labios estaban hinchados, mojados, separados esperándolo. El contacto eléctrico hizo que ambos se estremecieran…

-Mi faraona… yo…-

-Calla y fóllame-

No necesitó más instrucciones. Con un movimiento torpe pero decidido, el muchacho empujó sus caderas hacia arriba. La penetración fue lenta, pero deliciosa. Haty sintió cómo ese miembro joven y duro la abría paso, estirando sus paredes internas mientras el agua del estanque chasqueaba entre sus cuerpos…

-Ah… así… así, esclavo… Más fuerte. Quiero sentirte hasta el fondo-

Haty arqueó la espalda, sus pechos rebotaron frente al rostro de Kael…
Para Haty, la sensación fue como volver a ser conquistada. Ese miembro joven y duro abriéndose paso dentro de ella, tocando sus paredes internas con una urgencia desesperada. Era pequeña, sí, pero dura de una manera que los hombres mayores habían perdido hace tiempo… Y la estaba llenando de una forma que no tenía nada que ver con el tamaño y todo que ver con el poder absoluto que ella ejercía sobre ese cuerpo. Cada centímetro que avanzaba era una confirmación de su divinidad, de su control, de su derecho a tomar lo que quisiera cuando quisiera… El agua facilitaba el movimiento, pero también intensificaba cada roce, cada fricción, cada pulsación que sentía dentro de su coño hambriento…

Para Kael, era como ser devorado. El calor que lo envolvía era indescriptible, una humedad ardiente y apretada que lo succionaba hacia adentro con cada movimiento… Nunca había estado dentro de una mujer, y menos dentro de una diosa. Su mente se quedó en blanco, reemplazada por la sensación de esos músculos internos apretándolo, de los pechos enormes aplastados contra su pecho, de la pierna de la faraona atrapándolo contra ella. Era prisionero y conquistador al mismo tiempo, un esclavo que estaba follando a la mujer más poderosa del mundo conocido, y su cuerpo temblaba con la fuerza de esa revelación…

Haty comenzó a moverse primero. Sus caderas oscilaron con un ritmo, rodando sobre el miembro del muchacho con la experiencia de una mujer que sabe exactamente cómo tomar lo que quiere. El agua chapoteaba alrededor de sus cuerpos unidos, los pétalos de loto se dispersaban con cada movimiento…

-Ah… ah… sí… así…- sus gemidos resonaban en las paredes de mármol, ecos de un placer que no intentaba ocultar

Kael respondió instintivamente, empujando sus caderas hacia arriba para encontrarse con ella. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con el agua, «splash, splash». Sus manos se aferraron a las caderas de la faraona

Y entonces su boca encontró esas tetas que flotaban frente a su cara. Abrió los labios y tomó un pezón, hundiéndolo en su boca con hambre de un esclavo. Chupó con fuerza, sintiendo cómo la piel se calentaba contra su lengua, cómo Haty se estremecía entre sus brazos…

-Ah! Muerde… muerde más fuerte, esclavo..-

El niño obedeció. Sus dientes se cerraron alrededor del pezón hinchado, tirando de él mientras sus caderas bombeaban con más fuerza… El agua salpicaba fuera del estanque, empapando el mármol del suelo.

Entonces las manos del niño recorrían la espalda de la faraona, sintiendo los músculos moverse bajo la piel dorada… El agua hacía que todo se deslizara, que sus dedos resbalaran por su cintura, sus caderas, sus nalgas. Era como tocar seda mojada, caliente y viva bajo sus palmas…

Haty no se quedaba quieta. Sus propias manos exploraban el cuerpo del muchacho con una avidez que no tenía nada que ver con la ternura… Sus uñas trazaban líneas rojas sobre su espalda, bajando por sus costillas, agarrando sus caderas para guiarlo más profundo dentro de ella

-Ah… más… más adentro…- jadeó contra su cuello.

Sus cuerpos resbalaban uno contra el otro, piel contra piel, sin fricción, solo calor y humedad y necesidad…
Kael sintió las manos de Haty en su cabello, tirando de él hacia sus pechos. Obedeció, hundiendo su cara entre esa carne suave y pesada, lamiendo el valle entre ambos senos mientras sus caderas seguían bombeando instintivamente…

-Eres… eres tan bonita, mi faraona…-

-Y tú eres tan pequeño… y tan duro, no te detengas, querido- rió entre gemidos…

La farona mordió el lóbulo de la oreja Kael con una presión que hizo que el muchacho soltara un gemido sorprendido. Mordió justo lo suficiente para enviar un escalofrío por su espina dorsal, su lengua trazó la piel atrapada antes de soltarlo…

-Ya me aburrí de esta posición-

Se separó de él con un movimiento fluido…. Kael sintió el vacío abrupto, su miembro pulsando en el agua, frustrado por la pérdida de calor. Pero entonces Haty se dió la vuelta…

Sus manos se apoyaron en el borde de mármol del estanque con la espalda arqueada. Estaba encima de un escalón,el agua le llegaba a la mitad de sus nalgas, dejando expuesto su sensual culo brillante por el agua… Eran dos esferas perfectas, grandes y redondas, moviéndose con cada respiración.

-Qué esperas, esclavo?-

Miró por encima de su hombro, con sus ojos pesados de deseo clavándose en él. Su coño estaba completamente visible entre sus muslos,, brillante de excitación, abierto como una flor esperando ser polinizada

-Te dije que me cojas. O ya olvidaste cómo usar eso que tienes entre las piernas.-

Sus caderas se movieron lentamente de lado a lado, haciendo que sus nalgas se mecieran con un movimiento hipnótico…

Kael se acercó con pasos vacilantes en el agua, sus manos encontraron las caderas de la faraona. Sus dedos se hundieron en esa carne firme, sintiendo cómo se tensaba bajo su toque…
Se posicionó detrás de ella, su miembro pulsó contra la entrada de Haty. Con un movimiento de caderas, empujó hacia adelante.

El sonido resonó en el recinto cuando la penetró completamente.

-Sí… así… así, esclavo…-

Kael comenzó a moverse, sus caderas bombearon con un ritmo torpe pero entusiasta… Cada embate hacía que las nalgas de la faraona se estremecieran, con la carne ondulando con el impacto.
«Clap, clap, clap» El agua salpicaba alrededor de ellos, mojando todo…

-Más fuerte!- Haty empujó sus caderas hacia atrás, encontrándolo golpe por golpe -¿Es esa toda la fuerza que tienes? ¿Así follan en Kush?-

El niño apretó los dientes. Sus manos agarraron esas caderas con más fuerza y aumentó el ritmo. Sus caderas chocaban contra ella con un sonido carnos, su miembro hundiéndose profundamente en ese calor húmedo y apretado…

-Ah… ah… mmm…- los gemidos de Haty se mezclaban con el chapoteo del agua.

Para Kael, el cuerpo de Haty era un templo viviente. Sus ojos recorrían cada centímetro de piel dorada mientras sus caderas seguían bombeando, incapaces de detenerse…

La espalda de la faraona era un paisaje de músculos suaves y curvas poderosas. La columna vertebral descendía como un río hacia la hendidura de su cintura, esa cintura estrecha que se ensanchaba dramáticamente en sus caderas. Y más abajo, esas nalgas enormes y redondas absorbiendo cada embate, la carne estremeciéndose con cada golpe

Su cuello era largo y elegante, tendones visibles bajo la piel dorada mientras arqueaba la espalda. El cabello negro y húmedo se pegaba a sus hombros, gotas de agua resbalando por las líneas de su cuerpo como ofrendas

Era una mujer mayor. Una mujer poderosa. Cada curva hablaba de dominio y autoridad, de alguien que había conquistado naciones y gobernado imperios. Y ahora estaba inclinada frente a él, ofreciéndole ese cuerpo divino como si fuera suyo.

Kael nunca había visto algo tan hermoso. Nunca había sentido algo tan perfecto

Los cuerpos de Haty y Kael continuaron fundiéndose en ese ritmo primitivo durante lo que parecieron horas bajo el sol de Tebas. El agua del estanque se agitaba violentamente con cada embate, salpicando el mármol blanco mientras los gemidos de la faraona rebotaban en las paredes altas y frías. No eran gemidos discretos. Eran gritos de placer crudo, sin censura, la voz de una mujer que sabía que nadie podía callarla…

Afuera, más allá de las pesadas puertas de bronce, algunos sirvientes y guardias se detuvieron. Intercambiaron miradas rápidas, nerviosas. Los sonidos que escapaban del baño eran confusos… Gemidos femeninos profundos, jadeos desesperados, el sonido húmedo de cuerpos chocando repetidamente contra la piel. Y entonces, la voz del niño. Esos quejidos agudos, esa respiración entrecortada que no pertenecía a un hombre adulto

Un guardia tragó saliva, apretando la lanza con fuerza. Su compañero le puso una mano en el hombro y negó con la cabeza lentamente. Ambos sabían lo que estaba pasando ahí dentro. Y ambos sabían que hablar de ello era firmar su propia sentencia de muerte.. La faraona Haty no era conocida por su clemencia con los indiscretos. Cualquiera que mencionara que su soberana estaba siendo cogida por un niño esclavo de 11 añitos terminaría con la lengua arrancada y el cuerpo arrojado a los cocodrilos

Así que callaron. Guardaron el secreto con un miedo reverencial mientras los gemidos continuaban. Escucharon cómo Haty gritaba el nombre de Kael entre espasmos, cómo el niño sollozaba de placer, cómo el agua chapoteaba sin descanso. Los sirvientes bajaron la mirada y siguieron caminando, borrando de sus mentes los sonidos obscenos que acababan de presenciar…

Dentro del estanque, Haty sentía cada embate como una descarga eléctrica. Sus nalgas rebotaban contra el abdomen del muchacho con un sonido carnoso, clap, clap, clap, mientras sus manos se aferraban al borde de mármol con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos.

Haty se separó de Kael con un movimiento fluido, su coño emitió un sonido húmedo y obsceno cuando el miembro del muchacho salió de ella. El agua del estanque se arremolinó alrededor de sus piernas mientras se daba la vuelta…

Sus ojos estaban oscuros de deseo, las pupilas dilatadas hasta casi devorar el dorado de su iris. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración agitada, los pezones hinchados y rojos por los mordiscos del niño

-Ven aquí-

Sus manos agarraron los hombros de Kael, guiándolo hacia el borde del estanque. El muchacho se dejó manejar como un muñeco, sus piernas débiles por el placer. Haty lo sentó sobre el mármol fresco, con sus piernas colgando en el agua, con su miembro erecto brillando bajo el sol que entraba por las ventanas…
La faraona se posicionó entre sus piernas.. Su rostro quedó exactamente a la altura de la entrepierna del niño

-Quiero probarte-

Su lengua trazó una línea lenta desde la base hasta la punta, recolectando el sabor de su vagina divina y el deseo. Kael soltó un jadeo, sus manos agarrándose al borde del estanque…

-Nunca he probado uno tan pequeño… tan joven… -sus labios rozaron la cabeza de su miembro, sus ojos levantándose para mirarlo -Dime, Kael de Kush… ¿tu leche sabe tan dulce como tú? Jeje- Abrió la boca y lo tomó completamente

Haty comenzó a succionar con una fuerza brutal. Sus mejillas se hundieron creando un vacío que hizo que Kael arqueara la espalda y soltara un grito ahogado. La presión era casi dolorosa, intensa, húmeda y devoradora…

-Ah… mi faraona… eso…!-

El niño se retorcía sobre el mármol, sus manos quisieron agarrarse de lo que sea… Sus caderas se movían instintivamente, empujando más profundo en la boca de Haty, pero ella lo controlaba fácilmente. Sus manos presionaban sus muslos, manteniéndolo en su lugar mientras su boca trabajaba con una experiencia que solo una mujer madura podía tener

«Slurp, slurp, mmmchk»

Los sonidos húmedos y obscenos resonaban en las paredes del baño. Haty movía su cabeza arriba y abajo con un ritmo implacable, su lengua trazó espirales alrededor del miembro del muchacho cada vez que subía, sus dientes rozando la piel sensible…

-No… no puedo… es demasiado…!- Kael sentía cómo sus caderas temblaban. Su abdomen se contraía con cada succión

Haty levantó la mirada, sus ojos dorados encontrándose con los del niño mientras su boca seguía devorándolo. Una sonrisa se formó alrededor de su miembro mientras aumentaba la velocidad

-Mmm… mmm…- sus gemidos vibraban contra su carne, enviando descargas eléctricas por todo su cuerpo.

-Voy… voy a…!- Kael sintió el nudo en su bajo vientre apretándose, su cuerpo al borde del abismo

Los dedos de Haty se clavaron en los muslos del muchacho, sus uñas doradas dejaron marcas rojas en la piel oscura. Kael gritó, su cuerpo tensándose como un arco mientras el primer chorro de semen caliente golpeaba la garganta de la faraona…

-Ah! Ah! Mi faraona…! Hatshepsut!!-

Haty no se apartó. No escupió. No dudó. Succionó más fuerte, sus mejillas hundidas, su garganta abierta tragando cada gota de esa leche joven que salía a chorros… El sonido obsceno de ella tragando resonó en el baño mientras Kael se vaciaba en su boca

Era caliente. Más caliente que cualquier cosa que hubiera probado. Salado pero dulce, espeso pero no demasiado, joven y fresco como la primera fruta de la temporada. La faraona de las Dos Tierras, la hija de Amón, la mujer más poderosa del mundo conocido hasta ahora, estaba de rodillas en el agua tragando el semen de un niño como si fuera néctar divino…

-Mmm… mmm…- sus gemidos de satisfacción vibraban contra el miembro palpitante del muchacho. Sus ojos estaban cerrados, su garganta trabajando para no perder ni una gota. Algunos hilos blancos escaparon por las comisuras de sus labios, resbalando por su barbilla para caer al agua del estanque

Kael temblaba sin control.. Nunca había sentido algo así. Nunca había corrido con tanta fuerza. Y ver a la faraona, a esa diosa, tragando su leche con esa expresión de pura devoción obscena…

Haty se apartó lentamente, su lengua limpió la última gota de la punta del miembro del niño. Levantó la mirada, sus labios brillantes y hinchados, un hilo de semen conectando su boca con la verga de Kael

-Dulce…- murmuró, lamiéndose los labios con una lentitud deliberada. -Muy dulce… Como esperaba-

Haty se lamió los labios lentamente, saboreando los últimos restos de ese sabor dulce y joven que aún persistía en su lengua. Sus ojos recorrieron el cuerpo tembloroso de Kael, todavía sentado en el borde del estanque, su miembro ahora flácido brillando con una mezcla de agua y saliva…

Necesitaba más. Necesitaba tenerlo cerca. Ese sabor… ningún hombre le había dado algo así. Ni los guerreros más fuertes, ni los nobles más experimentados, ni siquiera su propio medio hermano con quien las tradiciones dictaban que debía casarse con él…. El tabú de yacer con un niño esclavo era infinitamente mayor que el de desposar a su propio hermano. Y eso lo hacía exquisito…

-Kael de Kush…- su voz era suave ahora, casi tierna, mientras suas manos acariciaban los muslos marcados por sus uñas -A partir de hoy, dormirás en mis aposentos. No en los cuartos de los esclavos. En mis aposentos.-

El niño parpadeó, confundido, sus ojos todavía vidriosos por el orgasmo

-Serás mi asistente personal. Mi sirviente privado. Tendrás acceso a mis baños, mis comidas, mi cama…- sus dedos trazaron líneas perezosas sobre su piel -Y cuando yo quiera probar esa leche dulce tuya, tú me la darás. ¿Entendido?-

Kael asintió atontado, sin comprender completamente la magnitud de lo que estaba pasando.

-Además…- Haty se incorporó en el agua, sus pechos emergiendo como dos islas doradas -Tu madre. La esclava que trabaja en las cocinas del templo, ¿verdad? A partir de hoy será libre. Le daré una casa en la ciudad, tierras, sirvientes propios. Todo lo que necesite.-

Sus manos tomaron el rostro del muchacho, obligándolo a mirarla a los ojos

-Porque tú eres mío ahora, Kael. Y cuido lo que es mío-

 

-FIN-

Canal de telegram: https://t.me/+lnGi5uQjk3gzZGNh

 

Dónde están un par de ilustraciones…

Los comentarios siempre son bienvenidos, me encantaría saber qué les pareció 👀✨

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15 Lecturas/18 junio, 2026/0 Comentarios/por VenusDeee
Etiquetas: hermano, hermanos, hija, madre, madura, mayor, mayores, sexo
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