Luna 3
El fin de esta historia de una niña que le quitaron su inocencia y su niñez.
Antes de comenzar a leer el relato les comento que es algo violento y trágico, así que si no les gustan cosas así no lo lean, dada esta aclaración, aquí está la parte final de Luna.
La habitación de Luna olía a unicornio de plástico nuevo y a desesperanza antigua. La cómoda seguía desplazada del intento inútil de barricada de semanas atrás. Ya ni siquiera la volvía a empujar contra la puerta. Sabía que era inútil. Ricardo había roto algo más que su cuerpo esa primera vez; había roto cualquier ilusión de seguridad, de refugio.
La rutina del horror se había refinado, acelerado. Los deberes ya ni siquiera eran un pretexto. Carmen trabajaba más turnos dobles, agotada, ciega en su amor y su necesidad. La casa era de Ricardo durante esas largas horas, y Luna era su posesión, su juguete roto con el que jugaba cada vez con menos cautela y más crueldad.
Esa noche, Carmen estaba en un seminario en otra ciudad. «Solo una noche, Lunita. Ricardo estará aquí.» Las palabras de su madre sonaron como una sentencia.
Luna oyó la puerta principal cerrarse, el coche alejarse. El silencio que siguió fue distinto. Era un silencio cargado, expectante, como el momento antes de que caiga el rayo. Se sentó en su cama, abrazando las rodillas. No lloraba ya. Las lágrimas se le habían acabado hacía tiempo. Solo sentía un vacío enorme, un hueco helado donde antes estaba su infancia.
Los pasos no tardaron. No hubo llamada a la puerta. La manilla giró y la puerta se abrió. Ricardo estaba allí, en la entrada. No llevaba la máscara de la normalidad. Su expresión era plana, aburrida casi, pero sus ojos tenían un brillo frío, como el de un depredador que ha cansado el juego de la caza.
—Levántate puta —dijo, sin inflexión.
Ella no se movió. Una última, inútil chispa de rebelión.
Él cruzó la habitación en dos zancadas. Su mano, grande como una pala, se cerró alrededor de su brazo y la arrancó de la cama con tanta fuerza que sintió que la articulación cedía. Un dolor agudo le recorrió el hombro.
—He dicho que te levantes, maldita perra—repitió, su voz un susurro venenoso.
La arrastró no hacia el estudio, ni hacia el sofá. La arrastró hacia su propia habitación, la que compartía con Carmen. La habitación que olía a colonia barata y a su madre. El sacrilegio del acto añadió una nueva capa de horror. La tiró sobre la cama matrimonial, sobre la colcha que su madre había elegido con tanto cuidado.
—Hoy no hay tiempo para juegos, Lunita, ya sabes que eres solo alguien para ser usada como una perra —dijo, desabrochándose el cinturón con movimientos bruscos.
Lo que siguió no fue sexo… Era una descarga de rabia contenida, de poder absoluto, de desprecio. No hubo preliminares, ni siquiera el toqueteo repulsivo de antes. Mucho menos una preparación para que ella lubricara algo. Fue una invasión violenta, brutal, hecha con la única intención de infligir daño y dominación. Ahora era solo el placer para él, su pene grande, monstruoso a los ojos de la niña fue entrando en esa pequeña vagina que si bien ya estaba un poco acostumbrada a ser penetrada, seguía siendo la de una niña, que hace un par de meses solo sabia de deberes escolares y de jugar con sus peluches.
Ricardo la sujetaba por las muñecas, inmovilizándola contra el colchón con todo su peso. Su respiración era un resoplido animal cerca de su cara, mientraslas penetraciones eran cad vez mas rapidas y profundas.
Luna intentó desconectarse, como había aprendido a hacer. Miró hacia el techo, hacia la lámpara. Pero el dolor era demasiado intenso, demasiado desgarrador. Era como si la estuvieran partiendo por la mitad una y otra vez. Un gemido escapó de sus labios, un sonido débil y quebrado.
—Cállate puta—escupió Ricardo, y le dio una sacudida violenta, golpeando su cabeza contra la cabecera de la madera.
Un nuevo estallido de dolor, esta vez en su cráneo. Las luces bailaron ante sus ojos. Sintió náuseas.
Él continuó, sus movimientos cada vez más enérgicos, más brutales. Parecía enfurecerse con su propia violencia, con la fragilidad del cuerpo que estaba destrozando. Le soltó una muñeca para agarrarla del cuello. No para estrangularla, sino para inmovilizarla más, para mostrarle quién mandaba. Su mano grande apretó alrededor de su garganta pequeña, cortándole el aire solo un poco, lo suficiente para que el pánico se sumara al dolor.
Luna empezó a patalear débilmente, un reflejo instintivo de supervivencia. Sus pies, pequeños y descalzos, golpeaban sus piernas sin fuerza.
—¡Para! —gritó Ricardo, enfurecido por la mínima resistencia.
Y entonces, en un arranque de rabia ciega, apretó.
No fue una presión sostenida. Fue una compresión rápida, feroz, impulsiva. Sus dedos se cerraron como un grillete de acero alrededor del cuello frágil de Luna. Oyó, más que sintió, un crujido pequeño y horrible, como el de una ramita seca.
El cuerpo de Luna se arqueó violentamente bajo él, una convulsión final. Sus ojos, que habían estado vidriosos y fijos en el techo, se abrieron de par en par, un destello de comprensión última y de terror absoluto. Luego, la luz en ellos se apagó. Su cuerpo, que había estado tenso como un arco, se desplomó, súbitamente flácido, pesado.
Ricardo se detuvo. Su respiración, antes jadeante, se calmó de golpe. La habitación estaba en silencio, un silencio ahora absoluto y diferente. El peso bajo él ya no se movía. Ya no temblaba. Retiró su mano del cuello de la niña. En la piel pálida, ya empezaban a marcarse, como un collar macabro, los moretones violáceos de sus dedos.
Él se separó de ella lentamente, mirando el cuerpo pequeño y roto sobre la cama de su madre. No hubo pánico inmediato en sus ojos. Primero llegó una especie de estupefacción vacía. Luego, un cálculo frío y rápido.
Se levantó, se ajustó la ropa. Miró el reloj. Carmen no volvería hasta la mañana. Tenía tiempo.
Con movimientos metódicos, como si realizara una tarea doméstica desagradable pero necesaria, recogió a Luna. Era ligera, terriblemente ligera. La envolvió en la colcha, para no tener que mirar su cara, sus ojos abiertos y vacíos que parecían acusar desde la nada. Salió de la habitación, cruzó la casa en silencio, salió por la puerta trasera hacia el pequeño patio trasero, donde había un cobertizo de herramientas y un trozo de tierra sin usar.
La noche era fría y estaba despejada. La luna, irónicamente llena, brillaba sobre la escena. Ricardo había cavado ahí antes, para instalar un poste para la ropa. Sabía que la tierra era blanda. Con la pala que guardaba en el cobertizo, empezó a cavar. No un hoyo profundo, pero sí lo suficiente. El sonido de la pala cortando la tierra era el único ruido en la noche.
Cuando terminó, bajó el bulto envuelto en la colcha al hoyo. Se quedó mirándolo un momento. No había remordimiento en su rostro, solo una preocupación práctica. Luego, empezó a echar tierra encima. Primero el sonido sordo de los terrones cayendo sobre tela, luego un sonido más húmedo, más definitivo. Rellenó el hoyo, lo alisó con la parte trasera de la pala. Esparció algunas hojas secas y una maceta rota que había por ahí para disimular.
Volvió a la casa. Limpió la cabecera de la cama donde había quedado una pequeña mancha oscura. Lavó la colcha que había usado para envolverla. Puso en orden la habitación de Luna, para que pareciera que se había ido. No era difícil; una niña de diez años no tiene mucho.
A la mañana siguiente, cuando Carmen volvió, cansada pero contenta del seminario, encontró la casa en silencio.
—¿Ricardo? ¿Luna? —llamó.
<span;>Ricardo salió de la cocina, con una toalla en las manos. —Buenos días, cariño. ¿Cómo te fue?
<span;>—Bien, bien. ¿Y Luna? ¿Todavía duerme?
Ricardo se encogió de hombros, con una expresión de leve preocupación. —No está en su cuarto. Pensé que habría venido a tu cama, pero tampoco. Su mochila del colegio no está. Quizás… quizás se ha ido a casa de alguna amiga sin decir nada. Ya sabes cómo es últimamente, rebelde.
Carmen frunció el ceño, una inquietud asomando a sus ojos. —Pero… no me dijo nada.
—Ya te lo dije —suspiró Ricardo, poniendo una mano comprensiva en su hombro—. Está pasando por una fase difícil. Seguro que aparece más tarde, contando alguna historia.
Carmen miró hacia el pasillo que conducía a la habitación de su hija. El vacío de la casa, que siempre había estado lleno de la presencia de Luna (sus pasos, sus risas, sus silencios), de repente le pareció enorme y aterrador. Pero la mano de Ricardo en su hombro era firme, su voz era razonable. La semilla de la duda que él había plantado durante meses, sobre el comportamiento de Luna, sobre sus «mentiras», empezó a brotar.
—Sí… —murmuró, con el corazón apretándose—. Seguro que tienes razón.
Mientras Carmen llamaba a las madres de las amigas de Luna, con una voz que se quebraba, Ricardo miraba por la ventana de la cocina, hacia el patio trasero. La tierra, recién removida, no se notaba desde allí. Todo parecía en orden.
Afuera, bajo una capa delgada de tierra y hojas secas, Luna yacía envuelta en la colcha de unicornios que su madre le había regalado por su séptimo cumpleaños. El monstruo no había vivido en un cuento. Había vivido en su casa. Y finalmente, la había devorado por completo. El silencio que había temido, el silencio de la sombra, ahora era eterno. Y el patio trasero, bajo la fría luz de la mañana, guardaba un secreto que nadie, excepto la luna llena de la noche anterior, había visto nacer.
Nuevamente les repito que no siempre es como uno quisiera y no necesariamente avalo el uso de la violencia, pero la vida es así…
Cualquier comentario o critica no duden en contactarme a mi telegram: canibal13k



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