LOS PLACERES DE CARMINA
Hacía buen tiempo que mi comadre me pedía que la acompañara a una sesión clandestina de azotes.
Mi comadre Helena había leído en alguna parte que en cierta ciudad fronteriza se ofrecían sesiones de sexo en vivo donde el cliente pagaba por observar desde asientos especiales. Allí el cliente podía masturbarse con toda discreción.
Nosotros vivimos a 180 millas de la frontera y cierto día nos fuimos yo y ella a ver si eso era verdad.
Buscamos el sitio y en efecto, existía ese sitio, pero era clandestino así que con toda discreción compramos dos boletos para esa misma noche. En punto de las 0 horas fuimos entrando de a dos en un antro con poca luz y con aspecto de sala de enseñanza de operaciones médicas, tarima al centro, público alrededor en círculos concéntricos y con iluminación desde arriba. Me sorprendió lo cómodos que eran los espacios y la facilidad que había para la autoestimulación del público.
Entró una mujer negra, robusta, desnuda, de unos 90 kilogramos, treinta o cuarenta años de edad, tetas grandes que bailaban con sus pasos, nalgas abundantes que se estremecían fácilmente y con un antifaz plateado que casi nada de su rostro alcanzaba a cubrir. La presentó al público un hombre blanco, maduro, desnudo también y que hablaba desde un micrófono de poca pero suficiente potencia.
Se llamaba Carmina la mujer negra y era hondureña.
Enseguida, el hombre blanco se acercó a Carmina y tomándola del cabello la hizo hincarse frente a él y le pidió que le comiera el pene. La mujer entrecerró los ojos y lo hizo, gimiendo de placer mientras sacaba y metia el pene en su boca, colocada en posición perruna. El hombre eyaculo en su cara y ella llevó con sus dedos cada gota de semen a su boca y alli estuvo comiendo. Luego, inesperadamente, el hombre empezó a orinar en la boca de la mujer negra y ella bebió todo lo que le dieron.
Es una perra – anunció el hombre. Y como perra va a ser castigada por puta.
Luego, otra mujer negra, joven y delgada, de tetas pequeñitas y oscurísimas, entregó al hombre un látigo de color blanco. Luego se retiró a las sombras entre exclamaciones de asombro del público que admiraba la belleza de la joven. La joven agradeció las exclamaciones regresando fugazmente y abriendo brevemente sus bellísimas nalgas para mostrar un dilatador rojo como granada encajado felizmente en su ano.
Carmina fue sujetada a la mesa con correas en muñecas y tobillos mientras gemía de placer.
Luego, el hombre blanco se acercó con el látigo y empezó a azotarla muy suavemente, en las tetas, los muslos enormes, el vientre y la entrepierna. Así estuvo haciendo unos minutos hasta que la vagina de Carmina empezó a chorrear visiblemente. Luego aumentó la fuerza de los azotes y Carmina empezó a gritar:
Más fuerte, mas fuerteeeeee- aullaba de dolor-
El hombre aumentaba la fuerza de los azotes mientras Carmina gemía y disfrutaba los azotes, hasta que las tetas mostraron un poco de sangre y entonces la desataron y la voltearon boca abajo…
Ya no necesitó que la ataran pues ella misma pedía los azotes.
Azotame mi vida, castígame- gritaba la mujer-
El hombre reinició el castigo en la espalda, en los muslos y en las nalgas enormes de Carmina hasta que, en un gran orgasmo, Carmina eyaculó inundando la mesa con un delicioso y abundante yogur…El orgasmo fue tan grande que Carmina defecó sobre los líquidos de la eyaculación haciendo un producto café y blanco claramente diferenciado, mientras caía en un estado de tranquilidad reparadora. El aroma de las heces y de los líquidos de la eyaculación era tan especial que algunas personas del público se acercaron al final y lo probaron con su lengua haciendo señas de aprobación.
Mi comadre y yo regresamos a casa haciendo planes para volver.


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