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Dominación Mujeres, Heterosexual, Sado Bondage Hombre

Lo que viví el 8 de junio

Un hombre unos cuantos años mayor que yo me dió la cogida mas rica .
Hoy, lunes 8 de junio, realicé mi recorrido de trabajo habitual por las colonias San Rafael y Cuauhtémoc. Ese día en particular, llevaba puesto un vestido beige, de un largo que apenas cubría la mitad del muslo, combinado con unas sandalias tipo romano de color azul claro. Sobre el vestido, una chamarra de mezclilla azul claro que hacía juego con el resto de mi atuendo. El vestido, al ser bastante entallado, tendía a subirse un poco, revelando fugazmente la comisura de mis nalgas. Debajo, llevaba lencería beige, un conjunto de tanga y brasier de media copa, discretos para no notarse.

Mientras caminaba, noté que un hombre, un poco más alto que yo, no apartaba la mirada. Al terminar de tomar mis fotografías, emprendí el regreso a la oficina. Él me seguía a una distancia prudencial. Al principio, no le di mayor importancia. Sin embargo, al sentarme un momento en un parque cercano para enviar la información, observé que intentaba acercarse, pero algo lo detenía. Cuando terminé de enviar mis datos y me levanté para recoger mis cosas de la banca, se aproximó.

«Chica, se te subió el vestido y estás enseñando más de la cuenta», dijo.

No supe qué hacer. Bajé instintivamente el vestido y le di las gracias.

«Sin ánimo de ofender, señorita, está usted muy guapa», continuó, «y pues, más si enseña lo que yo vi».

Sus palabras me hicieron sonrojar, y volví a sentarme. «Gracias por el cumplido», respondí. «No es que ande enseñando, pero este vestido tiene la manía de mostrar más de lo que quisiera».

Al observarlo con más detenimiento, noté un bulto considerable en su entrepierna. Curiosa, le pregunté qué hacía. «Solo camino», respondió, «estoy retirado y tengo todo el tiempo del mundo». Me llamó la atención que dijera «retirado en lugar de «jubilado», como yo asumí. «No, eso es para los civiles», aclaró. «Yo estoy retirado del ejército».

«Supongo que vive por aquí cerca, ¿verdad?», pregunté, intentando mantener una conversación casual.

«Sí, a unas cuadras, sobre la calle Río Grijalva tengo mi departamento», dijo.

«Ok», respondí, «y aparte de caminar, ¿qué hace?».

«Pues solo eso, camino y, en ocasiones, tomo fotografías».

«¿Fotografías de paisajes o de qué?», indagué.

«De personas que me llaman la atención», respondió, y en ese instante, me miró fijamente. «Si no tiene inconveniente, me gustaría tomarle algunas fotos. Fotos suyas».

Mi respuesta fue un simple: «¿Cómo así?».

Él se apresuró a explicar: «Pues sí, así como está vestida. Y si se puede, veremos cómo podemos mejorar esas fotos».

Lo pensé un momento. La curiosidad, mezclada con una punzada de intriga ante la insinuación de «mejorar las fotos» y la evidente presencia de su bulto, me hizo dudar. Pero finalmente, asentí. «Ok, vamos».

Al comenzar a caminar, me ofreció su brazo. Lo tomé con una mezcla de cortesía y expectativa. «¿Y tú qué haces?», me preguntó. «Solo trabajo», respondí. «¿De qué tipo?», insistió. Le expliqué mi labor: «Tomo fotografías de las vialidades, reviso si hace falta algún señalamiento horizontal o si se requiere un tope». Él asintió, pensativo. «¿Es usted arquitecta?», inquirió. «Sí», confirmé.

Recorrimos las cuadras hasta llegar a la calle donde, según me dijo, vivía. Subimos al edificio y, al abrir la puerta del tercer piso, me encontré con un departamento impecablemente cuidado, todo en su lugar. Aquel orden me llamó la atención. «Es usted muy cuidadoso en todo, ¿verdad?», comenté. «Claro», respondió él. «Tome asiento, señorita. ¿Le apetece agua o algo más?»

«Si tiene una Coca, mejor para mí», pedí. «Deméne un minuto y se la traigo». Mientras esperaba, observé las fotografías colgadas en las paredes: paisajes y retratos. Me trajo una Coca en un vaso y me dijo: «Bueno, usted me dice cuándo comenzamos con las fotos». Le di un sorbo y pregunté: «Pues, en este momento, ¿cómo serán?».

«Quiero tomarte unas medio inclinada, como si estuvieras agarrando algo de la mesa que se encuentra al centro de su sala», indicó. Accedí, pero, sin que me diera cuenta, mi vestido volvió a subirse. Tomó varias fotos y luego, con una sonrisa, añadió: «¿Sería mucho pedir si se las tomara solo en ropa interior?». Me sonrojé, pero respondí: «No hay problema»

Me quité la bolsa que colgaba de mis hombros y la chamarra que llevaba puesta. Lentamente, comencé a subirme el vestido. Noté que él empezó a tomarme fotos desde el momento en que me fui deshaciendo de la ropa. Me sentía un poco nerviosa, pero él me dijo: «Mire, para que no se sienta incómoda, yo haré lo propio». Se quitó la camisa y el pantalón, quedando en calcetines y bóxer. Fue entonces cuando me di cuenta de que su bulto en la entrepierna era, en efecto, notablemente más grande de lo normal.

En ese instante, me dijo: «¿Podría tomarle unas fotos arriba de mi cama?». Asentí con un «Sí, está bien». «No esté nerviosa», añadió, «ya ve que yo también estoy casi igual que usted». Me indicó: «Puede ponerse en cuatro en la cama, de frente a mí, y reclinar más su dorso para que se levanten sus nalgas y se vea más sexy». Hice lo que me pidió y pude observar que su bulto ya estaba erecto, casi asomándose de su bóxer. Tomó varias fotos, tanto de frente como de lado. En eso, uno de mis pechos se salió del brasier. Él sonrió y capturó la imagen. Yo me ruboricé un poco, pero la verdad era que la visión de su bulto, con la cabeza de su miembro casi asomando del bóxer, empezaba a encenderme.

Continuó tomándome fotos, y su miembro se salió aún más de su bóxer. Al verlo así, me lamí los labios, como si se tratara de un manjar. Él dijo en ese momento: «Mire, quítese la tanga». Y yo, a mi vez, le quité el bóxer. Seguimos tomando fotos. Al quitarse por completo la prenda, pude ver una gran virilidad, de unos veinticinco centímetros, completamente erecta. Sin más preámbulos, me dijo: «No se ponga nerviosa. Deje que le quite un poco los nervios». Me hizo recostar sobre la cama y me indicó: «Cierre los ojos». Entonces, deslizó su mano por mi cara y cuello, sus dedos recorriendo mi cuerpo lentamente hasta llegar a mi entrepierna, donde introdujo un dedo y comenzó a masturbarme.

Sentía una delicia indescriptible con sus dedos en mi interior; mi intimidad estaba húmeda y ardiente. En ese instante, tomé su miembro y le dije: «Te la voy a mamar». La introduje en mi boca hasta llegar a mi garganta, la saqué y comencé a chupar cada uno de sus testículos, deslizando mi lengua desde ellos hasta la cabeza de esa exquisita verga. Mis manos, por su parte, empezaron a acariciar aquel miembro que tenía enfrente. Él, con una sonrisa, me dijo: «Se ve que eres una gran puta,

¿verdad, zorra?».

Yo sonreí y respondí: «Sí, ahora soy tu puta zorra.

¿Qué harás conmigo ahora?».

Él sonrió y replicó: «Te voy a coger y a hacer que tragues verga por esos lindos agujeros que tienes, puta».

Yo sonreí y le dije: «Haz de esta puta lo que gustes, papi. Es tan solo para ti, y lo que deseo es verga de ti, que me llenes de tu leche mis hoyos y me preñes, ya que soy una puta y quiero que me des tu leche donde mejor te plazca».

Dicho esto, me puso de rodillas y me dijo: «Mámame la verga, putita. Quiero ver cómo lo haces, y después te voy a meter mi verga primero en tu panocha y, después, tú sola abrirás tus nalgas para que te la meta por ese rico culo que tienes».

Le estuve mamando la verga por unos minutos y me dijo: «Eres una buena puta, pero no quiero venirme aún. Quiero disfrutar de tu panocha y tu rico culo, puta». Yo asentí diciendo: «Sí, quiero que me partas con esa gran verga que tienes, mi culo, y derrames tu leche en mi panocha. Así lo harás, mi amo». Él sonrió y me dijo: «¿Eres sumisa, verdad, puta?». «Sí, mi señor, soy una puta sumisa y quiero probar tu verga en mi panocha y que te derrames en mi culo y en mi boca».

Me separó diciendo: «Ahora quiero que te pongas en cuatro para que te meta la verga en tu panocha y me dejes montarte como la perra puta que eres». «Sí, mi amo», fue mi respuesta. Me puse en cuatro sobre su cama y, dirigiendo su verga hacia mi pucha, me la introdujo de un solo golpe. Me dolió que me la metiera así, y de mi boca salió un:

«¡Ay, papi, me duele!».

Él solo sonrió y dijo: «Así se trata a las putas como tú. Espera a que veas cómo te parto el culo y te doy mi leche».

Me montó como poseído, sin sacarme su verga. En esos momentos, mi vagina ya se estaba contrayendo y sentí como un choque eléctrico que recorría toda mi espalda, desde mis nalgas hasta mi cabeza.

Le dije: «Mi señor, me vengo».

«Eso veo, puta. No aguantas nada».

Se salió, me puso de espaldas al colchón y me levantó las piernas, poniendo su miembro en la entrada de mi puchita.

«Ahora aguanta y ve cómo se mete mi verga en tu panocha».

Me sentía en la gloria, mis piernas temblaban y comencé a decirle:

«Así, mi señor, meta fuerte tu verga. Quiero que me parta en dos con tu gran verga, papi».

Sentía cómo me embestía con más fuerza, mientras mis piernas se posaban sobre sus hombros. Sentía cómo sus testículos golpeaban mis nalgas, sus manos se apoderaban de mis pechos, pellizcando mis pezones, haciendo que me retorciera, no de dolor, sino de placer.

De mi garganta salía un «¡Haaaaaaaaaaa… Así, así, coge a tu puta, mi señor!».

Él me contestaba:

«¿Te gusta mi verga? Dime si te gusta, puta…».

«Sí, mi amo», respondí, mi voz quebrándose por la excitación, «me encanta tu rica verga. Es un manjar para mi pucha. Ábrela más, cogeme fuerte, quiero quedar preñada de ti, papi. No te detengas, que casi me vengo». Con un último aliento, añadí: «Coge a tu puta perra». Mientras él continuaba embistiéndome con fuerza, le pregunté, mi cuerpo vibrando de anticipación:

«¿Cómo quieres que me ponga?».

De mi boca escapó un largo y agónico «Haaaaaaaaaaaaaaaaa…», pues en ese instante sentí que las fuerzas me abandonaban y mi cuerpo casi convulsionaba por el intenso orgasmo que me invadía.

«¿Ya te vienes, puta?», me preguntó él.

«Sí, mi amo», respondí, apenas con aliento.

«Me pongo en cuatro, amo».

«Sí, puta. Quiero penetrarte ese culo que se ve que aprieta rico, puta zorra. Ponte en cuatro ya», fue su orden. Lo hice, casi sin fuerzas tras el arrebato del orgasmo.

Me coloqué a cuatro patas y, en cuanto estuve en esa posición, me dijo: «Anda, abre ese par de nalgas. Quiero ver cómo tienes ese culo».

Apoyando mi torso y cabeza sobre la cama, llevé mis manos a mis nalgas, separándolas para que pudiera ver mi trasero. «Se ve hermoso ese culo», dijo él.

«Ahora, deja así abiertas tus nalgas y siente cómo se mete la cabeza de mi verga, abriendo ese culo de puta».

Sentí cómo colocaba la cabeza de su verga en la entrada de mi ano y lo fue introduciendo poco a poco. Agarré la cobija con ambas manos, presa del dolor que me causaba la penetración de esa verga gorda, larga y cabezona.

«Detente, mi amo, detente», jadeé, «me duele, no aguanto tu verga en mi culito».

«No, puta», replicó, «acostúmbrate a mi verga, porque de hoy en adelante serás mi puta».

De mi boca escapaba un: «Espera, haaaaaa… me matas con ese animalote, espera, haaaaaaaaaaaaa…».

Él me contestó: «Ya está casi adentro toda mi verga, puta. Tú espera». Y de un solo empujón me la introdujo por completo. Esto hizo que apretara la cobija con todas mis fuerzas y de mi boca escapara un: «¡Ay, me duele, detente, por favor!».

«Ya la tienes toda adentro, puta. Ya está toda mi verga en tu culo», dijo, y acto seguido comenzó a introducir y sacar su miembro de mi adolorido ano.

«¿No querías que te partiera en dos, puta?», me preguntó con una sonrisa. «Ya está bien partido ese culo, y solo te queda moverte como te guste sentir mi verga, puta».

Así, a cuatro patas, comenzó a moverse muy duro penetrandome con mucha urgencia como si se tratara de una perra en celo. Se elevó sobre mí, dueño absoluto de mi cuerpo y mi voluntad.

Mis nalgadas resonaron, despertando en mí una excitación renovada. «¡Así, papi, así, mi amo!», clamé, «métela toda tu vergota, no dejes de cogerme».

Mi voz se entrecortó al suplicar:

«Así, papi, coge a tu puta, aunque me queje, no saques tu verga de mi culito».

Él respondió con una sonrisa cruel:

«¿Eso era lo que te hacía falta, verdad, puta perra?

Una verga como la mía,

¿no es así?».

Sentí cómo su cuerpo se tensaba, sus manos apretando mis nalgas con fuerza.

Noté cómo su miembro palpitaba con mayor intensidad, hasta que finalmente expulsó su leche dentro de mí. Sentí la cálida explosión de su chorro de semen, un torrente que inundaba mi interior.

El calor de su cuerpo sobre el mío era reconfortante, una promesa silenciosa de lo que vendría. Mientras el último eco de nuestros placeres se desvanecía, él se apartó lentamente, su verga ya medio flácida salió de mi culo dejando un rastro de leche y un vacío que, sin embargo, estaba lleno de la satisfacción de haber sido completamente poseída. Me miró, y oi una chispa de complicidad en sus ojos, así como una sonrisa que se dibujó en sus labios.

«Descansa ahora, mi puta», dijo, su voz ronca y profunda.

«Tenemos mucho por delante».

Me dijo: «Ya sabes, si quieres verga de nuevo, solo ven aquí al departamento y te daré lo que buscas. Me encantó tenerte en mi cama y hacerte mi puta. Si no lo tomas a mal, en cuanto te arregles, te daré algo y tú decides, mi linda y hermosa puta». Fui al baño, me di una ducha rápida y salí a vestirme. Sin embargo, no encontraba mi tanga. Por más que la busqué, no pude dar con ella. Sin darle más vueltas, tomé mis cosas y le dije: «Ya me voy».

Él me detuvo: «Espera un momento». Llevaba algo en la mano y me dijo: «Ten». Extendí la mano y puso en ella dinero. «No es pago», aclaró, «es para que te compres lo que más te guste de ropa interior. Y si quieres, lo que compres, me lo modelas». Sonreí y asentí: «Está bien». Me detuve un instante, dándole un beso de despedida, y le dije: «Me encantó tu verga, mi señor».

«No me digas así», respondió, «solo Héctor. Y tú, mi linda y hermosa putita, me llamo Andrea. Gracias por la rica cogida, Héctor». Salí del departamento, pensando en qué me compraría y cuándo regresaría a verlo para que me hiciera su puta de nuevo.

2 Lecturas/3 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Andrea69
Etiquetas: baño, culito, culo, mayor, orgasmo, puta, semen, vagina
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